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viernes, 23 de abril de 2021

El arco del conejo

Leyenda Denjiien


    En el pueblo, la gente, se estaba enfermando. La mayor parte de las veces los síntomas, como fatiga, somnolencia, diarrea, sangrado y otros varios, se iban a los pocos días. Pero en algunos casos, sobre todo cuando se trataba de niños, la enfermedad era fatal. Las causas eran desconocidas. Las plagas más comunes, como los mosquitos, o las aguas contaminadas fueron descartadas rápidamente. Cuando los animales comenzaron a aparecer muertos supieron que no era algo solamente del pueblo. Pues todos los cadáveres se encontraron en una granja. Los bueyes muertos habían sido mordisqueados, comidos a medias. Quien, o quienes, los hubieran matado habían evitado la piel y habían ido directamente a la carne. La granja del viejo Macgron estaba en la boca de todos. Los pueblerinos pronto relacionaron una cosa con la otra y comenzaron a sospechar. Los más positivos consideraron que se trataba de algún depredador, lobos era lo más probable. Pero no tardaron en aparecer en la granja, cadáveres de estos canidos. Macgron afirmaba no saber nada del asunto. No tenían por qué culparlo, pero aun así, lo hicieron. Que estaba maldito, o que se había aliado con alguna bruja, fueron de las acusaciones más amables. La guardia del pueblo intervino y rastrilló la zona. Se quedó incluso a acampar varias noches. Ninguna criatura fue divisada. Pero tan pronto como la guardia se alejó de allí, los cadáveres de animales volvieron a aparecer. 


    La misteriosa enfermedad, se fue, así como había llegado. Pero la granja de Macgron estaba maldita. Ya nadie quería comprarle nada o saber nada de él. Desesperado, el viejo, buscó ayuda en un cazador. Si había una bestia, un demonio, algo, que se ocultase en su granja, tenía que acabar con ello. 


    El cazador intentó rastrear a quien hubiera causado las muertes de los animales, pero fue en vano. Así como cuando había estado presente la guardia, nada aparecía. Pero estando mejor pago que los hombres de la ley, decidió acampar en uno de los lugares donde más cadáveres se habían encontrado. Su regreso, después de un par de días fue inesperado. Cojeaba y le faltaba un ojo, había sido atacado. Pero la explicación que dio, parecía no tener sentido. Tan pronto como se recostó en la graba se sintió cansado y luego paralizado por completo. No fue capaz de seguir moviendo sus extremidades, mucho menos sujetar sus armas para defenderse. Al pasar las horas, estando a merced de cualquier depredador, los primeros en aparecer fueron unos conejos. Los cuales, tras olfatearlo, comenzaron a mordisquearlo. Los dedos de sus pies fueron devorados rápidamente; pero su cara, que estaba expuesta, fue el plato principal. Su mejilla y su ojo izquierdo habían desaparecido y podían verse hasta sus dientes. No había monstruos, solo un montón de conejos. Los hombres habían descubierto que estos lagomorfos, eran carroñeros ocasionales.


    Los campesinos se ensañaron con los conejos y los cazaron hasta llegar al borde de la extinción. Usaban arcos pequeños y rápidos para acabar con ellos. Dejaron de pensar que la granja de Macgron estaba maldita, y, tras la matanza, se sintieron seguros. Pero una semana después, más niños siguieron muriendo en el pueblo.


    Fue entonces que llegó el inquisidor, a investigar este caso paranormal. Morún, se hacía llamar, y llevaba un prominente bigote. Tras interrogar a la gran mayoría de los involucrados, había algo que le llamaba la atención, algo que otros habían dejado de lado, apurados por encontrar a quien culpar. ¿Qué había causado aquella parálisis de la que hablaba el cazador? Entonces, viajó hasta el lugar del hecho, a inspeccionar la escena del crimen. Allí se encontraba una criatura, que había pasado inadvertida a los ojos de los demás, pero que él conocía muy bien, debido a su extensa carrera. Ciertamente no era un biólogo, o un gran científico. Morún era un hombre de armas, preparado para el combate, pero la trayectoria de su vida, lo habían alejado de las batallas y lo habían convertido en un hombre mucho más reflexivo y comprensivo. A simple vista, parecía un polvo blanquecino. Las hojas de las hierbas se encontraban algo marchitas, amarillentas. Sin duda, dañadas. Ese polvo blanco que allí crecía, era un hongo. Recolectó muestras y las envió a uno de los grandes eruditos del reino para que las investigase. 


    Los resultados no tardaron y sus sospechas fueron confirmadas. Fusarium, un hongo que se atacaba a las plantas, y que, si era respirado, podía llegar a generar parálisis, junto con otros varios síntomas. Si se consumía, como lo habían estado haciendo los niños y demás personas del pueblo, en harinas y vegetales que se cultivaban en la granja de Macgron, eran capaces de enfermar a las personas al grado de matarlos. La plaga estaba extendida, incluso más allá de las tierras del anciano. Pues habían perdido el tiempo buscando a demonios y monstruos, mientras que deberían de haberlo invertido en observar a unos de los más ignorados seres de la naturaleza, los hongos.


    Los campos fueron quemados para ser esterilizados y poder ser utilizados nuevamente para el cultivo de vegetales que serían destinados a la ingesta humana y de animales de granja. 


    No se puede estar preparado para lo inesperado, pero ayuda mantener la mente abierta a posibilidades desconocidas. Si no, puede que salgas a cazar fantasmas y los conejos te devoren los ojos.



Fin

miércoles, 1 de enero de 2020

Equidna


Eran mamíferos de características muy peculiares. Se reproducían poniendo huevos. Su tamaño era de aproximadamente 18 pulgadas de largo. Poseían una pequeña cabeza alargada que albergaba una larga lengua que utilizaban para capturar termitas y hormigas. Su cuerpo estaba cubierto de espinas que utilizaban para defenderse. Los penes de los machos tenían cuatro cabezas. Eran capaces de soñar pero solo cuando hacia una temperatura determinada, no obstante si debían dormir.

Procedencia y distribución:
Bosques de Denjiia.

Utilización y consumo:
Ninguno.

Epílogo: La canción de la vida


            Radasté se benefició de los cuidados de los elfos. Tanto ella como Makiias recibieron diferentes medicinas. Con suerte no quedarían rastros de Ascophio, pero ellos no lo sabrían jamás. Un elfo llamado Zantra de cabellos grises llegó montado en un caballo blanco veloz y ligero. Izhá estaba con Makiias en ese momento y no presenció cuando Radasté recibió la noticia. Makiias no dejaba de observar horrorizado las cicatrices que lo desfiguraban.
            —Los humanos no supieron cuidarte tan bien, como es posible lo hubiéramos hecho nosotros —explicó Izhá—. Pero estas con vida y eso es lo importante. Salvaste a Radasté de morir ahogada. Por suerte estuve ahí. La casa de mi amigo Uruduntis fue el primer lugar donde se me ocurrió llevarte.
            Makiias se sentó en su lecho amargado cuando Radasté entró llorando a la habitación y corrió para sujetarlo por sus manos —¿Qué pasó? —preguntó el elfo.
            —Anzhará ha muerto. Se acercó demasiado al murmonb. —respondió entre llantos.       
            —Siempre hacia eso. —se lamentó Makiias que abrazó a Radasté.
            —No es justo, no es justo. —lloraba Radasté apoyando su rostro en el pecho de Makiias.
            —No. —dijo Izhá para él mismo y luego tomó su flauta doble y comenzó a tocar una melodía de una sola nota. Algo que había escuchado de una ogra. Y comprendió que a pesar de tener solo una nota, no era tan sencilla de interpretar.
            Radasté observó a Makiias y a todas sus cicatrices. Entonces usando su poderosa magia las curó. Haciendo que todas ellas desaparecieran. Y secándose las lágrimas exclamó con una sonrisa algo triste —Listo ¡Como si nada hubiera pasado!



            Fin.

