Glaciares
del norte, territorio de Kirun, provincia de Koria.
Día 07
del décimo mes de 1280 del calendario de Finvir.
Debo agradecerle una vez más
por ayudarme a cumplir con mi palabra. —dijo Ilko dirigiéndose a Guy.
—Con un poco
de suerte haremos mucho más que eso. —contestó la mujer.
Esa mañana
habían partido camino hacia las montañas del norte en busca de la ciudad
perdida. Texu los acompañaba portando la gema de Kirun que encerraba en ella a
las llamas eternas de la ciudad. Nin y el resto de los hombres ya no estaban en
el puente de Bridan sino que se alejaban de Kirun en busca de la población más
cercana. Hacia frio. Guy no necesitaba de capa o abrigo alguno porque vestía en
ese momento la armadura hecha con escamas de dragón. Mientras que Texu e Ilko
estaban siendo abrigados por el calor que emanaba la gema. De todas formas
llevaban abrigo suficiente como para protegerse del clima helado, aun si
perdiesen la gema por cualquier motivo. Pero Texu daría su vida antes de
extraviar la reliquia de su ciudad natal. Les tomaría todo el día llegar solo a
la base de la montaña.
—¿Por qué crees
que Miana estaba con Andoo? —preguntó Texu.
—No lo sé. Yo
también me lo he preguntado.
—Ella no
traicionaría a su padre. —afirmó Texu.
—No conocí a su
padre. Pero sé que ella no es amante de la violencia. La recuerdo como a una
poetisa. Como a la voz más hermosa que alguna vez escuché. No tengo idea de que
hacia mezclada con esos hombres.
—No me has
dicho de donde conocías al padre de esta mujer, Texu. —dijo Guy.
—Es cierto —acotó
el bardo—. No nos has contado tu historia Texu. Y has escuchado las nuestras.
Texu
permaneció en silencio por un tiempo. Pero sabía que el bardo no la dejaría en
paz hasta que ella narrase su historia —El padre de Miana fue un gran hombre.
Como lo es Guiles de Minbou y como fueron y son muchos otros hombres de Koria. De
pequeña, vivía con mi madre. Éramos muy pobres entonces. Mi padre y mi hermano
menor habían muerto en un naufragio, solo nos teníamos la una a la otra. Los
sacerdotes del sol nos ayudaron a sobrevivir el difícil momento que pasábamos. Uno
en especial. Joselib, el clérigo que dio su vida para salvarnos ayer. Te había
dicho que él fue mi guía espiritual —dijo mirando a Guy—. Viví en el templo un
tiempo, y allí conocí a Miana. Solíamos rezar juntas al sol. Pero nunca fui muy
agraciada en nada. Recuerdo la voz de Miana y la vi crecer y volverse hermosa.
Su padre, que era un hombre generoso, le dio trabajo a mi madre en sus tierras,
pues mi padre le había servido como marino, y la conocía. Y por eso le debo
mucho. Mi madre y yo fuimos sus siervas. Me vi involucrada en una pelea cuando
aun no terminaba de crecer. Yo era muy alta para la edad que tenía. Tres
muchachos habían decidido molestar a Miana. Me enfrenté a ellos y para su
vergüenza los vencí. Pero marcaron mi cara. Esta es mi única cicatriz —Texu no
se esforzó en quitar el mechón blanco que cubría su mejilla, sabía que lo
habían notado—. Nicaner, se llamaba el padre de Miana. Nicaner de Berberak. El
mismo me enseñó como pelear. Me dijo “No soy tu padre. No puedo evitar que te
metas en peleas. Pero al menos te enseñaré a salir mejor parada de ellas.”
Miana era una noble. Yo no. Ella tenía futuro y gracia y yo no tanto. Me
enlisté en las filas del ejército real para proteger a Kirun. Antes de Guipac,
el templo y la ciudad no estaban bañados en sangre. Desde que vencí a esos tres
muchachos ningún hombre de aquí se había atrevido a desafiarme, pues no
deseaban arriesgarse a sufrir una derrota de una mujer. Pero después de esa
pelea he estado maldita. Allí fue cuando comenzó mi enfermedad. Guipac no se
equivocaba después de todo. Yo ayudé a la destrucción del templo.
