Leyenda Denjiien
Afamado como pocos, Vinwaen un elfo
originario de la tribu de Irethdia, se desempeñó como boticario, biólogo
marino, paleontólogo, entre otras cosas, al servicio de los reyes de Denjiia
durante más de trescientos años. Fue expulsado de la corte acusado de sedición
y por esparcir rumores. Inihú, un viejo amigo suyo e historiador de las
primeras dinastías de Denjiia dejó un pequeño texto escrito en alguna de sus
tantos diarios haciendo referencia a los comentarios y explicaciones que dio
Vinwaen respecto a su despido.
“Mi
gran amigo Vinwaen es uno de los pocos de mi raza que viven y trabajan aquí en
la corte. Siempre ha sido amable, no solo conmigo, sino con la gente en
general. Solíamos compartir almuerzos pues, al igual que yo, es vegetariano. El
último día que lo vi, antes de que escapase al oeste, me habló algo enfadado.
Un poco de su enojo era hacia sí mismo, gran parte realmente estaba dirigido
hacia la raza humana. Aunque simpatizo con Vinwaen, me resulta bastante
comprensible la decisión del rey. Aun así debo admitir, para mí mismo, pues sería
imposible hablar libremente de este asunto sin seguir la misma suerte del
biólogo marino, que los motivos para que hiciera tales declaraciones son más
que justificadas.
Un sobrino del rey se había dirigido a su laboratorio
hacia dos días, aburrido y empujado por sus padres para ir a encontrarse con el
elfo para saciar su curiosidad. La hermana del rey, la madre del niño, esperaba
que Vinwaen lo entretuviese, como si esa fuera la verdadera función del él en
la corte. Y no la de investigar sobre los misterios de la naturaleza.
La primera cosa por la que preguntó fue por una roca algo
redondeada que Vinwaen tenía sobre su escritorio. Es un coprolito, dijo él. A
lo que el niño preguntó: ¿Qué es eso? El paleontólogo contestó, según él, muy
serio: Un excremento muy viejo que se ha convertido en roca y que nos permite
ver cómo eran algunas cosas, hace mucho tiempo. El niño lejos de estremecerse
parecía entusiasmado por la escatológica explicación. El coprolito en cuestión,
además de evidenciar el consumo de diferentes semillas y granos tenía la
impresión de un alargado insecto. El estafilínido impreso allí, había sido un
escarabajo largo, acostumbrado a dejar su crías en el las heces de otros
animales y se encontraba extinto desde hacía ya tiempo. No obstante en su
juventud Vinwaen recordaba haber visto alguno de esos con vida. El niño
entonces preguntó por la cigarras, otros insectos de los que solía hablar mucho
su padre, y que ya no veía más. Pero el, entre tantas otras cosas, entomólogo,
explicó que las cigarras no estaban extintas, sino que más bien se trataba de
una confusión muy común. Siendo el ciclo de vida de las mismas de entre doce y
diecisiete años, ellas pasaban casi una década bajo el suelo en su forma larval
para después reaparecer en la faz de la tierra como adultos. Pero el niño
comenzó a insistir con que, según su padre, los insectos siempre tenían la
misma forma, y que eso a lo que él llamaba larvas eran solo gusanos. Según me
explicó, fue en vano convencer al niño, tanto de la metamorfosis de los
insectos como de la existencia de una futura generación de cigarras. Sin muchos
recursos pedagógicos, el sabio, intentó explicar al joven respecto al ciclo que
se vivía en los bosques que muchas veces tras un incendio que acaba con la
mayoría de la vida vegetal, algunos árboles crecían con mayor facilidad que
otros, al pasar de las décadas, esos árboles daban sombra a una nueva
generación de otra especie, que había permanecido dormida durante mucho tiempo,
esperando las condiciones favorables para su desarrollo. Eventualmente esos árboles
superaban en altura a los anteriores y con su sombra terminaban por matarlos.
El bosque se poblaba de esa nueva especie y la anterior desaparecía, hasta que
llegase otro incendio que acabase con todo. Y entonces el ciclo se repitiese,
pues sin los arboles más altos que dieran sombra, los anteriores que
necesitaban más luz eran favorecidos y volvían a brotar. El joven tampoco
estaba muy convencido de esto. Y no conforme con eso explicó que sabía muy bien
que ciertos primos suyos habían estado incendiando parte de los bosques del sur
y que eso no había sido nada natural. Tenía bien claro el elfo que esos
incendios, no tenían nada de natural, sino que habían surgido de la codicia y ambición
de los hombres que buscaban expandir sus tierras de cultivo o montar allí algún
negocio de viviendas de lujo. Que no solo estaban arruinando la diversidad
vegetal de la zona sino que además afectaban la forma de vida de criaturas tan
nobles y simpáticas como los carpinchos. Pero el niño insistió con que su padre
decía que eso no importaba, que la tierra era del hombre y que los dioses
habían puesto al servicio del mismo a todas las criaturas vivientes.
Soy capaz de imaginar la frustración de mi compañero de
almuerzos en ese momento que fútilmente intentó explicarle al joven que el
haber tirado abajo a todos los árboles, que se encargaban de fijar la tierra y absorber
el agua de las lluvias terminaría por generar inundación en los pueblos vecinos
en zonas más bajas. De la manera más irreverente, imaginó, el sobrino del rey
explicó que su padre decía que ese era problema de esa gente, que vivía allí,
que si eran pobres, era porque querían y que no debía de detenerse al progreso.
Fue entonces que Vinwaen manifestó que daba la impresión de
que el padre del niño había hablado muchos coprolitos, más allá de permitir ver
un conjunto de ideas antiguas y que merecían extinguirse, habían sido un montón
de excremento.
Habiendo llegado a los oídos del rey, las palabras
dirigidas hacia su cuñado, se vio forzado a enjuiciar al boticario que tan bien
le había servido por tanto tiempo.
Ya han pasado cuatro meses desde el exilio de mi amigo; y
las cigarras que tocan hermosas melodías con sus exoesqueletos por fuera de mi
ventana, ponen en evidencia el hecho, irrefutable, de que estaba en lo cierto.”
Fin.
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