lunes, 9 de octubre de 2017

Los Urumhilis



Leyenda Nicerien.


Hacía mucho tiempo ya que en Koria moraban las tres ninfas hijas del Sol. Hacía mucho tiempo ya que en las montañas azules moraban los dragones enviados de la diosa Urum del cielo para que los hombres no la alcanzasen. Hacía mucho tiempo que los hombres de Niceria, que poseían una tierra rica en metales preciosos se habían alejado de los otros reinos y protegían sus ciudades con mercenarios pagados por su gran fortuna. Pero no trabajan por lo suyo y vivían bien por su gran fortuna. Kun el dios sol, creador de los hombres, preocupado por los hombres de Niceria pidió a su hermana Urum que interviniera por ellos. Urum no quería saber nada de estos hombres pero finalmente su hermano el sol la convenció. La diosa había engendrado a tres hijos, y los había llamado Dagor, Dalas e Ignor. Y así como ella era vasta y enorme sus hijos fueron gigantes. Urum dijo a su hermano que sus hijos cumplirían con su deseo pero que a cambio él debía prometer que sus tres hijas se casarían con ellos y Kun aceptó solo si los gigantes gobernaban con sabiduría a los hombres de Niceria. El dios sol ordenó a los hombres de Niceria que respetasen a los gigantes, pero los hombres de Niceria no respetaban siquiera al sol.

Pasaron los años y los gigantes crecieron. La diosa Urum llamó entonces a sus tres hijos y les habló —Os daré una misión, amados hijos, ustedes han sido elegidos para gobernar las montañas azules y todos los valles al sur y al este de ellas, suyas son las tierras de Niceria y suyo es el deber de mandar a los corruptos hombres de allí.
Dagor, el más viejo de los tres, contestó —Será difícil convencer a los hombres, que no respetan ni a su propio Dios.
Urum le respondió —Su madre sabe que no será tarea fácil.
Dalas el hermano del medio dijo a su madre —Haremos lo que nos pidas.
Pero Ignor, el más joven, intervino —Si sabes, madre, que será tarea difícil danos algo para que podamos cumplir con nuestra misión.
Urum guardó silencio por un momento y luego les volvió a hablar —Lejos de aquí hay tres montañas, cada una tan alta como las demás. A ustedes les tomará un día llegar, pero yo cubro toda la tierra, tan es así que ya estoy allí. Para cuando hayan llegado, yo habré dejado en la cima de cada una un obsequio. Serán tres rocas que les otorgarán cada una un don diferente. Una controlará el clima. La segunda controlará a las plantas, que podían crecer más rápidamente o multiplicarse. Y la tercera controlará la mente de las bestias incluso la de mis dragones, pues todo pongo a su disposición mis amados hijos. Duerman hoy aquí, y partan al despertar a las tres montañas iguales, y cuando allí lleguen repártanse los obsequios como deseen y así también la tierra que han de gobernar.

Urum los dejó para que descansasen y los tres gigantes se fueron a dormir. Dagor fue en realidad el primero en despertarse pues Ignor no había dormido en toda la noche, ansioso por los obsequios. Y tan pronto como vio a su hermano mayor despierto le habló para convencerlo.
—Mira como duerme nuestro hermano. Está más preocupado por descansar que por gobernar. No respeta los deseos de nuestra madre.
Dagor contestó —Es temprano todavía.
Ignor insistió —No, nunca es temprano para cumplir con nuestro deber. Marchemos ahora y cuando él despierte ira por su parte.

Dagor finalmente aceptó. Ocurrió que cuando Dalas despertó se encontró solo. Su hermano mayor y su hermano menor habían ido ya en busca de los obsequios de su madre dejándolo a él detrás.