16 - El sueño del equidna


            Viajaron sin descansar hasta llegar nuevamente a donde todo había comenzado. Era medianoche. Los hongos habían madurado, Sorus y Sorpus eran más serios, Penny se había convertido en una gran sanadora, Licken era todavía más fuerte y un reflexivo filósofo, Viridrut y Galerina habían desarrollado sus innatas habilidades mágicas y se habían convertido en magos respetables. Incluso Ascophio era un poco menos introvertido. Estaban más confiados, más seguros de sí mismos. Mas cansados también. Sin que nadie se lo hubiera propuesto Galerina los lideraba, y estaba un poco menos mandona. Caldishn-Ñuñu, la ogra, Makiias el artesano y Morún los acompañaban. Extrañarían a Zantra. Izhá se encontraba con Rouxy, esperando el regreso de sus amigos.
            Cuando el Kento escuchó el relato de los hongos, quedó sorprendido por lo que narraban de Anzhará. Pero estando Makiias entre ellos y viniendo de sus propias bocas, no podía dudarlo.
            —Dejemos de lado el asunto de Anzhará —propuso Izhá—. Su ambición de poder y su desesperación al ver que podía perder el que ya tenía lo corrompieron. Creo que hicieron bien en tratar de ocultar sus huellas, por lo menos de su relación con el príncipe de Saldra. Sus hermanos están aquí. He conocido a muchos. Han venido junto a Albor y bajo la protección de Rouxy.
            Rouxy había aparecido ante ellos de la forma maravillosa en que lo hacía siempre, reconstruyéndose desde su más ínfima parte hasta llegar a adoptar la forma de cuerpo fructífero. Ciega pero consiente de todo lo que la rodeaba. Las lulas, los fungí macroscópicos unicelulares, levitaban por alrededor de la arboleda iluminando el bosque y la noche. Y las flores blancas de las moreras brillaban más que las estrellas. Algunos fungís, entre ellos los que habían rescatados de los sombracortos se les unieron. Era una noche fresca, a pesar del momento del año en que se encontraban. La cercanía con la playa hacia que la humedad fuera mucha y esto acentuaba el frio. La armadura dorada y resplandeciente de Morún llamaba la atención de algunos hongos que no habían tenido la suerte de haberse encontrado con el mejor paradigma humano.
            Viridrut extrajo de su morral al aro sagrado y al cristal de sueños y se los ofreció a Rouxy, que los recibió uno en cada mano. Galerina entonces se inclinó ante la poderosa maga invocadora a pesar de que sabía que ella no la vería, pero sentía que de alguna forma percibía lo que ella hacia —Quizás nuestra existencia sea una mera casualidad…
            —Como la de todos. —agregó Rouxy.
            —…pero sabemos al menos que nuestro origen está ligado a la intervención de este elemental —continuó Galerina—. Esta criatura es inocente, no puede ser lastimada físicamente en este plano existencial, pero es prisionero aquí.
            —Entonces liberémoslo. —dijo la maga.     
            —Si lo hacemos —intervino Viridrut—. Si dejamos que la conciencia del elemental se escape de este cristal de sueños, será incontrolable y peligroso. Necesitará el metaplasma de la argolla de la cadena para escapar y una vez que lo haga, posiblemente sea enorme, pues ha estado demasiado tiempo aquí y la cantidad de metaplasma es demasiada.
            —¿Y cómo sabes eso? —preguntó Rouxy.
            —Yo se lo he dicho —los interrumpió Makiias—. Esta no fue la primera prueba de Anzhará, solo la más ambiciosa. Y posiblemente la que peor salió.
            —Acércate —ordenó la maga y cuando el elfo lo hizo ella apoyó su mano en su cabeza para enterarse de lo que había sucedido antes. Tras unos momentos se dirigió a Galerina pero a todos a la vez —. Si intentásemos liberarlo, yo usaría todo mi poder para controlarlo y poder enviarlo a donde corresponde. Pero como has dicho nuestro más preciado objeto perdería el poder que posee, quizás aquel con el que podamos protegernos. Ustedes son los que han arriesgado su vida en esta aventura. Quisiera escuchar su opinión.
            —Hay que hacerlo porque… —Galerina intentó decir algo pero no fue capaz, no encontraba las palabras, era una persona de acción y la elocuencia no era su mejor virtud.
Viridrut dijo entonces —He visto a los elfos como Anzhará y a los hombres como Bladon abusar del poder del que disponían y ser corrompidos por ello. No sé si deseo tanto poder.
            Pero fue Licken quien sentenció telepáticamente —Nada es estático en este mundo. Las cosas siempre se transformarán y el cambio llegará nos guste o no. A veces los cambios son dolorosos, como cuando perdí a mi amigo Porus. Pero de ese hecho surgieron mis amigos Sorus y Sorpus. Perdí batallas, como contra el megaterio, pero esas derrotas me enseñaron como hacerme más fuerte para triunfar contra el elemental de Anzhará. Todo cambio implica una renuncia. Creo que es valiente estar dispuesto a renunciar al poder para ser capaz de encarar un futuro más justo, pues sin duda siempre será más fácil pretender conservarlo para mantener un equilibrio estático que en realidad será ficticio. Y citando a mi nuevo amigo Ascophio “seguir a una lideresa que me convoca para salvar una vida inocente me parece la más noble de las causas.”
            Penny con su voz aguda y aniñada se pronunció —Lo que dijo Licken.
            —Lo que dijo Licken —dijeron Sorus y Sorpus.
            —Lo que dijo Licken. —dijo finalmente Viridrut.
            Ascophio y Galerina sonrieron.
            —Así se hará —contestó satisfecha Rouxy—. Albor me ayudará.

            Morún, al igual que la ogra, Makiias o Izhá, no había sido capaz de escuchar lo que había dicho Licken, pero prefirió no preguntar. En cambio dijo a ellos —Algunas cosas de los hongos siempre serán un misterio.
            —Cierto, pero no puedes negar que son maravillosos. —contestó ella.

            De pronto y sin que nadie se lo esperase el zumbido de los molestos mosquitos se vio interrumpido. Una canción estaba siendo interpretada. Viridrut, a quien le fascinaba la música, la reconoció enseguida. Era la canción de la calma. Pero no solo se sentía más tranquilo, empezaba a tener sueño. Solo Makiias, Izhá y Viridrut la reconocieron pues eran los únicos que alguna vez la habían visto. Radasté completamente vestida de blanco era radiante, era hermosa y estaba enfurecida. Pero solo ella podía sentir eso en ese momento pues todos los demás se sentían muy bien, incapaces de defenderse y a su merced ya que ella se encontraba tocando a Talisú. Colgaba de su cuello el collar con la piedra azul que le había permitido tele transportarse inmediatamente a ese lugar con su gran arpa.
            —¿Qué haces? —preguntó Izhá mientras el sueño lo vencía.
            —¡Malditos fungís! —clamó— ¡Maldito su nacimiento y maldita la muerte de mi amado Anzhará!
            Radasté cambió la canción que interpretaba en el arpa a una que Viridrut no había escuchado jamás. Vio como las lulas caían del aire, como sus manos poco a poco se convertían en polvo y desaparecían.
            —¿Qué estas interpretando? —preguntó Viridrut mientras observaba a Galerina, angustiada dormirse, mientras se esfumaba.
            —Una canción que de seguro nunca habrás escuchado, la canción de sanar. No importa si tus oídos desaparecen, esto es magia blanca, no se detendrá hasta que hayas dejado de existir. Nunca debieron de existir. Cuando haya finalizado con ustedes, tocaré la canción del sueño y entonces ningún ogro, humano o elfo despertará jamás. Nadie sabrá de esto. —dijo la luminosa elfa, concentrada en su canción.
           
