miércoles, 12 de mayo de 2021

Chinches

 Leyenda Gojiien


    Habían estado casados por catorce años. Ambos estaban hartos el uno del otro. Acostumbrados a la pobreza y con desgano de vivir. Él anhelaba que su esposa desapareciera de la faz de la tierra. Por diferentes motivos. Estaba enamorado de una vecina, la cual lo había rechazado diversas veces, explicando que no tendría nada con él, por estar casado. Su mujer lo hostigaba reclamándole su poca cooperación en las tareas del hogar, con su continuo y decepcionante ausentismo a su trabajo, con la total ausencia de higiene. El hombre, quizás por pura rebeldía, se negaba a limpiar los trastes después de comer, ni siquiera ayudaba levantando la mesa. Pasaba días sin bañarse. Y jamás, en sus casi tres lustros de matrimonio, había tendido la cama. Su esposa había decidió trazar la línea ahí. Negándose incluso a cambiar las sabanas si el no cooperaba al respecto. Las chinches invadieron la habitación. Esos animalejos pequeños, diminutos, que se escondía debajo de la cama para, por las noches, cuando dormían, subirse por las sabanas a robarle gotas de sangre. No podían descansar, amanecían agobiados por la picazón. Pero alcanzaba que recobrasen la conciencia para recordar lo mucho que se odiaban. Y de pronto, las picaduras, se convertían en el menor de sus problemas.


    Dispuesto a solucionar tal situación, el de su esposa, consiguió un poco de veneno. Un brebaje prácticamente indetectable que mataba paralizando los órganos. Una gota, alcanzaba para inmovilizar a uno por unas horas; dos gotas por todo un día; tres gotas lo paralizarían para siempre; mas, sería fatal en cualquier proporción. Él, usó todo el frasco. Lo mezcló con el vino que le ofreció a su acompañante, la cual no sospechó nada. Aquella última cena fue de las más silenciosas que alguna vez tuvo. Ella quedó tiesa, fulminada. Fingir delante del médico, que pasó solo a dejar la constancia de óbito, fue lo más fácil. Se endeudó, incluso, para pagar un hermoso funeral.


    Sin su esposa su vida fue más fácil, o eso creyó. Nada lo hacía más feliz que no tener que estar nunca más cerca de ella. Siguió sin limpiar los platos, asearse o cambiar la ropa de cama. Pero ahora ya nadie le reclamaba nada. Podía acosar a su vecina con total impunidad, también. Eventualmente los platos limpios se acabaron, pues los limpiaba su difunta esposa. Comió entonces de la olla o de la sartén. Y cuando estas estuvieron ya inutilizables salió por bebida. Regresó, borracho, un día después de haber abandonado su hogar. Dispuesto a descansar, pero antes, quería algo más de bebida. El problema fue que no quedaba nada. Lo poco que alguna vez hubo, se agotó al momento de morir su esposa, pues ya nadie más volvió a comprarlo. Desesperado buscó entre los vasos tirados por el suelo y por sobre la mesa, ingiriendo todo lo que encontró. No importó si dentro de ellos había insectos muertos o estuviesen llenos de hongos. Importaba el alcohol. Solo cuando supo que ya no había más donde buscar, fue que se acostó.


    Pero para su desgracia, entre todo aquello que tragó, se encontraban algunas gotas del veneno que había utilizado en su mujer. En algún vaso que él, no había lavado. Quedó inmóvil, consiente pero incapaz de volver a levantarse de su lecho. Y cuando llegó la noche, las chinches subieron a alimentarse. Eran miles, lo cubrían por completo. Las sintió caminar por su cara, por su cuello, entre sus piernas. Lo picaban y lo volvían a picar, desangrándolo poco a poco. Si tan solo hubiese cambiado las sabanas una vez, ellas serian menos. Si tan solo su esposa lo acompañase, podría haberlas ahuyentado o haber buscado un médico. Pero él ya era libre. Las chinches saciaron su apetito y se retiraron. El hombre siguió sin poder levantarse y a la noche siguiente regresaron a desecarlo en vida.


    Encontraron el cuerpo meses después, pues a nadie le importaba aquel perezoso ser. Los testigos, narraron que al intentar levantarlo, este, se convirtió en cenizas. Juntaron sus restos en una caja. Barrieron y limpiaron, de paso, toda la vivienda; y prendieron fuego aquel lecho. La venta del inmueble serviría para pagar las deudas que el hombre había dejado, pero no alcanzaba para costear otro funeral. Decidieron entonces, esparcir las cenizas sobre la tumba de su mujer. Asumieron que, eso, sería lo que él hubiera deseado.


   

Fin.

Problemas con las morchellas

 

Leyenda Nicerien


    Los cinco secuestradores tenían cautivos al pequeño príncipe Zritren y a su niñera Amiriá. Se atrincheraron en la cocina de la pequeña mansión. Los otros siervos nada podían hacer para rescatarlos, más que pedir ayuda. Pero mucho antes de que los guardias reales llegaran hasta aquella finca, los demás hombres del tío del niño, que pensaba negociar la separación del reino por la vida de su sobrino, se sumarían al asalto. Solo era cuestión de tiempo.


    Deambulaban, hambrientos, entre la despensa, buscando algo con que saciar su hambre. Había algunos vegetales, que despreciaron inmediatamente. Había carne, pero no era suficiente. También, estaban los hongos. Varias docenas de ellos con sombreros arrugados, de color pardo y del tamaño de la palma de su mano. Eran conocidos en el reino por tener un sabor exquisito. Pero había un problema, algunos eran venenosos. La ingesta suficiente podía llegara matar a una persona. Si alguien quería disfrutar tal manjar, debía saber identificar a las verdades morchellas.


    El líder de los cinco bandidos interrogó a la mujer —¿Cómo sabemos cuáles son buenos y cuáles no?

    —¡Pobre ignorante! —sentenció la niñera— Esas cosas se aprenden fácil, observando a la naturaleza. Sabes que el león es rey porque no mata a los suyos. Por eso mi rey ha perdonado a su hermano tantas veces. Porque tiene dentro de su pecho un gran corazón. ¿Quieres reconocer lo verdadero de lo falso? Mira en su interior y si encuentras algo sabrás que es sincero. ¡Ah, pero si esta hueco sabrás que es falso! Como el hombre que los ha enviado.

