viernes, 9 de octubre de 2020

La armadura de Tiero

 Leyenda Gullien

 

El niño se había escapado de la supervisión de su madre, aquella tarde, durante la ceremonia. Perdido en el templo de Azures, investigó todos los rincones. Se detuvo después de descender por unas escaleras hasta un sótano, iluminado por antorchas que hacían que las sombras bailasen. Frente a él, se encontraba una armadura, montada sobre un muñeco de madera. Un yelmo alargado, una maza con cuatro púas y extrañas protuberancias que salían de su espalda. Parecía incomoda. Había arena por todos lados, pues el desierto estaba cerca y a pesar de encontrarse en un pequeño valle, los viajeros que visitaban el templo la traían consigo, en sus ropas, en sus cabellos, en sus zapatos. Pero alrededor de la armadura, todo estaba muy limpio. Eso la hacía resaltar, y quizás por eso, el niño se había detenido a contemplarla. Pues parecía estar allí para eso, estaba siendo cuidada, aseada, para rendirle respeto, por algo que él no sabía. Un anciano estaba en aquel sótano también. No lo había visto al principio, ya que se encontraba del otro lado de la habitación, acomodando unos libros.

—¿De quién es esta armadura? —preguntó el niño.

—Es la armadura de Tiero. —contestó el anciano.

—¿Y quién es Tiero? —replicó el infante.

—Tiero, fue hombre que peleó por su libertad y la de otros, un hombre que antes de ser un soldado fue un esclavo, en los tiempos del rey Ercis. Yo lo conocí, en esos entonces, cuando tenía tu edad. Le pregunté por su armadura, por su extraña espalda. Me contestó que había sido obligado, a latigazos, a hacer muchas cosas, pero que en ese momento peleaba por voluntad propia, nadie podía azotar su espalda ahora. Y deseaba que el mundo supiera, que era libre.

—Pero ¿Esas espinas en la  espalda lo protegían?

—Pues no lo sé realmente. Quizás eran protección, quizás estaban allí para llamar la atención. Le pregunté, en su momento, si había armaduras mejores que las suyas. Me contestó, que sin duda si, pero esa la había hecho él.

—¿Y entonces, libertó ciudades?

—Solo lo vi una vez, marchar a una batalla. Le pregunté, aquella vez, si estaba seguro de vencer, solo suspiró y me contestó “ojala”.

—¿Y ganó, sobrevivió?

—Yo era un niño. No sé decirte, si sobrevivió. Encontré años después, esta armadura en venta en un bazar, sabia de quien era. Quien la había portado. Conocía su historia, como la había hecho, quien la había hecho. Quizás él la vendió, o se la robaron, o fue saqueada del campo de batalla, pero allí estaba, así que la compré por unas monedas y la traje aquí.

El niño no comprendía —Pero si no sabe si sobrevivió, si no es una gran armadura, si no fue un gran guerrero, ¿Por qué lo recuerda con esta armadura?

El anciano pacientemente contestó —Porque la historia de Tiero no es sobre vencer, es sobre ser un rebelde. Y los rebeldes hacen falta.

—¿Por qué? —preguntó, disconforme, el visitante.

—Exacto. —respondió sonriendo el anciano.

 

Fin

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