lunes, 7 de marzo de 2016

Los tres árboles



A Mónica, por soñar.

Leyenda Nicerien.

Un importante noble del reino había contratado a dos jóvenes arquitectos para la construcción de un palacio. Ambos jóvenes habían tenido el mismo maestro y habían superado sus estudios con honores. Durante su estadía en la universidad se habían hecho muy amigos, pero al comenzar el trabajo que el noble les había encomendado surgieron muchos problemas. Mientras que uno era un conservador clásico, el otro traía los más disparatados proyectos. El arquitecto más conservador no se encontraba cómodo con la situación, mientras que el otro ideaba proyectos inconstruibles. Sus planos eran verdaderas obras de arte, pero imposibles de llevar a la práctica. Y para empeorar las cosas el arquitecto menos conservador era bastante obstinado. Pasó un mes y no habían colocado ni una sola piedra porque no podían ponerse de acuerdo. Estaban a punto de perder el trabajo y el arquitecto más conservador comenzaba a considerar deshacerse de su buen amigo pues esto era una cuestión de negocios.

Preocupado por la situación, el arquitecto conservador, decidió buscar consejo en quien había sido su más grande maestro. El hombre de avanzada edad lo recibió en su despacho y su discípulo descargó sobre él todas sus dudas y preocupaciones, sobre su proyecto, sobre su amigo y socio y sobre la posibilidad de despedirlo por el poco contacto con la realidad que este tenía. No podía entender como habiendo estudiado lo mismo y habiendo tenido la misma trayectoria estuvieran transitando caminos tan disimiles.

En vista de que el proyecto no avanzaba el maestro le recomendó a su alumno que se tomase unos días para visitar la cima de la montaña del Enerinan al oeste del reino, que no quedaba lejos de donde estaban. Le dijo que él había estado en su juventud y que le había servido mucho aprender de quienes habitaban allí. Y específicamente le recomendó que preguntase por el nombre de los tres árboles. El arquitecto conservador agradeció el consejo e intrigado por las recomendaciones, aviso de su ausencia y se dirigió camino a la cima de la montaña del Enerinan.

