Leyenda Denjiien.
Un día el rey
de Denjiia salió a pescar, como hacia todos los días. Junto con dos de sus
escoltas navegaron en un bote hasta la mitad de un lago y allí se detuvieron. Según
el rey este era el mejor lugar. Mientras preparaba su anzuelo una abeja
confundida, pensando que se trataba de una flor se acercó al bote. El rey trató
de asustarla y esta lo picó. El dedo del rey se hinchó a tal punto que llevar
sus anillos le molestaba así que se quitó el anillo que llevaba en el dedo hinchado.
El bote se sacudió y en un acto de torpeza del rey, el anillo cayó al fondo del
lago.
— ¡Hagan algo!
—ordenó el rey a sus escoltas que se arrojaron al lago.
Cuando emergieron trajeron malas
noticias.
—El anillo se
ha perdido, mi rey. —dijo uno.
—Se lo habrá comido
una carpa. —dijo el otro.
Enojado el rey
hizo lo que pudo por encontrar el anillo. Pero ningún hombre podía recuperarlo,
pensando que el anillo había sido ingerido por un animal ordenó prohibir la
pesca pues quizás alguien pescase el que tenía su anillo y no quisiera
devolverlo. Por la nueva ley del rey nadie podía ser encontrado pescando o
comiendo pescado. La situación se volvió realmente desesperada cuando el tiempo
pasó y la cosecha se arruinó con el frio. Los peces era lo único que tenía el
pueblo del lago para comer pero el rey seguía buscando su anillo. Los plebeyos
hambrientos reclamaron a su rey, pero el rey contesto:
—He perdido mi
anillo, en mi lago, en mi reino. Ustedes por ley son mis súbditos y deberán de
obedecer. Hasta que recupere mi anillo, nadie volverá a probar de mis peces,
esa es mi ley.
Finalmente, un
pescador apareció diciendo que él resolvería el problema del rey. Y fue llevado
ante su monarca. Exhibió ante él una red plateada y exclamó —¡Oh, rey de
Denjiia! Con esta red sacaré su anillo del lago.
Pero el rey no
estaba convencido —Mi anillo era pequeño y tu red tiene separaciones muy
grandes, se caerá por los huecos.
—No mi rey —
contestó el pescador—. Porque esta red es mágica y me permite sacar lo que
desee que se encuentre donde la lance, de una sola vez.
—Pues eso lo
veremos —dijo el rey.
—Pero hay un
problema mi rey, yo no deseo sacar el anillo del lago, deseo que mis hermanos y
mis vecinos dejen de pasar hambre.
—Si sacas el
anillo del lago todos podrán volver a comer pescado.
—Pero mi rey ¿Qué
pasará si vuelves a perder un anillo en el lago? O si otro rey lo hace.
—Si sacas el
anillo del lago, todos podrán pescar en este lago, por siempre. –contestó el
rey.
—¿Y qué pasa
si se cae en otro lago? –replicó el pescador.
El rey había
perdido un poco la paciencia pero no quería perder también su oportunidad —Si sacas
el anillo del lago, todo hombre o mujer en Denjiia podrá pescar en todo lago,
rio o mar, y nadie, ni siquiera el rey de Denjiia podrá reclamar eso que ha tomado
de allí, pues será de quien lo haya tomado y de nadie más. Pero si esa es una
red mágica cuando hayas sacado mi anillo del lago me la regalarás.
El pescador
aceptó el trato.
El rey tenía
una hija muy curiosa, su única hija, que intrigada por los poderes de la red, pidió
acompañar a su padre a ver la hazaña del pescador que sacaría un anillo de un
lago de una sola lanzada. El rey no se pudo negar así que tanto él como el
pescador y la princesa se subieron a un bote y fueron hasta la mitad del lago
donde el rey había perdido su anillo. El pescador reverenció al rey y arrojó su
red. La princesa estaba fascinada, tanto, que se asomó demasiado a mirar y
terminó cayendo al lago. Entre tanto vestido y joyas la princesa no flotaba. El
rey se encontraba más desesperado que antes.
—¡Has algo! —ordenó
al pescador.
El pescador
nuevamente lo reverenció y levantó su red, que traía entre ella a la princesa. Estando
todos nuevamente arriba del bote el pescador dijo al rey entregando su red.
—He cumplido
mi rey, le entregó a usted mi red mágica y sé que usted cumplirá con lo que ha
prometido.
—Pero tú no
has sacado el anillo del lago, si lo hubieras hecho todos los hombres y mujeres
del reino podrían pescar donde quisieran y nadie, ni siquiera yo, podría reclamar
lo que han tomado de allí. Incluso tú podrías reclamar la vida de mi hija pues
la has sacado del agua —Y repitió burlonamente—. Si hubieras sacado el anillo
del lago.
El pescador se
arrodilló ante la princesa pidiéndole que extendiese su mano. Y enseñó al rey,
que en su dedo índice estaba el anillo que él había perdido.
—He cumplido
mi rey. Sé que usted también cumplirá.
El rey preocupado
preguntó —Lo has hecho ¿Reclamaras entonces la vida de mi hija?
—No señor no
lo haré. Nadie debería de tener poder sobre la vida de otra persona, y aunque
la ley pareciera decir eso, no se puede poseer a alguien. Así como usted no
posee a sus súbditos a los que ha puesto a tener hambre por un anillo. Cumpla
lo que ha prometido, es lo único que me interesa, para todo lo demás estoy a su
servicio. –Tras esto volvió a reverenciar al monarca.
El rey quedó
mudo y preocupado de que el pescador cambiase de idea se alejó de él y cumplió
con lo que había prometido conservando la red como un tesoro del reino.
La princesa
por su parte conmovida por la congruencia entre las palabras y los actos del
pescador volvió a encontrarse con él para pedirle que se casase con ella. El
pescador por supuesto acepto, pues no hubiera podido sacarla del lago si no
fuera porque la deseaba en un principio. El pueblo entero celebró esta unión.
Ningún rey de
Denjiia reclamó más lo que sus habitantes tomasen de sus ríos, lagos o el mar.
Cuando el rey murió, muchos, muchos años después, el pescador se convirtió en
rey. Y recuperó su red.
Durante su
mandato el rey pescador siempre predicó: “Si antepones pequeñeces al bienestar
de los otros pronto te lo reclamarán. En cambio si posees algo valioso, ponlo
al servicio de los demás, y cuando sea de todos, jamás lo perderás.”
Fin
Referencias:
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