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viernes, 23 de abril de 2021

El arco del conejo

Leyenda Denjiien


    En el pueblo, la gente, se estaba enfermando. La mayor parte de las veces los síntomas, como fatiga, somnolencia, diarrea, sangrado y otros varios, se iban a los pocos días. Pero en algunos casos, sobre todo cuando se trataba de niños, la enfermedad era fatal. Las causas eran desconocidas. Las plagas más comunes, como los mosquitos, o las aguas contaminadas fueron descartadas rápidamente. Cuando los animales comenzaron a aparecer muertos supieron que no era algo solamente del pueblo. Pues todos los cadáveres se encontraron en una granja. Los bueyes muertos habían sido mordisqueados, comidos a medias. Quien, o quienes, los hubieran matado habían evitado la piel y habían ido directamente a la carne. La granja del viejo Macgron estaba en la boca de todos. Los pueblerinos pronto relacionaron una cosa con la otra y comenzaron a sospechar. Los más positivos consideraron que se trataba de algún depredador, lobos era lo más probable. Pero no tardaron en aparecer en la granja, cadáveres de estos canidos. Macgron afirmaba no saber nada del asunto. No tenían por qué culparlo, pero aun así, lo hicieron. Que estaba maldito, o que se había aliado con alguna bruja, fueron de las acusaciones más amables. La guardia del pueblo intervino y rastrilló la zona. Se quedó incluso a acampar varias noches. Ninguna criatura fue divisada. Pero tan pronto como la guardia se alejó de allí, los cadáveres de animales volvieron a aparecer. 


    La misteriosa enfermedad, se fue, así como había llegado. Pero la granja de Macgron estaba maldita. Ya nadie quería comprarle nada o saber nada de él. Desesperado, el viejo, buscó ayuda en un cazador. Si había una bestia, un demonio, algo, que se ocultase en su granja, tenía que acabar con ello. 


    El cazador intentó rastrear a quien hubiera causado las muertes de los animales, pero fue en vano. Así como cuando había estado presente la guardia, nada aparecía. Pero estando mejor pago que los hombres de la ley, decidió acampar en uno de los lugares donde más cadáveres se habían encontrado. Su regreso, después de un par de días fue inesperado. Cojeaba y le faltaba un ojo, había sido atacado. Pero la explicación que dio, parecía no tener sentido. Tan pronto como se recostó en la graba se sintió cansado y luego paralizado por completo. No fue capaz de seguir moviendo sus extremidades, mucho menos sujetar sus armas para defenderse. Al pasar las horas, estando a merced de cualquier depredador, los primeros en aparecer fueron unos conejos. Los cuales, tras olfatearlo, comenzaron a mordisquearlo. Los dedos de sus pies fueron devorados rápidamente; pero su cara, que estaba expuesta, fue el plato principal. Su mejilla y su ojo izquierdo habían desaparecido y podían verse hasta sus dientes. No había monstruos, solo un montón de conejos. Los hombres habían descubierto que estos lagomorfos, eran carroñeros ocasionales.


    Los campesinos se ensañaron con los conejos y los cazaron hasta llegar al borde de la extinción. Usaban arcos pequeños y rápidos para acabar con ellos. Dejaron de pensar que la granja de Macgron estaba maldita, y, tras la matanza, se sintieron seguros. Pero una semana después, más niños siguieron muriendo en el pueblo.


    Fue entonces que llegó el inquisidor, a investigar este caso paranormal. Morún, se hacía llamar, y llevaba un prominente bigote. Tras interrogar a la gran mayoría de los involucrados, había algo que le llamaba la atención, algo que otros habían dejado de lado, apurados por encontrar a quien culpar. ¿Qué había causado aquella parálisis de la que hablaba el cazador? Entonces, viajó hasta el lugar del hecho, a inspeccionar la escena del crimen. Allí se encontraba una criatura, que había pasado inadvertida a los ojos de los demás, pero que él conocía muy bien, debido a su extensa carrera. Ciertamente no era un biólogo, o un gran científico. Morún era un hombre de armas, preparado para el combate, pero la trayectoria de su vida, lo habían alejado de las batallas y lo habían convertido en un hombre mucho más reflexivo y comprensivo. A simple vista, parecía un polvo blanquecino. Las hojas de las hierbas se encontraban algo marchitas, amarillentas. Sin duda, dañadas. Ese polvo blanco que allí crecía, era un hongo. Recolectó muestras y las envió a uno de los grandes eruditos del reino para que las investigase. 


    Los resultados no tardaron y sus sospechas fueron confirmadas. Fusarium, un hongo que se atacaba a las plantas, y que, si era respirado, podía llegar a generar parálisis, junto con otros varios síntomas. Si se consumía, como lo habían estado haciendo los niños y demás personas del pueblo, en harinas y vegetales que se cultivaban en la granja de Macgron, eran capaces de enfermar a las personas al grado de matarlos. La plaga estaba extendida, incluso más allá de las tierras del anciano. Pues habían perdido el tiempo buscando a demonios y monstruos, mientras que deberían de haberlo invertido en observar a unos de los más ignorados seres de la naturaleza, los hongos.


    Los campos fueron quemados para ser esterilizados y poder ser utilizados nuevamente para el cultivo de vegetales que serían destinados a la ingesta humana y de animales de granja. 


    No se puede estar preparado para lo inesperado, pero ayuda mantener la mente abierta a posibilidades desconocidas. Si no, puede que salgas a cazar fantasmas y los conejos te devoren los ojos.



Fin

viernes, 16 de abril de 2021

Churú y los espectros

Reporte de Morún para la orden de los acuñadores


    Después de recibir una misión, me dirigí a la aldea de Riensia a investigar sobre la aparición de unos espectros. Me acompañaría un joven aprendiz de nombre Churú. Recién lo conocería en aquel lugar y jamás se me había hablado sobre sus, sin duda, impresionantes habilidades.