El Enerinan, supuestamente, era un árbol similar a un nogal pero de proporciones mucho mayores, que un gigante había plantado allí. Con sus propias manos había cavado una fosa de donde había surgido un rio que caía por la montaña y que hacía de límite con un reino lindante. El arquitecto jamás había escuchado de que allí viviese alguien, pero el viaje no era difícil, el árbol gracias a su tamaño podía verse a lo lejos e incluso desde debajo de la montaña. Cuando llegó a la cima se detuvo a contemplar al majestuoso árbol. Había nueces en el suelo, cerca de sus raíces tan grandes como su cabeza. Desde arriba se obtenía una hermosa vista de su reino. El lugar le resultó asombroso, pero no había allí rastros de ninguna persona. Cansado por su viaje se acercó a la orilla del rio del cual se nutría el Enerinan y se tiró a descansar. No supo cuánto tiempo pasó dormido hasta que unos ruidos lo despertaron. Cuando abrió los ojos vio a una diminuta mujer del otro lado del rio. De cabellos rojizos y rostro hermoso. Estaba vestida con telas rusticas y en su cabeza llevaba una tiara hecha de madera de donde colgaba un velo. Esta criatura juntaba agua en la cascara de una nuez que le funcionaba muy bien como cuenco.
               —¿Qué haces? —preguntó el arquitecto.
               —¡Ah! —gritó asustada la mujer—. ¿Por qué me acechas? ¿Qué haces aquí? —preguntó la mujer con una voz aguda.
               —Calma niña. Me disculpo, no era mi intención asustarte.
               La criatura se cubrió el rostro con el velo y dejó caer su nuez con agua –Yo no soy ninguna niña –aclaró algo ofendida—¿Qué eres tú, un hombre o un elfo? Pues tú no eres un enano.
               —Yo soy un hombre, un arquitecto. ¿Tú eres una enana? Nunca creí llegar a ver a una.
               —Sí, señor hombre –contestó ella enojada—. Soy una enana. ¿Qué hace usted aquí? He preguntado. –insistió la enana.
               —Mi maestro me envió aquí para aprender. Ya te he dicho que soy un arquitecto. Ustedes los enanos son los más grandes arquitectos que han existido, de seguro podré aprender mucho de ustedes.
               La enana soltó a reír —¿Ves tú algún edificio aquí? Te has equivocado de enanos y digo bien porque aquí no encontraras a ninguno, solo estamos nosotras. No hay ningún enano hombre aquí.
               —¡Oh! —contestó el hombre decepcionado— ¿Y para que juntas el agua?
               —¡Pues para regar unos árboles!
               —¿Y esa poca agua será suficiente?
               —No, tendré que hacer otros viajes.
               —¿Y por qué no te ayudan tus compañeras?
               —Haces demasiadas preguntas hombre —contestó algo irritada la enana—Veras, mis hermanas están más calificadas para algunos trabajos que yo, así que me ponen a realizar estos otros trabajos. No es que a mí me moleste tampoco. –La enana retomó sus labores y volvió a llenar la nuez con agua.
—¿Puedo hacerte una sugerencia? –preguntó amablemente el hombre.
La enana levantó la nuez y esta se le resbaló de sus manos. Volvió a tomar la nuez y a llenarla de agua y contestó sin mirarlo –Dime.
—Se nota que eres fuerte, seguramente más que yo…
—Sin duda. –dijo la enana altaneramente.
—Bien, pues podrías llevar dos nueces a donde sea que las lleves haciendo solo un viaje.
—¿Cómo, esta nuez es grande y necesito ambas manos para manejarla?
—Mira. –El hombre tomó otras dos cascaras de nueces que había por todo el suelo y con un cuchillo talló varios agujeros en su parte superior. Luego tomó varias ramas, que también estaban desparramadas por todo el suelo, separó las más secas y duras de las más frescas y flexibles. Entrelazó las más flexibles entre si haciendo sogas improvisadas y las ató a los agujeros que había hecho en las nueces. Luego tomó una rama seca y larga y ató las sogas a cada uno de sus extremos. Tras esto llenó las nueces con agua y parándose en la mitad de la rama seca levantó ambas nueces—. Si cargas el peso en tus brazos te cansaras pronto, pero si lo haces usando todo tu cuerpo se te hará mucho más fácil y rápido. Si lo deseas puedo ayudarte y entonces haremos el trabajo de tu día cuatro veces más rápido.
El hombre no le había revelado ningún misterio, era algo que había aprendido hace mucho, pero a la enana le resultó fascinante. No solo había encontrado una solución más práctica rápidamente, demostrando conocimiento sino que aparte se mostraba voluntarioso. La enana decidió poner a prueba su tenacidad. Y aceptó su ofrecimiento. Juntos llevaron el agua desde el rio hasta una hilera de cuarenta toneles que llenaron al pasar unas pocas horas. El hombre notó lo propensa que era la enana a tropezarse y resbalarse, pero se limitó a exhortarla a continuar con su empeño.
—Gracias –dijo la enana—. Me habría tomado todo el día terminar con esto. Y era algo importante, que debía hacerse pronto.
—De nada. Me has dicho que todo este trabajo lo hacemos para regar unos árboles, pero el único árbol que hay aquí está en la otra dirección. ¿Por qué tanto apuro?
—¡Es importante! ¡Soñador se va a caer! ¿Cómo que no hay ningún árbol?
—Pues mira –dijo el hombre señalando a todo su alrededor—. Aquí no hay nada, aquí no puede crecer nada. En la montaña ¿Entre las rocas?
—Mmm. —masculló la enana—. Creo que ya entiendo cuál es tu problema. Has resultado ser muy limitado. Pero yo no soy buena explicando estas cosas, mejor te llevo con nuestra reina. Ella sabrá explicártelo mejor.
El hombre que no entendía nada se encogió de hombros y aceptó la propuesta de la enana, que caminó varios pasos al este de los toneles, donde no se hallaba nada. La enana sujetó algo en el aire y tiró. Entonces se abrió una puerta y el hombre pudo ver que más allá de ella se llegaba a una cueva, posiblemente excavada. La enana había abierto una puerta en la mitad del aire. Ella lo llamó haciendo gestos con sus manos y él se aventuró a entrar en la cueva.
—¿Cómo has hecho eso? –preguntó el hombre con asombro—. ¿Cómo has abierto una puerta en la mitad de la nada?
—Nada es lo que tú veías, pero la puerta siempre estuvo allí. El que tú no pudieras verla no significa que no existiese.
—Pero eso es imposible.
—El que tú no pudieras imaginarla, no significa que no fuese posible. Si vas a seguir con estas afirmaciones mejor no te llevo ante la reina.
El hombre prefirió callarse. No muy lejos de la puerta fueron interceptados por otras dos enanas, tan agraciadas como la primera y con sus rostros cubiertos por mascaras. Eran guardias, pero la enana explicó que ella había invitado al hombre para presentárselo a la reina. Las guardias entonces hicieron esperar al hombre y se alejaron para regresar tras pocos minutos con noticias de que la reina accedía a la entrevista.