            Viridrut se desvaneció. Pudo sentir a sus hermanos unidos en el sueño, pero muchos de ellos, la gran mayoría, estaban tristes. Profundamente deprimidos, de estar muriendo y de ver morir a sus hermanos. Quiso unirse a Galerina, por última vez, pero no pudo, tan amargada como estaba era inalcanzable. Todavía había tiempo, en los sueños las cosas pasan más lento que en el mundo real. Tuvo recuerdos de caminar solo en el bosque, con la humedad en sus pies, que en ese momento le había molestado pero ahora la extrañaba, con él estaba el gato de Uruduntis. Un megaterio apareció y se tele trasportó a una noche mientras se preparaba a dormir cerca de Licken y Penny en la casa del clérigo. Se arropó y por él subieron cuatro escarabajos y entonces estuvo en el bosque otra vez, observando los insectos de las moreras y recordó algunas de las palabras de Licken “¿Qué elegiría soñar si no tuviéramos indefinidos sueños en nuestro futuro? ¿Con que sueñan los equidnas?”. Y entonces comprendió, no solo que este era el sueño del equidna sino también que era lo que ellos soñaban. Recordando algo que le había enseñado un mago que había caído en desgracia, se convirtió él mismo en un equidna. Y caminó llamando a sus hermanos en un bosque demasiado apagado.
            —¿Viridrut? —preguntó Ascophio.
            —Sí.
            —¿Por qué te ves como un mamífero con pene de cuatro cabezas? —preguntó Sorpus.
            —Soy un equidna. —respondió el mago.
            —No, eres un fungí. —replicó Penny.
            —¿Y cómo sabes que no eres un equidna que sueña ser un fungí?
            —¿Qué? —preguntó Sorpus.
            —Somos equidnas. —insistió Viridrut.
            Entonces otro equidna apareció era muy grande, para ser un mamífero con pene de cuatro cabezas. Era Licken. —¡Miren! Tengo boca.
            —¡Ahhh! —se lamentó Penny—. Sigo siendo pequeña. —convertida en un diminuto equidna.
            —Somos equidnas. —dijeron Sorus y Sorpus.
            Hasta Ascophio no dijo nada, pero se transformó en lo mismo que sus hermanos, aunque no tenía muy claro que era. Galerina, entonces los interrumpió —No. Son hongos. Y les he fallado. Debíamos haber escapado, lejos de este lugar como dijo mi maestra. Ahora todos moriremos.
            —He estado pensando —dijo Viridrut ignorándola—. Finalmente he resuelto la duda de Licken, ya sé con qué sueñan los equidnas.
            —¿Y eso que importa? —preguntó enfadada Galerina rodeada por sus hermanos, ahora mamíferos.
            —¿Me intriga más que son estos animales? —preguntó Ascophio.
            —¿Pero con que sueñan? —preguntó Licken.
            —A su tiempo. —contestó Viridrut—. Te preguntabas sobre lo que estaría bien hacer en nuestras cortas vidas Licken. En nuestros últimos días. ¿Qué disfrutaron estos últimos días?
            Para sorpresa del mago fue Ascophio quien primero contestó —Fue bueno encontrarlos a ustedes. Ha sido un honor seguirlos estos días. Un gran alivio a mi tormento.
            —Fue divertido enfrentar a elementales de barro junto a Morún. —dijo Sorpus.
            —Y a los enanos de Anzhará. —dijo Sorus.
            —Fue agradable viajar en bote con ustedes. —dijo Licken.
            —A mí me gusto hacer galletitas de coco. —dijo Penny.
            —Sí, eso estuvo bien. —dijo Galerina, que si hubiera podido llorar lo hubiera hecho, mientras se convertía en un pequeño mamífero más—. Pero entonces, ¿Con que sueñan los equidnas? —preguntó.
            —Con termitas. —contestó Viridrut.
            Hubo un silencio y Sorus acotó —No es la más elaborada de las respuestas.
            —No, pero debe ser acertada. —dijo Licken con su boca, esta vez.
            —Has resuelto el misterio, ya podemos morir en paz. —Galerina usaba su sarcasmo para esconder su tristeza.
            —No entiendes.
            —No. —contestó ella.
            —Ya sé cómo podemos derrotar a Radasté.
            —No podemos, seguramente para este momento somos solo un poco de micelio en unas caras botas que nos regaló Morún. —respondió la maga algo amargada.
            —Hay que pensar como un mago. —Viridrut apelaba a las palabras de la maestra de su hermana fungí.
            —¿Y cómo? —accedió.
            —No puedo dormir a Radasté con mi magia estando yo dormido. Pero hay algo que aprendí a hacer dormido y es a pasar mis pensamientos y los pensamientos de otros, por fuera de los sueños, como hice con el elemental hacia el cristal de sueños. Todavía podemos dormir a Radasté.
            —La elfa sabe mucho más de magia que nosotros dos juntos no podrás transmitirle tus pensamientos a ella. Mucho menos dormirla. —dijo una equidna frustrada y enojada.
            —A ella no, tiene que ser algo más simple, como un insecto.
            —Ya estarán todos dormidos. —acotó Sorpus.
            —Las termitas son sordas. Tú lo dijiste Galerina —se explicó Viridrut—. Esta parte del bosque está llena de moreras, tiene que haber millones de termitas.
            —¿Y que hay con eso? ¿Cómo las termitas van a dormir a Radasté? —preguntó Penny.
            —Las termitas no, pero la última bolsa de polvo del sueño que fabricó Galerina puede hacerlo. Cuando enfrentaste a los hombres en la playa, solo uso una. El resto se lo dieron a la ogra.
            —Las termitas son ciegas. —insistió Galerina.
            —No del todo, pueden distinguir la luz de la oscuridad, Radasté es luminosa y blanca.
            —¿Y qué propones? —preguntó Galerina, algo más confiada.
            —Si te metes en las mentes de las termitas y les pides que cada una recolecte unos poco granos del polvo, no tanto que las duerma a ellas también  y luego vayan hasta donde Radasté y se suban a ella. La suficiente cantidad de termitas con polvo del sueño conseguirán dormirla, no dejará de tocar para poder matarnos así que es posible que ignore a las termitas hasta que sea demasiado tarde.
            —Es la cosa más absurda que he escuchado nunca. —contestó Galerina—además solo puedo comunicarme con los insectos estando despierta. No puedo enviar mi magia por fuera del sueño… —y entonces comprendió lo que le decía Viridrut—. Pero hay que pensar como magos.
            —Puedo enlazar tu mente a la mía y que controles a los insectos desde aquí. Yo no puedo controlarlos a ellos, pero tú sí. Debemos trabajar en equipo como las termitas. Nosotros, los fungís, somos como las termitas.
            —¿Qué no éramos equidnas? —preguntó Sorpus.
            —También. —respondió el mago.
            —Estoy dispuesta a intentarlo. —aceptó la maga.

            Viridrut y Galerina unieron sus peludas, pinchudas y diminutas cabezas. Luego cerraron sus ojos. El tiempo pasó. Los otros fungís se impacientaban.
            —¿Y ahora que va a pasar? —preguntó Sorus.

            Despertaron sintiéndose bien, escuchando el sonido vibrante y repetitivo de la pifilca que tocaba la ogra, con lágrimas en los ojos, entonando la canción de la vida, mientras sostenía el colgante con la piedra azul que había arrancado del cuello de la elfa con una mano. Viridrut se incorporó, vio que todos sus amigos se encontraban bien y luego observó a Radasté, tendida entre las hierbas, cubierta todavía por termitas. El arpa inmóvil alta y majestuosa parecía un altar. Sintió la urgencia de quitarse las botas que protegían sus pies. Consideró que no servirían ya para nada más. También lo hicieron los demás. El mago se acercó a Galerina y estando descalzos los dos apoyaron un pie sobre el del otro. Un beso de hongo, quizás.

            Izhá y Makiias que habían despertado antes que Morún se acercaron hasta donde estaba Radasté, dormida.
            —¿Qué ha pasado? —preguntó Izhá.
            —Es una buena pregunta. —agregó la bruja.
—Viridrut y yo convencimos a las termitas de tomar algo del polvo del sueño y llevarlo hasta Radasté. Cientos, miles de termitas fueron suficientes para dormirla. —contestó Galerina.
            —¿Ella se encuentra bien? —preguntó Makiias.
            —Solo está dormida. —explicó Viridrut.
            Makiias se arrodilló en el suelo cerca de ella para retirar el cabello del rostro de la elfa —No siempre fue así. He servido durante años a ambos. Quizás, nunca estuve a la altura de su magia, quizás pertenezco a una clase inferior a la de ellos. Pero por lo menos en Radasté, siempre existió algo de gentileza. El miedo a perder su casta volvió loco a Anzhará y arrastró a Radasté.
            —Ella estuvo de acuerdo en matar a los fungís, y estaba dispuesta a matarnos a nosotros también. Ella nunca partió para ver cómo podía curarte, como dijo Anzhará, estaba tratando con la sociedad de los sombracortos.
            —Lo sé, pero también sé que no siempre fue así. Ella vivió miles de años al igual que Anzhará, haciendo lo correcto.
            —Pero cuando sus privilegios se vieron amenazados se convirtieron en monstruos. —reclamó Morún.
            —Yo entiendo que no puedan verlo como lo veo yo. Pero desde que todo esto aconteció, he estado sumergido en una pesadilla, de la cual todavía no he podido despertar. Desearía despertar y encontrarme con que todo es igual que antes. —dijo Makiias contemplando a Radasté.
            —Nada volverá a ser como antes. Anzhará ha muerto. —recalcó Izhá.
            —Sí y yo deberé escapar por siempre para que los elfos de Saldra no me cacen. Enviaran Kentos tras de mí, quizás a ti Izhá, si llegasen a saberse. Nunca aceptarán el que haya ayudado a los fungís. No lo aceptarán de ti tampoco.
            —¿Y qué pretendes que hagamos? —preguntó Viridrut.
            —Has que Ascophio nos borre la mente, a ambos, que olvidemos todo lo de estos meses e inventa algo para nosotros. Radasté y yo lamentaremos la muerte de Anzhará pero no tendré que dejar de ver a todos los que conozco.
            —¡Inaceptable! —dijo Morún—. Radasté es culpable y debería de ser castigada.
            —Pero algo de lo que dice Makiias es cierto —intervino Izhá—. Si capturo a Radasté y la llevó ante la ley, se sabrá lo de los fungís. Ya se le ha borrado la mente a Zantra, para protegerlo a él también.
            —Zantra, mi buen amigo Zantra, es inocente —reclamó Morún enfadado— Radasté no.
            Viridrut observó a Licken que les comunicó algo mentalmente y contestó —Sí.
            Galerina que había estado escuchando dijo —Estoy de acuerdo.
            —¿En qué? —preguntó Morún.
            —Licken dice: La vida es corta, para vivirla con rencor. Quizás volver atrás y fingir que nada ha pasado no sea lo más valiente. Pero es lo mejor para todos. Nosotros no olvidaremos, ni Izhá, ni Morún, ni Caldinsh Ñuñu. Pero no podemos negarle a Makiias su sueño del equidna. —respondió Viridrut.
            —Pero mi maestra y tú, deben de estar de acuerdo, pues son sus víctimas también. —dijo Galerina.
            —No me importa lo que pase con ella. Siempre puedo comérmela luego. —contestó la ogra.
            Morún estaba enfadado y en desacuerdo. Pero finalmente aceptó, por favorecer a los fungís —No es lo que es justo que pasase. Pero asumo que no hay justicia que devuelva la vida de la anciana que protegió a Licken y a Porus, ni justicia que devuelva la vida de Porus. Gente a quien no conocí y por quienes pretendo defender esta causa. Si aquellos que los conocieron pretenden dejar pasar esto no me opondré. Pero Talisú debe ser destruida. En cuanto a ustedes. Deben desaparecer de aquí. La gente del pueblo sin nombre los olvidará, y nadie les creerá. Con el tiempo serán una leyenda, como pretendía Anzhará. Pero yo los llevaré al norte a tierras más seguras, donde su magia no sea temida y su aspecto no sea despreciado. Allí encontrarán un nuevo hogar. La orden de los acuñadores guardará el secreto de su existencia y los protegerá por siempre.
            Viridrut consultó visualmente con sus hermanos y sin mediar palabra todos estuvieron de acuerdo —Está bien. Eres un gran amigo Morún, para nada gris. Gracias. —y tras esto extendió su mano hacia el hombre. Ambos se tomaron por sus muñecas y Morún sonrió. Luego Viridrut miró a Makiias —Te dormiré y despertarás en un mundo triste en el cual tu líder ha muerto, pero aun así será mejor que este. Despertarás en el mundo que tú has elegido, cosa que pocos podemos hacer, será falso, pero verdadero para ti. Sera real, pero un sueño. No sé decirte si eso es bueno.
            —No soy un elfo muy valiente, supongo. —contestó Makiias.
            —No se eso. Pero sé que eres uno justo y con eso me alcanza. Gracias en nombre de los fungís.
            Makiias dijo lo último que diría a los hongos —Si tú me juzgas así, solo por haberme conocido un día. Imagina como juzgo a Radasté que la he conocido por incontables años. Piensa en algo lindo para nosotros.
            Viridrut asintió con su cabeza y luego movió su mano derecha delante de la cara del elfo y este se durmió. Ascophio se acercó mientras Viridrut imaginaba una ilusión, muy larga para rellenar el vacío que dejaría su hermano en la mente de los dos elfos. Cuando todo terminó Viridrut dijo —Está hecho. Despertarán mañana posiblemente, Izhá lo llevará eventualmente a su tribu. Diremos que su embarcación había naufragado y que Talisú se hundió en las costas de Denjiia, en una tormenta. Makiias intentó salvar a Radasté nadando pero salió lastimado en los arrecifes por conchas de caracoles y sus cicatrices son producto de esto. Quizás no sea la mejor de las mentiras pero deberá servir.
            —Me los llevaré a mi tribu, prolongaré su sueño si hace falta, encontraré la forma. Diré que han estado un tiempo donde Uruduntis inconscientes y recuperándose, porque las heridas de Makiias ya han cicatrizado mucho.
            Rouxy viendo que todo estaba ya hecho, ayudado por sus hifas enterró a Talisú. El arpa se convertiría en el alimento de los hongos del bosque. Pronto no quedaría nada de ella.

