Palacio de Plata, Fenor.
Día 17 del
cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.
Al día siguiente de que todos llegasen al palacio de plata, Neilad comenzó a
preparar el poco equipaje que llevaría en su viaje. Le pidió a Glakh que se
preparase. El orco que no poseía nada y que estaba a la espera de lo que le
dijese el hombre se limitó a decirle que lo haría. Neilad le indicó que irían a
ver a su mujer en las islas volcánicas que quedaban más allá del sur del reino.
Posiblemente tardarían más de una semana solo en llegar hasta los puertos y
después dos o tres días más de viaje en barco. De allí subirían a la montaña lo
que le tomaría por lo menos dos días más. El gato por supuesto los acompañaría.
Pero nadie más de la Orden. Todo el día estuvo Neilad ocupado en organizar su
escaso equipaje. Y decidió partir a la mañana del día siguiente.
Neilad le pidió al orco que se cubriese con capas y una capucha. Le dio guantes
para que se cubriese las garras. Le aconsejó que hablase solo cuando estaban
ellos solos. Ya que estaba seguro que todos los hombres con los que se
encontrasen le temerían. Y no deseaba ningún incidente, además tampoco podía
estar explicando a todo el mundo por que lo acompañaba un orco.
El viaje fue largo. Glakh se extrañó de que Neilad tuviese todavía más comida
que él pudiese comer y más aún que Neilad también pudiera hacerlo. El crudo y
fuerte sabor de los alimentos no era para el paladar de cualquiera. Los dos
tuvieron oportunidad de conocerse. El gato por su parte prácticamente no habló
nada en todo el viaje, cosa bastante poco usual. Glakh le contó al hombre sobre
sus batallas. Y le dijo que él tenía también su misma edad treinta y un años.
Murgthiz lo había reclutado hacia no tanto tiempo. Durante los dos últimos años
había cumplido bajo su servicio. Antes de eso él formaba parte de una tribu en el
territorio de Denjiia que combatía contra los elfos de Irethdia. Su memoria era
impresionante y recordaba la historia de cada una de sus cicatrices. Neilad
escuchó sin asco todas las historias del orco. Y de vez en cuando narraba él
también alguna de sus aventuras. Y le contó sobre los Elaharas y de su forma de
ser. De Betu el semi dios. Y de su infancia. Muchos en la orden no habían
escuchado estas historias.
El viaje en barco fue el más difícil, porque no era fácil ocultar al orco a los
ojos de los navegantes durante tanto tiempo. Aun con su capa, su capucha y sus
guantes el deformado cuerpo del orco lo delataba. Y Neilad hizo uso de toda su
imaginación para explicar que era en realidad Glakh sin decirles que era un
orco. Aun así consiguieron llegar a las islas volcánicas Neilad, Glakh, el gato
y hasta Nes. Sin demorarse subieron por la montaña hasta donde vivía la esposa
del hombre.
Faltaba menos de un día para llegar cuando el orco preguntó -Gato, en batalla
dijiste que no era solo este hombre capaz de hablar mi idioma. Que había un
humano más.
-Si es cierto. La mujer a quien vamos a ver es
quien le ha enseñado a Neilad a hablar orco.
El orco a duras penas creía lo que estaba
escuchando -¿Es esto cierto Neilad?
-Sí.
-No me has dicho nada de ella todavía. Yo no
puedo entender lo que es una mujer aunque soy capaz de diferenciar sus sexos.
Creo que los orcos somos mucho más hombre que mujer. Aunque no nos reproducimos
como ustedes.
-Mi mujer se llama Shinara. O ese es el nombre
que le pusieron sus padres. Su familia vivía en un pueblo bastante lejos de
aquí. Cuando tenía cerca de cuatro años, un grupo de piratas atacó su aldea y
arrasó con todo. Mató a sus padres y a casi todos los aldeanos. Pero la suerte
la ayudó y ella pudo escapar escondida entre los escombros de la aldea en
llamas. Luego de que los piratas se fueron un grupo de orcos que antes vivía en
esta isla llegó a carroñar lo que quedaba de la aldea. Y la encontraron a ella.
