Leyenda Gudanguen.
Una mujer que nunca tuvo nada
tuvo una hija y fue desde entonces su mayor tesoro. El padre de la niña había
muerto y ambas debían vagar por las calles de la ciudad de Jikut buscando entre
la basura para poder sobrevivir. Ignoradas por todos pasaron hambre y frio. Por
años las personas adineradas enviaban a sus siervos a alejarlas del palacio porque
no deseaban verlas u olerlas pues estaban siempre sucias. Su madre solo había
conseguido para ella unos trapos para que se vistiese y pocas veces podía
lavarlos. El nombre de la joven fue olvidado pues todos la conocían como “la
harapienta de Jikut”.
La joven soñaba con algún día
estar entre aquellos afortunados del palacio, con dinero para darse lujos, para
comer manjares, para vestirse con seda, para tener siervos, para no tener que
pasearse entre la basura buscando alimento, para ser llamada por su nombre.
Odiaba su vida y todo lo que había tenido que sufrir. Cuando el hambre era
mucho cualquier cosa saciaba su desesperación, fruta podrida, carroña, incluso lombrices.
Si podían elegir buscaban las drupas de un arbusto que crecía por toda la
región. Nadie comía esas insignificantes frutas blanquecinas de media pulgada
de largo. Harían falta miles para hacer un buen alimento y de todas formas era
pura semilla. Pero era siempre mejor a la fruta podrida, la carroña o las
lombrices.
Un día la madre de la harapienta
de Jikut enfermó. No había nada que hacer y de todas formas no tenían a quien
recurrir pues nadie abriría sus puertas para recibir a dos mendigas. La madre
quería darle algo a su hija, algo para que la recordase, pero por supuesto no
tenía nada. Buscó entre su ropa y lo único que pudo encontrar fue una drupa
blanca.
Dijo entonces a su hija —Esto es lo único que tengo y te lo entrego
a ti. Es poco, ojalá te sirva alguna vez.
La joven tomó la drupa con respeto. Con el respeto de los que no
tienen nada y saben agradecer. Su madre murió allí. Aquella tarde llovía.
La harapienta de Jikut corrió alejándose de allí, porque no podía
soportar el dolor. Porque no podía pagar un entierro. Porque no podía hacer
nada más. Se perdió en las afueras de la ciudad y vagó por días con hambre
apretando en su mano a la drupa. Podría haberla consumido entonces, pero de
nada serviría y se iría con ello todo lo que había heredado de su madre.
Sumergida en una profunda depresión eventualmente llegó hasta una aldea, donde
fue despreciada como en Jikut y regresó a su vida buscando entre la basura de
los demás. Allí encontró un cuenco cerámico roto en su parte superior pero que
todavía podía contener cosas, por ejemplo un puñado de tierra. Llenó entonces
el cuenco con tierra y dejó allí la drupa. Le dio agua y la dejó al sol. Llevó
siempre el cuenco allí a donde fue. Un día salieron las primeras hojas y pronto
el brote se puso más fuerte. Por primera vez en su vida poseía algo. Sintió
miedo de perderlo, así como había perdido a su madre. Pero eligió ser valiente
y cuidar del pequeño arbusto.
La harapienta de Jikut llevaba
siempre consigo al arbusto y las burlas no tardaron en llegar. La llamaron
loca, la llamaron ridícula. Pero ella jamás desistió. El tiempo pasó y la
planta creció más aún. Decidió entonces regresar a Jikut. Se había cansado de
las burlas, del desprecio. Quizá en Jikut la habrían olvidado. Quizá parezca
ingenuo pensar en regresar a su ciudad natal donde tan mal la pasó, pero la
harapienta de Jikut no conocía nada más, y no se puede desear lo que no se
conoce.
Camino a la ciudad se encontró con un joven labriego que intrigado
por el arbusto la detuvo a preguntarle —¿Por qué llevas un arbusto de Shinara
contigo?
La harapienta instintivamente abrazó su arbusto protegiéndolo y
retrocedió asustada —¡Aléjate de mí! —gritó.
El joven no pretendía asustarla. Pero sin importar que hiciera la
harapienta retrocedía. Avergonzado y sintiendo tristeza el labriego dejó de
acercarse y simplemente dijo —Disculpa. No quiero hacerte daño. Va a llover
dentro de poco y si quieres puedes refugiarte en mi hogar. No queda lejos de
aquí pues vivo con mi padre y mis dos hermanas.
