lunes, 10 de febrero de 2020

La victoria del pulpo bananero


Leyenda Fecerien

            En el extremo sur del territorio de Feceria se encontraba una isla con un clima muy particular. Debido a corrientes cálidas que provenían de las costas de Gull y la poca altitud de la isla en cuestión, sumado a su intensa humedad,  se había formado un micro clima subtropical que propiciaba una fauna y una flora poco comunes en esa región. Allí, producto del descuido posiblemente de algunos marineros, crecía una planta conocida como banano que no era originaria de tal geografía. No obstante se esparció con gran facilidad y pronto su fruto llegó a ser consumido por los hombres. Los cuales lo encontraron muy sabroso.

            Habiéndose informado al respecto el duque de Unerden compró al rey de Feceria la isla completa con la intención de crear un monopolio y poder así exportar la fruta o bien redistribuirla dentro de la región de manera exclusiva. Hábilmente se encargó de generar una campaña publicitaria muy intensa sobre los beneficios de las bananas y dispuso una cuadrilla especial que sería enviada a la isla con la misión de, primero recolectar los ejemplares silvestres, en son de recuperar rápidamente el dinero invertido, y luego de organizar los primeros sembradíos. Se designó un líder para tal empresa, llamado Dolonopis. El hombre, de unos tempranos treinta años, no era un noble en cuestión ni mucho menos un terrateniente. Pero por una cantidad justa de dinero aspiraba a ostentar una ínfima porción de poder que lo hacía sentir importante. Sobre todo mandando a aquellos que, de una forma u otra trabajaban para enriquecer a otra persona, en este caso el duque de Unerden, que al final del día no era él, y a quien él también servía. Decía haber asistido a una universidad donde había sido instruido en ciertos conceptos y criterios que lo hacían idóneo para organizar a la gente y los recursos y se hacía llamar por esto un “administrador de empresas”. Gustaba de leer ciertas gacetillas muy populares con información pseudofilosoficas que hablaban constantemente de superación personal y criticaban la “cultura del apego”. Generalmente utilizaban de forma constante la retórica y la exacerbación del ego de los lectores dándoles a entender que ellos eran mejores que los demás porque entendían el capcioso sentido de las reflexiones poco elaboradas que contenían los escritos, en frases cortas con pocas palabras. Tales gacetillas no solían estar firmadas por nadie, lo que daba a entender que literalmente cualquiera podría haberlas escrito. Dolonopis recientemente había abandonado a su esposa, siguiendo los conceptos basales del desapego, cambiándola por una joven que había estado asistiéndolo como escriba en cuestiones principalmente burocráticas. A sus tres hijos que decía amar, les enviaba dinero frecuentemente pero no tenía ninguna intención de llevarlos a la isla pues eran una clara distracción a sus propósitos y le robarían tiempo que estaba mejor invertido con su nueva mujer. La cual esperaba prontamente embarazar, no fuera cosa que alguien se le adelantase.

            Los primeros meses pasaron rápidamente y se organizaron los sembradíos mientas se recolectaban los frutos esparcidos por toda la isla. Cuando finalmente llegó el tiempo de la primera cosecha se contabilizaron los cachos de bananas y se estimaron los posibles ingresos. Hasta allí los logros de Dolonopis habían sido ampliamente reconocidos por el duque de Unerden. Pero las criticas llegarían no mucho tiempo después de que se reportasen robos y faltantes en las entregas. Los trabajadores acusaban a fantasmas. Pero Dolonopis no creía en tales cuentos y tras analizar un poco el asunto concluyó que todos los robos habían acontecido en las costas. Su residencia se encontraba más cerca del centro de la isla que de sus lindes con el océano, pero aun así ensillo su caballo último modelo, siempre el más grande, y vestido con ropas que claramente lo distinguían de sus empleados, algo que le habían enseñado en su universidad, pues hacía falta generar una clara distinción, se dirigió hasta la playa a ver con sus propios ojos de que se trataba lo que estaba sucediendo. Sabiendo que sus interpretaciones apresuradas y mal informadas siempre serian mejores que la de sus subalternos, vestidos con ropas más sueltas y relajadas que les permitían a ellos soportar el calor mejor y sudar menos.

