Reporte de Morún para la orden de los acuñadores
Después de recibir una misión, me dirigí a la aldea de Riensia a investigar sobre la aparición de unos espectros. Me acompañaría un joven aprendiz de nombre Churú. Recién lo conocería en aquel lugar y jamás se me había hablado sobre sus, sin duda, impresionantes habilidades.
Le expliqué, en su momento, a Churú, que mientras que los fantasmas no eran capaces de manifestarse físicamente, pues lo hacían a través de sonidos proyecciones visuales y en raras ocasiones el movimiento inesperado de algunos objetos, por lo general aquellos que estuvieran relacionados con ellos en vida, los espectros si eran capaces de mover objetos y atacar físicamente a las personas u animales. En ambos casos, tanto los fantasmas como los espectros, permanecían en el mundo de los vivos por cuestiones que no habían sido resueltas. Muchas veces estas tenían que ver con su muerte, pero no siempre era así. Lo primero que debíamos de investigar, como en cualquier caso de fantasmas o espectros, era de qué se trataba aquel “asunto sin resolver”. Otro punto importante era localizar la tumba o lugar en el que permanecían los restos de los espectros, pues no había que confundir su presencia física con los verdaderos cuerpos en cuestión. Este tipo de manifestación de los muertos es capaz incluso de portar armas, sobre todo si fueron de ellos en vida, lo que los vuelve extremadamente poderoso. Si los cuerpos no pueden ser localizados, pero las armas si, destruir aquellos objetos, reales, los vuelven menos peligrosos.
La pregunta, obligada, de Churú fue —¿Podemos hacerle frente a estos espectros?
Lo tranquilicé con estas palabras —Nuestras espadas están preparadas para defendernos de la magia y también de aquellos que han regresado de la muerte. No obstante aunque los derrotemos en combate, y de seguro lo haremos, si no resolvemos sus asuntos pendientes, estos regresarán.
Sabía, yo, que estaba exagerando un poco, pues si se trataba de espectros malditos, muertos que estuvieran al servicio de algún demonio, la solución no sería tan sencilla. Pero no deseaba anticiparme y no tenía por qué alarmar al muchacho.
Nuestra primera entrevista fue con el jefe de la aldea, el cual fue de muy poca ayuda y cuyo nombre, en este momento no recuerdo. Pero sus palabras respecto a los espectros fueron —¿Bitin y Popol? Son buena gente. A veces aparecen por aquí molestando un poco. Pero enseguida se van.
—¿Y que buscan? —preguntó Churú.
—Supongo que el dinero –contestó el hombre—. Las mil monedas de plata. Por eso siempre andan diciendo “Denos lo que es nuestro”.
—¿Y esas monedas le fueron robadas? —pregunté yo.
—No sabemos —explicó el jefe—. Bitin y Popol eran unos buenos para nada, habían heredado una granja de su padre y cultivaban calabazas. Lo poco que ganaban lo gastaban en embriagarse y apostar. Una noche ganaron un concurso, en una feria. Fue el premio más grande que alguna vez dimos, pero esa rifa nos permitió juntar muchos fondos. Ellos se habían gastado hasta lo último que tenían para comprar su boleto. El pueblo entero se alegró de que ellos hubieran ganado, y esperábamos que les sirviera para encaminar un poco su vida. Pero tras partir esa noche hacia su casa, jamás se los volvió a ver, hasta que reaparecieron como los espectros que son ahora, varios años después, no sabemos que puede haberles pasado, pero es posible que fueran asaltados.
Hasta este momento el jefe nos había dicho lo que luego, muchos otros aldeanos también nos contarían. Yo me encontraba escribiendo y tomando nota de sus respuestas, ya que de otra forma podría llegar después a confundirme y mis reportes no serían tan precisos. Churú, por otra parte, continuó interrogando al hombre con preguntas absurdas, tales como la altura de los espectros, como estaban vestidos, de cuantos caballos era la carreta con la que se alejaron, si tenían alergias conocidas o mal aliento, entre muchas otras que no encontré sentido registrar. Pero dos cosas de las respuestas si me parecieron notorias, el crimen no estaba resuelto, y habían pasado años, y sus cuerpos jamás habían sido recuperados. Después de un interrogatorio de una hora que podría haberse resuelto en apenas unas preguntas, quedé agotado. Churú parecía, en cambio, estar entusiasmado, no sé si por el caso o por escuchar su propia voz. Pues sus preguntas incluían largas e innecesarias declaraciones y casi siempre podían responderse con un simple “si” o un simple “no”. Como cuando preguntó “Diría usted que las sandalias que llevaban tenían los cordones cruzados en forma de equis o bien un extremo era más largo al principio y luego se cruzaba una y otra vez siempre el mismo extremo hasta llegar arriba y hacer un moño. La razón de esta pregunta es que he visto que muchos en esta aldea llevan el calzado de esa forma y, por lo menos a mí me resulta imposible atármelos de ninguna otra forma que la primera. Sospecho que se trata de algún tipo de regla de vestimenta que podría llevarnos a identificar alguna secta secreta, de gente que utiliza el calzado como rasgo identitario.” La respuesta del jefe, creo recordar, fue: “llevaban botas”.
