domingo, 7 de mayo de 2017

04 - Minbou



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Ciudad de Minbou, provincia de Koria.
Día 22 del noveno mes de 1280 del calendario de Finvir.


            Guy cruzó la puerta de la taberna y le repugnó el aire viciado del lugar. Detrás de ella estaba el capitán Nin. Había amanecido hacia dos horas y algo de la fiesta todavía continuaba. Ilko les había pedido que viniesen. Guy decidió pasar a saludar por pura cortesía. Se sentaron en una mesa pequeña y redonda donde daban unos pocos rayos del sol. La madera de la mesa como la de la mayoría del mobiliario de la taberna era de color rojiza pero estaba sin pintar. La mayor no era amante de la cerveza pero sintió que el vino del lugar ofendería a su paladar. La primera jarra bajo rápidamente.
El bardo que había estado jugando dardos, tomando y apostando toda la noche pasó a saludarlos —Veo que se están acostumbrando a las fiestas del sol.
—Algo así. —dijo Nin terminándose el contenido de su segunda jarra.
—Desean comer algo. Mi amigo Prefult sabe preparar varios platos.
Guy miró al cantinero que hacia justicia a su apodo y respondió —Prefiero las raciones del ejército.
—Me veo obligado a pedirte dama de Montevid que nos cuentes a los aquí presentes la historia de la batalla de Fenor.
—No creo que… —Pero Guy no podría terminar la frase.
—Señores su atención por favor —Ilko se levantó de su silla y saludó a los presentes. La gran mayoría lo conocía desde hacía tiempo. Otros habían pasado la noche en el mismo lugar que él—.  Esta dama que ven aquí es Guy de Montevid y él es el poderoso capitán Nin. Ambos han luchado en Fenor contra el malvado rey orco. No sé qué piensen ustedes, pero yo deseo escuchar esa historia. —Los hombres y mujeres presentes vitorearon y alguien propuso un brindis que nadie entendió pero se hizo igual. Nin se reía a carcajadas pero Guy hacia todo menos sonreír.
Una rápida mirada a la gente del lugar le basto a la mayor para darse cuenta de que no solo era una de las pocas mujeres allí, sino que tampoco se encontraban korien de raza pura. Los había visto en los cuarteles como soldados y en todos lados desde que había llegado a Minbou pero no allí y en realidad no en esa zona. Le llamó la atención. Se vio forzada una vez más a contar la historia de la batalla de Fenor, por lo menos la parte que ella recordaba. Y cuando contó cómo había matado al dragón todos festejaron y volvieron a brindar. Nin siguió contando la historia y narró a su manera lo que había visto. No recordaba los nombres de los guerreros de la orden del gato azul que habían peleado en la batalla. Solo el de Neilad, el de Maz y el de Serotonino el mago rojo porque lo había llevado a la enfermería él mismo. Y como no recordaba sus nombres los llamaba “el muerto” cuando hablaba de Zauner o “la Armadura” cuando hablaba de Sugum y así describía a todos. Incluso Neilad muchas veces era llamado el hombre de blanco.  Cuando Nin terminó su parte de la historia Guy retomó sobre lo que había pasado con ella en Lurand, en el palacio de plata. El bardo se sintió fascinado por la historia y constantemente interrumpía preguntando sobre detalles que Guy pasaba por alto. Guy terminó la historia y llegaron los aplausos. Era una buena historia y Guy empezaba a darse cuenta del valor de ella.
—Yo ya he contado mi historia bardo. Espero que tengas alguna tú también. —Guy había bebido ya tres jarras de cerveza y todavía conservaba su porte y seriedad.
Ilko estaba en cambio bastante ebrio, lo suficiente al menos como para estar más alegre que de costumbre —Le estas pidiendo una historia a un bardo y tengo cientos de ellas. Pero en estas fiestas son nuestras historias más clásicas las que contamos.
—¿Como la del caballero Bridan, que ha sido inmortalizado en esa roca al venir hacia aquí?
