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viernes, 23 de abril de 2021

Enidoku

 Leyenda Korien


    Se escuchaban los aullidos desde lejos, como si el animal estuviese esperando a alguien. La luna menguante iluminaba lo suficiente para distinguir, en el tupido bosque, apenas unos pasos delante de uno. El hombre luchaba contra la nieve en cada pisada. Sus botas, ya muy gastadas, se humedecían paso a paso. El frio empezaba a llegarle a los huesos. La enmarañada arboleda de ñirres se fue abriendo y divisó finalmente la cabaña. La había visto antes, pero no había encontrado motivos para pasar por allí. La perra de pelaje blanco y hocico afilado fue a recibirlo, moviendo su cola. Nunca se habían conocido, pero la guardiana de la cabaña era amigable, siempre que uno correspondiese a tal actitud. Eso solo haría las cosas más fáciles. Mientras acariciaba su lomo, buscó con tranquilidad su daga y antes de que el animal pudiera reaccionar, la degolló. Una muerte rápida. 


No limpió, siquiera su arma, antes de entrar a la vivienda. Abrió la puerta y se movió sigilosamente, el fuego estaba encendido y escuchó un “click”. El sonido de una llave cerrando una cerradura. Fue muy tenue, casi imperceptible. Estaba seguro, casi seguro, de que lo había escuchado. Debía haber alguien más, pues  había leñas ardiendo en la chimenea, aunque el caldero donde se cocinaban los alimentos estuviese vacío. Cerca de la chimenea había una cama y allí había alguien, tapado hasta la cabeza. Caminó hasta el lecho, tranquilo, con total seguridad que quien estuviese debajo de la sabana no tenía oportunidad alguna. No se molestó en hablar o en ocultarse, tenía claro que lo mataría, sin remordimientos. No sería la primera vez. Le importaba muy poco si era un hombre, una anciana o un niño. Le daba igual. Y sujetando su daga con ambas manos lo apuñaló repetidas veces. Pero no brotó sangre, ni nada. Lo destapó bruscamente, por si acaso había sido engañado. Había un hombre joven allí, pero él no era dueño de su muerte. Hacía rato había muerto de frio, posiblemente, debilitado primero por alguna enfermedad. 


Tenía que haber alguien más. Encendió una lámpara de aceite y recorrió la cabaña, solo tenía una habitación, en una esquina encontró una puerta que daba a un sótano, pero no fue capaz de abrirla. La puerta era de madera de roble negro, demasiado gruesa o dura para forzarla y la cerradura estaba incorporada a ella. Pensó en conseguir un hacha, pero no le urgía. Solo le preocupaba que hubiera alguien allí. Buscó en toda la vivienda algo con que romper la cerradura o la puerta, pero no encontró nada. Tampoco encontró comida o algo que pudiera robar. Sospechaba que lo que fuera importante estaría escondido allí. Robar en ese momento no era su prioridad, tenía hambre y frio. No había tiempo para buscar leña afuera así que destrozó una silla y la arrojó al fuego. Vio por la ventana cerca del lecho que había comenzado a nevar otra vez. Lo mejor sería pasar la noche en la cabaña. Envolvió al cadáver en la sabana y lo sacó de la vivienda. Fuera se reencontró con el cuerpo del animal. Tendría algo para cenar esa noche. Había escuchado historias respecto a perros que se convertían en espectros hechos de cenizas y acechaban a los hombres que los habían matado o torturado. Se suponía que comer perro estaba prohibido. También matar a un hombre. Pero él no creía en esas cosas. Desmembró al animal y lo asó. Mientras masticaba una de sus piernas arrastró un pesado armario sobre la puerta del sótano. Si alguien estaba allí, lo mejor sería que allí permaneciese. Encontró sabrosa la carne de perro, se hubiera conformado con menos. Trabó la puerta y cerró las ventanas. Quien hubiera prendido el fuego podría regresar y no quería que lo sorprendieran durmiendo. Sentado frente a los leños observó las ultimas brazas arder. Buscó algo con que abrigarse y encontró una vieja frazada tejida con lana. Olía mal, pero también toda la vivienda. No lo había notado antes, pero el lugar apestaba, posiblemente por el muerto, por las heces del animal, o por algo más que no podía identificar. Quizás comida pudriéndose en el sótano. ¿Por qué habría un cadáver allí? No estaba seguro ya de que realmente hubiese alguien más. 


