miércoles, 1 de enero de 2020

Epílogo: La canción de la vida


            Radasté se benefició de los cuidados de los elfos. Tanto ella como Makiias recibieron diferentes medicinas. Con suerte no quedarían rastros de Ascophio, pero ellos no lo sabrían jamás. Un elfo llamado Zantra de cabellos grises llegó montado en un caballo blanco veloz y ligero. Izhá estaba con Makiias en ese momento y no presenció cuando Radasté recibió la noticia. Makiias no dejaba de observar horrorizado las cicatrices que lo desfiguraban.
            —Los humanos no supieron cuidarte tan bien, como es posible lo hubiéramos hecho nosotros —explicó Izhá—. Pero estas con vida y eso es lo importante. Salvaste a Radasté de morir ahogada. Por suerte estuve ahí. La casa de mi amigo Uruduntis fue el primer lugar donde se me ocurrió llevarte.
            Makiias se sentó en su lecho amargado cuando Radasté entró llorando a la habitación y corrió para sujetarlo por sus manos —¿Qué pasó? —preguntó el elfo.
            —Anzhará ha muerto. Se acercó demasiado al murmonb. —respondió entre llantos.       
            —Siempre hacia eso. —se lamentó Makiias que abrazó a Radasté.
            —No es justo, no es justo. —lloraba Radasté apoyando su rostro en el pecho de Makiias.
            —No. —dijo Izhá para él mismo y luego tomó su flauta doble y comenzó a tocar una melodía de una sola nota. Algo que había escuchado de una ogra. Y comprendió que a pesar de tener solo una nota, no era tan sencilla de interpretar.
            Radasté observó a Makiias y a todas sus cicatrices. Entonces usando su poderosa magia las curó. Haciendo que todas ellas desaparecieran. Y secándose las lágrimas exclamó con una sonrisa algo triste —Listo ¡Como si nada hubiera pasado!



            Fin.

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