Campos de Lurand; Fenor.
Día 10 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.
La elfa viajaba montando en
Brura, su yegua gris. El animal era veloz y manso y estaba cubierto de pecas
blancas. Los elfos no utilizaban montura alguna y apenas unas cuerdas de hilo
brillante alcanzaban para funcionar como rienda. El hombre de espalda ancha y profundos
ojos negros como una noche sin luna, vestía de blanco. Su escudo había sido
colocado colgando de una de las alforjas, con ataduras reforzadas y con varias
telas debajo para no lastimar al animal. Su espada envainada colgaba de su
espalda. Constantemente, soltaba las riendas con una mano para asegurar
nuevamente sus armas. Su montura, del mismo color que su ropaje era un fuerte
semental que no poseía la velocidad de Brura, pero si una increíble
resistencia. El animal era incansable, valiente y jamás había retrocedido en
combate. En una de sus patas podía notarse la cicatriz de una lanza orca.
Desdichado el orco que tuvo la pésima idea de herirlo. Nes, así había
nombrado Neilad a su caballo, le arrancó la cabeza de una patada. Los enanos
por su parte viajaban en un carruaje bastante más burdo y menos elegante. No
eran muy amigos de subirse a corceles y simplemente preferían viajar sentados
en la carreta que era tirada por dos caballos pardos de patas anchas y fuertes,
capaces de arrastrar al peso de los enanos. Sobre la capa que Neilad se había
quitado y dejado en la carreta dormía el gato azul.
El primer día pasó y acamparon
solo por unas horas para comer y descansar un poco. Azhalea disfrutó algunas
frutas que había recolectado, las mezcló con dulces que ella llevaba y pan de
elfo. Los enanos devoraron las sobras que habían envuelto y llevado consigo
pero esa noche no bebieron. El gato compartió el botín con ellos. Neilad comió
un pedazo de queso que guardaba dentro de una envoltura hecha de papel. El
sabor era extraño y desconocido para los paladares de los otros integrantes del
grupo y no les agradó, él por su parte siguió comiendo tranquilo. Hacía meses
que lo guardaba y estaba bien estacionado. Beraza mantuvo guardia mientras los
demás dormían. El enano encendió su pipa y fumó durante las horas que se le
hicieron interminables. Mientras, trataba de meditar aunque su mente estaba
inquieta, impaciente, esperando la llegada de los orcos. Pero esa noche no
aparecieron. Antes del alba ya habían levantado todo y emprendieron su viaje
hasta el pantano de Gudhlrash Gaga.
Ya se habían alejado bastante del río grande y se adentraban en el bosque del
noreste. Si todo salía bien y no eran interrumpidos al caer la noche llegarían
a las ciénagas y al pantano de la ogra. Los orcos que estaban seguramente cerca
no se había dejado ver. Tampoco rastros de ellos. Nadie desconfiaba de la
palabra o la percepción de Azhalea. Pero estaban ansiosos de que la aventura
comenzase, de que las espadas sacasen astillas. No existe mayor desventaja que
pelear contra un enemigo que no ves y que te acecha desde la oscuridad. Los
estómagos de los enanos comenzaban a escucharse. El medio día se acercaba otra
vez. El palacio todavía se veía en el horizonte, pero pronto el tupido bosque
no permitiría ver más que los troncos de los árboles de gran altura. Las hojas
secas crujían a los cascos de los animales.
-Hemos hecho un buen tiempo, es probable que
lleguemos incluso antes de lo que esperaba, lo cual es una alegría para mí. No
me gustan los campamentos ni los bosques. Siempre he preferido las ciudades y
las grandes construcciones. Reconozco que los lugares retirado dan tranquilad,
pero no me llevo bien con la naturaleza. -El hombre espantaba algunos mosquitos
con su mano mientras trataba de guiar a su caballo.
-No sabes lo que dices Neilad. Es tan hermoso
aquí. -La elfa acarició una de las flores en forma de campana que trepaban por
los troncos de los árboles.
-Los enanos tenemos fama de huraños, pero yo en
varios años he recorrido gran parte del mundo y he disfrutado acampar. Supongo,
que no somos todos iguales. -Rikenv decía esto mientras se rascaba la cabeza.
Su comentario, que no quería ser profundo había dejado un silencio en la
conversación.
Beraza interrumpió riendo -Yo creo que a Neilad
no le gusta acampar porque no quiere que se manchen sus finos atuendos.
