Leyenda Korien
Se escuchaban los aullidos desde lejos, como si el animal estuviese esperando a alguien. La luna menguante iluminaba lo suficiente para distinguir, en el tupido bosque, apenas unos pasos delante de uno. El hombre luchaba contra la nieve en cada pisada. Sus botas, ya muy gastadas, se humedecían paso a paso. El frio empezaba a llegarle a los huesos. La enmarañada arboleda de ñirres se fue abriendo y divisó finalmente la cabaña. La había visto antes, pero no había encontrado motivos para pasar por allí. La perra de pelaje blanco y hocico afilado fue a recibirlo, moviendo su cola. Nunca se habían conocido, pero la guardiana de la cabaña era amigable, siempre que uno correspondiese a tal actitud. Eso solo haría las cosas más fáciles. Mientras acariciaba su lomo, buscó con tranquilidad su daga y antes de que el animal pudiera reaccionar, la degolló. Una muerte rápida.
No limpió, siquiera su arma, antes de entrar a la vivienda. Abrió la puerta y se movió sigilosamente, el fuego estaba encendido y escuchó un “click”. El sonido de una llave cerrando una cerradura. Fue muy tenue, casi imperceptible. Estaba seguro, casi seguro, de que lo había escuchado. Debía haber alguien más, pues había leñas ardiendo en la chimenea, aunque el caldero donde se cocinaban los alimentos estuviese vacío. Cerca de la chimenea había una cama y allí había alguien, tapado hasta la cabeza. Caminó hasta el lecho, tranquilo, con total seguridad que quien estuviese debajo de la sabana no tenía oportunidad alguna. No se molestó en hablar o en ocultarse, tenía claro que lo mataría, sin remordimientos. No sería la primera vez. Le importaba muy poco si era un hombre, una anciana o un niño. Le daba igual. Y sujetando su daga con ambas manos lo apuñaló repetidas veces. Pero no brotó sangre, ni nada. Lo destapó bruscamente, por si acaso había sido engañado. Había un hombre joven allí, pero él no era dueño de su muerte. Hacía rato había muerto de frio, posiblemente, debilitado primero por alguna enfermedad.
Tenía que haber alguien más. Encendió una lámpara de aceite y recorrió la cabaña, solo tenía una habitación, en una esquina encontró una puerta que daba a un sótano, pero no fue capaz de abrirla. La puerta era de madera de roble negro, demasiado gruesa o dura para forzarla y la cerradura estaba incorporada a ella. Pensó en conseguir un hacha, pero no le urgía. Solo le preocupaba que hubiera alguien allí. Buscó en toda la vivienda algo con que romper la cerradura o la puerta, pero no encontró nada. Tampoco encontró comida o algo que pudiera robar. Sospechaba que lo que fuera importante estaría escondido allí. Robar en ese momento no era su prioridad, tenía hambre y frio. No había tiempo para buscar leña afuera así que destrozó una silla y la arrojó al fuego. Vio por la ventana cerca del lecho que había comenzado a nevar otra vez. Lo mejor sería pasar la noche en la cabaña. Envolvió al cadáver en la sabana y lo sacó de la vivienda. Fuera se reencontró con el cuerpo del animal. Tendría algo para cenar esa noche. Había escuchado historias respecto a perros que se convertían en espectros hechos de cenizas y acechaban a los hombres que los habían matado o torturado. Se suponía que comer perro estaba prohibido. También matar a un hombre. Pero él no creía en esas cosas. Desmembró al animal y lo asó. Mientras masticaba una de sus piernas arrastró un pesado armario sobre la puerta del sótano. Si alguien estaba allí, lo mejor sería que allí permaneciese. Encontró sabrosa la carne de perro, se hubiera conformado con menos. Trabó la puerta y cerró las ventanas. Quien hubiera prendido el fuego podría regresar y no quería que lo sorprendieran durmiendo. Sentado frente a los leños observó las ultimas brazas arder. Buscó algo con que abrigarse y encontró una vieja frazada tejida con lana. Olía mal, pero también toda la vivienda. No lo había notado antes, pero el lugar apestaba, posiblemente por el muerto, por las heces del animal, o por algo más que no podía identificar. Quizás comida pudriéndose en el sótano. ¿Por qué habría un cadáver allí? No estaba seguro ya de que realmente hubiese alguien más.
