jueves, 14 de enero de 2016

El perfume de Shinara



Leyenda Gudanguen.


               Una mujer que nunca tuvo nada tuvo una hija y fue desde entonces su mayor tesoro. El padre de la niña había muerto y ambas debían vagar por las calles de la ciudad de Jikut buscando entre la basura para poder sobrevivir. Ignoradas por todos pasaron hambre y frio. Por años las personas adineradas enviaban a sus siervos a alejarlas del palacio porque no deseaban verlas u olerlas pues estaban siempre sucias. Su madre solo había conseguido para ella unos trapos para que se vistiese y pocas veces podía lavarlos. El nombre de la joven fue olvidado pues todos la conocían como “la harapienta de Jikut”.

               La joven soñaba con algún día estar entre aquellos afortunados del palacio, con dinero para darse lujos, para comer manjares, para vestirse con seda, para tener siervos, para no tener que pasearse entre la basura buscando alimento, para ser llamada por su nombre. Odiaba su vida y todo lo que había tenido que sufrir. Cuando el hambre era mucho cualquier cosa saciaba su desesperación, fruta podrida, carroña, incluso lombrices. Si podían elegir buscaban las drupas de un arbusto que crecía por toda la región. Nadie comía esas insignificantes frutas blanquecinas de media pulgada de largo. Harían falta miles para hacer un buen alimento y de todas formas era pura semilla. Pero era siempre mejor a la fruta podrida, la carroña o las lombrices.

               Un día la madre de la harapienta de Jikut enfermó. No había nada que hacer y de todas formas no tenían a quien recurrir pues nadie abriría sus puertas para recibir a dos mendigas. La madre quería darle algo a su hija, algo para que la recordase, pero por supuesto no tenía nada. Buscó entre su ropa y lo único que pudo encontrar fue una drupa blanca.
Dijo entonces a su hija —Esto es lo único que tengo y te lo entrego a ti. Es poco, ojalá te sirva alguna vez.
La joven tomó la drupa con respeto. Con el respeto de los que no tienen nada y saben agradecer. Su madre murió allí. Aquella tarde llovía.
              
La harapienta de Jikut corrió alejándose de allí, porque no podía soportar el dolor. Porque no podía pagar un entierro. Porque no podía hacer nada más. Se perdió en las afueras de la ciudad y vagó por días con hambre apretando en su mano a la drupa. Podría haberla consumido entonces, pero de nada serviría y se iría con ello todo lo que había heredado de su madre. Sumergida en una profunda depresión eventualmente llegó hasta una aldea, donde fue despreciada como en Jikut y regresó a su vida buscando entre la basura de los demás. Allí encontró un cuenco cerámico roto en su parte superior pero que todavía podía contener cosas, por ejemplo un puñado de tierra. Llenó entonces el cuenco con tierra y dejó allí la drupa. Le dio agua y la dejó al sol. Llevó siempre el cuenco allí a donde fue. Un día salieron las primeras hojas y pronto el brote se puso más fuerte. Por primera vez en su vida poseía algo. Sintió miedo de perderlo, así como había perdido a su madre. Pero eligió ser valiente y cuidar del pequeño arbusto.

               La harapienta de Jikut llevaba siempre consigo al arbusto y las burlas no tardaron en llegar. La llamaron loca, la llamaron ridícula. Pero ella jamás desistió. El tiempo pasó y la planta creció más aún. Decidió entonces regresar a Jikut. Se había cansado de las burlas, del desprecio. Quizá en Jikut la habrían olvidado. Quizá parezca ingenuo pensar en regresar a su ciudad natal donde tan mal la pasó, pero la harapienta de Jikut no conocía nada más, y no se puede desear lo que no se conoce.
Camino a la ciudad se encontró con un joven labriego que intrigado por el arbusto la detuvo a preguntarle —¿Por qué llevas un arbusto de Shinara contigo?
La harapienta instintivamente abrazó su arbusto protegiéndolo y retrocedió asustada —¡Aléjate de mí! —gritó.
El joven no pretendía asustarla. Pero sin importar que hiciera la harapienta retrocedía. Avergonzado y sintiendo tristeza el labriego dejó de acercarse y simplemente dijo —Disculpa. No quiero hacerte daño. Va a llover dentro de poco y si quieres puedes refugiarte en mi hogar. No queda lejos de aquí pues vivo con mi padre y mis dos hermanas.
—No quiero nada de ti. —contestó la joven harapienta.
—Sé porque soy labriego que no le hará bien el agua a tu arbusto dentro de ese cuenco. Pues si se inunda y el agua no drena se pudrirán sus raíces y morirá. Puedo ayudarte a cuidarlo, si me dejas.
—¿Realmente morirá? —preguntó afligida la joven.
—Sí, pero solo si no lo proteges.
La mujer rompió en llanto. El joven pudo finalmente acercarse y ella permitió que la guiase hasta su hogar.

