Día 10 del
cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.
Ya
habían pasado siete horas desde que el grupo había abandonado el palacio. El
sol descansaba desde hacía pocos minutos. Sugum corazón de oro se
encontraba en la misma posición en la que había amanecido. Serotonino intentaba
divisar, parado en la terraza del palacio, a los orcos que acechaban en la
oscuridad. Sostenía con sus dos manos una pequeña taza que contenía una
infusión la cual iba bebiendo de a pequeños sorbos. Los poderes del medio elfo
se multiplicaban por la noche. Era capaz de entrar a un estado de trance y
fundirse en el reino de los sueños y así penetrar en las mentes de los enemigos
que lo rodeasen y aprender sus debilidades, con ritos ancestrales de artes
oscuras. Serotonino el ilusionista capaz de engañar a los sentidos, de
proyectar imágenes, de mezclar realidades. Serotonino el invocador, capaz de
animar objetos, de traer seres elementales en su ayuda, de movilizar al fuego,
al agua, al viento en su beneficio. Serotonino el alquimista, conocedor de los
secretos de los metales y las piedras, capaz de extraer magia de los minerales.
Serotonino el boticario, mezclador de pociones y capaz de extraer aceites
refinados y de hacer infusiones curativas. Algunos lo conocían como Serotonino
el mago rojo señor de los sueños. Pero esa noche aun con todos sus poderes
mágicos no podía sentir la presencia de los orcos y aun así toda su piel se
erizaba y sabia en lo profundo de su alma que estaban allí. Se sintieron los
pasos de pequeños pies subiendo por la escalera de piedra hacia la terraza.
Verokai la inmortal, se acercaba. La elfa era sabia y antigua. Su piel era
pálida, sus labios de color rojo intenso, su cabello era negro, largo y sus
puntas eran del color del fuego. Fría como la noche, de risa fácil y sonrisa
constante. Era burlona, despreocupada, hermosa y cuando reía sus carcajadas
retumbaban en el cielo. Vestía encajes negros que se asomaban por su falda y
por su pronunciado escote. Llevaba medias de seda y encaje que le llegaban
hasta la mitad de la pierna y calzaba botas de cuero negro, con incrustaciones
de piezas y placas metálicas. Su peto y armadura, que la vestía como una falda,
también estaban cubiertos con miles de diminutas placas de metal afilado que
funcionaban a la vez como adorno y como protección. Llevaba guantes largos y negros con bordados rojos.
Arriba una oscura capa con capucha la cubría entera y en su cintura descansaba
una espada elfa de acero oscuro, muy rara en su clase con poderosas runas
grabadas en su hoja. Sus naturales dones de elfa permanecían en su gran mayoría
intactos, su visión y su oído y su gran sensibilidad. Pero ya no poseía la
habilidad de comunicarse con las plantas como antaño y lo que quedaba era muy
poco de su fusión con la naturaleza. En otros tiempos había sido convertida a
la fuerza en la criatura demoniaca que ahora era. Su alma había sido pervertida
y su cuerpo debía ahora escapar del sol. La llamaban la inmortal, no por ser
elfa y no envejecer, sino porque se decía no podía morir ya que sus heridas
cicatrizaban con increíble rapidez. Solo había dos formas de acabar con ella.
Una era exponerla a los rayos del sol, pues ese dios en particular odiaba a los
de su clase y había prometido exterminarlos, así que ellos jamás dejaban verse
por él. La otra forma era cortarle la cabeza. Pero Verokai era veloz como nadie
y conocía varios trucos de magia oscura que usaba en su beneficio. Aun así el
dolor no le era ajeno y sentía cada golpe tanto como cualquier otro elfo. Y de
la única cosa de la que podía alimentarse era de la sangre de las victimas que
solía cazar. Los caminos de ella y Neilad se habían cruzado alguna vez y había
prometido entonces, regresar a acompañarlo cuando fuera necesario. Y allí
estaba como una integrante más de La
Orden del Gato Azul.
La tenebrosa elfa
bostezó mientras estiraba sus brazos hacia arriba -Buenas noches.
-Buenas noches.
