A Mónica, por soñar.
Leyenda Nicerien.
Un importante
noble del reino había contratado a dos jóvenes arquitectos para la construcción
de un palacio. Ambos jóvenes habían tenido el mismo maestro y habían superado
sus estudios con honores. Durante su estadía en la universidad se habían hecho
muy amigos, pero al comenzar el trabajo que el noble les había encomendado
surgieron muchos problemas. Mientras que uno era un conservador clásico, el
otro traía los más disparatados proyectos. El arquitecto más conservador no se
encontraba cómodo con la situación, mientras que el otro ideaba proyectos
inconstruibles. Sus planos eran verdaderas obras de arte, pero imposibles de
llevar a la práctica. Y para empeorar las cosas el arquitecto menos conservador
era bastante obstinado. Pasó un mes y no habían colocado ni una sola piedra
porque no podían ponerse de acuerdo. Estaban a punto de perder el trabajo y el
arquitecto más conservador comenzaba a considerar deshacerse de su buen amigo
pues esto era una cuestión de negocios.
Preocupado por
la situación, el arquitecto conservador, decidió buscar consejo en quien había
sido su más grande maestro. El hombre de avanzada edad lo recibió en su
despacho y su discípulo descargó sobre él todas sus dudas y preocupaciones,
sobre su proyecto, sobre su amigo y socio y sobre la posibilidad de despedirlo
por el poco contacto con la realidad que este tenía. No podía entender como
habiendo estudiado lo mismo y habiendo tenido la misma trayectoria estuvieran
transitando caminos tan disimiles.
En vista de
que el proyecto no avanzaba el maestro le recomendó a su alumno que se tomase
unos días para visitar la cima de la montaña del Enerinan al oeste del reino,
que no quedaba lejos de donde estaban. Le dijo que él había estado en su
juventud y que le había servido mucho aprender de quienes habitaban allí. Y
específicamente le recomendó que preguntase por el nombre de los tres árboles.
El arquitecto conservador agradeció el consejo e intrigado por las
recomendaciones, aviso de su ausencia y se dirigió camino a la cima de la
montaña del Enerinan.
El Enerinan,
supuestamente, era un árbol similar a un nogal pero de proporciones mucho
mayores, que un gigante había plantado allí. Con sus propias manos había cavado
una fosa de donde había surgido un rio que caía por la montaña y que hacía de
límite con un reino lindante. El arquitecto jamás había escuchado de que allí
viviese alguien, pero el viaje no era difícil, el árbol gracias a su tamaño
podía verse a lo lejos e incluso desde debajo de la montaña. Cuando llegó a la
cima se detuvo a contemplar al majestuoso árbol. Había nueces en el suelo,
cerca de sus raíces tan grandes como su cabeza. Desde arriba se obtenía una
hermosa vista de su reino. El lugar le resultó asombroso, pero no había allí
rastros de ninguna persona. Cansado por su viaje se acercó a la orilla del rio
del cual se nutría el Enerinan y se tiró a descansar. No supo cuánto tiempo pasó
dormido hasta que unos ruidos lo despertaron. Cuando abrió los ojos vio a una
diminuta mujer del otro lado del rio. De cabellos rojizos y rostro hermoso.
Estaba vestida con telas rusticas y en su cabeza llevaba una tiara hecha de
madera de donde colgaba un velo. Esta criatura juntaba agua en la cascara de
una nuez que le funcionaba muy bien como cuenco.
—¿Qué
haces? —preguntó el arquitecto.
—¡Ah!
—gritó asustada la mujer—. ¿Por qué me acechas? ¿Qué haces aquí? —preguntó la
mujer con una voz aguda.
—Calma
niña. Me disculpo, no era mi intención asustarte.
La
criatura se cubrió el rostro con el velo y dejó caer su nuez con agua –Yo no
soy ninguna niña –aclaró algo ofendida—¿Qué eres tú, un hombre o un elfo? Pues
tú no eres un enano.
—Yo
soy un hombre, un arquitecto. ¿Tú eres una enana? Nunca creí llegar a ver a
una.
—Sí,
señor hombre –contestó ella enojada—. Soy una enana. ¿Qué hace usted aquí? He
preguntado. –insistió la enana.
