El palacio de plata; Fenor.
Día 10 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.
Había llegado la hora en que el sol está
en lo más alto y todas las sombras desaparecen. Neilad todavía no se levantaba
de su cama cuando comenzó a escuchar los golpes de los mazos cayendo sobre las
piedras, el ruido rasposo de las sierras y las risas de los enanos. La habitación
estaba despoblada de muebles o cualquier otra cosa que uno esperaría dentro del
recinto de cualquier guerrero. Y ya se contaba más de un año que había
comenzado a descansar ahí. A excepción de su cama y una canasta redonda donde
dormía, en contadas ocasiones el gato azul, Neilad solo poseía un gran arcón
donde se encontraban la mayoría de las pocas prendas que solía vestir, el resto
estaban desparramadas por toda la habitación. Además guardaba un juego de tres
morteros que usaba frecuentemente, un libro que no tenía ningún título pero era
bastante grande, lo suficiente como para tener que ser leído dejándolo apoyado
sobre una mesa, y algunas piezas de metales, algunos precioso y otros que no
despertarían ningún interés. El espacio en si no era demasiado grande ni
lujoso. Un candelabro de pie y dos más en las paredes iluminaban todo el lugar.
La habitación era la más alta del palacio ubicada en la torre principal, de las
seis que poseía y todo el área era circular. Una enorme ventana adornada con vidrios
azules y rojos permitía que la luz entrase de día. El techo casi no podía
distinguirse de lo alto que estaba y porque además terminaba en forma de arco
como si todas las paredes se uniesen al llegar arriba. En el techo faltaban
algunas tejas de loza oscura y cuando llovía era común que el agua se filtrase,
pero eran menos comunes las lluvias. Era bastante incomodo llegar a la
habitación ya que para hacerlo había que subir por una escalera externa. Y de
noche el frío desanimaba a cualquiera que viniese a molestarlo. Su escudo era
de metal, ancho y pesado. Llevaba dibujado el emblema del gato azul. Y siempre
lo dejaba cerca de la puerta a pocos pasos de la cama cuando él dormía. Su
espada, que nunca parecía estar muy afilada, solía estar más tiempo en su funda
que brillando a la luz del sol. El hombre daba vueltas sobre la cama tratando
de taparse los oídos con la almohada. Su cabello que era largo y negro y en
este momento estaba desatado, se enredaba en sus brazos o se pegaba a su
espalda desnuda. Además de un par de pantalones color gris solo vestía la única
alhaja con la que alguna vez fue visto, un anillo de plata liso que llevaba en
su mano izquierda. El gato con un sueño más ligero se despertó bostezando.
Lamió una de sus patas y se incorporó. Arqueó su espalda, se estiró y sin más
saltó por la ventana para salir paseando por los techos.
Bajo la intensa luz del sol, los dos
enanos trabajaban la piedra mientras tomaban cerveza tibia. Sus mazas iban
moldeando a las rocas de forma que pudieran usarse para reparar las tantas
fallas que se encontraban el palacio abandonado por años en el que ahora
vivían. A pesar de su apariencia tosca los enanos no solo arreglaban la
estructura del palacio sino que también tallaban y reconstruían las muchas
piezas artesanales que adornaban antaño el lugar y que ahora estaban
derrumbadas. Con gran delicadeza se esmeraban en cada pequeño detalle. Las
gárgolas parecían cobrar vida después de que los enanos pasaban con sus
herramientas. En la terraza animales y quimeras creadas por las manos de los
hombres adornaban el espacio que ahora se encontraba repleto de plantas que
brotaban de entre las juntas de las piedras grises del palacio. Pero muchas de
las piezas no habían resistido al tiempo o al saqueo de los propios hombres. Los
enanos muchas veces no distinguían los animales reales de los inventados ya que
eran pocos los que habían visto y las reconstrucciones habían terminado por
formar monstruos increíbles sumamente expresivos que escapaban a la imaginación
de quienes los vieran con golpes en la piedra que ningún hombre podrá jamás
realizar. Algunos días los enanos fundían piezas de metal e iban agregando
objetos a la decoración del palacio. A veces eran candelabros sumamente
retorcidos y muy poco simétricos, otras veces las bisagras de las puertas
terminaban por crecer y se expandían por la pared como si el metal de las
mismas hubiese sido soplado antes de terminar de endurecer cuando todavía
estaba al rojo vivo. Todos los picaportes habían sido reemplazados por piezas
únicas. Las ventanas en su mayoría poseían ahora vidrios nuevos. Muchos como la
habitación de Neilad eran vitros con dibujos abstractos. Algunas paredes habían
sido talladas y pulidas hasta convertirse en espejos. En reales espejos de
piedra que asombrarían a cualquier rey. Y en las mismas habitaciones otras
paredes se encontraban completamente irregulares por el pasar de los poderosos
martillos. Los dibujos y bajorrelieves que habían creado los enanos podían ser
contemplados por horas. La altura de las habitaciones era por lo general
exagerada. Aun así los enanos habían reparado la mayor parte de las
filtraciones y cambiado las cerámicas viejas y rotas por unas nuevas que cocían
en un horno que habían construido a pocos días de haber llegado. Pero las
tallas en las paredes no solo eran de piedra sino también de metal, madera y
cerámicas. Trabajadas de maneras distintas pero que se unían todas en armonía.
