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domingo, 4 de octubre de 2020

La sociedad de la pipa

 Leyenda Denjieen

            Tocaron insistentemente a la puerta del granjero, que despertó, sobresaltado, pues era ya más de medianoche. Cuando abrió se encontró con las visitas más inesperadas. Ocho enanos estaban allí. Algunos ya ancianos, otros jóvenes, algunos más altos otros más bajos, generalmente bajos.

            —¡Buenas noches! —dijo uno de ellos que fumaba en pipa —. Lo estamos molestando porque queremos comprarle su cosecha.

            —¿Las papas? —preguntó el granjero, pensando en que crecían por debajo de la tierra y eso pudiera llegar a interesarles.

            —No, no —aclaró el enano—. Las plantas verdes… Con hojitas pequeñas.

            El hombre no tenía ni idea de que podía ser lo que estuvieran describiendo –Bueno, casi todas las plantas que conozco son verdes y con hojitas. Es tarde y lo mejor sería que descansásemos todos, mañana podrán mostrarme de cuales plantas hablan.

            El granjero no sabía entonces que invitar a un enano a su hogar está muy bien visto entre los de esa raza, es un gesto de amabilidad y confianza que se conoce como un gran honor. Los enanos estaban inquietos y aunque intentaron ser silenciosos, todos ellos sacaron pipas, comenzaron a fumar y siguieron fumando toda la noche.

            Ya en la mañana, con un poco de dolor de cabeza, el granjero los acompañó hasta donde se encontraban las plantas verdes, con hojitas pequeñitas. Si bien era cierto que estaban dentro de su finca, para nada era algo que él cultivaba, lo que los enanos buscaban eran unos helechos que crecían en los lindes de su territorio, bajo algunos árboles que daban buena sombra.

            Le tocó explicar —Pero estos son helechos. No sirven ni para comer.

            —Muy cierto —dijo el líder de los enanos, que arrancó unas hojas del helecho, las molió con sus dedos y las arrojó a su pipa —. Pero ¿no conoce usted ese refrán enano que dice: “Si algo no puedes comer, échalo a tu pipa y ve que sabor tiene”?

 

            Cierto es que el hombre jamás había escuchado tal frase, pero los enanos agradecidos con la amabilidad del granjero, pactaron con él pagar mucho dinero por llevarse anualmente una provisión de hojas de helecho seco que serían posteriormente fumadas. Desde ese entonces el granjero se convirtió en el único hombre del reino en tener un sembradío de helechos.

            Un enano, de los más jóvenes se despidió una vez preguntado en parte retóricamente —¿Cómo será fumarse las flores de uno de estos? —El granjero prefirió no contestarle, para no decepcionarlo.

 

Fin.

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