    Le expliqué, en su momento, a Churú, que mientras que los fantasmas no eran capaces de manifestarse físicamente, pues lo hacían a través de sonidos proyecciones visuales y en raras ocasiones el movimiento inesperado de algunos objetos, por lo general aquellos que estuvieran relacionados con ellos en vida, los espectros si eran capaces de mover objetos y atacar físicamente a las personas u animales. En ambos casos, tanto los fantasmas como los espectros, permanecían en el mundo de los vivos por cuestiones que no habían sido resueltas. Muchas veces estas tenían que ver con su muerte, pero no siempre era así. Lo primero que debíamos de investigar, como en cualquier caso de fantasmas o espectros, era de qué se trataba aquel “asunto sin resolver”. Otro punto importante era localizar la tumba o lugar en el que permanecían los restos de los espectros, pues no había que confundir su presencia física con los verdaderos cuerpos en cuestión. Este tipo de manifestación de los muertos es capaz incluso de portar armas, sobre todo si fueron de ellos en vida, lo que los vuelve extremadamente poderoso. Si los cuerpos no pueden ser localizados, pero las armas si, destruir aquellos objetos, reales, los vuelven menos peligrosos. 


    La pregunta, obligada, de Churú fue —¿Podemos hacerle frente a estos espectros?

    Lo tranquilicé con estas palabras —Nuestras espadas están preparadas para defendernos de la magia y también de aquellos que han regresado de la muerte. No obstante aunque los derrotemos en combate, y de seguro lo haremos, si no resolvemos sus asuntos pendientes, estos regresarán.


    Sabía, yo, que estaba exagerando un poco, pues si se trataba de espectros malditos, muertos que estuvieran al servicio de algún demonio, la solución no sería tan sencilla. Pero no deseaba anticiparme y no tenía por qué alarmar al muchacho.


    Nuestra primera entrevista fue con el jefe de la aldea, el cual fue de muy poca ayuda y cuyo nombre, en este momento no recuerdo. Pero sus palabras respecto a los espectros fueron —¿Bitin y Popol? Son buena gente. A veces aparecen por aquí molestando un poco. Pero enseguida se van.

    —¿Y que buscan? —preguntó Churú.

    —Supongo que el dinero –contestó el hombre—. Las mil monedas de plata. Por eso siempre andan diciendo “Denos lo que es nuestro”.

    —¿Y esas monedas le fueron robadas? —pregunté yo.

    —No sabemos —explicó el jefe—. Bitin y Popol eran unos buenos para nada, habían heredado una granja de su padre y cultivaban calabazas. Lo poco que ganaban lo gastaban en embriagarse y apostar. Una noche ganaron un concurso, en una feria. Fue el premio más grande que alguna vez dimos, pero esa rifa nos permitió juntar muchos fondos. Ellos se habían gastado hasta lo último que tenían para comprar su boleto. El pueblo entero se alegró de que ellos hubieran ganado, y esperábamos que les sirviera para encaminar un poco su vida. Pero tras partir esa noche hacia su casa, jamás se los volvió a ver, hasta que reaparecieron como los espectros que son ahora, varios años después, no sabemos que puede haberles pasado, pero es posible que fueran asaltados. 


    Hasta este momento el jefe nos había dicho lo que luego, muchos otros aldeanos también nos contarían. Yo me encontraba escribiendo y tomando nota de sus respuestas, ya que de otra forma podría llegar después a confundirme y mis reportes no serían tan precisos. Churú, por otra parte, continuó interrogando al hombre con preguntas absurdas, tales como la altura de los espectros, como estaban vestidos, de cuantos caballos era la carreta con la que se alejaron, si tenían alergias conocidas o mal aliento, entre muchas otras que no encontré sentido registrar. Pero dos cosas de las respuestas si me parecieron notorias, el crimen no estaba resuelto, y habían pasado años, y sus cuerpos jamás habían sido recuperados. Después de un interrogatorio de una hora que podría haberse resuelto en apenas unas preguntas, quedé agotado. Churú parecía, en cambio, estar entusiasmado, no sé si por el caso o por escuchar su propia voz. Pues sus preguntas incluían largas e innecesarias declaraciones y casi siempre podían responderse con un simple “si” o un simple “no”. Como cuando preguntó “Diría usted que las sandalias que llevaban tenían los cordones cruzados en forma de equis o bien un extremo era más largo al principio y luego se cruzaba una y otra vez siempre el mismo extremo hasta llegar arriba y hacer un moño. La razón de esta pregunta es que he visto que muchos en esta aldea llevan el calzado de esa forma y, por lo menos a mí me resulta imposible atármelos de ninguna otra forma que la primera. Sospecho que se trata de algún tipo de regla de vestimenta que podría llevarnos a identificar alguna secta secreta, de gente que utiliza el calzado como rasgo identitario.” La respuesta del jefe, creo recordar, fue: “llevaban botas”.


    Luego de un par de entrevistas más, en las cuales aconsejé a mi ayudante que permaneciera callado, nada nuevo se nos fue revelado. Una anciana zapatera, que entrevistamos solo por insistencia de Churú, incluso nos dijo que si los veíamos les mandásemos saludos. La historia de las mil monedas de plata y de que nunca los habían vuelto a ver, se repetía una y otra vez. Yo empezaba a intuir que algo muy extraño sucedía en esa aldea. Nadie parecía tenerle miedo a estos dos espectros. En todas mis misiones, la gente del pueblo, los nobles, los ricos, los pobres, todos siempre habían sentido miedo. Cada vez que he librado a un pueblo de un fantasma la gente proclamó mi nombre, me dieron recompensas, que nunca necesité, y las mujeres me regalan miradas. ¿Qué saldría bueno de liberar a estos espectros de sus penurias? Ellos seguramente podrían descansar en paz, pero al resto, consideró que no le importaría. El asunto me tenía algo frustrado. 