—Exacto. Voy a contar esa historia entonces. Pero es una historia muy larga y tiene muchas partes. Voy a omitir algunos detalles —El hombre se puso de pie y comenzó a contar la historia llevando su mano izquierda a su pecho y haciendo un ademan con la derecha— pues no recuerdo las rimas del poema así que solamente narraré la historia del caballero Bridan —Los hombres y mujeres del lugar festejaron al escuchar su nombre—. Bridan fue el más valiente de los hombres. Nació aquí, en las tierras de Koria hace incontables generaciones atrás durante la dinastía de los reyes de Dulis. En ese entonces las tierras de Koria eran gobernadas por tres reyes. Cada uno en una de las tres ciudades que habían fundado las hijas del sol. Y allí están ellas en tu amuleto dama de Montevid —dijo el bardo y señaló el nuevo colgante de Guy quien entendió el significado de los tres rayos—. Tulis, Minbou y Kirun. Bridan era el sobrino del rey de Minbou. Y cuando este era pequeño el rey notó su increíble habilidad sobre el caballo. Bridan era un jinete excelente y un diestro guerrero. Por esto el rey de Minbou le regaló el mejor caballo que poseía su reino. Y así comenzaron sus aventuras. En esos tiempos era común ver a las tres ninfas caminar por estas tierras. Se dice que un día ellas tres se pelearon y comenzó así una guerra. Los tres reinos hermanos comenzaron a luchar unos con otros. Nadie sabe con exactitud el motivo de su disputa, pues en cada reino te contarán una historia diferente, de alguna forma cada uno deseaba probar quien era más devoto al sol. Sí es sabido que los tres reyes defendían cada uno su territorio con feroz celosía. La guerra duro casi un año y miles de hombres enfrentaron a sus amigos y hermanos de reinos vecinos. Un día el sol se cansó de ver pelear a las tierras de sus hijas. Decidió entonces hacerles un regalo a cada una de ellas. Y decidió que Bridan el mejor jinete que había existido fuera quien entregase sus regalos. El sol se le presentó en un sueño a nuestro gran héroe y le indicó que a al día siguiente fuese solo a una gruta que no se encontraba lejos de donde él estaba y que pasase tres noches allí cada vez adentrándose más. Y que a la mañana del cuarto día cuando despertase sus poderosos rayos de luz atravesarían un hueco entre las paredes de la gruta y que allí donde muriesen él debería cavar. Y encontrar así los regalos para las hijas del sol. Le hizo prometer el que le entregaría a cada ciudad uno de los regalos que serían idénticos. Así sabrían todos que las tres ciudades eran iguales. Bridan que jamás desafiaría al sol hizo todo lo que dijo el dios y cuando despertó al cuarto día la luz de los rayos del sol indicaban un lugar en el suelo. Allí cavó con su espada y con sus manos y finalmente encontró los regalos del sol. Tres piedras ovaladas de color ámbar. Cada una de esas piedras podía sostenerlas con una sola mano ya que eran aproximadamente del tamaño de su puño. Guardó entonces las tres piedras y partió en busca de Minbou y del rey. Cuando estuvo frente a ellos mostró las tres piedras y dijo “Estos son regalos del dios sol, una para cada una de sus hijas, yo le entregaré a cada una de ellas uno de estos objetos, pues he sido elegido para ello, pero deben primero terminar todos con sus batallas”. Así su tío accedió a detenerse siempre que también lo hicieran Tulis y Kirun. Bridan partió entonces a Tulis, y como su madre era una de las princesas de ese reino no le fue difícil llegar. Allí repitió lo que le había dicho a su tío “Estos son regalos del dios sol, una para cada una de sus hijas, yo le entregaré a cada una de ellas uno de estos objetos, pues he sido elegido para ello, pero deben primero terminar todos con sus batallas”. El rey de Tulis, quien era uno de sus abuelos le dijo que él también accedería a detenerse, pero que convencer al pueblo de Kirun sería muy difícil pues se había enterado de que el tenia los tres regalos y habían asumido que no le entregarían el suyo. Y, que llegar a Kirun le sería imposible. Porque para poder llegar a la ciudad tendría que atravesar un gran cañón que había formado un inmenso río que dividía a los dos reinos de Kirun. Pero nada detendría a Bridan en su misión. Su madre era la hija de la princesa Narxu de Koria y ella le había entregado un amuleto que le permitiría detener el flujo del rio y así poder cruzarlo nadando con facilidad. Ella le dio entonces este amuleto para poder cruzar el rio. Cuando llegó al único puente que habían dejado en pie los habitantes de Kirun que no deseaban que nadie cruzase, entendió que pasar por allí le resultaría