La familia del labriego era piadosa e intentaron ayudar a la joven que no estaba acostumbrada a ser bien recibida. Durante meses le permitieron dormir en el establo pues no quería estar en otro lugar. Las hermanas del labriego le enseñaron a coser y bordar. No necesitó volver a buscar comida entre la basura porque ellos compartían su alimento con ella a cambio de su trabajo.
Preguntó un día el labriego —¿Cuál es la historia de ese arbusto? —Pues seguía intrigado. Pero la harapienta no contestó.
Pasó más tiempo y las hermanas del labriego regalaron ropa a la harapienta, ropas humildes como la de ellas pero mejores que las que había tenido toda su vida. Preguntó entonces nuevamente el labriego —¿Por qué llevas contigo esa planta? —Pero la harapienta no contestó.
Pasó más tiempo y las hermanas del labriego lavaron y cortaron el cabello de la joven por primera vez en años y  le dieron un espejo para que se viera. La harapienta no se reconoció. Preguntó el labriego pacientemente, pues su curiosidad era grande —¿Por qué amas tanto a ese arbusto?
La harapienta de Jikut estaba angustiada y conmovida. Temía hacer enfadar a las personas que tanto habían hecho por ella así que les contó sobre su madre, sobre su regalo y sobre todo lo que había vivido.
El joven labriego dijo entonces —El arbusto de Shinara, como el que tienes, da cientos de diminutos frutos y pocas veces estos germinan, has tenido suerte de verlo crecer, pues solo has plantado uno y ha brotado. Pero para que sobreviva deberás plantarlo en tierra pues si continua en ese cuenco morirá.
—No tengo donde plantarlo. —dijo la joven.
El padre del labriego intervino —Puedes plantarlo aquí y crecerá fuerte. Pero has de saber que cuando lo hagas jamás podrás llevártelo pues si lo haces morirá.
Tuvo ella que elegir entonces entre seguir transportando la herencia de su madre a todas partes o a dejarla para que esta viviese y se hiciera más fuerte. Decidió entonces optar por lo segundo. Pensó que aun si a ella le pasara algo, estaría esta familia para cuidar del arbusto.
Ella no sabía nada sobre sembrar o sobre hierbas y si el joven no le hubiera dicho el nombre del arbusto todavía lo desconocería. Preguntó si tenía algún valor comercial pero ellos le explicaron que la fruta era demasiado pequeña para ser comida y el arbusto demasiado grande como para ser productivo sembrarlo. Solo crecía perdido en los montes y posiblemente había sido una gran solución a su hambre pero de nada servía ahora que estaba en una granja repleta de alimento que cultivaban el labriego y su padre.  Aun así la joven cuidó con amor a su herencia.

El tiempo pasó y llegó el invierno. Una guerra se desató. Eran tiempos difíciles para muchos. Los pobres pasaban hambre pero los nobles adinerados en cambio ofrecían fiestas. Los granjeros hacían falta, al menos para ese entonces, así que nadie llegaría a su hogar a reclamar por hombres. Esto alivió el temor de las hermanas del joven labriego que se habían casado y no deseaban perder a sus maridos a su padre o a su hermano. Preocupadas por otras cosas llegó a sus oídos, pues ninguno sabía leer, una invitación formal a un baile en honor a un heredero. Un joven noble deseaba casarse con una mujer hermosa.
Dijo la hermana más grande a la harapienta —Nosotras estamos casadas. ¿Por qué no vas tú al baile?
—Quizás encuentres un marido adinerado. —dijo la hermana menor.
La harapienta de Jikut siempre fue desconfiada —Aun si desease ir, no tendría que ponerme.
—Te haremos un vestido. Un hermoso vestido. —dijo la hermana mayor. Y partió junto a su hermana a confeccionar el vestido para su amiga.
Con los humildes recursos que tenían trabajaron varios días para realizar un vestido largo y sencillo que tiñeron con café para que quedase pardo, pues no tenían nada más con que teñir las telas. Estaban por entregárselo la noche anterior al baile, cuando se detuvo frente a su hogar un carruaje que transportaba a una doncella a Jikut. Su vestido era deslumbrante con hilos de oro y plata y su cabello arreglado y con tocados la hacían resaltar.
El chofer de la mujer, que era muy hermosa, preguntó —¿Hacia allí queda Jikut? —señalando a la ciudad.
—Sí. —contestó absorta la hermana menor.
El chofer las reverenció inclinando su cabeza y se retiró con su carruaje y su pasajera. Nada de lo que ellas podrían haber confeccionado se equiparaba con tal lujo y magnificencia. Aun así la joven harapienta agradeció el vestido, que era lo más hermoso que había poseído jamás. Las hermanas del labriego estaban decepcionadas de su labor. Pero la harapienta las convenció de lo hermoso de su gesto y para probar que era cierto lo que decía accedió a ir al baile. Aunque sabía que jamás podría impresionar al joven y noble heredero.