El fuego se extinguió, el hombre se recostó sobre el lecho y tapándose con la frazada de lana se durmió. Cuando despertó no recordaba que había soñado, estaba tranquilo y sereno. Se rascó la mano izquierda, pues le picaba. Estirándose y bostezando un poco se quitó lo último de sueño que pudiera quedarle y se acercó a la puerta, que todavía estaba cerrada. Nadie había vuelto a la cabaña que ya sin la perra era un lugar silencioso. Destrabó la puerta para poder salir. La nieve había cubierto la entrada y le llegaba hasta las rodillas. Se rascó el codo. Pensó en enterrar al cuerpo del hombre, era una buena idea si deseaba quedarse, aunque eso en realidad no le interesaba. Necesitaba irse, permanecer más tiempo allí no le convenía. Más gente podía llegar, gente que conociera al hombre muerto. Había dejado su cuerpo cerca a unos leños, no había encontrado el hacha en la noche, y tampoco la encontraría ahora que todo estaba cubierto por la nieve. No tenía con que cavar así que simplemente arrastró el cuerpo hasta el bosque, y entre los ñirres lo abandonó. Se llevó la sabana, que se había desgarrado, debido al corte de su daga. Se rascó una pierna. Seguía pensando en el sótano. Todavía no quería irse, quería saber que había allí abajo. Se rascó la nariz y volvió a la cabaña.
Dio vuelta todo una vez más. A parte de una mesa y otra silla, que utilizó para encender nuevamente el fuego y así calefaccionar e iluminar un poco el interior, pues el aceite de la lámpara se había acabado ya, no había más mobiliario que el lecho, el armario y una cajonera. La misma solo contenía algunas mudas de ropa. Había frascos vacíos que alguna vez habrían contenido conservas, algunos pocos platos, un caldero vacío. Los huesos del perro que había devorado. Un plato de metal, algo oxidado, hacía de espejo junto a una navaja, muy desafilada y unas tijeras, posiblemente para recortarse la barba o el pelo. En el armario, que trababa la puerta del sótano no había nada más que unas camisas gastadas. Tomó las tijeras y quitó el armario de donde lo había dejado. Intentó forzar la cerradura hasta que las tijeras se rompieron. Se rascó la cara, se sentía afiebrado. Se rascó los parpados, la picazón había aumentado. Cada vez se rascaba con más fuerza, la carne le ardía. Se observó los brazos que supuraban de pus, infectados. Su piel estaba roja y cada vez que pasaba sus uñas sobre ella le ardía, más y más. Buscó el espejo para observarse el rostro, estaba desfigurado, él mismo se había lastimado rascándose. Parecía un brote de sarna. Un violento brote de sarna. Afuera de la cabaña el viento soplaba, como solía hacerlo en esa región, constante y fuerte. El viento era tan potente que los árboles, como los ñirres crecían doblados, acompañando el sentido del viento, como una bandera. Sintió hambre nuevamente, si había enfermado lo mejor sería comer algo pronto o se debilitaría más rápido. Esperaba poder cazar alguna mara, una especie de liebre grande que habitaba esos lugares, se llevó la frazada para intentar capturar a una, después la degollaría con su daga. Pero no encontró ninguna por los alrededores, no había nada allí en invierno. Su estómago ya le crujía y su cuerpo ardía por la picazón. La nieve no le ayudaba, la humedad lo irritaba aún más y el frio le quemaba en sus heridas. Lo único que pudo encontrar fueron unos hongos que crecían trepados por los troncos de los árboles. A lo lejos, escuchó aullidos, lo mejor era refugiarse, pronto. Así que los tomó, y junto con un poco de nieve se preparó un caldo. Algo con que engañar su hambre. Con la frazada mojada el frio se sentía peor. La dejó cerca del fuego todo el tiempo que pudo, esperando pacientemente que se secara. El cuerpo le picaba por completo, se empezó a sentir mareado. Lo único que se movía en la habitación eran las sombras que se proyectaban en las paredes agitadas por el fuego. El sonido del viento lo acompañaba golpeando las ramas de los árboles. Volvería a nevar pronto. Sintió náuseas y un cansancio casi absoluto. La frazada húmeda le molestaba. Se sentía incómodo. Volvió a trabar la puerta y se preparó para la nevada que caería en cualquier momento. Bebió algo más del potaje que habría preparado pero el sabor picante y a nueces de los hongos le desagradaba ya. Todo daba vueltas y los sonidos de las ramas de los árboles, del viento, de los aullidos a lo lejos cambiaban de volumen. A veces se escuchaba muy fuerte y otras veces eran casi inaudibles. Trató de concentrarse en la puerta del sótano. Ya no tenía más el armario encima. Puso su mano sobre su daga, esperando que algo saliese de esa puerta en cualquier momento. Algo golpeó las paredes de la cabaña por fuera. Debía de ser enorme. La puerta de entrada se movió, pero se encontró con la traba. No podían abrirla. Lo que estuviera afuera lo intentó varias veces. Un aullido de frustración, prolongado y agudo retumbó dentro de la vivienda. Pasó un tiempo hasta que le hombre se animó a mirar por fuera. Asomado por la ventana no podía ver nada. Se rascaba la piel, desesperado. Así que siendo vencido por la curiosidad, abrió la puerta. No había nada allí, solo pisadas de algún animal, de pequeñas patas. Iban hasta el bosque, donde él había abandonado al cuerpo. Su corazón latía a más no poder y eso le permitió encontrar algo de valor para ir a cazar a la bestia. Seguro sería mejor alimento que los hongos, se convenció. Caminó ignorando el frio hasta donde estaba el cadáver. Algo lo había estado mordisqueando. Observó el rostro del hombre por primera vez, nunca le había interesado. Era joven, perfectamente afeitado. De cabellos rubios y ojos grises, que miraban a la nada. Decidió que hasta allí llegaría su búsqueda y regresó a la cabaña. Se atrincheró nuevamente. Le dolía la cabeza y sentía nauseas otra vez. Se recostó en el lecho, el fuego se fue extinguiendo y él se rindió al sueño. Aunque intentó no hacerlo, pero la fiebre no se lo permitiría.
