Leyenda
Nicerien.
Hacía
mucho tiempo ya que en Koria moraban las tres ninfas hijas del Sol. Hacía mucho
tiempo ya que en las montañas azules moraban los dragones enviados de la diosa
Urum del cielo para que los hombres no la alcanzasen. Hacía mucho tiempo que
los hombres de Niceria, que poseían una tierra rica en metales preciosos se
habían alejado de los otros reinos y protegían sus ciudades con mercenarios
pagados por su gran fortuna. Pero no trabajan por lo suyo y vivían bien por su gran
fortuna. Kun el dios sol, creador de los hombres, preocupado por los hombres de
Niceria pidió a su hermana Urum que interviniera por ellos. Urum no quería
saber nada de estos hombres pero finalmente su hermano el sol la convenció. La
diosa había engendrado a tres hijos, y los había llamado Dagor, Dalas e Ignor.
Y así como ella era vasta y enorme sus hijos fueron gigantes. Urum dijo a su
hermano que sus hijos cumplirían con su deseo pero que a cambio él debía
prometer que sus tres hijas se casarían con ellos y Kun aceptó solo si los
gigantes gobernaban con sabiduría a los hombres de Niceria. El dios sol ordenó
a los hombres de Niceria que respetasen a los gigantes, pero los hombres de
Niceria no respetaban siquiera al sol.
Pasaron
los años y los gigantes crecieron. La diosa Urum llamó entonces a sus tres
hijos y les habló —Os daré una misión, amados hijos, ustedes han sido elegidos
para gobernar las montañas azules y todos los valles al sur y al este de ellas,
suyas son las tierras de Niceria y suyo es el deber de mandar a los corruptos
hombres de allí.
Dagor,
el más viejo de los tres, contestó —Será difícil convencer a los hombres, que no
respetan ni a su propio Dios.
Urum
le respondió —Su madre sabe que no será tarea fácil.
Dalas
el hermano del medio dijo a su madre —Haremos lo que nos pidas.
Pero
Ignor, el más joven, intervino —Si sabes, madre, que será tarea difícil danos
algo para que podamos cumplir con nuestra misión.
Urum
guardó silencio por un momento y luego les volvió a hablar —Lejos de aquí hay tres
montañas, cada una tan alta como las demás. A ustedes les tomará un día llegar,
pero yo cubro toda la tierra, tan es así que ya estoy allí. Para cuando hayan
llegado, yo habré dejado en la cima de cada una un obsequio. Serán tres rocas
que les otorgarán cada una un don diferente. Una controlará el clima. La
segunda controlará a las plantas, que podían crecer más rápidamente o multiplicarse.
Y la tercera controlará la mente de las bestias incluso la de mis dragones,
pues todo pongo a su disposición mis amados hijos. Duerman hoy aquí, y partan
al despertar a las tres montañas iguales, y cuando allí lleguen repártanse los
obsequios como deseen y así también la tierra que han de gobernar.
Urum
los dejó para que descansasen y los tres gigantes se fueron a dormir. Dagor fue
en realidad el primero en despertarse pues Ignor no había dormido en toda la
noche, ansioso por los obsequios. Y tan pronto como vio a su hermano mayor
despierto le habló para convencerlo.
—Mira
como duerme nuestro hermano. Está más preocupado por descansar que por
gobernar. No respeta los deseos de nuestra madre.
Dagor
contestó —Es temprano todavía.
Ignor
insistió —No, nunca es temprano para cumplir con nuestro deber. Marchemos ahora
y cuando él despierte ira por su parte.
Dagor
finalmente aceptó. Ocurrió que cuando Dalas despertó se encontró solo. Su
hermano mayor y su hermano menor habían ido ya en busca de los obsequios de su
madre dejándolo a él detrás.