Ignor había pasado la noche entera planeando como sacar la mejor parte esperaba poder hacerse con al menos dos de los obsequios y sabía que no le convenía tener a sus dos hermanos en contra. Así que pensó en invitar al primero que despertase a que lo acompañara y dejar atrás al otro, para poder quedarse con dos presentes, pero solo con un hermano en contra y con otro que solo tuviera un regalo. De esta forma seria el mejor acomodado de los tres y eventualmente los gobernaría a todos. Después de todo, su madre los había dejado repartirse los regalos como deseasen, jamás había dicho que era uno para cada uno. Ignor sospechó que a Dagor no le gustarían sus planes tampoco así que mintió nuevamente.

—Dagor elige a cual montaña subirás, así yo subo a otra. Y dejemos señales para que nuestro hermano sepa a cual subir.

Dagor eligió la montaña del oeste y en la cima de la misma encontró su obsequio la roca para controlar a los vegetales, el primero de los Urumhilis. Para probar que allí había estado tomó la fruta de un Enerinan, que es similar al de la nuez y lo dejó en el suelo, y luego con el poder de la roca lo hizo crecer hasta hacerlo gigante como él, y resultó que creció de semilla a árbol en pocos momentos. Pero preocupado por el árbol que era tres veces el tamaño de uno normal, cavó en el suelo con sus manos hasta encontrar un manantial oculto y allí se formó un rio que bajo por la montaña hasta llegar al océano, de esta forma indicaría a su hermano que había estado allí y el árbol tendría suficiente agua para seguir viviendo.

Ignor por su parte eligió subir primero a la montaña del este donde encontró la piedra del clima. Entonces tomó del suelo una roca de igual color y con sus manos la moldeó hasta dejarla del mismo tamaño y la depositó donde había encontrado la otra. Tras esto se apresuró a subir a la tercera montaña. Donde encontró a la piedra de los animales y con el poder de la misma llamó a un dragón y le dijo, pues él al ser un hijo de Urum podía entenderse con ellos:
—Cuando llegue mi hermano Dalás, dile que he estado aquí y que ya he tomado la roca, que vaya por la suya al este.
El dragón contesto —¿Para qué le diría tal cosa, si tú ya la has tomado? Te he visto más temprano en la otra montaña.
Ignor enojado ordenó —Calla, siervo. Por el poder que me ha otorgado mi madre al poseer esta roca, harás solo lo que te he pedido. No discutirás nada y me obedecerás. —-Y el dragón se vio obligado.

Cuando Dalas llegó a las montañas subió primero a la del oeste y cerca de la cima encontró el Enerinan gigantesco y entendió que el árbol era una señal de que alguno de sus hermanos ya había estado allí. Subió entonces a la montaña más próxima, donde encontró un dragón y este le indicó que debía encontrar su obsequio en la montaña del este. Subió entonces a la montaña del este y tomó la roca que había dejado su hermano para engañarlo. Entusiasmado, llamó a la lluvia, pero nada pasó. Llamó al viento, pero nada pasó. La roca no estaba dando ningún resultado. Pensó entonces, que su madre lo había castigado por haberse quedado dormido y se deprimió. Sus dos hermanos tenían sus obsequios, pero el suyo de nada servía. Sin saber nada de sus hermanos siguió marchando hasta el este hasta encontrarse con el océano y allí se sumergió y nadó hasta alejarse de las costas de Niceria para ser olvidado.

La puntualidad es una virtud que todos los traidores poseen, la precaución una que los sabios deben poseer. Pero Dalás, todavía era joven.

°°°°°

Al poco tiempo se reunieron Dagor e Ignor para repartirse las tierras de los hombres. Ignor nuevamente fue el primero en hablar.
—Nuestro hermano ha desaparecido, así que solo quedamos nosotros dos para gobernar estas tierras. Toma tú la mitad del oeste y yo tomaré la mitad del este.
Dagor aceptó —Cuando necesites mi ayuda podrás pedírmela y espero yo también lo mismo de ti.

Ignor complacido dejó a su hermano gobernar el oeste, más tarde pensaría como arrebatárselo.