Interesante noche, también -El mago tomó de su pequeña taza un sorbo -. En tres
días será luna llena. Mis poderes y posiblemente también los tuyos, estarán al
máximo.
-Tengo en cuenta
eso, lo sabes bien. ¿Acaso buscas conversación? -Pregunto Verokai sonriendo
burlonamente. Serotonino se encontraba expectante, sumido en la búsqueda mental
de los orcos, pero ni un rastro de los ellos aparecía en su trance, por lo que
no contestó. Serio, sorbía de a poco la infusión que se iba acabando. La elfa
levitó hasta quedar parada sobre la baranda del edificio. Y después de caminar
por ella fingiendo hacer equilibrio exclamó- Es interesante, sí. Algo me dice
que hay orcos cerca.
-No he podido
dar con ellos. He estado rastreándolos pero mi magia no puede alcanzar sus
mentes. Esto demuestra que no se trata de orcos comunes y corrientes, Azhalea
tenía razón.
La elfa estaba
ahora ubicada delante de él, parada sobre la baranda mirándolo. Soltó una
carcajada mientras lo observaba desde arriba. Luego se inclinó hasta que su
cara quedó a la misma altura que la de él, apoyó su dedo índice en la nariz del
medio elfo.- Mi pequeño semi hombrecito, no necesito de magia para saber eso.
Simplemente puedo oler la sangre orca a miles de pasos de distancia. Son muchos
y nos rodean. -Y volvió a reír.
-Neilad, Azhalea
y los dos enanos han ido en busca de una ogra al noreste de aquí. Maz sin duda
se encuentra en la taberna de Bruen, posiblemente desde antes de ayer. Betu
como siempre está desaparecido. Solo estamos Sugum, Sefit tu y yo. Para
defender el lugar.
-Más diversión
para nosotros. -Y siguió riendo. El color de su cabello cambió a rojizo,
después a violeta y a índigo y finalmente regresó al negro. Siguió caminando
por la baranda.
Del otro
lado del palacio, la primera oleada de orcos se acercaba sigilosamente. Dos de
ellos se arrastraron hasta acercarse a las puertas del palacio. Su piel verde
estaba cubierta por una armadura formada de cuero y metal. Los brazos, de un
largo desproporcionado, estaban sucios de barro. Las espadas orcas oxidadas,
habían sido fundidas en una sola pieza, lo que las convertía en débiles
comparadas a las espadas humanas y elfas, forjadas a miles de golpes y sus empuñaduras
estaban vendadas en tiras de cuero putrefacto.
Uno de ellos se
acercó a una estatua y agachado gruñó- Por aquí estúpido orco. -El otro orco a
solo unos pasos del lugar escupió al piso.
Lentamente el
primer orco se incorporó y vio como sus compañero iban llegando de a uno en la
oscuridad. Finalmente, creyendo ser el primero en llegar sin ser notado, salió
de detrás de la estatua y comenzó a hacer señas a los otros. El segundo orco
todavía estaba en el piso viéndolo moverse. Sintió un zumbido y algo lo salpicó.
La sangre oscura de orco chorreaba por su cara. El primer orco yacía muerto
dividido en dos partes. La enorme espada de Sugum, el guardián, se encontraba
en el medio de lo que antes era un guerrero orco entero y no dos mitades. La
batalla había comenzado y la sangre de orco ya había sido derramada. El segundo
orco se incorporó velozmente y revoleó su garrote hacia Sugum quien interceptó
el golpe con su poderoso escudo. El sonido se escuchó en todo el bosque y a lo
lejos unas aves escaparon de las copas de los arboles en los que descansabas,
asustadas. Tal fue el impacto y tan macizo el escudo que el garrote del orco se
deshizo. Se abalanzó sobre él gruñendo y escupiendo. Sugum pateó fuertemente al
orco en su estomago y este cayó boca arriba sobre el piso sin aire. El antes
inmóvil guerrero levantó la espada de un solo filo por sobre su cabeza y la dejó
caer. El golpe separó una de las piernas del orco de su cuerpo, el cual gritó
de dolor. El segundo golpe de Sugum lo silencio para siempre. Habiendo sido
puestos en evidencia los orcos se deshicieron de su camuflaje mágico y
comenzaron a correr hacia el palacio gritando y lanzando proyectiles hacia las
ventanas, algunos encendieron antorchas con las que intentaron quemar el lugar.
