Aldea de Rimblau, región de Minbou, provincia de Koria.
Primeras horas del día 15 del noveno mes de 1280 del calendario de Finvir.
Ya
divisaban la aldea cuando Guy detuvo la marcha. La aldea de
Rimblau era de forma elíptica. Como si hubiesen estirado un círculo a lo largo
hasta duplicar su diámetro. Estaba delimitada por una empalizada alta de madera
dura y oscura. Los vigías seguramente los habían visto pero un grupo tan
pequeño no representaba ninguna amenaza, además contaban con que Filmon hubiese
enviado un mensaje avisando que ellos estarían llegando.
—Por lo que
he escuchado de ustedes son en su mayoría de la provincia de Gono, excepto por
Zaseff y Nuanes que son Fecerien —dijo Guy hablando para todos—. ¿Alguno ha
visto a un Korien alguna vez? —El silencio reinó— ¿Nadie? —insistió Guy.
—Mi madre
es Korien. –dijo Asilod que sobresalía por ser el más alto de los diez
soldados.
—Tú no
pareces Korien. —señaló Guy amablemente.
—No era
“esa” clase de Korien, pero había nacido en Koria.
—¿A qué se
refiere? —preguntó Malael, que era un joven de dieciséis años de cabellos
castaños y crespos y piel blanca.
Guy ignoró
la pregunta de Malael y preguntó a Asilod nuevamente —¿Adoras al sol?
—No soy una
persona muy religiosa.
—¿Lo haces
o no?
—No, Mayor,
adoro a la Luna.
Guy asintió
con la cabeza y luego reflexionó un poco. Luego habló para todos pero mirando a
Malael —Los habitantes del reino de Fenor, de la alianza, somos todos bastante
parecidos físicamente, nuestras diferencias históricas quedaron atrás hace
cientos de años. Pero los koriens son diferentes. El dios sol que creó a todos
los hombres los marcó cuando sus ancestros subieron a la gran montaña, por esto
son más altos que muchos de nosotros y su piel es del color del bronce, sus
cabellos son rubios pálido y sus ojos ámbar o grises. Estos eran al menos los
primeros Koriens, pero con las generaciones dentro de la alianza su raza pura
se fue mezclando con las demás razas de los otros reinos. La madre de Asilod
era un Korien, porque había nacido aquí, pero no era una Korien de raza pura.
Su cabello negro, su piel trigueña, solo reconozco su altura pero no es siquiera
tan imponente como la de Nin —Guy se detuvo para observar la aldea y continuo—.
Solo he conocido un Korien de raza pura en mi vida, pues es poco común verlos
fuera de sus tierras. Estuvo de visita en Montevid por un breve tiempo y luego
regresó a su hogar. No es mucho lo que se sobre el culto al sol, no más de lo
que he estado leyendo. Esperaba que alguno de ustedes supiera decirme.
Vicay sonrió
a la joven —Lamentamos no poder ayudarte, mata dragones.
—Mayor. —insistió
Guy. Luego indicó que continuase la marcha.
Golpearon a
la puerta de la aldea pasando la medianoche, pero el barullo de la vida
nocturna del lugar hacia pensar que no escucharían. No obstante sabían que habían
sido vistos al menos por la torre vigía. La ranura a la altura de los ojos se abrió
y se escuchó de fondo.
—¿Quién
anda ahí?
—Somos
enviados del rey Urael en camino a Kirun. Solo deseamos pasar la noche aquí
para descansar. Tenemos documentos y ordenes de paso. –dijo Nin.
La puerta
se abrió y un hombre mayor los recibió del otro lado. Era de gran contextura y
de ojos grises, pero piel trigueña y cabellos canosos —Bienvenidos a Rimblau.
Soy Garhun. Han caído de visita en un buen momento este amanecer celebraremos
el quinto día de uxmur.
Guy miró a
Nin y a Nebrá. Ellos eran adoradores de la Luna y las costumbres de la otra parte de su
religión las desconocían. Nebrá indicó al oído de la mayor de Montevid —Esta es
una ceremonia importante entre los adoradores del sol, pero sobre todo entre
los más devotos. Es una costumbre milenaria que ha perdido uso en otras partes
del territorio. Se celebran antes de cada solsticio en honor al sol. Las
fiestas son a cada amanecer y duran veinte días. Terminan en el solsticio
de cada estación. Cada día que pasa la celebración se hace más intensa.