Guy consoló a
la mujer —Todavía peleas por la ciudad de Kirun, y sé que solo por eso la
ciudad se salvará. Antes de lo que piensas el templo será reconstruido y la
llama de Kirun arderá nuevamente llevando paz a quienes estén al alcance de su
abrigo. Así como ahora. Además tú no destruiste al templo. Guipac lo hizo. Y así
como Joselib, estoy segura que muchos otros clérigos del sol salvaran a tu
religión.
—Eso espero. —dijo
Texu.
Bordearon el
rio todo el día del lado este hasta la base de la montaña. Texu explicó que eso
era lo más lejos que habían llegado los exploradores nunca. Cualquiera que se
aventurase más arriba desaparecía. Aunque ella no había conocido a ninguno que
lo intentase. Era de noche. Habían recorrido más que el doble de distancia del
que habían hecho desde Kirun hasta la torre de Fruel. Kirun estaba fuera del
alcance de su vista. Ese era el límite. “Cruzar esa línea era convertirse en
anécdota” surgió entre los comentarios del bardo. Pero ellos ya eran leyenda.
Acamparon ahí para descansar y reponer fuerzas. A la mañana siguiente subirían
cuanto pudiesen con los caballos y después escalarían si era necesario siguiendo
al rio.
El
dios sol iluminó otra vez las tierras de Koria. Guy, Texu e Ilko, cruzaron el límite
y comenzaron a subir por la montaña buscando el nacimiento del rio y la ciudad
perdida. El agua del rio que era muy poco estaba congelada desde hacia tiempo. Arriba
se veía al glaciar. No estaba tan lejos. A medida que ascendían cada vez más el
frio se acentuaba. Llegaron a un punto donde comenzó a nevar. Esa nieve pronto
llegaría a Kirun. Con suerte a tiempo. Pero no podían estar seguros. Parte del
terreno estaba aplanado por lo que no les resultaba difícil seguir avanzando
con sus caballos. Pero el camino se interrumpió cuando llegaron a una pequeña
cascada. No podían seguir subiendo con sus caballos por ahí. Pero Guy se
resistía a abandonar todavía a sus animales.
—Escuchen. Si
la ciudad de Breadan realmente existe, tiene que haber habido un camino que nos
lleve a ella sí o sí. Me niego a creer que este es el fin del camino. Debe de
haber alguna forma más sencilla que escalar, para poder continuar.
—Han pasado
casi mil años, si la historia es cierta —indicó el bardo—. Si existió un camino
bien podría estar destruido.
—Destruido o
no, no vamos a encontrarlo si nos quedamos aquí a debatir sobre eso. Dividámonos
a ver si podemos encontrar alguna otra vía para seguir subiendo.
Los
tres buscaron en lugares diferentes. Guy se había quedado realmente sola por
primera vez ese último mes. Como cuando caminaba por las vides de sus tierras.
Pero no era la misma sensación en absoluto. El viento soplaba y zumbaba en sus
oídos. La nieve la golpeaba en la cara y le recordaba el frio del lugar. Habían
estado subiendo y ahora podían ver nuevamente a la ciudad de Kirun. Guy
comprendió que si alguien se atreviese a cruzar el puente de Breadan con
cualquier ejercito ese lugar sería ideal para detectar cualquier movimiento y
antes incluso de poder llegar a la montaña un ejército que viviese en ella
podría sorprender a los invasores. Esto era de antes de las torres de Fruel por
lo que esa posición tenía un valor estratégico muy importante. Escuchó los
llamados de Texu a la distancia. Cuando llegó hasta donde estaba Ilko ya estaba
junto a ella.
—Creo que he
encontrado el camino del que hablabas —dijo Texu—. Síganme —Los tres siguieron
subiendo alejándose de la cascada y el rio. Siguieron así por unos minutos—. ¿Ven?
