Leyenda Nicerien.
Todos los veranos la niña visitaba a
su tía en la ciudad. Para esa temporada, el rio que alimentaba de agua la
ciudad crecía, y desde la fuente principal se habilitaba un canal que
desembocaba en el mar. Ese evento era celebrado con un festival donde se
vendían dulces y se encendían faroles por las noches. Se realizaban
espectáculos de teatro y títeres, en los que su tía participaba, pues era una
reconocida titiritera, que fabricaba sus propios muñecos. Durante muchas noches
la gente se juntaba en la fuente dejando barcos con faroles. Algunos eran de
madera, otros de papel. A veces no eran barcos sino animales, como patos o
gansos. Pequeños, plegados y realizados con gran pericia por niños y adultos.
Si no se podía colocar un farol, se encendía una vela. Lo importante era que
flotase, siguiendo la corriente del rio desbordado, hasta el mar. La gente
entonces pedía un deseo. Y si el farol llegaba hasta el mar, su deseo se
cumpliría.
Aquella vez, tan pronto como llegó a
la casa de su tía, se encontró con que tenía un nuevo acompañante. Un animal
que no había visto antes. Un gato. Era bastante sociable y se dejaba acariciar.
Pero alcanzó con que la niña lo hiciera una vez, para que a ella le diera alergia.
Desde pequeña siempre había tenido problemas similares. Como con la ropa de
lana o determinados alimentos. Visitaron a un medico el cual le recomendó
algunas infusiones, pero por sobre todo estar alejada de los gatos.
Al regresar a la casa de la
titiritera, la niña descubrió, con gran decepción, que el gato ya no estaba.
—¿Has echado al gato? —preguntó
amargada.
—No –contestó amablemente su tía—. Él va
y viene. Porque como todo gato, es independiente.
—¿Y volverá?
—Si, seguramente.
—¿Cuándo?
—Supongo que cuando le de hambre. —dijo
sonriendo la mujer.
—¿Y le das comida, para que vuelva?
—No. Le doy comida porque lo quiero. Y
deseo que este bien.
—¿Y él te quiere también?
—Yo creo que sí.
—¿Y cómo lo sabes?
Su tía soltó a reír, pues se estaba
quedando ya sin respuestas —Bueno, a veces él caza ratones y me
los trae.
—¿Y…
—Es tarde ya –dijo interrumpiendo a la
niña—. Si el gato regresa te dejaré verlo, pero no podrás tocarlo porque te
enfermarás otra vez. Ahora lo mejor es
que descanses.
Tuvo que esperar una semana, hasta que
finalmente el gato volvió. Ese verano se lo pasó dibujando, principalmente
gatos. La tía, algo apenada por saber que su sobrina estaba fascinada por esos
animales pero que jamás podría acercarse a uno, decidió fabricarle un gato de
metal. Pues si lo hiciera de lana también sería un problema. El títere pesaba
tanto como un gato normal, incluso un poco más. Estaba completamente articulado
y podía moverse en cualquier posición en la que adoptaría un gato real. Lo
terminó el último día de ese verano y se lo regaló. Su tía recibió a cambio, un
montón de dibujos.
La niña pasó todo el año, en la granja,
jugando con su gato mecánico. Cuando llegó el verano otra vez se llevó de
vuelta al títere a la ciudad. Junto a su tía fabricó un barco de papel y consiguió
una vela. Tenía claro cuál era el deseo que pediría. Pues solo una cosa le
importaba, que el gato mecánico cobrase vida. Dejó su amado muñeco sobre el
escritorio y se dirigió a la fuente con su barco de papel y su vela. La mujer encendió
la vela y dejó con delicadeza el barco en el agua. La niña pidió su deseo y el
barco plegado zarpó con destino al mar. Comiendo un dulce que le había comprado
su tía y siendo escoltada por ella, la niña, siguió a la embarcación, que
portaba su deseo, por todo el camino que la llevaba al mar. Era un largo viaje,
pero no importaba. Y finalmente pudo observar que el barquito llegó a su
destino. Y tras navegar un poco más, la vela se apagó y el barco se hundió.
Les tomó un par de horas regresar a la
casa, pues habían viajado muy lejos. Cuando llegaron, la mujer notó, para su
desagrado, que habían entrado a robar, aprovechando el festival. Fue poco lo
que pudieron llevarse, pero algo faltaba que era muy importante, el gato mecánico.
La niña rompió en llanto y aunque su tía estaba triste también, intentó
consolarla diciendo.
—Quizás, tu deseo se cumplió. Y el gato mecánico,
cobró vida. Y como es gato es independiente y esté explorando ahora los techos
de la ciudad.
—Entonces –contestó la niña secándose
las lágrimas—lo mejor sería dejarle comida por si vuelve.
Su tía separó los mejores bocados. La más
tierna carne y la más fresca leche y las dejó en el pórtico por si el gato
regresaba. Pero a la mañana siguiente, allí estaban, intactas. La tía y la niña
imaginaron las aventuras del gato, siendo invencible pues era de metal y ningún
otro gato podría ganarle. Ahuyentando a los perros. Alejándose del agua para no
oxidarse. Ella estaba convencida de escucharlo por las noches caminar por los
tejados. Reconocía el sonido de los engranajes girar velozmente cuando saltaba
hacia otra casa. Entonces abría una ventana para buscar en la noche, pero no lo
encontraba. Apenas la silueta de un gato anónimo sobre el techo de una vivienda
lejana. Cada noche repetían el ritual de dejar comida fresca, para tentar al
gato mecánico. Pero se despertaban solo para volver a encontrarla donde la
habían dejado.
Llegó la última noche, antes de irse
nuevamente a la granja, y su tía trajo carne y leche. Pero la niña había
concluido algo.
—El gato mecánico, no come carne o toma
leche. Por eso no la ha tocado.
—¿Y entonces que come un gato mecánico?
–preguntó su tía.
—Dejémosle, tuercas y aceite.
—Bien –dijo su tía sonriendo—. Quizás
esta noche regrese.
—No lo hago para que regrese. Sino
porque me preocupo por él y lo quiero.
La mujer se sintió orgullosa en ese
momento de su sobrina, que había aprendido algo valioso y de paso se lo había
recordado a ella. Y como la niña se lo había pedido, dejó tuercas y aceite en
dos platos, en la entrada de su casa.
A la mañana siguiente, cuando
despertaron, ambas corrieron a ver si el aceite y las tuercas habían
desaparecido. Pero no, allí estaban, intactos. Solo que había algo más. Un
pájaro de papel, arrugado por la humedad y con un ala quemada. Un regalo del
gato. La niña no volvió a verlo, pero estaba bien, porque ellos son libres e
independientes. Y se reconfortó en saber, que él también la quería.
Volvió cada verano a dejar pájaros de
papel en la fuente y a pedir más deseos. Solo que esta vez no los perseguía y
no esperaba siquiera a que se cumpliesen. En su lugar imaginaba que más
adelante, en alguna vuelta del rio, esperaba agazapado el gato para cazar un
deseo.
Fin.
Me gustó mucho, refleja el espíritu del gato y la actitud de la tía y su sobrina sobre la sensibilidad de los gatos.
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