            —Debemos liberar al elemental. —insistió Galerina.
            —Yo intentaré controlarlo —explicó Rouxy nuevamente—. Albor me asistirá para que no lastime a nadie, ya que nosotros los fungís no somos afectados por el poder de estas criaturas. Albor lo restringirá físicamente, mientras él se une con su otra parte, para poder partir.
            La fungí sostuvo el cristal en su mano izquierda y lo alzó. Todos buscaron refugio, alejándose de donde estaba ella. Varias lulas la rodeaban iluminándola. Entonces conocieron a Albor, del suelo brotó como si simplemente se inflase un hongo amarillo pálido de muchas setas, que creció y creció. Rouxy liberó al elemental hecho del bosque, del viento, de la grava, del barro, de ramas secas. Que se alzó rápidamente por encima de la copa de los árboles, gigantesco y descomunal. Arrancó a una morera del suelo y la arrojó confundido, desorientado. Rouxy soltó a la pieza de la cadena que simplemente levitó en el aire hacia donde estaba el elemental. La criatura rugió alejándose. Pero Albor que ya había crecido hasta superarlo lo contuvo sujetándolo con su amorfo cuerpo. El elemental le arrancaba partes. Pero Albor no se rindió. Finalmente la pieza de la cadena alcanzó al elemental y este fue desapareciendo mientras transitaba hasta su propia dimensión, el gigante se fue gentilmente. Albor se desinfló y desapareció en el suelo.
            Penny preguntó preocupada —¿Ha muerto acaso Albor?
            Pero Rouxy contestó levantando un poco de tierra —No. Albor se encuentra aquí y viajará con nosotros a donde nos lleve Morún.
            Caldinsh Ñuñu levantó la argolla que había perdido casi todo su poder pero todavía conservaba y posiblemente por mucho tiempo algo del metaplasma mágico.

            Galerina y Viridrut se separaron del resto de sus hermanos y se reunieron en una ronda junto con Caldinsh Ñuñu, Morún e Izhá.
            —¿Qué harás con eso? —preguntó Galerina a su maestra, refiriéndose a la pieza de la cadena.
            —Creo que la convertiré en una daga, para cortar queso.
            —Pero es muy pequeña es posible que solo te alcance para la mitad de la hoja. —dijo Viridrut.
            —Pienso que ni siquiera. Le pediré a algún enano que la una a otra pieza de metal, posiblemente bronce. Así estará oculta. —contestó la bruja.
            —Supongo que debemos partir cuanto antes. —propuso Morún.
            Viridrut buscó en su morral una bolsa llenas de monedas, la recompensa que había obtenido por encontrar al atracador del bosque y se la entregó al elfo —Toma, no le he encontrado utilidad a esto. Y espero que donde vayamos no haga falta tampoco. Has que se reparta entre los habitantes del pueblo sin nombre. O quizás Uruduntis desee fundar una escuela y enseñar allí, como lo hizo con nosotros. Ser un ermitaño no va con él. Es probable que disfrute transmitiendo su sabiduría. Si los niños del pueblo son educados mejor, quizás cuando les toque, no elijan al que tiene más dinero pensando que ese no va a robarles. Envíales nuestros saludos a él y a su gato.
            —Creo que la segunda es una mejor idea —dijo Izhá—. Estoy pensando en retirarme de mis labores de Kento. Ser profesor de música en esa escuela quizás sea mi próxima misión. Espero que Uruduntis me perdone.
            —Mmmm. —murmuró disconforme la ogra. Pero no dijo nada.

            Morún ensilló su caballo, mandó a llamar a sus hombres, que en poco tiempo se reunieron con él y formó una caravana para escoltar a los fungís hacia el norte. El viaje duraría, a pie, posiblemente semanas. Izhá sabía que todavía faltaba mucho tiempo hasta que volviera a tener noticias de él y de lo que había pasado con los fungís. Tenía que apurarse a encontrar unos bezules, para poder transportar a los dos elfos hasta la tribu. Antes de desaparecer en el bosque Viridrut se dio vuelta y saludó al elfo, moviendo sus brazos de forma extraña, pues no poesía huesos.


