domingo, 25 de octubre de 2020

El río

 Leyenda Grabien

 

            Ella despertó sin recordar nada. Había sido atacada. Tenía heridas, sobre todo en su rostro y en sus manos. Como si se hubiera defendido. No sabía su nombre, ni donde estaba, ni donde había estado. Allí solo se encontraba el río, que se perdía en el horizonte hacia ambos lados, y en cualquier otro punto cardinal el desierto. No había plantas, hierbas, peces, pero estaban las aves lagarto. Una, en especial, estaba parada a su lado, bebiendo agua del río. Con sus cuatro patas apoyadas en el suelo, incluso las anteriores con sus grandes membranas, su tamaño era imponente. Su color gris plateado resplandecía y apenas variaba cuando sus extrañas plumas vellosas se movían con la brisa. Se miraron a los ojos. Aquella criatura la observó detenidamente; ella permanecía aterrada, inmóvil. Y tras analizarla por unos instantes, continúo ignorándola. Como si hubiera concluido que jamás podría llegar a ser una amenaza. Tras beber suficiente agua, avanzó moviendo ambas patas anteriores primero y luego impulsándose con un salto ayudada por las traseras. Extendió sus alas y remontó vuelo. Las otras también lo hicieron. Dejándola sola.

 

            Sintió hambre, aquel primer día, pero era todavía, algo que podía soportarse. No encontró al sol. Había luz y mucho calor, pero el astro estaba ausente. No recordaba jamás que eso hubiera sido así. Al menos, en la total soledad, el sol siempre la había acompañado. No había forma de tomar ninguna referencia. Debía decidir si permanecer allí o moverse. Eligió esperar a la noche en ese mismo lugar por si alguien, que la estuviese buscando, llegase hasta allí. Nadie llegó, tampoco la noche.

             El tiempo, perdió el sentido. Era incapaz de saber qué hora era y eventualmente fue incapaz de saber de qué día se trataba. No encontraba alimento y el hambre era aterradora. Lo único que podía hacer era beber. Cuando se sintió cansada, durmió, lo que fue todavía más desconcertante. Despertaba, aun con hambre, de día, a la orilla del río.

            Sus primeros intentos por escapar de allí la empujaron a abandonar el río. Se alejó, dirigiéndose hacia donde se habían alejado las aves lagarto. Pero el horizonte no cambiaba, era siempre el mismo y no había, por lo menos a la vista, nada más que arena. Regresó al rió después de un día de caminar. Estaba ya demasiado cansada y hambrienta. Simplemente se durmió. Eso no cambio nada. Despertó, igual que la primera vez, todavía sintiéndose hambrienta, en la orilla del río.

           

            Gritó, desconsolada, e imploró a todos los dioses que la recatasen, pero allí, solo estaba ella.

 

            Varias veces intentó seguir el camino a pie, hacia donde se habían dirigido las aves lagarto. Pero el resultado fue siempre el mismo. Se dormía y despertaba en el río. Todo lo que había caminado, avanzado, era en vano. 

 

            El hambre no la mataba, pero era insoportable. Intentó ahogarse, lastimarse, lo intentó todo. Pero nada cambiaba. Tan pronto como quedaba inconsciente, todo volvía a empezar. No podía alejarse de allí. No había a donde ir o como.

 

            Se dio cuenta, que el tiempo pasaba, cuando regresaron las aves lagarto. Del mismo lado del que habían partido. Descansaron el río a reponer fuerza, a beber, incluso a dormir. Ella se mantuvo alejada. Todavía conservaba algo de su instinto de supervivencia. ¿Sería peor acaso su situación si perdiese un brazo o una pierna? ¿Si se rompiera su espalda y quedase atrapada allí, para siempre, inmóvil? No lo sabía y no estaba dispuesta a arriesgarse.

 

            Las aves lagarto se fueron al otro día en el sentido contrario del cual habían llegado, dejándola sola nuevamente. Ese río parecía solo un punto donde detenerse en su migración. Y el tiempo transcurrió. Intentó seguir la corriente del río, pero nunca terminaba. No había destino hacia los lados, no había fin hacia sus extremos, no había noche, no había comida, no había compañía, pero el tiempo transcurría, y las aves lagarto regresaron.

 

            Juntó valor e intentó arrojarse sobre una. No tenía claro si deseaba montarse sobre ella o matarla para comerla. O si deseaba ser devorada y acabar con su sufrimiento. Allí, eran los únicos seres con los que interactuar. Pero no fue capaz de alcanzar ninguna y la dejaron sola nuevamente.

           

            Dicen que cuando uno ha caminado el mismo camino una y otra vez, se hace más corto. La percepción del mismo al menos, pues se convierte en predecible. Pero no fue así para ella. El tiempo pasó, pero sin ninguna referencia, le era imposible anticipar cuando regresarían las aves lagarto. Solo podía esperar y pensar.