—Entiendo —
contestó Guy un poco confundida. Se acercó a Nebrá para preguntarle—. ¿Por qué
no me ha dicho esto antes cuando pregunté?
—El trabajo
de una dama de compañía no es resaltar por sobre aquella persona a la que cuida
sino hacerla notar a ella. Mis conocimientos los compartiré solo a usted, para
los demás prefiero ser una ignorante.
—Comprendo.
—contestó Guy, después opinaría al respecto.
—Pues no se
queden ahí pasen, pasen —Los invito Garhun, que se había quedado mirando cortésmente—.
Se les nota lo extranjero, debo decir y no se lo tomen a mal. Pero eso no
importa hoy es fiesta. Mi hijo los llevará a un lugar donde puedan descansar.
Aunque les aconsejo que se familiaricen con la fiesta por que la encontraran en
las próximas ciudades también —El hombre gritó—. Birhun, Birhun, ven aquí que
tienes trabajo holgazán.
Un joven de
aspecto desgarbado y desprolijo salió corriendo de un puesto de guardia donde
se encontraba. No lo habían notado ya que estaba esa parte completamente
oscura. Birhun era la viva imagen de su padre pero de cabellos castaños. El
joven se frotó las manos y comenzó a hablar a una velocidad impresionante —Bien,
bien, bien. Yo soy Birhun. Si están buscando un lugar donde descansar yo les conseguiré
uno aunque les aconsejo que se adentren en la fiesta que recién comienza. Las próximas
horas serán para disfrutar. Tenemos muchos viajeros aquí así que no se sentirán
solos. Pueden pasar por el bazar también hoy todas las tiendas están abiertas y
si mencionan mi nombre les harán descuentos, eso puedo asegurarles. Además…
—Solo llévanos
donde podamos descansar y te estaremos agradecidos. —Guy habló seriamente y el
joven se detuvo por un segundo.
Luego continúo
—Por supuesto, por supuesto. Por aquí —Y señaló un pasaje muy iluminado—. Los
llevaré a un hospedaje que seguro tendrá lugar para albergarlos al menos por
esta noche. Mientras caminamos les contaré sobre la aldea. Este es un lugar muy
rico, no somos muchos es cierto pero el cuñado de mi tío es quien gobierna
aquí. Créanme cuando les digo que puedo conseguirles cualquier cosa que
necesiten. Así que ya saben que estoy para servirles —el joven señalo una casa—.
Ven allí es donde vive mi otra tía, hace unos dulces de frutas salvajes
exquisitos. Allí está el herrero y por acá está el panadero… —el joven siguió
divagando por largo rato mientras los guiaba hasta el hospedaje.
La aldea
estaba viva. La gente pasaba de un lado al otro y varias antorchas y faroles
estaban encendidos. Las calles habían sido trazadas en un buen plan urbanístico
por algún arquitecto al comienzo de la aldea por lo que se distribuían en forma
recta, paralela y perpendicularmente a la plaza central. A su vez tenía tres
salidas o entradas. Ellos habían entrado por la del oeste pero además estaba la
del este y la del sur. Al norte estaba ubicada la torre vigía. No había donde
ir al norte ya que continuaban las montañas y por otra parte la aldea estaba
rodeada por el bosque que todavía continuaba un poco más hacia el este. Pasarían
después a saludar a los vigías de la torre pero ahora estaban cansados. Birhun
finalmente los llevo hasta el hospedaje y luego de negociar un poco pudieron
tener acceso a varias habitaciones. Todos incluso el médico, Nebrá y los diez soldados
así como Guy y Nin descansarían en camas esa noche. Los caballos y las provisiones
fueron dejados en el establo y se establecieron turno de dos horas para
cuidarlos entre los soldados. Desde el primer piso del edifico en una
habitación que compartía con Nebrá Guy dio otra mirada a la fiesta. La plaza
central podía verse desde ahí y las calles y las mesas se veían adornadas de
telas blancas y doradas. Eran los colores del dios sol. Tendrían tiempo de
familiarizarse con las costumbres del lugar pero ahora estaban agotados. A Guy
le preocupaba ofender a los aldeanos por no unirse a la fiesta pero en ese
momento lo que más deseaba era un poco de descanso.