martes, 31 de diciembre de 2019

15 – El faro, digo, el observatorio astronómico


            —Entonces ¿Usted cree que el elemental está atrapado en Makiias? ¿Existe algún antecedente en la historia sobre algo así? ¿Cree que podré entrar en contacto con él? No pude hacer nada con Izhá. —preguntó Viridrut, agobiando a la ogra mientras atravesaban la puerta de entrada a la habitación donde yacía el elfo.
            —Haces demasiadas preguntas, aprendiz de mago —La ogra olfateó el lugar y dio una rápida inspección visual a la sala—. No conozco ningún antecedente respecto a algo así. Claro que la invocación no es mi fuerte y en realidad es algo bastante difícil de hacer, al menos en la escala en la que lo hacía Anzhará. Lírudin era de gran ayuda. Sin embargo sí sé lo que es el metaplasma del que hablaba el elfo y entiendo muy bien para que lo quería.
            —¿Y para qué sirve? —preguntó Galerina.
            —Espera —dijo la bruja intentando contestar todas las preguntas de Viridrut antes—. No pudiste entrar en contacto con Izhá en tu sueño porque él estaba angustiado y preocupado y es mucho más difícil establecer un enlace con alguien si se encuentra así. Sin los poderes de Ascophio que es capaz de meterse en el cerebro de sus víctimas, los magos no podemos controlar la mente de la gente. La ilusión que le mostraste a Bladon funcionó porque él vio en un principio lo que quería, una vez que te permitió enlazarte con él, sin que se diera cuenta te dio acceso a conocer sus secretos. Pero de otra forma hubiera sido imposible. La verdadera magia es encontrar la forma de acceder a la mente de tu huésped de una forma amable. Al principio al menos. Cuando tus compañeros me contaron lo que había pasado asumí que el motivo por el cual Anzhará no era capaz de unirse al sueño de Makiias era porque el otro elfo no quería ser invadido por él. Y posiblemente tampoco el elemental. Sobre todo el elemental. Esta criatura no pertenece a este plano existencial y sin duda ha de estar sufriendo. El elemental que Licken derrotó, simplemente regresó a su dimensión, si así quieres llamarla. Pero este no ha podido. Makiias confió en ti, y el elemental si no estoy equivocada, también, justamente porque eres un fungí. Si la criatura realmente se encuentra en la mente de Makiias, atrapada, tu misión será separarlos y enviarle al cristal de sueños que tienes. Que se encuentra vacío.
            —Si hago eso ¿Despertará Makiias? —preguntó Viridrut.
            —No. No sé con cual encantamiento Radasté o Anzhará durmieron a este elfo. Si lo hicieron con Talisú y tocaron la canción del sueño, Makiias no despertará jamás. Yo por lo menos no poseo los medios. Si lo durmieron de alguna otra forma quizás pueda despertarlo —La bruja buscó entre su morral un frasquito con un líquido de color verde y lo dejó sobre una mesa cercana a la cama—. Esto debería ser suficiente.
            —¿Existe una canción del sueño? —preguntó Sorus.
            —Por supuesto. Pero no es recomendable interpretarla en Talisú.
            —¿Por qué? —preguntó Galerina.
            —Porque cualquier cosa que toques en Talisú, dormirá a quien la escuche, excepto al interprete. Pero es un sueño del cual puedes despertar, como el gato de ese clérigo. Si escuchas la canción del sueño también despertaras. Pero si tocas la misma canción en Talisú, la potencia de la magia será tal que jamás podrás volver a abrir los ojos. Lo que me lleva al metaplasma. Esa sustancia, bien utilizada, sirve para lo mismo que Talisú o Lírudin o el báculo de murmonb que di a Galerina, potenciar la magia, solo que cualquiera. Pero es escaso y difícil de conseguir. Esa argolla está repleta de eso. Por eso los poderes de esa maga Rouxy son tan grandes. Una parte del elemental quedó atrapada en ella y otra en Makiias. Esa por lo menos es mi teoría. No creo que Anzhará desease despertar a Makiias, pero tampoco apostaría que intentaba dejarlo así para siempre. Creo que estaba experimentando. Lo que verdaderamente pasó solo lo sabremos por lo que diga el elfo. Si es que despierta. Y no tengo muy claro que será lo que pensará de nosotros.
            —¿A qué se refiere? —preguntó Viridrut.
            —Ahora que Anzhará está muerto, los elfos de Saldra buscarán saber qué fue lo que pasó. Ustedes, fungís, se han ganado poderosos enemigos.
            —Pero somos inocentes. —protestó Penny.
            —Eso no importa en lo absoluto. No tienen a nadie que los defienda y mi versión es la que menos creerán —aclaró la ogra—. Pues he matado a su príncipe. He dormido a Zantra y a sus elfos, porque pienso que quizás Ascophio podría borrarles la memoria y hacer pasar la muerte de Anzhará como un accidente de jardinería. O algo así.
            —Tenías todo planeado, maestra. —dijo Galerina.
            —Por supuesto que no. No vine aquí con la explicita idea de asesinar a un príncipe elfo.
            —Pero si estabas equivocada él te hubiera odiado. —sugirió Galerina.
            —Sí, es posible. Y me hubiera echado de su isla por dormir a sus guardias. No creo que hubiera recibido más castigo que el desprecio. Pero ustedes hubieran estado bien.
            —¿Y el desprecio de los elfos no le importa? —preguntó Viridrut.
            La ogra soltó a reír —No. Por supuesto que no. Aun sin que lo sepas fungí, eres el monstruo de muchas personas. No importa lo que seas, estoy segura de que alguien, en algún lado, no vacilará en odiarte o hacerte daño. A mí me alcanza con que al menos para algunos pocos, no sea el mismo monstruo que para los demás.
            Ascophio los interrumpió —Puedo intentar borrarles los recuerdos, pero quedarán infectados por mí. A la larga se convertirán en mis títeres de todas formas.
            —Además hay muchas otras cosas, como los ágaves que mataste. —reflexionó Galerina.
            Pero la bruja se limitó a contestar —Todo a su tiempo, niños.
            Viridrut eligió no continuar con el interrogatorio —Voy a intentar utilizar lo que me ha enseñado, señora Ñuñu. ¿No desea acompañarme? Está mejor preparada que yo.
            —Soy una bruja, no una maga. Mi magia no es igual a la tuya. No soy capaz de hacer lo que tú haces. Hago cosas diferentes. Esto depende de ti.

            El aprendiz de mago, cada vez más capaz, se posicionó nuevamente a los pies del elfo y sujetó uno de ellos con su mano izquierda. Los minutos pasaron y la espera se hizo larga. Penny era quien sostenía el cristal de sueños. La ogra se mantenía inmutable aunque Galerina y sobre todo Sorpus y Sorus se impacientaron y tuvieron que salir de la habitación, porque se aburrían. Regresaron una hora después, justo a tiempo para ver el cristal de sueños cambiar de color.
           
            Viridrut despertó y tan pronto como lo hizo fue interrogado por Galerina —¿Mi maestra tenía razón? ¿El elemental estaba con Makiias?
            —Sí, el elemental estaba con él. He enviado su conciencia al cristal de sueños. También he hablado con Makiias, o por lo menos con su parte inconsciente. Él no sabe de nosotros. Pero si de mí, no comprende lo que es un fungí.
            —Pero has hablado con él. —dijo Penny.
            —Sí, pero en un sueño —aclaró la bruja—. Makiias ha estado dormido desde hace mucho tiempo y mientras ha estado así no se ha enterado de lo que pasaba en el mundo real. Cuando despierte será muy difícil para el asimilar lo que está sucediendo.
            —Es más complicado que eso —manifestó Viridrut—. Él sabe que está en un sueño. La poción que ha traído, señora, no hará efecto según lo que me informó. Una máquina, de su propia fabricación, es lo que lo mantiene en este estado. Anzhará lo obligó. Para despertar a Makiias hará falta apagar esa máquina.
            La ogra de todas formas deseaba intentarlo así que destapó su frasco y lo colocó cerca de la nariz del elfo. Pero este, como había predicho Viridrut, no despertó —Umpf gruñó—. ¿Y dónde se encuentra esa máquina?
            —Anzhará tenía un laboratorio secreto, oculto en el observatorio astronómico. El artefacto que buscamos se encuentra allí. —explicó el fungí.
            Galerina intervino —Es imposible subir, la puerta está cerrada con llave y no se puede abrir. Estuvimos con Sorus y Sorpus intentando acceder pero no abre.
            —Y no lo hará —explicó Viridrut—. El único que puede abrirla es Anzhará, pues Makiias también fabricó esa puerta. Y no podremos tirar abajo las paredes tampoco. Pero hay una forma.
            —¿Cuál? —preguntó la ogra.
            —Makiias creó una llave capaz de abrir cualquier cerrojo. Muy práctica. Pero un día la perdió. Eso todavía lo angustia, eso y una elfa que lo rechazó cuando era joven. Entre otras cosas.
            —¿Y la perdió cerca de aquí? —volvió a preguntar la ogra—. Porque de otra forma esta información es inútil.
            —Las perdió donde la udra, hace como ciento cincuenta años. Todavía deben estar allí. —aseguró Viridrut.
            —Entonces es un caso perdido, no podremos sacarlas nunca de allí. Mejor vayámonos y dejemos a este elfo aquí. —dijo la bruja.
            —No podemos hacer eso —se quejó Viridrut—. Si nos vamos ahora que Anzhará ha muerto, nadie cuidará de Makiias. No sabemos cuándo pueda regresar Radasté.
            —Viridrut tiene razón, maestra. Makiias es inocente, no nos ha hecho daño alguno, ni siquiera sabe que existimos.
            —Él no, pero Radasté sí y no creo que este contenta cuando se entere de que su amante ha muerto —explicó Ñuñu—. Lo mejor para ustedes es escapar lejos de aquí. Este elfo no es su problema. Yo ya he satisfecho mi curiosidad, nada más tengo que hacer aquí y ustedes tampoco. Borremos nuestro rastro y desaparezcamos. Aunque Radasté regrese y Makiias despierte, no sabe de ustedes, no será un cabo suelto. Ella no lo admitirá nunca.
            Galerina reflexionó por unos instantes pero concluyó —No. Cuando conocí a Viridrut, se preocupó por un hombre al cual yo había atacado con mi veneno. A pesar de que ese hombre había sido su carcelero. No somos parásitos, como creía Anzhará. Puede ser que no seamos capaces de salvar la vida de este elfo, pero no nos iremos sin intentarlo. Y llevaremos la argolla y el cristal de sueños a Rouxy, ella sabrá que hacer con eso. Luego cuando hayamos resuelto esto, partiremos con Albor y los otros fungís.
            —Radasté y los elfos vendrán por ustedes. —dijo la bruja.
            —Usted puede irse maestra. Nosotros nos quedaremos.
            —No solo arriesgas tu vida, sino también la de tus hermanos. —dijo casi en suplica la ogra.
            Pero Sorus intervino —Galerina, creo, es nuestra lideresa. Estamos con ella.
            —¿Tú también piensas así Ascophio? —buscó la maloliente criatura algún aliado.
            —He matado para defender a los míos. Lo cual sin duda cambió algo en mí. No deseo volver a hacerlo y sin embargo lo haría, pero no necesito dejar morir a este elfo. Es más, creo que quiero salvarlo. No he vivido tanto como tú ogra, no conozco a los tuyos, no prejuzgo, pero seguir a una lideresa que me convoca para salvar una vida inocente me parece la más noble de las causas.
            —Puedes irte maestra, te agradezco por todo lo que has hecho —repitió Galerina—. Pero esta es una cuestión fungí.
            —La muerte de Anzhará se sabrá, y entonces toda una tribu de elfos nos buscará. No temo por mí, temo por ustedes, temo por ti, Galerina. Por eso no me iré, veamos qué podemos hacer con esa Udra. —contestó triste la bruja.
            —Yo borraré la memoria de los elfos, como has dicho. —dijo Ascophio.
            —Siempre estará Radasté —insistió Ñuñu—. Dejemos de perder el tiempo y partamos en búsqueda de la llave mágica.

