A mi prima Sol, que le gustan los bichos.
Leyenda Gudaguen
Talí era muda. Quizás por eso, porque nadie la entendía, pasaba la mayor parte del tiempo sola. Sus padres eran los dueños de un hotel que hospedaba viajeros y visitantes que se dirigían a la costa. La niña, de diez años, deambulaba por la playa, entre las rocas y la arena blanca, con sus juguetes. Muchos de ellos los había hecho su tío. Pequeños mueblecitos tallados en piedra o madera y delicadamente coloreados. Talí, a orillas del mar, se arrodillaba a esperar a sus únicas amigas. La gente las llamaba “pulgas de la playa” pero no eran pulgas. No picaban a las personas o los animales, pues no se alimentaban de sangre, sino de plantas y animales muertos. Los cadáveres de las gaviotas, de otros crustáceos, de moluscos, algas, que no eran plantas, arrastradas por la corriente hacia la playa, peces muertos y cosas similares, las atraían; saltaban sobre ellas y hacían lo que las lombrices en la tierra. En el océano, otras criaturas eran las que devoraban y hacían desaparecer aquello que hubiera muerto, pero allí, en la playa, ellas se encargaban de lo más grande. Eran inofensivas, diminutas, del tamaño de la uña de su dedo pulgar y muy coloridas. Naranjas, ocres, amarillas, blancas y algunas grises. En ocasiones, entre sus saltos buscando comida, caían por casualidad sobre sus muebles de juguete y ella sentía que habían llegado hasta allí para visitarla. Podían pasar horas hasta que alguna cayese sobre uno de sus sillones de piedra o sobre la mesa de comedor, con comida, incluso, dibujada. Las pulgas de la playa no le prestaban atención, en realidad la ignoraban. Su vida era corta y la presencia de la niña no les molestaba. No le temían. No podían comprenderla. Eran inocentes, incapaces de hacer daño alguno, ellas.
Su padre era el cocinero del hotel. Pero tenía otras obligaciones también, como recolectar las langostas que atrapaba con las decenas de trampas desperdigas por la costa. Cajas de mimbre y sogas con cebos que aprisionaban a los crustáceos que terminarían siendo devorados por los peregrinos. Antes, nadarían por última vez en una cacerola repleta de verduras sobre la estufa de la cocina del hotel. Atravesadas por un sufrimiento silencioso, que no era el único. Y cuando estuvieran listas, el hombre las dividiría por la mitad con su gran cuchillo y las serviría con elegancia. Su mejor plato.
Una noche, un hombre de familia noble, hijo un terrateniente, ordenó alguno de esos platos, mientras se embriagaba con el mejor vino del hotel. Las camareras estaban cansadas de él y de sus libidinosos avances que no eran correspondidos. Una de ellas, harta, lo abofeteó. Los dueños del establecimiento se vieron forzados a intervenir, ignorar lo que estaba sucediendo no había sido suficiente. No podían darse el lujo de perder tal cliente, consideraron, por lo que le ofrecieron más vino. El cocinero se sentó a conversar con él y escucharlo. Lejos de reprenderlo, estuvo allí para recibir sus quejas y sus opiniones lascivas respecto a las camareras y cualquier otra mujer en general. A lo que el otro hombre solo contestó riéndose y festejándolo, aportando también alguna de esas opiniones. Mientras, a puertas cerradas, su esposa le recriminaba sus actos a la camarera. Aquella fue una noche larga, hasta que el noble inundado por el alcohol terminó inconsciente. Decidieron dejarlo dormir sobre la mesa y se dedicaron a atender otros asuntos.
Cuando despertó amanecía. La luz del sol hacía que le ardiesen los ojos. Se acercó, tambaleando, a un ventanal. Desde allí pudo observar a la niña sentada en la orilla del mar. Sintió que sus pulsiones no habían sido satisfechas; que sus deseos eran lo único importante; que era el dueño de todo y que cualquier rasgo de decencia que le hubiese impuesto alguien o exigiese la sociedad, no interesaban.
Talí lo notó e incapaz de gritar, intentó correr entre la arena y las rocas, mientras una ola alcanzó la playa. Llevándose, la marea, varios de sus pequeños sillones de piedra favoritos.
La madre de la niña, todavía se encontraba barriendo el comedor. Se alegró de que aquel borracho ya no se encontrase allí. Y se acercó al ventanal para observar a la playa y a su hija.
El noble estaba demasiado ocupado como para prestar atención a su alrededor. No escuchó, por esto, los pasos de la mujer acercándose a él por su espalda. Fue sorprendido cuando ella tironeó de la fina camisa que todavía tenía puesta. Cayó de espaldas, golpeándose la cabeza contra una roca. La arena se tiñó de rojo. El hombre convulsionó durante unos segundos. Luego, se detuvo. Ella acarició el rostro de su hija mientras intentaba, con todas sus fuerzas, reprimir sus deseos de gritar. No podía despertar a sus empleados, pero debía de alertar a su esposo. Arrastró el cuerpo hasta ocultarlo entre unas salientes y regresó llevando de la mano a Talí. Cuando el cocinero escuchó la historia permaneció mudo, como su hija. No había nada que decir. Deseaba poder negar el haber alimentado a aquel monstruo. Pero no podía.
Fingió ir de mañana a buscar las trampas. Zarpó en su bote a recolectarlas y regresó con ellas y el cadáver del hombre. La mujer, ordenó a sus siervos que se tomasen el día. Solo, ayudado por el cuchillo con el que cortaba a las langostas desmembró el cuerpo. Dejó cada parte en una jaula de mimbre atada a piedras y regresó al mar para arrojarlas allí. Sabiendo que jamás intentaría recuperarlas.
Dos semanas después llegaron las autoridades a investigar la desaparición de aquel noble. Sabían, los posaderos, que si se tratase de cualquier otra persona ellos no estarían allí. Sabían que si intentaban explicar lo sucedido serian ignorados. Sabían que el hombre muerto podía hablar, pero que la niña no tenía voz. El hombre los convenció de que el incidente con la camarera había molestado tanto al noble que, esté, se había marchado al día siguiente habiendo pagado todo. Después, ya no sabían nada más de él. Mientras el cocinero hablaba, su esposa, observaba por el ventanal a su hija. Estaba arrodillada, en la orilla del mar, y había levantado algo que había traído la corriente. Esperaba que las mentiras que contasen fueran suficientes. Que asumiesen que había sido asaltado o que todavía continuase de juerga. Sabía que no podría irse a dormir jamás sintiéndose segura.
En la playa, arrodilla en la orilla del mar, frente a una roca, Talí había colocado su mesa de juguete, aquella con la comida dibujada por su tío. Algo de lo poco que le quedaba de tiempos mejores. Estaba ansiosa, sabía que sus amigas vendrían a visitarla esa mañana. Porque esta vez, sobre la mesa, había más que comida pintada. Esta vez había dejado un dedo.
Fin.
Nota del autor: Las pulgas de mar o pulgas de la playa cómo comúnmente se las conoce son, en realidad, muchos animales diferentes. Ninguno de ellos, hasta donde leí, son insectos, son crustáceos, pero de diferentes tipos. Algunos de ellos si son carnívoros y capaces de picar a las personas, pero en muy raros casos en los que se quedan atrapadas en la ropa de los bañistas. Estos en los que está inspirado este cuento son aquellos anfípodos de la familia de los talítridos. Estos, no los anteriores, si son terrestres y los hay hasta de agua dulce. Son capaces de saltar, y por eso los llaman “pulgas”, y a veces “piojos”; y son dentrívoros, o sea se alimentan de cuerpos en descomposición.
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