Leyenda Gonien
Encontraron al perro debajo de un ceibo a la orilla del rio Grande. Ella se enamoró del animal al instante, él, no tanto. El perro los siguió, con sus patas embarradas y el pelo recubierto de pétalos rojos. Interrumpió un paseo que intentaba ser romántico. Moviendo su cola los acompañó hasta su hogar, para quedarse allí, sin preguntar, como si supiera que nadie lo echaría.
Era una animal de rutinas. Por las noches intentaba escabullirse entre las sabanas, aunque él siempre lo sorprendía. Aprendió así, el perro, a esperar hasta que estuvieran dormidos para subirse al lecho y amanecer a sus pies. Comía siempre a la misma hora. Él, trataba de entenderlo, de explicarse como sabía aquel animal, cuando iban a bañarlo para esconderse, o cuando iban a sacarlo a pasear para estar pendiente de la puerta. Y le sorprendía el hecho de que siempre, que alguno de ellos dos se fuera, o ambos, el perro lloraba. Le sorprendía porque debería, según su criterio al menos, darse cuenta de que siempre regresaban. ¿Por qué angustiarse tanto? si al final allí estarían otra vez al cabo de unas horas, en el hogar, nuevamente. Concluyó que sería interés, que era un animal dependiente, necesitado, incapaz de comprender las cosas a largo plazo. Podía prever el que lo iban a bañar, pero solo con unos pocos instantes. Podía aprender, pero solo acciones directas.
Él, permitió que el perro se quedase, principalmente por ella. Ella lo quería y el perro, al parecer la quería también. No como la quería él, se decía a sí mismo, quizás con un poco más de interés o necesidad. El perro era el primero en recibirla cuando llegaba de la ciudad. Era el primero en recibirlo a él, también. Era raro, ese amor de perro. Era un entusiasmo constante. Se desesperaba cada vez que le daban comida, era intensa, la espera, el servirle, el verlo devorar su alimento, desesperado, siempre atrapado en ese instante. Los paseos, eran también rutinarios, sobre todo caminar cerca del rio y los ceibos.
Pasó el tiempo, y él se acostumbró al perro, y a sus rutinas. El pelo de la cara del animal se volvió en muchas partes blanco. Paulatinamente, supo él, el perro iría perdiendo fuerzas, pues estaba envejeciendo pero todavía no sucedía.
El rio se secó, nunca había pasado. No había registros de tal evento que los escribas recordasen. Esa mañana ella partió a la ciudad, como siempre lo hacía y el perro la siguió llorando, como siempre, hasta que la puerta se cerró. Lo molestó, cómo todos los días, pero como siempre, lo perdonó. Él no se fue aquella vez debía atender algunos asuntos y estaba preocupado por la falta de agua. Esa inesperada sequía los había sorprendido.
Cuando llegó la noche, ella, no regresó. Salió a buscarla, acompañada por el perro. Nadie en el pueblo la había visto llegar a su lugar de trabajo. Nadie sabía nada de ella. Tuvo que regresar a su hogar, solo, con su perro. No pudo dormir. Se levantaba a asomarse por la puerta a ver si llegaba. A veces salía a caminar por el rio seco, con su perro por detrás.
Pasaron los días y su angustia por la falta de agua fue mitigada por el dolor que le generaba la ausencia de ella. Todo continuó, su trabajo, su rutina que ahora incluía despertarse por las noches para asomarse por la puerta.
Fue entonces que comprendió, lo sabio que era el perro.
Fin.
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