Leyenda Nevarien
Nació una vez un simio que destacó entre los suyos.
Posiblemente no tuviera nombre, pero los hombres lo llamaron Zirian, el
distinto. Aprendió rápidamente como usar rocas para moler sus alimentos. E
intentó enseñarles a los otros como hacerlo, pero se negaron a aprender. Alguna
vez cayó un rayo y mientras que sus hermanos escaparon, asustados por el
estruendo y el fuego, él se quedó y tomando una rama seca la acercó a las
llamas para encenderla y se paseó con la misma por entre los arboles de la
selva para llevar luz a la noche. Pero también fue rechazado. Zirian solía
quedarse despierto por las tardes para ver a la luna aparecer, para contemplar
las estrellas y pensar en silencio. Notó que algunas se movían y otras no. Pero
no tuvo con quien compartir eso tampoco. Observó a las orugas, a las aves, a
las bestias que pastaban y las que se alimentaban de sangre. Y un día las
dibujó, en las piedras, en los árboles. Zirian también sopló por cuernos y
cantó, con alaridos, pero cantó. También danzó, solo, ignorado por los simios.
Pero los hombres lo notaron. Notaron también una similitud, una semejanza, que
con ansias quisieron borrar y olvidar. Aquel día, que Zirian se irguió,
parándose un poco más alto que los demás, lo señalaron. “Es, él, Zirian, el distinto”
dijo un hombre y otro arrojó su lanza directo a su pecho. Zirian jamás había
podido entender que existiese una verdad que no quisiera ser aceptada.
Fin
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