Serotonino se asomó por el extremo de la terraza para contemplar la batalla. A
tres pisos de altura o la altura de veinte hombres, la escena era clara y las
decenas de orcos podían verse fácilmente, ellos rodeaban el lugar. Verokai
corrió por los tejados hasta llegar al extremo en el que estaba Sugum y se
arrojó al piso, girando ágilmente en el aire. Antes de tocar el suelo se detuvo
como si hubiese sido contenida por un colchón de aire. A todo esto las puertas
del palacio se abrieron de par a par y de entre las sombras apareció Sefit. El
guerrero conocido como “el imbatible” era alto y desgarbado. No vestía armadura
alguna a excepción de una sola hombrera en su brazo izquierdo. Sus ropajes de
cuero y tela negra se le ceñían al cuerpo. Su hombro derecho estaba descubierto
y sus brazos estaban tapados por guantes largos sin dedos que se apretaban a
sus brazos por medio de tiras atadas en forma desprolija. Portaba una espada en
su espalda. Forjada por miles de golpes de herreros hombres. Su hoja era
refinada y exquisita. El arma perfecta para el guerrero perfecto. Para el joven
hombre su vida y alma eran su arma. Con un pasado oscuro y siniestro contaba
muertes de orcos como estrellas hay en el cielo. Se decía que por cada golpe de
su enemigo él podía dar dos, aunque el segundo solo sirviese para decorar el
cadáver. Sin ningún tipo de respeto por la situación y como si las decenas de
orcos que se alzaban en armas enfrente a él se tratasen perros raquíticos y
sarnosos tratando de cazar un buey, se dirigió a su público de orcos- A ver…
¿Qué está pasando aquí? -mientras masticaba una presa de carne seca y salada
que estaba cenando.
Verokai rió
descontroladamente y en un gruñido de placer gritó- ¡ORCOS! -Y se lanzó a la
lucha.
Los seres
pútridos conocían la fama del imbatible Sefit y antes de que él desenvainase su
espada, cincuenta de ellos ya lo habían rodeado. Estos no eran los típicos
orcos que atacaban si estrategia alguna, habían sido entrenados para actuar en
conjunto. El joven sonrió como si esto solo lo hiciese más divertido.
Serotonino desde
lo alto, dibujó signos en el aire con sus dedos, luego, extendió sus brazos en
forma paralela al piso y aplaudió una vez con los brazos extendidos y apuntó
con su mano derecha a una de las gárgolas que había retallado los enanos. Alzó
su mano una vez más y volvió a aplaudir de la misma forma y repitió el gesto
anterior. La criatura de piedra comenzó a moverse. El monstruoso felino de
piedra llevaba un enorme cuerno en su nariz y largos colmillos tallados, en el
más delirante estilo de los sueños de un enano. El tigre de granito se sacudió,
Serotonino montó en su lomo y el pedregoso animal saltó desde la terraza hasta
la parte norte del palacio. Sugum ya se había movido hacia el ala oeste donde
se había encargado de matar a tres orcos más. Dos de los que quedaban se habían
colgado de su cuello pero él avanzaba como un río desbordado. El guerrero se
sacudió a los orcos de encima que no poseían suficiente fuerza para detenerlo.
Un tercero corrió con una lanza detrás de él y lo atravesó por la espalda.
Sugum clavó su espada en el piso y con su mano tomó la lanza que le atravesaba
la espalda y salía por su pecho. Siguió tirando hasta que la sacó por completo
sin romperla. Del hueco que quedó en su armadura nunca brotó sangre solo polvo.
El orco se sintió inundado de temor y en llanto exclamó- Pero, ¿Qué eres? -Sugum lo golpeó con el escudo y le partió el cráneo
en mil pedazos.