—No quiero nada de ti. —contestó la joven harapienta.
—Sé porque soy labriego que no le hará bien el agua a tu arbusto
dentro de ese cuenco. Pues si se inunda y el agua no drena se pudrirán sus
raíces y morirá. Puedo ayudarte a cuidarlo, si me dejas.
—¿Realmente morirá? —preguntó afligida la joven.
—Sí, pero solo si no lo proteges.
La mujer rompió en llanto. El joven pudo finalmente acercarse y ella
permitió que la guiase hasta su hogar.
La familia del labriego era piadosa e intentaron ayudar a la joven
que no estaba acostumbrada a ser bien recibida. Durante meses le permitieron
dormir en el establo pues no quería estar en otro lugar. Las hermanas del
labriego le enseñaron a coser y bordar. No necesitó volver a buscar comida
entre la basura porque ellos compartían su alimento con ella a cambio de su
trabajo.
Preguntó un día el labriego —¿Cuál es la historia de ese arbusto? —Pues
seguía intrigado. Pero la harapienta no contestó.
Pasó más tiempo y las hermanas del labriego regalaron ropa a la
harapienta, ropas humildes como la de ellas pero mejores que las que había
tenido toda su vida. Preguntó entonces nuevamente el labriego —¿Por qué llevas
contigo esa planta? —Pero la harapienta no contestó.
Pasó más tiempo y las hermanas del labriego lavaron y cortaron el
cabello de la joven por primera vez en años y
le dieron un espejo para que se viera. La harapienta no se reconoció.
Preguntó el labriego pacientemente, pues su curiosidad era grande —¿Por qué
amas tanto a ese arbusto?
La harapienta de Jikut estaba angustiada y conmovida. Temía hacer
enfadar a las personas que tanto habían hecho por ella así que les contó sobre
su madre, sobre su regalo y sobre todo lo que había vivido.
El joven labriego dijo entonces —El arbusto de Shinara, como el que
tienes, da cientos de diminutos frutos y pocas veces estos germinan, has tenido
suerte de verlo crecer, pues solo has plantado uno y ha brotado. Pero para que
sobreviva deberás plantarlo en tierra pues si continua en ese cuenco morirá.
—No tengo donde plantarlo. —dijo la joven.
El padre del labriego intervino —Puedes plantarlo aquí y crecerá
fuerte. Pero has de saber que cuando lo hagas jamás podrás llevártelo pues si
lo haces morirá.
Tuvo ella que elegir entonces entre seguir transportando la herencia
de su madre a todas partes o a dejarla para que esta viviese y se hiciera más
fuerte. Decidió entonces optar por lo segundo. Pensó que aun si a ella le pasara
algo, estaría esta familia para cuidar del arbusto.
Ella no sabía nada sobre sembrar o sobre hierbas y si el joven no le
hubiera dicho el nombre del arbusto todavía lo desconocería. Preguntó si tenía
algún valor comercial pero ellos le explicaron que la fruta era demasiado
pequeña para ser comida y el arbusto demasiado grande como para ser productivo
sembrarlo. Solo crecía perdido en los montes y posiblemente había sido una gran
solución a su hambre pero de nada servía ahora que estaba en una granja repleta
de alimento que cultivaban el labriego y su padre. Aun así la joven cuidó con amor a su
herencia.
El tiempo pasó y llegó el invierno. Una guerra se desató. Eran
tiempos difíciles para muchos. Los pobres pasaban hambre pero los nobles
adinerados en cambio ofrecían fiestas. Los granjeros hacían falta, al menos
para ese entonces, así que nadie llegaría a su hogar a reclamar por hombres.
Esto alivió el temor de las hermanas del joven labriego que se habían casado y
no deseaban perder a sus maridos a su padre o a su hermano. Preocupadas por
otras cosas llegó a sus oídos, pues ninguno sabía leer, una invitación formal a
un baile en honor a un heredero. Un joven noble deseaba casarse con una mujer
hermosa.
Dijo la hermana más grande a la harapienta —Nosotras estamos casadas.
¿Por qué no vas tú al baile?
—Quizás encuentres un marido adinerado. —dijo la hermana menor.
La harapienta de Jikut siempre fue desconfiada —Aun si desease ir,
no tendría que ponerme.
—Te haremos un vestido. Un hermoso vestido. —dijo la hermana mayor.
Y partió junto a su hermana a confeccionar el vestido para su amiga.