    Dirigirnos a “la taberna de Irixina” no me quitaría en nada la frustración. Por dos motivos, en primer lugar lo poco original del nombre, ya que la taberna estaba atendida por una mujer que se llamaba Irixina. Imagino las horas, los días, los meses, que habrá invertido en pensar tal nombre para su establecimiento. Y en segundo lugar la taberna en si, estaba dedicada a los espectros, como si tratase de algo temático. El vino había que pedirlo como “el vino de los condenados”, la cerveza era “la cerveza de los penitentes” y para colmo todos allí parecían acompañar el pedido con la frase, “la favorita de Bitin y Popol”, dejándonos entender que era lo que solían pedir. No me atreví a preguntar respecto al menú, y de que se trataba por ejemplo “la ensalada maldita”. Decidí ordenar algo, recordando a un viejo amigo que era aventurero con su paladar en las bebidas y que solía preferir lo ácido y lo dulce, elegí entonces “la sidra de los muertos”. Debo admitir, que fue lo mejor de toda esta experiencia.


    El sabor tan particular y exquisito de este brebaje me obligó a probar los otros, y descubrí que eran excelentes, por esta razón pregunté a Irixina quien fabricaba estas bebidas y ella nos envió a ver a una fabricante de vinos de la aldea. Fue una verdadera suerte, porque aquella mujer fue la primera en darnos verdaderas pistas.


    Mientras la interrogaba por asuntos más particulares que profesionales, el tema de los espectros emergió naturalmente —Fue una lástima lo de Bitin y Popol, y se habían esforzado tanto en hacer aquel vino de calabazas. —Nos confesó la mujer.

    Le había prohibido hablar a Churú así que las preguntas las hice yo —¿De qué vino habla?

    —¿No sabían? Ellos cultivaban calabazas para poder fermentarlas, jamás dio buenos resultados. Querían hacerse famosos. Esas novecientas noventa y nueve  monedas de plata le hubieran venido muy bien. 

    —¿Novecientas noventa y nueve monedas? ¿No eran mil?

    —Alguien me dijo una vez, no recuerdo bien quien, que antes de irse esa noche compraron algo. —contestó la que fabricaba esas exquisitas bebidas.

    Nos despedimos de ella, luego de haberle comprado unas botellas de vino y sidra.


    Aquella noche reflexioné sobre lo que nos había contado la artesana. Era importante entregar esas novecientos noventa y nueve monedas y no mil. De otra forma, la resolución de su problema no sería tal, por algún motivo que desconozco, estas almas en pena son muy específicas en esos asuntos. El número me molestaba de sobremanera. El hecho de que este problema se resolviese con una transferencia de cuenta, todavía más. Le expliqué a Churú estas cuestiones y lo envié a que hiciera el pedido del dinero a nuestros superiores. El envío llegaría el próximo día. El problema ahora era que no sabíamos la localización de los cuerpos. 


    Al día siguiente reunimos a la aldea en una asamblea, con ayuda del jefe, para preguntar a la multitud si alguien conocía donde estaban ubicados los cuerpos. Por supuesto nadie sabía nada. 

Irixina, la tabernera preguntó —¿Pero realmente acabarán con su presencia?

La noté decepcionada y comprendí que al menos para ella, sería un verdadero problema económico, ya que su taberna era bastante temática, al respecto de los dos espectros. Pero yo había ido a la aldea a resolver el problema de los muertos y no sus cuestiones económicas —Si la ofrenda que les hare es la correcta, y esperó que lo sea, los espectros no regresarán, pues habrán resuelto, finalmente, sus asuntos. Pero necesito dejarlas en su tumba. Y ninguno de ustedes sabe dónde está.

—¿Y no puede dárselas directamente a ellos? —preguntó Irixina.

Consideré que de hecho, no era en absoluto una mala idea, todo lo contrario. Incluso podíamos seguirlos hasta su lugar de “descanso”. Eran espectros y si podían cargar cosas. Irixina no era tan poco creativa después de todo.


Esperamos hasta esa misma noche para que ellos aparecieran. Eran los espectros más patéticos y lastimosos que alguna vez vi. Se tambaleaban como si estuvieran borrachos, posiblemente porque así habrían muerto, gritando y balbuceando a veces “denos lo que es nuestro”. Así que le entregamos las novecientas noventa y nueve monedas de plata, con la esperanza de que todo esto acabase. Yo mismo le di la bolsa con el dinero. Intentamos seguirlos pero volteaban constantemente a ahuyentarnos. Incluso me dieron pena. Los dejé partir.


La apatía de la aldea no dejaba de extrañarme. Algunos como Irixina incluso estaban algo enojados de no volver a verlos. Sentí que no había conseguido nada y decidí desquitarme con el alcohol. Fuimos hasta la taberna, donde estaban todos muy melancólicos y nos entregamos al vino, después de todo era muy bueno. 


Un poco antes del alba, los espectros regresaron, gritando “denos lo que es nuestro.” Maldije a todos los dioses y demonios. Me dio la impresión de que estaban más violentos que nunca. Ordené a Churú que desenfundase su espada y juntos los atacamos. A pesar de nuestras, muchas, copas de más, los vencimos con facilidad. Y desaparecieron, con los primeros rayos del sol. Regresamos a la taberna, la cabeza me daba vueltas por una resaca que recién comenzaba. Nos sentamos en una mesa y encargamos más vino. El cual fue servido por Irixina misma, que venía principalmente a decirnos que era hora de cerrar el lugar y que esa sería la última ronda.

—Pues, ¡Tu idea no sirvió de nada! —le reclamé.

—No quise corregirlos en público, pero en realidad no eran novecientas noventa y nueve monedas de plata.

—¿Qué?— Creo haber podido articular mientras ingería más vino —¿Eran mil?

—No, eran novecientas noventa y nueve monedas de plata con noventa y nueve monedas de cobre, para ser exactos.

En ese momento, solo me quedaban respuestas irónicas —Entonces ¿No funcionó porque no le dimos el vuelto? —tras esto perdí la conciencia.


Me desperté después del mediodía, Churú no estaba mucho mejor que yo. Después de refrescarme y comer algo desperté a mi ayudante. Lo cual me dio tiempo para reflexionar muchas cosas. La más evidente era que Irixina sabía mucho más de lo que decía. Pero sacarle información no sería fácil, no lo había sido hasta ahora. Era el momento de usar mi mejor arma. Quité entonces la restricción a Churú respecto a interrogar a la gente. Incluso lo exhorté a que lo hiciera, comenzando con la tabernera.