Luego de un par de entrevistas más, en las cuales aconsejé a mi ayudante que permaneciera callado, nada nuevo se nos fue revelado. Una anciana zapatera, que entrevistamos solo por insistencia de Churú, incluso nos dijo que si los veíamos les mandásemos saludos. La historia de las mil monedas de plata y de que nunca los habían vuelto a ver, se repetía una y otra vez. Yo empezaba a intuir que algo muy extraño sucedía en esa aldea. Nadie parecía tenerle miedo a estos dos espectros. En todas mis misiones, la gente del pueblo, los nobles, los ricos, los pobres, todos siempre habían sentido miedo. Cada vez que he librado a un pueblo de un fantasma la gente proclamó mi nombre, me dieron recompensas, que nunca necesité, y las mujeres me regalan miradas. ¿Qué saldría bueno de liberar a estos espectros de sus penurias? Ellos seguramente podrían descansar en paz, pero al resto, consideró que no le importaría. El asunto me tenía algo frustrado.
Dirigirnos a “la taberna de Irixina” no me quitaría en nada la frustración. Por dos motivos, en primer lugar lo poco original del nombre, ya que la taberna estaba atendida por una mujer que se llamaba Irixina. Imagino las horas, los días, los meses, que habrá invertido en pensar tal nombre para su establecimiento. Y en segundo lugar la taberna en si, estaba dedicada a los espectros, como si tratase de algo temático. El vino había que pedirlo como “el vino de los condenados”, la cerveza era “la cerveza de los penitentes” y para colmo todos allí parecían acompañar el pedido con la frase, “la favorita de Bitin y Popol”, dejándonos entender que era lo que solían pedir. No me atreví a preguntar respecto al menú, y de que se trataba por ejemplo “la ensalada maldita”. Decidí ordenar algo, recordando a un viejo amigo que era aventurero con su paladar en las bebidas y que solía preferir lo ácido y lo dulce, elegí entonces “la sidra de los muertos”. Debo admitir, que fue lo mejor de toda esta experiencia.
El sabor tan particular y exquisito de este brebaje me obligó a probar los otros, y descubrí que eran excelentes, por esta razón pregunté a Irixina quien fabricaba estas bebidas y ella nos envió a ver a una fabricante de vinos de la aldea. Fue una verdadera suerte, porque aquella mujer fue la primera en darnos verdaderas pistas.
Mientras la interrogaba por asuntos más particulares que profesionales, el tema de los espectros emergió naturalmente —Fue una lástima lo de Bitin y Popol, y se habían esforzado tanto en hacer aquel vino de calabazas. —Nos confesó la mujer.
Le había prohibido hablar a Churú así que las preguntas las hice yo —¿De qué vino habla?
—¿No sabían? Ellos cultivaban calabazas para poder fermentarlas, jamás dio buenos resultados. Querían hacerse famosos. Esas novecientas noventa y nueve monedas de plata le hubieran venido muy bien.
—¿Novecientas noventa y nueve monedas? ¿No eran mil?
—Alguien me dijo una vez, no recuerdo bien quien, que antes de irse esa noche compraron algo. —contestó la que fabricaba esas exquisitas bebidas.
Nos despedimos de ella, luego de haberle comprado unas botellas de vino y sidra.
Aquella noche reflexioné sobre lo que nos había contado la artesana. Era importante entregar esas novecientos noventa y nueve monedas y no mil. De otra forma, la resolución de su problema no sería tal, por algún motivo que desconozco, estas almas en pena son muy específicas en esos asuntos. El número me molestaba de sobremanera. El hecho de que este problema se resolviese con una transferencia de cuenta, todavía más. Le expliqué a Churú estas cuestiones y lo envié a que hiciera el pedido del dinero a nuestros superiores. El envío llegaría el próximo día. El problema ahora era que no sabíamos la localización de los cuerpos.
