sábado, 23 de enero de 2016

La mejor oferta

Leyenda Denjiien.


            En una granja muy humilde vivía una pareja de campesinos. El hombre era alto y delgado y su mujer baja y obesa. Ambos eran muy trabajadores. El invierno los había dejado muy pobres y como habían enfermado, no habían podido comenzar a arar el campo. La extensión que podían trabajar y les pertenecía era grande, pero como lo hacían con su propio esfuerzo, sus manos solo alcanzaban para dejar preparada una pequeña porción campo. El resto se había convertido en un matorral impenetrable lleno de yuyos y malas hierbas que llegaba hasta los robles que delimitaban el final de su hacienda.
            Una mañana la mujer llamó a su marido y le dijo sacando dos monedas de plata de debajo de una almohada –He estado ahorrando. Toma estas dos monedas de plata y compra dos bueyes. Si el dinero te alcanza compra mejor un toro y una vaca, que nos ayudarán a arar el campo y que dejarán descendencia. Así podremos tener leche y carne además de ayuda para trabajar. Ve al pueblo y asegúrate de no regresar con las manos vacías pues no podemos perder más tiempo. –El hombre tomó las monedas y se dirigió al pueblo a cumplir con el mandado que le había encomendado su mujer.
            De su hogar al pueblo había una gran distancia y el pobre campesino tuvo que recorrerla a pie, ya que no tenía transporte. Cuando llegó estaba cansado y era tarde. Todos los grandes mercaderes ya habían vendido su ganado y él debería regresar con las manos vacías. Cosa que aterraba al hombre que temía las represalias del mal carácter de su mujer.
Sucedió entonces que un hombre muy pequeño se le acercó vestido completamente de rojo y fumando en pipa. Y mirándolo fijamente a los ojos preguntó —¿Problema?
El campesino contestó amargado —Sin duda. Mi mujer me ha enviado por dos animales de carga para ayudarnos en el campo y no he conseguido ninguno.
El pequeño hombre vestido de rojo lo miró de arriba abajo mientras masticaba la boquilla de su pipa y su rostro desapareció  tras una bocanada de humo. Entonces le indicó al campesino —Seguir.
El hombre alto y delgado estaba intrigado, pero no tenía nada que perder y tras alejar el humo que no lo dejaba respirar comenzó a seguir al hombre de rojo. Caminaron hasta llegar a un pesebre que aparentaba estar vacío. El hombre de pocas palabras le indicó al campesino que se detuviera y entonces abrió una puerta que estaba frente a él. Detrás de la puerta se encontraba un extraño animal que el campesino jamás había visto. Era como una vaca, pero de la mitad de su tamaño, la mitad de abajo estaba cubierta de un pelo largo y abultado mientras que la mitad de arriba esta descubierta de pelo alguno. Tenía además dos cuernos pequeños y una gran nariz.
—¿Qué es esto? –preguntó extrañado el campesino.
—Bezul, Bezul. –contestó el hombre de rojo indicando con sus manos al animal.
—Ahh, un Bezulbezul.
—No. Bezul. —explicó el otro hombre moviendo sus manos como si comprimiera algo.
—Ahh ¡Un bezul!
—Sí. —contestó sonriendo el hombre de rojo –Bezul, bezul.
El campesino se rascó la cabeza porque no comprendía nada –A ver. Esto es un Bezul. ¿Usted que pretende que haga con este animalejo?
—Bezul solución a todos sus problemas.
—¿Esto? —preguntó desconfiado el campesino— Yo necesito dos animales fuertes para tirar del arado.
—Bezul rinde por dos.
—Aun si así fuera, necesito un macho y una hembra para que se reproduzcan y den cría y leche.
—Bezul rumiante multifunción. Solución a todos sus problemas. –insistía el hombrecito.
—Escuche bien. Le agradezco, pero este “torito” no me sirve.
—Este bezul hembra. Macho más chiquito, sin cuernos.
—Bueno basta, no me haga perder más el tiempo. No puedo llevar este animal y que no rinda.
—Bezul con garantía. Si no le gusta le devolvemos el dinero.
