lunes, 26 de abril de 2021

El silbato de Osún

Leyenda Nicerien


    Cómo un rufián tal, había conseguido aquel silbato, era un misterio que ellos desconocían. Pero en el reino todos estaban impresionados por lo que Osún, con aquel artefacto, era capaz de hacer. Se decía que poseía un don, que era un regalo de los dioses. Un obsequio entregado a alguien especial. Con ese instrumento, y un poco de pericia, Osún, encantaba a las aves. Siendo capaz de imitar sus melodiosos trinares los convencía de acercarse a él, incluso al más esquivo de los pájaros. Se paseó así, de pueblo en pueblo, de plaza en plaza, tocando su silbato y atrayendo a emplumados visitantes que, luego de ser admirados por unos instantes por algunos curiosos que dejaban monedas en el sombrero del hombre, se alejaban volando con un destino incierto, pero muy propio.


    Cuando llegó a oídos del Duque de Panoro, el mismo, se encontraba demasiado lejos de Osún, pues desde hacía meses había estado administrando los asuntos más importantes de su mina de plata. Un gran hueco en la montaña que se hundía más y más con el pasar de las semanas. El descubrimiento de aquella veta de metal precioso, le había permitido conseguir una fortuna que superaba a cualquiera que hubiese tenido alguno de sus ancestros. Sintiendo merecedor de aquella riqueza, consideró que era hora de dejar algún legado. En ningún momento el motivo que pasó por su cabeza fue el de devolverle algo a sus tierras. No, en lo más mínimo. Lo que deseaba, era ser recordado. Opacando los logros de cualquiera que hubiera estado antes que él y de ser posible que viniese después de él también.


    El Duque de Panoro tenía muy presente la historia de un rey, que en aquellas tierras, había usado su poder y fortuna para comprar animales de regiones exóticas y los había reunido en un gran zoológico. El mismo que tras ser destronado el tirano, el pueblo tuvo que desmantelar, liberando en sus bosques animales ajenos al mismo que, tiempo después, generaron un gran daño. Los leones ahuyentaron a muchos de los lobos. Los cocodrilos se apoderaron de los ríos, estanques y lagunas. Los murciélagos colonizaron las montañas y acabaron con poblaciones de insectos que polinizaban las flores. Solo por señalar algunos ejemplos. Pero el zoológico del rey azul, fue su mayor demostración de poder. Decidió, entonces, que algo similar debería de ser su legado. Pero intentado aprender de aquella experiencia y aprovechando la oportunidad que representaba Osún, mandó a construir una gran jaula, de dimensiones descomunales, donde pretendía encerrar a todas las especies de aves que pudiera encontrar. Pues consideraba que las aves no podría representar nunca la misma amenaza que una docena de cocodrilos.


    Osún, al recibir la noticia, ávido de riquezas y un poco de gloria partió al encuentro del Duque, tan pronto como pudo. Repitió aquello que tan bien era capaz de hacer, solo que ahora, en vez de permitir a los pájaros alejarse y regresar a su libertad los capturaba. Si alguna belleza había poseído alguna vez sus actos, ella se había extinguido. Corrompido por un poco de plata, el malandra, sopló y sopló su silbato cientos de veces, hasta haber reunido una numerosa colección de vida. 


    Esos curiosos hombres que antes se amontonaban en las plazas para observar a las coloridas aves, ahora lo hacían para recorrer la jaula y contemplar tan decadente espectáculo. Osún cambió así, las monedas, por los lingotes. Y el Duque de Panoro fue puesto en boca de todos como un gran hombre.


    La felicidad del privilegiado, no obstante, duraría poco. Lo inevitable iba a acontecer, pues una noche, entre los pies de los muchos guardias, varios gatos se colaron en la jaula, ayudados por su sigiloso andar. Y una a una, fueron cazando a las aves, hasta acabar casi con todas. Solo aquellas muy grandes, capaces de defenderse, cómo un triste cóndor que no podía siquiera remontar vuelo en tan pequeño claustro, se salvaron.