—Mi
maestro me envió aquí para aprender. Ya te he dicho que soy un arquitecto.
Ustedes los enanos son los más grandes arquitectos que han existido, de seguro
podré aprender mucho de ustedes.
La
enana soltó a reír —¿Ves tú algún edificio aquí? Te has equivocado de enanos y
digo bien porque aquí no encontraras a ninguno, solo estamos nosotras. No hay
ningún enano hombre aquí.
—¡Oh!
—contestó el hombre decepcionado— ¿Y para que juntas el agua?
—¡Pues
para regar unos árboles!
—¿Y
esa poca agua será suficiente?
—No,
tendré que hacer otros viajes.
—¿Y
por qué no te ayudan tus compañeras?
—Haces
demasiadas preguntas hombre —contestó algo irritada la enana—Veras, mis
hermanas están más calificadas para algunos trabajos que yo, así que me ponen a
realizar estos otros trabajos. No es que a mí me moleste tampoco. –La enana
retomó sus labores y volvió a llenar la nuez con agua.
—¿Puedo
hacerte una sugerencia? –preguntó amablemente el hombre.
La enana
levantó la nuez y esta se le resbaló de sus manos. Volvió a tomar la nuez y a
llenarla de agua y contestó sin mirarlo –Dime.
—Se nota que
eres fuerte, seguramente más que yo…
—Sin duda.
–dijo la enana altaneramente.
—Bien, pues
podrías llevar dos nueces a donde sea que las lleves haciendo solo un viaje.
—¿Cómo, esta nuez
es grande y necesito ambas manos para manejarla?
—Mira. –El
hombre tomó otras dos cascaras de nueces que había por todo el suelo y con un
cuchillo talló varios agujeros en su parte superior. Luego tomó varias ramas,
que también estaban desparramadas por todo el suelo, separó las más secas y
duras de las más frescas y flexibles. Entrelazó las más flexibles entre si
haciendo sogas improvisadas y las ató a los agujeros que había hecho en las nueces.
Luego tomó una rama seca y larga y ató las sogas a cada uno de sus extremos.
Tras esto llenó las nueces con agua y parándose en la mitad de la rama seca
levantó ambas nueces—. Si cargas el peso en tus brazos te cansaras pronto, pero
si lo haces usando todo tu cuerpo se te hará mucho más fácil y rápido. Si lo
deseas puedo ayudarte y entonces haremos el trabajo de tu día cuatro veces más
rápido.
El hombre no
le había revelado ningún misterio, era algo que había aprendido hace mucho, pero
a la enana le resultó fascinante. No solo había encontrado una solución más práctica
rápidamente, demostrando conocimiento sino que aparte se mostraba voluntarioso.
La enana decidió poner a prueba su tenacidad. Y aceptó su ofrecimiento. Juntos
llevaron el agua desde el rio hasta una hilera de cuarenta toneles que llenaron
al pasar unas pocas horas. El hombre notó lo propensa que era la enana a
tropezarse y resbalarse, pero se limitó a exhortarla a continuar con su empeño.
—Gracias –dijo
la enana—. Me habría tomado todo el día terminar con esto. Y era algo
importante, que debía hacerse pronto.
—De nada. Me
has dicho que todo este trabajo lo hacemos para regar unos árboles, pero el
único árbol que hay aquí está en la otra dirección. ¿Por qué tanto apuro?
—¡Es
importante! ¡Soñador se va a caer! ¿Cómo que no hay ningún árbol?
—Pues mira
–dijo el hombre señalando a todo su alrededor—. Aquí no hay nada, aquí no puede
crecer nada. En la montaña ¿Entre las rocas?
—Mmm. —masculló
la enana—. Creo que ya entiendo cuál es tu problema. Has resultado ser muy
limitado. Pero yo no soy buena explicando estas cosas, mejor te llevo con
nuestra reina. Ella sabrá explicártelo mejor.
El hombre que
no entendía nada se encogió de hombros y aceptó la propuesta de la enana, que
caminó varios pasos al este de los toneles, donde no se hallaba nada. La enana
sujetó algo en el aire y tiró. Entonces se abrió una puerta y el hombre pudo
ver que más allá de ella se llegaba a una cueva, posiblemente excavada. La
enana había abierto una puerta en la mitad del aire. Ella lo llamó haciendo
gestos con sus manos y él se aventuró a entrar en la cueva.
