Leyenda Gudaguen
Cuando era niño, Xunar, se vio
obligado a mudarse a la costa. Sus padres habían conseguido trabajo como
pescadores después de que una peste había estropeado las cosechas. Aunque el
pescado alimentaba generalmente a todo el reino, él, siempre había sido uno de
los pocos privilegiados que se alimentaban de grano y de pan. Sintió desde
entonces un desprecio absoluto por todo lo que tuviera algo que ver con el mar.
Quería hacerlo sufrir. Creció torturando a los animales que encontraba en las
costas de diversas formas. A los cangrejos de la playa les arrancaba las pinzas
y disfrutaba luego verlos deambular por días, hasta morir de hambre. Si
encontraba estrellas de mar les arrancaba las puntas una por una. Se había empecinado
particularmente contra los mejillones y los percebes que se adherían a las
rocas de la costa y asomaban cuando la marea bajaba. Cuando los divisaba,
tomaba un remo y entonces los aplastaba y destrozaba sus conchas y
protecciones, sabiendo que estaban sésiles e indefensos. Los mejillones dorados
eran delicados pero poseían un pegamento natural que los hacia prácticamente inseparables
de las rocas. Así que sus cuerpos permanecían destruidos allí. Los percebes, morían
con mayor facilidad.
De adulto no tuvo más opción que
dedicarse él también a la pesca. Respetar a la naturaleza no le interesaba.
Siempre tomaba más de lo que podía vender o consumir. En ocasiones, si con sus
redes pescaba peces de los que no se alimentaba, como tiburones, los devolvía al
mar después de haberles cortado las aletas, condenándolos a la muerte pues no
eran capaces de volver a nadar. Nunca abandonó sus costumbres de niño y pasar
por la costa siempre significó perseguir a cuanto cangrejo viera para
arrancarle sus pinzas.
Sus compañeros pescadores no veían
con buenos ojos las malas costumbres de Xunar. Consideraban que la diosa Simú,
del océano, los castigaría. Rezaron a ella para que hiciera entrar en razón al
hombre o para que disculpara sus actos.
Llegó un día en que los pescadores,
finalmente, lanzaron sus redes desde sus botes y no fueron capaces de pescar
nada. Se adentraron más en el mar, pero el resultado fue el mismo. El hambre se
hiso presente y también, por las noches una extraña luz solitaria que brillaba
lejos de la costa, flotando a la deriva. Ningún pescador se atrevió a
investigar de qué se trataba, pero asumieron que era lo que estaba asustando a
los peces.
Fue para esos tiempos que Xunar conocería
a la mujer de la que se enamoraría. Algo que él hasta ese momento no había experimentado
nunca. La conoció en la playa, un mediodía en el que fue a pescar y no consiguió
nada, mientras se desquitaba golpeando con los remos a los mejillones y
aplastando con sus botas a los percebes. Ella era alta, al igual que él. Su
piel era blanca, muy pálida, parecía extranjera, pues todos allí estaban
bronceados por el sol. Sus cabellos eran delgados y casi translucidos. Pero lo más
llamativo era su vestido, que parecía hecho de plumas blancas, aunque no eran
plumas, era algo que él no supo identificar. Aunque le preguntó varias veces de
que se trataba, ella no le contestó. Xunar asumió al principio que era muda,
pero se equivocaba. La mujer del vestido de plumas solo decía palabras
solitarias, principalmente preguntas. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? A las que Xunar
contestaba con largos discursos y ella escuchaba pacientemente. Descubrió
gracias a esas pocas palabras que ella se llamaba Nauplia. Jamás había escuchado
ese nombre pero también era cierto que jamás había conocido a una mujer así. Durante
una semana se la encontró en las mañanas, en la playa, y lo acompañaba hasta el
atardecer, cuando ella se alejaba, no sin antes despedirse con una sonrisa.
Un día, un poco antes del atardecer,
ella le pidió que la acompañara, siempre con palabras simples. Le hiso entender
que quería pasear en bote. Él no se negaría. Los otros marineros le aconsejaron
que no lo hiciera. Temían a la luz, que aparecía por las noches. Xunar llevaría
a Nauplia hasta el fin del mundo si hiciera falta. Se adentraron en el mar,
mientras él remaba con todas sus fuerzas venciendo a las olas, poco a poco anochecía.
La mujer le pidió entonces que se detuviera y así lo hiso Xunar. Nauplia se arrojó
al mar, delante de sus ojos, por propia voluntad. Él no supo que hacer y la
buscó, desesperado, mirando hacia todos lados desde el bote, pero la noche no
le permitía ver muy lejos. La extraña luz apareció, desde las profundidades.