Ajajaja. -Su voz y su risa retumbaron en el bosque.
El otro enano rio fuertemente -Amigo, ¿Te he
dicho alguna vez lo ridículo que te ves con ese traje? ¿Todos los humanos
tienen tan mal gusto?
-Pues, es gran traje el mío les he de decir,
señores. Y no estoy preocupado porque se ensucie, mis botas y mi armadura están
recubiertas de aceites especiales que yo preparo y que repelen la mugre y otras
cosas. Es por eso que mi atuendo siempre permanece blanco y brillante.
-¡Has terminado por usar mas cosméticos que yo
Neilad! -Azhalea soltó una risa infantil.
-Tú lo has dicho amiga. -Beraza reía
fuertemente, otra vez.
-¿Siempre vestiste así Neilad?- Preguntó Rikenv
-No no siempre. Alguna vez fui un hombre
diferente.
-Mentira -dijo el gato que recién se despertaba.
-Y yo te conozco de hace años.
-Interesante historia para escuchar en un viaje
como estos es la de cómo se conocieron ustedes. -Beraza sintió curiosidad.
Neilad y el gato rara vez hablaban del pasado.
-Muy cierto. -afirmó el otro enano.
-¿Cuánto tiempo hacen que se conocen? -La elfa
también se sintió atraída por tal historia, nadie dijo jamás que los elfos no
fueran curiosos.
-Ocho años hace que conozco al gato, pero no
siempre fuimos amigos. Cuando lo conocí, el acompañaba al que fue mi segundo
maestro de armas, en las islas volcánicas del sur. Y ya entonces el gato era
viejo. Nunca he sabido su edad y no quiere decirme pero les aseguro que son
muchos los años. Muchos mas de los que un gato común puede vivir. Pero no es un
gato común.
-Ningún gato es común. -Acotó el gato con
orgullo de su especie.
-Sin duda. -afirmó Azhalea.
Neilad se aclaró la garganta tratando de retomar
el relato -En fin, como sea. -E hizo un ademan con la mano indicando que
dejasen lo dicho atrás.- Mi primer maestro, fue un monje con el que aprendí
sobre filosofía y moral. Cuando cumplí veintiún años completé mis estudios en
el templo y me dedique a peregrinar. En mis viajes llegué hasta una ciudad
costera en las islas del sur. Ahí supe de la existencia de este herrero
legendario. Era un hombre anciano que había aprendido el arte de dominar a los
metales y que había pulido y perfeccionado su técnica. Me sentí fascinado por tal
cualidad artística así que decidí convertirme en su discípulo. Viajé hasta
donde él vivía para pedirle que me enseñase lo que sabía, dispuesto a hacer lo
que sea para conseguirlo.
-Eso te duro muy poco. -Acotó el gato con muy
poca cortesía.
-Es cierto Neilad, no te ofendas pero nosotros
somos enanos y sabemos del metal, y tu eres un pésimo herrero. -Beraza no pudo
contenerse.
-Bueno, es cierto que no me dediqué tanto como
pensé que iba a dedicarme. Pero en el tiempo que estuve ahí supe hacerme amigo
de mi maestro que además de herrero también era un diestro espadachín. Él me
enseñó a usar la espada. En sus años también había aprendido la creación de
todo tipo de espadas y las había forjado de todas las formas imaginables.
Practique con todas ellas las horas que tendría que haberme dedicado a aprender
a hacerlas. Siempre es más fácil aprender a destruir que aprender a crear. Es
algo que me avergüenza pero que no puedo negar. Soy humano después de todo -Los
enanos se miraron en silencio moviendo sus cabezas en señal de desconcierto y
miraron a Azhalea para quien esa frase tampoco significaba nada, poco sabían
ellos de ser humano-. Mi maestro fue un gran hombre, el forjó para mi esta
espada y este escudo, que están hechos con material que le fue regalado por los
dioses…
-Ya estas exagerando otra vez -dijo el gato
jocosamente-. La verdadera historia de la espada es que un día llegó el maestro
a su casa y se encontró con que todo estaba destruido. Al parecer del cielo
había caído un inmenso cascote de metal. Tal fue el odio hacia la pieza de
metal que le había destruido el hogar, que antes siquiera de que se enfriase lo
llevó a su forja y a fuerza de golpes lo dividió en dos partes y le dio la
forma que ahora ven que tiene de escudo y de espada. Lo que sí es cierto, es
que ambos gracias a las habilidades del maestro y posible a las cualidades del
metal en cuestión, tienen el poder de repeler la magia. No obstante ese escudo
es ridículamente pesado y esa espada es muchas cosas menos filosa. Aunque
admito que ha probado ser muy resistente, yo diría que casi indestructible, ya
que te he visto hacer las cosas más ridículas con tamaña espada. Una vez hasta
la usaste de plancha para freír un huevo. Pero no creo, Neilad, que el maestro
lo viese como un regalo de los dioses, sino más bien como un castigo. Al pobre
hombre le tomó su buen tiempo reconstruir su vivienda. De toda la obra del
maestro pocas cosas fueron hechas con tanto odio hacia los materiales y la
circunstancia, y desde que te la regaló que tengo mis dudas de que te quisiese
tanto como piensas. Yo creo más bien que quería sacarse de encima tan nefasta
obra.