Ignor
había pasado la noche entera planeando como sacar la mejor parte esperaba poder
hacerse con al menos dos de los obsequios y sabía que no le convenía tener a
sus dos hermanos en contra. Así que pensó en invitar al primero que despertase
a que lo acompañara y dejar atrás al otro, para poder quedarse con dos
presentes, pero solo con un hermano en contra y con otro que solo tuviera un
regalo. De esta forma seria el mejor acomodado de los tres y eventualmente los
gobernaría a todos. Después de todo, su madre los había dejado repartirse los
regalos como deseasen, jamás había dicho que era uno para cada uno. Ignor
sospechó que a Dagor no le gustarían sus planes tampoco así que mintió
nuevamente.
—Dagor
elige a cual montaña subirás, así yo subo a otra. Y dejemos señales para que
nuestro hermano sepa a cual subir.
Dagor
eligió la montaña del oeste y en la cima de la misma encontró su obsequio la
roca para controlar a los vegetales, el primero de los Urumhilis. Para probar
que allí había estado tomó la fruta de un Enerinan, que es similar al de la
nuez y lo dejó en el suelo, y luego con el poder de la roca lo hizo crecer
hasta hacerlo gigante como él, y resultó que creció de semilla a árbol en pocos
momentos. Pero preocupado por el árbol que era tres veces el tamaño de uno
normal, cavó en el suelo con sus manos hasta encontrar un manantial oculto y
allí se formó un rio que bajo por la montaña hasta llegar al océano, de esta
forma indicaría a su hermano que había estado allí y el árbol tendría
suficiente agua para seguir viviendo.
Ignor
por su parte eligió subir primero a la montaña del este donde encontró la
piedra del clima. Entonces tomó del suelo una roca de igual color y con sus
manos la moldeó hasta dejarla del mismo tamaño y la depositó donde había
encontrado la otra. Tras esto se apresuró a subir a la tercera montaña. Donde
encontró a la piedra de los animales y con el poder de la misma llamó a un dragón
y le dijo, pues él al ser un hijo de Urum podía entenderse con ellos:
—Cuando
llegue mi hermano Dalás, dile que he estado aquí y que ya he tomado la roca,
que vaya por la suya al este.
El dragón
contesto —¿Para qué le diría tal cosa, si tú ya la has tomado? Te he visto más
temprano en la otra montaña.
Ignor
enojado ordenó —Calla, siervo. Por el poder que me ha otorgado mi madre al
poseer esta roca, harás solo lo que te he pedido. No discutirás nada y me
obedecerás. —-Y el dragón se vio obligado.
Cuando
Dalas llegó a las montañas subió primero a la del oeste y cerca de la cima
encontró el Enerinan gigantesco y entendió que el árbol era una señal de que
alguno de sus hermanos ya había estado allí. Subió entonces a la montaña más
próxima, donde encontró un dragón y este le indicó que debía encontrar su
obsequio en la montaña del este. Subió entonces a la montaña del este y tomó la
roca que había dejado su hermano para engañarlo. Entusiasmado, llamó a la
lluvia, pero nada pasó. Llamó al viento, pero nada pasó. La roca no estaba
dando ningún resultado. Pensó entonces, que su madre lo había castigado por
haberse quedado dormido y se deprimió. Sus dos hermanos tenían sus obsequios,
pero el suyo de nada servía. Sin saber nada de sus hermanos siguió marchando
hasta el este hasta encontrarse con el océano y allí se sumergió y nadó hasta
alejarse de las costas de Niceria para ser olvidado.
La
puntualidad es una virtud que todos los traidores poseen, la precaución una que
los sabios deben poseer. Pero Dalás, todavía era joven.
°°°°°
Al
poco tiempo se reunieron Dagor e Ignor para repartirse las tierras de los
hombres. Ignor nuevamente fue el primero en hablar.
—Nuestro
hermano ha desaparecido, así que solo quedamos nosotros dos para gobernar estas
tierras. Toma tú la mitad del oeste y yo tomaré la mitad del este.
Dagor
aceptó —Cuando necesites mi ayuda podrás pedírmela y espero yo también lo mismo
de ti.
Ignor
complacido dejó a su hermano gobernar el oeste, más tarde pensaría como
arrebatárselo.