Cuarenta años pasaron, que en el tiempo de los dioses no es nada, pero en de los hombres es mucho, y la diosa Urum pensó que era tiempo de que su hermano cumpliese con su parte. Así que reclamó al sol sus hijas para que se desposasen con sus hijos. Pero el dios Kun contesto:
—Te he prometido a mis hijas, pero solo con la condición de que los hombres fueran gobernados con sabiduría, busca a tus hijos y sabrás que no es así. Quizás dentro de otros cuarenta años cuando hayan aprendido.

Urum buscó y vio que su hijo menor se había convertido en un tirano, ordenando a los hombres a servirle en el este, mientras que su hijo mayor se había asentado cerca de la costa y allí se pasaba el día entero y gran parte de la noche bebiendo y comiendo. Y había utilizado su obsequio para que los hombres le fabricasen bebidas con la fermentación de sus monstruosas plantas. Y por más que buscó a Dalás no pudo encontrarlo. Avergonzada no reclamó nada más a su hermano y se alejó de sus hijos.

Un día Dagor mandó a llamar a su cocinero —Estoy aburrido de todo lo que tomo. Necesito barriles enteros de vino para embriagarme. Y la comida escasea.
El cocinero contestó preocupado —Señor, siempre tendremos los vegetales que nos has dado, pero tu hambre ha vaciado los campos de animales y ha arrasado con los peces del mar. Casi estamos en guerra con nuestros vecinos pues sus habitantes se mueren de hambre al no tener que pescar.
Y el gigante ordenó —Pues si no puedes darme de comer, al menos dame de beber algo que me haga olvidar el hambre. ¡Ahora!
El cocinero se inclinó y suplicó —Yo no soy capaz de ayudarte, pero hay alguien que sí. Su nombre es Iram’Lun, es un esclavo del cruel rey de Gull. Él sabe de bebidas él sabrá que prepararte.

Dagor ni siquiera pensó al respecto y siguiendo el consejo de su cocinero arregló para que el rey de Gull enviase a este esclavo. Pero el rey no quería deshacerse de él así que Dagor, que no poseía un suntuoso ejercito como hacia el rey de Gull simplemente reunió tantas riquezas como pudo y se las envió. Ocho barcos, llenos de oro, todos para comprar la vida de un solo hombre, solo para saciar su sed. Dagor no escuchó las suplicas de sus súbditos que veían empobrecer a su nación, Dagor solo tenía sed.

Iram’Lun era ya un anciano y era también muy sabio. Dagor le concedió su libertad y le dio todo lo que quiso para preparar una nueva receta de licor que embriagase a un gigante. Iram’Lum pidió un ayudante y que el gigante dispusiese tiempo para modificar algunas plantas así podía hacerlas más apropiadas. Dagor le dio a un joven para que le sirviese y modificó las hierbas que el anciano le pedía. Pasó el tiempo y el anciano presentó al Gigante su creación.
—Aquí está el licor que pediste, oh señor de estas tierras, comprador de mi libertad. Lo he llamado “Aliento de Dragón” es tan fuerte que la única cantidad que necesita un hombre para embriagarse es una gota, más podría ser fatal. El joven que me ha ayudado conoce su receta. Si algún día necesitas más él sabrá proveértela, pues yo soy viejo ya y pronto llegará mi muerte que gracias a ti será en libertad.

Dagor complacido tomó una copa de vino, apropiada para un gigante y la bebió y tan pronto como lo hizo se embriagó y quedó tumbado y atontado.

