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domingo, 4 de octubre de 2020

Los guardianes

Leyenda enana


            El ogro Murmugesh In-in había obtenido una gema que le permitía controlar a los vegetales, tras prestar sus servicios al joven, que los hombres de Niceria llamaban, el rey de las hierbas. El objeto, divino y poderoso, lo obsesionaba hasta la locura. Investigo por meses como utilizarlo, como explotar de la mejor forma sus cualidades únicas, para mutar y transformar a las plantas. Decidió que abandonar su hogar sería lo mejor, pues temía que los hombres, algún día, regresasen por la gema. Pero era un ogro, grande y viejo, ya, cansado y corrompido. Necesitaba una montura fuerte, lo suficiente como para poder cargarlo, y que además, estuviera acostumbrada a los terrenos duros y áridos. Pensó entonces en Dinocéfalo, la criatura, hijo de Pelicó, el extinto. Un monstruo que reptaba sobre sus cuatro extremidades, mitad saurio, mitad mamífero. Con una extraña cabeza y dientes aplanados. Intimidaba a quienes lo conocían por primera vez, pero era por naturaleza una entidad calmada. Acostumbrado a comer hierbas duras y poco nutritivas que la mayoría de los animales ignoraban. Con la ayuda de la gema del cielo, el ogro, modificó a las hierbas para que fueran más grandes, más blandas y más alimenticias y tentó a Dinocéfalo hasta ganar su confianza, para poder explotarlo.

            Ya con su montura, viajó por el norte del reino de Niceria, por el sur de Koria y por todas las montañas azules. Hasta que encontró una entrada, cavada en la montaña. Conocía a la montaña, pues era aquella que los hombres llamaban, la montaña de la traición. Pero no conocía esa entrada. Decidió aventurarse y entrar. Dentro de la cueva, tras atravesar un laberinto de entradas y bifurcaciones encontró la cámara del tesoro, de un rey enano, que hacía tiempo ya no moraba allí. El oro y la plata no le importaron, pero los artefactos mágicos sí. Se probó cada uno, para saber que hacían. Quería saquear ese lugar de una sola vez. Estaba fascinado y ansioso. Cargó a su montura monstruosa con cuanta cosa encontró y se llenó los bolsillos. Sintió, dentro suyo, como si fuera una premonición, una voz que le rebelaba la verdad, que allí aun había todavía más. Así, que cargado hasta las orejas, avanzó, sobre Dinocéfalo que se movía con dificultad con la esperanza de un poco más de hierba tierna, hacia la parte más profunda de la cueva. Estaban escritos jeroglíficos enanos que, seguramente, él no fue capaz de leer. Quizás advertían sobre los guardianes, quizás sobre los peligros de la codicia, a los cuales el ogro, al igual que el difunto rey enano, había sucumbido. De una forma u otra, no importaba, los guardianes lo estaban esperando.

            Traspasó un portal de oro, incrustado en la roca. Gracias a su magia podía iluminar el lugar muy bien. Pudo ver al tesoro. Al verdadero tesoro. Y entendió que todo lo que había juntado, no importaba. Quizás había sido dejado allí solo para tentar a los saqueadores. Pues lo que allí se encontraba, no tenía comparación. Pero era tarde, sintió un ardor, el de una esquirla de cuarzo que se había clavado en su piel. Y buscó, con su mirada quien lo había atacado. Pronto los encontró. Sabía que eran. Los hombres al igual que los elfos los llamaban Nerives, el nombre que le daban los enanos, le era desconocido. Criaturas cristalinas, con rudimentarios ojos, que detectaban la luz y el movimiento. Se adherían a los techos y las paredes de las cuevas camuflándose entre las estalactitas y estalagmitas. Se alimentaban de minerales y del mismo aire y escapaban de la luz solar. Se reproducían infectando a sus víctimas con sus esquirlas, hasta convertirlos a ellas también en otro Neriv. La única oportunidad del ogro, era escapar de la cueva y exponerse a la luz del sol. Pero la entrada estaba muy lejos, sus bolsillos llenos y su montura demasiado exigida. No se quedó quieto, el miedo lo invadía. Torpemente corrió en busca de la salida, soltando a su paso todo lo que había saqueado. Pero ningún ogro ha sido jamás un gran atleta. Su destino fue convertirse, el también, en un guardián más, viendo al tesoro sin poder hacerlo suyo, e impidiendo a cualquiera como él, obtenerlo.

            Un refrán enano cuenta “No llenes tus alforjas, si ya has llenado tus bolsillos.”

 

Fin

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