Cuarenta
años pasaron, que en el tiempo de los dioses no es nada, pero en de los hombres
es mucho, y la diosa Urum pensó que era tiempo de que su hermano cumpliese con
su parte. Así que reclamó al sol sus hijas para que se desposasen con sus
hijos. Pero el dios Kun contesto:
—Te
he prometido a mis hijas, pero solo con la condición de que los hombres fueran
gobernados con sabiduría, busca a tus hijos y sabrás que no es así. Quizás
dentro de otros cuarenta años cuando hayan aprendido.
Urum
buscó y vio que su hijo menor se había convertido en un tirano, ordenando a los
hombres a servirle en el este, mientras que su hijo mayor se había asentado
cerca de la costa y allí se pasaba el día entero y gran parte de la noche
bebiendo y comiendo. Y había utilizado su obsequio para que los hombres le
fabricasen bebidas con la fermentación de sus monstruosas plantas. Y por más
que buscó a Dalás no pudo encontrarlo. Avergonzada no reclamó nada más a su
hermano y se alejó de sus hijos.
Un día
Dagor mandó a llamar a su cocinero —Estoy aburrido de todo lo que tomo.
Necesito barriles enteros de vino para embriagarme. Y la comida escasea.
El
cocinero contestó preocupado —Señor, siempre tendremos los vegetales que nos
has dado, pero tu hambre ha vaciado los campos de animales y ha arrasado con
los peces del mar. Casi estamos en guerra con nuestros vecinos pues sus
habitantes se mueren de hambre al no tener que pescar.
Y el
gigante ordenó —Pues si no puedes darme de comer, al menos dame de beber algo
que me haga olvidar el hambre. ¡Ahora!
El
cocinero se inclinó y suplicó —Yo no soy capaz de ayudarte, pero hay alguien
que sí. Su nombre es Iram’Lun, es un esclavo del cruel rey de Gull. Él sabe de
bebidas él sabrá que prepararte.
Dagor
ni siquiera pensó al respecto y siguiendo el consejo de su cocinero arregló
para que el rey de Gull enviase a este esclavo. Pero el rey no quería deshacerse
de él así que Dagor, que no poseía un suntuoso ejercito como hacia el rey de
Gull simplemente reunió tantas riquezas como pudo y se las envió. Ocho barcos,
llenos de oro, todos para comprar la vida de un solo hombre, solo para saciar
su sed. Dagor no escuchó las suplicas de sus súbditos que veían empobrecer a su
nación, Dagor solo tenía sed.
Iram’Lun
era ya un anciano y era también muy sabio. Dagor le concedió su libertad y le
dio todo lo que quiso para preparar una nueva receta de licor que embriagase a
un gigante. Iram’Lum pidió un ayudante y que el gigante dispusiese tiempo para
modificar algunas plantas así podía hacerlas más apropiadas. Dagor le dio a un
joven para que le sirviese y modificó las hierbas que el anciano le pedía. Pasó
el tiempo y el anciano presentó al Gigante su creación.
—Aquí
está el licor que pediste, oh señor de estas tierras, comprador de mi libertad.
Lo he llamado “Aliento de Dragón” es
tan fuerte que la única cantidad que necesita un hombre para embriagarse es una
gota, más podría ser fatal. El joven que me ha ayudado conoce su receta. Si
algún día necesitas más él sabrá proveértela, pues yo soy viejo ya y pronto
llegará mi muerte que gracias a ti será en libertad.
Dagor
complacido tomó una copa de vino, apropiada para un gigante y la bebió y tan
pronto como lo hizo se embriagó y quedó tumbado y atontado.
Feliz
de haber cumplido Iram’Lun continuó preparando “Aliento de Dragón” para Dagor el resto de su vida hasta morir unos
pocos años después. En ese tiempo, la vida en las tierras del gigante mejoró,
sin tanta hambre y sin la necesidad de preparar tanto vino, los campos se
usaron para el cultivo de otros vegetales y para criar ganado aunque las costas
del mar de Niceria allí en los lindes con Fecería jamás volvieron a ser los
mismos. El sirviente del anciano siguió preparando el licor cuando este murió.