—señaló la mujer.
Guy observó lo
que le indicaba Texu —Es un farol de piedra, como el que tendrían al costado de
un camino. Debe de haber habido un puesto de guardia cerca de aquí. Podríamos
escarbar un poco entre la nieve y descubrir los cimientos de uno de ellos.
—¿Esto significa
que vamos por buen camino? —preguntó el bardo.
—Sí. —contestó
Guy. Al bardo le alegró escuchar esto.
Pasó
una hora desde que habían visto al farol de piedra. Estaban ya muy lejos del rio
y solo seguían su instinto que los llevaba más arriba. Perderse en la montaña
no era una buena idea. No tenían con que guiarse solo avanzaban por donde
podían.
—Dime algo, Ilko
¿Esa espada que llevas te indica de alguna forma si estamos yendo en el camino
correcto? —preguntó Texu.
—No. —contestó
el hombre.
—¿Y cómo
piensas liberar al alma de Breadan? —Insistió la mujer.
—El rio me
dijo que cuando Breadan supo que era él quien lo hacía prisionero arrojó la
espada al hielo. Y que el lugar donde la espada golpeó fue donde el rio fue
herido. Es por esto que todavía corre algo de agua por el lecho del rio. Es la
herida que nunca cicatrizó. Creo que si golpeó allí donde está la herida podré
terminar el trabajo. Y que a través de esto el hielo se derretirá y las puertas
de la ciudad quedarán liberadas.
—Eso es lo
mismo que pensé yo —dijo Guy—. Si no habría conocido a la Orden del Gato Azul
habría considerado a todo esto una locura. Pero después de vivir lo que viví ya
no. Esto por absurdo que parezca se siente correcto.
—Y ¿Los dos
consideran que el alma de nuestro héroe necesita de las puertas de la ciudad
para poder salir de ella?
—Sí. —contestaron
los dos.
—¿Pero no van
a estar seguros hasta llegar ahí e intentarlo?
—No. —contestaron
los dos.
—Me siento
ahora más tranquila. —dijo Texu irónicamente.
Continuaron
en silencio hasta que Ilko alcanzó a ver otro de los faroles de piedra. Esto le
produjo gran alegría. Aunque las dos mujeres reaccionaron diferente.
—¿Te has dado
cuenta Texu, que nos han estado siguiendo? —dijo Guy mirando hacia adelante.
—Sí. No estaba
segura hasta ahora.
—¿Qué? ¿Por
qué dicen eso? —preguntó Ilko.
—Para ser un
músico estas muy poco atento a tus oídos, Ilko. —dijo Guy que no pretendía
insultarlo pero que tampoco se había detenido a utilizar a alguna de sus tan
estudiadas frases para simular algo de tacto—. Nos han estado siguiendo al
menos desde el primer farol. Además…
—¿Además qué? —preguntó
preocupado el bardo.
—Además ese
farol ha sido usado recientemente. ¿Puedes ver esos maderos quemados allí? Dime
si nadie ha subido hasta aquí desde hacía años ¿Cómo es que esos maderos
llegaron ahí? —contestó Texu.
—¿Fantasmas? —Adivinaba
el bardo.
—Mmm, puede
que en tu imaginación los fantasmas necesiten de fuego para calentarse y de
puertas para salir de las ciudades, pero no en la mía. —Texu se divertía un
poco.
—¿Entonces qué?
—Pueden ser
orcos. —dijo Texu.
—Es una
opción. Si. Los estaremos esperando. Tendrás oportunidad de probar otra vez tu
espada, Ilko. —dijo Guy que espoleó a su caballo y siguió avanzando dejando
atrás al farol de piedra.
La
nieve era un obstáculo cada vez más difícil de sortear. Pero alumbrados por la
luz y abrigados por el calor de la gema de Kirun no se sentían desanimados. Sus
ojos y oídos estaban atentos en busca de aquellos que habían descubierto los perseguían.
El camino en la montaña cambiaba varias veces de dirección, aunque siempre ascendía.