Con los humildes recursos que tenían trabajaron varios días para
realizar un vestido largo y sencillo que tiñeron con café para que quedase
pardo, pues no tenían nada más con que teñir las telas. Estaban por
entregárselo la noche anterior al baile, cuando se detuvo frente a su hogar un
carruaje que transportaba a una doncella a Jikut. Su vestido era deslumbrante
con hilos de oro y plata y su cabello arreglado y con tocados la hacían
resaltar.
El chofer de la mujer, que era muy hermosa, preguntó —¿Hacia allí
queda Jikut? —señalando a la ciudad.
—Sí. —contestó absorta la hermana menor.
El chofer las reverenció inclinando su cabeza y se retiró con su
carruaje y su pasajera. Nada de lo que ellas podrían haber confeccionado se
equiparaba con tal lujo y magnificencia. Aun así la joven harapienta agradeció
el vestido, que era lo más hermoso que había poseído jamás. Las hermanas del
labriego estaban decepcionadas de su labor. Pero la harapienta las convenció de
lo hermoso de su gesto y para probar que era cierto lo que decía accedió a ir
al baile. Aunque sabía que jamás podría impresionar al joven y noble heredero.
Esa noche fría fue a dormir a los pies de su arbusto aunque ella
tenía su lecho que era abrigado y acogedor que se había ganado con su trabajo.
Cuando amaneció vio que el arbusto de Shinara había florecido, aun en invierno.
Nunca había reparado en sus racimos de flores amarillas que lo cubrían por
completo, pues eran pequeñas pero numerosas y desprendían una sabrosa
fragancia. Las hermanas del labriego al encontrarse con esto tuvieron una idea
para mejorar el vestido. La harapienta y sus hermanas pasaron la tarde cortando
los racimos de flores del arbusto y cosiéndolas al vestido. El vestido quedó
cubierto de flores amarillas, brillantes y de exquisito aroma. Las mujeres
adornaron el cabello de la harapienta, limpiaron sus uñas y embellecieron su
rostro con improvisados cosméticos. De aquella mujer que había vivido en la
basura ya nada podía observarse.
El padre del labriego la llevaría hasta la ciudad, no regresaba allí
desde que era una harapienta y siempre había temido que la reconocieran, pero
ahora era imposible.
—¿Eres tú? —preguntó el labriego antes de que su padre la llevase a
la ciudad.
—Sí. —contestó la mujer.
—¿Iras al baile del heredero?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque se lo he prometido a tus hermanas para lucir el hermoso
vestido que me han hecho —hizo una pausa y luego continuó—. Cuando era niña,
comía lombrices en Jikut para sobrevivir. Jamás me aceptaban en ningún lugar,
siempre envidié a los ricos con sus manjares y sus lujos, pues no tenía nada.
Me fui de allí, pero no tenía a donde ir. E intenté regresar, porque no tenía a
donde ir. Pero hoy tengo donde regresar.
—¿Prometes que estarás mañana?
—Sí. —contestó la harapienta, sonriendo con dulzura.
—Bien. —respondió el joven.
La harapienta de Jikut saludó a todos y fue llevada hasta la ciudad
por el padre del labriego. La mujer junto valor para entrar en la fiesta. Nadie
la reconoció, nadie la espanto del palacio. Pero ella si reconoció a muchos de
aquellos que la habían despreciado. Se sintió triunfante de poder estar allí.
De haberse superado. Entonces pasó lo que nunca hubiera esperado, el heredero de
la nobleza, se fijó en ella. ¿Cómo no hacerlo? Todas allí adornadas con oro y
piedras preciosas mientras que ella era la única adornada con flores. No solo
su encantador perfume la hacía destacar sino que el radiante color amarillo de
su vestido la hacía resplandecer entre todos allí. En pocas horas nadie hablaba
de otra cosa que no fuera de ella.
—¡Que hermoso vestido llevas! —exclamó el noble.
—Sí, pero mañana estará marchito. —contestó ella.
—Si te quedas aquí, mañana estarás vestida en seda. ¿Deseas
quedarte?
De pronto, todo lo que había deseado cuando era pequeña podía
cumplirse, su vida sería fácil, jamás le faltaría alimento y estaría repleta de
lujos. ¿Es que acaso alguien que no había tenido nada podía negarse?
—Sí. —contestó la harapienta.