Pero el “Aliento de Dragón” era notoriamente
adictivo y Dagor quería cada vez más. Un día el barril que contenía el líquido quedó
vacío y el gigante ordenó al joven que trajese dos más, llenos hasta el tope.
Las órdenes se cumplieron y el joven llevó dos barriles enteros al gigante, que
sin pensarlo dos veces tomó uno con cada mano y los engulló de un sorbo cada
uno. Tras esto Dagor gritó, pues su garganta le ardía, su cuerpo ardía y sujetándose
la barriga se dobló en el suelo y murió.
El
joven se preocupó, pero los hombres pensando que había envenado al gigante lo convirtieron
en un héroe, pues era quien se había desecho del enorme tirano y borracho y lo
nombraron rey. Y aunque el joven trató de explicarle, jamás le creyeron.
°°°°°
Cuando
Ignor se enteró de la muerte de su hermano no disimuló su felicidad. Sacarle la
roca al joven rey sería muy sencillo y no se preocupó por esto. Él controlaba a
las bestias y al clima ¿Qué podían hacerle un montón de inertes vegetales?
Ignor estaba tan confiado de su victoria sobre el joven rey que se dedicó a
festejar, la guerra que acontecería.
El
joven rey enterado de los planes del gigante buscó consejo. Un hombre sugirió,
que visitase a un ogro llamado Murmugesh In-in, que vivía cerca del nuevo rio
al pie de la montaña del gran Enerinan.
El
ogro sorprendido por su visita pregunto —¿Qué desea el nuevo rey?
Y el
joven dijo —Debo enfrentar a un gigante y vencer. Y eso no es todo, el posee la
capacidad de manejar a las bestias y al clima, mientras que yo solo puedo hacer
crecer a las plantas.
El
ogro contestó —¡Oh! ¡Los obsequios de Urum!¡Los Urumhilis! Si llegases a poseer
todo eso serias muy poderoso, más que el gigante sin duda.
El
rey no se detuvo —Solo deseo la libertad de mi pueblo.
Murmugesh
In-In sonrió —Los humanos compran la libertad, con oro o con muerte. Pero eso
no me importa, te diré el precio de la libertad de tu reino y si estás
dispuesto a pagarlo te ayudaré y sino deberás arreglártelas solo.
El rey
sin pensarlo dijo –Dime que es lo que deseas.
Y el
ogro contestó —Lo que quiero, es la piedra que controla a los vegetales.
El
rey replicó —No me dejas opción. ¿Si te doy la piedra me dirás como deshacerme
del gigante?
El
ogro se relamió y contestó —Si, por supuesto. Pero nada es seguro, dependerá de
ti lo que sucederá, y por eso has de pagarme por adelantado. Además tú harás el
trabajo pues no deseo ser parte de la venganza de una diosa. Si vas a enfrentar
a un gigante, necesitarás un arma gigantesca. Has que forjen una espada del
doble del tamaño de una arma normal pero mezcla plata con el hierro y hazle púas
a la empuñadura. Cuando la tengas forjada, regresa a mí con ella, con la piedra
y con alguien capaz de blandir la espada.
El
joven rey no podía discutir, pronto el gigante llegaría a sus tierras para
matarlo y para esclavizar a sus hombres así que debía aceptar.
Una
semana después regresó a la cabaña del ogro. Con la espada forjada, el Urumhili
que controlaba a los vegetales y con un hombre del norte, de piel oscura y
cabellos rubios, un verdadero hijo del sol alto y fuerte.
—Él
es Lerouas, es el mejor espadachín que he podido conseguir. Puede que no sea un
hombre de estas tierras, pero su esposa lo es y ha jurado protegerlas. Esta es
la espada que mandaste a que forjásemos y esta es la piedra, regalo de Urum.
—Has
cumplido joven rey. Acampa lejos de mi cabaña y regresa mañana. Que Lerouas se
quede conmigo. Mañana te entregaré al héroe que necesitas para vencer al
gigante. Mientras tanto mezclarás estas hierbas para preparar un veneno
maldito. No te diré como hacerlo pues no quiero que lo vuelvas contra mí.