Supongo que se sintieron curiosos de ver a la niña. Ya que ustedes nacen de la
misma forma en la que se mueren. Pero por algún motivo el líder de los orcos
decidió llevársela con ellos. No sé qué intenciones tenían. Pero ella vivió
cerca de siete años entre ellos. Allí aprendió su idioma y también muchas de
sus costumbres. Creo que a ti te gustará lo que ella cocina. Fue ella la que me
dio el queso que antes te ofrecí. Cuando la conocí me parecía repugnante su
comida. Pero no iba a pedirle que cambiase su forma de cocinar, más teniendo en
cuenta lo mal que cocino yo, así que me acostumbré a comer lo que ella hacía.
Por eso soporto la comida que tú comes o entiendo el idioma que tú hablas.
-Nunca había escuchado de algo así -dijo el
orco-. ¿Y cómo regresó la niña entre los de tu raza?
-Los mismos orcos la devolvieron. El orco que la
cuidaba fue asesinado en alguna pelea absurda entre los tuyos. Pero para ese
entonces Shinara ya era muy conocida en la tribu de orcos y no podían matarla,
porque consideraban que era de mala suerte. Había aprendido a hablar su idioma
y modulaba su voz para sonar tan profundo como es la de cualquier orco. No
conocerás mujer humana con una voz similar. Cuando los orcos la encontraron era
de noche en la aldea destruida y llevada hasta las cenizas por el fuego, la
bautizaron Liz Dahara Brorah.
-La brillante estrella de la medianoche.
-tradujo el orco.
-Exactamente, y es con ese nombre que Shinara o
mejor dicho Liz desea ser llamada.
-No se asustará entonces de verme.
-No lo hará.
-Es mejor así, ya no soporto estas ropas que me cubren.
-dijo el orco mientras se acomodaba la capucha.
-Glakh, no puedo dejarte vivir entre humanos
porque nunca entenderían tu presencia. Te despreciarían y perseguirían. Y no
hay mucho que pueda hacer por eso -Neilad hizo una pausa y después continuó-. Como
vivió entre ustedes tuvo la oportunidad de aprender no solo su idioma o su
cocina sino muchas de sus costumbres. Ella es una experta herborista. Fue la
que me enseñó todo lo que se del tema. Desde que regresó con los hombres que
continúo estudiando sobre plantas y pociones y es mucho lo que sabe. Ella vive
donde antes vivía mi maestro. Alejada de las aldeas de los hombres y unas pocas
veces al mes baja a vender sus pociones y las artesanías que crea. En el puerto
que pasamos hace poco. En la montaña, alejado de los demás, y junto a ella
encontraras algo de paz y no te sentirás tan solo. La soledad es un sentimiento
que todavía no terminas de entender. Y mejor que nunca lo hagas.
-Cuando me salvaste Neilad ¿Lo hiciste porque
pensabas que soy diferente? Como el orco que adoptó a tu mujer.
La voz del gato se escuchó desde atrás -No orco.
Neilad lo hizo porque él cree que es diferente como aquel orco. Eres
inteligente Glakh, no cabe duda de eso. Pero no es por eso que Neilad te salvo.
Así como aquel orco salvó a una niña, él desea salvar a un orco. Él te dirá que
es porque desea estar en deuda con los de tu raza. Pero yo creo que es
soberbia. Él no puede ser menos que un orco.
Neilad sonrío pero luego volvió a estar serio
-Puede ser que tengas razón gato ¿Pero crees que lo llevaría junto a Liz si
pensase que es cualquier orco? ¿Qué me arriesgaría a que la lastimase? Yo no
haría tal cosa.
-Yo no lastimaré a tu mujer Neilad. -aclaró el
orco.
-Lo sé Glakh.