imposible porque del otro lado estaba el ejército de ese reino. Cuando los soldados de Kirun  lo vieron comenzaron a perseguirlo y Bridan cabalgó río abajo hasta que del otro lado de la orilla los soldados no pudieron verlo más. La velocidad de la montura de Bridan era inigualable. Los soldados terminaron por creer que había escapado como un cobarde. Pero Bridan siguió cabalgando hasta que encontró una parte donde pudo descender hasta el río. Y ayudado por el amuleto, herencia de su abuela, enfrentó a las potentes corrientes del río. Llegó a la otra orilla y nuevamente subió por el cañón llegando a las tierras de Kirun estando todavía acompañado por su caballo. Siguió cabalgando con destino a la ciudad de Kirun y aunque era perseguido por el ejército del reino nunca fue alcanzado. Y se presentó ante Kirun que quedó impresionada de la hazaña del hombre. Bridan prometió entregar las tres gemas al mismo tiempo pero para esto debía regresar la paz. Como símbolo de esta unión mandó a construir un puente que cruzase por el río que dividía a Kirun justo en el punto de las tres fronteras. Durante años hemos llamado a este puente el puente de Bridan. Y aun hoy es de vital importancia para el comercio y el ejército. Y deberán pasar por ahí obligatoriamente si es que van a Kirun. En ese lugar Bridan entregó las gemas a las tres ninfas hijas del sol. Y a partir de allí los tres reinos se unieron en una sola nación que comenzó a llamarse Koria, que significa, “el reino del sol”. Así la nueva nación comenzó a crecer cada vez más y gracias a la nueva unión las tierras prosperaron. —El bardo se detuvo un segundo y tomó de una jarra de cerveza porque su garganta estaba seca de tanto narrar. Los hombres y mujeres del pueblo que estaban escuchando parecían felices de escuchar la historia una vez más. Quien sabe cuántas veces esa historia había sido narrada tan solo en esa taberna.
Guy observó a su alrededor, nadie aplaudía o festejaba, aunque la historia parecía haber llegado a su fin —Ha sido un bella historia. Cuando era pequeña y estudiaba sobre el pasado de Fenor pero con mis tutores nunca escuché sobre Bridan.
—La historia de Bridan no se acaba ahí dama de Montevid —continuó el bardo— Pues vivió muchas otras aventuras después. Solo te he contado el comienzo. Y para ser justos también te contaré el final —Ilko había tomado otra vez su lira y tocó algunos acordes, luego recordó el alcohol, la dejó a un costado y continuó narrando la historia mirando a Guy a los ojos —. Desde aquella vez en el puente años transcurrieron en paz. Y se supo que la mismísima ninfa Kirun se había enamorado de Bridan y así también él de ella. Pero no estaban destinados a estar juntos. Una guerra estalló en Kiem, tan importante fue que todas las razas participaron de ella incluso la raza de los dioses. Las hordas enemigas atacaron Koria después de conquistar todo lo que había detrás de ella. Pero el caballero Bridan las detuvo. Reclutó soldados de todo el territorio, los entrenó hasta convertirlos en los mejores y partió en busca de sus enemigos. Y así en una feroz batalla detuvo a los invasores. A los hombres de Bridan se los conoció como a los brídicos. El ejército de los Brìdicos peleó en la frontera impidiendo que los enemigos invadiesen Koria. Kirun les prometió entonces una ciudad maravillosa para que el ejército de Bridan se reuniese allí y estuvieran siempre preparados para defender Koria. Esta ciudad estaría rodeada por el frío de las montañas del norte. Allí el clima y el territorio no permitirían jamás que la ciudad fuera tomada. Cuando Bridan regresó de su campaña, exitoso, dirigió a sus hombres a la ciudad entre las montañas. Pero entonces se desató el más frío de los inviernos. Y algo peor sucedió, el río del gran cañón se secó. Y en las montañas el glaciar creció y la ciudad de Bridan se congeló. Nunca más regresó el héroe a ver a Kirun. Y nunca más Kirun encontró a la ciudad de Bridan perdida en el hielo del glaciar. Ese fue el final de Bridan. Kirun enfermó de tristeza y finalmente se convirtió en fuego. Aun hoy en la ciudad de Kirun, si pasas por el gran templo del dios sol verán las llamas eternas de Kirun, que han estado encendidas desde el día en que ella dejó de existir. —Los hombres brindaron y bebieron y rezaron algunos versos en silencio por la tristeza que sentían por Kirun. La historia que había sido contada infinitas veces seguía apasionando a los habitantes de la ciudad. La narración mezclaba la historia y la leyenda en la voz del bardo, que nuevamente había tomado su lira, pero que todavía no tocaba ninguna nota.