El
rey cumplió todo lo que le ordenó el ogro, y a la mañana siguiente regresó para
recibir a su héroe. Fuera de la cabaña estaba Lerouas blandiendo la espada gigantesca.
—¿Necesitaste
un día, ogro, para darle la espada a mi campeón?—preguntó el rey.
—Que
poca fe, tienes en mí. Necesité un día para realizar la otra parte del veneno
tan potente que matará a cualquier cosa que entre en contacto con él – luego
ordenó al rey—. Arroja las hierbas que has mezclado en la noche en este
recipiente –señalando uno que estaba frente a ellos repleto de un líquido verde.
Y el rey así lo hizo. Tras esto ordenó a Lerouas—. Tira la espada en el
recipiente —Lerouas
obedeció y tras arrojar la espada esta se oxidó repentinamente quedando negra—.
Ponte estos guantes. El veneno que he creado es cientos de veces más potente
del que ustedes jamás conocerán, la roca que me has dado me ha ayudado a
cultivar los ingredientes necesarios de manera que los he potenciado para
hacerlos más mortíferos. No existe antídoto y las consecuencias son casi
instantáneas. No necesitarás grandes golpes para acabar con el gigante. Y si
llegases a morir e Ignor tomase esta arma el veneno de las púas de la
empuñadura lo mataría por igual. Por eso no te quites los guantes hasta que
esto haya acabado o de otra forma morirás. ¿Has entendido lo que tienes que
hacer rey?
—Sí. —contestó
el joven rey.
—Bien,
entonces aléjate con tu héroe y cuando te pregunten por la espada di que tus
hombres la han maldito, pero no me nombres a mí. No quiero que vengan a
buscarme para envenenar más armas o para robarme la roca. —aclaró
el ogro y se encerró en su cabaña sin siquiera despedirse.
Ignor
esperó a que el rey lo atacase demasiado tiempo y para cuando decidió atacar él,
ya era demasiado tarde. El joven rey, sabiendo donde acampaba el gigante,
difícil de esconder el campamento de un gigante, envió a Lerouas a que lo
matara. Al amanecer Lerouas entró al campamento, solo. Ignor no confiaba en los
hombres para pelear por él pues temía que se le revelasen, en cambio había
llevado a cuantas bestias había podido conseguir. La espada maldita de Lerouas
exterminó a las bestias de un solo golpe a cada una, hasta que solo quedó el
gigante. Ignor ya no tenía aliados y la roca de los animales ya de nada servía así
que recurrió a la del clima. El cielo oscureció cubierto de nubes y se desató
una tormenta el viento se arremolinó haciendo difícil el paso del hombre. Una
nube de tierra envolvió al hombre que sin darse cuenta se quitó uno de sus
guantes para limpiarse los ojos. Tan pronto como abrió los ojos vio al gigante
llegar sobre él. Arremetió con su espada clavándola en su pecho y marcando el
final del gigante. Pero había tomado la empuñadura sin uno de los guantes, así
que la maldición de la espada cayó sobre él también. Ignor y Lerouas murieron
ese día por la misma arma.
Cuando
los hombres del joven rey de Niceria, encontraron los cadáveres, no encontraron
la espada ni las piedras y supusieron, que la misma diosa del cielo se había
encargado de llevárselas. Sin gigantes que los atemorizasen una nueva era
comenzó, de tiempos más prósperos durante el gobierno del que llamaron “El rey de las hierbas”.