El fuego se extinguió, el hombre se recostó sobre el lecho y tapándose con la frazada de lana se durmió. Cuando despertó no recordaba que había soñado, estaba tranquilo y sereno. Se rascó la mano izquierda, pues le picaba. Estirándose y bostezando un poco se quitó lo último de sueño que pudiera quedarle y se acercó a la puerta, que todavía estaba cerrada. Nadie había vuelto a la cabaña que ya sin la perra era un lugar silencioso. Destrabó la puerta para poder salir. La nieve había cubierto la entrada y le llegaba hasta las rodillas. Se rascó el codo. Pensó en enterrar al cuerpo del hombre, era una buena idea si deseaba quedarse, aunque eso en realidad no le interesaba. Necesitaba irse, permanecer más tiempo allí no le convenía. Más gente podía llegar, gente que conociera al hombre muerto. Había dejado su cuerpo cerca a unos leños, no había encontrado el hacha en la noche, y tampoco la encontraría ahora que todo estaba cubierto por la nieve. No tenía con que cavar así que simplemente arrastró el cuerpo hasta el bosque, y entre los ñirres lo abandonó. Se llevó la sabana, que se había desgarrado, debido al corte de su daga. Se rascó una pierna. Seguía pensando en el sótano. Todavía no quería irse, quería saber que había allí abajo. Se rascó la nariz y volvió a la cabaña. 