    —¿Y cómo sé que puedo confiar en ti? —preguntó el líder nuevamente.

    —Si hubiera sido yo, tan desconfiada como tú, no estaría sufriendo esto. Quizás haya algo de sabiduría en tus acciones. Pueden darme de comer lo que ustedes se sirvan, si eso los deja más tranquilos. —contestó desafiante ella.


    Tales palabras fueron suficientes para convencerlos. Prepararon su cena con paciencia, cortando las setas en dos y descartando las huecas. Y la niñera, una vez estuvo hecho, consumió con ellos aquel estofado.


    Los seis estuvieron muertos al día siguiente. El sacrificio de Amiriá permitió que los demás sirvientes rescatasen al niño y huyesen antes que más asaltantes llegasen. La niñera de Zritrén, sabía muy bien que la acción humana no debe compararse con la naturaleza pues los leones matan a los cachorros de sus rivales para poder aparearse con sus madres; y las verdaderas morchellas, a diferencia de los hombres, son huecas.



Fin.


Nota del autor: No coman morchellas si no las saben identificar. Que la naturaleza es sabia, no lo discuto. Pero me revienta leer y leer textos, en mi caso generalmente de pedagogía, donde esa falacia de falsa comparación se repite una y otra vez. Frases armadas como “el hombre es el único animal que se mata entre ellos”, lo cual es falso, muchísimos otros lo hacen. Los más comunes son los de comparar el instinto “maternal o paternal” con el humano. A los humanos nos gobierna la cultura, si la sociedad convence a sus integrantes de que tirar a un acantilado a un niño enfermo o con algún síndrome que no se considere aceptable, para esa cultura, está bien, estos lo harán. Cómo sucedía en la antigua Esparta. Muchos niños fueron llevados como sacrificios humanos por sus mismos padres, en distintas partes del mundo, y eso, para ellos, estuvo bien. Por eso nos hace falta discutir nuestras costumbres todos los días y no simplemente aceptarlas o caer en falsas justificaciones naturales. 

El trilobite del amor

Leyenda Fecerien


    Nadie en el reino conocía la verdadera historia de aquel medallón. Nadie sabía que representaba o como había llegado a manos de los gobernantes. Hecho de piedra, con forma de una pequeña esfera reticulada y con diminutas púas. Alguien lo había perforado para pasar por allí una cadena y ser usado como colgante. Cómo era la tradición había pasado de madre a hija, de reina a princesa, siendo entregado a la primogénita de la pareja real, representando que, algún día, heredaría el reino.


    Cuando Zirá lo obtuvo, habiendo cumplido la mayoría de edad, se lo colocó inmediatamente. Cumplir con las tradiciones no era algo que le importase mucho. Se sentía, en realidad, culpable. Tantas cosas se le exigían por haber nacido princesa. Tantas cosas que no deseaba hacer. Como princesa debería casarse, con algún hombre de la corte o de algún país vecino que desconocía, para engendrar hijos y así continuar con la tradición. Pero Zirá se había enamorado de una criada, Bafí. Y temía que su padre descubriera lo de su amante.

   

    El día llegó, y el rey lo supo. Decidió, este, enviar a Bafí lejos de allí, del otro lado del mar. Con la intención de que Zirá dejase su capricho a un lado y regresase a “las buenas costumbres” y decidiese honrar las tradiciones. Pero no era un capricho y no olvidó a Bafí. Su padre entonces la encerró en una torre y le prohibió todo tipo de comunicación con Bafí. Ninguna carta saldría, ni por mar en barco, o por aire en paloma. La princesa solo podía salir por las mañanas a pasear por la playa, sabiendo que más allá del horizonte, estaba su verdadero amor, condenada al exilio por el rey. Mientras que ella permanecía prisionera de las tradiciones.


    Rezó a los dioses hacerle saber a su amada, cuanto lo sentía. Alguno la escuchó. Y una mañana mientras caminaba por la playa, con los guardias reales a su espalda, sintió que algo se movía en su pecho. Tardó un poco en entender que era lo que sucedía, pero cuando lo hizo, disimuló, para que los hombres no lo notasen. Su medallón se retorcía y cenizas caían de él. La piedra se movía y se desenroscaba, desvelando su verdadera forma, la de un pequeño artrópodo. Lo sostuvo en su mano y le susurró todo aquello que deseaba contarle a Bafí. Y luego, lo liberó en el mar.


    Pasaron dos semanas hasta que el trilobite regresó. Trayendo con él noticias de Bafí. Los meses se sucedieron y el intercambio de mensajes no cesó. El último que la princesa recibió explicaba que Bafí, había decidido escapar y regresar al reino disfrazada y oculta en algún barco mercante. La criatura mensajera, luego de transmitir esto, se convirtió nuevamente en piedra, para ser llevada por Zirá otra vez en su pecho. 


    Sintió entonces terror. Su padre, el rey, la atraparía y, esta vez, no permitiría que continuase con vida. Se encerró, por voluntad propia en aquella ocasión, a llorar y lamentarse. Se durmió, con los ojos mojados y penas de amor. Mientras dormía, sintió que el trilobite caminaba otra vez sobre su pecho, acercándose a su oído a susurrar: “Mañana, Irus, la diosa de las mareas, mi guía y protectora, opacará al sol. Busca a Bafí en el puerto y escapa con ella hacia el sur. Las aguas del mar estarán altas y torrentosas y los demás navíos no podrán seguirlas. Yo las ayudaré, pero jamás podrás regresar a este reino, o reclamar tu herencia de tierras, oro o poder.”