Fuimos hasta su hogar, fingiendo agradecerle el buen vino. Una vez dentro Churú comenzó a hablar. Preguntas y preguntas sin sentido alguno que muchas veces no permitía siquiera que las contestase.

—¿Está usted aliada con esos espectros? ¿Desde cuándo los conoce? ¿Cómo se ata usted los zapatos? ¿Ha probado alguna vez el vino de calabaza? ¿Cuántas botellas hay en su bodega? ¿Cuántos zapatos tiene?

Irixina evitaba dar cualquier respuesta directa y entonces Churú comenzó a divagar, a contar anécdotas de su niñez durante veinte minutos. Narró una anécdota muy extraña sobre una cabra que tenía por mascota y un sueño que involucraba a treinta y siete gatos. La tortura pienso estaba bien merecida.

La tabernera finalmente se quebró, un poco antes de que yo también lo hiciese.

—Está bien, confieso. Sé dónde están enterrados, pero no tuve nada que ver con su muerte, yo era muy pequeña entonces. –dijo entre lágrimas.

—¡Bien! —gritó eufórico Churú con sus resultados —¿Y cuantas botellas hay en su bodega?

—Eso no es impórtate —lo detuve—. Lo que sí es importante es que nos diga dónde están.

—Sí, eso. ¿Y por qué son novecientas noventa y nueve monedas de plata con noventa y nueve monedas de cobre? —insistió él.

—No sé. —contestó ella.

—¿Cuántas botellas, o lo de las monedas? —preguntó Churú.

—No pierdas el enfoque. —lo corregí.

—Lo de las botellas. —respondió ella.

—No me importa —dije yo enfadado —. No nos ha dicho lo que estamos buscando.

Ella entonces contestó —Mi padre y yo le vendimos unos dulces.

Churú insistió —¿Y cuántos pares de zapatos tiene? 

—Eso no importa. —insistía yo, que ya no podía controlarlo.

—¿Y qué tipo de dulces? —pregunto él.

—No importa. —repetí yo.

—Conteste. —ordenó Churú.

—Tengo ciento ochenta y tres pares de zapatos, ¿Esta bien? Lo admito.

Quedé anonadado con tal respuesta, que no me servía para nada pero que realmente me extrañó. Como si mi ayudante hubiese llegado a algún punto, que en realidad no significaba nada. Me calmé un poco —Usted tiene un serio problema señora Irixina, algún tipo de compulsión, no sé realmente. Un claro fetiche que comparte con mi ayudante. Pero todo esto no es importante, no ha respondido lo que le pregunté.

Churú continuó interrumpiendo –Si, ¿Qué tipo de dulces?

—No, no —interrumpí yo esta vez —. ¿Dónde están los cuerpos?

—Conteste. —ordenó Churú, muy groseramente.

La mujer rompió en llanto —¡Unas manzanas acarameladas!

—No.—dije yo, frustrado.

—¿Y por qué? –preguntó Churú, ya desenfrenado y divagando.

—Porque era una maldita feria, ¿Qué le íbamos a vender? —contestó ella desafiante.

Suspiré y traté de recomponerme –Necesito Churú, ¡Que te calles! —lo dije tan enérgicamente que creo que finalmente lo entendió –De usted, señora Irixina, necesito una respuesta ¿Dónde están los cuerpos?

Mientras se limpiaba las lágrimas la mujer contestó  —Un día mientras recolectaba hierbas y frutas del bosque, debajo de un barranco, debajo de un árbol retorcido al cual el sol le ha sido negado, entre sus raíces, encontré sus cuerpos. Estimo que se cayeron del barranco, conduciendo borrachos.

—¿Y usted entonces les robó la plata? –pregunté, enojado.

—No. —Contestó ella ofendida –No hice nada de eso, esto fue hace unos meses y ellos hace años que aparecen. No me iba yo a poner a escarbar, ¡qué asco! Decidí no decir nada porque si no mi negocio cerraría, los espectros eran buena publicidad. Ahora que han llegado ustedes no sé qué hare.

Estaba yo ya muy enojado así que contesté sin importarme sus necesidades –No sé qué hará usted, pero yo les llevaré noventa y nueve monedas de cobre para acabar con esto. Ya mismo.

—Ya que lo van a hacer háganlo bien. —respondió ella, altaneramente.

—¿A qué se refiere? —pregunté.

—Ellos salen de noche, si va ahora solo encontrara los cuerpos, no a sus espectros. –dijo ella muy coherentemente.

Lo que decía tenía sentido, pero por las dudas, decidí que llegaríamos un poco antes del anochecer con el resto de la ofrenda. 


Esperamos unas horas, que me vinieron bien para recaudar las noventa y nueve monedas de cobre. Hubiera sido todo más fácil si se tratase de una simple moneda de plata, si bien era mucho dinero para los aldeanos, tantas monedas de cobre eran un fastidio de cargar. Seguimos el camino desde la aldea hasta la granja de Bitin y Popol hasta encontrarnos el barranco y debajo divisamos el árbol retorcido, tal y como nos había dicho Irixina. Se encontraba a apenas minutos de la aldea. Cavamos entre las raíces y allí estaban los desafortunados ganadores de la lotería. Pero no había rastros del dinero, ni el nuestro ni el de ellos, lo cual comenzó a preocuparme.


—¿Has notado que no hay indicios del dinero? ¨—pregunté a Churú.

—Sí, es extraño –contestó el joven—. ¿En que se lo habrán gastado?

Llevé la mano derecha a mi cara y le expliqué —Es obvio que alguien se lo ha robado otra vez.

—Ah—contestó él.