Nuevamente fueron capaces de ver al rio y hacia donde seguía. No podían ver
todavía a la ciudad perdida. Pero habían visto el camino que los llevaría hacia
el rio otra vez y sabían que pronto llegarían allí. Apuraron la marcha otra vez
hasta alcanzar el lecho del rio. Las fuerzas de la naturaleza habían
conquistado el lugar y algunas plantas y árboles de gran tamaño, que posiblemente
habían crecido a lo largo de decenas de años, disimulaban el lugar donde antes
había estado el poderoso rio. El camino seguía por allí rodeado por dos altas
elevaciones de rocas y se perdía entre ellas. Se aventuraron aun sabiendo que
serian fácilmente emboscados allí. No habían llegado tan lejos para retroceder.
Lo que sea que apareciese lo enfrentarían juntos. Pero llegaron al final del
camino. Una pared de hielo y nieve les impedía el paso. Esta vez no había
manera de seguir. Desmontaron para analizar mejor que harían.
—Intenta lo
que querías hacer con la espada. —dijo Texu al bardo.
Ilko golpeó con fuerza a la pared
de hielo pero nada sucedió —Esto no está dando resultado.
—Acerca la gema
de Kirun a la pared —Sugirió Guy. Mientras comía una de las olivas que había traído
entre las raciones. Texu hizo lo que la mujer le dijo y la pared comenzó a
derretirse. Pasaron los minutos y todavía no habían alcanzado a avanzar un paso
más. Guy dijo entonces—. Estaremos mil quinientos años más para llegar a la
ciudad perdida a este paso. Esto tampoco está dando resultado.
Entonces
Ilko, mas preocupado por los sonidos que lo rodeaban que antes preguntó
—¿Escuchan eso?
Texu
levantó su mirada —¿Qué cosa?
—Es
como una avalancha. —anticipó Ilko.
—No,
es otra cosa. —Guy observaba el piso.
La
pared de hielo se resquebrajó en su parte superior y algunas piedras y parte de
la nieve y hielo cayeron hacia donde estaban ellos. Se escuchaba el sonido de
piedras quebrarse. El suelo sobre el que estaban parados se separó, como si
pretendiese devorarlos. Todo temblaba. Los caballos se asustaron e hicieron lo
posible para mantener el equilibrio. Monticulos de hielo, comprimido por
centurias se elevaron del suelo. Cerca de donde ellos se encontraban, como si
tuvieran la intención de empujarlos hacia el vacio. Guy atacó a uno de los
montículos con su lanza y este se deshizo. Los montículos seguían apareciendo,
brotando de la nada. Texu e Ilko hicieron lo mismo que Guy y con sus armas
golpearon al hielo que los rodeaba. Tuvieron la extraña sensación de que había
una criatura, conciente, que estaba generando eso. Cuantos más golpes recivia
el hielo más violento se volvía no tenía ninguna intención de detenerse. La
espada de Ilko se atascó en uno de los montículos y el bardo tiró con fuerza
para zafarse. Al hacerlo, la espada de Breadan pasó por entre una rocas
generando un sonido chillante, agudo y molesto. El hielo se detuvo por un
momento, pero luego contraatacó.
—¡Lo
que sea que hayas hecho, hazlo otra vez! —exclamó Guy.
Ilko
tomó una roca aplanada del suelo y la pasó por el filo de la espada, buscando
imitar el sonido anterior. Hasta que lo consiguió, casi a punto de caer al
avismo. Los montículos de hielo estallaron al vibrar con el sonido de la
espada, convertida en instrumento.
—¡Malditos
magos! —gritó Guy enojada y frustrada.
Texu
mas calmada y buscando reencontrarse con su caballo explicó —Eso no ha sido
magia. Aquí en Koria los conocemos como Firn. Son criaturas que viven en el
hielo y son capaces de controlar el frio. Se asustan con el fuego como el de la
llama de Kirun. No crei que estas cosas realmente existiesen.
