Reporte de Morún para la orden de los acuñadores
Se me había encomendado la misión de encontrar al hermano Vildicrast, reconocido cazador, rastreador y exterminador de alimañas y bestias dañinas de la región de Gaad. Toda comunicación con él había cesado desde hacía un mes al momento que llegué a la aldea. Mi mentor, el señor Danar de Blancodrun, gran amigo del hermano Vildicrast, me envió solo, ya que consideró que se trataba simplemente de algún problema con los medios de comunicación, pues las encomiendas a caballo usualmente se veían interrumpidas por atracadores ocultos en los caminos que atravesaban el bosque y los pantanos de Gaad. Mi entrenamiento militar, mis buenas armas y mi experiencia en combate eran una garantía para poder sortear cualquier inconveniente con inoportunos ladrones. No obstante, decidí que era más prudente rodear el bosque que me mantenía alejado de la aldea y evitar sus caminos.
Una vez en Gaad me encontré con Vildicrast, quien confirmó las sospechas de mi mentor, en parte al menos. El cazador me explicó que el problema se encontraba específicamente en los pantanos. Allí su trabajo había sido, durante los últimos meses, exterminar a los “légamos” que se ocultaban en las ciénagas.
En mi entrenamiento se me había hablado de estas criaturas, de aspecto amorfo y pegajoso, que se desplazan estirándose y pegando una de sus partes a los árboles para luego volver a contraerse y repetir así la acción. Se alimentan de animales e incluso vegetales en descomposición y raras veces atacan a los humanos. Sé que esto es bien sabido por aquellos que posiblemente me supervisen y estén leyendo estas líneas. Pero tengo que explicar que nuestros conocimientos sobre estas bestias son muy limitados y en parte en este reporte pretendo expandir nuestros saberes al respecto. Dejo a su criterio si mis interpretaciones han sido correctas. En los textos que leí se menciona siempre que los légamos son criaturas ciegas y sordas, al igual que los limos, pero con un gran sentido del tacto. Son capaces de adherirse a diferentes superficies y en ocasiones golpear a sus víctimas, o atacantes, con objetos que han sujetado. Pero siempre se ha considerado que son torpes, brutos, de escasa inteligencia, alimañas comparables a las ratas. Y es en esta parte en la que estoy en desacuerdo.
Al principio me extrañó el ensañamiento que el hermano Vildicrast tenía con estas cosas. Si bien su trabajo era exterminar bestias dañinas, los légamos, como bien ya he mencionado, raras veces atacan a las personas. El fuego les hace muy poco, pero el frio si los debilita pues se vuelven menos flexibles y más lentos. En tiempos de invierno, el cazador podía atraparlos y literalmente molerlos a golpes de garrote, martillos o incluso hachas. El amigo de mi mentor, ya había exterminado a casi todos y me llamó la atención que estuviese buscando a uno en particular. Él lo llamaba “el maldito ladrón”. No me atreví en ese momento preguntar por qué lo llamaba así, o qué podría haber robado. Me preguntó si estaba dispuesto a seguirlo en su próxima cacería y por supuesto acepté.
Hacía mucho frio y para que mis pies no se congelaran en aquel pantano, él, me había dado unas botas largas e impermeables que, seguramente, habían costado mucho dinero y habrían sido especialmente encargadas a un buen zapatero. Se me ocurrió preguntar si acaso él me estaba esperando. La respuesta de Vildicrast me esclareció muchas cosas y es por lo que aconteció en ese pantano que consideró debemos rever nuestros pensamientos sobre estas bestias.
Cito su respuesta “Esas botas eran de mi hijo, posiblemente tenía la misma edad que tú, y tu misma altura. Has tenido suerte de que te quedasen bien. Hace unas semanas atrás, mientras cazábamos a unos légamos, atrapándolos con nuestras redes enteladas, uno fue capaz de zafarse. Destrozó a uno de mis hombres, con tanta fuerza, que su mano se desprendió. La criatura se adhirió a ella y fue capaz de manipularla y levantando una espada, que robó a otro de mis hombres, la incrustó en el pecho de mi hijo, matándolo. Nunca habíamos presenciado un comportamiento similar. Mi hijo y mis dos hombres fueron asesinados, mientras que yo logré escapar. Los desmembró y se unió a sus partes burlándose de mí, torturándome de esa cruel forma. No he podido recuperar su cuerpo pues el légamo camina vestido con su torso, y en su mano derecha todavía están los anillos que le regalé. Sé que ese maldito me espera en el pantano. Tengo cuentas que saldar.”
Comprendí, entonces, la obsesión de Vildicrast con aquellos entes. Cuando vi al “ladrón” no pude evitar sentirme asqueado. Nunca había visto a un légamo, pero verlo con las partes de nuestros hermanos de armas unidas a él, como un grotesco títere sin cabeza hizo que mi corazón se rompiera en partes. El cazador lo atacó, la criatura, en efecto, lo estaba esperando. La batalla duró poco, la fuerza de los légamos ha sido subestimada. Yo también me arrojé al combate, solo para experimentar, en persona, el ser revoleado por una de estas cosas. Me tuvo a su merced, su viscoso cuerpo, que salía por el cuello de su macabro ensamble, serpenteó por mi rostro, como si intentase reconocerme, luego dio media vuelta y se dirigió hacia nuestro hermano, que posiblemente, ya había muerto. Arrancó su cabeza usando al menos una de las manos de su hijo y la colocó sobre el torso del mismo, completando así su imitación de una persona. Los ojos de Vildicrast me miraron desde el inframundo y el ladrón me habló, no era la voz del cazador, sus cuerdas vocales se habían unido a las de su hijo, o quizás ni siquiera se encontraban allí, pero la boca muerta y fría de Vildicrast se movía.
Cito al légamo “Vete, tú no me has hecho nada.”
Se alejó, imitando toscamente el andar de una persona. Sentí miedo, pero pude recuperarme. Allí, no tan lejos del cadáver de Vildicrast se encontraba la red entelada, podría haber intentado capturarlo, sorprenderlo. No era hostil conmigo. Pero elegí no hacerlo. No por miedo o terror, ya he admitido que lo sentí. Si no porque yo mismo he sufrido el yugo y la opresión de los hombres alguna vez, pues mi situación no siempre ha sido tan favorable como la de ahora. Sin embargo, esta criatura, que podría haber hecho conmigo lo que desease, prefirió dejarme en libertad. No puedo evaluar, si estaba buscando venganza, pues Vildicrast, su hijo y sus hombres habían aniquilado a los suyos. Quizás solo se estaba defendiendo. En cualquiera de los dos casos puedo sentirme identificado. Lo que sé, es que eligió sentir compasión. Y si tengo que elegir, con esta libertad que me ha regalado el monstruo, entre parecerme a Vildicrast o al ladrón; elijo parecerme al monstruo. Al menos en esta pequeñísima parte.
El cuerpo del cazador todavía ha de deambular por el pantano, al menos hasta que llegue la primavera. Me las he ingeniado, no obstante, para recuperar las espadas que portan la insignia de nuestra orden, de ellos cuatro.
Por todo lo que les he relatado, ofrezco mis disculpas si mis acciones no fueron las correctas y lamento informarles la muerte de Vildicrast cazador, rastreador y exterminador de alimañas y bestias dañinas de la región de Gaad, así como la de su hijo y de otros dos de nuestros hermanos de quienes no tengo registro, pero que se encontraban al servicio del primero.
Fin.
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