            La investigación respecto a los fantasmas se extendió por un largo tiempo hasta que Dolonopis con sus propios ojos observando un banano pudo ver como una de sus bananas se movía de forma extraña. Mejor dicho, simplemente se movía. Sabiendo que esto era imposible y utilizando un palo, que él en sus informes reportaría como “herramienta”, tocó a la banana. Inmediatamente esta se transformó en un animal extraño con muchas extremidades y de color rojo y no amarillo. La criatura se escurrió por la planta y se arrojó al mar. Llevándose consigo a varias bananas, cerca de unas ocho. Aunque Dolonopis reportaría que más de diez para cubrir futuras complicaciones y manifestar éxitos inexistentes. Algo implícito nuevamente en sus estudios. Notando las condiciones marinas del ente el administrador de la empresa bananera se dirigió a contactarse con los pescadores locales, los cuales le informaron que se trataba de un pulpo. Era bien sabido que los pulpos eran carnívoros, pero por alguna razón desconocida a ellos también le gustaban las bananas. Al parecer la campaña publicitaria del duque de Unerden había alcanzado un público insospechado.

            Fue entonces que comenzó una verdadera batalla para desterrar a los cefalópodos de los sembradíos de bananas. Misión que no sería sencilla pues los moluscos eran capaces de camuflarse y cambiar su forma a casi cualquier cosa. Al principio los pulpos bananeros convertían a sus tentáculos en la apariencia de cascaras de bananas peladas, para pasar desapercibidos. Pero tan pronto como los hombres notaron esto eligieron otros aspectos llegando a ser algunos tan extraños como una tetera y un par de sandalias pasadas de moda. Como defensa estas criaturas eran capaces de expulsar tinta, por esto las paredes pintadas de los edificios y las cajas de empaque manchadas se hicieron presentes. Ya que no se encontraban en un medio acuático, el resultado no era el mismo. Ayudados con sus grandes ojos y grandes cerebros también, los octopodiformes descubrieron que algunas manchas molestaban más a los hombres que otras, pues sin saberlo formaban la apariencia de letras. Miles de pulpos manchando las paredes constantemente y el proceso de prueba y error, devinieron en que aprendiesen lo irritable que podían llegar a convertirse la acumulación de determinadas manchas específicamente. Tras esto innumerables pulpos repetían y repetían las manchas en cuantas paredes, arboles, cajas o superficies en general estuvieran a su alcance. Las dos frases más populares fueron “muerte a la burguesía” y “abajo la burocracia sindical”.

            Los actos vandálicos de los moluscos anarquistas no serían tolerados por Dolonopis. Pero sin importar los obstáculos que se le pusieran, estos bichos siempre podían abrir cerrojos, tapas, puertas o incluso colarse por los más pequeños recovecos. El verdadero problema y el fracaso de la gestión de Dolonopis llegarían cuando su frustración finalmente lo invadiera. Sus frases armadas y sonrisa fingida, que solía utilizar cuando hablaba de comidas que sus empleados, los del duque en realidad, jamás habían probado, o de lugares que ellos no conocían, fueron desapareciendo mientras emergía una actitud más demandante y autoritaria. Incapaz de resolver el problema, designo jefes de sección, repitiendo la fórmula de entregar un poder ficticio y aparente solo para poder culpar a otras personas de algo que él tampoco era capaz de solucionar. Las explicaciones finalmente no alcanzaron, y aunque Dolonopis echó a todos sus jefes, culpándolos por su ineficiencia, la propia, el duque de Unerden consideró que la empresa bananera solo daría perdidas. Liberando así de sus funciones a Dolonopis. Se supo de él que más tarde se dedicaría a aconsejar a nobles que deseaban escuchar porque sus privilegios eran bien merecidos y hablar pestes de cuanto bicho marino se le nombrase. Lo cual lo volvió muy popular entre las clases altas.

            Muchos de los trabajadores pidieron permiso para permanecer en la isla y pudieron organizar una empresa auto gestionada, la primera del reino, capaz de producir un considerable número de bananas y exportar a reinos vecinos siempre que estuvieran dispuestos a compartir algunas frutas con los pulpos y dejándolos simplemente en paz. Cosa que Dolonopis jamás consideró, principalmente porque era un burgués instruido con libritos de auto ayuda y motivado por la auto complacencia. El mundo jamás olvidaría la victoria del pulpo bananero.


Fin.

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