Al
alba la aldea se llenó de canciones y música. Era difícil dormir. Y Guy se despertó
después de un corto sueño. No podría volver a dormirse y estaba acostumbrada a
dormir poco y andar mucho. Pero no deseaba molestar a nadie más. Bajó y pidió
un baño. Pronto llevaron a su habitación lo que necesitaba y después de una
semana se sumergió en agua tibia quitándose la tierra y polvo acumulados. Nebrá
despertó inevitablemente pero Guy la convenció de que siguiera descansando. La
mujer se vistió nuevamente pero dejó su armadura de lado. Cambió su ropa de
guerra por otras que estaban más limpias. No eran vestidos o trajes elegantes. Todavía
conservaba sus pantalones y por encima una túnica azul que le llegaba hasta las
rodillas. Tomó su espada y se ató el cinturón en que la llevaba. Dejó su lanza
que era alta y molesta para caminar aunque muy útil en batalla. Bajó hasta la
planta baja del hospedaje. Ahí estaba Birhun todavía festejando con el hombre
que antes la había atendido.
—¡Oh! Se ha
levantado temprano, dama de Montevid. La fiesta todavía…
—He notado
la fiesta. Lo difícil seria no hacerlo.
—Si lo
deseas puedo llevarle a la plaza central ahí todavía hay brindis…
—No hace
falta. Saldré a caminar sola estoy segura que podré encontrar la plaza sin ti.
Has sido muy amable.
—¿Estás
segura dama?
El dueño del hospedaje que bebía detrás de una
barra y seguramente era alguno de los parientes del joven le dijo —Birhun,
cuando una dama te dice que no desea tu compañía es un buen momento para
retirarse. En especial si esa dama porta una espada como esta que estás viendo.
Pero Guy ya
había salido a la calle para cuando el hombre terminaba de decir esto. Ahora de
día la aldea tomaba otro color. Algunos de los establecimientos que la noche
anterior habían estado abiertos estaban cerrando. Le gente finalmente
descansaba. Caminó tratando de recordar las calles hasta llegar a divisar la
plaza central. Allí muchos hombres y mujeres todavía festejaban. Dos hombres
pasaron por al lado de ella que no pudo dejar de notar pues estos si eran
koriens de raza pura. Estaban vestidos de blanco y dorado. Ambos llevaban las
mismas ropas. Unos gorros cilíndricos adornaban sus cabezas. Pensó que quizás
se tratase de alguna tradición o de una ropa ceremonial. Pero le sorprendió ver
que al igual que ella también llevaban espadas. Ellos también notaron que ella
andaba armada. Cuando los tuvo lo suficientemente cerca saludo.
—¡Feliz día
del sol!
Los hombres
la miraron y torcieron una sonrisa. Pero no contestaron y siguieron caminando así
como lo hizo ella. Aunque notó que detrás de ella se habían detenido y la veían
caminar hacia la plaza. Decidió ignorarlos. No representaban todavía una
amenaza ni deberían hacerlo. No estaba familiarizada con las costumbres de la
provincia de Koria y quizás era hora de que empezase a hacerlo. Escuchó la voz
de alguien que la llamaba.
—Joven,
joven. —llamaba una voz de mujer.
Guy buscó a
quien le estaba hablando. Una anciana le hacía señas desde la esquina. Se
acercó a la mujer. —¿Acaso me llama a mí?
—Sí. Puedo
ver muchacha que no eres de aquí.
—¿Tanto se
me nota en el rostro?
—No tanto
en tus rasgos de noble como en tus manos de guerrera. Pero no eres tú lo que te
delata, es que no usas uno de estos —La mujer le mostró un colgante que
llevaba. Estaba hecho de metal, era grande como para que se notase a la
distancia, tenía poco de sutil y mucho de llamativo. Era circular y desde
adentro del mismo sobresalía una única llama dorada. Tres rayos delgados salían
del centro hacia abajo—. Es el sol de invierno.
—¿Cómo has
dicho mujer?
—El sol de
invierno —Repitió la anciana pacientemente— Es una de las cuatro caras del dios
sol. Para estas fiestas todos usamos uno de estos para que el dios sol sepa que
somos uno de los suyos —La anciana se quitó el colgante y se lo ofreció a Guy—.
Sé quién eres peregrina. Tú eres Guy de Montevid la mata dragones. Lo sé porque
me enteré que llegaron viajeros de Fenor y entre ellos estabas tú. Y como solo había
dos mujeres en el grupo deduzco que eres tú porque sin duda eres la más joven.
