Leyenda Gojiien
Habían estado casados por catorce años. Ambos estaban hartos el uno del otro. Acostumbrados a la pobreza y con desgano de vivir. Él anhelaba que su esposa desapareciera de la faz de la tierra. Por diferentes motivos. Estaba enamorado de una vecina, la cual lo había rechazado diversas veces, explicando que no tendría nada con él, por estar casado. Su mujer lo hostigaba reclamándole su poca cooperación en las tareas del hogar, con su continuo y decepcionante ausentismo a su trabajo, con la total ausencia de higiene. El hombre, quizás por pura rebeldía, se negaba a limpiar los trastes después de comer, ni siquiera ayudaba levantando la mesa. Pasaba días sin bañarse. Y jamás, en sus casi tres lustros de matrimonio, había tendido la cama. Su esposa había decidió trazar la línea ahí. Negándose incluso a cambiar las sabanas si el no cooperaba al respecto. Las chinches invadieron la habitación. Esos animalejos pequeños, diminutos, que se escondía debajo de la cama para, por las noches, cuando dormían, subirse por las sabanas a robarle gotas de sangre. No podían descansar, amanecían agobiados por la picazón. Pero alcanzaba que recobrasen la conciencia para recordar lo mucho que se odiaban. Y de pronto, las picaduras, se convertían en el menor de sus problemas.
Dispuesto a solucionar tal situación, el de su esposa, consiguió un poco de veneno. Un brebaje prácticamente indetectable que mataba paralizando los órganos. Una gota, alcanzaba para inmovilizar a uno por unas horas; dos gotas por todo un día; tres gotas lo paralizarían para siempre; mas, sería fatal en cualquier proporción. Él, usó todo el frasco. Lo mezcló con el vino que le ofreció a su acompañante, la cual no sospechó nada. Aquella última cena fue de las más silenciosas que alguna vez tuvo. Ella quedó tiesa, fulminada. Fingir delante del médico, que pasó solo a dejar la constancia de óbito, fue lo más fácil. Se endeudó, incluso, para pagar un hermoso funeral.
Sin su esposa su vida fue más fácil, o eso creyó. Nada lo hacía más feliz que no tener que estar nunca más cerca de ella. Siguió sin limpiar los platos, asearse o cambiar la ropa de cama. Pero ahora ya nadie le reclamaba nada. Podía acosar a su vecina con total impunidad, también. Eventualmente los platos limpios se acabaron, pues los limpiaba su difunta esposa. Comió entonces de la olla o de la sartén. Y cuando estas estuvieron ya inutilizables salió por bebida. Regresó, borracho, un día después de haber abandonado su hogar. Dispuesto a descansar, pero antes, quería algo más de bebida. El problema fue que no quedaba nada. Lo poco que alguna vez hubo, se agotó al momento de morir su esposa, pues ya nadie más volvió a comprarlo. Desesperado buscó entre los vasos tirados por el suelo y por sobre la mesa, ingiriendo todo lo que encontró. No importó si dentro de ellos había insectos muertos o estuviesen llenos de hongos. Importaba el alcohol. Solo cuando supo que ya no había más donde buscar, fue que se acostó.
Pero para su desgracia, entre todo aquello que tragó, se encontraban algunas gotas del veneno que había utilizado en su mujer. En algún vaso que él, no había lavado. Quedó inmóvil, consiente pero incapaz de volver a levantarse de su lecho. Y cuando llegó la noche, las chinches subieron a alimentarse. Eran miles, lo cubrían por completo. Las sintió caminar por su cara, por su cuello, entre sus piernas. Lo picaban y lo volvían a picar, desangrándolo poco a poco. Si tan solo hubiese cambiado las sabanas una vez, ellas serian menos. Si tan solo su esposa lo acompañase, podría haberlas ahuyentado o haber buscado un médico. Pero él ya era libre. Las chinches saciaron su apetito y se retiraron. El hombre siguió sin poder levantarse y a la noche siguiente regresaron a desecarlo en vida.
Encontraron el cuerpo meses después, pues a nadie le importaba aquel perezoso ser. Los testigos, narraron que al intentar levantarlo, este, se convirtió en cenizas. Juntaron sus restos en una caja. Barrieron y limpiaron, de paso, toda la vivienda; y prendieron fuego aquel lecho. La venta del inmueble serviría para pagar las deudas que el hombre había dejado, pero no alcanzaba para costear otro funeral. Decidieron entonces, esparcir las cenizas sobre la tumba de su mujer. Asumieron que, eso, sería lo que él hubiera deseado.
Fin.
No hay comentarios:
Publicar un comentario