Dio vuelta todo una vez más. A parte de una mesa y otra silla, que utilizó para encender nuevamente el fuego y así calefaccionar e iluminar un poco el interior, pues el aceite de la lámpara se había acabado ya, no había más mobiliario que el lecho, el armario y una cajonera. La misma solo contenía algunas mudas de ropa. Había frascos vacíos que alguna vez habrían contenido conservas, algunos pocos platos, un caldero vacío. Los huesos del perro que había devorado. Un plato de metal, algo oxidado, hacía de espejo junto a una navaja, muy desafilada y unas tijeras, posiblemente para recortarse la barba o el pelo. En el armario, que trababa la puerta del sótano no había nada más que unas camisas gastadas. Tomó las tijeras y quitó el armario de donde lo había dejado. Intentó forzar la cerradura hasta que las tijeras se rompieron. Se rascó la cara, se sentía afiebrado. Se rascó los parpados, la picazón había aumentado. Cada vez se rascaba con más fuerza, la carne le ardía. Se observó los brazos que supuraban de pus, infectados. Su piel estaba roja y cada vez que pasaba sus uñas sobre ella le ardía, más y más. Buscó el espejo para observarse el rostro, estaba desfigurado, él mismo se había lastimado rascándose. Parecía un brote de sarna. Un violento brote de sarna. Afuera de la cabaña el viento soplaba, como solía hacerlo en esa región, constante y fuerte. El viento era tan potente que los árboles, como los ñirres crecían doblados, acompañando el sentido del viento, como una bandera. Sintió hambre nuevamente, si había enfermado lo mejor sería comer algo pronto o se debilitaría más rápido. Esperaba poder cazar alguna mara, una especie de liebre grande que habitaba esos lugares, se llevó la frazada para intentar capturar a una, después la degollaría con su daga. Pero no encontró ninguna por los alrededores, no había nada allí en invierno. Su estómago ya le crujía y su cuerpo ardía por la picazón. La nieve no le ayudaba, la humedad lo irritaba aún más y el frio le quemaba en sus heridas. Lo único que pudo encontrar fueron unos hongos que crecían trepados por los troncos de los árboles. A lo lejos, escuchó aullidos, lo mejor era refugiarse, pronto. Así que los tomó, y junto con un poco de nieve se preparó un caldo. Algo con que engañar su hambre. Con la frazada mojada el frio se sentía peor. La dejó cerca del fuego todo el tiempo que pudo, esperando pacientemente que se secara. El cuerpo le picaba por completo, se empezó a sentir mareado. Lo único que se movía en la habitación eran las sombras que se proyectaban en las paredes agitadas por el fuego. El sonido del viento lo acompañaba golpeando las ramas de los árboles. Volvería a nevar pronto. Sintió náuseas y un cansancio casi absoluto. La frazada húmeda le molestaba. Se sentía incómodo. Volvió a trabar la puerta y se preparó para la nevada que caería en cualquier momento. Bebió algo más del potaje que habría preparado pero el sabor picante y a nueces de los hongos le desagradaba ya. Todo daba vueltas y los sonidos de las ramas de los árboles, del viento, de los aullidos a lo lejos cambiaban de volumen. A veces se escuchaba muy fuerte y otras veces eran casi inaudibles. Trató de concentrarse en la puerta del sótano. Ya no tenía más el armario encima. Puso su mano sobre su daga, esperando que algo saliese de esa puerta en cualquier momento. Algo golpeó las paredes de la cabaña por fuera. Debía de ser enorme. La puerta de entrada se movió, pero se encontró con la traba. No podían abrirla. Lo que estuviera afuera lo intentó varias veces. Un aullido de frustración, prolongado y agudo retumbó dentro de la vivienda. Pasó un tiempo hasta que le hombre se animó a mirar por fuera. Asomado por la ventana no podía ver nada. Se rascaba la piel, desesperado. Así que siendo vencido por la curiosidad, abrió la puerta. No había nada allí, solo pisadas de algún animal, de pequeñas patas. Iban hasta el bosque, donde él había abandonado al cuerpo. Su corazón latía a más no poder y eso le permitió encontrar algo de valor para ir a cazar a la bestia. Seguro sería mejor alimento que los hongos, se convenció. Caminó ignorando el frio hasta donde estaba el cadáver. Algo lo había estado mordisqueando. Observó el rostro del hombre por primera vez, nunca le había interesado. Era joven, perfectamente afeitado. De cabellos rubios y ojos grises, que miraban a la nada. Decidió que hasta allí llegaría su búsqueda y regresó a la cabaña. Se atrincheró nuevamente. Le dolía la cabeza y sentía nauseas otra vez. Se recostó en el lecho, el fuego se fue extinguiendo y él se rindió al sueño. Aunque intentó no hacerlo, pero la fiebre no se lo permitiría.


    Cuando despertó no podía moverse. Estaba consciente, pero incapaz de controlar su cuerpo. Algo de luz todavía entraba por la ventana. No sabía qué momento del día era, había perdido la noción del tiempo. Estaba aturdido, el cuerpo ya no le picaba. Hacía calor, alguien había encendido el fuego. Movió sus ojos pero solo distinguía sombras. La puerta de entrada estaba abierta, o eso parecía, no podía girar la cabeza y confirmarlo. La sombra de un perro, o un lobo, llegaba desde afuera. Inmóvil, paralizada, la bestia también. Sus ojos se fueron acostumbrando a la tenue luz. Y entonces la notó, la monstruosa criatura, que posiblemente había estado allí siempre. Le respiraba en la cara y estaba apoyado sobre su pecho. Tenía el rostro de un hombre, pero el cuerpo de un perro. Y era al menos dos veces más grande que él. No lo reconoció al principio pero luego lo identificó, era el hombre que había muerto congelado. Su cara, su cabeza era la del hombre promedio, pero su cuerpo era desproporcionadamente más grande, cubierto de pelo negro y largo. Olía muy mal. Estaba a su merced. Quería hablar pero no podía. Las palabras simplemente no le salían. 