Guy disfrutó del intercambio de historias. Brindaron repetidas veces, hasta que llegó el mediodía. Ya casi nadie quedaba en la taberna y Prefult el cerdo bostezaba. Cuando Guy y Nin salieron de allí el bardo había vuelto a cantar y tocaba su lira para un escaso público de tres personas. Una de ellas se había rendido al sueño desde hacía horas. Ilko sonrió una vez más y prometió acompañarla a su próximo destino. Guy consideró que posiblemente jamás lo volvería a ver.

Minbou era una ciudad muy poblada. Guy estaba acostumbrada a sus campos y a la relativa intimidad de la fortaleza de Fenor. Regresó a los cuarteles y allí comenzó a planear sus próximos movimientos. Apartados de los demás en una las barracas vacías Guy y Nin se centraron en administrar sus recursos. Lo primero fue recontar el oro que le habían ofrecido como obsequio en la aldea de Rimblau. El arcón llevaba quinientas pequeñas monedas de oro y doce rubíes de gran tamaño, como habían sido registrados en las actas que llevaba Nebrá. El rey le había dado a Guy para su misión el total de cien monedas de oro y su equivalente en bracs, que eran las auténticas monedas del reino de Fenor. Cada moneda de oro podía ser convertido en cincuenta bracs. A su vez cada brac podía ser convertido en dos hanbracs o en cinco libracs. Todas estas eran monedas forjadas en cobre. Urael de Fenor se había encargado de unificar la moneda del reino y de hacer acuñar estas nuevas monedas, con la intención de hegemonizar la economía interna. Las monedas de oro o plata, que valían la quinta parte de una de oro, solían utilizarse para comerciar con reinos extranjeros. La paga a los soldados era semanal y se les pagaba según sus rangos. El soldado raso cobraba cinco bracs a la semana y se les proporcionaba comida abrigo y refugio. Los reyes de Fenor acostumbraban enrolar a sus soldados de forma tal que fuese voluntaria. Salvo en extremos casos no se obligaba a los hombres a unirse al ejército. Los oficiales más altos eran en muchas ocasiones nobles y terratenientes que comandaban sus propias tropas. Pero aquellos nobles que habían decidido servir al ejército respetaban el orden jerárquico y era el rey quien le asignaba la cantidad de tropas que estaban bajo su mando según su rango. Así se mantenía el orden dentro del ejército y se garantizaba la seguridad de los campesinos. Ningún noble podía tampoco engrosar sus filas con más hombres de los que les permitía su rango sin el permiso del rey. Con lo que tenía ahora entre las provisiones y el sueldo de sus soldados podría financiar una campaña de mil hombres por seis meses. Pero no tenía intenciones de que su misión durase tanto tiempo y pensaba en grande.

—Nuestra misión es reclutar cuantos hombres podamos para comenzar con su entrenamiento cuanto antes. Pero me he dado cuenta de que no solo debemos conseguir hombres sino también armas y equipo. El rey me ha dado tiempo y me ha asegurado recursos para poder movilizar tropas por el reino y terminar de fortificar la fortaleza de Fenor. Cuando hayamos conseguido suficientes para completar las defensas, podremos elegir a los mejores. Admito que la idea de guiar a un grupo de campesinos inexpertos no me entusiasma. Tendremos que convertirlos pronto en buenos soldados.