            Galerina se acercó a la udra para observar el suelo pero no fue capaz de distinguir nada —La llave debe de estar bajo la mismísima udra.
            —No te acerques demasiado —reclamó la bruja—. Si el príncipe elfo la ha estado alimentando con hongos no tendrá problemas para devorarte. Se alzará sobre sus cuatro patas, te aplastará y te convertirás en su almuerzo.
            —Quizás Licken con su fuerza pueda atraparlo. —sugirió Penny.
            —No tienes idea de lo que pesa o de su fuerza —explicó la ogra—. Pero debemos de moverla de alguna forma.
            —Parece solo un montón de tierra. —dijo Sorpus.
            —Pero no lo es. —Viridrut se acercó también a observar la criatura.
            —¿Y no hay una canción para mover udras? —preguntó Sorus.
            —No —contestó la maestra de Galerina—. Pero si hay una canción para calmar. No es la misma que para dormir, pero, serviría para hacer a la udra menos violenta y una vez que se haya levantado poder buscar por debajo. Las udras detectan a sus presas por el sonido así que son capaces de escuchar, aunque no sé si tengan un cerebro.
            —Pues tócala. —dijo Viridrut.
            —Podría silbarla pero no será suficiente, necesito algún instrumento que amplifique mi magia para estar segura de que la udra no lastimará a quien busque debajo.
            —Traigamos a Talisú. —sugirió Sorpus.
            Pero la ogra soltó a reír —¿Si, de veras piensas que yo sé tocar un arpa, uno de los instrumentos más complicados de usar? Eso es para elfos adinerados, no para ogros que se las rebuscan en chozas y cocinan en hornos de barro. Estoy pensando en otra cosa.        
            —¿Cuál? —preguntó Galerina.
            —En una pifilca, una simple pifilca, realizada con la madera del holderon que se encuentra en frente. Pero si me acerco al holderon me sujetará con sus ramas y se beberá mi sangre. Además no sirve de nada si lo mato. Él tiene que ceder, voluntariamente, una rama para que pueda fabricar la pifilca.
            —¿Y cuál es el problema? —preguntó Sorus.
            —Ninguno de ustedes dos es muy brillante ¿No? —dijo burlonamente la ogra—Aunque existen formas de comunicarse con el holderon, yo claramente no poseo ninguna. Digamos que no se hablar en su idioma. Seguimos en el mismo lugar que siempre.
            Pero Ascophio por primera vez habló sin que le hablasen primero —Entre los fungís con los que me encontré, prisionero de los sombracortos, conocí a una llamada Amanita, de sombrero rojo y con motas. Ella era capaz de enlazar su micelio con las raíces de las plantas y unirse a ellas ayudándolas y siendo ayudada a la vez.
            —Pero tú claramente no puedes hacer eso o ¿sí? —preguntó desafiante la bruja.
            —Yo no.
            —Pero Sorus y Sorpus pueden. —Licken se comunicó telepáticamente con todos, excepto con la maestra de Galerina que no podía escuchar sus pensamientos—. Porus su antecesor, era capaz de establecer estas micorrizas y al igual que yo mantengo una relación simbiótica con mis algas, Porus lo hacía con las plantas. Creo que ustedes también pueden hacerlo.
            —¡Vale la pena intentarlo, Licken! –exclamó Viridrut.
—¿Qué ha dicho el simbionte? —preguntó la única que no podía escucharlo.
            —Que Sorus y Sorpus intentarán comunicarse con el holderon. —contestó su discípula.
            —Eso quiero verlo. Por su seguridad no se acerquen demasiado tampoco al holderon. —sugirió.

            Pero Sorus y Sorpus no tenían muy claro que hacer. Por consejo de Licken se sacaron las botas que les había  regalado Morún y colocaron sus pies en el suelo. Al principio nada sucedió, pero tras unos momentos el micelio de sus pies se alargó adentrándose en el suelo en busca de las raíces del holderon. Los dos funguis cerraron sus ojos para concentrarse. Finalmente una de las ramas del árbol con ojos de ámbar se desprendió.
            —Puede tomarla señora Ñuñu, el holderon no la lastimará. —aclaró Sorus.
            Mientras se dirigía a recoger la rama dijo a su discípula —Sin duda no son “parásitos” como decía Anzhará. Es de gran ayuda ser amigo de un fungí.
            Galerina contestó solo con una sonrisa.

            Ayudada por el cuchillo de Viridrut la ogra talló una pifilca de la rama del holderon. Un instrumento alargado con solo una hendidura en su centro por donde se debía soplar, que hacia un sonido similar al que se hace al soplar dentro de una botella, pero mucho más profundo. Tras ensayar un poco, confiada, caminó hacia la udra entonando la canción de la calma. Instintivamente la criatura se levantó de donde estaba, erguida sobre sus cuatro patas. Pero lo hizo lentamente, de forma muy tranquila. Fue notorio que no tenía intenciones de aplastar a la bruja. Los fungís se apresuraron a buscar bajo ella y fue Penny quien encontró la llave extraviada. Su aspecto era el de una llave lisa con empuñadura pero sin dientes. Cuando todos estuvieron lejos, la bruja también se alejó y dejó de tocar su canción. La udra entonces volvió a agacharse quedando en la misma posición que antes. Caldishn-Ñuñu guardó la pifilca en su morral y se dirigieron a la puerta del observatorio astronómico.
           
            Con la llave mágica en la mano Viridrut se dispuso a abrir la puerta, solo para notar que no había ningún cerrojo —No entiendo. ¿Dónde meto esto?
            La ogra soltó a reír —Solo para divertirme un rato dejaré que ustedes solos resuelvan esto. Galerina y Viridrut, si ustedes desean ser magos deberán empezar a pensar como unos.
            Galerina y Viridrut aceptaron el reto y se quedaron parados frente a la puerta observándola. Los otros fungís decidieron apartarse. La puerta era de un metal plateado completamente lisa. No se veían las bisagras ni ningún tipo de ranura. Después de observar un rato decidieron usar el tacto. Recorrieron con sus dedos toda la superficie pero no había allí ninguna irregularidad.
            Galerina decidió intentar algo al azar y tomó la llave con su mano derecha y simplemente la apoyó en la puerta —Quizás si hacemos esto. —pero nada sucedió.
            Sorus sugirió desde lejos —Si observan bien la puerta está levantada un poco del piso. Si arrojan la llave por debajo quizás se abra.
            —Ni siquiera intenten eso. —sugirió la bruja tomándose la cabeza con una de sus manos.
            —No sé. —dijo Viridrut rindiéndose.
            —Piensa. Considera tus recursos, tus capacidades. La magia te permite hacer algunas cosas si y otras no, tiene límites. —Le aconsejó la maestra de Galerina.
            A todo esto Licken decidió intervenir. Y tomando la gema antimagia que poseía  la acercó a la puerta, cada vez más y más cerca hasta que prácticamente la apoyó en la misma. Entonces cuando llegó a su centro, un cerrojo redondo pudo verse allí, justo en el medio.
            —¡Ahh! —exclamaron todos.
            —No era tan difícil. —dijo la ogra.
            —Pero cuando los acuñadores usaron la misma anti magia en mí, mi ilusión desapareció mucho más lejos. —reclamó Galerina.
            —Porque tu magia era mucho menos fuerte que esta ilusión. Piensa en el arpa de Radasté, Talisú, hará que cualquier canción que suene en ella produzca mejores resultados que si yo las silbase. Cuanto más tiempo recibas la magia y cuanto más poderosa ella sea más difícil será evitarla o descubrirla. Una armadura podrá defenderte de un buen golpe, pero una udra te aplastará de todas formas.
            —Entiendo. —dijo Galerina y luego introdujo la llave en el cerrojo y esta brilló. Giró la llave y se escuchó como las trabas de la puerta se movían y se soltaban. Finalmente, la puerta, se abrió como si poseyese una voluntad propia. Del otro lado se encontraba una escalera caracol que subía hasta el observatorio astronómico. La torre era ancha y los escalones eran largos.

