domingo, 30 de abril de 2017

03 - Rimblau




Aldea de Rimblau, región de Minbou, provincia de Koria.
Primeras horas del día 15 del noveno mes de 1280 del calendario de Finvir.


            Ya divisaban la aldea cuando Guy detuvo la marcha. La aldea de Rimblau era de forma elíptica. Como si hubiesen estirado un círculo a lo largo hasta duplicar su diámetro. Estaba delimitada por una empalizada alta de madera dura y oscura. Los vigías seguramente los habían visto pero un grupo tan pequeño no representaba ninguna amenaza, además contaban con que Filmon hubiese enviado un mensaje avisando que ellos estarían llegando.
—Por lo que he escuchado de ustedes son en su mayoría de la provincia de Gono, excepto por Zaseff y Nuanes que son Fecerien —dijo Guy hablando para todos—. ¿Alguno ha visto a un Korien alguna vez? —El silencio reinó— ¿Nadie? —insistió Guy.
—Mi madre es Korien. –dijo Asilod que sobresalía por ser el más alto de los diez soldados.
—Tú no pareces Korien. —señaló Guy amablemente.
—No era “esa” clase de Korien, pero había nacido en Koria.
—¿A qué se refiere? —preguntó Malael, que era un joven de dieciséis años de cabellos castaños y crespos y piel blanca.
Guy ignoró la pregunta de Malael y preguntó a Asilod nuevamente —¿Adoras al sol?
—No soy una persona muy religiosa.
—¿Lo haces o no?
—No, Mayor, adoro a la Luna.
Guy asintió con la cabeza y luego reflexionó un poco. Luego habló para todos pero mirando a Malael —Los habitantes del reino de Fenor, de la alianza, somos todos bastante parecidos físicamente, nuestras diferencias históricas quedaron atrás hace cientos de años. Pero los koriens son diferentes. El dios sol que creó a todos los hombres los marcó cuando sus ancestros subieron a la gran montaña, por esto son más altos que muchos de nosotros y su piel es del color del bronce, sus cabellos son rubios pálido y sus ojos ámbar o grises. Estos eran al menos los primeros Koriens, pero con las generaciones dentro de la alianza su raza pura se fue mezclando con las demás razas de los otros reinos. La madre de Asilod era un Korien, porque había nacido aquí, pero no era una Korien de raza pura. Su cabello negro, su piel trigueña, solo reconozco su altura pero no es siquiera tan imponente como la de Nin —Guy se detuvo para observar la aldea y continuo—. Solo he conocido un Korien de raza pura en mi vida, pues es poco común verlos fuera de sus tierras. Estuvo de visita en Montevid por un breve tiempo y luego regresó a su hogar. No es mucho lo que se sobre el culto al sol, no más de lo que he estado leyendo. Esperaba que alguno de ustedes supiera decirme.
Vicay sonrió a la joven —Lamentamos no poder ayudarte, mata dragones.
—Mayor. —insistió Guy. Luego indicó que continuase la marcha.