Feliz de haber cumplido Iram’Lun continuó preparando “Aliento de Dragón” para Dagor el resto de su vida hasta morir unos pocos años después. En ese tiempo, la vida en las tierras del gigante mejoró, sin tanta hambre y sin la necesidad de preparar tanto vino, los campos se usaron para el cultivo de otros vegetales y para criar ganado aunque las costas del mar de Niceria allí en los lindes con Fecería jamás volvieron a ser los mismos. El sirviente del anciano siguió preparando el licor cuando este murió. Pero el “Aliento de Dragón” era notoriamente adictivo y Dagor quería cada vez más. Un día el barril que contenía el líquido quedó vacío y el gigante ordenó al joven que trajese dos más, llenos hasta el tope. Las órdenes se cumplieron y el joven llevó dos barriles enteros al gigante, que sin pensarlo dos veces tomó uno con cada mano y los engulló de un sorbo cada uno. Tras esto Dagor gritó, pues su garganta le ardía, su cuerpo ardía y sujetándose la barriga se dobló en el suelo y murió.

El joven se preocupó, pero los hombres pensando que había envenado al gigante lo convirtieron en un héroe, pues era quien se había desecho del enorme tirano y borracho y lo nombraron rey. Y aunque el joven trató de explicarle, jamás le creyeron.


°°°°°


Cuando Ignor se enteró de la muerte de su hermano no disimuló su felicidad. Sacarle la roca al joven rey sería muy sencillo y no se preocupó por esto. Él controlaba a las bestias y al clima ¿Qué podían hacerle un montón de inertes vegetales? Ignor estaba tan confiado de su victoria sobre el joven rey que se dedicó a festejar, la guerra que acontecería.

El joven rey enterado de los planes del gigante buscó consejo. Un hombre sugirió, que visitase a un ogro llamado Murmugesh In-in, que vivía cerca del nuevo rio al pie de la montaña del gran Enerinan.

El ogro sorprendido por su visita pregunto —¿Qué desea el nuevo rey?
Y el joven dijo —Debo enfrentar a un gigante y vencer. Y eso no es todo, el posee la capacidad de manejar a las bestias y al clima, mientras que yo solo puedo hacer crecer a las plantas.
El ogro contestó —¡Oh! ¡Los obsequios de Urum!¡Los Urumhilis! Si llegases a poseer todo eso serias muy poderoso, más que el gigante sin duda.
El rey no se detuvo —Solo deseo la libertad de mi pueblo.
Murmugesh In-In sonrió —Los humanos compran la libertad, con oro o con muerte. Pero eso no me importa, te diré el precio de la libertad de tu reino y si estás dispuesto a pagarlo te ayudaré y sino deberás arreglártelas solo.
El rey sin pensarlo dijo –Dime que es lo que deseas.
Y el ogro contestó —Lo que quiero, es la piedra que controla a los vegetales.
El rey replicó —No me dejas opción. ¿Si te doy la piedra me dirás como deshacerme del gigante?
El ogro se relamió y contestó —Si, por supuesto. Pero nada es seguro, dependerá de ti lo que sucederá, y por eso has de pagarme por adelantado. Además tú harás el trabajo pues no deseo ser parte de la venganza de una diosa. Si vas a enfrentar a un gigante, necesitarás un arma gigantesca. Has que forjen una espada del doble del tamaño de una arma normal pero mezcla plata con el hierro y hazle púas a la empuñadura. Cuando la tengas forjada, regresa a mí con ella, con la piedra y con alguien capaz de blandir la espada.

El joven rey no podía discutir, pronto el gigante llegaría a sus tierras para matarlo y para esclavizar a sus hombres así que debía aceptar.

Una semana después regresó a la cabaña del ogro. Con la espada forjada, el Urumhili que controlaba a los vegetales y con un hombre del norte, de piel oscura y cabellos rubios, un verdadero hijo del sol alto y fuerte.

—Él es Lerouas, es el mejor espadachín que he podido conseguir. Puede que no sea un hombre de estas tierras, pero su esposa lo es y ha jurado protegerlas. Esta es la espada que mandaste a que forjásemos y esta es la piedra, regalo de Urum.
—Has cumplido joven rey. Acampa lejos de mi cabaña y regresa mañana. Que Lerouas se quede conmigo. Mañana te entregaré al héroe que necesitas para vencer al gigante. Mientras tanto mezclarás estas hierbas para preparar un veneno maldito. No te diré como hacerlo pues no quiero que lo vuelvas contra mí.