Cuando despertó no podía moverse. Estaba consciente, pero incapaz de controlar su cuerpo. Algo de luz todavía entraba por la ventana. No sabía qué momento del día era, había perdido la noción del tiempo. Estaba aturdido, el cuerpo ya no le picaba. Hacía calor, alguien había encendido el fuego. Movió sus ojos pero solo distinguía sombras. La puerta de entrada estaba abierta, o eso parecía, no podía girar la cabeza y confirmarlo. La sombra de un perro, o un lobo, llegaba desde afuera. Inmóvil, paralizada, la bestia también. Sus ojos se fueron acostumbrando a la tenue luz. Y entonces la notó, la monstruosa criatura, que posiblemente había estado allí siempre. Le respiraba en la cara y estaba apoyado sobre su pecho. Tenía el rostro de un hombre, pero el cuerpo de un perro. Y era al menos dos veces más grande que él. No lo reconoció al principio pero luego lo identificó, era el hombre que había muerto congelado. Su cara, su cabeza era la del hombre promedio, pero su cuerpo era desproporcionadamente más grande, cubierto de pelo negro y largo. Olía muy mal. Estaba a su merced. Quería hablar pero no podía. Las palabras simplemente no le salían.
—No me temas —dijo la criatura—. Mi nombre es Enidoku. No puedo hacerte daño. Ese no ha sido el trato.
La bestia pesaba demasiado y le cortaba la respiración. Intentó, nuevamente, hablar pero apenas podía murmurar.
Enidoku saltó desde la cama al suelo, liberándolo. Caminó hasta la puerta del sótano en cuatro patas, pero al llegar a ella llevó sus patas delanteras hacia la misma. Fue entonces que notó que en aquellas extremidades poseía manos, con las que podía manejar objetos. Sostenía una llave en una de ellas. —Estaba muriendo, debilitado por mi enfermedad. Mandé a llamar a mi sobrina al pueblo, ella llegará pronto. La nieve le ha impedido el viaje. Pero sabiendo que yo moriría recé a los dioses que me permitieran proteger a mi perra. La muerte me visitaría antes que mi la hija hermana. El gran dios lobo me puso a su servicio, y me dejó volver, para proteger a mi perra. Con estas manos pude mover leños hacia la chimenea y encender un buen fuego. Hasta podía salir a cazar con ella. Tú te encargaste de que eso ya no importase —dijo y abrió la puerta del sótano—. Pero mi hermana no vendrá en vano, espero…
El hombre, que había recuperado el aliento, gritó, sosteniendo su daga desde arriba de la cama —¡Vete monstruo infernal! No te temo. —mintiendo, mientras intentaba juntar valor para apoyarse en el piso.
El espectro se acercó entonces a la puerta de entrada y la abrió sin prisa, por completo —Mis manos no pueden hacer daño alguno a los hombres. El gran dios lobo me trajo de vuelta solo para que los protegiese.
Fuera de la cabaña volvió a encontrarse con la guardiana de la casa, esta vez convertida en una sombra de cenizas, que luchaban contra el viento por mantenerse unidas. La perra entró a la vivienda, embalsamada de odio. Él la enfrentó, interponiendo la daga con que la había degollado. A sus espaldas se encontraba el sótano. El animal se abalanzó sobre él. Aun tan debilitado, pudo asestar un golpe, pero su daga nada hacía a aquel polvo al que todos vamos. El peso de la criatura se sintió enorme. Lo empujó y tropezó. Cayendo por las escaleras. Sus huesos se rompieron. Su espalda se quebró. Así como había caído, quedó, inmóvil. Le era difícil respirar bien. Los cachorros de la perra lo rodearon. Eran curiosos. Lo olían tímidamente para luego alejarse. Seguramente tenían hambre. Y aun si así no fuese, eventualmente la tendrían. La única luz que alcanzaba al sótano lo hacía por la entrada que daba a la habitación superior. El can de ceniza había desaparecido. Enidoku caminó sin volverle a hablar y se sentó a observarlo perecer.
El hombre descubrió que la luz de recién había sido la del amanecer. Todavía podía respirar, aunque desease ya no hacerlo. Poco a poco sus pulmones se detendrían. La tarde demoró en llegar, así como el descanso de la oscuridad. Para él, fue una eternidad.
Fin.