Leyenda Gullien
El niño se había escapado de la supervisión
de su madre, aquella tarde, durante la ceremonia. Perdido en el templo de
Azures, investigó todos los rincones. Se detuvo después de descender por unas
escaleras hasta un sótano, iluminado por antorchas que hacían que las sombras
bailasen. Frente a él, se encontraba una armadura, montada sobre un muñeco de
madera. Un yelmo alargado, una maza con cuatro púas y extrañas protuberancias
que salían de su espalda. Parecía incomoda. Había arena por todos lados, pues
el desierto estaba cerca y a pesar de encontrarse en un pequeño valle, los
viajeros que visitaban el templo la traían consigo, en sus ropas, en sus
cabellos, en sus zapatos. Pero alrededor de la armadura, todo estaba muy
limpio. Eso la hacía resaltar, y quizás por eso, el niño se había detenido a
contemplarla. Pues parecía estar allí para eso, estaba siendo cuidada, aseada,
para rendirle respeto, por algo que él no sabía. Un anciano estaba en aquel sótano
también. No lo había visto al principio, ya que se encontraba del otro lado de
la habitación, acomodando unos libros.
—¿De quién es esta armadura? —preguntó
el niño.
—Es la armadura de Tiero. —contestó el
anciano.
—¿Y quién es Tiero? —replicó el infante.
—Tiero, fue hombre que peleó por su
libertad y la de otros, un hombre que antes de ser un soldado fue un esclavo,
en los tiempos del rey Ercis. Yo lo conocí, en esos entonces, cuando tenía tu
edad. Le pregunté por su armadura, por su extraña espalda. Me contestó que
había sido obligado, a latigazos, a hacer muchas cosas, pero que en ese momento
peleaba por voluntad propia, nadie podía azotar su espalda ahora. Y deseaba que
el mundo supiera, que era libre.
—Pero ¿Esas espinas en la espalda lo protegían?
—Pues no lo sé realmente. Quizás eran
protección, quizás estaban allí para llamar la atención. Le pregunté, en su
momento, si había armaduras mejores que las suyas. Me contestó, que sin duda
si, pero esa la había hecho él.
—¿Y entonces, libertó ciudades?
—Solo lo vi una vez, marchar a una
batalla. Le pregunté, aquella vez, si estaba seguro de vencer, solo suspiró y
me contestó “ojala”.
—¿Y ganó, sobrevivió?
—Yo era un niño. No sé decirte, si sobrevivió.
Encontré años después, esta armadura en venta en un bazar, sabia de quien era.
Quien la había portado. Conocía su historia, como la había hecho, quien la
había hecho. Quizás él la vendió, o se la robaron, o fue saqueada del campo de
batalla, pero allí estaba, así que la compré por unas monedas y la traje aquí.
El niño no comprendía —Pero si no sabe
si sobrevivió, si no es una gran armadura, si no fue un gran guerrero, ¿Por qué
lo recuerda con esta armadura?
El anciano pacientemente contestó —Porque
la historia de Tiero no es sobre vencer, es sobre ser un rebelde. Y los
rebeldes hacen falta.
—¿Por qué? —preguntó, disconforme, el visitante.
—Exacto. —respondió sonriendo el
anciano.
Fin
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