El rey cumplió todo lo que le ordenó el ogro, y a la mañana siguiente regresó para recibir a su héroe. Fuera de la cabaña estaba Lerouas blandiendo la espada gigantesca.
—¿Necesitaste un día, ogro, para darle la espada a mi campeón?—preguntó el rey.
—Que poca fe, tienes en mí. Necesité un día para realizar la otra parte del veneno tan potente que matará a cualquier cosa que entre en contacto con él – luego ordenó al rey—. Arroja las hierbas que has mezclado en la noche en este recipiente –señalando uno que estaba frente a ellos repleto de un líquido verde. Y el rey así lo hizo. Tras esto ordenó a Lerouas—. Tira la espada en el recipiente Lerouas obedeció y tras arrojar la espada esta se oxidó repentinamente quedando negra—. Ponte estos guantes. El veneno que he creado es cientos de veces más potente del que ustedes jamás conocerán, la roca que me has dado me ha ayudado a cultivar los ingredientes necesarios de manera que los he potenciado para hacerlos más mortíferos. No existe antídoto y las consecuencias son casi instantáneas. No necesitarás grandes golpes para acabar con el gigante. Y si llegases a morir e Ignor tomase esta arma el veneno de las púas de la empuñadura lo mataría por igual. Por eso no te quites los guantes hasta que esto haya acabado o de otra forma morirás. ¿Has entendido lo que tienes que hacer rey?
—Sí. —contestó el joven rey.
—Bien, entonces aléjate con tu héroe y cuando te pregunten por la espada di que tus hombres la han maldito, pero no me nombres a mí. No quiero que vengan a buscarme para envenenar más armas o para robarme la roca. aclaró el ogro y se encerró en su cabaña sin siquiera despedirse.

Ignor esperó a que el rey lo atacase demasiado tiempo y para cuando decidió atacar él, ya era demasiado tarde. El joven rey, sabiendo donde acampaba el gigante, difícil de esconder el campamento de un gigante, envió a Lerouas a que lo matara. Al amanecer Lerouas entró al campamento, solo. Ignor no confiaba en los hombres para pelear por él pues temía que se le revelasen, en cambio había llevado a cuantas bestias había podido conseguir. La espada maldita de Lerouas exterminó a las bestias de un solo golpe a cada una, hasta que solo quedó el gigante. Ignor ya no tenía aliados y la roca de los animales ya de nada servía así que recurrió a la del clima. El cielo oscureció cubierto de nubes y se desató una tormenta el viento se arremolinó haciendo difícil el paso del hombre. Una nube de tierra envolvió al hombre que sin darse cuenta se quitó uno de sus guantes para limpiarse los ojos. Tan pronto como abrió los ojos vio al gigante llegar sobre él. Arremetió con su espada clavándola en su pecho y marcando el final del gigante. Pero había tomado la empuñadura sin uno de los guantes, así que la maldición de la espada cayó sobre él también. Ignor y Lerouas murieron ese día por la misma arma.

Cuando los hombres del joven rey de Niceria, encontraron los cadáveres, no encontraron la espada ni las piedras y supusieron, que la misma diosa del cielo se había encargado de llevárselas. Sin gigantes que los atemorizasen una nueva era comenzó, de tiempos más prósperos durante el gobierno del que llamaron “El rey de las hierbas”.