°°°°°
Los
años pasaron y joven, ahora rey, seguía siendo un hombre respetado por sus
súbditos, pero una mañana llegó un hombre a pedir una entrevista con el rey. Él
dijo a su señor:
—Soy
un monje, un servidor del sol. Mi dios me ha advertido y yo a ti. Como has
derrotado a los gigantes así debes hacer ahora con el pequeño. Cuídate de Urum
que sabe que has matado a sus hijos. Has perdido las rocas, regalos de cielo, a
todas ellas. Y ahora en la montaña de la traición, un enano malvado acecha tu
reino y amenaza al de tus vecinos pues él se ha hecho de dos de tus rocas y las
utiliza para aterrorizar a tus ciudadanos. Me ha dicho dios que su hermana Urum
está furiosa contigo y que tú has olvidado el camino de Dios, él había enviado
a sus sobrinos a gobernar estas tierras y que tú has matado a dos de ellos y
perdido los regalos de su hermana que eran de ellos y no tuyos. Tiempos oscuros
llegan para el reino pues las nubes del cielo pronto taparán al sol, ya que tú
no deseas seguir su camino.
El
rey se preocupó y envió a sus hombres a averiguar si lo que decía el monje era
cierto. Y todo lo que le había dicho era verdad. En la montaña de la traición
un enano gobernaba desde lo alto, había esclavizado a sus hombres y llamado a
las bestias para protegerse. De todos lados había traído animales exóticos y
peligrosos. Y tal como había dicho el monje, las nubes habían cubierto allí al
cielo.
El
rey con sus propios ojos observó como de las montañas llegaba una plaga de
cucarachas grandes como palmas de una mano a devorar las cosechas y aterrorizar
a los aldeanos. Convencido preguntó al monje que debía hacer para detener al
enano malvado. El monje contestó que él no sabía pero que el rey de las hierbas
debía preguntar a la ninfa Tulis.
Viajo
el rey para encontrarse con la ninfa a las tierras de país del norte. Ella le
pidió que prepárese una embarcación pues debían viajar hacia el este para
encontrar al gigante perdido. El rey encargó la construcción de una embarcación
sin precedentes que sería nombrada Ozareantes.
Cuando
la embarcación estuvo terminada la ninfa apareció delante del rey y le explicó
que deberían viajar en busca del gigante olvidado.
Viajaron
al sudeste durante más de una semana hasta que desembarcaron en una isla
llamada Umi. Ayudado por la ninfa Tulis el rey de las hierbas no tuvo problemas
en encontrar a Dalás.
—Dalás,
hijo de Urum, soy el rey de Niceria, tus tierras. He venido por consejo de la
ninfa Tulis, tu prometida, a implorar tu ayuda, pues un enano malvado se ha
apoderado de los regalos de tu madre y los utiliza en contra de mis súbditos.
—¿Por
qué debería de preocuparme rey de Niceria? ¿Qué ha pasado con mis hermanos, los
favoritos de mi madre?
Tulis
entonces interrumpió —Ni Ignor ni Dagor fueron los favoritos de tu madre. Y
debes saber que tu hermano Ignor robó la piedra que sería tu regalo
traicionándote. Dagor empobreció a sus hombres e Ignor los convirtió en sus
esclavos. Ambos fueron corruptos e indignos de ser los hijos de Urum. Pero
tengo fe en la prole del cielo y confió en que mi prometido sea mejor que ellos
y sea una criatura digna y honorable, un verdadero hijo de los dioses, como yo.
Dalas
volvió a preguntar —¿Qué ha pasado con mis hermanos?
El
hombre contesto “Ambos han muerto de una forma u otra por mi intervención. Por
estos actos me han nombrado rey en Niceria. Pero se bien que es la voluntad de
los dioses que tú reines. Te daré mi reino si detienes al poder maligno y
destructivo que ha desencadenado el tiránico enano.
—¿Por
qué piensas que tengo el poder para detener a este enano? Él tiene los regalos
de mi madre y yo no tengo nada.
Tulis
contestó —Tu tío el dios sol me ha enviado aquí para decirte que su hermana, tu
madre, te ha concedido un regalo. Como tú jamás tocaste ninguna de sus gemas y
como jamás hiciste uso de su poder, convertirá a la roca con la que te ha
engañado tu hermano, que sabe que todavía conservas para que el poder de sus otros
presentes no te afecte, pues en presencia de tu Urumhili los otros perderán su
poder. Así el enano no podrá usarlas en contra tuyo. Y si cumples con esta
misión serás el verdadero rey de Niceria y mi esposo.