El estilo de los enanos parecía apoderarse del lugar como si se espáciese
una mancha de tinta en un vaso de agua y tiñese todo sin cambiar la sustancia.
Aunque el palacio no era en sí mismo una fortificación Beraza y Riquenv se
habían encargado de reforzar las paredes exteriores con gran habilidad. Así
como las puertas de entrada. Las columnas de la casa también habían sido
reforzadas y re talladas. Todas las puertas eran redondas en su parte superior
y se habían encargado de reajustar a las mismas algunas que incluso eran cinco
veces su altura.
Rikenv era el más viejo de los dos, con
setenta y siete años. Una edad respetable para un enano que todavía tiene
muchos años para vivir. Era pequeño pero fuerte con una gran barba rojiza que
se enredaba en su ropa desprolijamente. De pequeño su padre le había enseñado a
luchar cazando cocodrilos. “Nada te hace más enano que aplastarle la cabeza
a un cocodrilo, si es que no tienes un orco a mano.” Decía su padre y
después reía. El padre del enano había sido uno de los pocos en su raza en
recorrer el mundo por placer y los cocodrilos eran los animales más feroces que
había encontrado que él pudiera ver a los ojos al enfrentarlos. Por esta razón
que Rikenv no estaba armado con una de las tradicionales hachas de los enanos
sino con un gran mazo de metal que era cuadrado en una punta y afilado y
puntiagudo de la otra. Con el mismo partía las armaduras de sus enemigos como
si fueran nueces. Se las había ingeniado para hacerse un buen par de botas de
cuero de cocodrilo el cual había impermeabilizado muy bien por lo que no se
preocupaba mucho por andar por pantanos y lugares similares. Como todo buen
enano viajero debe ser. Beraza por su parte no parecía ser un verdadero enano.
Su altura era descomunal así como su increíble fuerza. Nadie sabe porque los
dioses desearon un enano tan enorme pero su altura superaba a más de un humano,
incluyendo a Neilad que era bastante pequeño en comparación a él, y a casi todo
el mundo. Los brazos de Beraza eran poderosos y resistentes como el roble. Su
espalda era del tamaño de una mesa. Sus piernas robustas como columnas. Mucho
más joven que su fiel amigo con quien no guardaba ningún otro parentesco más
que el pertenecer a la misma raza, habiendo cumplido veintinueve años era más
joven que Neilad que lo superaba por un par de años. Beraza nunca se desprendía
de su pipa que era larga y finamente tallada. Solo él podía fumar de esa pipa,
una sola pitada de tal cantidad de tabaco llenaría los pulmones de cualquier
otro enano, humano o elfo que se plazca. Nunca había encontrado un yelmo que le
cupiese o podido juntar suficiente metal para tal circunferencia de cráneo, en
cambio había optado por cubriese la cabeza con una capucha puntiaguda.
Principalmente por diversión ambos se habían auto encomendado la tarea de
arreglar el lugar, de una manera muy enana por supuesto. Desde el alba hasta el
anochecer trabajaban sin parar y a gran velocidad. En tan solo tres meses ya
habían retocado con su estilo la mitad del lugar. Y ese día seguían con
su tarea del lado de atrás del palacio. Se contaban chistes absurdos mientras
golpeaban sus jarros de cerveza. Cuando bebían la mitad de lo que salía del
recipiente se desparramaba por sus barbas lo que solo los llevaba a llenar sus
copas otra vez y a seguir bebiendo. Era común que al terminar el día caminasen
dando círculos o se quedasen dormidos sobre las mismas piedras que tallaban. A
veces Neilad se preguntaba si sus retorcidos candelabros eran producto de un
encantador arte o de un par de borrachos que ya no podían forjar una sola pieza
derecha.