Xunar notó lo grande que era. Su corazón latía acelerado, sus músculos estaban
tensos y sintió el frio del mar correr por sus sienes transpiradas. La embarcación
fue embestida, no fue capaz de identificar en ese momento de que se trataba
pero la criatura aparecería unos instantes después. Transparente, gigantesca,
con seis apéndices extraños que salían a los lados de su cuerpo con forma de
pera y con un solo ojo grande y brillante. A lo lejos, los pescadores vieron
como la luz engullía al bote de Xunar.
Se intentó una operación de rescate,
sin ningún éxito. Ni los cuerpos de Xunar o Nauplia fueron recuperados, ni tampoco
el bote. Se los dio por muertos y el asunto se consideró resuelto. La luz jamás
volvió a aparecer por las noches, el sacrificio se había pagado. Los peces
regresaron y la pesca volvió a la normalidad. El hambre fue saciada.
Nadie olvidó a la Nauplia, pero
esperaban no volver a verla. De Xunar en cambio volvieron a enterarse. Unos
pescadores, meses después de su desaparición, encontraron un cuerpo que
identificaron como el suyo, por su gran altura. Estaba cubierto por mejillones
dorados y percebes, adherido a las rocas, justo a la altura donde la marea alcanzaba
cuando era más alta. Una de sus manos sujetaba el extremo de una roca. Como si
en vida se hubiera aferrado allí. Sus piernas estaban rotas, en una posición completamente
antinatural. Asumieron que había sido arrastrado hasta la playa por la marea y
se había aferrado a la roca para sobrevivir. Los mejillones lo habían fijado allí,
y eventualmente lo habían cubierto. Apenas su boca había quedado al
descubierto, por encima de la superficie del mar. Su cuerpo quedaba expuesto
cuando la marea bajaba pero cuando subía, lo cubría, y aun así seguramente él había
sido capaz de respirar, durante días, hasta morir. El adhesivo de los
mejillones era tan fuerte que fue imposible retirar el cadáver de la playa. Permaneció
allí, como un recordatorio, de la Nauplia, hija de Simú, del océano.
Fin.
Nota
del autor:
Ya
en el colmo del aburrimiento, durante esta cuarentena del 2020 aquí en Bogotá,
he estado mirando cuanto documental me ha sido posible de cosas que consideré, podían
llegar a ser interesantes. Muchos de estos documentales, audiovisuales y textos
que pude encontrar, estaban relacionados con hongos, debido a una de mis últimas
novelas. Pero también he estado viendo otras cosas, como un canal de youtube
que habla del microcosmos, referente siempre a imágenes bajo el microscopio,
muy recomendable aunque está en inglés y entre los tantos otros me vi uno, no
del canal anterior, que se llama “El maravilloso mundo de los crustáceos”. Allí
hablaban de crustáceos, claro, entre ellos los percebes. Ya me había enterado,
por el canal del microcosmos, de los nauplios, que son la primera etapa larval característica
de los crustáceos. Aunque los percebes son animales sésiles, o sea que pasan su
vida fijos a alguna superficie y no se desplazan de allí, en su vida juvenil o
larval si se mueven. Los nauplios son microscópicos, tienen forma de pera y
seis apéndices que luego se convertirán en antenas y en la boca del crustáceo,
las patas se desarrollan después. Pero lo más interesantes es que son ciclopes,
tienen un solo ocelo en el medio del cuerpo que usan para ver, posiblemente
solo diferencias en la luminosidad. Al momento de escribir esta pequeña nota,
me entero además, de que Nauplia es una ciudad y que Nauplio, su fundador, según
la mitología griega era hijo de Poseidon dios del océano. Tan lejos no estuve
al “inventar” esta divinidad Lovecrafniana. Como dato de color agrego que
durante la edad media y hasta la modernidad se consideró que los percebes eran
la etapa larval de los gansos. O sea que esos crustáceos luego se
metamorfoseaban en aves. Esto es porque para empezar los gansos migran y no se habían
visto nunca los huevos de esos animales y la forma de los percebes asemeja al
pico y plumas de los gansos, o eso decían ellos, (aunque posiblemente el que
los domesticase si hubiera visto eso, así que no sé qué tan fidedigno es ese
dato) y por qué para aquellos que practican la religión cristiana está
prohibido comer carne de ningún animal que no salga del mar durante semana
santa. Por esto decir que los gansos eran la etapa adulta de los percebes era
una manera de poder saltarse esa restricción. Me pareció pertinente por eso que
“La Nauplia” tuviera un vestido de plumas blancas de ganso cuando aparentaba
ser humana.
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