Se estaba haciendo de noche y era evidente que otra vez no podríamos resolver nada, habíamos estado perdiendo el tiempo, de nuevo. Pero era demasiado tarde, los espectros de Bitin y Popol, borrachos desde la ultratumba nos rodearon y nos atacaron. Los vencíamos fácilmente, pero estos se reintegraban y volvían por nosotros. Tras una larga lucha, descubrimos que no necesitábamos pelear, simplemente podíamos mantenernos lejos apenas corriendo un poco de aquí para allá y tratando de esquivarlos. Enfundamos nuestras espadas y los eludimos. Pero nos quedamos a observar que hacían. Con la esperanza de recuperar el dinero. Churú, entonces, siempre alejado de ellos comenzó a hablarles. Es imposible razonar con espectro o fantasmas, pues están atrapados en su obsesión, pero Churú también. Así que no intenté razonar yo tampoco con él. Y los acosó, y les habló, y les habló y les siguió hablando. Intercalando preguntas esporádicas con retorcidas narraciones con zapatos y por algún motivo, un cangrejo que cantaba canciones. A lo que ellos solo respondían “Denos lo que es nuestro”. Eventualmente, porque había que intentarlo, mi ayudante les ofreció las noventa y nueve monedas de cobre. Los espectros las recibieron, las observaron, y las arrojaron al suelo reclamando nuevamente “denos lo que es nuestro”. No tenía caso. No estábamos ni cerca de resolver ese asunto. Churú siguió hablando sin cesar, sin descansar, ininterrumpidamente por al menos tres horas, mientras yo trataba de pensar. Los espectros, se desesperaron. Se sujetaban la cabeza con la esperanza de arrancársela y terminar así con su martirio. Llegué a contemplar el suicidio, pero la presencia de estos dos pobres desgraciados delante de mí me hizo comprender que la muerte no me alejaría del balbuceo de Churú.

Finalmente, horas después, el muchacho se detuvo, hasta él se había cansado —¡Tengo sed! –exclamó.

El asunto no me extrañó para nada, era posible que se le hubiese acabado la saliva. Levanté la mirada, por algún motivo sentí ese impulso y entonces, tuve una revelación. La epifanía más grande que alguna vez he experimentado. Aquel árbol, era un manzano. No me había importado, al principio, observar esas cosas; pero en ese momento ver esas pequeñas frutas mal formadas entre sus ramas, producto de la falta de sol, me dejó todo muy claro.

La obsesión de Bitin y Popol, no había sido nunca el dinero, era hacerse famosos con un trago, el vino de calabazas, el cual jamás había dado resultado. Las manzanas que habían comprado aquella noche en la feria, habían caído con ellos por el barranco y alguna de sus semillas había germinado, alimentándose de los cuerpos de ellos dos. Cuando Irixina encontró el árbol, buscando frutas, se llevó sus manzanas, insignificantes para ser comidas, pero lo suficientemente buenas para ser fermentadas. Y también, sin duda, se había llevado la plata, imposible que la encontrase sin escarbar entre las raíces. Le había dado las manzanas a la artesana para hacer esa exquisita sidra. La sidra de los muertos. La mejor bebida que habían hecho Bitin y Popol. Le ordené a Churú, que buscase entre las alforjas de nuestros caballos, las botellas de sidra que habíamos adquirido. Se las entregamos a los espectros que las recibieron, orgullosos. Las bebieron con total placer y tras eructar, se desvanecieron. Finalmente eran libres.

—¿Qué compras con una moneda de cobre? —pregunté a Churú.

—Un par de manzanas acarameladas. —contestó él.

—¿Y qué compras con novecientas noventa y nueve monedas de plata y noventa y nueve monedas de cobre? —pregunté nuevamente.

—No sé. ¿Qué compras? —replicó Churú.

Lo miré a los ojos y le dije —Como ciento ochenta y tres pares de zapatos.


Cuando regresamos a la aldea Irixina ya no estaba, se había marchado para siempre. Su consejo, el de que llegásemos de noche, solo había sido una distracción, para que tuviese tiempo de recoger el dinero de entre las raíces otras vez y poder marcharse. Después de todo, nosotros íbamos a acabar con su negocio. Me equivoqué respecto a ella, es una de las personas más creativas que jamás he conocido.



Fin.

   

sábado, 10 de abril de 2021

El ladrón


Reporte de Morún para la orden de los acuñadores

   

    Se me había encomendado la misión de encontrar al hermano Vildicrast, reconocido cazador, rastreador y exterminador de alimañas y bestias dañinas de la región de Gaad. Toda comunicación con él había cesado desde hacía un mes al momento que llegué a la aldea. Mi mentor, el señor Danar de Blancodrun, gran amigo del hermano Vildicrast, me envió solo, ya que consideró que se trataba simplemente de algún problema con los medios de comunicación, pues las encomiendas a caballo usualmente se veían interrumpidas por atracadores ocultos en los caminos que atravesaban el bosque y los pantanos de Gaad. Mi entrenamiento militar, mis buenas armas y mi experiencia en combate eran una garantía para poder sortear cualquier inconveniente con inoportunos ladrones. No obstante, decidí que era más prudente rodear el bosque que me mantenía alejado de la aldea y evitar sus caminos. 

    Una vez en Gaad me encontré con Vildicrast, quien confirmó las sospechas de mi mentor, en parte al menos. El cazador me explicó que el problema se encontraba específicamente en los pantanos. Allí su trabajo había sido, durante los últimos meses, exterminar a los “légamos” que se ocultaban en las ciénagas. 

    En mi entrenamiento se me había hablado de estas criaturas, de aspecto amorfo y pegajoso, que se desplazan estirándose y pegando una de sus partes a los árboles para luego volver a contraerse y repetir así la acción. Se alimentan de animales e incluso vegetales en descomposición y raras veces atacan a los humanos. Sé que esto es bien sabido por aquellos que posiblemente me supervisen y estén leyendo estas líneas. Pero tengo que explicar que nuestros conocimientos sobre estas bestias son muy limitados y en parte en este reporte pretendo expandir nuestros saberes al respecto. Dejo a su criterio si mis interpretaciones han sido correctas. En los textos que leí se menciona siempre que los légamos son criaturas ciegas y sordas, al igual que los limos, pero con un gran sentido del tacto. Son capaces de adherirse a diferentes superficies y en ocasiones golpear a sus víctimas, o atacantes, con objetos que han sujetado. Pero siempre se ha considerado que son torpes, brutos, de escasa inteligencia, alimañas comparables a las ratas. Y es en esta parte en la que estoy en desacuerdo.