Golpearon a la puerta de la aldea pasando la medianoche, pero el barullo de la vida nocturna del lugar hacia pensar que no escucharían. No obstante sabían que habían sido vistos al menos por la torre vigía. La ranura a la altura de los ojos se abrió y se escuchó de fondo.
—¿Quién anda ahí?
—Somos enviados del rey Urael en camino a Kirun. Solo deseamos pasar la noche aquí para descansar. Tenemos documentos y ordenes de paso. –dijo Nin.
La puerta se abrió y un hombre mayor los recibió del otro lado. Era de gran contextura y de ojos grises, pero piel trigueña y cabellos canosos —Bienvenidos a Rimblau. Soy Garhun. Han caído de visita en un buen momento este amanecer celebraremos el quinto día de uxmur.
Guy miró a Nin y a Nebrá. Ellos eran adoradores de la Luna y las costumbres de la otra parte de su religión las desconocían. Nebrá indicó al oído de la mayor de Montevid —Esta es una ceremonia importante entre los adoradores del sol, pero sobre todo entre los más devotos. Es una costumbre milenaria que ha perdido uso en otras partes del territorio. Se celebran antes de cada solsticio en honor al sol. Las fiestas son a cada amanecer y duran veinte días. Terminan en el solsticio de cada estación. Cada día que pasa la celebración se hace más intensa.
—Entiendo — contestó Guy un poco confundida. Se acercó a Nebrá para preguntarle—. ¿Por qué no me ha dicho esto antes cuando pregunté?
—El trabajo de una dama de compañía no es resaltar por sobre aquella persona a la que cuida sino hacerla notar a ella. Mis conocimientos los compartiré solo a usted, para los demás prefiero ser una ignorante.
—Comprendo. —contestó Guy, después opinaría al respecto.
—Pues no se queden ahí pasen, pasen —Los invito Garhun, que se había quedado mirando cortésmente—. Se les nota lo extranjero, debo decir y no se lo tomen a mal. Pero eso no importa hoy es fiesta. Mi hijo los llevará a un lugar donde puedan descansar. Aunque les aconsejo que se familiaricen con la fiesta por que la encontraran en las próximas ciudades también —El hombre gritó—. Birhun, Birhun, ven aquí que tienes trabajo holgazán.
Un joven de aspecto desgarbado y desprolijo salió corriendo de un puesto de guardia donde se encontraba. No lo habían notado ya que estaba esa parte completamente oscura. Birhun era la viva imagen de su padre pero de cabellos castaños. El joven se frotó las manos y comenzó a hablar a una velocidad impresionante —Bien, bien, bien. Yo soy Birhun. Si están buscando un lugar donde descansar yo les conseguiré uno aunque les aconsejo que se adentren en la fiesta que recién comienza. Las próximas horas serán para disfrutar. Tenemos muchos viajeros aquí así que no se sentirán solos. Pueden pasar por el bazar también hoy todas las tiendas están abiertas y si mencionan mi nombre les harán descuentos, eso puedo asegurarles. Además…
—Solo llévanos donde podamos descansar y te estaremos agradecidos. —Guy habló seriamente y el joven se detuvo por un segundo.
Luego continúo —Por supuesto, por supuesto. Por aquí —Y señaló un pasaje muy iluminado—. Los llevaré a un hospedaje que seguro tendrá lugar para albergarlos al menos por esta noche. Mientras caminamos les contaré sobre la aldea. Este es un lugar muy rico, no somos muchos es cierto pero el cuñado de mi tío es quien gobierna aquí. Créanme cuando les digo que puedo conseguirles cualquier cosa que necesiten. Así que ya saben que estoy para servirles —el joven señalo una casa—. Ven allí es donde vive mi otra tía, hace unos dulces de frutas salvajes exquisitos. Allí está el herrero y por acá está el panadero… —el joven siguió divagando por largo rato mientras los guiaba hasta el hospedaje.

La aldea estaba viva. La gente pasaba de un lado al otro y varias antorchas y faroles estaban encendidos. Las calles habían sido trazadas en un buen plan urbanístico por algún arquitecto al comienzo de la aldea por lo que se distribuían en forma recta, paralela y perpendicularmente a la plaza central. A su vez tenía tres salidas o entradas. Ellos habían entrado por la del oeste pero además estaba la del este y la del sur. Al norte estaba ubicada la torre vigía. No había donde ir al norte ya que continuaban las montañas y por otra parte la aldea estaba rodeada por el bosque que todavía continuaba un poco más hacia el este. Pasarían después a saludar a los vigías de la torre pero ahora estaban cansados. Birhun finalmente los llevo hasta el hospedaje y luego de negociar un poco pudieron tener acceso a varias habitaciones. Todos incluso el médico, Nebrá y los diez soldados así como Guy y Nin descansarían en camas esa noche. Los caballos y las provisiones fueron dejados en el establo y se establecieron turno de dos horas para cuidarlos entre los soldados. Desde el primer piso del edifico en una habitación que compartía con Nebrá Guy dio otra mirada a la fiesta. La plaza central podía verse desde ahí y las calles y las mesas se veían adornadas de telas blancas y doradas. Eran los colores del dios sol. Tendrían tiempo de familiarizarse con las costumbres del lugar pero ahora estaban agotados. A Guy le preocupaba ofender a los aldeanos por no unirse a la fiesta pero en ese momento lo que más deseaba era un poco de descanso.