—¿Cómo has
hecho eso? –preguntó el hombre con asombro—. ¿Cómo has abierto una puerta en la
mitad de la nada?
—Nada es lo
que tú veías, pero la puerta siempre estuvo allí. El que tú no pudieras verla
no significa que no existiese.
—Pero eso es
imposible.
—El que tú no
pudieras imaginarla, no significa que no fuese posible. Si vas a seguir con
estas afirmaciones mejor no te llevo ante la reina.
El hombre
prefirió callarse. No muy lejos de la puerta fueron interceptados por otras dos
enanas, tan agraciadas como la primera y con sus rostros cubiertos por
mascaras. Eran guardias, pero la enana explicó que ella había invitado al
hombre para presentárselo a la reina. Las guardias entonces hicieron esperar al
hombre y se alejaron para regresar tras pocos minutos con noticias de que la
reina accedía a la entrevista.
Mientas el
hombre se adentraba en la cueva se encontraba con más y más enanas que tras
saludarlo cortésmente regresaban a su trabajo. Al principio él no entendía lo
que estaban haciendo pero luego comenzó a comprender. En las paredes de la
cueva se encontraban grandes raíces y las enanas las iban trenzando con suma
paciencia. Caminaron por largos pasillos en los que se veían las raíces
entrelazadas entre sí, la labor de años y años de las enanas.
Finalmente
llegaron a la sala en la que se encontraba la reina. La sala había sido
reforzada con ladrillos que conformaban una gran bóveda, pero aun así, por las
paredes se veían raíces. Aquí solo había tres que se dirigían hacia el trono de
la reina. La enana que se había topado con el hombre tras reverenciar a su
reina que estaba sentada en el trono le explicó todo lo sucedido. Su reina la
escuchó pacientemente y luego le sonrió. La reina también estaba vestida con
atavíos modestos hechos con fibras de la corteza del Enerinan, poseía algunos
pocos adornos de oro y plata y llevaba en su cabeza una gran corona de madera
finamente tallada, asumió el hombre que se trataba de la madera de la cascara
de una nuez. La reina también cubría su rostro con un velo.
—Has sido traído
ante mí para saciar tus dudas. Pregunta lo que desees. –dijo amablemente la
reina.
El joven
arquitecto no conocía muy bien los protocolos a seguir así que reverencio a la
reina tal y como lo había hecho la enana antes y comenzó a hablar sin saber
mucho sobre que preguntar –Gracias ¡Oh, gran reina de la montaña del Enerinan!
Nunca imaginé que aquí pudieran existir tan maravillosas criaturas, pero debo
preguntar ¿Quiénes son ustedes?
—Hace muchos
años vivió no lejos de aquí un malvado enano que supo hacerse de artefactos
mágicos muy poderosos, que le brindaron por un tiempo la posibilidad de satisfacer
sus ambiciones. Y para esto sometió a todos los que pudo. Consiguió un harem de
esclavas. Pero luego fue derrotado y sus esclavas liberadas. Nosotras fuimos
esas esclavas pero ahora vivimos sin el yugo de ningún enano, somos libres y
hemos aprendido a vivir juntas.
El hombre
volvió a reverenciar a la reina enana y luego continuó –Gracias. ¿Cómo es
posible que no pudiera ver yo a la entrada de este lugar?
—Esta corona
que portó es la única herencia que tomamos de nuestro opresor. Con ella puedo
hacer invisible a lo que toco. Tú has entrado por aquí por una de las raíces de
nuestros árboles. Sentada en este trono estoy tocándolos a los tres así que
afuera no puedes verlos, y tampoco a la entrada.
—Pero puedo
ver las raíces aquí dentro.
—Por supuesto,
porque estas dentro. Al entrar por esa puerta has traspasado al hechizo. Si no
pudiéramos ver nada de nada sería realmente un problema. Con las raíces unidas
los tres arboles forman nuestro hogar, dentro de él podemos ver. Fuera nadie
puede verlos. Estamos mejor así.
—¿Es por eso
entonces que entrelazan sus raíces? –preguntó intentando comprender el hombre.
—No. –contestó
la reina.
