En
una granja muy humilde vivía una pareja de campesinos. El hombre era alto y
delgado y su mujer baja y obesa. Ambos eran muy trabajadores. El invierno los
había dejado muy pobres y como habían enfermado, no habían podido comenzar a arar
el campo. La extensión que podían trabajar y les pertenecía era grande, pero
como lo hacían con su propio esfuerzo, sus manos solo alcanzaban para dejar
preparada una pequeña porción campo. El resto se había convertido en un
matorral impenetrable lleno de yuyos y malas hierbas que llegaba hasta los
robles que delimitaban el final de su hacienda.
Una
mañana la mujer llamó a su marido y le dijo sacando dos monedas de plata de
debajo de una almohada –He estado ahorrando. Toma estas dos monedas de plata y
compra dos bueyes. Si el dinero te alcanza compra mejor un toro y una vaca, que
nos ayudarán a arar el campo y que dejarán descendencia. Así podremos tener
leche y carne además de ayuda para trabajar. Ve al pueblo y asegúrate de no
regresar con las manos vacías pues no podemos perder más tiempo. –El hombre
tomó las monedas y se dirigió al pueblo a cumplir con el mandado que le había
encomendado su mujer.
De
su hogar al pueblo había una gran distancia y el pobre campesino tuvo que
recorrerla a pie, ya que no tenía transporte. Cuando llegó estaba cansado y era
tarde. Todos los grandes mercaderes ya habían vendido su ganado y él debería
regresar con las manos vacías. Cosa que aterraba al hombre que temía las
represalias del mal carácter de su mujer.
Sucedió entonces
que un hombre muy pequeño se le acercó vestido completamente de rojo y fumando
en pipa. Y mirándolo fijamente a los ojos preguntó —¿Problema?
El campesino
contestó amargado —Sin duda. Mi mujer me ha enviado por dos animales de carga
para ayudarnos en el campo y no he conseguido ninguno.
El pequeño
hombre vestido de rojo lo miró de arriba abajo mientras masticaba la boquilla
de su pipa y su rostro desapareció tras
una bocanada de humo. Entonces le indicó al campesino —Seguir.
El hombre alto y
delgado estaba intrigado, pero no tenía nada que perder y tras alejar el humo
que no lo dejaba respirar comenzó a seguir al hombre de rojo. Caminaron hasta
llegar a un pesebre que aparentaba estar vacío. El hombre de pocas palabras le
indicó al campesino que se detuviera y entonces abrió una puerta que estaba
frente a él. Detrás de la puerta se encontraba un extraño animal que el
campesino jamás había visto. Era como una vaca, pero de la mitad de su tamaño,
la mitad de abajo estaba cubierta de un pelo largo y abultado mientras que la mitad
de arriba esta descubierta de pelo alguno. Tenía además dos cuernos pequeños y
una gran nariz.
—¿Qué es esto?
–preguntó extrañado el campesino.
—Bezul, Bezul.
–contestó el hombre de rojo indicando con sus manos al animal.
—Ahh, un
Bezulbezul.
—No. Bezul. —explicó
el otro hombre moviendo sus manos como si comprimiera algo.
—Ahh ¡Un bezul!
—Sí. —contestó
sonriendo el hombre de rojo –Bezul, bezul.
El campesino se
rascó la cabeza porque no comprendía nada –A ver. Esto es un Bezul. ¿Usted que
pretende que haga con este animalejo?
—Bezul solución
a todos sus problemas.
—¿Esto? —preguntó
desconfiado el campesino— Yo necesito dos animales fuertes para tirar del
arado.
—Bezul rinde por
dos.
—Aun si así
fuera, necesito un macho y una hembra para que se reproduzcan y den cría y
leche.
—Bezul rumiante multifunción.
Solución a todos sus problemas. –insistía el hombrecito.
—Escuche bien.
Le agradezco, pero este “torito” no me sirve.
—Este bezul
hembra. Macho más chiquito, sin cuernos.
—Bueno basta, no
me haga perder más el tiempo. No puedo llevar este animal y que no rinda.
—Bezul con
garantía. Si no le gusta le devolvemos el dinero.