—Soy quien
dices noble mujer. Más no puedo aceptar tu obsequio —La mujer refunfuño y volvió
a ofrecérselo. Guy que vio que la cuestión no avanzaba metió una mano en su
bolsillo en busca de algo de dinero—. Déjame darte algo a cambio del mismo
entonces.
—No hay
nade que busque de ti joven. Solo ofrecerte esto.
—Pero te
quedaras tú sin tu amuleto.
—Este no es
mi amuleto, querida. Tengo dos hijos que lucharon en la batalla de Fenor
aquella noche. Uno murió allí y el otro sobrevivió y me trajo el amuleto de su
hermano —La anciana mostró que ella debajo de su ropa llevaba un segundo
amuleto —. El que sobrevivió me ha contado sobre ti. Y el que murió me ha dicho
en sueños que esto ahora te pertenecía. Úsalo sería un honor para mi familia
que Guy de Montevid lo llevase.
Guy aceptó
el regalo. La mujer la sostuvo y le besó las mejillas, algo que en parte sintió
como un atrevimiento pero perdonó a la anciana, que solo estaba emocionada.
Empezaba a
entender lo que le había pedido el rey. Y era una carga que le costaría llevar.
Con el amuleto ahora puesto se mezcló entre la gente. No probó bocado alguno ni
bebió de ningún vino o licor. Por más que era resistente al alcohol no estaba
de humor para probarlo. Era una extraña ahí. Pero gracias al obsequio de la
anciana empezaba a sentirse menos forastera.
—Usted
debes ser la Mayor Guy
de Montevid. ¿O me equivoco?
Otra vez
era sorprendida por alguien que la conocía mientras que ella no sabía quién le
hablaba —Sí, soy quien nombras. ¿Quién es usted? —preguntó al hombre que le había
interrogado antes.
—Soy Kuntur,
y por decirlo de alguna forma soy quien gobierna aquí. Me alegra mucho que se
haya unido a nuestra celebración. A parte veo que lleva uno de nuestros
amuletos. Son de buena suerte ¿Sabe?
—¿Sí? No sabía
eso. Espero tener buena suerte.
—Sin duda.
Tengo que preguntar. ¿Qué los trae en misión por aquí? —Kuntur era alto y
estaba excedido de peso por la buena vida que llevaba. Alguno de sus ancestros directos
había sido un Korien de raza pura pues su piel era cobriza pero en su cabello
que ya estaba algo canoso se notaban mechones cafés.
—Estamos en
camino a Kirun. Solo vamos de paso por aquí. Aunque estamos reclutando hombres
en nuestra misión. Cualquiera que sea fuerte y desee unirse a las tropas de
Fenor.
Hombres,
mujeres… no tenemos mucho de eso aquí. Podemos darles víveres y otras cosas pero
no podemos darles hombres, aquí no hay nada de eso. —contestó agitando su
cabeza en forma de negación.
—Vi hace
poco a dos hombres armados. Vestidos de blanco y dorado.
—¿Se
refiere a los sacerdotes del sol? Ellos no son los únicos armados en la aldea. También
está la guarnición de la torre vigía y varios más que reclutamos para que nos
cuiden. Pasa mucha fortuna por aquí. Eso es sabido. Pero estamos tranquilos.
—¿Sacerdotes?
¿Y por qué llevarían espadas los sacerdotes?
—Desde que
mataron al sumo sacerdote de la
Luna en Fenor, Guipac el iluminado, sacerdote del sol ha
permitido que sus hombres viajen armados. Es una cuestión de seguridad, que a
nosotros no nos molesta.
—¿Y en qué
tiempo han aprendido estos clérigos a usar espadas?
—No
entiendo a lo que se refiere, dama de Montevid.
Guy no
estaba conforme con las respuestas. Clérigos que portaban armas era como decir
soldados que bendecían personas. Pero no insistió de momento con eso. Agredir
la religión de quien estaba delante de ella no era la más sabia decisión y sin
duda nada bueno saldría de eso —No importa. —definió.
—Se están
en camino a Kirun todavía les falta un poco para llegar. La capital de Koria está
todavía a varios días de aquí a caballo. Y podrán pasar por un par de ciudades más
antes de llegar al puente de Bridan. Que es el límite de las tierras de Minbou
y el principio de las tierras de Kirun. Hoy a la tarde parte una caravana hacia
Minbou que es la capital de esta región. Es bastante más grande que aquí. Allí podrán
reclutar hombres estoy seguro de ello. Puedo arreglar que viajen con esta caravana
si lo desean.