El anuncio de la boda no se hizo esperar y a oídos de todo llegó la
noticia que se casarían en una semana. Al heredero no le importaba la pobreza
de la harapienta, solo le importaba su belleza. Las flores se marchitaron tal y
como había dicho la joven pero su perfume se impregnó en su piel. Él era un
hombre de palabra y la cubrió de seda y oro y ella probó todos los manjares que
jamás había probado. Embriagada por el lujo pasó los días, hasta que solo faltó
uno para su casamiento. Recordó entonces que había faltado a la promesa que
había hecho al labriego. Y recordó y comprendió muchas cosas más. Alejada en el
palacio del noble la atendían sus siervos, los mismos que la habían espantado
cuando ella era joven. De todas las que habían llegado a conquistar al noble
heredero solo ella había triunfado. ¿Cuantas hermosas doncellas se habrían ido
a casa aquella noche sin nada? ¿Cuántos hombres y mujeres harapientos buscarían
en las sobras de ese baile para poder saciar su hambre? El ínfimo regalo de su
madre que ella había plantado había germinado por su cuidado, porque ella lo
había intentado en vez de desistir. Pero también había habido suerte, porque
como había dicho el labriego de las cientos de drupas solo algunas prosperaban.
Pero al hacerlo le había dado algo porque vivir, le había dado la oportunidad
de conocer a aquella familia que tan bien la había recibido. Y sin ellos no
habría sabido cuando o donde plantar su arbusto, el mismo que le había dado las
flores para distinguirse esa noche del baile. Era libre de pensar que todo su
sufrimiento merecía ser recompensado con todo el lujo que ahora le esperaba.
Pero afuera del palacio cientos de hombres y mujeres harapientas quizás jamás
se encontraría con gente como la familia del labriego o jamás recibirían ni una
mísera drupa. No había suficientes palacios para ellos en todo el mundo.
La harapienta de Jikut, rompió en llanto y decidió escapar. Pero
entonces comprendió que era prisionera del palacio, allí donde fuera, tan llena
de riquezas cualquiera la encontraría. Hizo llamar a una mendiga e intercambió
ropas con ella. Se ensució con barro y basura y se alejó de allí. Huyó a pie,
intentando recordar el camino a su hogar. Tras dos días fue interceptada por
una carroza.
Los hombres la detuvieron y le explicaron —Nuestro noble señor ha
ordenado que todas las mujeres del reino, sean nobles o humildes, se acerquen a
él, pues su prometida ha escapado y desea encontrarla.
La harapienta estaba cubierta por barro y basura y los hombres la
miraron con desprecio, abrieron las puertas del carruaje de donde descendió el
noble en persona. El hombre la miró a los ojos sin reconocerla, entonces se
acercó para olerla a ver si reconocía el perfume de Shinara. Con los días, la
basura y el barro, su piel ya no desprendía la llamativa fragancia. El noble
entonces la alejó con una mano y se retiró a continuar su búsqueda, sin decirle
nada y con una mueca de desprecio.
Ella siguió, camino a su hogar. Cuando llegó, sorprendió la familia
que la había cuidado, pues todos esperaban que se hubiera casado con el noble
heredero. No esperaban verla cubierta de basura como aquella primera vez. Pero
al igual que entonces la recibieron en su hogar. Preguntó ella por el labriego.
Pero el padre del joven dijo lamentándose —Mi hijo ha partido a la
guerra, se ha enrolado él solo en el ejército. Fue un tonto al no decirte que
se había enamorado de ti. Cuando vio que tanto habías prosperado no quiso ser
egoísta y arrebatarte eso, pero no soportó el quedarse aquí para seguir
esperándote. Sé que tú lo extrañarás, todos nosotros también. Yo lo necesitaba
para labrar el campo así como para que me hiciera compañía.
La harapienta de Jikut había llorado demasiado. Caminó en silencio
hasta el arbusto de Shinara y observándolo dijo al hombre —Yo te hare compañía junto
con tus hijas. Y si me enseñas a labrar yo hare eso en lugar de tu hijo.
—Está bien. —contestó el hombre.
—¿Cuándo volverá a florecer el arbusto? —preguntó la joven.
—No sé. No debería haber florecido ahora, debería de haber florecido
en primavera, quizá lo haga entonces.
Los años pasaron y la harapienta aprendió a labrar. Y los campos en
los que trabajaba siempre dieron alimento. Tanto que pudo repartir entre
aquellos mendigos de Jikut, que no habían recibido jamás ni una mísera drupa.
La harapienta esperó por siempre al labrador. El arbusto jamás
volvió a florecer, pero no importaba porque ya había dado muchísimos frutos.
Fin.

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