—¿Y entonces por
qué?
—Porque
soñador se va a caer. –dijo la reina tranquilamente.
—¿Quién es
“soñador”? –el arquitecto se rascó la cabeza.
—Soñador es
uno de los árboles.
El hombre
entonces preguntó lo que debería de haber preguntado desde un principio y lo
que le había encomendado su maestro –Son tres árboles, ya veo. Y ¿Cuál es el
nombre de los arboles?
La reina sonrió
y contestó –Sus nombres son “Sabio”, “Constante” y “Soñador”. El gran Enerinan
fue sembrado por un gigante. Este gigante era hijo de Urum, la diosa del cielo.
El Enerinan fue dejado aquí como prueba de la magnificencia de la diosa Urum.
Con los años, el árbol solo pudo tener tres hijos. Los tres árboles que
crecieron en lugares diferentes de la montaña. “Sabio” creció en la adversidad,
supo triunfar porque extendió sus raíces sorteando las rocas hasta llegar a un
pequeño estanque de agua que se forma en una cavidad en el suelo. Eso le dio
fuerzas para seguir extendiéndose. “Constante” es el más robusto y fuerte de
los tres, él se expandió lentamente, pero hacia todos lados aprovechando todos
sus recursos. Pero luego llegó “Soñador”, él creció al borde de la cima. El
agua y los recursos no fueron un problema para él. Pero Soñador desea alcanzar
el cielo, pues sabe que gracias a la diosa Urum él existe. Así que creció y creció
buscando llegar cada vez más alto, pero al estar al borde de la montaña cada
vez que crece se arriesga a caer por el barranco.
—Pero ¿Por qué
lo ayudan? –interrumpió ansioso el hombre.
La reina
entonces cedió la palabra a la torpe enana que lo había acompañado hasta allí
que contestó con sobrada actitud –Pues porque si alguien está por caer a un
barranco por querer cumplir sus sueños, no te quedas a ver como se destruye a sí
mismo sino que en cambio lo ayudas.
El hombre
entonces enmudeció. La reina prosiguió con su explicación –“Soñador” desea
alcanzar el cielo. Pero solo no puede hacerlo, necesita ser sabio y constante
para conseguirlo, así que por años hemos entrelazado sus raíces a las de sus
hermanos. Pues ellos también necesitan de él. Porque sin él, sin sueños, jamás
serian libres. Tú has ayudado a mi hermana cargando agua. Demostraste sabiduría
produciendo una herramienta más eficiente porque ya la conocías. No has tenido
miedo en trabajar y ayudar a otros, pues se nota que eres constante y
laborioso. Pero te falta imaginación para poder ver más allá de tus ojos. Por
eso no has visto a los árboles. Sin embargo estando aquí ya no puedes dudar de
su existencia, incluso ahora sabes sus nombres.
El hombre entendió
todo de pronto y no supo más que arrodillarse delante de la sabiduría de la reina
enana y toda su maravillosa tribu a la que siempre recordaría y estaría
agradecido.
Tras
despedirse de las enanas regresó tan pronto como pudo a su trabajo donde se reunió
con su socio y amigo. Solo que esta vez, en vez de intentar explicarle porque sus
ideas eran imposibles de realizar se concentró en encontrar la manera de
hacerlas posibles. Juntos construyeron el palacio más impresionante y
reconocido de Niceria. El noble para quien habían construido esa obra de arte,
agradecido, ofreció una fiesta en su honor e invitó al rey de Niceria que al
ver el palacio, los llamó para que formasen parte de su corte y los nombró a
ambos nobles. Siendo nobles, debían elegir ahora cada uno un nombre para su
nueva familia. El arquitecto más extravagante, que había escuchado la historia
de su amigo, pidió llamarse Urum-one que significaba “Busca cielo”. Cuando le
preguntaron al arquitecto que había estado con las enanas el pidió ser llamado
Ki-illar, que significa literalmente “Tres arboles” pues la lección que había
aprendido gracias a ellos había cambiado su vida. Y se la enseñaría a todos sus
descendientes: “La sabiduría y la constancia siempre serán más útiles si las
empleas para conseguir tus sueños. Pero
no sueñes sin ellas o no llegaras a ningún lado.”
Fin.
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