            Al alba la aldea se llenó de canciones y música. Era difícil dormir. Y Guy se despertó después de un corto sueño. No podría volver a dormirse y estaba acostumbrada a dormir poco y andar mucho. Pero no deseaba molestar a nadie más. Bajó y pidió un baño. Pronto llevaron a su habitación lo que necesitaba y después de una semana se sumergió en agua tibia quitándose la tierra y polvo acumulados. Nebrá despertó inevitablemente pero Guy la convenció de que siguiera descansando. La mujer se vistió nuevamente pero dejó su armadura de lado. Cambió su ropa de guerra por otras que estaban más limpias. No eran vestidos o trajes elegantes. Todavía conservaba sus pantalones y por encima una túnica azul que le llegaba hasta las rodillas. Tomó su espada y se ató el cinturón en que la llevaba. Dejó su lanza que era alta y molesta para caminar aunque muy útil en batalla. Bajó hasta la planta baja del hospedaje. Ahí estaba Birhun todavía festejando con el hombre que antes la había atendido.
—¡Oh! Se ha levantado temprano, dama de Montevid. La fiesta todavía…
—He notado la fiesta. Lo difícil seria no hacerlo.
—Si lo deseas puedo llevarle a la plaza central ahí todavía hay brindis…
—No hace falta. Saldré a caminar sola estoy segura que podré encontrar la plaza sin ti. Has sido muy amable.
—¿Estás segura dama?
El dueño del hospedaje que bebía detrás de una barra y seguramente era alguno de los parientes del joven le dijo —Birhun, cuando una dama te dice que no desea tu compañía es un buen momento para retirarse. En especial si esa dama porta una espada como esta que estás viendo.

Pero Guy ya había salido a la calle para cuando el hombre terminaba de decir esto. Ahora de día la aldea tomaba otro color. Algunos de los establecimientos que la noche anterior habían estado abiertos estaban cerrando. Le gente finalmente descansaba. Caminó tratando de recordar las calles hasta llegar a divisar la plaza central. Allí muchos hombres y mujeres todavía festejaban. Dos hombres pasaron por al lado de ella que no pudo dejar de notar pues estos si eran koriens de raza pura. Estaban vestidos de blanco y dorado. Ambos llevaban las mismas ropas. Unos gorros cilíndricos adornaban sus cabezas. Pensó que quizás se tratase de alguna tradición o de una ropa ceremonial. Pero le sorprendió ver que al igual que ella también llevaban espadas. Ellos también notaron que ella andaba armada. Cuando los tuvo lo suficientemente cerca saludo.
—¡Feliz día del sol!
Los hombres la miraron y torcieron una sonrisa. Pero no contestaron y siguieron caminando así como lo hizo ella. Aunque notó que detrás de ella se habían detenido y la veían caminar hacia la plaza. Decidió ignorarlos. No representaban todavía una amenaza ni deberían hacerlo. No estaba familiarizada con las costumbres de la provincia de Koria y quizás era hora de que empezase a hacerlo. Escuchó la voz de alguien que la llamaba.
—Joven, joven. —llamaba una voz de mujer.
Guy buscó a quien le estaba hablando. Una anciana le hacía señas desde la esquina. Se acercó a la mujer. —¿Acaso me llama a mí?
—Sí. Puedo ver muchacha que no eres de aquí.
—¿Tanto se me nota en el rostro?
—No tanto en tus rasgos de noble como en tus manos de guerrera. Pero no eres tú lo que te delata, es que no usas uno de estos —La mujer le mostró un colgante que llevaba. Estaba hecho de metal, era grande como para que se notase a la distancia, tenía poco de sutil y mucho de llamativo. Era circular y desde adentro del mismo sobresalía una única llama dorada. Tres rayos delgados salían del centro hacia abajo—. Es el sol de invierno.
—¿Cómo has dicho mujer?
—El sol de invierno —Repitió la anciana pacientemente— Es una de las cuatro caras del dios sol. Para estas fiestas todos usamos uno de estos para que el dios sol sepa que somos uno de los suyos —La anciana se quitó el colgante y se lo ofreció a Guy—. Sé quién eres peregrina. Tú eres Guy de Montevid la mata dragones. Lo sé porque me enteré que llegaron viajeros de Fenor y entre ellos estabas tú. Y como solo había dos mujeres en el grupo deduzco que eres tú porque sin duda eres la más joven.
—Soy quien dices noble mujer. Más no puedo aceptar tu obsequio —La mujer refunfuño y volvió a ofrecérselo. Guy que vio que la cuestión no avanzaba metió una mano en su bolsillo en busca de algo de dinero—. Déjame darte algo a cambio del mismo entonces.
—No hay nade que busque de ti joven. Solo ofrecerte esto.
—Pero te quedaras tú sin tu amuleto.
—Este no es mi amuleto, querida. Tengo dos hijos que lucharon en la batalla de Fenor aquella noche. Uno murió allí y el otro sobrevivió y me trajo el amuleto de su hermano —La anciana mostró que ella debajo de su ropa llevaba un segundo amuleto —. El que sobrevivió me ha contado sobre ti. Y el que murió me ha dicho en sueños que esto ahora te pertenecía. Úsalo sería un honor para mi familia que Guy de Montevid lo llevase.
Guy aceptó el regalo. La mujer la sostuvo y le besó las mejillas, algo que en parte sintió como un atrevimiento pero perdonó a la anciana, que solo estaba emocionada.
Empezaba a entender lo que le había pedido el rey. Y era una carga que le costaría llevar. Con el amuleto ahora puesto se mezcló entre la gente. No probó bocado alguno ni bebió de ningún vino o licor. Por más que era resistente al alcohol no estaba de humor para probarlo. Era una extraña ahí. Pero gracias al obsequio de la anciana empezaba a sentirse menos forastera.