°°°°°


Los años pasaron y joven, ahora rey, seguía siendo un hombre respetado por sus súbditos, pero una mañana llegó un hombre a pedir una entrevista con el rey. Él dijo a su señor:
—Soy un monje, un servidor del sol. Mi dios me ha advertido y yo a ti. Como has derrotado a los gigantes así debes hacer ahora con el pequeño. Cuídate de Urum que sabe que has matado a sus hijos. Has perdido las rocas, regalos de cielo, a todas ellas. Y ahora en la montaña de la traición, un enano malvado acecha tu reino y amenaza al de tus vecinos pues él se ha hecho de dos de tus rocas y las utiliza para aterrorizar a tus ciudadanos. Me ha dicho dios que su hermana Urum está furiosa contigo y que tú has olvidado el camino de Dios, él había enviado a sus sobrinos a gobernar estas tierras y que tú has matado a dos de ellos y perdido los regalos de su hermana que eran de ellos y no tuyos. Tiempos oscuros llegan para el reino pues las nubes del cielo pronto taparán al sol, ya que tú no deseas seguir su camino.
El rey se preocupó y envió a sus hombres a averiguar si lo que decía el monje era cierto. Y todo lo que le había dicho era verdad. En la montaña de la traición un enano gobernaba desde lo alto, había esclavizado a sus hombres y llamado a las bestias para protegerse. De todos lados había traído animales exóticos y peligrosos. Y tal como había dicho el monje, las nubes habían cubierto allí al cielo.

El rey con sus propios ojos observó como de las montañas llegaba una plaga de cucarachas grandes como palmas de una mano a devorar las cosechas y aterrorizar a los aldeanos. Convencido preguntó al monje que debía hacer para detener al enano malvado. El monje contestó que él no sabía pero que el rey de las hierbas debía preguntar a la ninfa Tulis.

Viajo el rey para encontrarse con la ninfa a las tierras de país del norte. Ella le pidió que prepárese una embarcación pues debían viajar hacia el este para encontrar al gigante perdido. El rey encargó la construcción de una embarcación sin precedentes que sería nombrada Ozareantes.

Cuando la embarcación estuvo terminada la ninfa apareció delante del rey y le explicó que deberían viajar en busca del gigante olvidado.

Viajaron al sudeste durante más de una semana hasta que desembarcaron en una isla llamada Umi. Ayudado por la ninfa Tulis el rey de las hierbas no tuvo problemas en encontrar a Dalás.
—Dalás, hijo de Urum, soy el rey de Niceria, tus tierras. He venido por consejo de la ninfa Tulis, tu prometida, a implorar tu ayuda, pues un enano malvado se ha apoderado de los regalos de tu madre y los utiliza en contra de mis súbditos.
—¿Por qué debería de preocuparme rey de Niceria? ¿Qué ha pasado con mis hermanos, los favoritos de mi madre?
Tulis entonces interrumpió —Ni Ignor ni Dagor fueron los favoritos de tu madre. Y debes saber que tu hermano Ignor robó la piedra que sería tu regalo traicionándote. Dagor empobreció a sus hombres e Ignor los convirtió en sus esclavos. Ambos fueron corruptos e indignos de ser los hijos de Urum. Pero tengo fe en la prole del cielo y confió en que mi prometido sea mejor que ellos y sea una criatura digna y honorable, un verdadero hijo de los dioses, como yo.
Dalas volvió a preguntar —¿Qué ha pasado con mis hermanos?
El hombre contesto “Ambos han muerto de una forma u otra por mi intervención. Por estos actos me han nombrado rey en Niceria. Pero se bien que es la voluntad de los dioses que tú reines. Te daré mi reino si detienes al poder maligno y destructivo que ha desencadenado el tiránico enano.
—¿Por qué piensas que tengo el poder para detener a este enano? Él tiene los regalos de mi  madre y yo no tengo nada.
Tulis contestó —Tu tío el dios sol me ha enviado aquí para decirte que su hermana, tu madre, te ha concedido un regalo. Como tú jamás tocaste ninguna de sus gemas y como jamás hiciste uso de su poder, convertirá a la roca con la que te ha engañado tu hermano, que sabe que todavía conservas para que el poder de sus otros presentes no te afecte, pues en presencia de tu Urumhili los otros perderán su poder. Así el enano no podrá usarlas en contra tuyo. Y si cumples con esta misión serás el verdadero rey de Niceria y mi esposo.