En ese
instante escucharon el inconfundible sonido del desenfundar de decenas de
espadas. No eran orcos los que los rodeaban ya que ellos no perdían el tiempo
haciendo vainas para sus armas. Guy sujetó su lanza con una mano y desenfundó
su espada con la otra. Ilko se aferró de su espada oxidada y Texu que llevaba una
espada curva diseñada para atacar desde arriba de un caballo desenfundó también
la suya con la mano izquierda. Llevaba en la derecha al báculo con la gema de
Kirun y para ella usar cualquiera de las dos manos era lo mismo ya que era
ambidiestra. Buscaron a sus enemigos pero sus ojos no encontraban a nadie. Y de
pronto, los vieron. Hombres vestidos con armaduras blancas como la nieve se
levantaron todos juntos y emergieron del hielo que los rodeaba. Y arriba en las
rocas decenas de ellos los tenían en el alcance de sus arcos. Antes de que
fueran capaces de dar una sola estocada estarían muertos. Pero ninguno de ellos
habló.
Guy se cansó
de esperar alguna reacción —¿Y bien? No soltaremos nuestras armas, así que
vengan por nosotros. —Pero nadie contestó.
Solo un hombre
avanzó hasta donde estaban ellos. También llevaba una armadura blanca y una capa
para abrigarse. Guy recordó a Neilad y a su atuendo blanco. Pero este hombre
era rubio y más joven que Neilad y llevaba el pelo corto. Era un Korien de raza
pura. Se detuvo antes de estar al alcance de la lanza de Guy y levantó su mano
derecha.
—Creo que
quiere que guardemos nuestras armas. —dijo el bardo.
—Hagan eso,
enfunden sus espadas. —dijo Guy. Y enfundó la suya. Texu también lo hizo.
—No tengo donde
guardar mi espada. —dijo Ilko.
—Entonces solo
no la levantes de una manera amenazante —dijo Guy—. Pero no te deshagas de
ella.
—No. No lo
hare. —contestó el hombre.
El hombre de
blanco que había estado observando la situación se dirigió a Guy al notar que
los demás seguían sus órdenes —Saludos guerreros. Me veo obligado a
preguntarles ¿Quiénes son ustedes? Y mucho más importante ¿Por qué se han
aventurado a mis tierras?
—Yo soy Guy de
Montevid, Mayor del ejército real de Fenor y guerrera de la ilustre Orden del
Gato Azul. Ella es Texu, jefa de la guardia de Kirun y él es Ilko el bardo de
Tulis portador de la espada de la justicia. Desconocíamos que estas eran
tierras de alguien. Estamos en busca de la ciudad perdida de Breadan. —La última
palabra causó gran impresión entre los hombres que la rodeaban.
—¿Has dicho
“Breadan”? Cuan extraño es escuchar ese nombre bien pronunciado —dijo el hombre
con gran tranquilidad—. Enséñame tu espada Ilko, bardo de Tulis —ordenó el
hombre. Guy miró al bardo y le indicó que lo hiciera. Ilko levantó su espada.
El hombre de blanco la observó a distancia—. Tu espada está destruida.
—Gracias, ya
lo había notado. —contestó el bardo un poco irónico.
El hombre de
blanco desenfundó su espada y la exhibió al grupo —Puedo decirte que de estar
en buen estado se vería igual a esta. Y por eso se a quien ha pertenecido antes
esa espada —Luego miró a Texu—. Y escuché a esta mujer decir que esa era la
gema de Kirun. ¿Es acaso eso cierto?
—Sí. —contestó
Texu.
—Bueno —Suspiró
el hombre de blanco mirando a Guy—. No me cabe duda, guerrera de la ilustre
orden del gato azul, que tendremos que hablar un poco.
—¿Quién
demonios son ustedes? —preguntó Guy enfadada.
—Están
buscando a la ciudad perdida de Breadan. Y nosotros somos ella.
—¿Cómo es eso?
—preguntó el bardo.
El hombre sonrió
y contestó —Descendemos de los guerreros al mando de Breadan. Creo que ustedes
nos llaman los “Bridicos”.
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