 

            Pensó todo lo que ha podido ser pensando. Observó la arena con detenimiento, trato de concentrarse solo en un minúsculo grano, de entrenar su vista. Guardó silencio, para escuchar la nada. Dejó de buscar al sol. Cavó. Consideró que aquel lugar era un espacio olvidado por los dioses, algo que había sido diseñado, quizás para probar cómo funcionaba el mundo. ¿Era ella acaso eso, un ensayo o un sujeto de prueba?

 

            Las aves lagarto regresaron. Se alejaron al verla. La recordaban y no dejaron que se acercara. Los únicos seres que podían llegar a visitarla, la despreciaban. Perdió la cuenta de cuantas veces se fueron y regresaron, de un lado a otro. Perdió cualquier noción del tiempo que pudiera tener.

 

Una vez llegó, junto a las demás, una que era diferente. Sus plumas velludas, eran blancas y sus ojos rojos. Los otros la despreciaban. Fue quizás por eso que permitió que ella se acercase. Era joven y la desconocía. Necesitaba que alguien la aceptase. Pero se fue al haber despertado, acompañando a las demás en su migración.

 

Por primera vez en mucho tiempo, tuvo ella, algo nuevo en que pensar, mientras estaba sola, mientras esperaba el regreso de la albina.

 

Y cuando regresó, era más grande. Tenía cicatrices también, de alguna batalla, de alguna confrontación con otros de su especie. Pero la recordó y permitió que ella se acercase nuevamente. Permitió incluso que la tocase. Y la mujer lloró. Atrapada en una prisión abierta de luz y arena, por fin, alguien la notaba. Cuando el ave lagarto se echó a descansar, ella se acurrucó a su lado a dormir. Y la albina lo permitió. Se marchó al despertar, no sin antes mirar atrás. Dejó una pluma blanca, que ella guardó entre su greñudo cabello.

 

Recordó sus ojos rojos y su plumaje blanco, como un tesoro. Cada vez que perdía su esperanza, buscaba entre su melena la pluma de su amiga albina. Y se sentía real, otra vez.

 

Cuando regresaron, la buscó entre todas ellas. Era fácil de reconocer. Todavía estaba en el grupo. Y se acercó llorando nuevamente, pero se detuvo. Por respeto, por miedo a ser rechazada, no estaba segura. La albina caminó sobre sus cuatro patas, dos de ellas con grandes membranas, hasta quedar completamente a su lado. Y permitió que la mujer durmiese junto a ella de nuevo. Al despertar, las aves lagarto remontaron vuelo. Pero la albina se quedó allí, observándola. Intentando decirle algo, sin palabras. La mujer se acercó a acariciarla y tras unos momentos se subió a su lomo. La criatura no la rechazó, solo miró hacia el horizonte y remontó viaje ella también.

 

Ascendió hasta las nubes, hasta que el río se desvaneció y el desierto fue incapaz de reconocerse. Podría haber sentido miedo, pero en ese momento la euforia la invadía, no había nada que temer. Mientras viajaba su mente se iba despejando. El hambre, que había soportado por tanto tiempo, ya casi no se aguantaba. Volvió a sentir frío. Pero todo eso no importaba, pues tras atravesar una nube, allí adelante, en el cielo estaba la luna, observándolas. Y debajo de la noche había árboles, montañas y luces de antorchas. Su amiga albina se detuvo y descendió en la cima de una montaña. Ella se bajó, la abrazó nuevamente y se arrojó al suelo. Fue césped lo primero que se llevó a su boca, con un poco de suerte encontró dientes de león y otras hierbas. No saciaron su hambre, pero si su desesperación. En su camino a la civilización recolectó frutas y otras cosas que pudo ingerir, incluso insectos.

 

Los hombres no la reconocieron. Ella, desde que había vuelto a ver las estrellas, había recordado parte de su vida anterior. Tenía una familia, había sido asaltada. Contó su historia. Nadie la recordaba, o a su familia. Le explicaron, con cierta dificultad, que por lo que ella contaba, teniendo en cuenta quienes eran los reyes de su época, habían pasado más de doscientos años. La gran mayoría de los hombres, no creyó su historia, y la apodaron Nicmá, que en su lengua natal significaba pluma blanca.

 

Nicmá, recuperó fuerzas. Pero fue incapaz de adaptarse, ya no pertenecía allí, a ese lugar, a ese entonces. Sin despedirse, los dejó un día. Regresó a la cima de la montaña a buscar a las aves lagarto.

 

Ellas, vuelan siempre en dos sentidos.

 

Fin.

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