Dalás
aceptó y siguió a la ninfa Tulis y al rey de las hierbas, nadando detrás de su
embarcación. Eso agitó las aguas a su alrededor tanto que todavía hoy se forman
olas desproporcionadas en las costas de la isla Umi.
Dalás
viajó hasta la montaña de la traición, allí donde alguna vez fuese engañado por
su hermano. Protegido del poder de las gemas las bestias lo rodearon pero no lo
atacaron y las lluvias los vientos y las tempestades nada le hicieron. Pero
para un gigante, encontrar algo tan pequeño como un enano es algo difícil. Lo
buscó por todos lados pero no lo encontró hasta que un dragón apareció. Dalas
lo reconoció, era el mismo que le había dicho que subiese a la otra montaña, el
mismo que su hermano había utilizado para engañarlo.
El
dragón le habló —Hace décadas fue mi deber engañarte, pero hoy por más que el
enano me lo encomiende ya no tengo que hacerlo, ya no debo mentirte. Me disculpo
por lo que haya pasado.
—Entiendo
por lo que has pasado dragón y te perdono. Debo dar con este enano pero no puedo
encontrarlo ¿Acaso puedes ayudarme? —preguntó Dalás.
—El
enano posee un yelmo que al unirlo a su armadura lo hace invisible, jamás podrás
verlo. Pero yo conozco su guarida y soy capaz de percibir su asqueroso olor. Si
lo deseas puedo traerlo ante ti.
—Has
eso para que el enano rinda las gemas ante mí. Así los regalos de mi madre
volverán a donde corresponden y ninguno de tu raza podrá jamás ser controlado
otra vez.
El dragón
se adentró entre las cuevas de la montaña y buscó ayudado por su olfato al
enano malvado. Sin el poder de las piedras para protegerse este sucumbió ante
el monstruo que había ido por él perdiendo su yelmo que lo hacía invisible. El dragón
regresó triunfante con el enano entre sus fauces para entregárselo a Dalás.
—Entrégame
las gemas enano. —ordenó el gigante.
Pero
el rey enano no obedeció y estando fuera ya de la montaña utilizó la gema del
clima para atacar al dragón, ya que la que controlaba los animales no le
serviría de nada siendo que el dragón estaba bajo las órdenes de Dalás. Pero
antes de que pudiera hacer nada el dragón le comió la mano con la que sostenía
la gema del clima tragándose mano y gema al mismo tiempo. El enano, ahora
manco, finalmente se rindió y entregó la otra gema que poseía a Dalás. Pero
este se rehusó a tomarla y en cambio la cedió al rey de las hierbas para que la
cuidase.
El
rey humano entonces se pronunció —Ahora que has vencido al enano serás conocido
como el nuevo gobernante de Niceria. El poder te será entregado a ti ¡Oh mi
rey!
Pero
Dalas contestó —Un
verdadero gobernante debe estar dispuesto a renunciar a su poder, pues como ha
probado la historia de mis hermanos, el poder absoluto corrompe. Tú que has
sido elegido por los tuyos has de reinar aquí con la propia sabiduría que has
usado hasta ahora.
El
humano entonces dijo —Seré el senescal en Niceria pues siempre he estado al
servicio de otro, los verdaderos reyes siempre serán tú y aquellos de tu
descendencia.
—Que así
sea, hombre necio. —contestó el gigante.
El rey de las
hierbas continúo reinando en Niceria pero bajo el título de senescal. El enano
fue desterrado de Koria dejándolo en un bote a la deriva en el mar de Eiriz, su
cuerpo fue encontrado pocos días después. Dalás se casó con Tulis y regresó a
la isla de Umi acompañado por el dragón que había devorado la gema del clima.
Los
que mucho poseen desde un principio y cuyos logros no son propios pronto se
vuelven egoístas. Aquellos a los que se les promete y no reciben pronto se
vuelven resentidos. Los humildes que se han ganado lo suyo con sufrimiento y
esfuerzo y aun así están dispuestos a renunciar a ello por el bien ajeno, esos
pocos, merecen todo.
Fin.
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