Mientas el hombre se adentraba en la cueva se encontraba con más y más enanas que tras saludarlo cortésmente regresaban a su trabajo. Al principio él no entendía lo que estaban haciendo pero luego comenzó a comprender. En las paredes de la cueva se encontraban grandes raíces y las enanas las iban trenzando con suma paciencia. Caminaron por largos pasillos en los que se veían las raíces entrelazadas entre sí, la labor de años y años de las enanas.

Finalmente llegaron a la sala en la que se encontraba la reina. La sala había sido reforzada con ladrillos que conformaban una gran bóveda, pero aun así, por las paredes se veían raíces. Aquí solo había tres que se dirigían hacia el trono de la reina. La enana que se había topado con el hombre tras reverenciar a su reina que estaba sentada en el trono le explicó todo lo sucedido. Su reina la escuchó pacientemente y luego le sonrió. La reina también estaba vestida con atavíos modestos hechos con fibras de la corteza del Enerinan, poseía algunos pocos adornos de oro y plata y llevaba en su cabeza una gran corona de madera finamente tallada, asumió el hombre que se trataba de la madera de la cascara de una nuez. La reina también cubría su rostro con un velo.
—Has sido traído ante mí para saciar tus dudas. Pregunta lo que desees. –dijo amablemente la reina.
El joven arquitecto no conocía muy bien los protocolos a seguir así que reverencio a la reina tal y como lo había hecho la enana antes y comenzó a hablar sin saber mucho sobre que preguntar –Gracias ¡Oh, gran reina de la montaña del Enerinan! Nunca imaginé que aquí pudieran existir tan maravillosas criaturas, pero debo preguntar ¿Quiénes son ustedes?
—Hace muchos años vivió no lejos de aquí un malvado enano que supo hacerse de artefactos mágicos muy poderosos, que le brindaron por un tiempo la posibilidad de satisfacer sus ambiciones. Y para esto sometió a todos los que pudo. Consiguió un harem de esclavas. Pero luego fue derrotado y sus esclavas liberadas. Nosotras fuimos esas esclavas pero ahora vivimos sin el yugo de ningún enano, somos libres y hemos aprendido a vivir juntas.
El hombre volvió a reverenciar a la reina enana y luego continuó –Gracias. ¿Cómo es posible que no pudiera ver yo a la entrada de este lugar?
—Esta corona que portó es la única herencia que tomamos de nuestro opresor. Con ella puedo hacer invisible a lo que toco. Tú has entrado por aquí por una de las raíces de nuestros árboles. Sentada en este trono estoy tocándolos a los tres así que afuera no puedes verlos, y tampoco a la entrada.
—Pero puedo ver las raíces aquí dentro.
—Por supuesto, porque estas dentro. Al entrar por esa puerta has traspasado al hechizo. Si no pudiéramos ver nada de nada sería realmente un problema. Con las raíces unidas los tres arboles forman nuestro hogar, dentro de él podemos ver. Fuera nadie puede verlos. Estamos mejor así.
—¿Es por eso entonces que entrelazan sus raíces? –preguntó intentando comprender el hombre.
—No. –contestó la reina.
—¿Y entonces por qué?
—Porque soñador se va a caer. –dijo la reina tranquilamente.
—¿Quién es “soñador”? –el arquitecto se rascó la cabeza.
—Soñador es uno de los árboles.
El hombre entonces preguntó lo que debería de haber preguntado desde un principio y lo que le había encomendado su maestro –Son tres árboles, ya veo. Y ¿Cuál es el nombre de los arboles?