Ya para el mediodía se habían bajado medio
tonel de cerveza que Maz, otro de los que moraban el palacio, había
conseguido en una apuesta. En realidad ese era el único que había conseguido de
esa forma, los demás los había ido robando con gran sutileza de las bodegas de
varios desafortunados aldeanos. El sótano del palacio se encontraba repleto de
estos toneles de cerveza y vino. Neilad que solía ver como se iba llenando
misteriosamente la parte inferior del edificio había preguntado cómo era que
las conseguía pero pronto desistió ante las empalagosas palabras del cleptómano
que hubiera sido capaz de convencerlo de que el mismo Neilad las había traído
en algún acto de sonambulismo. Además terminó por ser sobornado por algunas
tinajas de hidromiel que solo Maz sabia donde las había conseguido, pero
resultaba ser la bebida alcohólica favorita de Neilad. Los enanos estaban a
punto tal que todavía no escuchaban los comentarios de las piedras con las
cuales al caer el sol solían mantener largas conversaciones pero si sentían
sumamente interesados por las sobras de la cena del día anterior y sobre
todo por recordar que es lo que habían comido el día anterior. De repente algo
zumbó cerca de sus cabezas y cayó sobre el césped haciendo un chasquido. Los
enanos voltearon y notaron una de las inconfundibles botas blancas de Neilad. Era
evidente que el bullicio de los enanos lo había irritado. Beraza y Rikenv
estallaron de risa y comenzaron a cantar cada vez más fuerte, mientras regaban
de cerveza el lugar.
Para cuando los enanos distinguieron a la
elfa, ella, solo se encontraba a pocos pasos. Al mismo tiempo Neilad salía del
palacio vistiendo sus pantalones babucha, un jubón blanco y una sola bota y
caminaba con bastante enojo hacia donde estaban ellos tres.
-Perfecto de los que estamos solo a ustedes me
faltaba reunir. -dijo Azhalea dirigiéndose a los enanos mientras que con la
mirada observaba a Neilad.
-Un gusto verla sacerdotisa. -Saludó Rikenv que se
inclinó volcando todavía más cerveza.
-Muy buenos días señorita -dijo Beraza articulando
en el más cortes tono que podía con medio tonel de cerveza encima-. Parece que
acá nuestro amigo Neilad también viene a saludarla.
-¿Pero es que ustedes no descansan nunca?- Gritaba
Neilad de fondo, que solía tener muy malas mañanas o en el mejor de los casos
medios días.
-Bueno ya compañeros necesito que nos reunamos en
el salón principal tengo noticias urgentes que comentarles -Interrumpió la elfa
con un tono de preocupación en su voz y continuó-. ¿Neilad, que haces con una
sola bota puesta?
-Es solo el común mal humor de las mañanas, ya
verás que en un rato será el mismo de siempre. -Beraza soltó su mazo y después
de quitarse las piedritas de su ropa se dirigió al palacio acompañado de Rikenv
y Azhalea. Neilad refunfuñaba por lo bajo mientras se colocaba la otra bota.
-¿No será tan urgente como para que no podamos almorzar
mientras lo cuentas Azhalea?- Preguntó Rikenv.
-La comida ya está servida. Serotonino ya espera
en el salón. Sugum como siempre permanece afuera. -Aclaró la elfa.
-Bien eso siempre es importante saberlo. -dijo el
más viejo de los enanos.
Serotonino, el alquimista, estaba sentado
frente a la mesa repleta de comida. El medio elfo se incorporó al ver llegar a
sus compañeros y saludó con un gesto, inclinando su cabeza hacia un costado y
quitando la capucha de su cara. Vestido con una túnica roja y negra adornada
con bordados rojos y dorados en sus mangas que colgaban por sus brazos y que
estando parado no dejaban ver sus manos repletas de anillos. La túnica no le
cerraba en el pecho que se mostraba en parte desnudo y con sus huesos profundamente
remarcados. La cara del invocador de demonios era oscura y algunos tatuajes
trepaban por su cuello. Volvió a sentarse tranquilamente. Desde hacía
poco Neilad había comenzado a enseñarle la preparación de pociones, arte el
cual el guerrero de blanco atuendo dominaba. Serotonino, no era en esencia
perverso pero sus habilidades mágicas eran mayoritariamente oscuras, no
obstante no eran las únicas que conocía y sentía un profundo interés por la
alquimia y la magia en todos sus aspectos. Con Neilad habían armado un vivero
en un espacio retirado de la casa cerca del río. Ahí cultivaban algunas de las
plantas que usaban en sus pociones otras las encontraban en los bosques o en el
mercado del pueblo. Dentro del palacio había instalado un gran laboratorio donde
llevaba a cabo sus experimentos y practicaba su magia.