—¿Quiénes me devuelven el dinero, usted es solo una persona? —preguntó el campesino exaltado, pero el hombre de rojo solo le sonrió. Finalmente el hombre se rindió y preguntó—. ¿Y cuánto sale el bezul?
—Barato, barato. Cuatro monedas de plata.
—¡Imposible! —contestó indignado el campesino—. Es muy caro y yo solo tengo dos monedas de plata.
El mercader meditó un segundo y contesto sonriendo –Bezul en promoción hoy cincuenta por ciento de descuento.
El campesino tenía bien claro que ese día no encontraría mejor oferta que la del bezul así que resignado lo compró. El mercader se retiró satisfecho y el hombre tras atar una soga al cuello del bezul emprendió el viaje a su hogar. En el camino meditaba respecto a cómo convencería a su mujer de que en vez de dos bueyes había llevado a un mísero bezul, que no tenía idea de que era hasta que lo había visto.
Cuando llegó a su hogar todavía era de día. La mujer lo vio a lo lejos con un solo animal y caminó lentamente hasta donde estaba él para interceptarlo. El hombre veía que cuanto más se acercaba su esposa más enfadada estaba.
—¿La cría de cual animal has comprado? —preguntó enojada la esposa del campesino.
—Es un bezul. –contestó el campesino.
—¿Un qué?
—Un bezul.
—¡Ahh un bezul! dijo sarcásticamente la mujer.
—Sí, un bezul bezul.
—Dime al menos que esta cría de toro crecerá un poco más.
—No, no. Este es un bezul hembra, los machos son más chiquitos y no tienen cuernos.
La mujer lo miró con desprecio —¿Y esto para qué sirve?
El hombre realmente no tenía una respuesta y no era tan buen vendedor como el hombrecito de rojo que le había vendido al bezul así que improvisó —Y… bueno… sirve para muchas cosas… va a resolvernos muchos problemas… es ágil, ¿observas el acabado de la parte superior tan aerodinámico?... además es un cuadrúpedo muy activo. —tras decir esto el bezul se desplomó en el suelo.
—¡Se ha muerto! –dijo indignada la mujer.
El hombre viendo que toda su inversión se perdía sin más se acercó al bezul que comenzó a roncar —No ha muerto, ¡está durmiendo! —exclamó.
—Pero las vacas duermen de pie. Y no roncan. Y mira —dijo más enojada aun—está sacando la lengua.
—Pero mujer no es una vaca, es un bez…
El hombre no podría terminar la oración pues su mujer gritó enfurecida –¡Eres un imbécil! Has desperdiciado nuestro dinero, y será mejor que entre tú y tu bezul sean capaces de arar el campo.
Esa noche el campesino no durmió en su lecho sino debajo de la mesa del comedor. Apenas pudo cerrar los ojos por culpa de los ronquidos del bezul que no se movió en toda la noche de allí donde se había tirado. Al alba ambos se despertaron por los extraños mugidos de bezul.
—Muu-mu-mu-mu-mu. Muu-mu-mu-mu-mu. —mugía el bezul.
La mujer se acercó hasta donde estaba el hombre, debajo de la mesa, un poco angustiada de haber sido tan severa con él. Pero bastó con que el bezul no desistiera con sus mugidos para que su enojo regresara —Ve, anda, despierta. Mientras preparo el desayuno ve a ver que quiere tu vaquita que se cree gallo.
—Que no es vaquita, es un bezul. —contestó su marido.
Afuera nuevamente el hombre se refregaba el rostro intentando quitarse el sueño. Encontró al bezul nuevamente parado y tan pronto como el animal lo vio dejó de mugir. Tomó la soga que estaba atada al cuello del bezul para guiarlo hasta donde estaba el arado, pero pronto notó que no hacía falta tirar de ella pues el bezul lo seguía solo. Con un poco de ingenio ató al animal al arado, que estaba diseñado para dos animales, y comenzó con su trabajo. Cuando su mujer se acercó a llamarlo para desayunar para sorpresa de ambos el bezul había arado gran parte del campo, pues se movía rápido y tiraba con fuerza. La mujer enmudeció y el hombre intuyó que esa noche si dormiría en su lecho.

En tres días el bezul aró todo el campo que tenían preparado para trabajar y recuperaron el tiempo perdido de cuando habían estado enfermos. Pues el bezul trabajaba desde el alba hasta el anochecer cuando se tiraba rendido al suelo a roncar. Pero tan rendidor había resultado el animal que no les importaba. El bezul necesitaba alimentarse así que, ella sola, comenzó a devorar el pastizal abandonado de la granja. Entonces el espacio cultivable del lugar aumentó y siguieron utilizando la ayuda del bezul para arar más campo. Araron y sembraron todo lo que pudieron y de pronto comenzaron a tener ganancias.

Cuando llegó el otoño y ya habían cosechado habían recuperado la inversión que habían hecho en el bezul. La mujer descubrió que parte de su obesidad se debía a que estaba embarazada. La pareja se alegró de que fueran a tener un hijo y estaban felices y seguros de que con la ayuda del bezul iban a tener para alimentarlo bien. Pero un día la mujer comenzó con dolores y temió que fuera a perder a su hijo. Estaban alejados de cualquier curandero y sin transporte. El campesino entonces pensó que así como el bezul tiraba del arado a toda velocidad, quizá pudiera llevarlos hasta el pueblo rápidamente. Así que ensilló al bezul, le pidió disculpas por el acto de explotación animal que seguía perpetuando, se subió y subió a su mujer. El bezul los llevó a paso seguro mejor que cualquier caballo que hubiera ido más rápido pero nunca más lejos. El medico salvó la vida de la mujer y el nonato pero esto nunca hubiera sido posible sin la ayuda del bezul que los había llevado seguros al pueblo. La niña nació sana y regresaron a vivir tranquilos a su hogar.

El invierno los sorprendió con terribles ventiscas y un frio extremo. Se habían encariñado con el bezul y lo dejaban dormir dentro de la casa para que no pasase frio. Un día hacia muchísimo frio y no importaba cuanta leña echasen al fuego la habitación no se calefaccionaba. La mujer pasaba frio y peor aún la beba pasaba frio.
El bezul comenzó con su característico mugido —Muu-mu-mu-mu-mu. Muu-mu-mu-mu-mu. —Y luego con sus dientes cortó el pelo largo y abultado que crecía en la mitad de debajo de su cuerpo. La mujer siguió cortando el pelo del animal y tras hilarlo tejió unas mantas y unos abrigos para su hija. El bezul nuevamente les brindaba su servicio.

Para cuando regresó la primavera el bezul había terminado de pastar todo la hacienda de los campesinos, que había destinado un sector especial solo para que ella pudiera seguir alimentándose. De esta forma el bezul jamás pasaría hambre. Ahora podían utilizar al máximo sus tierras y estaban más que satisfechos. Pero el bezul seguiría sorprendiéndolos. Allí en los lindes de su territorio, debajo de un roble la bezul mugió llamando a los campesinos.
— Muu-mu-mu-mu-mu. Muu-mu-mu-mu-mu.
Cuando llegaron descubrieron que con su gran olfato el bezul había encontrado trufas en las raíces de los robles. Estas trufas le dejarían mucho más dinero que trabajar todo su campo pues eran un manjar que compraban solo los nobles.

Después de esto los campesinos dejaron de tener problemas económicos y pudieron llevar una buena vida junto a su hija y su bezul. La mujer aprendió la valiosa lección de no juzgar las cosas por su apariencia, pues a veces algo muy pequeño puede resultar de mucha ayuda. No obstante se volvieron bastante dependientes del animal y sus múltiples servicios. Tan es así que un día tras pelar unas papas, para hacer una tortilla, la mujer, sartén en mano,  fue a preguntar a su marido —¿Y pondrá huevos también?


Fin.

Referencias:
1) Bezul
2) Roble negro
3) Vaca común de Kiem
4) Papa
5) Trufa

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