            Desde arriba podía verse toda la isla y hasta las costas de Denjiia. El observatorio ubicado en la parte más alta, era circular y lleno de arcos, cuatro de ellos, para mirar por cada eje cardinal. Dentro había paneles, tableros en los que se dibujaban los movimientos de los astros, sobre todo de la luna. Había una vitrina llena de artefactos valiosos y extraños. Pero estaban apartados del resto. Entre ellos se encontraba un llamativo colgante con una piedra de color azul. Cerca había un escritorio con un libro abierto con escrituras en el idioma de los elfos, que ninguno allí sabía leer todavía. A su lado había una biblioteca repleta de libros, posiblemente tratados de magia e historias de magos reconocidos. Sobre la biblioteca había frascos, cada uno con semillas diferentes. Anzhará coleccionaba de todo. Cada frasco contenía semillas de especies diferentes, perfectamente catalogadas con símbolos de elfos. Frente a la biblioteca Viridrut reconoció al artefacto que regulaba el sueño de Makiias. Era circular y hueco fabricado en madera rojiza y metal. En su centro una gema luminosa los alumbraba al mismo tiempo de levitar y vibrar. En todos los alrededores de la mesa se encontraban cristales de sueños llenos de sueños y memorias de los visitantes del palacio. Los fungís se preguntaron si entre ellos se encontrarían los de ellos también. Cuando ellos habían estado en la playa por primera vez y descansado allí, Galerina y Viridrut que no llevaban las gemas antimagia habían sido observados por Anzhará. Antes de que ellos llegasen él ya sabía todo. Siempre había fingido. Había también allí otras extrañas gemas de colores diferentes a la del centro. Viridrut extrajo la gema y esta dejó de brillar.
            —Makiias despertará pronto. —dijo el fungí.
            —Si cuando despierta nos ve a nosotros temerá. Pero creo que ya se para que usaré el báculo que me has regalado maestra. Me proyectaré ante él como si fuera Anzhará cargando a Lírudin. —propuso Galerina.
            Mientras Viridrut experimentaba colocando otra gema dentro de la maquina contestó —Creo que podremos observarte desde aquí, si he entendido bien cómo funciona esta cosa.
            —Ten cuidado. —La ogra estaba preocupada por su discípula.

            Galerina bajó tan rápido como pudo por los alargados escalones llevando en su mano izquierda al báculo de madera, mientras ensayaba la forma de Anzhará. Viridrut consiguió activar correctamente la máquina y la imagen de lo que sucedía en aquella habitación se proyectó en una ligera niebla sobre la gema. Podía escucharse todo también. Makiias se incorporaba cuando Galerina disfrazada de Anzhará apareció por la puerta. El elfo se estremeció al verlo y asustado se acurrucó en un rincón de su lecho apoyando su espalda sobre la pared. La fungí no esperaba tal reacción.
—¿Qué me ha hecho? ¿Qué le ha hecho al elemental? —fueron las primeras palabras del elfo.
            —Tranquilo Makiias —intentó calmarle Galerina— Estarás bien. La conciencia del elemental se encuentra ahora en un cristal de sueños. Tú estás a salvo.
            —¿Por qué?
            —¿A qué te refieres?
            —¿Qué hará conmigo ahora que el elemental se ha separado de mí? ¿Es esto un sueño todavía? —Makiias se encontraba aterrado y miraba para todos lados.
            —No. —contestó Galerina disfrazada de Anzhará—. La máquina del sueño ha sido desconectada, el elemental se ha ido. No tienes nada de qué preocuparte. Puedes confiar en mí.
            —No. Discúlpeme oh príncipe de Saldra, pero no confió en usted. Usted ha cambiado. Me forzó a someterme a este experimento, me forzó a intentar lo que deseaba hacer con ese elemental. He sufrido  en mi propia carne el dolor —dijo Makiias observando aterrado sus cicatrices. Luego suplicó—. Libéreme, no diré a nadie lo que ha sucedido.
            Galerina comprendió que haberse disfrazado de Anzhará no había sido una buena idea pero debía mantener la mente abierta si lo que estaba haciendo no daba resultado entonces quizás era mejor decir la verdad —Voy a rebelarte algo, pero no quiero que te asustes. —dijo amablemente.
            —Niña boba. —gruñó la ogra viendo lo que sucedía desde otra habitación.
            —No soy quien piensas, no obstante no estás en un sueño. Esto es real. —Galerina extendió su mano pero removió de ella la ilusión que la cubría exhibiendo sus cuatro dedos de fungí.
            —¿Qué le ha pasado a su mano? —preguntó aterrado el elfo.
            —Nada, esta es mi mano. Y es porque yo no soy Anzhará. Estoy aquí para rescatarte.
            —¿Y quién eres?
            —Soy una maga, al igual que Anzhará. Pero desapruebo lo que te ha forzado a hacer. Él también me persiguió a mí y a los míos.
            —¿Y qué le pasó al príncipe? —preguntó el elfo— ¿Qué le pasó a Radasté?
            —Anzhará ha muerto, pero no he sido yo quien lo mató. No sabemos nada de Radasté.
            —¿Quiénes son ustedes?
            —Acompáñame y los conocerás, mis amigos se encuentran el observatorio astronómico.
            —¿Y cómo han entrado allí sin el permiso de Anzhará?
            —Tú le dijiste, en tu sueño, a uno de los míos como hacerlo.
            —¿Viridrut?
            —Sí.
            —¿Él es real?
            —Sí, acompáñame. —Galerina extendió su mano, la única parte en la que había removido su ilusión y permitió que Makiias la tomase.
            —Tu mano se siente extraña, liviana y algo fría. ¿Qué clase de criatura eres? —preguntó mientras caminaban en dirección al observatorio.
            —Soy algo que tú creaste. En ese experimento con el elemental.
            —No entiendo.
            —Para ser justa, yo tampoco.
            —¿Eres mujer?
            —Sí. También hay hombres y otros que no podríamos clasificar como ninguna de las dos cosas. —contestó Galerina.
            —Pero entonces… —dijo el elfo.
            —Calla, solo acompáñame hasta donde están los míos para que los conozcas.

            Makiias obedeció y se mantuvo en silencio hasta que llegó al observatorio entonces los vio a todos los fungís y a la ogra. Como eran en realidad y volteó a ver a Galerina y esta vez la vio con su forma de fungí. Y luego se desmayó.
            —Ahora si servirá mi poción. —mencionó la bruja y extrajo su frasco, lo destapó y lo puso en la nariz del elfo. El cual se recuperó.

            —Nosotros somos fungís. —dijo Viridrut presentándose—. Hongos que hemos tomado conciencia por un accidente con la magia que involucró tus cicatrices, y que un elemental fusionase la mente contigo. Queremos saber que pasó, esa noche. ¿Qué pasó con Anzhará?, ¿Por qué nos buscaba?, ¿Por qué nos temía?
            —¿Fungís? —preguntó el elfo extrañado.
            —Sí, hongos —repitió Viridrut—. Contesta por favor.
            —Anzhará es un excéntrico. —dijo Makiias.
            —Era. —Lo corrigió Sorpus.
            —Era, perdón —se corrigió el artesano—. Yo he sido su siervo desde hace cientos de años, construí para él muchas cosas, como ese artefacto —dijo señalando la máquina del sueño— y las rejas del palacio o la puerta de acceso a esta torre. Cuando quedé mal herido tanto él como su amante, enloquecieron. De repente el mismísimo príncipe de Saldra debía de explicar que había generado mis lastimaduras y eso podría haber complicado su situación como príncipe. Su intento de hacerse con tanto poder podría costarle su casta. Además no quería que nadie tomase e imitase su idea de quitarle a un elemental metaplasma. Radasté, quien siempre ha sido buena conmigo, también perdió el control. Estaba demasiado adolorido para moverme y Anzhará insistía en observarme. Me durmió con su magia y cuando estuve indefenso me conectó a la máquina del sueño para extraer mis pensamientos. Lo único que puedo decirles con certeza es que ambos temían el tener que dar explicaciones respecto a lo que había sucedido.
            —¿Pero y nosotros? —preguntó Viridrut.
            —No sé nada de ustedes, permítanme leer su diario y les diré que me entero. —Makiias caminó confundido hacia el libro escrito en el idioma elfo  que estaba abierto sobre el escritorio.                                         
            —Cientos de hombres nos vieron, jamás podrán ocultar eso. —dijo Galerina.
            —Al príncipe de Saldra no le importan los hombres, no son quienes pueden juzgarlo y morirán de viejos prontamente. Cualquier cabo suelto entre los hombres se perdería en generaciones. Mientras que los elfos los perseguirán por sus faltas por siempre. Tarde o temprano algún kento iría a preguntar por mí a Anzhará, si podía inventarse que había muerto de alguna forma que no lo comprometiese estaría libre de culpa y nadie jamás implicaría a Radasté.
            —¿Crees que intentó matarte? —preguntó Penny.
            —No creo que haya sido la primera idea de Radasté o de Anzhará. A él sobre todo le intrigaba el elemental. Pero cuando hubiese saciado su curiosidad posiblemente me hubiera matado. Creo que realmente me han salvado la vida —Makiias comenzó a leer el diario para sí mismo.

