Radasté se benefició de los cuidados
de los elfos. Tanto ella como Makiias recibieron diferentes medicinas. Con
suerte no quedarían rastros de Ascophio, pero ellos no lo sabrían jamás. Un
elfo llamado Zantra de cabellos grises llegó montado en un caballo blanco veloz
y ligero. Izhá estaba con Makiias en ese momento y no presenció cuando Radasté recibió
la noticia. Makiias no dejaba de observar horrorizado las cicatrices que lo
desfiguraban.
—Los humanos no supieron cuidarte
tan bien, como es posible lo hubiéramos hecho nosotros —explicó Izhá—. Pero
estas con vida y eso es lo importante. Salvaste a Radasté de morir ahogada. Por
suerte estuve ahí. La casa de mi amigo Uruduntis fue el primer lugar donde se
me ocurrió llevarte.
Makiias se sentó en su lecho
amargado cuando Radasté entró llorando a la habitación y corrió para sujetarlo
por sus manos —¿Qué pasó? —preguntó el elfo.
—Anzhará ha muerto. Se acercó
demasiado al murmonb. —respondió entre llantos.
—Siempre hacia eso. —se lamentó
Makiias que abrazó a Radasté.
—No es justo, no es justo. —lloraba
Radasté apoyando su rostro en el pecho de Makiias.
—No. —dijo Izhá para él mismo y
luego tomó su flauta doble y comenzó a tocar una melodía de una sola nota. Algo
que había escuchado de una ogra. Y comprendió que a pesar de tener solo una
nota, no era tan sencilla de interpretar.
Radasté observó a Makiias y a todas
sus cicatrices. Entonces usando su poderosa magia las curó. Haciendo que todas
ellas desaparecieran. Y secándose las lágrimas exclamó con una sonrisa algo
triste —Listo ¡Como si nada hubiera pasado!
Fin.
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