Al día siguiente reunimos a la aldea en una asamblea, con ayuda del jefe, para preguntar a la multitud si alguien conocía donde estaban ubicados los cuerpos. Por supuesto nadie sabía nada.
Irixina, la tabernera preguntó —¿Pero realmente acabarán con su presencia?
La noté decepcionada y comprendí que al menos para ella, sería un verdadero problema económico, ya que su taberna era bastante temática, al respecto de los dos espectros. Pero yo había ido a la aldea a resolver el problema de los muertos y no sus cuestiones económicas —Si la ofrenda que les hare es la correcta, y esperó que lo sea, los espectros no regresarán, pues habrán resuelto, finalmente, sus asuntos. Pero necesito dejarlas en su tumba. Y ninguno de ustedes sabe dónde está.
—¿Y no puede dárselas directamente a ellos? —preguntó Irixina.
Consideré que de hecho, no era en absoluto una mala idea, todo lo contrario. Incluso podíamos seguirlos hasta su lugar de “descanso”. Eran espectros y si podían cargar cosas. Irixina no era tan poco creativa después de todo.
Esperamos hasta esa misma noche para que ellos aparecieran. Eran los espectros más patéticos y lastimosos que alguna vez vi. Se tambaleaban como si estuvieran borrachos, posiblemente porque así habrían muerto, gritando y balbuceando a veces “denos lo que es nuestro”. Así que le entregamos las novecientas noventa y nueve monedas de plata, con la esperanza de que todo esto acabase. Yo mismo le di la bolsa con el dinero. Intentamos seguirlos pero volteaban constantemente a ahuyentarnos. Incluso me dieron pena. Los dejé partir.
La apatía de la aldea no dejaba de extrañarme. Algunos como Irixina incluso estaban algo enojados de no volver a verlos. Sentí que no había conseguido nada y decidí desquitarme con el alcohol. Fuimos hasta la taberna, donde estaban todos muy melancólicos y nos entregamos al vino, después de todo era muy bueno.
Un poco antes del alba, los espectros regresaron, gritando “denos lo que es nuestro.” Maldije a todos los dioses y demonios. Me dio la impresión de que estaban más violentos que nunca. Ordené a Churú que desenfundase su espada y juntos los atacamos. A pesar de nuestras, muchas, copas de más, los vencimos con facilidad. Y desaparecieron, con los primeros rayos del sol. Regresamos a la taberna, la cabeza me daba vueltas por una resaca que recién comenzaba. Nos sentamos en una mesa y encargamos más vino. El cual fue servido por Irixina misma, que venía principalmente a decirnos que era hora de cerrar el lugar y que esa sería la última ronda.
—Pues, ¡Tu idea no sirvió de nada! —le reclamé.
—No quise corregirlos en público, pero en realidad no eran novecientas noventa y nueve monedas de plata.
—¿Qué?— Creo haber podido articular mientras ingería más vino —¿Eran mil?
—No, eran novecientas noventa y nueve monedas de plata con noventa y nueve monedas de cobre, para ser exactos.
En ese momento, solo me quedaban respuestas irónicas —Entonces ¿No funcionó porque no le dimos el vuelto? —tras esto perdí la conciencia.
Me desperté después del mediodía, Churú no estaba mucho mejor que yo. Después de refrescarme y comer algo desperté a mi ayudante. Lo cual me dio tiempo para reflexionar muchas cosas. La más evidente era que Irixina sabía mucho más de lo que decía. Pero sacarle información no sería fácil, no lo había sido hasta ahora. Era el momento de usar mi mejor arma. Quité entonces la restricción a Churú respecto a interrogar a la gente. Incluso lo exhorté a que lo hiciera, comenzando con la tabernera.
Fuimos hasta su hogar, fingiendo agradecerle el buen vino. Una vez dentro Churú comenzó a hablar. Preguntas y preguntas sin sentido alguno que muchas veces no permitía siquiera que las contestase.
—¿Está usted aliada con esos espectros? ¿Desde cuándo los conoce? ¿Cómo se ata usted los zapatos? ¿Ha probado alguna vez el vino de calabaza? ¿Cuántas botellas hay en su bodega? ¿Cuántos zapatos tiene?
Irixina evitaba dar cualquier respuesta directa y entonces Churú comenzó a divagar, a contar anécdotas de su niñez durante veinte minutos. Narró una anécdota muy extraña sobre una cabra que tenía por mascota y un sueño que involucraba a treinta y siete gatos. La tortura pienso estaba bien merecida.