—Usted debes ser la Mayor Guy de Montevid. ¿O me equivoco?
Otra vez era sorprendida por alguien que la conocía mientras que ella no sabía quién le hablaba —Sí, soy quien nombras. ¿Quién es usted? —preguntó al hombre que le había interrogado antes.
—Soy Kuntur, y por decirlo de alguna forma soy quien gobierna aquí. Me alegra mucho que se haya unido a nuestra celebración. A parte veo que lleva uno de nuestros amuletos. Son de buena suerte ¿Sabe?
—¿Sí? No sabía eso. Espero tener buena suerte.
—Sin duda. Tengo que preguntar. ¿Qué los trae en misión por aquí? —Kuntur era alto y estaba excedido de peso por la buena vida que llevaba. Alguno de sus ancestros directos había sido un Korien de raza pura pues su piel era cobriza pero en su cabello que ya estaba algo canoso se notaban mechones cafés.
—Estamos en camino a Kirun. Solo vamos de paso por aquí. Aunque estamos reclutando hombres en nuestra misión. Cualquiera que sea fuerte y desee unirse a las tropas de Fenor.
Hombres, mujeres… no tenemos mucho de eso aquí. Podemos darles víveres y otras cosas pero no podemos darles hombres, aquí no hay nada de eso. —contestó agitando su cabeza en forma de negación.
—Vi hace poco a dos hombres armados. Vestidos de blanco y dorado.
—¿Se refiere a los sacerdotes del sol? Ellos no son los únicos armados en la aldea. También está la guarnición de la torre vigía y varios más que reclutamos para que nos cuiden. Pasa mucha fortuna por aquí. Eso es sabido. Pero estamos tranquilos.
—¿Sacerdotes? ¿Y por qué llevarían espadas los sacerdotes?
—Desde que mataron al sumo sacerdote de la Luna en Fenor, Guipac el iluminado, sacerdote del sol ha permitido que sus hombres viajen armados. Es una cuestión de seguridad, que a nosotros no nos molesta.
—¿Y en qué tiempo han aprendido estos clérigos a usar espadas?
—No entiendo a lo que se refiere, dama de Montevid.
Guy no estaba conforme con las respuestas. Clérigos que portaban armas era como decir soldados que bendecían personas. Pero no insistió de momento con eso. Agredir la religión de quien estaba delante de ella no era la más sabia decisión y sin duda nada bueno saldría de eso —No importa. —definió.
—Se están en camino a Kirun todavía les falta un poco para llegar. La capital de Koria está todavía a varios días de aquí a caballo. Y podrán pasar por un par de ciudades más antes de llegar al puente de Bridan. Que es el límite de las tierras de Minbou y el principio de las tierras de Kirun. Hoy a la tarde parte una caravana hacia Minbou que es la capital de esta región. Es bastante más grande que aquí. Allí podrán reclutar hombres estoy seguro de ello. Puedo arreglar que viajen con esta caravana si lo desean.
—Les estaremos agradecidos por esto Kuntur señor de Rimblau. —dijo Guy y se inclinó ante el hombre que le devolvió el saludo.


