Leyenda ancestral
El hombre se
considera dueño de la tierra. Cree en su soberbia que todas las criaturas han
sido creadas para ser puestas a su servicio.
Que todo lo que ha existido y existe lo hace para venerarlo. Que de
todos puede sacar provecho y salir siempre victorioso y que todo aquel que
desafié a este mandato desafía a una ley divina. Pero no siempre fue así, en
los comienzos del hombre, él era solo uno más luchando por sobrevivir. Y para
hacerlo tuvo que hacerse de aliados, tuvo él también que servir a otros, tuvo que
pactar.
Después de ser
creado, el hombre se multiplicó y sus dominios se expandieron. Y tan pronto
como lo hicieron comenzaron a competir contra otros. Los orcos fueron desde
siempre sus peores rivales.
Los orcos,
hijos de la tierra, no podían solos detener al hombre, que se hacía más fuerte
cada día. Y pidieron a Wrughwarg, el gran lobo, que los ayudara. Cuando el
hombre supo de esto pidió reunirse él también con el gran lobo.
Wrughwarg protegía
a su raza, y estaba orgulloso del poderío de los suyos, de su independencia del
resto de las criaturas y su unión familiar. Tan pronto como vio al hombre
montando a caballo lo despreció. El hombre usaba al caballo como transporte,
para hacer fuerza, lo llevaba a las guerras a morir y lo controlaba con golpes
e incluso lo mataba para comerlo o vestirse. A los ojos del gran lobo, el
caballo era esclavo, y de eso nada quería para su raza.
El hombre
reclamó a Wrughwarg, la misma ayuda que había otorgado a los orcos. Entonces el
gran lobo, que era sabio, contestó:
— Daré al
hombre la misma oportunidad de probarse que le he dado al orco. Llévate a uno
de mis hijos para criarlo como uno de los tuyos. Tráelo ante mí en un año y te diré
que puedo otorgarte. — El hombre aceptó y se llevó a uno de los hijos de Wrughwarg.
Tras un año,
el hombre regresó con el lobo que había estado criando, así también lo hizo el
hijo que había sido entregado a los orcos, solo que este regresó sin el orco. Wrughwarg
se reunió con ellos a solas. El que había ido con los orcos había vuelto más
fuerte, más grande y más rápido, mientras que el que había ido con los humanos había
vuelto más pequeño, más débil y más lento. Con gran lamento se dirigió a aquel
que había entregado a los hombres:
—He dejado que
vayas con los hombres y te han debilitado. Ha sido un gran error confiar en
ellos. Regresaras con nosotros a la manada. Y nosotros te sanaremos.
Pero el hijo que había ido con
los hombres contesto:
—Gracias, padre. Pero no quiero regresar con
la manada. El hombre me ha tratado bien, me ha dado alimento y refugio, me ha
dado un nombre y me respeta.
El gran lobo no se sintió
impresionado:
—Tú crees que
te respeta, tu hermano también ha recibido todo eso de los orcos y no ha
perdido su independencia.
Pero el hijo que había ido con
los hombres no cedería:
—Pregúntale a mi hermano entonces si el confía
en el orco.
El gran lobo miró a su otro hijo
que contestó:
—No, no confió,
pero aun así el orco es un gran aliado.
El hijo que había ido con los
hombres dijo:
—Pues yo si confió
en el hombre.
El gran lobo
lamentó esas palabras pues entendió que el hombre había usado en su hijo su
mejor arma, la seducción. Amargado dejó que su hijo partiera con el hombre.
Pero antes de que se alejaran nuevamente les advirtió a ambos.
—Escucha
hombre y escucha hijo pues este es nuestro pacto. Mi hijo ha pedido seguir como
tu compañero, hombre, y como respeto a los míos no me opondré. Pero no puedo
seguir llamando a mi hijo lobo, pues casi no lo reconozco y solo puedo darle un
nombre, aunque seguirá siendo siempre uno de los míos, ahora será llamado perro.
Si el hombre es ahora tu nueva familia, perro, cuida del hombre tanto como él
te cuide a ti. Mientras que él cumpla, jamás te vuelvas contra él. A ti,
hombre, te digo, el perro te acompañará para siempre, pues lo que te llevas de
mi es su servicio, que él solo te otorga, pero deberás recordar que es tu deber
cuidar de mi hijo también. No traiciones jamás a un perro pues eso te traerá
consecuencias. Si explotaras, lastimaras o matases a un perro, habrás roto este
pacto y no tendrás más su lealtad. Y ese perro, el que hayas traicionado, te
buscará por siempre en esta vida o en la próxima, así sea convertido en cenizas. Nunca olviden este pacto, pues es lo que los
une.
El perro ha
sido desde entonces uno de los pocos verdaderos amigos del hombre y por eso
este le debe respeto y comprensión. Cierto es que si un perro ataca a un hombre
es porque primero algún hombre ha roto el pacto, pues ellos jamás lo han hecho
o lo harán. Porque “perro” en la lengua de Wrughwarg, significa “leal”.
Fin
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