    Al principio me extrañó el ensañamiento que el hermano Vildicrast tenía con estas cosas. Si bien su trabajo era exterminar bestias dañinas, los légamos, como bien ya he mencionado, raras veces atacan a las personas. El fuego les hace muy poco, pero el frio si los debilita pues se vuelven menos flexibles y más lentos. En tiempos de invierno, el cazador podía atraparlos y literalmente molerlos a golpes de garrote, martillos o incluso hachas. El amigo de mi mentor, ya había exterminado a casi todos y me llamó la atención que estuviese buscando a uno en particular. Él lo llamaba “el maldito ladrón”. No me atreví en ese momento  preguntar por qué lo llamaba así, o qué podría haber robado. Me preguntó si estaba dispuesto a seguirlo en su próxima cacería y por supuesto acepté.

    Hacía mucho frio y para que mis pies no se congelaran en aquel pantano, él, me había dado unas botas largas e impermeables que, seguramente, habían costado mucho dinero y habrían sido especialmente encargadas a un buen zapatero. Se me ocurrió preguntar si acaso él me estaba esperando. La respuesta de Vildicrast me esclareció muchas cosas y es por lo que aconteció en ese pantano que consideró debemos rever nuestros pensamientos sobre estas bestias. 

    Cito su respuesta “Esas botas eran de mi hijo, posiblemente tenía la misma edad que tú, y tu misma altura. Has tenido suerte de que te quedasen bien. Hace unas semanas atrás, mientras cazábamos a unos légamos, atrapándolos con nuestras redes enteladas, uno fue capaz de zafarse. Destrozó a uno de mis hombres, con tanta fuerza, que su mano se desprendió. La criatura se adhirió a ella y fue capaz de manipularla y levantando una espada, que robó a otro de mis hombres, la incrustó en el pecho de mi hijo, matándolo. Nunca habíamos presenciado un comportamiento similar. Mi hijo y mis dos hombres fueron asesinados, mientras que yo logré escapar. Los desmembró y se unió a sus partes burlándose de mí, torturándome de esa cruel forma. No he podido recuperar su cuerpo pues el légamo camina vestido con su torso, y en su mano derecha todavía están los anillos que le regalé. Sé que ese maldito me espera en el pantano. Tengo cuentas que saldar.”

    Comprendí, entonces, la obsesión de Vildicrast con aquellos entes. Cuando vi al “ladrón” no pude evitar sentirme asqueado. Nunca había visto a un légamo, pero verlo con las partes de nuestros hermanos de armas unidas a él, como un grotesco títere sin cabeza hizo que mi corazón se rompiera en partes. El cazador lo atacó, la criatura, en efecto, lo estaba esperando. La batalla duró poco, la fuerza de los légamos ha sido subestimada. Yo también me arrojé al combate, solo para experimentar, en persona, el ser revoleado por una de estas cosas. Me tuvo a su merced, su viscoso cuerpo, que salía por el cuello de su macabro ensamble, serpenteó por mi rostro, como si intentase reconocerme, luego dio media vuelta y se dirigió hacia nuestro hermano, que posiblemente, ya había muerto. Arrancó su cabeza usando al menos una de las manos de su hijo y la colocó sobre el torso del mismo, completando así su imitación de una persona. Los ojos de Vildicrast me miraron desde el inframundo y el ladrón me habló, no era la voz del cazador, sus cuerdas vocales se habían unido a las de su hijo, o quizás ni siquiera se encontraban allí, pero la boca muerta y fría de Vildicrast se movía. 

    Cito al légamo “Vete, tú no me has hecho nada.”

    Se alejó, imitando toscamente el andar de una persona. Sentí miedo, pero pude recuperarme. Allí, no tan lejos del cadáver de Vildicrast se encontraba la red entelada, podría haber intentado capturarlo, sorprenderlo. No era hostil conmigo. Pero elegí no hacerlo. No por miedo o terror, ya he admitido que lo sentí. Si no porque yo mismo he sufrido el yugo y la opresión de los hombres alguna vez, pues mi situación no siempre ha sido tan favorable como la de ahora. Sin embargo, esta criatura, que podría haber hecho conmigo lo que desease, prefirió dejarme en libertad. No puedo evaluar, si estaba buscando venganza, pues Vildicrast, su hijo y sus hombres habían aniquilado a los suyos. Quizás solo se estaba defendiendo. En cualquiera de los dos casos puedo sentirme identificado. Lo que sé, es que eligió sentir compasión. Y si tengo que elegir, con esta libertad que me ha regalado el monstruo, entre parecerme a Vildicrast o al ladrón; elijo parecerme al monstruo. Al menos en esta pequeñísima parte.

    El cuerpo del cazador todavía ha de deambular por el pantano, al menos hasta que llegue la primavera. Me las he ingeniado, no obstante, para recuperar las espadas que portan la insignia de nuestra orden, de ellos cuatro. 

    Por todo lo que les he relatado, ofrezco mis disculpas si mis acciones no fueron las correctas y lamento informarles la muerte de Vildicrast cazador, rastreador y exterminador de alimañas y bestias dañinas de la región de Gaad, así como la de su hijo y de otros dos de nuestros hermanos de quienes no tengo registro, pero que se encontraban al servicio del primero.



Fin.

domingo, 3 de enero de 2021

Un mal cliente

Leyenda Denjiien

 

            El inquisidor, enviado por el rey, no era oriundo del reino. Su piel, más oscura, y sus ojos verdes, sugerían que, probablemente hubiera nacido en Gull o, al menos, sus ancestros fueran de allí. Como la mayoría de los inquisidores resultaba intrigante a los plebeyos, sobre todo a los más asustadizos y supersticiosos. Su origen, no era más que otro de los misterios que lo rodeaban. Era un hombre mayor, calcularon ellos, un poco más de setenta años. Todavía conservaba todo su cabello pero estaba ya completamente canoso. Su característica más distintiva, sin tener en cuenta su piel bronceada, era un prominente bigote. Lo acompañaba únicamente un joven, posiblemente su aprendiz, que lo ayudaba en quehaceres menores. Dujved, era un pueblo pequeño, cercano al palacio del señor de esas tierras. Un tal Abrajoz, señor de Igdaré. Él mismo había escrito al rey para que interviniese y enviase a un inquisidor. Pues desde hacía casi tres meses, eventos extraños acontecían, tanto en el pueblo como en su palacio. El inquisidor y su ayudante se hospedaron allí, en su residencia.

