Leyenda Grabien
Ella despertó sin recordar nada.
Había sido atacada. Tenía heridas, sobre todo en su rostro y en sus manos. Como
si se hubiera defendido. No sabía su nombre, ni donde estaba, ni donde había
estado. Allí solo se encontraba el río, que se perdía en el horizonte hacia
ambos lados, y en cualquier otro punto cardinal el desierto. No había plantas,
hierbas, peces, pero estaban las aves lagarto. Una, en especial, estaba parada
a su lado, bebiendo agua del río. Con sus cuatro patas apoyadas en el suelo,
incluso las anteriores con sus grandes membranas, su tamaño era imponente. Su
color gris plateado resplandecía y apenas variaba cuando sus extrañas plumas
vellosas se movían con la brisa. Se miraron a los ojos. Aquella criatura la
observó detenidamente; ella permanecía aterrada, inmóvil. Y tras analizarla por
unos instantes, continúo ignorándola. Como si hubiera concluido que jamás
podría llegar a ser una amenaza. Tras beber suficiente agua, avanzó moviendo
ambas patas anteriores primero y luego impulsándose con un salto ayudada por
las traseras. Extendió sus alas y remontó vuelo. Las otras también lo hicieron.
Dejándola sola.
Sintió hambre, aquel primer día,
pero era todavía, algo que podía soportarse. No encontró al sol. Había luz y
mucho calor, pero el astro estaba ausente. No recordaba jamás que eso hubiera
sido así. Al menos, en la total soledad, el sol siempre la había acompañado. No
había forma de tomar ninguna referencia. Debía decidir si permanecer allí o
moverse. Eligió esperar a la noche en ese mismo lugar por si alguien, que la
estuviese buscando, llegase hasta allí. Nadie llegó, tampoco la noche.
Gritó, desconsolada, e imploró a
todos los dioses que la recatasen, pero allí, solo estaba ella.
Varias veces intentó seguir el
camino a pie, hacia donde se habían dirigido las aves lagarto. Pero el
resultado fue siempre el mismo. Se dormía y despertaba en el río. Todo lo que
había caminado, avanzado, era en vano.
El hambre no la mataba, pero era
insoportable. Intentó ahogarse, lastimarse, lo intentó todo. Pero nada cambiaba.
Tan pronto como quedaba inconsciente, todo volvía a empezar. No podía alejarse
de allí. No había a donde ir o como.
Se dio cuenta, que el tiempo pasaba,
cuando regresaron las aves lagarto. Del mismo lado del que habían partido.
Descansaron el río a reponer fuerza, a beber, incluso a dormir. Ella se mantuvo
alejada. Todavía conservaba algo de su instinto de supervivencia. ¿Sería peor
acaso su situación si perdiese un brazo o una pierna? ¿Si se rompiera su
espalda y quedase atrapada allí, para siempre, inmóvil? No lo sabía y no estaba
dispuesta a arriesgarse.
Las aves lagarto se fueron al otro
día en el sentido contrario del cual habían llegado, dejándola sola nuevamente.
Ese río parecía solo un punto donde detenerse en su migración. Y el tiempo
transcurrió. Intentó seguir la corriente del río, pero nunca terminaba. No
había destino hacia los lados, no había fin hacia sus extremos, no había noche,
no había comida, no había compañía, pero el tiempo transcurría, y las aves lagarto
regresaron.
Juntó valor e intentó arrojarse
sobre una. No tenía claro si deseaba montarse sobre ella o matarla para
comerla. O si deseaba ser devorada y acabar con su sufrimiento. Allí, eran los
únicos seres con los que interactuar. Pero no fue capaz de alcanzar ninguna y
la dejaron sola nuevamente.
Dicen que cuando uno ha caminado el
mismo camino una y otra vez, se hace más corto. La percepción del mismo al
menos, pues se convierte en predecible. Pero no fue así para ella. El tiempo
pasó, pero sin ninguna referencia, le era imposible anticipar cuando
regresarían las aves lagarto. Solo podía esperar y pensar.
Pensó todo lo que ha podido ser
pensando. Observó la arena con detenimiento, trato de concentrarse solo en un
minúsculo grano, de entrenar su vista. Guardó silencio, para escuchar la nada.