Continuaron el viaje más en
silencio que nunca. La montaña era de roca negra. Muy pocas plantas crecían
ahí, pero abajo al pie de la montaña se podía ver un tupido bosque con árboles
altos y oscuros. El agua de lluvia y el rocío se juntaban en las depresiones de
las rocas, y los cascos del caballo chapoteaban en los charcos. Escarabajos
grandes y negros caminaban por sobre las rocas a toda velocidad y se alejaban
de los viajeros. A lo lejos se escuchó el aullido de un lobo. Algunos de estos
animales subían a buscar presas a la montaña ya que la misma no era muy empinada
aunque sí bastante alta.
Neilad se detuvo y Glakh y el
gato hicieron lo mismo. En el camino hacia la casa de Liz Dahara Brorah dos
lobos se encontraban descansando. Estos no eran lobos comunes sino los que montaban
los orcos, más grandes y fuertes. Los dos lobos eran apenas cachorros pero aun
así ya eran del tamaño suficiente como para matar a un hombre. Si cualquiera de
ellos se hubiera parado sobre sus patas posteriores hubiera sido más alto que
el hombre. Uno de los lobos era negro, como el que montaban los orcos de
Glansh-Dlek y el otro lobo era albino. Al escucharlos llegar se levantaron del
suelo y caminaron hacia ellos. Mostraban sus dientes en forma amenazadora y
gruñían. Sus orejas estaban hacia atrás y parecían listos para atacar. Los
pelos del lomo del gato estaban parados y Neilad desenfundó su espada. Antes de
que pudiese hacer nada se escuchó una voz profunda.
-Shakr, Zut, vengan aquí dejen en paz a ese
hombre.
Los lobos al escuchar la voz se detuvieron. La
mujer era sumamente pequeña y delgada. Su cabellera negra era tupida y larga.
Estaba peinada de manera desprolija y se sujetaba el pelo con pequeñas pinzas
para que no le molestase a la vista. Sus ropas eran prácticamente harapos y sus
menos estaban sucias de tierra y cenizas. Era joven y sonreía mirando al hombre
con ternura. Neilad bajó del caballo y se acercó a ella. La abrazó y la besó.
Ella le devolvió el beso y lo abrazó sin apoyar sus manos con barro en la
armadura blanca del hombre. Detrás el orco reía.
-¿De qué te ríes Glakh? -preguntó el guerrero
intrigado.
-Es que tu mujer le ha puesto de nombre a sus
lobos, copo de nieve y pelusa, en mi lengua. Han de ser los únicos lobos con
ese nombre que alguna vez han existido.
-¡Son lindos mis lobos! -exclamó la mujer. Y el
orco siguió riendo.
Cuando llegaron a la casa de Liz Dahara Brorah, Neilad ya había explicado todo
a la mujer. El gato se había subido a los brazos de ella resguardándose de los
dos enormes lobos que caminaban detrás de ellos. El orco guardaba silencio y
solo hablaba cuando la mujer le preguntaba alguna cosa. La casa estaba
construida con las mismas piedras negras de la montaña. A pocos pasos en una
habitación separada de la vivienda estaba la forja casi abandonada. Y detrás un
jardín con extrañas flores y plantas que contrastaba con todo el lugar. El orco
se agachó para poder pasar por la puerta. No vio ningún arma en la casa. Había
una cama, una humilde mesa de madera que sobre ella tenía un plato con un poco
de pan, una pequeña estufa donde la mujer cocinaba sus alimentos y un baúl
donde guardaba algunas cosas. Después de comer algo Glakh dejó solos a los
humanos. El gato estaba parado sobre la mesa.
-¿Así que ahora estas en compañía de un par de
perros sobre alimentados? Esto ha sido una traición. -dijo el gato indignado.
Liz empujó al gato de la mesa -Te he extrañado
Nei.
El gato siguió protestando -En vista de que aquí
me desprecian me iré afuera -caminó hacia la entrada y pudo ver como afuera el
orco se aproximaba a los lobos. Uno de ellos volteó su cabeza al ver al gato
salir y gruñó-. Mejor no salgo nada. - dijo el Gato Azul.
-Ya, gato. Haz lo que quieras pero calla de una
vez -Neilad sujetó la mano de su mujer–. Yo también te extrañé.