            Después de agradecimientos y saludos y de nuevamente mantener contacto con la otra torre vigía, continuaron rumbo a Kirun. Todavía quedaba un camino largo por recorrer y ahora viajarían en compañía de un grupo de comerciantes. En total eran treinta personas contando a los hombres de Guy. Los comerciantes eran lentos e indisciplinados pero viajar hasta su próxima parada en compañía de hombres que conocían el camino era una mejor opción que adentrarse en una tierra que jamás habían pisado sin guía alguno. Lo único que inquietaba a la mayor era la presencia de los dos clérigos que se había encontrado en la aldea anterior. Sus nuevos compañeros parecían disfrutar el viajar junto a sus sacerdotes. Sobre todo a las mañanas donde realizaban pequeñas ceremonias. Guy y Nin se encargaban de acortar de una manera delicada tales fiestas para poder continuar cuanto antes, pero sabían que no era bueno intervenir demasiado en sus ritos y que era más prudente pretender que en cambio los disfrutaban. Aprovechaban el tiempo para entrenar a sus soldados.

            En su camino al este seguían viajando también cada vez más al norte. El frío seguía aumentando y aunque todavía no nevaba sabían que pronto comenzaría. Cuando las nubes grises cubrían el cielo de una forma amenazante los comerciantes decían que “el sol se estaba vistiendo de invierno”. Salieron del bosque el primer día de viaje. Si miraban al norte todavía podían ver las montañas no tan a lo lejos. Siguieron avanzando, cruzaron un río y un par de arroyos y la tierra parecía cada vez más desierta. Los árboles que veían ya no eran gruesos y fuertes sino finos y delgados y se doblaban cuando soplaba el viento. Y cada vez que soplaba el viento Guy se tapaba más la cara con su capa. Hasta el punto que solo quedaron sus ojos expuestos y la mano con la que guiaba a su caballo. Kuntur había prometido que al llegar a Minbou el grupo que Guy acompañaba les entregaría una suntuosa cantidad de oro. Esto les permitiría financiar mejor su expedición y a Kuntur la oportunidad de quedar bien con quien en otro momento recaudaría impuestos en su aldea. Kuntur era un hombre práctico y como buen comerciante esperaba que todo se resolviera con dinero. Él no tenía hombres que ofrecer pero ayudaría a pagar los que hicieran falta., Cuando había necesitado protección no le había dado vergüenza hacerse de algunos mercenarios o de sobornar a la guarnición de la torre para que actuase en su beneficio. El dinero que Kuntur supuestamente le daría era el primer beneficio que obtenían en este viaje. Y esperaban reclutar al menos algunos hombres en la próxima ciudad.