Verokai
se movía esquivando los golpes, desenfundo su espada mientras corría entre sus
enemigos. El primero fue degollado, al segundo le abrió el estomago, un tercero
se lanzó sobre ella pero su espada elfa se ensartó en su corazón. Tres orcos
mas la rodearon cuando el primero gritó dirigiéndose a ella, movió su espada y
le quitó los ojos, otro de los orcos trato de acuchillarla en el estomago pero
lo esquivó y solo consiguió asesinar a su ciego compañero y antes de que
pudiera quitar el cuchillo del orco la elfa le cortó la cabeza. El último
consiguió herirla en una pierna. Primero gritó de dolor pero antes de que el
verde guerrero pudiera regocijarse ella arrancó el cuchillo de su pierna
mientras la misma se regeneraba ante los ojos asombrados del orco. Ella lo tomó
por la cara y salto girando por arriba de él sin soltarlo hasta estar del otro
lado, quebrándole el cuello y arrancándole la cabeza. La elfa le gritó a la
asquerosa mueca en la que se encontraba la cabeza cercenada del enemigo. La
soltó al aire y la pateó.
Serotonino
se defendía en el norte montado en el felino de piedra. La gigantesca quimera
despedazaba a sus víctimas con sus zarpas o los atravesaba con su cuerno. Los
orcos que conseguían golpear al animal destruían sus espadas contra la piedra.
Aunque el invocador portaba una daga no la había desenvainado todavía. Dejaba
que su criatura se encargase de aplastar orcos.
Del otro
lado Sefit calculaba la situación. Todos los orcos que lo rodeaban estaban en
guardia esperando algún movimiento de él. Pero él solo los seguía con la vista
y todavía no había desenvainado su espada. Uno de los orcos gritó y se tiró
sobre él blandiendo una espada humana. En el tiempo que toma pestañear, el guerrero
desenvaino su arma y cortó el vientre del orco. Dos guerreros más se tiraron
sobre el joven, el primero alzó su arma pero antes de que pudiese bajarla Sefit
le atravesó la cara, el otro recibió un corte que le abrió el pecho. Cinco más
se lanzaron sobre él, que esquivó los ataques al mismo tiempo que mataba a dos
de ellos. Los tres restantes volvieron a atacar pero les cortó las manos a dos,
el tercero quedó a sus espaldas e intento acuchillarlo, pero aun sin verlo
movió su espada y le atravesó el estomago. Volvió a llevar su espada delante de
él y finalizó a los dos que había dejado mancos. Sin terminar el movimiento giró
sobre una de las filas que lo rodeaban y le cortó la cabeza a uno de los
guerreros que no atinó a moverse. Los otros se corrieron, pero la espada del
hombre alcanzó a tres más. Comenzó a correr por el borde interior del círculo
de orcos que lo rodeaba. Su espada subía y bajaba por los cuerpos de sus presas
que no conseguían asestar un golpe. Doce más cayeron. Pero todavía se
encontraba rodeado. Uno de los enemigos perdió el valor e intentó escapar pero
la espada del imbatible fue más rápida. Mas orcos lo atacaron golpeó hacia su
izquierda y hacia su derecha y dos cabezas rodaron. Los orcos que quedaban,
atemorizados, se agruparon y dejaron de rodearlo, ahora era Sefit, quien los
rodeaba. Giró por el piso y pasó su espada a la altura de la cintura matando a
más orcos. Finalmente el grupo se dividió y comenzó a huir. Sefit alcanzo a
cada uno de ellos y les dio muerte.
Varios de los
orcos que se encontraban intentado destruir el animal que montaba el mago rojo,
se detuvieron al ver una cabeza que volaba por los cielos cayendo al piso y
rodando cerca de él. Ninguno de los que inicialmente habían arremetido contra
el palacio había resistido a los guerreros de la orden. Verokai Sugum y Sefit
se reunieron donde el mago se encontraba. De entre los árboles del bosque
surgieron los últimos guerreros orcos que quedaban. Estos no eran iguales a los
anteriores. Veinte orcos bien equipados con corazas labradas y lanzas de puntas
envenenadas envueltos en ropajes rojo oscuro avanzaban en formación. Detrás las
figuras de otros dos orcos se distinguían uno era enorme, casi el doble de los
otros pero en su horrible cara se reconocía el indiscutible linaje orco.