Los enanos se reían a carcajadas de las burlas
del gato que actuaba tan ácidamente como siempre.
Nuevamente Neilad trataba de recuperar el relato
-La cuestión es que permanecí mucho tempo con él aprendiendo a usar las espadas
que tenia y no a crear objetos de metal. Pero mi maestro a pesar de lo que dice
el señor gato, de todas formas disfrutaba de mi presencia y compañía, aunque
lamentase tener tan penoso discípulo. Después de que él muriese herede un libro
escrito por su propia mano donde describe los secretos de todo su arte.
La elfa lo interrumpió -¿Y cómo te ha ido con
ese libro?
-Bastante bien, ya he coloreado varias páginas.
–Neilad soltó una risa burlona.
Nuevamente los enanos rieron de tal forma que
hasta lágrimas cayeron por sus rosadas mejillas.
-Te olvidas de un personaje muy importante
Neilad, que conocimos en esa época.
-Bien, si. Algunos años después de que yo llegue
al lugar, cuando ya era un discípulo establecido llegó a hacerle compañía su
sobrina nieta. Era en ese momento una hermosa joven de ojos color chocolate.
Con cabellos negros rizados y despeinados y de cuerpo frágil. Varios años soy
más grande que ella, pero no impidió que nos enamorásemos. Ella se ganaba la
vida haciendo artesanías en cerámica y era además una experta boticaria. De
ella aprendí esas cosas. Recuerdo el amor que sentía por todas sus plantas y
como cuidaba a cada una de ellas de manera diferente según sus necesidades. De
gran utilidad me han resultado los conocimientos que aprendí con ella.
-¿A hacer buen lustre para tus botas llamas
“gran utilidad”?
-Condenado gato del demonio, sabes muy bien que
se varias otras cosas más que hacer lustre para botas. Después de morir mi
maestro tuve que partir por motivos que no voy a explicar ahora, pues son
quizás demasiado banales. Ella me regaló entonces este anillo que uso, en señal
de compromiso y como símbolo de nuestro amor. Ella misma lo fundió con lo poco
que había aprendido de su tío abuelo. Eran una familia de herreros después de
todo -explicó-. Este anillo está cargado de amor y por eso le temen las
criaturas malignas.
-¿Y no has vuelto a saber de ella Neilad?
-preguntó Azhalea, para quien tan pocos años en la vida de un elfo no
significaban nada.
-Sí, durante un tiempo nos escribimos cartas.
Usábamos una paloma para comunicarnos.
-¿Y qué pasó? -Tosió Rikenv
-Me comí al mensajero. -Aclaró el gato.
-Realmente lo hizo. - dijo Neilad con cierto
grado de enojo.
-Estoy seguro Neilad que volverás a ver a tu
mujer, cuando el tiempo llegue.
-Eso espero Beraza, ha pasado más de un año ya.-
Y Neilad guardó silencio.
Durante las siguientes horas las conversaciones
se trataron de elogios hacia los enanos y su labor en el palacio de plata y de
las tantas cosas que ellos querían hacer en el lugar. Para el atardecer ya
habían entrado en las ciénagas que rodeaban a la morada de la bruja. El escudo
de Neilad, con el emblema del Gato Azul vibró al percibir la magia que rodeaba
al lugar. La carreta no podía seguir avanzando por el terreno así que dejaron
atados a los caballos pardos y siguieron a pie. Las botas de Riquenv probaban
una vez más su utilidad. Recién comenzaba la noche cuando vieron a la choza de
Gudhlrash Gaga.
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