El capitán Nin asintió con la cabeza —He escuchado entre los soldados de aquí, que el gremio de herreros de Minbou es conocido como uno de los mejores y más grandes. Y en una ciudad tan poblada reclutar hombres nos será más sencillo que en la aldea anterior.
Nebrá se acercó cortésmente para no interrumpir, y luego de saludar a Nin y a Guy le informó a la mayor —He terminado los arreglos para que se encuentre con el gobernante de la ciudad y varios de los más importantes miembros de su corte.
—Nin, te pido entonces que comiences a reclutar cuantos jóvenes puedas. Ponte en contacto con la autoridad militar más alta aquí. No nos llevaremos a quienes reclutemos esta vez, o por lo menos no a todos. De cuantos reclutemos llevaremos la mitad con nosotros y la otra mitad se quedara aquí. Llevaremos tropas entrenadas a nuestro próximo destino. Así que la misma cantidad que dejemos nos llevaremos de soldados entrenados. Todos aquellos hombres sin lazos estrechos con la ciudad y dispuestos a marchar bajo mi mando.
—No creo que al general le guste esa idea. —exclamó Nin que entendía lo que pedía Guy pero no le entusiasmaba la idea de enfrentar con tal propuesta a un superior.
—Tu solo infórmale, yo me encargaré de convencerlo. Desentiéndete de la respuesta que te dé a ti —Miró a Nebrá—. Usted encárguese de que ese hombre este esta noche en la reunión. Le sugiero que se lo proponga antes de que Nin le pida lo que deseo.
—Así se hará dama. –contestó Nebrá.

            Minbou estaba repleta de callejones y callecitas que se entrecruzaban de una forma desordenada. Además contaba con varios muros de defensa internos que separaban en tres secciones diferentes a la ciudad. Minbou había crecido a lo largo de los siglos y su población que aumentaba cada vez más demandaba más espacio habitable. Por esto varios reyes y gobernantes pasados habían expandido el perímetro de los muros. La parte de la población más adinerada estaba en el centro y allí también los edificios de gobierno y los templos religiosos más importantes. A Guy le tomó dos horas llegar en carreta hasta allí acompañada por Nebrá. Desde el interior del carruaje observaba a la ciudad mientras atardecía. No importaba por donde pasasen las guirnaldas blancas y doradas estaban por todos lados. La primera sección de la ciudad, la más externa, y también la más pobre no tenía ornamentos tan sofisticados como los que vería después, pero era sin duda la que estaba más viva. La gente se preparaba para la fiesta de esa madrugada de manera más alegre y los niños y niñas muchas veces corrían de aquí para allá con ropas de los colores del sol como si estuvieran preparados para algún tipo de actuación o baile. La segunda sección era la de los comerciantes y el poder adquisitivo de los mismos podía apreciarse en la suntuosidad de sus arreglos. Varias fuentes de agua poseían en su centro un espacio donde encendían fogatas que alcanzaban gran altura. La última sección era la más solemne. El carruaje de Guy atravesó la entrada principal y todo el camino estaba marcado por faroles de aceite. Incontable cantidad de ellos guiaban a los carruajes hasta el edificio principal. Las fiestas de la luna en las que desde pequeña había participado en Fenor no podían compararse con lo que estaba presenciando ahora. La ciudad de Minbou demostraba todo su poderío económico y su profunda fe religiosa.

            La sala del palacio de gobierno donde se celebraría la fiesta esa madrugada estaba llena de nobles y terratenientes. El calor de la habitación contrastaba con el intenso frío del exterior. Desde la puerta Guy no tardó en notar a los sacerdotes del sol, era lógico suponer que se presentarían en esa fiesta religiosa. Los sacerdotes seguían estando armados así como unos pocos guardias equipado con picas en las muchas puertas que se abrían desde la sala. Guy llevaba un vestido amarillo pálido que había adornado con un lazo blanco en su cintura. El color de su ropa era casi el mismo que el de sus cortos cabellos. El escote por más pronunciado que hubiera sido nunca hubiera revelado mucho pero aun así sus hombros no estaban cubiertos por el vestido. Pero en su hombro izquierdo Nebrá había agregado al vestido una pieza de tela en la que había colocado flores blancas de diversos tamaños. Muy a disgusto de Guy la había forzado a llevar varias pulseras doradas que disimulaban un poco sus cicatrices en los brazos. La noble de Montevid era joven aun, pero muchas de las cortesanas de su edad estaban ya casadas. Entrar sola a la sala llamaría la atención, pero eso en ese momento era algo a su favor. Nebrá susurró algo a los oídos del siervo que le había abierto la puerta. Era costumbre que los invitados más importantes fueran anunciados.