 

            Durante las primeras dos semanas tanto el anciano como el joven, preguntaron a los pueblerinos sobre los “extraños acontecimientos”. Según los reportes, la leña, utilizada principalmente para calefaccionar las viviendas, en algunas casas, parecía moverse sola. Se escuchaban ruidos extraños, pasos y murmullos, por las noches en las esquinas de algunas calles y sobre todo en los pasillos del palacio del señor de Igdaré. No obstante al menos durante los primeros días, estos eludieron a los oídos del enviado del rey. Muchas herramientas filosas, también habían desaparecido, sin que hubiese ningún ladrón aparente. No se trataba, tampoco, de nada valioso, hachas, cuchillos, incluso algunas tijeras. La gente, al principio, sentía el temor de ser emboscada en alguna esquina y asesinada por algún maniático con una navaja. Pero al pasar el tiempo, nada de esto había sucedido.

 

            El primer paso fue descartar que se tratase de alguna bruja o mago. Cosa que el inquisidor hizo con gran facilidad, ayudado por diversos instrumentos que jamás explicó cómo funcionaban. Más preocupado estaba, que se tratase de algún ignorante con alguna reliquia. Las mismas eran partes de los cuerpos de las brujas que algunos incautos arrancaban o cercenaban de los cadáveres de aquellas que caían en desgracia siendo ahorcadas o quemadas por una chusma iracunda. No solo fue imposible relacionar los eventos a ningún tipo de magia conocida sino que además, no existían reportes de ningún tipo de presencia demoniaca en siglos. Esto sugería que el problema se encontraba en otro lado.

 

            El hombre del bigote, contempló una única posibilidad, si es que ese asunto se trataba de algo sobrenatural: que se tratase de un fantasma. De no ser así, alguien, se había encargado de burlar una broma a todos ellos con total alevosía. Pero eso era algo difícil. Se dedicó entonces a buscar al sepulturero y al sellista, ambos que sin duda sabrían de cualquier muerte violenta anterior a los tres meses o de cualquier unión interrumpida, herencia no cobrada, estafa o cosa similar. Los fantasmas en ocasiones, tenían alguna cuenta pendiente, algún asunto sin resolver, habían sido traicionados, decepcionados. El sepulturero les pasó una lista bastante corta de cerca de unas diez personas fallecidas, pues el pueblo era pequeño. El sellista, informó que habían acontecido solo tres casamientos en el periodo de tiempo cercano al indicado. Ninguna herencia significativa había sido cobrada, la más importante habían sido dos ovejas que se habían repartido entre tres hermanos. De hecho un anciano que había muerto de casi noventa años, ni siquiera poseía descendientes. Por otro lado dos de las parejas casadas ya se encontraban esperando niños. En el pueblo de Dujved, la vida era tranquila, la gente era amable, a pesar de ser supersticiosa y los únicos tres guardias, encargados de actuar como policía, solo reportaban peleas entre borrachos, a veces ellos mismos.

 

Las desapariciones de objetos filosos siguieron aconteciendo. Los sonidos extraños, murmullos y quejas, se escuchaban la mayor parte de los días. El inquisidor era un hombre persistente, pero ya había transcurrido un mes y aunque sus días pasaban muy tranquilos en la residencia del noble, el tiempo se le escapaba en una persecución fallida de un alma en pena. Extendió su búsqueda a aldeas y pueblos aledaños. Alguien había muerto y había dejado un asunto pendiente. Envió a su ayudante a investigar esas cosas mientas él se dedicó a intentar escuchar de una buena vez los murmullos misteriosos del palacio.

 

Estando solo, una noche, escuchó lo que deseaba. Fue imposible entender que decían. Pero descubrió algo importante: Los sonidos se escuchaban en lugares muy específicos, el jardín, los pasillos que llevaban a la cocina de empleados y finalmente a la entrada de servicio. ¿Se trataría acaso de algún siervo que hubiera muerto? La lista de muertos no reveló que ninguna persona que sirviera en el palacio hubiera fallecido desde hacía cinco años. Regresó a investigar al jardín. No pudo descubrir nada. Decidió entrar al palacio para observar el jardín desde adentro. Se asomó por cada ventana que pudo. Y, finalmente, comenzó a tener sospechas. Esperó a que su ayudante regresase. Sabía que no traería buenas noticias.

 

—No existe ningún registro de asesinatos o robos en los caminos hacia aquí. —informó el joven.

—Eso es bueno, aunque no resolverá nuestro caso. Creo que lo mejor, seria preguntar en otras partes. —contestó el inquisidor.

—¿Cómo dónde? —preguntó su ayudante.

—Podríamos empezar en la cocina.

La cocinera era una mujer de mediana edad, con un cuerpo redondo. La conocían muy bien, pues habían disfrutado de sus artes culinarias desde hacía un mes. Era una persona amable, que siempre sonreía. Accedió sin problemas a una entrevista. —¿Qué desean ustedes saber? —preguntó ella.

—Alguien ha estado trabajando en las ventanas. —señaló el enviado del rey.

—Si, uno artesanos que trajo el señor Abrajoz, de otras tierras. Ninguna otra persona fue capaz de satisfacer sus altas exigencias. —contestó la cocinera.

—¿Y quiénes no cumplieron con sus altas exigencias? —preguntó sonriendo el hombre del bigote.

—Antes de estos artesanos hubo como tres equipos, el último fue el del señor Millar. –la mujer hizo un gesto de lamentación.

—¿Algo le pasó al señor Millar? —preguntó el ayudante.

—Murió durmiendo, no dejó ningún heredero. Había sido contratado para realizar el trabajo de las ventanas. Pero el señor Abrajoz realizó muchos cambios al diseño original. El carpintero Millar era muy orgulloso, y muy correcto. Todos alguna vez le pedimos que nos realizará algo, y él, siempre cumplía.

—¿Y no llegó a terminar las ventanas? —preguntó el joven nuevamente.