    Zirá sabía lo que debía hacer. Al día siguiente, aquel eclipse aconteció; y mientras los guardias contemplaban el evento, se escapó de la vigilia y encontró a su amada Bafí esperándola en el puerto. Nuevamente el medallón de la familia real se convirtió en el noble artrópodo. Y tan pronto como tocó la arena del mar comenzó a crecer. Las espinas de sus lóbulos se volvieron más prominentes, cerrándose como en arcos, atrapando el aire en su interior. Creció tanto, que ellas pudieron pararse sobre su espalda dentro de aquella burbuja de aire. Se volvió plateado y se adentró al mar, hacia sus profundidades, para emerger del otro lado cuando su travesía hubiera terminado. Nada más se supo de Zirá y Bafí. Pero seguramente fueron felices, pues se habían liberado de las costumbres y las tradiciones.



Fin.


Nota del autor: El primer fósil del cual se tiene registro de un trilobite fue uno que encontró un hombre, o mujer, de cromagnon y que agujereó para convertirlo en un colgante.




domingo, 2 de mayo de 2021

Pulgas de la playa

A mi prima Sol, que le gustan los bichos.


Leyenda Gudaguen

   

    Talí era muda. Quizás por eso, porque nadie la entendía, pasaba la mayor parte del tiempo sola. Sus padres eran los dueños de un hotel que hospedaba viajeros y visitantes que se dirigían a la costa. La niña, de diez años, deambulaba por la playa, entre las rocas y la arena blanca, con sus juguetes. Muchos de ellos los había hecho su tío. Pequeños mueblecitos tallados en piedra o madera y delicadamente coloreados. Talí, a orillas del mar, se arrodillaba a esperar a sus únicas amigas. La gente las llamaba “pulgas de la playa” pero no eran pulgas. No picaban a las personas o los animales, pues no se alimentaban de sangre, sino de plantas y animales muertos. Los cadáveres de las gaviotas, de otros crustáceos, de moluscos, algas, que no eran plantas, arrastradas por la corriente hacia la playa, peces muertos y cosas similares, las atraían; saltaban sobre ellas y hacían lo que las lombrices en la tierra. En el océano, otras criaturas eran  las que devoraban y hacían desaparecer aquello que hubiera muerto, pero allí, en la playa, ellas se encargaban de lo más grande. Eran inofensivas, diminutas, del tamaño de la uña de su dedo pulgar y muy coloridas. Naranjas, ocres, amarillas, blancas y algunas grises. En ocasiones, entre sus saltos buscando comida, caían por casualidad sobre sus muebles de juguete y ella sentía que habían llegado hasta allí para visitarla. Podían pasar horas hasta que alguna cayese sobre uno de sus sillones de piedra o sobre la mesa de comedor, con comida, incluso, dibujada. Las pulgas de la playa no le prestaban atención, en realidad la ignoraban. Su vida era corta y la presencia de la niña no les molestaba. No le temían. No podían comprenderla. Eran inocentes, incapaces de hacer daño alguno, ellas.


     Su padre era el cocinero del hotel. Pero tenía otras obligaciones también, como recolectar las langostas que atrapaba con las decenas de trampas desperdigas por la costa. Cajas de mimbre y sogas con cebos que aprisionaban a los crustáceos que terminarían siendo devorados por los peregrinos. Antes, nadarían por última vez en una cacerola repleta de verduras sobre la estufa de la cocina del hotel. Atravesadas por un sufrimiento silencioso, que no era el único. Y cuando estuvieran listas, el hombre las dividiría por la mitad con su gran cuchillo y las serviría con elegancia. Su mejor plato.


    Una noche, un hombre de familia noble, hijo un terrateniente, ordenó alguno de esos platos, mientras se embriagaba con el mejor vino del hotel. Las camareras estaban cansadas de él y de sus libidinosos avances que no eran correspondidos. Una de ellas, harta, lo abofeteó. Los dueños del establecimiento se vieron forzados a intervenir, ignorar lo que estaba sucediendo no había sido suficiente. No podían darse el lujo de perder tal cliente, consideraron, por lo que le ofrecieron más vino. El cocinero se sentó a conversar con él y escucharlo. Lejos de reprenderlo, estuvo allí para recibir sus quejas y sus opiniones lascivas respecto a las camareras y cualquier otra mujer en general. A lo que el otro hombre solo contestó riéndose y festejándolo, aportando también alguna de esas opiniones. Mientras, a puertas cerradas, su esposa le recriminaba sus actos a la camarera. Aquella fue una noche larga, hasta que el noble inundado por el alcohol terminó inconsciente. Decidieron dejarlo dormir sobre la mesa y se dedicaron a atender otros asuntos.


    Cuando despertó amanecía. La luz del sol hacía que le ardiesen los ojos. Se acercó, tambaleando, a un ventanal. Desde allí pudo observar a la niña sentada en la orilla del mar. Sintió que sus pulsiones no habían sido satisfechas; que sus deseos eran lo único importante; que era el dueño de todo y que cualquier rasgo de decencia que le hubiese impuesto alguien o exigiese la sociedad, no interesaban. 


    Talí lo notó e incapaz de gritar, intentó correr entre la arena y las rocas, mientras una ola alcanzó la playa. Llevándose, la marea, varios de sus pequeños sillones de piedra favoritos.


    La madre de la niña, todavía se encontraba barriendo el comedor. Se alegró de que aquel borracho ya no se encontrase allí. Y se acercó al ventanal para observar a la playa y a su hija.


    El noble estaba demasiado ocupado como para prestar atención a su alrededor. No escuchó, por esto, los pasos de la mujer acercándose a él por su espalda. Fue sorprendido cuando ella tironeó de la fina camisa que todavía tenía puesta. Cayó de espaldas, golpeándose la cabeza contra una roca. La arena se tiñó de rojo. El hombre convulsionó durante unos segundos. Luego, se detuvo. Ella acarició el rostro de su hija mientras intentaba, con todas sus fuerzas, reprimir sus deseos de gritar. No podía despertar a sus empleados, pero debía de alertar a su esposo. Arrastró el cuerpo hasta ocultarlo entre unas salientes y regresó llevando de la mano a Talí. Cuando el cocinero escuchó la historia permaneció mudo, como su hija. No había nada que decir. Deseaba poder negar el haber alimentado a aquel monstruo. Pero no podía.