Portaba un garrote de madera que por su tamaño parecía ser el tronco de un
árbol que recién había arrancado. El otro vestía un yelmo adornado con pelos de
animal y estaba cubierto por una capa con bordados negros. Llevaba una espada
indiscutiblemente humana por su simetría. El último dio un paso al frente y se
dirigió a los caballeros de la orden del
Gato Azul.
-Veo que han
vencido a mis guerreros. A todos ellos -Gruñó-. A cien guerreros orcos solo
entre cuatro de ustedes. Y tu humano, has acabado con la mitad ellos únicamente
valiéndote de tu espada. Tú has de ser Sefit el imbatible -El joven y
desgarbado hombre no se mosqueó-. No esperaba menos de ustedes por lo que se
cuenta -El orco movía sus brazos y agitaba sus manos mientras escupía entre las
palabras tratando de tener cierta diplomacia en la cual nunca había sido
instruido-. Mi nombre es Glansh-Glugarth, quinto general del rey Murgthiz. Y
estoy buscando a Neilad. Entréguenmelo y su muerte no será tan horrible.
Protéjanlo y me encargare de que sufran torturas durante meses.
Serotonino se
dirigió a Glansh-Glugarth con su habitual frialdad -Solo un orco estúpido como
tu consideraría amenazar a cuatro personas que han acabado con tu tropa de cien
guerreros en diez minutos. Solo un orco tan estúpido como tu es capaz de pensar
que cualquiera de los miembros de La
Orden sería capaz alguna vez de traicionar a Neilad o a otro
de sus integrantes. No estás en posición de reclamar nada. Sería mejor que te
pongas de rodillas y clames piedad, ya que el único que consideraría seriamente
en perdonarte la vida es quien buscas y no se encuentra ante ti. Tu estupidez
te trajo hasta aquí a enfrentarnos pero será tu soberbia la que te lleve a la
tumba por no haber escapado cuando pudiste. Ahora muere y se olvidado.
Los tatuajes del
cuello del alquimista se movieron cambiando de forma. Movió sus manos y el
fuego de las antorchas de los orcos comenzó a crecer hasta quemarlos. Los
soldados rompieron formación. El felino de piedra saltó contra ellos. En vano
las puntas envenenadas de los orcos se quebraban al golpear el duro granito.
Sugum y Verokai se encargaron de matar a los que todavía quedaban con vida.
Glansh-Glugarth llamó a su guardaespaldas, el gigantesco orco del garrote a la
batalla. Sefit lo enfrentó. Esta vez sí estaba en guardia. El gran orco parecía
ser capaz de derrumbar una pared de un golpe y ningún guerrero sobrevive
confiándose demasiado. El orco gruñía mientras lanzaba golpes que no acertaba.
El hombre se movía hacia los lados eludiéndolo y cansándolo pero la resistencia
del orco no tenia limites. En un rápido movimiento de espada consiguió herir el
brazo del orco que soltó el garrote, luego otro corte se dirigió hacia la
pierna, de donde comenzó a brotar sangre oscura. Finalmente el guardaespaldas
de general orco cayó de rodillas sosteniendo sus heridas. A Sefit solo le quedó
atravesarle la cabeza con su espada para liquidarlo. Finalmente Glansh-Glugarth
se sintió acorralado y sacó su espada pero antes de que pudiese usarla Sugum le
cortó la mano. El orco gritó del dolor y Verokai saltó sobre él devorando su
sangre y secando al último orco en pie mientras todavía vivía.
Sefit limpió su
espada y exclamó -¡Esto ha sido muy divertido!, pero yo me voy a la taberna.
Los borrachos de los enanos han vaciado nuestra despensa otra vez y solo queda
esa asquerosa hidromiel.
Serotonino
contempló los cadáveres desparramados por toda la periferia de la orden.- ¿Quién
limpiara este desorden?
El hombre que ya se alejaba de ahí se dio vuelta y dijo -Que lo haga Neilad, cuando regrese.
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