—No, pero el señor Abrajoz no tuvo problema alguno, con ese asunto, ni siquiera intentó recuperar el dinero que le habría ofrecido como adelanto. —la cocinera suspiró.

—Ha sido usted muy amable. —contestó el inquisidor.

 

Los habitantes del pueblo, los guiaron hasta la casa del carpintero. Estaba abandonada desde hacía meses. Los murmullos y sonidos misteriosos que se escuchaban por las calles del pueblo trazaban un camino, que llevaba desde el palacio, hasta la carpintería. Los investigadores sabían que estaban tras la pista correcta. Al entrar al taller encontraron los objetos filosos que habían desaparecido, acumulados sobre la mesa. Asumieron que el fantasma de Millar los había recolectado para completar el trabajo pendiente. Pero ninguna herramienta le había sido útil, debería ser difícil utilizarlas con precisión siendo él un ser incorpóreo. Pues la bodega estaba llena de ventanas a medio empezar, todas en estilos diferentes.

—¡Debe haber más de veinte! —exclamó el joven.

—Y del mejor material que existe. Ha de haberle salido una fortuna esa madera. No creo que ninguna adelanto que le hubiese dado el señor de estas tierras podría haber cubierto tanto desperdicio.

—¿Considera usted que ha de haberse sentido estafado? —preguntó el ayudante.

—Eso no puedo saberlo. Mi recomendación para que todo esto termine, es que alguien complete las ventanas y sean reemplazadas las del palacio. El dinero que faltó por cobrar que sea enterrado en la tumba de este pobre artesano. Quizás, con esto deje de vagar por el pueblo, quejándose del egoísmo del señor de estos lares.

 

Los consejos del inquisidor fueron escuchados y el equipo que había terminado las ventanas, regresó, para terminar las que le antecedieron y jamás habían sido colocadas. Aunque al señor de esas tierras no le gustaba mucho el hecho de que ninguna de ellas combinase, pues había cambiado los diseños más de una docena de veces, prefería eso a que un fantasma deambulase por siempre por su hogar y por sus dominios. No tuvo problema alguno tampoco en pagar lo que restaba, al muerto.

 

El hombre de Gull y su aprendiz se despidieron, satisfechos, y regresaron a servir al rey en alguna otra misión. Pero antes de llegar a la corte de Denjiia, fueron llamados otra vez, los murmullos habían regresado, y los objetos filosos habían vuelto a desaparecer. Se dirigieron nuevamente al taller, algo faltaba por descubrir. Las ventanas se habían ido ya. Quedaban las herramientas, y un humilde espacio. Aserrín y muchos sobrantes de madera. Y sobre una mesa, un proyecto empezado, indistinguible para ellos.

 

La única persona que les había resultado de ayuda para resolver el misterio había sido la cocinera. Así que decidieron llevarla hasta el taller, por si ella reconocía de qué se trataba el trabajo inconcluso.

La mujer nuevamente se lamentó —¡Que maravilloso hombre era el señor Millar! Por supuesto que reconozco este trabajo. Era para mí, un regalo para mi hija. Mientras este viejo carpintero trabajo para el señor Abrajoz, yo le cociné todos los mediodías el almuerzo que él desease. En agradecimiento me ofreció construir una cuna para mi nieta, que nacería pronto. Mi hija se ha casado apenas meses atrás y ya está embarazada. Yo honestamente, no esperaba recibir nada de él. Mi señor, Abrajoz, cambio decenas de veces el contrato y lo demoró. El pobre viejo no podía terminar, se ve que, de alguna forma encontró tiempo por las noches para realizar la cuna.

El inquisidor, sin meditarlo mucho, preguntó a su ayudante —¿Con esta nueva información, que crees entonces que ha sucedido y cómo podemos solucionarlo?

El joven se apuró a contestar —Que el señor Millar, obsesionado por no ser capaz de terminar la cuna, ha estado intentando recolectar madera y herramientas para concluirla y poder descansar en paz. La cuna ha sido el problema, podemos pedirle a los carpinteros que terminaron las ventanas que la terminen y así, el alma del señor Millar, podrá descansar en paz. Incluso el señor Abrajoz podrá poner las ventanas que quería y reemplazar nuevamente las de este carpintero.

—No —contestó enérgicamente el bigotudo—. Te equivocas. El señor Abrajoz, es un mal cliente, que empobreció y retrasó a un trabajador honesto. He sido un ingenuo al pensar que a este humilde anciano le importaba en algo el capricho del noble. Sin duda las ventanas no fueron la causa de que esta alma en pena no descansase. Pero fueron el motivo por el cual el carpintero ha perdido su tiempo y dinero. ¿Cuántas veces los que tienen el dinero para pagar, son arrogantes, y exigen mucho más de lo que pagan? Y después, solo por sentir que al despreciar, son mejores o exigentes, creen que es justo desentenderse. Astillas y cortes en la piel dura de sus laboriosos dedos, que no descansaban por la noche para cumplir con una promesa hecha por agradecimiento. No será ni la primera ni la última vez que un terrateniente llama a un humilde solo para humillarlo, para sentir que nadie estaba a la altura de sus demandas. ¿Quién comprende el tormento de aquellos honestos despreciados y desvalorizados? Por estas cosas pienso que los muertos deberían regresar más seguido. Deja, que en su vivienda, quede la marca de sus caprichos, con sus ventanas de estilos diferentes, de sus tantos cambios. Fue, después de todo lo que pidió, pero no quiso pagar. Llama a los carpinteros para que terminen la cuna y págales con el dinero que Abrajoz dejó en su tumba. Dinero que solo pagó para no tener que soportar un fantasma. Buena clausula en los futuros contratos, tendrán que tener en cuenta los sellistas, que si al recibir un buen trabajo, el cliente exige algo más, sepa que será perseguido por el contratista aun después de su muerte, para torcerle los maderos. Eso, quizás, equilibre un poco la desigualdad.

 

Se corrió la voz y desde aquella vez, en el reino de Denjiia, la gente no volvió quedarle mal los carpinteros. Aunque nunca faltó el soberbio o prepotente que encontró algún espectro en su cocina.

 

Fin.