Dejó de buscar al sol. Cavó. Consideró que aquel lugar era un espacio olvidado
por los dioses, algo que había sido diseñado, quizás para probar cómo
funcionaba el mundo. ¿Era ella acaso eso, un ensayo o un sujeto de prueba?
Las aves lagarto regresaron. Se
alejaron al verla. La recordaban y no dejaron que se acercara. Los únicos seres
que podían llegar a visitarla, la despreciaban. Perdió la cuenta de cuantas
veces se fueron y regresaron, de un lado a otro. Perdió cualquier noción del
tiempo que pudiera tener.
Una vez llegó, junto a las demás, una
que era diferente. Sus plumas velludas, eran blancas y sus ojos rojos. Los
otros la despreciaban. Fue quizás por eso que permitió que ella se acercase.
Era joven y la desconocía. Necesitaba que alguien la aceptase. Pero se fue al
haber despertado, acompañando a las demás en su migración.
Por primera vez en mucho tiempo, tuvo
ella, algo nuevo en que pensar, mientras estaba sola, mientras esperaba el
regreso de la albina.
Y cuando regresó, era más grande. Tenía
cicatrices también, de alguna batalla, de alguna confrontación con otros de su
especie. Pero la recordó y permitió que ella se acercase nuevamente. Permitió
incluso que la tocase. Y la mujer lloró. Atrapada en una prisión abierta de luz
y arena, por fin, alguien la notaba. Cuando el ave lagarto se echó a descansar,
ella se acurrucó a su lado a dormir. Y la albina lo permitió. Se marchó al
despertar, no sin antes mirar atrás. Dejó una pluma blanca, que ella guardó
entre su greñudo cabello.
Recordó sus ojos rojos y su plumaje
blanco, como un tesoro. Cada vez que perdía su esperanza, buscaba entre su
melena la pluma de su amiga albina. Y se sentía real, otra vez.
Cuando regresaron, la buscó entre todas
ellas. Era fácil de reconocer. Todavía estaba en el grupo. Y se acercó llorando
nuevamente, pero se detuvo. Por respeto, por miedo a ser rechazada, no estaba
segura. La albina caminó sobre sus cuatro patas, dos de ellas con grandes
membranas, hasta quedar completamente a su lado. Y permitió que la mujer
durmiese junto a ella de nuevo. Al despertar, las aves lagarto remontaron
vuelo. Pero la albina se quedó allí, observándola. Intentando decirle algo, sin
palabras. La mujer se acercó a acariciarla y tras unos momentos se subió a su
lomo. La criatura no la rechazó, solo miró hacia el horizonte y remontó viaje
ella también.
Ascendió hasta las nubes, hasta que el
río se desvaneció y el desierto fue incapaz de reconocerse. Podría haber
sentido miedo, pero en ese momento la euforia la invadía, no había nada que
temer. Mientras viajaba su mente se iba despejando. El hambre, que había
soportado por tanto tiempo, ya casi no se aguantaba. Volvió a sentir frío. Pero
todo eso no importaba, pues tras atravesar una nube, allí adelante, en el cielo
estaba la luna, observándolas. Y debajo de la noche había árboles, montañas y
luces de antorchas. Su amiga albina se detuvo y descendió en la cima de una
montaña. Ella se bajó, la abrazó nuevamente y se arrojó al suelo. Fue césped lo
primero que se llevó a su boca, con un poco de suerte encontró dientes de león
y otras hierbas. No saciaron su hambre, pero si su desesperación. En su camino
a la civilización recolectó frutas y otras cosas que pudo ingerir, incluso
insectos.
Los hombres no la reconocieron. Ella,
desde que había vuelto a ver las estrellas, había recordado parte de su vida
anterior. Tenía una familia, había sido asaltada. Contó su historia. Nadie la
recordaba, o a su familia. Le explicaron, con cierta dificultad, que por lo que
ella contaba, teniendo en cuenta quienes eran los reyes de su época, habían
pasado más de doscientos años. La gran mayoría de los hombres, no creyó su
historia, y la apodaron Nicmá, que en su lengua natal significaba pluma blanca.
Nicmá, recuperó fuerzas. Pero fue
incapaz de adaptarse, ya no pertenecía allí, a ese lugar, a ese entonces. Sin
despedirse, los dejó un día. Regresó a la cima de la montaña a buscar a las
aves lagarto.
Ellas, vuelan siempre en dos sentidos.
Fin.
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