Leyenda Gullien.
Hubo
un tiempo en que el reino de Gull se vio amenazado por una invasión de ratas
que duró décadas. Ellas traían el hambre y las enfermedades. Nadie estaba a
salvo, ni siquiera los más poderosos. Las ratas lo devoraban todo y ningún
lugar parecía seguro. Para mantener a raya a esta invasión los nobles de Gull
buscaron crear al gato perfecto y tras seleccionar y cruzar a muchos y después
de varias generaciones lo consiguieron. Lo llamaron gato de oro pues su pelaje
era amarillo brillante y aunque casi no poseía bigotes sus patas eran largas y
su cuerpo delgado, lo que lo hacía muy veloz. Estos gatos se convirtieron en
los consentidos de la realeza y en sus mascotas predilectas, y tenían permiso
de deambular por cualquier parte sin ser molestados, pues allí donde fueran no
habría ratas.
Los
plebeyos de Gull recurrían a cualquier otra raza de gatos para acabar con las
ratas. Cualquier gato que matase a una rata era un buen aliado. Pero como
siempre, había un rebelde. Un gato que no quería cazar ratas. No porque no
pudiese, sino porque no lo divertía y las ratas en sí le parecían
desagradables. Él, en cambio, prefería el sabor de un buen queso, de las olivas
y la leche y el pescado fresco. Tanto le gustaba que aprendió a abrir las
puertas. Ninguna puerta que no hubiese sido cerrada con llave era un obstáculo
para él. Los picaportes, las cuerdas, las trabas, nada lo detenía. Con
facilidad saltaba hasta un picaporte y empujaba la puerta que daba a una cocina
para robar alimento. Con facilidad mordía una cuerda hasta aflojarla y con
facilidad empujaba con su hocico o sus patas, las trabas hasta zafarlas.
A
pesar de los gatos, de oro o no, las ratas eran cada vez más. Cansado de esto,
el gobernante de una ciudad, llamada Sarell, que no deseaba compartir sus
manjares con las invasoras, ordenó construir una gran bóveda con una sola
puerta donde almacenaría todas las delicias que pudiera. Pero aunque la ciudad
en algún momento había sido prospera para ese entonces los lujos no sobraban.
Tras construir su gran almacén y fortificarlo con guardias envió a sus soldados
a confiscar los alimentos del pueblo, para poder llenar sus arcas. Fue entonces
que la gente pasó verdadera hambre. Mucha hambre. El pueblo llegó a extrañar
las ratas. El gato que sabía abrir puertas ya no encontraba comida en las
cocinas y él también empezó a pasar hambre. Como todo gato era muy inteligente
y supo entonces que hacer, seguir a las ratas. Si alguien sabia donde quedaba
comida eran ellas. Y muchas de ellas iban al gran almacén, a la bóveda de
Sarell. Pero ninguna rata podía atravesar la puerta reforzada con metal o los
bloques de granito colocados uno al lado del otro con extremo cuidado, que eran
impenetrables. Ningún hombre podía llegar a la puerta pues no podía superar a
los guardias y no faltaron las revueltas. Pero los gatos podían ir donde
quisiesen. El gato rebelde no era dorado ni cazaba ratas pero a ningún guardia
le molestó su deambular por los pasillos de las murallas que protegían a la
bóveda de Sarell. Cuando el gato se enfrentó por primera vez a la puerta, esta,
estaba sin protección. El gobernante de la ciudad había enviado lejos a los
guardias para que no se tentasen de entrar pues solo él podía visitar el salón
de los manjares. El gato saltó para colgarse del picaporte pero la puerta
estaba cerrada con llave. Aquel que piensa que los gatos son impacientes se
equivoca, pues si algo son estas criaturas es obstinadas. No era la primera
puerta con llave que lo detenía así que simplemente se sentó a esperar, entre
las sombras. Observó al gobernante todas las noches llegar a escondidas para
abrir la puerta y darse festines mientas a su alrededor los hombres morían de
inanición. Cuanta más hambre pasaba el pueblo más ratas rodeaban las murallas
de la bóveda y pronto los gatos de oro gordos de sus presas no dieron a basto. Allí
donde pisases había una rata, pero todas por fuera de la bóveda y eso era
suficiente para el gobernante. Pero un día, sucedió lo inevitable, el tirano
que había dejado pasar hambre y miseria a sus súbditos tras darse un largo y
egoísta festín olvidó cerrar la puerta con llave. Los guardias estaban lejos y
no lo notaron, pero alguien si lo notó. El gato, tan pronto escuchó que el
hombre se alejaba lo suficiente como para no verlo, agazapado se acercó a la
puerta y nuevamente saltó para alcanzar el picaporte, y esta vez la puerta se
abrió. A su merced quedó el exquisito queso, las sabrosas frutas, la carne
seca. Y detrás de él llegaron las miles de miles de ratas hambrientas que ya
nada ni nadie podían controlar, pues hambrientas al extremo arriesgaban sus
vidas, en las fauces de los gatos, rodeando el único lugar con alimento que todavía
quedaba esperando una oportunidad. Y en una sola noche lo devoraron todo. Para
cuando el tirano lo notó ya era demasiado tarde. El pueblo pronto se enteró y
festejaron y celebraron a las ratas y al gato que ese día habían conseguido que
su gobernante pasase la misma hambre que ellos pasaban día a día por su culpa. El
hombre si vio obligado a abandonar sus esfuerzos por almacenar comida y el
pueblo volvió a comer. Hasta se acostumbraron a las ratas. Y en Sarell, aunque
no sea una celebración oficial promovida por el estado de Gull, desde ese día
todos los años se conmemora el “día de las ratas.”
Fin.
Referencias:
1) Gato de oro.
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