            Después del cuarto día de viaje, en la tarde más fría que habían pasado desde salir de la Fortaleza de Fenor escucharon la música de una lira. Cruzaban en ese momento un bosquecillo de árboles finos por un camino de piedra que llevaba años ahí construido para el comercio y el paso militar. Sobre una gran roca que llevaba una inscripción  estaba sentado el hombre que ejecutaba el instrumento. Estaba vestido de azul y celeste, y con los cabellos negros y rizados que caían sobre sus hombros. Sus ropas eran pesadas y abultadas y se notaba que estaba acostumbrado al frío de la región. Sus ojos eran grises y dejaban ver algún antiguo linaje korien. Concentrado en su música ni siquiera advirtió la presencia de la caravana en la que viajaban los enviados del rey Urael.
—Disculpa, músico, pero deseo leer lo que está inscripto en la roca sobre la que estas y tus piernas no me lo permiten —Pero el hombre no reaccionó—. Disculpa… —El hombre seguía tocando su instrumento y no prestaba atención a las palabras de Guy. La lanza que la mujer cargaba lo empujó con suficiente suavidad para no lastimarlo pero con firmeza al mismo tiempo, al hombre que recién ahí reaccionó.
—Sí. ¿Disculpa, que era lo que deseaba?
—Leer la inscripción en la roca.
El músico se acomodó en la piedra de una forma en la que sus piernas no interfiriesen la vista de la inscripción.
Guy leyó en voz alta —“Estas son las tierras del caballero Bridan, defensor de Koria, enviado del sol. Que nadie olvide jamás su valor o su fortaleza. No podrá el tiempo llevarse su nombre así como no puede el viento llevarse esta roca.” Ducúñar VI. —Estaba escrito en la antigua lengua Korien. Ducúñar VI había sido uno de los últimos reyes de la dinastía Dulis de Koria. Incluso de antes que la alianza se formase. Nin y los hombres de Guy que habían escuchado sus palabras no habrían sido capaces de leer tal inscripción y tampoco sabían sobre el rey Ducúñar VI. La mayor de Montevid indicó a la caravana que continuase y ella se quedó a conversar con el músico que había despertado en ella curiosidad.
—Esos estandartes que llevan tus hombres… ¿Son ustedes del ejército real de Fenor?
—Así es.
—Interesante. —Agregó el hombre y luego retomó su música.
—¿Eres tú de la ciudad de Minbou?
—No, soy de Tulis. Pero estoy de paso ahí. Mi trabajo me lleva a todas partes.
—¿Tu trabajo?
—Soy bardo. Un poeta, un músico, un viajero que escribe historias de sus aventuras. Puedes llamarme Ilko, dama.
Guy inclinó levemente su cabeza —Yo soy Guy de las vides de Montevid, mayor del ejército real de Fenor —Y luego agregó —. Y hermana de la ilustre orden del gato azul.
Ilko levantó su cabeza y por primera vez demostró algo de interés en quienes estaban pasando por delante de él —¿Guy la mata dragones?
Guy sonrío —Ja, ¿Con ese nombre han de conocerme?
—¿Es usted la dama de la batalla de Fenor?
—Soy quien nombras. En misión a Kirun.
—¡Oh! Es un honor estar en tu presencia. Antes de Kirun deberán pasar por Minbou que no queda lejos. Me encantaría acompañarles. Estaba camino allí de todas formas.
—Recoge tus cosas entonces. Alguno de nuestros compañeros comerciantes hará lugar en su carreta para que viajes con ellos.
—Muchísimas gracias. Quizás escriba canciones sobre ti.
Guy no contestó y dejó que el hombre fuese por sus pertenencias. Detrás de la caravana esperaban los dos clérigos que habían observado detenidamente la conversación entre Guy y el bardo.

            Pasaron el resto del viaje acompañados por el bardo hasta llegar a las murallas de la ciudad de Minbou. Minbou era la segunda ciudad más importante de la provincia de Koria. Los muros de piedra y ladrillos asentados con mortero eran casi tan anchos como altos. El perímetro de la ciudad se extendía miles de pasos en todos lados. Y dentro de la misma podían verse niveles donde las estructuras más importantes estaban protegidas todavía por más muros. Afuera de la ciudad podían verse las granjas y campos de cultivos. Minbou era una ciudad rica así como lo era Kirun. Decenas de miles de hombres vivían allí. Guy esperaba empezar a reclutar hombres para su campaña finalmente ahí. Los guardias de Minbou reconocieron enseguida de quien se trataba y dieron paso a la caravana que al llegar la noche ya se había establecido con comodidad en la ciudad. Esta vez los cuarteles de Minbou fueron el lugar de descanso para los soldados del rey Urael que habían viajado desde Fenor. Las fiestas por otra parte continuaban y Guy se encargó de programar un encuentro con el gobernante de la ciudad para el día siguiente. Los clérigos del sol se reunieron con otros como ellos y después de bendecir a algunos de los comerciantes desaparecieron entre la multitud. Lo que dejó a Guy por alguna razón más tranquila. Los hombres de Kuntur cumplieron con su parte y entregaron a la mayor una suma importante de dinero para financiar su causa. Vicay el médico, Nebrá, Nin Guy y los diez soldados descansaron esa noche sabiendo que al alba despertarían por el bullicio de la ciudad. En cuanto a Ilko, el bardo supo encontrar lugar antes que sus escoltas, dentro de una gran taberna llamada “el cerdo”. Atendida por su propio dueño Prefult, el cerdo.

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Referencias:
1) Lira 
2) Cerdo

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