Una vez que todos se sentaron Azhalea
comenzó a hablar.- Bien, lamento la ausencia de algunos de nuestros hermanos
pero tengo noticias para informarles que no pueden esperar. Días grises se
aproximan. La Orden del Gato Azul corre peligro y debemos actuar pronto. Hoy al
acompañar a unos niños extraviados hasta donde se encontraba su padre he notado
la presencia de orcos en la zona…
-¡Bien vamos a tener diversión! -exclamó Rikenv.
Beraza golpeó la mesa con su copa mientras gritaba
algo inentendible ya que tenía medio pato metido en su boca.
-Ojala fuera tan sencillo querido amigo pero no lo
es. No es la presencia de los orcos lo que me alarma sino el porqué. Las aves y
plantas me han contado que hace ya varias noches que se mueven por el bosque
dirigiéndose hacia aquí. No tengo muy claro las razones de los mismos, pero me
he enterado que al noreste de aquí cruzando al río vive una ogra que ha mandado
llamar a Neilad.
-¡Era hora que salieras a conquistar mujeres
Neilad! -dijo Beraza riéndose que ya iba por su segundo pato.
-¿Pero se pueden callar de una vez y escuchar?
-exclamó la elfa que estaba cada vez más irritada con los enanos.
-Bueno ya, nos callamos. No vaya a ser cosa que
empieces a revolear botas por nuestras cabezas. -dijo el enano de barba roja.
Neilad por primera vez en el día rió.
-Esto es serio. Gudhlrash Gaga, la ogra, a pedido
nuestra ayuda y es urgente. Aunque ella no puede escapar de su pantano, se
encuentra protegida por un encantamiento de los orcos que la acechan. En este
momento no poseo todos los detalles pero sé que algo valioso han robado de
ella. Algo que hará poderosos a los orcos. Lo más terrible es que no se trata
de orcos comunes, sino de orcos con cualidades superiores a sus pares y que
están ansiosos de obtener poder para distribuir destrucción a su paso. Sus
armas están envenenadas y llenas de maleficios de magos oscuros y antiguos. Sus
armaduras han sido reforzadas por los martillos de enanos que han torturado y
extorsionado para trabajar metales malditos. Sus mentes no son las sencillas y
estúpidas mentes orcas que conocemos. Están guiados por sagaces generales orcos
que han sabido hacerse sabios. Una fuerza misteriosa rodea su paso y los hace
invisibles a nuestros ojos. Han avanzado durante días desde el norte sin que
los notásemos. Quien los comande no ha dejado la tradicional estela de
destrucción que escolta a los orcos sino que con astucia han pasado
desapercibidos y ahora están a nuestras puertas dispuestos a atacar cuando les
convenga. Como la bruja ogra a puesto su interés en Neilad ellos también lo han
hecho y ahora intentaran capturarlo o matarlo. No es prudente por esto, Neilad,
que te quedes aquí. Los orcos te persiguen. Y no puedo saber porque se ocultan
o bien que tan cerca están realmente de aquí. Hoy a la mañana encontré lo que
parecían ser restos de un pequeño campamento, posiblemente de un grupo de
avanzada. Pero no se qué tan cerca este el resto. Solo sé que son cientos los
que han entrado al bosque. Y se dice que son miles más los que habitan las
tierras de donde proceden.
Neilad meditó un segundo. Los enanos se
mantuvieron en silencio esperando que el hombre hablase, Serotonino miró
seriamente a Azhalea que no había probado un bocado -Supe de la ogra antes de
llegar aquí hace casi un año, pero nunca sentí la necesidad de visitar a
nuestra vecina -La voz del hombre era tranquila y serena-. No suelo hacer
pactos o alianzas con ogros, pero estimo que es mejor que hacerlo con orcos
-Neilad frunció el ceño mientras decía estas palabras y entonó-. He de ayudar a
quien me lo pida ese es el camino que intento recorrer. Y no le tengo miedo a
los orcos que ponen precio a mi cabeza por mas especiales o poderosos que sean.
Partiré ahora mismo hacia allí está a un día y medio de viaje desde aquí por lo
que con suerte llegaremos a la noche de mañana si no paramos a descansar.
-Yo por supuesto te acompañaré Neilad -dijo
Azhalea.
-Sin duda nosotros también, no tengo ganas de
esperar a que los orcos me ataquen, mejor voy yo en busca de ellos. -Afirmó
Rikenv.
-¡¡¡A por ellos!!! -Brindó el otro enano.
-Sugum y yo esperaremos a los demás para
informarles, maestro -Acotó Serotonino con un alto grado de educación-.
Protegeremos La Orden y al Palacio de Plata junto con nuestras sagradas
creencias.
Neilad posó su mano sobre el hombro del medio
elfo. -Gracias, cuento con eso. Partimos en cuanto los caballos estén listos y
los platos vacíos.
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