La tabernera finalmente se quebró, un poco antes de que yo también lo hiciese.
—Está bien, confieso. Sé dónde están enterrados, pero no tuve nada que ver con su muerte, yo era muy pequeña entonces. –dijo entre lágrimas.
—¡Bien! —gritó eufórico Churú con sus resultados —¿Y cuantas botellas hay en su bodega?
—Eso no es impórtate —lo detuve—. Lo que sí es importante es que nos diga dónde están.
—Sí, eso. ¿Y por qué son novecientas noventa y nueve monedas de plata con noventa y nueve monedas de cobre? —insistió él.
—No sé. —contestó ella.
—¿Cuántas botellas, o lo de las monedas? —preguntó Churú.
—No pierdas el enfoque. —lo corregí.
—Lo de las botellas. —respondió ella.
—No me importa —dije yo enfadado —. No nos ha dicho lo que estamos buscando.
Ella entonces contestó —Mi padre y yo le vendimos unos dulces.
Churú insistió —¿Y cuántos pares de zapatos tiene?
—Eso no importa. —insistía yo, que ya no podía controlarlo.
—¿Y qué tipo de dulces? —pregunto él.
—No importa. —repetí yo.
—Conteste. —ordenó Churú.
—Tengo ciento ochenta y tres pares de zapatos, ¿Esta bien? Lo admito.
Quedé anonadado con tal respuesta, que no me servía para nada pero que realmente me extrañó. Como si mi ayudante hubiese llegado a algún punto, que en realidad no significaba nada. Me calmé un poco —Usted tiene un serio problema señora Irixina, algún tipo de compulsión, no sé realmente. Un claro fetiche que comparte con mi ayudante. Pero todo esto no es importante, no ha respondido lo que le pregunté.
Churú continuó interrumpiendo –Si, ¿Qué tipo de dulces?
—No, no —interrumpí yo esta vez —. ¿Dónde están los cuerpos?
—Conteste. —ordenó Churú, muy groseramente.
La mujer rompió en llanto —¡Unas manzanas acarameladas!
—No.—dije yo, frustrado.
—¿Y por qué? –preguntó Churú, ya desenfrenado y divagando.
—Porque era una maldita feria, ¿Qué le íbamos a vender? —contestó ella desafiante.
Suspiré y traté de recomponerme –Necesito Churú, ¡Que te calles! —lo dije tan enérgicamente que creo que finalmente lo entendió –De usted, señora Irixina, necesito una respuesta ¿Dónde están los cuerpos?
Mientras se limpiaba las lágrimas la mujer contestó —Un día mientras recolectaba hierbas y frutas del bosque, debajo de un barranco, debajo de un árbol retorcido al cual el sol le ha sido negado, entre sus raíces, encontré sus cuerpos. Estimo que se cayeron del barranco, conduciendo borrachos.
—¿Y usted entonces les robó la plata? –pregunté, enojado.
—No. —Contestó ella ofendida –No hice nada de eso, esto fue hace unos meses y ellos hace años que aparecen. No me iba yo a poner a escarbar, ¡qué asco! Decidí no decir nada porque si no mi negocio cerraría, los espectros eran buena publicidad. Ahora que han llegado ustedes no sé qué hare.
Estaba yo ya muy enojado así que contesté sin importarme sus necesidades –No sé qué hará usted, pero yo les llevaré noventa y nueve monedas de cobre para acabar con esto. Ya mismo.
—Ya que lo van a hacer háganlo bien. —respondió ella, altaneramente.
—¿A qué se refiere? —pregunté.
—Ellos salen de noche, si va ahora solo encontrara los cuerpos, no a sus espectros. –dijo ella muy coherentemente.
Lo que decía tenía sentido, pero por las dudas, decidí que llegaríamos un poco antes del anochecer con el resto de la ofrenda.
Esperamos unas horas, que me vinieron bien para recaudar las noventa y nueve monedas de cobre. Hubiera sido todo más fácil si se tratase de una simple moneda de plata, si bien era mucho dinero para los aldeanos, tantas monedas de cobre eran un fastidio de cargar. Seguimos el camino desde la aldea hasta la granja de Bitin y Popol hasta encontrarnos el barranco y debajo divisamos el árbol retorcido, tal y como nos había dicho Irixina. Se encontraba a apenas minutos de la aldea. Cavamos entre las raíces y allí estaban los desafortunados ganadores de la lotería. Pero no había rastros del dinero, ni el nuestro ni el de ellos, lo cual comenzó a preocuparme.
—¿Has notado que no hay indicios del dinero? ¨—pregunté a Churú.
