Leyenda enana
El ogro Murmugesh In-in había obtenido una gema que le permitía
controlar a los vegetales, tras prestar sus servicios al joven, que los hombres
de Niceria llamaban, el rey de las hierbas. El objeto, divino y poderoso, lo
obsesionaba hasta la locura. Investigo por meses como utilizarlo, como explotar
de la mejor forma sus cualidades únicas, para mutar y transformar a las plantas.
Decidió que abandonar su hogar sería lo mejor, pues temía que los hombres, algún
día, regresasen por la gema. Pero era un ogro, grande y viejo, ya, cansado y
corrompido. Necesitaba una montura fuerte, lo suficiente como para poder
cargarlo, y que además, estuviera acostumbrada a los terrenos duros y áridos.
Pensó entonces en Dinocéfalo, la criatura, hijo de Pelicó, el extinto. Un
monstruo que reptaba sobre sus cuatro extremidades, mitad saurio, mitad mamífero.
Con una extraña cabeza y dientes aplanados. Intimidaba a quienes lo conocían por
primera vez, pero era por naturaleza una entidad calmada. Acostumbrado a comer
hierbas duras y poco nutritivas que la mayoría de los animales ignoraban. Con
la ayuda de la gema del cielo, el ogro, modificó a las hierbas para que fueran más
grandes, más blandas y más alimenticias y tentó a Dinocéfalo hasta ganar su
confianza, para poder explotarlo.
Ya con su montura, viajó por el norte del reino de Niceria,
por el sur de Koria y por todas las montañas azules. Hasta que encontró una
entrada, cavada en la montaña. Conocía a la montaña, pues era aquella que los
hombres llamaban, la montaña de la traición. Pero no conocía esa entrada. Decidió
aventurarse y entrar. Dentro de la cueva, tras atravesar un laberinto de
entradas y bifurcaciones encontró la cámara del tesoro, de un rey enano, que hacía
tiempo ya no moraba allí. El oro y la plata no le importaron, pero los
artefactos mágicos sí. Se probó cada uno, para saber que hacían. Quería saquear
ese lugar de una sola vez. Estaba fascinado y ansioso. Cargó a su montura
monstruosa con cuanta cosa encontró y se llenó los bolsillos. Sintió, dentro
suyo, como si fuera una premonición, una voz que le rebelaba la verdad, que allí
aun había todavía más. Así, que cargado hasta las orejas, avanzó, sobre Dinocéfalo
que se movía con dificultad con la esperanza de un poco más de hierba tierna,
hacia la parte más profunda de la cueva. Estaban escritos jeroglíficos enanos
que, seguramente, él no fue capaz de leer. Quizás advertían sobre los
guardianes, quizás sobre los peligros de la codicia, a los cuales el ogro, al
igual que el difunto rey enano, había sucumbido. De una forma u otra, no
importaba, los guardianes lo estaban esperando.
Traspasó un portal de oro, incrustado en la roca. Gracias
a su magia podía iluminar el lugar muy bien. Pudo ver al tesoro. Al verdadero
tesoro. Y entendió que todo lo que había juntado, no importaba. Quizás había sido
dejado allí solo para tentar a los saqueadores. Pues lo que allí se encontraba,
no tenía comparación. Pero era tarde, sintió un ardor, el de una esquirla de
cuarzo que se había clavado en su piel. Y buscó, con su mirada quien lo había atacado.
Pronto los encontró. Sabía que eran. Los hombres al igual que los elfos los
llamaban Nerives, el nombre que le daban los enanos, le era desconocido.
Criaturas cristalinas, con rudimentarios ojos, que detectaban la luz y el
movimiento. Se adherían a los techos y las paredes de las cuevas camuflándose entre
las estalactitas y estalagmitas. Se alimentaban de minerales y del mismo aire y
escapaban de la luz solar. Se reproducían infectando a sus víctimas con sus
esquirlas, hasta convertirlos a ellas también en otro Neriv. La única oportunidad
del ogro, era escapar de la cueva y exponerse a la luz del sol. Pero la entrada
estaba muy lejos, sus bolsillos llenos y su montura demasiado exigida. No se
quedó quieto, el miedo lo invadía. Torpemente corrió en busca de la salida,
soltando a su paso todo lo que había saqueado. Pero ningún ogro ha sido jamás
un gran atleta. Su destino fue convertirse, el también, en un guardián más,
viendo al tesoro sin poder hacerlo suyo, e impidiendo a cualquiera como él,
obtenerlo.
Un refrán enano cuenta “No llenes tus alforjas, si ya has
llenado tus bolsillos.”
Fin
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