Esa noche fría fue a dormir a los pies de su arbusto aunque ella tenía su lecho que era abrigado y acogedor que se había ganado con su trabajo. Cuando amaneció vio que el arbusto de Shinara había florecido, aun en invierno. Nunca había reparado en sus racimos de flores amarillas que lo cubrían por completo, pues eran pequeñas pero numerosas y desprendían una sabrosa fragancia. Las hermanas del labriego al encontrarse con esto tuvieron una idea para mejorar el vestido. La harapienta y sus hermanas pasaron la tarde cortando los racimos de flores del arbusto y cosiéndolas al vestido. El vestido quedó cubierto de flores amarillas, brillantes y de exquisito aroma. Las mujeres adornaron el cabello de la harapienta, limpiaron sus uñas y embellecieron su rostro con improvisados cosméticos. De aquella mujer que había vivido en la basura ya nada podía observarse.
El padre del labriego la llevaría hasta la ciudad, no regresaba allí desde que era una harapienta y siempre había temido que la reconocieran, pero ahora era imposible.
—¿Eres tú? —preguntó el labriego antes de que su padre la llevase a la ciudad.
—Sí. —contestó la mujer.
—¿Iras al baile del heredero?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque se lo he prometido a tus hermanas para lucir el hermoso vestido que me han hecho —hizo una pausa y luego continuó—. Cuando era niña, comía lombrices en Jikut para sobrevivir. Jamás me aceptaban en ningún lugar, siempre envidié a los ricos con sus manjares y sus lujos, pues no tenía nada. Me fui de allí, pero no tenía a donde ir. E intenté regresar, porque no tenía a donde ir. Pero hoy tengo donde regresar.
—¿Prometes que estarás mañana?
—Sí. —contestó la harapienta, sonriendo con dulzura.
—Bien. —respondió el joven.

La harapienta de Jikut saludó a todos y fue llevada hasta la ciudad por el padre del labriego. La mujer junto valor para entrar en la fiesta. Nadie la reconoció, nadie la espanto del palacio. Pero ella si reconoció a muchos de aquellos que la habían despreciado. Se sintió triunfante de poder estar allí. De haberse superado. Entonces pasó lo que nunca hubiera esperado, el heredero de la nobleza, se fijó en ella. ¿Cómo no hacerlo? Todas allí adornadas con oro y piedras preciosas mientras que ella era la única adornada con flores. No solo su encantador perfume la hacía destacar sino que el radiante color amarillo de su vestido la hacía resplandecer entre todos allí. En pocas horas nadie hablaba de otra cosa que no fuera de ella.
—¡Que hermoso vestido llevas! —exclamó el noble.
—Sí, pero mañana estará marchito. —contestó ella.
—Si te quedas aquí, mañana estarás vestida en seda. ¿Deseas quedarte?
De pronto, todo lo que había deseado cuando era pequeña podía cumplirse, su vida sería fácil, jamás le faltaría alimento y estaría repleta de lujos. ¿Es que acaso alguien que no había tenido nada podía negarse?
—Sí. —contestó la harapienta.