    Fingió ir de mañana a buscar las trampas. Zarpó en su bote a recolectarlas y regresó con ellas y el cadáver del hombre. La mujer, ordenó a sus siervos que se tomasen el día. Solo, ayudado por el cuchillo con el que cortaba a las langostas desmembró el cuerpo. Dejó cada parte en una jaula de mimbre atada a piedras y regresó al mar para arrojarlas allí. Sabiendo que jamás intentaría recuperarlas.


    Dos semanas después llegaron las autoridades a investigar la desaparición de aquel noble. Sabían, los posaderos, que si se tratase de cualquier otra persona ellos no estarían allí. Sabían que si intentaban explicar lo sucedido serian ignorados. Sabían que el hombre muerto podía hablar, pero que la niña no tenía voz. El hombre los convenció de que el incidente con la camarera había molestado tanto al noble que, esté, se había marchado al día siguiente habiendo pagado todo. Después, ya no sabían nada más de él. Mientras el cocinero hablaba, su esposa, observaba por el ventanal a su hija. Estaba arrodillada, en la orilla del mar, y había levantado algo que había traído la corriente. Esperaba que las mentiras que contasen fueran suficientes. Que asumiesen que había sido asaltado o que todavía continuase de juerga. Sabía que no podría irse a dormir jamás sintiéndose segura.


    En la playa, arrodilla en la orilla del mar, frente a una roca, Talí había colocado su mesa de juguete, aquella con la comida dibujada por su tío. Algo de lo poco que le quedaba de tiempos mejores. Estaba ansiosa, sabía que sus amigas vendrían a visitarla esa mañana. Porque esta vez, sobre la mesa, había más que comida pintada. Esta vez había dejado un dedo.




Fin.



Nota del autor: Las pulgas de mar o pulgas de la playa cómo comúnmente se las conoce son, en realidad, muchos animales diferentes. Ninguno de ellos, hasta donde leí, son insectos, son crustáceos, pero de diferentes tipos. Algunos de ellos si son carnívoros y capaces de picar a las personas, pero en muy raros casos en los que se quedan atrapadas en la ropa de los bañistas. Estos en los que está inspirado este cuento son aquellos anfípodos de la familia de los talítridos. Estos, no los anteriores, si son terrestres y los hay hasta de agua dulce. Son capaces de saltar, y por eso los llaman “pulgas”, y a veces “piojos”; y son dentrívoros, o sea se alimentan de cuerpos en descomposición.





lunes, 26 de abril de 2021

El silbato de Osún

Leyenda Nicerien


    Cómo un rufián tal, había conseguido aquel silbato, era un misterio que ellos desconocían. Pero en el reino todos estaban impresionados por lo que Osún, con aquel artefacto, era capaz de hacer. Se decía que poseía un don, que era un regalo de los dioses. Un obsequio entregado a alguien especial. Con ese instrumento, y un poco de pericia, Osún, encantaba a las aves. Siendo capaz de imitar sus melodiosos trinares los convencía de acercarse a él, incluso al más esquivo de los pájaros. Se paseó así, de pueblo en pueblo, de plaza en plaza, tocando su silbato y atrayendo a emplumados visitantes que, luego de ser admirados por unos instantes por algunos curiosos que dejaban monedas en el sombrero del hombre, se alejaban volando con un destino incierto, pero muy propio.


    Cuando llegó a oídos del Duque de Panoro, el mismo, se encontraba demasiado lejos de Osún, pues desde hacía meses había estado administrando los asuntos más importantes de su mina de plata. Un gran hueco en la montaña que se hundía más y más con el pasar de las semanas. El descubrimiento de aquella veta de metal precioso, le había permitido conseguir una fortuna que superaba a cualquiera que hubiese tenido alguno de sus ancestros. Sintiendo merecedor de aquella riqueza, consideró que era hora de dejar algún legado. En ningún momento el motivo que pasó por su cabeza fue el de devolverle algo a sus tierras. No, en lo más mínimo. Lo que deseaba, era ser recordado. Opacando los logros de cualquiera que hubiera estado antes que él y de ser posible que viniese después de él también.


    El Duque de Panoro tenía muy presente la historia de un rey, que en aquellas tierras, había usado su poder y fortuna para comprar animales de regiones exóticas y los había reunido en un gran zoológico. El mismo que tras ser destronado el tirano, el pueblo tuvo que desmantelar, liberando en sus bosques animales ajenos al mismo que, tiempo después, generaron un gran daño. Los leones ahuyentaron a muchos de los lobos. Los cocodrilos se apoderaron de los ríos, estanques y lagunas. Los murciélagos colonizaron las montañas y acabaron con poblaciones de insectos que polinizaban las flores. Solo por señalar algunos ejemplos. Pero el zoológico del rey azul, fue su mayor demostración de poder. Decidió, entonces, que algo similar debería de ser su legado. Pero intentado aprender de aquella experiencia y aprovechando la oportunidad que representaba Osún, mandó a construir una gran jaula, de dimensiones descomunales, donde pretendía encerrar a todas las especies de aves que pudiera encontrar. Pues consideraba que las aves no podría representar nunca la misma amenaza que una docena de cocodrilos.


    Osún, al recibir la noticia, ávido de riquezas y un poco de gloria partió al encuentro del Duque, tan pronto como pudo. Repitió aquello que tan bien era capaz de hacer, solo que ahora, en vez de permitir a los pájaros alejarse y regresar a su libertad los capturaba. Si alguna belleza había poseído alguna vez sus actos, ella se había extinguido. Corrompido por un poco de plata, el malandra, sopló y sopló su silbato cientos de veces, hasta haber reunido una numerosa colección de vida. 


    Esos curiosos hombres que antes se amontonaban en las plazas para observar a las coloridas aves, ahora lo hacían para recorrer la jaula y contemplar tan decadente espectáculo. Osún cambió así, las monedas, por los lingotes. Y el Duque de Panoro fue puesto en boca de todos como un gran hombre.


    La felicidad del privilegiado, no obstante, duraría poco. Lo inevitable iba a acontecer, pues una noche, entre los pies de los muchos guardias, varios gatos se colaron en la jaula, ayudados por su sigiloso andar. Y una a una, fueron cazando a las aves, hasta acabar casi con todas. Solo aquellas muy grandes, capaces de defenderse, cómo un triste cóndor que no podía siquiera remontar vuelo en tan pequeño claustro, se salvaron.