El orco escuchó las risas que salían de la casa. Caminó por el lugar,
observando las flores y la forja. Acarició la cabeza de uno de los lobos. No
era un gesto de cariño sino una costumbre para asegurarse la confianza de los
animales. Luego se acercó al borde del camino. Hacia abajo estaba el
acantilado. Y desde ahí podía verse al pueblo y al puerto. Y detrás hacia
arriba estaban las otras montañas volcánicas que habían permanecido inactivas
por años. Glakh estaba ansioso.
Cuando Neilad salió, el orco volteó para estar frente a él y mirarlo a los
ojos.
-Liz Dahara ha dicho que con gusto te recibirá
aquí. Puedes quedarte el tiempo que desees a hacerle compañía. O a que ella te
haga compañía a ti. Este es un lugar humilde pero creo que te encontrarás a
gusto en las montañas.
-No me será difícil adaptarme, Neilad. -La voz
potente del orco hacía eco en la montaña.
-Espero que no. No tengo que decirte lo
importante que es ella para mí o ¿Acaso debo explicarte eso?
-No entendería nunca el sentimiento que ella te
produce. Así como posiblemente no te entenderé nunca a ti tampoco. Pero puedes
confiar en que no le haré nada y que la defenderé con todo lo que mis garras
puedan hacer.
El viento sopló arrastrando algunas hojas secas
del vivero de Liz. La larga cabellera del hombre se dejó llevar por la brisa y
Neilad entrecerró los ojos protegiéndolos del polvo. -Hay algo más que tengo
para darte Glakh.
-Ya me has dado mucho hombre. Mucho más de lo
que he pedido. Y no sé si en el fondo deseo todo lo que me has dado.
-Si lo deseas. Y creo que no te molestará esto
tampoco -Buscó en los bolsillos internos de su ropa y sacó el doceavo prendedor
que habían hecho los enanos. El orco reconoció enseguida al emblema de la
orden-. Esto es tuyo Glakh. Te lo has ganado. En batalla has sobresalido como
guerrero. Has cumplido con tu palabra y me llevaste herido hasta Fenor. Me has
seguido hasta la muerte y has arriesgado tu vida para salvar mi causa y con eso
mi vida y la de mis compañeros. Puede que no lo entiendas ahora pero eres un
guerrero de La Orden del Gato Azul desde hace tiempo. No es prudente que te
quedes en el palacio de plata, ahí serás perseguido. Pero aquí te he dejado una
parte de mí para que la protejas. A Guy de Montevid, la joven de Fenor que mató
al dragón le he dado la oportunidad de pensarlo. Pero tú me dirás ahora lo que
deseas. Puedes rechazar ahora mi oferta y serás bienvenido igual. O puedes
elegir unirte a mí y tener una causa.
El orco respiró profundamente emitiendo un
sonido horrible, luego secó la saliva que caía por sus labios. Tomó el
prendedor con su garra derecha y lo observó -Solo llámame cuando me necesites y
ahí estaré. Serás tú mi conciencia porque yo no poseo una. -Luego se colocó el
prendedor simbólicamente en su ropa.
-No puedo ser tu conciencia. Pero si deseas
aprender del bien, solo escucha a mi mujer ya que es todo lo que conoce.
-¿Y me dirás alguna vez por me salvaste?
-preguntó por enésima vez el orco.
El viento sopló otra vez, Neilad esperó hasta
que parase y luego hizo una pausa para atarse el cabello. Miró al orco y sonrío
gentilmente -Ya te contesté eso. Pero lo haré de vuelta. Porque cuando tomaste
la decisión de entregar tu vida por otro –y aclaró-, por mí, bajo la espada de
Glansh-Mur-hr, te convertiste en mi causa y en mi hermano. Porque estoy
dispuesto yo también a entregar todo por mis hermanos. Y no puedo permitir que
un hermano de la Orden caiga, jamás. Porque junto con ustedes moriría mi causa.
-Neilad se alejó y volvió a entrar a la casa de Liz. El orco, no preguntó nada
más.
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