—Les
estaremos agradecidos por esto Kuntur señor de Rimblau. —dijo Guy y se inclinó
ante el hombre que le devolvió el saludo.
Después
de agradecimientos y saludos y de nuevamente mantener contacto con la otra
torre vigía, continuaron rumbo a Kirun. Todavía quedaba un camino largo por
recorrer y ahora viajarían en compañía de un grupo de comerciantes. En total eran
treinta personas contando a los hombres de Guy. Los comerciantes eran lentos e
indisciplinados pero viajar hasta su próxima parada en compañía de hombres que
conocían el camino era una mejor opción que adentrarse en una tierra que jamás habían
pisado sin guía alguno. Lo único que inquietaba a la mayor era la presencia de
los dos clérigos que se había encontrado en la aldea anterior. Sus nuevos
compañeros parecían disfrutar el viajar junto a sus sacerdotes. Sobre todo a
las mañanas donde realizaban pequeñas ceremonias. Guy y Nin se encargaban de
acortar de una manera delicada tales fiestas para poder continuar cuanto antes,
pero sabían que no era bueno intervenir demasiado en sus ritos y que era más
prudente pretender que en cambio los disfrutaban. Aprovechaban el tiempo para
entrenar a sus soldados.
En
su camino al este seguían viajando también cada vez más al norte. El frío seguía
aumentando y aunque todavía no nevaba sabían que pronto comenzaría. Cuando las
nubes grises cubrían el cielo de una forma amenazante los comerciantes decían
que “el sol se estaba vistiendo de invierno”. Salieron del bosque el primer día
de viaje. Si miraban al norte todavía podían ver las montañas no tan a lo
lejos. Siguieron avanzando, cruzaron un río y un par de arroyos y la tierra parecía
cada vez más desierta. Los árboles que veían ya no eran gruesos y fuertes sino
finos y delgados y se doblaban cuando soplaba el viento. Y cada vez que soplaba
el viento Guy se tapaba más la cara con su capa. Hasta el punto que solo
quedaron sus ojos expuestos y la mano con la que guiaba a su caballo. Kuntur había
prometido que al llegar a Minbou el grupo que Guy acompañaba les entregaría una
suntuosa cantidad de oro. Esto les permitiría financiar mejor su expedición y a
Kuntur la oportunidad de quedar bien con quien en otro momento recaudaría
impuestos en su aldea. Kuntur era un hombre práctico y como buen comerciante
esperaba que todo se resolviera con dinero. Él no tenía hombres que ofrecer
pero ayudaría a pagar los que hicieran falta., Cuando había necesitado protección
no le había dado vergüenza hacerse de algunos mercenarios o de sobornar a la guarnición
de la torre para que actuase en su beneficio. El dinero que Kuntur
supuestamente le daría era el primer beneficio que obtenían en este viaje. Y
esperaban reclutar al menos algunos hombres en la próxima ciudad.
Después
del cuarto día de viaje, en la tarde más fría que habían pasado desde salir de la Fortaleza de Fenor
escucharon la música de una lira. Cruzaban en ese momento un bosquecillo de árboles
finos por un camino de piedra que llevaba años ahí construido para el comercio
y el paso militar. Sobre una gran roca que llevaba una inscripción estaba sentado el hombre que ejecutaba el
instrumento. Estaba vestido de azul y celeste, y con los cabellos negros y
rizados que caían sobre sus hombros. Sus ropas eran pesadas y abultadas y se
notaba que estaba acostumbrado al frío de la región. Sus ojos eran grises y
dejaban ver algún antiguo linaje korien. Concentrado en su música ni siquiera
advirtió la presencia de la caravana en la que viajaban los enviados del rey Urael.
—Disculpa, músico,
pero deseo leer lo que está inscripto en la roca sobre la que estas y tus piernas
no me lo permiten —Pero el hombre no reaccionó—. Disculpa… —El hombre seguía
tocando su instrumento y no prestaba atención a las palabras de Guy. La lanza
que la mujer cargaba lo empujó con suficiente suavidad para no lastimarlo pero
con firmeza al mismo tiempo, al hombre que recién ahí reaccionó.
—Sí. ¿Disculpa,
que era lo que deseaba?