    Viendo que habían acabado con lo que amaba, o eso decía él, el Duque le declaró la guerra a los felinos. Contrató un cazador, que con arco y flecha, se encargó de exterminar a los pobres gatos, aquellos culpables del atraco y cualquier otro que encontrase. Jamás pasó por la mente del ricachón que era él quien había condenado a las aves, al privarles de su vuelo a tan triste destino; o que los gatos habían actuado así por instinto y no para desafiarlo, ya que para ellos el Duque era tan solo un hombre necio más.


    Causó tanto daño cómo fue capaz a la población local de gatos. Se sintió victorioso, el Duque, con tales resultados. Merecían, aquellas bestias insensibles ese porvenir. Pero con el tiempo suficiente, las situaciones suelen revertirse. Un gato negro, de pecho blanco y pelaje largo, consiguió eludir varias veces a las saetas del cazador, dejándolo en ridículo. En más de una ocasión apareció delante de él solo para burlarse y desaparecer nuevamente en el bosque. El Duque, el cazador y el infeliz Osún se obsesionaron con él. Pero aunque pasaron los meses, jamás pudieron dar con él. La mina fue prácticamente abandonada, pues el interés del terrateniente ahora se había volcado hacia el escurridizo animal en quien invertía todo su odio. Los trabajadores agradecieron el descanso y celebraron al gato. Lo cual solo hizo aumentar la rabia del Duque.


    Redoblando esfuerzos, consiguieron dar con el paradero del animal. Pero aun aquella noche fallaron en emboscarlo y consiguió nuevamente escaparse. Lo siguieron por al menos dos horas hasta la mina, ahora, abandonada. Encendieron el Duque y Osún antorchas, pero no el cazador, que necesitaba sus dos manos para manipular su arco. Llegaron hasta el mismísimo final, sin hallarlo. Posiblemente se había escabullido por algún rincón sin que lo notasen. Cuando voltearon, para regresar al exterior, inmensa fue su sorpresa al encontrarse frente a frente con dos leones, sobrevivientes de aquel infernal zoológico de antaño. Uno con una gran melena negra y otro con una frondosa melena color café. Los tres hombres, solos, se habían encerrado en aquella cueva y probarían un poco de lo que habían tenido que sufrir esas pobres aves.


    Ese fue el fin de Osún, del Duque de Panoro y del cazador de gatos. Jamás se supo si el silbato terminó en el estómago del león de la gran melena negra o en el de la frondosa melena color café.



Fin.

   

Nota del autor: Hace al menos un par de décadas un compañero de alguna clase, bastante mayor que yo, contó una anécdota. Este hombre, de unos cuarenta y cinco años más o menos, posiblemente menos, yo era mucho más joven así que no sería raro que exagerase con su edad, había sido policía. Era un tipo prepotente que nos narraba a veces historia de cómo había frustrado un robo persiguiendo y golpeando a algún ladrón para devolverle el bolso o la cartera a alguna inmigrante cuya nacionalidad el señalaba peyorativamente. Aquellos días nuestro profesor había sufrido la pérdida de su mascota, un perro de más de quince años que había muerto de viejo. Y había decidido no ir a dar clases. Cosa que me pareció muy respetable y entendible. Este ex policía, que se había adjudicado el rol de docente en la ausencia de nuestro verdadero maestro contó que él, en alguna ocasión, había tenido en el fondo de su casa una gran jaula donde aprisionaba gorriones y otros pájaros cantores que le gustaba escuchar. Por supuesto en algún momento los gatos del vecino se metieron en la jaula a cazar a las aves, las cuales jamás tuvieron una oportunidad. En represalia por tal acto él decidió salir con su escopeta a matar gatos. Siempre desprecié a ese hombre y jamás he sido bueno para perdonar, supongo. Este cuento es algo catártico, quizás a través de un poco de fantasía, se puede contar la misma historia pero con un mejor final. Si alguno tiene alguna anécdota similar estoy dispuesto a leerla y si se puede hasta hacer una historia con ella. 




viernes, 23 de abril de 2021

Enidoku

 Leyenda Korien


    Se escuchaban los aullidos desde lejos, como si el animal estuviese esperando a alguien. La luna menguante iluminaba lo suficiente para distinguir, en el tupido bosque, apenas unos pasos delante de uno. El hombre luchaba contra la nieve en cada pisada. Sus botas, ya muy gastadas, se humedecían paso a paso. El frio empezaba a llegarle a los huesos. La enmarañada arboleda de ñirres se fue abriendo y divisó finalmente la cabaña. La había visto antes, pero no había encontrado motivos para pasar por allí. La perra de pelaje blanco y hocico afilado fue a recibirlo, moviendo su cola. Nunca se habían conocido, pero la guardiana de la cabaña era amigable, siempre que uno correspondiese a tal actitud. Eso solo haría las cosas más fáciles. Mientras acariciaba su lomo, buscó con tranquilidad su daga y antes de que el animal pudiera reaccionar, la degolló. Una muerte rápida. 


No limpió, siquiera su arma, antes de entrar a la vivienda. Abrió la puerta y se movió sigilosamente, el fuego estaba encendido y escuchó un “click”. El sonido de una llave cerrando una cerradura. Fue muy tenue, casi imperceptible. Estaba seguro, casi seguro, de que lo había escuchado. Debía haber alguien más, pues  había leñas ardiendo en la chimenea, aunque el caldero donde se cocinaban los alimentos estuviese vacío. Cerca de la chimenea había una cama y allí había alguien, tapado hasta la cabeza. Caminó hasta el lecho, tranquilo, con total seguridad que quien estuviese debajo de la sabana no tenía oportunidad alguna. No se molestó en hablar o en ocultarse, tenía claro que lo mataría, sin remordimientos. No sería la primera vez. Le importaba muy poco si era un hombre, una anciana o un niño. Le daba igual. Y sujetando su daga con ambas manos lo apuñaló repetidas veces. Pero no brotó sangre, ni nada. Lo destapó bruscamente, por si acaso había sido engañado. Había un hombre joven allí, pero él no era dueño de su muerte. Hacía rato había muerto de frio, posiblemente, debilitado primero por alguna enfermedad. 