Dalás aceptó y siguió a la ninfa Tulis y al rey de las hierbas, nadando detrás de su embarcación. Eso agitó las aguas a su alrededor tanto que todavía hoy se forman olas desproporcionadas en las costas de la isla Umi.

Dalás viajó hasta la montaña de la traición, allí donde alguna vez fuese engañado por su hermano. Protegido del poder de las gemas las bestias lo rodearon pero no lo atacaron y las lluvias los vientos y las tempestades nada le hicieron. Pero para un gigante, encontrar algo tan pequeño como un enano es algo difícil. Lo buscó por todos lados pero no lo encontró hasta que un dragón apareció. Dalas lo reconoció, era el mismo que le había dicho que subiese a la otra montaña, el mismo que su hermano había utilizado para engañarlo.

El dragón le habló —Hace décadas fue mi deber engañarte, pero hoy por más que el enano me lo encomiende ya no tengo que hacerlo, ya no debo mentirte. Me disculpo por lo que haya pasado.
—Entiendo por lo que has pasado dragón y te perdono. Debo dar con este enano pero no puedo encontrarlo ¿Acaso puedes ayudarme? preguntó Dalás.
—El enano posee un yelmo que al unirlo a su armadura lo hace invisible, jamás podrás verlo. Pero yo conozco su guarida y soy capaz de percibir su asqueroso olor. Si lo deseas puedo traerlo ante ti.
—Has eso para que el enano rinda las gemas ante mí. Así los regalos de mi madre volverán a donde corresponden y ninguno de tu raza podrá jamás ser controlado otra vez.

El dragón se adentró entre las cuevas de la montaña y buscó ayudado por su olfato al enano malvado. Sin el poder de las piedras para protegerse este sucumbió ante el monstruo que había ido por él perdiendo su yelmo que lo hacía invisible. El dragón regresó triunfante con el enano entre sus fauces para entregárselo a Dalás.

—Entrégame las gemas enano. —ordenó el gigante.

Pero el rey enano no obedeció y estando fuera ya de la montaña utilizó la gema del clima para atacar al dragón, ya que la que controlaba los animales no le serviría de nada siendo que el dragón estaba bajo las órdenes de Dalás. Pero antes de que pudiera hacer nada el dragón le comió la mano con la que sostenía la gema del clima tragándose mano y gema al mismo tiempo. El enano, ahora manco, finalmente se rindió y entregó la otra gema que poseía a Dalás. Pero este se rehusó a tomarla y en cambio la cedió al rey de las hierbas para que la cuidase.

El rey humano entonces se pronunció —Ahora que has vencido al enano serás conocido como el nuevo gobernante de Niceria. El poder te será entregado a ti ¡Oh mi rey!

Pero Dalas contestó Un verdadero gobernante debe estar dispuesto a renunciar a su poder, pues como ha probado la historia de mis hermanos, el poder absoluto corrompe. Tú que has sido elegido por los tuyos has de reinar aquí con la propia sabiduría que has usado hasta ahora.

El humano entonces dijo —Seré el senescal en Niceria pues siempre he estado al servicio de otro, los verdaderos reyes siempre serán tú y aquellos de tu descendencia.

—Que así sea, hombre necio. —contestó el gigante.

El rey de las hierbas continúo reinando en Niceria pero bajo el título de senescal. El enano fue desterrado de Koria dejándolo en un bote a la deriva en el mar de Eiriz, su cuerpo fue encontrado pocos días después. Dalás se casó con Tulis y regresó a la isla de Umi acompañado por el dragón que había devorado la gema del clima.

Los que mucho poseen desde un principio y cuyos logros no son propios pronto se vuelven egoístas. Aquellos a los que se les promete y no reciben pronto se vuelven resentidos. Los humildes que se han ganado lo suyo con sufrimiento y esfuerzo y aun así están dispuestos a renunciar a ello por el bien ajeno, esos pocos, merecen todo.


Fin.

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