El anuncio de la boda no se hizo esperar y a oídos de todo llegó la noticia que se casarían en una semana. Al heredero no le importaba la pobreza de la harapienta, solo le importaba su belleza. Las flores se marchitaron tal y como había dicho la joven pero su perfume se impregnó en su piel. Él era un hombre de palabra y la cubrió de seda y oro y ella probó todos los manjares que jamás había probado. Embriagada por el lujo pasó los días, hasta que solo faltó uno para su casamiento. Recordó entonces que había faltado a la promesa que había hecho al labriego. Y recordó y comprendió muchas cosas más. Alejada en el palacio del noble la atendían sus siervos, los mismos que la habían espantado cuando ella era joven. De todas las que habían llegado a conquistar al noble heredero solo ella había triunfado. ¿Cuantas hermosas doncellas se habrían ido a casa aquella noche sin nada? ¿Cuántos hombres y mujeres harapientos buscarían en las sobras de ese baile para poder saciar su hambre? El ínfimo regalo de su madre que ella había plantado había germinado por su cuidado, porque ella lo había intentado en vez de desistir. Pero también había habido suerte, porque como había dicho el labriego de las cientos de drupas solo algunas prosperaban. Pero al hacerlo le había dado algo porque vivir, le había dado la oportunidad de conocer a aquella familia que tan bien la había recibido. Y sin ellos no habría sabido cuando o donde plantar su arbusto, el mismo que le había dado las flores para distinguirse esa noche del baile. Era libre de pensar que todo su sufrimiento merecía ser recompensado con todo el lujo que ahora le esperaba. Pero afuera del palacio cientos de hombres y mujeres harapientas quizás jamás se encontraría con gente como la familia del labriego o jamás recibirían ni una mísera drupa. No había suficientes palacios para ellos en todo el mundo.

La harapienta de Jikut, rompió en llanto y decidió escapar. Pero entonces comprendió que era prisionera del palacio, allí donde fuera, tan llena de riquezas cualquiera la encontraría. Hizo llamar a una mendiga e intercambió ropas con ella. Se ensució con barro y basura y se alejó de allí. Huyó a pie, intentando recordar el camino a su hogar. Tras dos días fue interceptada por una carroza.
Los hombres la detuvieron y le explicaron —Nuestro noble señor ha ordenado que todas las mujeres del reino, sean nobles o humildes, se acerquen a él, pues su prometida ha escapado y desea encontrarla.
La harapienta estaba cubierta por barro y basura y los hombres la miraron con desprecio, abrieron las puertas del carruaje de donde descendió el noble en persona. El hombre la miró a los ojos sin reconocerla, entonces se acercó para olerla a ver si reconocía el perfume de Shinara. Con los días, la basura y el barro, su piel ya no desprendía la llamativa fragancia. El noble entonces la alejó con una mano y se retiró a continuar su búsqueda, sin decirle nada y con una mueca de desprecio.

Ella siguió, camino a su hogar. Cuando llegó, sorprendió la familia que la había cuidado, pues todos esperaban que se hubiera casado con el noble heredero. No esperaban verla cubierta de basura como aquella primera vez. Pero al igual que entonces la recibieron en su hogar. Preguntó ella por el labriego.
Pero el padre del joven dijo lamentándose —Mi hijo ha partido a la guerra, se ha enrolado él solo en el ejército. Fue un tonto al no decirte que se había enamorado de ti. Cuando vio que tanto habías prosperado no quiso ser egoísta y arrebatarte eso, pero no soportó el quedarse aquí para seguir esperándote. Sé que tú lo extrañarás, todos nosotros también. Yo lo necesitaba para labrar el campo así como para que me hiciera compañía.
La harapienta de Jikut había llorado demasiado. Caminó en silencio hasta el arbusto de Shinara y observándolo dijo al hombre —Yo te hare compañía junto con tus hijas. Y si me enseñas a labrar yo hare eso en lugar de tu hijo. 
—Está bien. —contestó el hombre.
—¿Cuándo volverá a florecer el arbusto? —preguntó la joven.
—No sé. No debería haber florecido ahora, debería de haber florecido en primavera, quizá lo haga entonces.

Los años pasaron y la harapienta aprendió a labrar. Y los campos en los que trabajaba siempre dieron alimento. Tanto que pudo repartir entre aquellos mendigos de Jikut, que no habían recibido jamás ni una mísera drupa.

La harapienta esperó por siempre al labrador. El arbusto jamás volvió a florecer, pero no importaba porque ya había dado muchísimos frutos.

Fin.

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