    Viendo que habían acabado con lo que amaba, o eso decía él, el Duque le declaró la guerra a los felinos. Contrató un cazador, que con arco y flecha, se encargó de exterminar a los pobres gatos, aquellos culpables del atraco y cualquier otro que encontrase. Jamás pasó por la mente del ricachón que era él quien había condenado a las aves, al privarles de su vuelo a tan triste destino; o que los gatos habían actuado así por instinto y no para desafiarlo, ya que para ellos el Duque era tan solo un hombre necio más.


    Causó tanto daño cómo fue capaz a la población local de gatos. Se sintió victorioso, el Duque, con tales resultados. Merecían, aquellas bestias insensibles ese porvenir. Pero con el tiempo suficiente, las situaciones suelen revertirse. Un gato negro, de pecho blanco y pelaje largo, consiguió eludir varias veces a las saetas del cazador, dejándolo en ridículo. En más de una ocasión apareció delante de él solo para burlarse y desaparecer nuevamente en el bosque. El Duque, el cazador y el infeliz Osún se obsesionaron con él. Pero aunque pasaron los meses, jamás pudieron dar con él. La mina fue prácticamente abandonada, pues el interés del terrateniente ahora se había volcado hacia el escurridizo animal en quien invertía todo su odio. Los trabajadores agradecieron el descanso y celebraron al gato. Lo cual solo hizo aumentar la rabia del Duque.


    Redoblando esfuerzos, consiguieron dar con el paradero del animal. Pero aun aquella noche fallaron en emboscarlo y consiguió nuevamente escaparse. Lo siguieron por al menos dos horas hasta la mina, ahora, abandonada. Encendieron el Duque y Osún antorchas, pero no el cazador, que necesitaba sus dos manos para manipular su arco. Llegaron hasta el mismísimo final, sin hallarlo. Posiblemente se había escabullido por algún rincón sin que lo notasen. Cuando voltearon, para regresar al exterior, inmensa fue su sorpresa al encontrarse frente a frente con dos leones, sobrevivientes de aquel infernal zoológico de antaño. Uno con una gran melena negra y otro con una frondosa melena color café. Los tres hombres, solos, se habían encerrado en aquella cueva y probarían un poco de lo que habían tenido que sufrir esas pobres aves.


    Ese fue el fin de Osún, del Duque de Panoro y del cazador de gatos. Jamás se supo si el silbato terminó en el estómago del león de la gran melena negra o en el de la frondosa melena color café.



Fin.

   

Nota del autor: Hace al menos un par de décadas un compañero de alguna clase, bastante mayor que yo, contó una anécdota. Este hombre, de unos cuarenta y cinco años más o menos, posiblemente menos, yo era mucho más joven así que no sería raro que exagerase con su edad, había sido policía. Era un tipo prepotente que nos narraba a veces historia de cómo había frustrado un robo persiguiendo y golpeando a algún ladrón para devolverle el bolso o la cartera a alguna inmigrante cuya nacionalidad el señalaba peyorativamente. Aquellos días nuestro profesor había sufrido la pérdida de su mascota, un perro de más de quince años que había muerto de viejo. Y había decidido no ir a dar clases. Cosa que me pareció muy respetable y entendible. Este ex policía, que se había adjudicado el rol de docente en la ausencia de nuestro verdadero maestro contó que él, en alguna ocasión, había tenido en el fondo de su casa una gran jaula donde aprisionaba gorriones y otros pájaros cantores que le gustaba escuchar. Por supuesto en algún momento los gatos del vecino se metieron en la jaula a cazar a las aves, las cuales jamás tuvieron una oportunidad. En represalia por tal acto él decidió salir con su escopeta a matar gatos. Siempre desprecié a ese hombre y jamás he sido bueno para perdonar, supongo. Este cuento es algo catártico, quizás a través de un poco de fantasía, se puede contar la misma historia pero con un mejor final. Si alguno tiene alguna anécdota similar estoy dispuesto a leerla y si se puede hasta hacer una historia con ella. 




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