sábado, 25 de abril de 2020

Xunar y la Nauplia


Leyenda Gudaguen


            Cuando era niño, Xunar, se vio obligado a mudarse a la costa. Sus padres habían conseguido trabajo como pescadores después de que una peste había estropeado las cosechas. Aunque el pescado alimentaba generalmente a todo el reino, él, siempre había sido uno de los pocos privilegiados que se alimentaban de grano y de pan. Sintió desde entonces un desprecio absoluto por todo lo que tuviera algo que ver con el mar. Quería hacerlo sufrir. Creció torturando a los animales que encontraba en las costas de diversas formas. A los cangrejos de la playa les arrancaba las pinzas y disfrutaba luego verlos deambular por días, hasta morir de hambre. Si encontraba estrellas de mar les arrancaba las puntas una por una. Se había empecinado particularmente contra los mejillones y los percebes que se adherían a las rocas de la costa y asomaban cuando la marea bajaba. Cuando los divisaba, tomaba un remo y entonces los aplastaba y destrozaba sus conchas y protecciones, sabiendo que estaban sésiles e indefensos. Los mejillones dorados eran delicados pero poseían un pegamento natural que los hacia prácticamente inseparables de las rocas. Así que sus cuerpos permanecían destruidos allí. Los percebes, morían con mayor facilidad.

            De adulto no tuvo más opción que dedicarse él también a la pesca. Respetar a la naturaleza no le interesaba. Siempre tomaba más de lo que podía vender o consumir. En ocasiones, si con sus redes pescaba peces de los que no se alimentaba, como tiburones, los devolvía al mar después de haberles cortado las aletas, condenándolos a la muerte pues no eran capaces de volver a nadar. Nunca abandonó sus costumbres de niño y pasar por la costa siempre significó perseguir a cuanto cangrejo viera para arrancarle sus pinzas.

            Sus compañeros pescadores no veían con buenos ojos las malas costumbres de Xunar. Consideraban que la diosa Simú, del océano, los castigaría. Rezaron a ella para que hiciera entrar en razón al hombre o para que disculpara sus actos.

            Llegó un día en que los pescadores, finalmente, lanzaron sus redes desde sus botes y no fueron capaces de pescar nada. Se adentraron más en el mar, pero el resultado fue el mismo. El hambre se hiso presente y también, por las noches una extraña luz solitaria que brillaba lejos de la costa, flotando a la deriva. Ningún pescador se atrevió a investigar de qué se trataba, pero asumieron que era lo que estaba asustando a los peces.

            Fue para esos tiempos que Xunar conocería a la mujer de la que se enamoraría. Algo que él hasta ese momento no había experimentado nunca. La conoció en la playa, un mediodía en el que fue a pescar y no consiguió nada, mientras se desquitaba golpeando con los remos a los mejillones y aplastando con sus botas a los percebes. Ella era alta, al igual que él. Su piel era blanca, muy pálida, parecía extranjera, pues todos allí estaban bronceados por el sol. Sus cabellos eran delgados y casi translucidos. Pero lo más llamativo era su vestido, que parecía hecho de plumas blancas, aunque no eran plumas, era algo que él no supo identificar. Aunque le preguntó varias veces de que se trataba, ella no le contestó. Xunar asumió al principio que era muda, pero se equivocaba. La mujer del vestido de plumas solo decía palabras solitarias, principalmente preguntas. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? A las que Xunar contestaba con largos discursos y ella escuchaba pacientemente. Descubrió gracias a esas pocas palabras que ella se llamaba Nauplia. Jamás había escuchado ese nombre pero también era cierto que jamás había conocido a una mujer así. Durante una semana se la encontró en las mañanas, en la playa, y lo acompañaba hasta el atardecer, cuando ella se alejaba, no sin antes despedirse con una sonrisa.

            Un día, un poco antes del atardecer, ella le pidió que la acompañara, siempre con palabras simples. Le hiso entender que quería pasear en bote. Él no se negaría. Los otros marineros le aconsejaron que no lo hiciera. Temían a la luz, que aparecía por las noches. Xunar llevaría a Nauplia hasta el fin del mundo si hiciera falta. Se adentraron en el mar, mientras él remaba con todas sus fuerzas venciendo a las olas, poco a poco anochecía. La mujer le pidió entonces que se detuviera y así lo hiso Xunar. Nauplia se arrojó al mar, delante de sus ojos, por propia voluntad. Él no supo que hacer y la buscó, desesperado, mirando hacia todos lados desde el bote, pero la noche no le permitía ver muy lejos. La extraña luz apareció, desde las profundidades. Xunar notó lo grande que era. Su corazón latía acelerado, sus músculos estaban tensos y sintió el frio del mar correr por sus sienes transpiradas. La embarcación fue embestida, no fue capaz de identificar en ese momento de que se trataba pero la criatura aparecería unos instantes después. Transparente, gigantesca, con seis apéndices extraños que salían a los lados de su cuerpo con forma de pera y con un solo ojo grande y brillante. A lo lejos, los pescadores vieron como la luz engullía al bote de Xunar.