El hombre de edad avanzada y porte impecable tomó una campana de una mesita que se encontraba junto a la puerta y la hizo sonar, hasta que la habitación estuvo en silencio —Su atención por favor. La noble dama Guy de las vides Montevid de Gono, Mayor del ejército real de Fenor, conocida también como Guy la Mata-Dragones saluda a los presentes y rinde sus respetos a Guiles de Minbou y al gran ovispo Tifun de Koria.
Guy que se sintió un poco sorprendida por tal presentación apenas reaccionó como para hacer las adecuadas reverencias. Los presentes aplaudieron su entrada ya que como había advertido el rey ella era una leyenda que caminaba. Aprovechó para identificar a las dos personas más importantes esa noche, Guiles el gobernante de Minbou y al ovispo del sol de esa ciudad. Pronto la rodearon muchos hombres y mujeres de la corte y poco a poco se fue acercando hasta donde se encontraban Guiles y Tifun. A diferencia de la taberna en la que había estado esa mañana allí prácticamente todos eran Korien de raza pura.
           
            Guiles le recordó un poco a su padre. Tendría la edad que hubiera tenido él de no haber muerto pero era bastante más alto. Y por sobre todas las cosas inspiraba confianza como lo hacía su padre. A su lado estaba su esposa, una mujer algo rolliza pero de sonrisa fácil. Y una de sus hijas llamada Karin, unos pocos años menor a Guy. Los tres eran de cabellos rubios pálidos y ojos ámbar y su piel parecía dorada. Karin llevaba una estola tejida en un hilo extremadamente blanco y suave. Tifun estaba apartado y no tuvo ninguna intención de acercarse. Guy presentaría sus saludos después personalmente.
—Guy de Montevid, tienes los ojos de tu padre. La misma mirada, la misma pasión se escapa de ellos sin poder disimularse. —Guiles sonreía y podía verse que era honesto en su gesto. Realmente se alegraba de estar frente a esa mujer.
—No sabía que había usted conocido a mi padre.
—Sí, dama. Cuando yo era joven, muy joven, más que tú. Yo ya era entonces gobernante aquí y decidí viajar a Gono. Tu padre me permitió quedarme en lo que hoy son tus tierras. He conocido tus vides. Y aun guardo algo del exquisito vino que me regaló al cual atesoro. Eres bienvenida aquí.
—Me alegro de escuchar esas palabras.
Karin, que tenía aspecto de ser un poco malcriada, interrumpió —Que hermoso atuendo vistes. Pero ¿Qué es esa imagen en el prendedor que llevas? Acaso ¿Un gato azul?
—Sí, exactamente. —Guy empezaba a acostumbrarse a usarlo, con cierto orgullo.
—Qué extraña forma tiene. —insistió.
—Lo han forjado dos enanos de quienes he visto maravillas incluyo mayores que este humilde prendedor —la mayor quiso devolverle el cumplido y acotó-. Tu estola es realmente hermosa. ¿De qué material está hecha?
Karin rio infantilmente —Es el pelo de mi perro. Yo misma lo he hilvanado y luego he tejido esta estola.
­—¿Realmente? —preguntó guy intrigadísima.
—Dragones y gatos azules. Qué vida tan interesante llevas. —Acotó la mujer de Guiles con dulzura intentando que su hija no llevase la conversación hacia cualquier lugar.
—Siéntate a nuestro lado y nos contaras de ella esta noche. —Guiles acercó una silla a Guy y pronto la cena comenzó. Otras personas importantes de Minbou fueron presentándose pero quien importaba a Guy era Güiyinkt que estaba al mando de las fuerzas armadas de Minbou. La superaba en rango y edad y se había enterado de las intenciones de Guy de tomar parte de sus fuerzas y por lo poco que decía no le agradaba nada la cuestión como había anticipado el capitán Nin.
Tifun el ovispo del sol se dirigió a Guy con poca amabilidad, era un hombre que hacía poco había entrado en su quinta década y sus cabellos posiblemente antes rubios ahora eran canosos, su piel arrugada y tostada parecía enferma —Veo joven dama que llevas un amuleto del sol colgando de tu garganta.  No me explico de donde lo has sacado y te aseguro que podría conseguirte uno mejor realizado. Pero eso, joven, no es importante. También has elegido nuestros colores para vestirte. Te has esforzado por impresionarnos pero en Koria no nos olvidamos que tú eres después de todo una seguidora de la luna.
—No deseo corregirlo ovispo del sol. Sé que su sabiduría es mayor a la mía. Pero soy una guerrera de Fenor y una humilde servidora de mi rey Urael. Me he criado en la religión de la luna, pero la religión no ha sido el punto fuerte de mis estudios. Y quizás sepa tan poco de sus ritos porque hasta ahora no había tenido la suerte de encontrarme con usted que sin duda me iluminará en su religión.
—Debo entender que el punto fuerte de sus estudios joven han sido las espadas y las guerras. Algo en lo que las mujeres no deberían involucrarse.
—Tampoco los sacerdotes. —Guy escuchó los murmullos de la sala después de sus palabras y maldijo su impulsividad.
Güiyinkt se levantó de su silla y caminó hasta estar en frente de la mesa de Guiles, era un hombre calvo y alto con una espalda ancha pero su cuerpo era delgado, pulcro y perfectamente vestido, debería tener la misma edad de Tifun pero a pesar de condición de militar el paso del tiempo se notaba menos en èl —Ya he escuchado suficiente por esta noche, señor de Minbou. Esta tarde me he enterado que esta —se detuvo para pensar alguna palabra que no fuera la primera que le había venido en mente— mujer, pretende llevarse parte de mis hombres camino a Kirun y luego de vuelta a Gono. No estamos en guerra ahora y me veo obligado a cuestionar el porqué de estos actos. ¿Qué es lo que pretende el rey Urael al debilitar nuestra posición? Acaso ya no confía en nosotros. Tifun tiene razón ellos adoran a otro dios ¿Qué entienden de nuestras costumbres? —Otros hombres vestido igual que Güiyinkt que también pertenecían al ejército se pararon detrás de él. Luego el general mirò a Guy— Pequeña, me da igual cuantos dragones digas que hayas matado, no veo en ti más que a una niña. —Guy encolerizó y caminó hasta estar enfrente de Güiyinkt quien continuó— Yo he peleado guerras para Fruel Kiillar he defendido estas tierras también. ¿Acaso su hijo desconfía de nosotros? ¿Qué pasará si los orcos atacasen después de que te hayas llevado nuestras tropas? La batalla de Fenor no ha sido la única que azotó a estas tierras y los orcos de Murgthiz no son los primeros en caer ante las lanzas de los hombres de Fenor— y agregó— Ni Koria.
Uno de los hombres detrás del general que claramente había tomado de más sujetó una de las manos de Guy —Si niña, ¿Quién te crees que eres?
Guy liberó su mano a través de la fuerza y luego golpeó con su antebrazo lleno de pulseras de oro la cara del hombre que cayó sangrando y desmayado al suelo. Antes de que los demás pudieran reaccionar gritó —Yo, soy Guy de Montevid Mayor del ejército real de Fenor y hermana de armas de la ilustre orden del gato azul. Y como dicen nada se de su religión, pero el amuleto que llevo ha sido un regalo de un difunto soldado de Koria que murió en la batalla en la que me convertí en la mata dragones. Un humilde hombre que le pidió a su hermano que me fuera entregado su propio amuleto con su último aliento —Luego arrancó de su vestido la tela con flores que cubría su hombro izquierdo y arrojó al suelo sus pulseras de oro. Y dejó ver la cicatriz de su hombro donde el dragón había golpeado con fuerza y los cortes de sus manos y brazos que los orcos habían dejado con sus espadas fundidas—. Y estas cicatrices que puedes ver aquí son las que prueban que yo no soy una niña, sino una guerrera. Que no te confunda mi atuendo Güiyinkt, ni mucho menos tu orgullo o tu rango o tu género. Pues soy aquí una emisaria del rey y cumplo únicamente sus órdenes. Y quien desconfíe de mi lo hace del propio rey y quien desafíe su palabra enfrentará mi lanza y mi espada. Y que le rece al dios que más quiera tener más suerte que el dragón de Glansh-Dlek. —Guy esperaba aún más bullicio pero en cambio solo encontró silencio.