—Sí, es extraño –contestó el joven—. ¿En que se lo habrán gastado?
Llevé la mano derecha a mi cara y le expliqué —Es obvio que alguien se lo ha robado otra vez.
—Ah—contestó él.
Se estaba haciendo de noche y era evidente que otra vez no podríamos resolver nada, habíamos estado perdiendo el tiempo, de nuevo. Pero era demasiado tarde, los espectros de Bitin y Popol, borrachos desde la ultratumba nos rodearon y nos atacaron. Los vencíamos fácilmente, pero estos se reintegraban y volvían por nosotros. Tras una larga lucha, descubrimos que no necesitábamos pelear, simplemente podíamos mantenernos lejos apenas corriendo un poco de aquí para allá y tratando de esquivarlos. Enfundamos nuestras espadas y los eludimos. Pero nos quedamos a observar que hacían. Con la esperanza de recuperar el dinero. Churú, entonces, siempre alejado de ellos comenzó a hablarles. Es imposible razonar con espectro o fantasmas, pues están atrapados en su obsesión, pero Churú también. Así que no intenté razonar yo tampoco con él. Y los acosó, y les habló, y les habló y les siguió hablando. Intercalando preguntas esporádicas con retorcidas narraciones con zapatos y por algún motivo, un cangrejo que cantaba canciones. A lo que ellos solo respondían “Denos lo que es nuestro”. Eventualmente, porque había que intentarlo, mi ayudante les ofreció las noventa y nueve monedas de cobre. Los espectros las recibieron, las observaron, y las arrojaron al suelo reclamando nuevamente “denos lo que es nuestro”. No tenía caso. No estábamos ni cerca de resolver ese asunto. Churú siguió hablando sin cesar, sin descansar, ininterrumpidamente por al menos tres horas, mientras yo trataba de pensar. Los espectros, se desesperaron. Se sujetaban la cabeza con la esperanza de arrancársela y terminar así con su martirio. Llegué a contemplar el suicidio, pero la presencia de estos dos pobres desgraciados delante de mí me hizo comprender que la muerte no me alejaría del balbuceo de Churú.
Finalmente, horas después, el muchacho se detuvo, hasta él se había cansado —¡Tengo sed! –exclamó.
El asunto no me extrañó para nada, era posible que se le hubiese acabado la saliva. Levanté la mirada, por algún motivo sentí ese impulso y entonces, tuve una revelación. La epifanía más grande que alguna vez he experimentado. Aquel árbol, era un manzano. No me había importado, al principio, observar esas cosas; pero en ese momento ver esas pequeñas frutas mal formadas entre sus ramas, producto de la falta de sol, me dejó todo muy claro.
La obsesión de Bitin y Popol, no había sido nunca el dinero, era hacerse famosos con un trago, el vino de calabazas, el cual jamás había dado resultado. Las manzanas que habían comprado aquella noche en la feria, habían caído con ellos por el barranco y alguna de sus semillas había germinado, alimentándose de los cuerpos de ellos dos. Cuando Irixina encontró el árbol, buscando frutas, se llevó sus manzanas, insignificantes para ser comidas, pero lo suficientemente buenas para ser fermentadas. Y también, sin duda, se había llevado la plata, imposible que la encontrase sin escarbar entre las raíces. Le había dado las manzanas a la artesana para hacer esa exquisita sidra. La sidra de los muertos. La mejor bebida que habían hecho Bitin y Popol. Le ordené a Churú, que buscase entre las alforjas de nuestros caballos, las botellas de sidra que habíamos adquirido. Se las entregamos a los espectros que las recibieron, orgullosos. Las bebieron con total placer y tras eructar, se desvanecieron. Finalmente eran libres.
—¿Qué compras con una moneda de cobre? —pregunté a Churú.
—Un par de manzanas acarameladas. —contestó él.
—¿Y qué compras con novecientas noventa y nueve monedas de plata y noventa y nueve monedas de cobre? —pregunté nuevamente.
—No sé. ¿Qué compras? —replicó Churú.
Lo miré a los ojos y le dije —Como ciento ochenta y tres pares de zapatos.
Cuando regresamos a la aldea Irixina ya no estaba, se había marchado para siempre. Su consejo, el de que llegásemos de noche, solo había sido una distracción, para que tuviese tiempo de recoger el dinero de entre las raíces otras vez y poder marcharse. Después de todo, nosotros íbamos a acabar con su negocio. Me equivoqué respecto a ella, es una de las personas más creativas que jamás he conocido.
Fin.
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