—¿Quiénes me
devuelven el dinero, usted es solo una persona? —preguntó el campesino exaltado,
pero el hombre de rojo solo le sonrió. Finalmente el hombre se rindió y
preguntó—. ¿Y cuánto sale el bezul?
—Barato, barato.
Cuatro monedas de plata.
—¡Imposible! —contestó
indignado el campesino—. Es muy caro y yo solo tengo dos monedas de plata.
El mercader
meditó un segundo y contesto sonriendo –Bezul en promoción hoy cincuenta por
ciento de descuento.
El campesino
tenía bien claro que ese día no encontraría mejor oferta que la del bezul así
que resignado lo compró. El mercader se retiró satisfecho y el hombre tras atar
una soga al cuello del bezul emprendió el viaje a su hogar. En el camino
meditaba respecto a cómo convencería a su mujer de que en vez de dos bueyes
había llevado a un mísero bezul, que no tenía idea de que era hasta que lo
había visto.
Cuando llegó a
su hogar todavía era de día. La mujer lo vio a lo lejos con un solo animal y
caminó lentamente hasta donde estaba él para interceptarlo. El hombre veía que
cuanto más se acercaba su esposa más enfadada estaba.
—¿La cría de
cual animal has comprado? —preguntó enojada la esposa del campesino.
—Es un bezul.
–contestó el campesino.
—¿Un qué?
—Un bezul.
—¡Ahh un bezul! —dijo sarcásticamente la mujer.
—Sí, un bezul
bezul.
—Dime al menos
que esta cría de toro crecerá un poco más.
—No, no. Este es
un bezul hembra, los machos son más chiquitos y no tienen cuernos.
La mujer lo miró
con desprecio —¿Y esto para qué sirve?
El hombre
realmente no tenía una respuesta y no era tan buen vendedor como el hombrecito
de rojo que le había vendido al bezul así que improvisó —Y… bueno… sirve para
muchas cosas… va a resolvernos muchos problemas… es ágil, ¿observas el acabado
de la parte superior tan aerodinámico?... además es un cuadrúpedo muy activo. —tras
decir esto el bezul se desplomó en el suelo.
—¡Se ha muerto!
–dijo indignada la mujer.
El hombre viendo
que toda su inversión se perdía sin más se acercó al bezul que comenzó a roncar
—No ha muerto, ¡está durmiendo! —exclamó.
—Pero las vacas
duermen de pie. Y no roncan. Y mira —dijo más enojada aun—está sacando la
lengua.
—Pero mujer no
es una vaca, es un bez…
El hombre no
podría terminar la oración pues su mujer gritó enfurecida –¡Eres un imbécil!
Has desperdiciado nuestro dinero, y será mejor que entre tú y tu bezul sean
capaces de arar el campo.
Esa noche el
campesino no durmió en su lecho sino debajo de la mesa del comedor. Apenas pudo
cerrar los ojos por culpa de los ronquidos del bezul que no se movió en toda la
noche de allí donde se había tirado. Al alba ambos se despertaron por los
extraños mugidos de bezul.
—Muu-mu-mu-mu-mu. Muu-mu-mu-mu-mu. —mugía el bezul.
La mujer se acercó
hasta donde estaba el hombre, debajo de la mesa, un poco angustiada de haber
sido tan severa con él. Pero bastó con que el bezul no desistiera con sus mugidos
para que su enojo regresara —Ve, anda, despierta. Mientras preparo el desayuno
ve a ver que quiere tu vaquita que se cree gallo.
—Que no es
vaquita, es un bezul. —contestó su marido.
Afuera
nuevamente el hombre se refregaba el rostro intentando quitarse el sueño. Encontró
al bezul nuevamente parado y tan pronto como el animal lo vio dejó de mugir.
Tomó la soga que estaba atada al cuello del bezul para guiarlo hasta donde estaba
el arado, pero pronto notó que no hacía falta tirar de ella pues el bezul lo
seguía solo. Con un poco de ingenio ató al animal al arado, que estaba diseñado
para dos animales, y comenzó con su trabajo. Cuando su mujer se acercó a
llamarlo para desayunar para sorpresa de ambos el bezul había arado gran parte
del campo, pues se movía rápido y tiraba con fuerza. La mujer enmudeció y el
hombre intuyó que esa noche si dormiría en su lecho.