Tenía que haber alguien más. Encendió una lámpara de aceite y recorrió la cabaña, solo tenía una habitación, en una esquina encontró una puerta que daba a un sótano, pero no fue capaz de abrirla. La puerta era de madera de roble negro, demasiado gruesa o dura para forzarla y la cerradura estaba incorporada a ella. Pensó en conseguir un hacha, pero no le urgía. Solo le preocupaba que hubiera alguien allí. Buscó en toda la vivienda algo con que romper la cerradura o la puerta, pero no encontró nada. Tampoco encontró comida o algo que pudiera robar. Sospechaba que lo que fuera importante estaría escondido allí. Robar en ese momento no era su prioridad, tenía hambre y frio. No había tiempo para buscar leña afuera así que destrozó una silla y la arrojó al fuego. Vio por la ventana cerca del lecho que había comenzado a nevar otra vez. Lo mejor sería pasar la noche en la cabaña. Envolvió al cadáver en la sabana y lo sacó de la vivienda. Fuera se reencontró con el cuerpo del animal. Tendría algo para cenar esa noche. Había escuchado historias respecto a perros que se convertían en espectros hechos de cenizas y acechaban a los hombres que los habían matado o torturado. Se suponía que comer perro estaba prohibido. También matar a un hombre. Pero él no creía en esas cosas. Desmembró al animal y lo asó. Mientras masticaba una de sus piernas arrastró un pesado armario sobre la puerta del sótano. Si alguien estaba allí, lo mejor sería que allí permaneciese. Encontró sabrosa la carne de perro, se hubiera conformado con menos. Trabó la puerta y cerró las ventanas. Quien hubiera prendido el fuego podría regresar y no quería que lo sorprendieran durmiendo. Sentado frente a los leños observó las ultimas brazas arder. Buscó algo con que abrigarse y encontró una vieja frazada tejida con lana. Olía mal, pero también toda la vivienda. No lo había notado antes, pero el lugar apestaba, posiblemente por el muerto, por las heces del animal, o por algo más que no podía identificar. Quizás comida pudriéndose en el sótano. ¿Por qué habría un cadáver allí? No estaba seguro ya de que realmente hubiese alguien más. 


El fuego se extinguió, el hombre se recostó sobre el lecho y tapándose con la frazada de lana se durmió. Cuando despertó no recordaba que había soñado, estaba tranquilo y sereno. Se rascó la mano izquierda, pues le picaba. Estirándose y bostezando un poco se quitó lo último de sueño que pudiera quedarle y se acercó a la puerta, que todavía estaba cerrada. Nadie había vuelto a la cabaña que ya sin la perra era un lugar silencioso. Destrabó la puerta para poder salir. La nieve había cubierto la entrada y le llegaba hasta las rodillas. Se rascó el codo. Pensó en enterrar al cuerpo del hombre, era una buena idea si deseaba quedarse, aunque eso en realidad no le interesaba. Necesitaba irse, permanecer más tiempo allí no le convenía. Más gente podía llegar, gente que conociera al hombre muerto. Había dejado su cuerpo cerca a unos leños, no había encontrado el hacha en la noche, y tampoco la encontraría ahora que todo estaba cubierto por la nieve. No tenía con que cavar así que simplemente arrastró el cuerpo hasta el bosque, y entre los ñirres lo abandonó. Se llevó la sabana, que se había desgarrado, debido al corte de su daga. Se rascó una pierna. Seguía pensando en el sótano. Todavía no quería irse, quería saber que había allí abajo. Se rascó la nariz y volvió a la cabaña. 