Güiyinkt vio al hombre desmayado por un solo golpe de la mujer y luego observó las cicatrices del hombro de la joven. Y con una voz mucho más calmada que la anterior se dirigió hacia ella —No te temo dama de Montevid y quizás debería hacerlo. Y debo admitir que hasta este momento tampoco te respetaba. Pero me has hecho ver mi error —Luego tomó una copa de vino de la mesa más próxima—. Admiro a los guerreros de Gono que lucharon esa batalla. A los que viven y a los que cayeron. Y no envidio el haber estado en esa batalla tan cruel. Porque como todo verdadero soldado de honor solo ansío la paz. He sido joven y amado la guerra pero aprendí también de eso —Bebió de la copa y la arrojó al suelo. Luego se arrancó una de las mangas de un solo tirón mostrando el también sus cicatrices—. Tengo mis propias cicatrices de mis propias guerras, Mayor. Nunca pretendí ofender al rey Urael. Pero soy un defensor de Minbou y no me gusta que se debilite.
—Puedo asegurarle que el rey Urael no se ha olvidado de nadie. Yo también soy una defensora de mis tierras, Montevid. Pero soy también Guy de Fenor, nuestro reino. Sé que es difícil partir a otras tierras y pensé que quizás ustedes me harían eso más fácil. Y sé que es difícil cumplir con lo que pido. Pero hoy es lo mejor.
—Ya no me quedan dudas de eso. —dijo Güiyinkt que se despidió con una reverencia y caminó por sobre el hombre desmayado sin pisarlo pero ignorándolo. Los otros militares que lo acompañaban se lo llevaron arrastrándolo por el suelo con muy poca dignidad.

            Guiles dijo unas palabras calmando los ánimos de los invitados y la fiesta continuó. Nebrá se acercó con regaños a Guy y reparó el daño que ella había hecho al vestido de la manera que pudo. Una voz familiar llamo a Guy desde la multitud. Buscó entre las caras hasta que dio con quien le hablaba. De alguna forma el bardo había llegado hasta ahí.
—¿Qué haces aquí?
—Bueno, soy un  músico que presta sus servicios a quien mejor le pague. Y si quiero contar historias de ti, no podía alejarme mucho. No me he perdido nada de lo que sucedió ha sido magnifico.
—No me desharé de ti fácilmente ¿No es así?
—Pues… no. —Tras decir esto Ilko sacó una quena de su bolsillo y comenzó a tocar una melodía de notas muy agudas. Para eso le pagaban. Los instrumentos de viento no le permitían hablar mientras tocaba pero era buenos en ellos también.
Guiles se acercó a Guy y le preguntó —¿Tu bailas dama de Montevid?
—Realmente preferiría no hacerlo, las danzas nunca han sido lo mío.
—Cuando bailas con el gobernante de la ciudad, nunca bailas mal. Créeme. —Guiles y Guy comenzaron a bailar, Karin y su madre miraban a la pareja. Este no era el primer baile de la noche y tampoco el más importante, pero el hecho de que Guiles bailase con la emisaria del rey le daba cierta tensión al aire. Tifun observaba todo con detenimiento. —Puede que hayas impresionado a Güiyinkt esta noche pero Tifun es una historia diferente —susurró el gobernante al oído de Guy—. Hoy son muchas las cosas que no puedo decirte, porque hay más oídos de los que quiero que escuchen. Pero mañana podremos hablar con más detenimiento. Te presentarás al mediodía, bastante después que esta fiesta haya terminado y cuando muchos de aquí descansen. Y arreglaremos entonces que hombres te llevarás. Le debo muchos favores a tu padre que con gusto pagaré. —Guy asintió con la cabeza y siguieron bailando. La fiesta como siempre continúo hasta después del amanecer. 

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