En tres días el
bezul aró todo el campo que tenían preparado para trabajar y recuperaron el
tiempo perdido de cuando habían estado enfermos. Pues el bezul trabajaba desde
el alba hasta el anochecer cuando se tiraba rendido al suelo a roncar. Pero tan
rendidor había resultado el animal que no les importaba. El bezul necesitaba
alimentarse así que, ella sola, comenzó a devorar el pastizal abandonado de la
granja. Entonces el espacio cultivable del lugar aumentó y siguieron utilizando
la ayuda del bezul para arar más campo. Araron y sembraron todo lo que pudieron
y de pronto comenzaron a tener ganancias.
Cuando llegó el
otoño y ya habían cosechado habían recuperado la inversión que habían hecho en
el bezul. La mujer descubrió que parte de su obesidad se debía a que estaba
embarazada. La pareja se alegró de que fueran a tener un hijo y estaban felices
y seguros de que con la ayuda del bezul iban a tener para alimentarlo bien.
Pero un día la mujer comenzó con dolores y temió que fuera a perder a su hijo.
Estaban alejados de cualquier curandero y sin transporte. El campesino entonces
pensó que así como el bezul tiraba del arado a toda velocidad, quizá pudiera
llevarlos hasta el pueblo rápidamente. Así que ensilló al bezul, le pidió
disculpas por el acto de explotación animal que seguía perpetuando, se subió y subió
a su mujer. El bezul los llevó a paso seguro mejor que cualquier caballo que
hubiera ido más rápido pero nunca más lejos. El medico salvó la vida de la
mujer y el nonato pero esto nunca hubiera sido posible sin la ayuda del bezul
que los había llevado seguros al pueblo. La niña nació sana y regresaron a
vivir tranquilos a su hogar.
El invierno los sorprendió
con terribles ventiscas y un frio extremo. Se habían encariñado con el bezul y
lo dejaban dormir dentro de la casa para que no pasase frio. Un día hacia
muchísimo frio y no importaba cuanta leña echasen al fuego la habitación no se
calefaccionaba. La mujer pasaba frio y peor aún la beba pasaba frio.
El bezul comenzó
con su característico mugido —Muu-mu-mu-mu-mu. Muu-mu-mu-mu-mu. —Y luego con
sus dientes cortó el pelo largo y abultado que crecía en la mitad de debajo de
su cuerpo. La mujer siguió cortando el pelo del animal y tras hilarlo tejió
unas mantas y unos abrigos para su hija. El bezul nuevamente les brindaba su
servicio.
Para cuando
regresó la primavera el bezul había terminado de pastar todo la hacienda de los
campesinos, que había destinado un sector especial solo para que ella pudiera
seguir alimentándose. De esta forma el bezul jamás pasaría hambre. Ahora podían
utilizar al máximo sus tierras y estaban más que satisfechos. Pero el bezul seguiría
sorprendiéndolos. Allí en los lindes de su territorio, debajo de un roble la
bezul mugió llamando a los campesinos.
— Muu-mu-mu-mu-mu. Muu-mu-mu-mu-mu.
Cuando llegaron
descubrieron que con su gran olfato el bezul había encontrado trufas en las raíces
de los robles. Estas trufas le dejarían mucho más dinero que trabajar todo su
campo pues eran un manjar que compraban solo los nobles.
Después de esto
los campesinos dejaron de tener problemas económicos y pudieron llevar una
buena vida junto a su hija y su bezul. La mujer aprendió la valiosa lección de
no juzgar las cosas por su apariencia, pues a veces algo muy pequeño puede
resultar de mucha ayuda. No obstante se volvieron bastante dependientes del
animal y sus múltiples servicios. Tan es así que un día tras pelar unas papas,
para hacer una tortilla, la mujer, sartén en mano, fue a preguntar a su marido —¿Y pondrá huevos
también?
Fin.
Referencias:
1) Bezul
2) Roble negro
3) Vaca común de Kiem
4) Papa
5) Trufa

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