            Se intentó una operación de rescate, sin ningún éxito. Ni los cuerpos de Xunar o Nauplia fueron recuperados, ni tampoco el bote. Se los dio por muertos y el asunto se consideró resuelto. La luz jamás volvió a aparecer por las noches, el sacrificio se había pagado. Los peces regresaron y la pesca volvió a la normalidad. El hambre fue saciada.

            Nadie olvidó a la Nauplia, pero esperaban no volver a verla. De Xunar en cambio volvieron a enterarse. Unos pescadores, meses después de su desaparición, encontraron un cuerpo que identificaron como el suyo, por su gran altura. Estaba cubierto por mejillones dorados y percebes, adherido a las rocas, justo a la altura donde la marea alcanzaba cuando era más alta. Una de sus manos sujetaba el extremo de una roca. Como si en vida se hubiera aferrado allí. Sus piernas estaban rotas, en una posición completamente antinatural. Asumieron que había sido arrastrado hasta la playa por la marea y se había aferrado a la roca para sobrevivir. Los mejillones lo habían fijado allí, y eventualmente lo habían cubierto. Apenas su boca había quedado al descubierto, por encima de la superficie del mar. Su cuerpo quedaba expuesto cuando la marea bajaba pero cuando subía, lo cubría, y aun así seguramente él había sido capaz de respirar, durante días, hasta morir. El adhesivo de los mejillones era tan fuerte que fue imposible retirar el cadáver de la playa. Permaneció allí, como un recordatorio, de la Nauplia, hija de Simú, del océano.

Fin.


Nota del autor:

Ya en el colmo del aburrimiento, durante esta cuarentena del 2020 aquí en Bogotá, he estado mirando cuanto documental me ha sido posible de cosas que consideré, podían llegar a ser interesantes. Muchos de estos documentales, audiovisuales y textos que pude encontrar, estaban relacionados con hongos, debido a una de mis últimas novelas. Pero también he estado viendo otras cosas, como un canal de youtube que habla del microcosmos, referente siempre a imágenes bajo el microscopio, muy recomendable aunque está en inglés y entre los tantos otros me vi uno, no del canal anterior, que se llama “El maravilloso mundo de los crustáceos”. Allí hablaban de crustáceos, claro, entre ellos los percebes. Ya me había enterado, por el canal del microcosmos, de los nauplios, que son la primera etapa larval característica de los crustáceos. Aunque los percebes son animales sésiles, o sea que pasan su vida fijos a alguna superficie y no se desplazan de allí, en su vida juvenil o larval si se mueven. Los nauplios son microscópicos, tienen forma de pera y seis apéndices que luego se convertirán en antenas y en la boca del crustáceo, las patas se desarrollan después. Pero lo más interesantes es que son ciclopes, tienen un solo ocelo en el medio del cuerpo que usan para ver, posiblemente solo diferencias en la luminosidad. Al momento de escribir esta pequeña nota, me entero además, de que Nauplia es una ciudad y que Nauplio, su fundador, según la mitología griega era hijo de Poseidon dios del océano. Tan lejos no estuve al “inventar” esta divinidad Lovecrafniana. Como dato de color agrego que durante la edad media y hasta la modernidad se consideró que los percebes eran la etapa larval de los gansos. O sea que esos crustáceos luego se metamorfoseaban en aves. Esto es porque para empezar los gansos migran y no se habían visto nunca los huevos de esos animales y la forma de los percebes asemeja al pico y plumas de los gansos, o eso decían ellos, (aunque posiblemente el que los domesticase si hubiera visto eso, así que no sé qué tan fidedigno es ese dato) y por qué para aquellos que practican la religión cristiana está prohibido comer carne de ningún animal que no salga del mar durante semana santa. Por esto decir que los gansos eran la etapa adulta de los percebes era una manera de poder saltarse esa restricción. Me pareció pertinente por eso que “La Nauplia” tuviera un vestido de plumas blancas de ganso cuando aparentaba ser humana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario