domingo, 26 de junio de 2016

El día de las ratas



Leyenda Gullien.


               Hubo un tiempo en que el reino de Gull se vio amenazado por una invasión de ratas que duró décadas. Ellas traían el hambre y las enfermedades. Nadie estaba a salvo, ni siquiera los más poderosos. Las ratas lo devoraban todo y ningún lugar parecía seguro. Para mantener a raya a esta invasión los nobles de Gull buscaron crear al gato perfecto y tras seleccionar y cruzar a muchos y después de varias generaciones lo consiguieron. Lo llamaron gato de oro pues su pelaje era amarillo brillante y aunque casi no poseía bigotes sus patas eran largas y su cuerpo delgado, lo que lo hacía muy veloz. Estos gatos se convirtieron en los consentidos de la realeza y en sus mascotas predilectas, y tenían permiso de deambular por cualquier parte sin ser molestados, pues allí donde fueran no habría ratas.
               Los plebeyos de Gull recurrían a cualquier otra raza de gatos para acabar con las ratas. Cualquier gato que matase a una rata era un buen aliado. Pero como siempre, había un rebelde. Un gato que no quería cazar ratas. No porque no pudiese, sino porque no lo divertía y las ratas en sí le parecían desagradables. Él, en cambio, prefería el sabor de un buen queso, de las olivas y la leche y el pescado fresco. Tanto le gustaba que aprendió a abrir las puertas. Ninguna puerta que no hubiese sido cerrada con llave era un obstáculo para él. Los picaportes, las cuerdas, las trabas, nada lo detenía. Con facilidad saltaba hasta un picaporte y empujaba la puerta que daba a una cocina para robar alimento. Con facilidad mordía una cuerda hasta aflojarla y con facilidad empujaba con su hocico o sus patas, las trabas hasta zafarlas.
               A pesar de los gatos, de oro o no, las ratas eran cada vez más. Cansado de esto, el gobernante de una ciudad, llamada Sarell, que no deseaba compartir sus manjares con las invasoras, ordenó construir una gran bóveda con una sola puerta donde almacenaría todas las delicias que pudiera. Pero aunque la ciudad en algún momento había sido prospera para ese entonces los lujos no sobraban. Tras construir su gran almacén y fortificarlo con guardias envió a sus soldados a confiscar los alimentos del pueblo, para poder llenar sus arcas. Fue entonces que la gente pasó verdadera hambre. Mucha hambre. El pueblo llegó a extrañar las ratas. El gato que sabía abrir puertas ya no encontraba comida en las cocinas y él también empezó a pasar hambre. Como todo gato era muy inteligente y supo entonces que hacer, seguir a las ratas. Si alguien sabia donde quedaba comida eran ellas. Y muchas de ellas iban al gran almacén, a la bóveda de Sarell. Pero ninguna rata podía atravesar la puerta reforzada con metal o los bloques de granito colocados uno al lado del otro con extremo cuidado, que eran impenetrables. Ningún hombre podía llegar a la puerta pues no podía superar a los guardias y no faltaron las revueltas. Pero los gatos podían ir donde quisiesen. El gato rebelde no era dorado ni cazaba ratas pero a ningún guardia le molestó su deambular por los pasillos de las murallas que protegían a la bóveda de Sarell. Cuando el gato se enfrentó por primera vez a la puerta, esta, estaba sin protección. El gobernante de la ciudad había enviado lejos a los guardias para que no se tentasen de entrar pues solo él podía visitar el salón de los manjares. El gato saltó para colgarse del picaporte pero la puerta estaba cerrada con llave. Aquel que piensa que los gatos son impacientes se equivoca, pues si algo son estas criaturas es obstinadas. No era la primera puerta con llave que lo detenía así que simplemente se sentó a esperar, entre las sombras. Observó al gobernante todas las noches llegar a escondidas para abrir la puerta y darse festines mientas a su alrededor los hombres morían de inanición. Cuanta más hambre pasaba el pueblo más ratas rodeaban las murallas de la bóveda y pronto los gatos de oro gordos de sus presas no dieron a basto. Allí donde pisases había una rata, pero todas por fuera de la bóveda y eso era suficiente para el gobernante. Pero un día, sucedió lo inevitable, el tirano que había dejado pasar hambre y miseria a sus súbditos tras darse un largo y egoísta festín olvidó cerrar la puerta con llave. Los guardias estaban lejos y no lo notaron, pero alguien si lo notó. El gato, tan pronto escuchó que el hombre se alejaba lo suficiente como para no verlo, agazapado se acercó a la puerta y nuevamente saltó para alcanzar el picaporte, y esta vez la puerta se abrió. A su merced quedó el exquisito queso, las sabrosas frutas, la carne seca. Y detrás de él llegaron las miles de miles de ratas hambrientas que ya nada ni nadie podían controlar, pues hambrientas al extremo arriesgaban sus vidas, en las fauces de los gatos, rodeando el único lugar con alimento que todavía quedaba esperando una oportunidad. Y en una sola noche lo devoraron todo. Para cuando el tirano lo notó ya era demasiado tarde. El pueblo pronto se enteró y festejaron y celebraron a las ratas y al gato que ese día habían conseguido que su gobernante pasase la misma hambre que ellos pasaban día a día por su culpa. El hombre si vio obligado a abandonar sus esfuerzos por almacenar comida y el pueblo volvió a comer. Hasta se acostumbraron a las ratas. Y en Sarell, aunque no sea una celebración oficial promovida por el estado de Gull, desde ese día todos los años se conmemora el “día de las ratas.”

Fin.


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