Dio vuelta todo una vez más. A parte de una mesa y otra silla, que utilizó para encender nuevamente el fuego y así calefaccionar e iluminar un poco el interior, pues el aceite de la lámpara se había acabado ya, no había más mobiliario que el lecho, el armario y una cajonera. La misma solo contenía algunas mudas de ropa. Había frascos vacíos que alguna vez habrían contenido conservas, algunos pocos platos, un caldero vacío. Los huesos del perro que había devorado. Un plato de metal, algo oxidado, hacía de espejo junto a una navaja, muy desafilada y unas tijeras, posiblemente para recortarse la barba o el pelo. En el armario, que trababa la puerta del sótano no había nada más que unas camisas gastadas. Tomó las tijeras y quitó el armario de donde lo había dejado. Intentó forzar la cerradura hasta que las tijeras se rompieron. Se rascó la cara, se sentía afiebrado. Se rascó los parpados, la picazón había aumentado. Cada vez se rascaba con más fuerza, la carne le ardía. Se observó los brazos que supuraban de pus, infectados. Su piel estaba roja y cada vez que pasaba sus uñas sobre ella le ardía, más y más. Buscó el espejo para observarse el rostro, estaba desfigurado, él mismo se había lastimado rascándose. Parecía un brote de sarna. Un violento brote de sarna. Afuera de la cabaña el viento soplaba, como solía hacerlo en esa región, constante y fuerte. El viento era tan potente que los árboles, como los ñirres crecían doblados, acompañando el sentido del viento, como una bandera. Sintió hambre nuevamente, si había enfermado lo mejor sería comer algo pronto o se debilitaría más rápido. Esperaba poder cazar alguna mara, una especie de liebre grande que habitaba esos lugares, se llevó la frazada para intentar capturar a una, después la degollaría con su daga. Pero no encontró ninguna por los alrededores, no había nada allí en invierno. Su estómago ya le crujía y su cuerpo ardía por la picazón. La nieve no le ayudaba, la humedad lo irritaba aún más y el frio le quemaba en sus heridas. Lo único que pudo encontrar fueron unos hongos que crecían trepados por los troncos de los árboles. A lo lejos, escuchó aullidos, lo mejor era refugiarse, pronto. Así que los tomó, y junto con un poco de nieve se preparó un caldo. Algo con que engañar su hambre. Con la frazada mojada el frio se sentía peor. La dejó cerca del fuego todo el tiempo que pudo, esperando pacientemente que se secara. El cuerpo le picaba por completo, se empezó a sentir mareado. Lo único que se movía en la habitación eran las sombras que se proyectaban en las paredes agitadas por el fuego. El sonido del viento lo acompañaba golpeando las ramas de los árboles. Volvería a nevar pronto. Sintió náuseas y un cansancio casi absoluto. La frazada húmeda le molestaba. Se sentía incómodo. Volvió a trabar la puerta y se preparó para la nevada que caería en cualquier momento. Bebió algo más del potaje que habría preparado pero el sabor picante y a nueces de los hongos le desagradaba ya. Todo daba vueltas y los sonidos de las ramas de los árboles, del viento, de los aullidos a lo lejos cambiaban de volumen. A veces se escuchaba muy fuerte y otras veces eran casi inaudibles. Trató de concentrarse en la puerta del sótano. Ya no tenía más el armario encima. Puso su mano sobre su daga, esperando que algo saliese de esa puerta en cualquier momento. Algo golpeó las paredes de la cabaña por fuera. Debía de ser enorme. La puerta de entrada se movió, pero se encontró con la traba. No podían abrirla. Lo que estuviera afuera lo intentó varias veces. Un aullido de frustración, prolongado y agudo retumbó dentro de la vivienda. Pasó un tiempo hasta que le hombre se animó a mirar por fuera. Asomado por la ventana no podía ver nada. Se rascaba la piel, desesperado. Así que siendo vencido por la curiosidad, abrió la puerta. No había nada allí, solo pisadas de algún animal, de pequeñas patas. Iban hasta el bosque, donde él había abandonado al cuerpo. Su corazón latía a más no poder y eso le permitió encontrar algo de valor para ir a cazar a la bestia. Seguro sería mejor alimento que los hongos, se convenció. Caminó ignorando el frio hasta donde estaba el cadáver. Algo lo había estado mordisqueando. Observó el rostro del hombre por primera vez, nunca le había interesado. Era joven, perfectamente afeitado. De cabellos rubios y ojos grises, que miraban a la nada. Decidió que hasta allí llegaría su búsqueda y regresó a la cabaña. Se atrincheró nuevamente. Le dolía la cabeza y sentía nauseas otra vez. Se recostó en el lecho, el fuego se fue extinguiendo y él se rindió al sueño. Aunque intentó no hacerlo, pero la fiebre no se lo permitiría.


    Cuando despertó no podía moverse. Estaba consciente, pero incapaz de controlar su cuerpo. Algo de luz todavía entraba por la ventana. No sabía qué momento del día era, había perdido la noción del tiempo. Estaba aturdido, el cuerpo ya no le picaba. Hacía calor, alguien había encendido el fuego. Movió sus ojos pero solo distinguía sombras. La puerta de entrada estaba abierta, o eso parecía, no podía girar la cabeza y confirmarlo. La sombra de un perro, o un lobo, llegaba desde afuera. Inmóvil, paralizada, la bestia también. Sus ojos se fueron acostumbrando a la tenue luz. Y entonces la notó, la monstruosa criatura, que posiblemente había estado allí siempre. Le respiraba en la cara y estaba apoyado sobre su pecho. Tenía el rostro de un hombre, pero el cuerpo de un perro. Y era al menos dos veces más grande que él. No lo reconoció al principio pero luego lo identificó, era el hombre que había muerto congelado. Su cara, su cabeza era la del hombre promedio, pero su cuerpo era desproporcionadamente más grande, cubierto de pelo negro y largo. Olía muy mal. Estaba a su merced. Quería hablar pero no podía. Las palabras simplemente no le salían. 


—No me temas —dijo la criatura—. Mi nombre es Enidoku. No puedo hacerte daño. Ese no ha sido el trato.

La bestia pesaba demasiado y le cortaba la respiración. Intentó, nuevamente, hablar pero apenas podía murmurar.

Enidoku saltó desde la cama al suelo, liberándolo. Caminó hasta la puerta del sótano en cuatro patas, pero al llegar a ella llevó sus patas delanteras hacia la misma. Fue entonces que notó que en aquellas extremidades poseía manos, con las que podía manejar objetos. Sostenía una llave en una de ellas. —Estaba muriendo, debilitado por mi enfermedad. Mandé a llamar a mi sobrina al pueblo, ella llegará pronto. La nieve le ha impedido el viaje. Pero sabiendo que yo moriría recé a los dioses que me permitieran proteger a mi perra. La muerte me visitaría antes que mi la hija hermana. El gran dios lobo me puso a su servicio, y me dejó volver, para proteger a mi perra. Con estas manos pude mover leños hacia la chimenea y encender un buen fuego. Hasta podía salir a cazar con ella. Tú te encargaste de que eso ya no importase —dijo y abrió la puerta del sótano—. Pero mi hermana no vendrá en vano, espero…

El hombre, que había recuperado el aliento, gritó, sosteniendo su daga desde arriba de la cama —¡Vete monstruo infernal! No te temo. —mintiendo, mientras intentaba juntar valor para apoyarse en el piso.

El espectro se acercó entonces a la puerta de entrada y la abrió sin prisa, por completo —Mis manos no pueden hacer daño alguno a los hombres. El gran dios lobo me trajo de vuelta solo para que los protegiese.


Fuera de la cabaña volvió a encontrarse con la guardiana de la casa, esta vez convertida en una sombra de cenizas, que luchaban contra el viento por mantenerse unidas. La perra entró a la vivienda, embalsamada de odio. Él la enfrentó, interponiendo la daga con que la había degollado. A sus espaldas se encontraba el sótano. El animal se abalanzó sobre él. Aun tan debilitado, pudo asestar un golpe, pero su daga nada hacía a aquel polvo al que todos vamos. El peso de la criatura se sintió enorme. Lo empujó y tropezó. Cayendo por las escaleras. Sus huesos se rompieron. Su espalda se quebró. Así como había caído, quedó, inmóvil. Le era difícil respirar bien. Los cachorros de la perra lo rodearon. Eran curiosos. Lo olían tímidamente para luego alejarse. Seguramente tenían hambre. Y aun si así no fuese, eventualmente la tendrían. La única luz que alcanzaba al sótano lo hacía por la entrada que daba a la habitación superior. El can de ceniza había desaparecido. Enidoku caminó sin volverle a hablar y se sentó a observarlo perecer.