            Los minutos pasaron y la ogra pudo observar por el mirador que la tarde llegaría pronto. Morún y sus hombres estaban esperando todavía en la playa con los elfos dormidos. Los cuales despertaría cerca del mediodía del día siguiente.
            —Si queremos borrar nuestro rastro, al igual que quería Anzhará deberemos de empezar a hacerlo. —propuso Caldishn-Ñuñu.
            —No sé qué pretenden hacer pero al final Radasté los encontrará —dijo Makiias—. Según el diario, Anzhará y Radasté al enterarse de ustedes, los fungí, contrataron a un grupo de hombres para que los cazase. El príncipe llamó a Zantra en secreto, y muy probablemente lo hubiera matado junto conmigo y ustedes. Temía que su estatus social cambiase y ya no pudiera darse los lujos que se dio toda su vida, solo por un error. Conocí a Anzhará y a Radasté ya hace mucho tiempo, no siempre fueron así. Alguna vez fueron amables. Puede ser que fueran arrogantes y pretenciosos, pero no eran asesinos. ¿Tanto miedo tenían? —se lamentó.
            —¿Los defiendes? —preguntó la fungí venenosa.
            —No. Pero hubo otras épocas donde las cosas fueron diferentes. Mi accidente y su aparición desencadenaron una serie de eventos catastróficos, por culpa de la ambición de Anzhará.
            —¿Pero descubrió Anzhará el porqué de nuestra existencia? —preguntó Viridrut.
            El elfo simplemente movió su cabeza negándolo. La ogra agregó   —Creo que su creador estaba más preocupado por destruirlos. Borraremos de la mente de Zantra los recuerdos de los fungís y arreglaremos la escena para que todo esto parezca un accidente. Nos llevaremos este diario para que nadie lo encuentre y sepa de ustedes. No toquen nada más. El problema será Radasté, ella sabrá que algo pasó. Pero nunca podrá admitirlo. Es una lástima no poder llevarnos nada de aquí. ¿Qué es ese colgante azul? —preguntó al elfo.
            Makiias sonrió —Ese colgante permite tele transportarse. Fue creado por elfos antiguos. Han de quedarle cinco viajes.
            —Podríamos usarlo para desaparecer. —dijo la ogra.
            —No creo. Para poder viajar hace falta haber estado antes en lugar al que se desea viajar. Les servirá para ganar tiempo, pero no para que desaparezcamos. —contestó Makiias.
            —¿Planeas venir con nosotros? —preguntó Sorpus.
            —Radasté también me buscará a mí. Debo desaparecer junto a ustedes.

            Dejaron todo como estaba, incluso a Talisú. No había tiempo para mucho. Se llevaron del palacio solo el diario de Anzhará, pues debía de desaparecer cualquier registro de los fungís que tuvieran los elfos,por eso tambien borraron algunos de los cristales de sueños almacenados por el mago. Cerraron la puerta y Galerina guardó la llave para si. Llegaron hasta donde estaba el cadáver de Anzhará. El lugar era un desastre. Los rastros de la batalla estaban por todos lados. Los enanos destruidos y las piezas del elemental apiladas donde se había desintegrado. Entonces nuevamente la bruja buscó en su morral varios frascos y los repartió a los hongos.
            —Vuélquenlos en el suelo. —ordenó. Y los fungís obedecieron. Caldishn-Ñuñu dio varios golpecitos en el suelo con sus pies. En pocos segundos las raíces de los árboles se levantaron del suelo enredando a las piezas cerámicas de las esculturas destruidas de Anzhará y los restos del elemental debajo de la tierra.

            Siguieron hacia el jardín de ágaves. Galerina preguntó —¿Qué haremos para ocultar esto?
            —Busquen en las raíces de los ágaves, siempre hay pequeñas copias de ellos creciendo. Es una de sus formas de reproducirse. Remuévanlos y colóquenlos donde están los restos de los anteriores.
            Los fungís nuevamente hicieron caso a la ogra y colocaron a las plántulas donde correspondía. La bruja extrajo esta vez la pifilca de su morral y tocó una canción nueva. Una que los hongos nunca habían escuchado. Fue reconfortante y hermosa. Las plantas crecieron y se volvieron adultas. Los fungís se sintieron mejor, incluso la herida de Licken que le había dejado el elemental cuando lo había atravesado, sanó.
            —¿Cuál ha sido esa canción? —preguntó Galerina.
            —Esa ha sido la canción de la vida. Al parecer tiene el mismo efecto en los fungís que la canción de curar tiene en los animales. —explicó la ogra.
            —¿Pero acaso las plantas tienen oídos? —preguntó Viridrut.
            —Sigues sin entender la magia. La canción de la vida o la de curar, son canciones de magia blanca. La del miedo, la serenidad, el sueño, la inspiración, la felicidad, son canciones de magia roja. La magia blanca afecta al organismo vivo que lo recibe y solo hace falta que vibre en él. Pero la magia roja afecta al cerebro, el complejo como el de los elfos o el sencillo como el de los insectos. El cerebro necesita escuchar la canción para que se sienta feliz o asustado, o dormido. Existe incluso una canción para detener el tiempo, no importan los oídos allí tampoco. La ilusión de Galerina entra por los ojos, como en el cerrojo oculto de la puerta del laboratorio secreto, mientras que tu ilusión afecta directamente a la mente. No son lo mismo. No puedes confundir los ojos de un ciego, por eso la ilusión de Galerina al principio desaparecía cuando la tocaban. Pues el tacto revelaba su verdadera naturaleza. La magia de la música vibra en el mismo aire.
            —¿Y cuál magia es esa, la del tiempo? —preguntó Galerina nuevamente.
            —Purpura, como la de las piedras azules que te permiten tele-transportate. La más escasa y compleja de las magias.
            —¿Y se sabe esa canción? —Viridrut deseaba aprenderla.
            —Me temo que no y aunque la supiera estoy segura de que sería muy difícil de realizar. —contestó la ogra.
           
            Dejaron el trayecto como si no hubieran pasado nunca y luego se dirigieron a la playa. Morún y sus pocos hombres los estaban esperando.
            —¿Qué ha pasado con Zantra? —preguntó la bruja.
            —Lo he dormido como tú pediste. Dos de mis hombres se durmieron también, pues para engañarlos tuvimos que brindar con ellos. En unas pocas horas despertarán —Era de noche ya—. ¿Qué ha pasado con Anzhará? ¿Quién es el elfo?
            —Mi nombre es Makiias —contestó el artesano—. Mi príncipe ha muerto.
            —¿Cómo? —preguntó Morún tomándose uno de sus bigotes con una mano.
            —En un accidente de jardinería. —respondió el elfo.
            Morún miró seriamente a los fungís y luego a la ogra —Es de los inteligentes. —dijo refiriéndose al elfo.
            —Viridrut —se pronunció la ogra—. A parte de Izhá y Radasté, los únicos elfos que saben de su existencia son Zantra y sus guardias. Quiero que armes una ilusión para todos ellos, ayúdate con la pieza de la cadena llena de metaplasma para aumentar tus poderes si hace falta. Los hombres de Morún negarán que los han visto en Denjiia, tú invéntales una historia feliz, una en la que vinieron a ayudar al príncipe con el mantenimiento de su palacio. Y deja que mañana despierten tranquilos y luego descubran el cuerpo de Anzhará y saquen sus propias conclusiones. Tú, Ascophio, bórrales la memoria de estos últimos días. Y esperemos que sea suficiente. Yo mezclaré una poción de curar entre sus alimentos para que mañana cuando desayunen borren todo rastro de tu conexión con ellos en su cerebro.
            —Está bien. —contestó Viridrut.

            Los fungís obedecieron. Dejaron a resguardo a los elfos que despertarían convencidos de que todo había sucedido de una forma diferente. Los elfos de Saldra, no acostumbraban visitar Denjiia, muchos al igual que Zantra eran algo xenofóbicos. Las historias de los fungís en Gaved o en el pueblo sin nombre se perderían en generaciones y se convertirían en leyenda. Pero a la bruja le preocupaba Radasté. Makiias estaba angustiado de tener que partir. Si bien su vida corría peligro pues sería perseguido por la maga blanca, odiaba tener que abandonar a todos en su vida, para jamás regresar.

            Se subieron al bote que Morún le había entregado a los fungís hacía semanas atrás, que todavía estaba allí, atado a una palma. Llevándose el último vestigio de la presencia de los hongos en la isla. Eran muchos, pero el bote alcanzó para transportarlos nuevamente a Denjiia.