miércoles, 18 de noviembre de 2015

El pacto con Wrughwarg



Leyenda ancestral


El hombre se considera dueño de la tierra. Cree en su soberbia que todas las criaturas han sido creadas para ser puestas a su servicio.  Que todo lo que ha existido y existe lo hace para venerarlo. Que de todos puede sacar provecho y salir siempre victorioso y que todo aquel que desafié a este mandato desafía a una ley divina. Pero no siempre fue así, en los comienzos del hombre, él era solo uno más luchando por sobrevivir. Y para hacerlo tuvo que hacerse de aliados, tuvo él también que servir a otros, tuvo que pactar.

Después de ser creado, el hombre se multiplicó y sus dominios se expandieron. Y tan pronto como lo hicieron comenzaron a competir contra otros. Los orcos fueron desde siempre sus peores rivales. 

Los orcos, hijos de la tierra, no podían solos detener al hombre, que se hacía más fuerte cada día. Y pidieron a Wrughwarg, el gran lobo, que los ayudara. Cuando el hombre supo de esto pidió reunirse él también con el gran lobo.

Wrughwarg protegía a su raza, y estaba orgulloso del poderío de los suyos, de su independencia del resto de las criaturas y su unión familiar. Tan pronto como vio al hombre montando a caballo lo despreció. El hombre usaba al caballo como transporte, para hacer fuerza, lo llevaba a las guerras a morir y lo controlaba con golpes e incluso lo mataba para comerlo o vestirse. A los ojos del gran lobo, el caballo era esclavo, y de eso nada quería para su raza.
El hombre reclamó a Wrughwarg, la misma ayuda que había otorgado a los orcos. Entonces el gran lobo, que era sabio, contestó:
— Daré al hombre la misma oportunidad de probarse que le he dado al orco. Llévate a uno de mis hijos para criarlo como uno de los tuyos. Tráelo ante mí en un año y te diré que puedo otorgarte. — El hombre aceptó y se llevó a uno de los hijos de Wrughwarg. 

Tras un año, el hombre regresó con el lobo que había estado criando, así también lo hizo el hijo que había sido entregado a los orcos, solo que este regresó sin el orco. Wrughwarg se reunió con ellos a solas. El que había ido con los orcos había vuelto más fuerte, más grande y más rápido, mientras que el que había ido con los humanos había vuelto más pequeño, más débil y más lento. Con gran lamento se dirigió a aquel que había entregado a los hombres:
—He dejado que vayas con los hombres y te han debilitado. Ha sido un gran error confiar en ellos. Regresaras con nosotros a la manada. Y nosotros te sanaremos.
Pero el hijo que había ido con los hombres contesto:
 —Gracias, padre. Pero no quiero regresar con la manada. El hombre me ha tratado bien, me ha dado alimento y refugio, me ha dado un nombre y me respeta.
El gran lobo no se sintió impresionado:
—Tú crees que te respeta, tu hermano también ha recibido todo eso de los orcos y no ha perdido su independencia.
Pero el hijo que había ido con los hombres no cedería:
 —Pregúntale a mi hermano entonces si el confía en el orco.
El gran lobo miró a su otro hijo que contestó:
—No, no confió, pero aun así el orco es un gran aliado.
El hijo que había ido con los hombres dijo:
—Pues yo si confió en el hombre.
El gran lobo lamentó esas palabras pues entendió que el hombre había usado en su hijo su mejor arma, la seducción. Amargado dejó que su hijo partiera con el hombre. Pero antes de que se alejaran nuevamente les advirtió a ambos.
—Escucha hombre y escucha hijo pues este es nuestro pacto. Mi hijo ha pedido seguir como tu compañero, hombre, y como respeto a los míos no me opondré. Pero no puedo seguir llamando a mi hijo lobo, pues casi no lo reconozco y solo puedo darle un nombre, aunque seguirá siendo siempre uno de los míos, ahora será llamado perro. Si el hombre es ahora tu nueva familia, perro, cuida del hombre tanto como él te cuide a ti. Mientras que él cumpla, jamás te vuelvas contra él. A ti, hombre, te digo, el perro te acompañará para siempre, pues lo que te llevas de mi es su servicio, que él solo te otorga, pero deberás recordar que es tu deber cuidar de mi hijo también. No traiciones jamás a un perro pues eso te traerá consecuencias. Si explotaras, lastimaras o matases a un perro, habrás roto este pacto y no tendrás más su lealtad. Y ese perro, el que hayas traicionado, te buscará por siempre en esta vida o en la próxima, así sea convertido en cenizas.  Nunca olviden este pacto, pues es lo que los une.

El perro ha sido desde entonces uno de los pocos verdaderos amigos del hombre y por eso este le debe respeto y comprensión. Cierto es que si un perro ataca a un hombre es porque primero algún hombre ha roto el pacto, pues ellos jamás lo han hecho o lo harán. Porque “perro” en la lengua de Wrughwarg, significa “leal”.

Fin

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