La reina sonrió y contestó –Sus nombres son “Sabio”, “Constante” y “Soñador”. El gran Enerinan fue sembrado por un gigante. Este gigante era hijo de Urum, la diosa del cielo. El Enerinan fue dejado aquí como prueba de la magnificencia de la diosa Urum. Con los años, el árbol solo pudo tener tres hijos. Los tres árboles que crecieron en lugares diferentes de la montaña. “Sabio” creció en la adversidad, supo triunfar porque extendió sus raíces sorteando las rocas hasta llegar a un pequeño estanque de agua que se forma en una cavidad en el suelo. Eso le dio fuerzas para seguir extendiéndose. “Constante” es el más robusto y fuerte de los tres, él se expandió lentamente, pero hacia todos lados aprovechando todos sus recursos. Pero luego llegó “Soñador”, él creció al borde de la cima. El agua y los recursos no fueron un problema para él. Pero Soñador desea alcanzar el cielo, pues sabe que gracias a la diosa Urum él existe. Así que creció y creció buscando llegar cada vez más alto, pero al estar al borde de la montaña cada vez que crece se arriesga a caer por el barranco.
—Pero ¿Por qué lo ayudan? –interrumpió ansioso el hombre.
La reina entonces cedió la palabra a la torpe enana que lo había acompañado hasta allí que contestó con sobrada actitud –Pues porque si alguien está por caer a un barranco por querer cumplir sus sueños, no te quedas a ver como se destruye a sí mismo sino que en cambio lo ayudas.
El hombre entonces enmudeció. La reina prosiguió con su explicación –“Soñador” desea alcanzar el cielo. Pero solo no puede hacerlo, necesita ser sabio y constante para conseguirlo, así que por años hemos entrelazado sus raíces a las de sus hermanos. Pues ellos también necesitan de él. Porque sin él, sin sueños, jamás serian libres. Tú has ayudado a mi hermana cargando agua. Demostraste sabiduría produciendo una herramienta más eficiente porque ya la conocías. No has tenido miedo en trabajar y ayudar a otros, pues se nota que eres constante y laborioso. Pero te falta imaginación para poder ver más allá de tus ojos. Por eso no has visto a los árboles. Sin embargo estando aquí ya no puedes dudar de su existencia, incluso ahora sabes sus nombres.
El hombre entendió todo de pronto y no supo más que arrodillarse delante de la sabiduría de la reina enana y toda su maravillosa tribu a la que siempre recordaría y estaría agradecido.

Tras despedirse de las enanas regresó tan pronto como pudo a su trabajo donde se reunió con su socio y amigo. Solo que esta vez, en vez de intentar explicarle porque sus ideas eran imposibles de realizar se concentró en encontrar la manera de hacerlas posibles. Juntos construyeron el palacio más impresionante y reconocido de Niceria. El noble para quien habían construido esa obra de arte, agradecido, ofreció una fiesta en su honor e invitó al rey de Niceria que al ver el palacio, los llamó para que formasen parte de su corte y los nombró a ambos nobles. Siendo nobles, debían elegir ahora cada uno un nombre para su nueva familia. El arquitecto más extravagante, que había escuchado la historia de su amigo, pidió llamarse Urum-one que significaba “Busca cielo”. Cuando le preguntaron al arquitecto que había estado con las enanas el pidió ser llamado Ki-illar, que significa literalmente “Tres arboles” pues la lección que había aprendido gracias a ellos había cambiado su vida. Y se la enseñaría a todos sus descendientes: “La sabiduría y la constancia siempre serán más útiles si las empleas  para conseguir tus sueños. Pero no sueñes sin ellas o no llegaras a ningún lado.”

Fin.

No hay comentarios:

Publicar un comentario