El hombre descubrió que la luz de recién había sido la del amanecer. Todavía podía respirar, aunque desease ya no hacerlo. Poco a poco sus pulmones se detendrían. La tarde demoró en llegar, así como el descanso de la oscuridad. Para él, fue una eternidad.



Fin.

El arco del conejo

Leyenda Denjiien


    En el pueblo, la gente, se estaba enfermando. La mayor parte de las veces los síntomas, como fatiga, somnolencia, diarrea, sangrado y otros varios, se iban a los pocos días. Pero en algunos casos, sobre todo cuando se trataba de niños, la enfermedad era fatal. Las causas eran desconocidas. Las plagas más comunes, como los mosquitos, o las aguas contaminadas fueron descartadas rápidamente. Cuando los animales comenzaron a aparecer muertos supieron que no era algo solamente del pueblo. Pues todos los cadáveres se encontraron en una granja. Los bueyes muertos habían sido mordisqueados, comidos a medias. Quien, o quienes, los hubieran matado habían evitado la piel y habían ido directamente a la carne. La granja del viejo Macgron estaba en la boca de todos. Los pueblerinos pronto relacionaron una cosa con la otra y comenzaron a sospechar. Los más positivos consideraron que se trataba de algún depredador, lobos era lo más probable. Pero no tardaron en aparecer en la granja, cadáveres de estos canidos. Macgron afirmaba no saber nada del asunto. No tenían por qué culparlo, pero aun así, lo hicieron. Que estaba maldito, o que se había aliado con alguna bruja, fueron de las acusaciones más amables. La guardia del pueblo intervino y rastrilló la zona. Se quedó incluso a acampar varias noches. Ninguna criatura fue divisada. Pero tan pronto como la guardia se alejó de allí, los cadáveres de animales volvieron a aparecer. 


    La misteriosa enfermedad, se fue, así como había llegado. Pero la granja de Macgron estaba maldita. Ya nadie quería comprarle nada o saber nada de él. Desesperado, el viejo, buscó ayuda en un cazador. Si había una bestia, un demonio, algo, que se ocultase en su granja, tenía que acabar con ello. 


    El cazador intentó rastrear a quien hubiera causado las muertes de los animales, pero fue en vano. Así como cuando había estado presente la guardia, nada aparecía. Pero estando mejor pago que los hombres de la ley, decidió acampar en uno de los lugares donde más cadáveres se habían encontrado. Su regreso, después de un par de días fue inesperado. Cojeaba y le faltaba un ojo, había sido atacado. Pero la explicación que dio, parecía no tener sentido. Tan pronto como se recostó en la graba se sintió cansado y luego paralizado por completo. No fue capaz de seguir moviendo sus extremidades, mucho menos sujetar sus armas para defenderse. Al pasar las horas, estando a merced de cualquier depredador, los primeros en aparecer fueron unos conejos. Los cuales, tras olfatearlo, comenzaron a mordisquearlo. Los dedos de sus pies fueron devorados rápidamente; pero su cara, que estaba expuesta, fue el plato principal. Su mejilla y su ojo izquierdo habían desaparecido y podían verse hasta sus dientes. No había monstruos, solo un montón de conejos. Los hombres habían descubierto que estos lagomorfos, eran carroñeros ocasionales.


    Los campesinos se ensañaron con los conejos y los cazaron hasta llegar al borde de la extinción. Usaban arcos pequeños y rápidos para acabar con ellos. Dejaron de pensar que la granja de Macgron estaba maldita, y, tras la matanza, se sintieron seguros. Pero una semana después, más niños siguieron muriendo en el pueblo.


    Fue entonces que llegó el inquisidor, a investigar este caso paranormal. Morún, se hacía llamar, y llevaba un prominente bigote. Tras interrogar a la gran mayoría de los involucrados, había algo que le llamaba la atención, algo que otros habían dejado de lado, apurados por encontrar a quien culpar. ¿Qué había causado aquella parálisis de la que hablaba el cazador? Entonces, viajó hasta el lugar del hecho, a inspeccionar la escena del crimen. Allí se encontraba una criatura, que había pasado inadvertida a los ojos de los demás, pero que él conocía muy bien, debido a su extensa carrera. Ciertamente no era un biólogo, o un gran científico. Morún era un hombre de armas, preparado para el combate, pero la trayectoria de su vida, lo habían alejado de las batallas y lo habían convertido en un hombre mucho más reflexivo y comprensivo. A simple vista, parecía un polvo blanquecino. Las hojas de las hierbas se encontraban algo marchitas, amarillentas. Sin duda, dañadas. Ese polvo blanco que allí crecía, era un hongo. Recolectó muestras y las envió a uno de los grandes eruditos del reino para que las investigase. 


    Los resultados no tardaron y sus sospechas fueron confirmadas. Fusarium, un hongo que se atacaba a las plantas, y que, si era respirado, podía llegar a generar parálisis, junto con otros varios síntomas. Si se consumía, como lo habían estado haciendo los niños y demás personas del pueblo, en harinas y vegetales que se cultivaban en la granja de Macgron, eran capaces de enfermar a las personas al grado de matarlos. La plaga estaba extendida, incluso más allá de las tierras del anciano. Pues habían perdido el tiempo buscando a demonios y monstruos, mientras que deberían de haberlo invertido en observar a unos de los más ignorados seres de la naturaleza, los hongos.


    Los campos fueron quemados para ser esterilizados y poder ser utilizados nuevamente para el cultivo de vegetales que serían destinados a la ingesta humana y de animales de granja. 


    No se puede estar preparado para lo inesperado, pero ayuda mantener la mente abierta a posibilidades desconocidas. Si no, puede que salgas a cazar fantasmas y los conejos te devoren los ojos.



Fin