—Leer la inscripción
en la roca.
El músico
se acomodó en la piedra de una forma en la que sus piernas no interfiriesen la
vista de la inscripción.
Guy leyó en
voz alta —“Estas son las tierras del caballero Bridan, defensor de Koria,
enviado del sol. Que nadie olvide jamás su valor o su fortaleza. No podrá el
tiempo llevarse su nombre así como no puede el viento llevarse esta roca.”
Ducúñar VI. —Estaba escrito en la antigua lengua Korien. Ducúñar VI había sido
uno de los últimos reyes de la dinastía Dulis de Koria. Incluso de antes que la
alianza se formase. Nin y los hombres de Guy que habían escuchado sus palabras
no habrían sido capaces de leer tal inscripción y tampoco sabían sobre el rey
Ducúñar VI. La mayor de Montevid indicó a la caravana que continuase y ella se
quedó a conversar con el músico que había despertado en ella curiosidad.
—Esos
estandartes que llevan tus hombres… ¿Son ustedes del ejército real de Fenor?
—Así es.
—Interesante.
—Agregó el hombre y luego retomó su música.
—¿Eres tú
de la ciudad de Minbou?
—No, soy de
Tulis. Pero estoy de paso ahí. Mi trabajo me lleva a todas partes.
—¿Tu
trabajo?
—Soy bardo.
Un poeta, un músico, un viajero que escribe historias de sus aventuras. Puedes
llamarme Ilko, dama.
Guy inclinó
levemente su cabeza —Yo soy Guy de las vides de Montevid, mayor del ejército
real de Fenor —Y luego agregó —. Y hermana de la ilustre orden del gato azul.
Ilko
levantó su cabeza y por primera vez demostró algo de interés en quienes estaban
pasando por delante de él —¿Guy la mata dragones?
Guy sonrío —Ja,
¿Con ese nombre han de conocerme?
—¿Es usted
la dama de la batalla de Fenor?
—Soy quien
nombras. En misión a Kirun.
—¡Oh! Es un
honor estar en tu presencia. Antes de Kirun deberán pasar por Minbou que no
queda lejos. Me encantaría acompañarles. Estaba camino allí de todas formas.
—Recoge tus
cosas entonces. Alguno de nuestros compañeros comerciantes hará lugar en su
carreta para que viajes con ellos.
—Muchísimas
gracias. Quizás escriba canciones sobre ti.
Guy no
contestó y dejó que el hombre fuese por sus pertenencias. Detrás de la caravana
esperaban los dos clérigos que habían observado detenidamente la conversación
entre Guy y el bardo.
Pasaron
el resto del viaje acompañados por el bardo hasta llegar a las murallas de la
ciudad de Minbou. Minbou era la segunda ciudad más importante de la provincia
de Koria. Los muros de piedra y ladrillos asentados con mortero eran casi tan
anchos como altos. El perímetro de la ciudad se extendía miles de pasos en
todos lados. Y dentro de la misma podían verse niveles donde las estructuras más
importantes estaban protegidas todavía por más muros. Afuera de la ciudad podían
verse las granjas y campos de cultivos. Minbou era una ciudad rica así como lo
era Kirun. Decenas de miles de hombres vivían allí. Guy esperaba empezar a
reclutar hombres para su campaña finalmente ahí. Los guardias de Minbou
reconocieron enseguida de quien se trataba y dieron paso a la caravana que al
llegar la noche ya se había establecido con comodidad en la ciudad. Esta vez
los cuarteles de Minbou fueron el lugar de descanso para los soldados del rey
Urael que habían viajado desde Fenor. Las fiestas por otra parte continuaban y
Guy se encargó de programar un encuentro con el gobernante de la ciudad para el
día siguiente. Los clérigos del sol se reunieron con otros como ellos y después
de bendecir a algunos de los comerciantes desaparecieron entre la multitud. Lo
que dejó a Guy por alguna razón más tranquila. Los hombres de Kuntur cumplieron
con su parte y entregaron a la mayor una suma importante de dinero para
financiar su causa. Vicay el médico, Nebrá, Nin Guy y los diez soldados
descansaron esa noche sabiendo que al alba despertarían por el bullicio de la
ciudad. En cuanto a Ilko, el bardo supo encontrar lugar antes que sus escoltas,
dentro de una gran taberna llamada “el cerdo”. Atendida por su propio dueño
Prefult, el cerdo.
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