—No me temas —dijo la criatura—. Mi nombre es Enidoku. No puedo hacerte daño. Ese no ha sido el trato.

La bestia pesaba demasiado y le cortaba la respiración. Intentó, nuevamente, hablar pero apenas podía murmurar.

Enidoku saltó desde la cama al suelo, liberándolo. Caminó hasta la puerta del sótano en cuatro patas, pero al llegar a ella llevó sus patas delanteras hacia la misma. Fue entonces que notó que en aquellas extremidades poseía manos, con las que podía manejar objetos. Sostenía una llave en una de ellas. —Estaba muriendo, debilitado por mi enfermedad. Mandé a llamar a mi sobrina al pueblo, ella llegará pronto. La nieve le ha impedido el viaje. Pero sabiendo que yo moriría recé a los dioses que me permitieran proteger a mi perra. La muerte me visitaría antes que mi la hija hermana. El gran dios lobo me puso a su servicio, y me dejó volver, para proteger a mi perra. Con estas manos pude mover leños hacia la chimenea y encender un buen fuego. Hasta podía salir a cazar con ella. Tú te encargaste de que eso ya no importase —dijo y abrió la puerta del sótano—. Pero mi hermana no vendrá en vano, espero…

El hombre, que había recuperado el aliento, gritó, sosteniendo su daga desde arriba de la cama —¡Vete monstruo infernal! No te temo. —mintiendo, mientras intentaba juntar valor para apoyarse en el piso.

El espectro se acercó entonces a la puerta de entrada y la abrió sin prisa, por completo —Mis manos no pueden hacer daño alguno a los hombres. El gran dios lobo me trajo de vuelta solo para que los protegiese.


Fuera de la cabaña volvió a encontrarse con la guardiana de la casa, esta vez convertida en una sombra de cenizas, que luchaban contra el viento por mantenerse unidas. La perra entró a la vivienda, embalsamada de odio. Él la enfrentó, interponiendo la daga con que la había degollado. A sus espaldas se encontraba el sótano. El animal se abalanzó sobre él. Aun tan debilitado, pudo asestar un golpe, pero su daga nada hacía a aquel polvo al que todos vamos. El peso de la criatura se sintió enorme. Lo empujó y tropezó. Cayendo por las escaleras. Sus huesos se rompieron. Su espalda se quebró. Así como había caído, quedó, inmóvil. Le era difícil respirar bien. Los cachorros de la perra lo rodearon. Eran curiosos. Lo olían tímidamente para luego alejarse. Seguramente tenían hambre. Y aun si así no fuese, eventualmente la tendrían. La única luz que alcanzaba al sótano lo hacía por la entrada que daba a la habitación superior. El can de ceniza había desaparecido. Enidoku caminó sin volverle a hablar y se sentó a observarlo perecer.


El hombre descubrió que la luz de recién había sido la del amanecer. Todavía podía respirar, aunque desease ya no hacerlo. Poco a poco sus pulmones se detendrían. La tarde demoró en llegar, así como el descanso de la oscuridad. Para él, fue una eternidad.



Fin.

martes, 7 de enero de 2020

Birhun

(126?-? CF) Hombre, oriundo de Rimblau, Koria, Fenor. Mestizo. 
Hijo de Garhun. 

De aspecto desgarbado y desprolijo. Birhun era la viva imagen de su padre pero de cabellos castaños. Acostumbraba hablar rápidamente. 

Tenía una tía que hacia sabrosos dulces de frutas salvajes.

Referencias:


Se lo nombra en el capítulo 03 de “La ciudad de Kirun.” Conoce a Guy de Montevid.

Garhun

(122?-? CF) Hombre, oriundo de Rimblau, Koria, Fenor. Mestizo. 

Padre de Birhun.

Era de aproximadamente unos cincuenta años durante el 1280 cF. Era de gran contextura y de ojos grises, pero piel trigueña y cabellos canosos. 

 Encargado de la guardia de la ciudad de Rimblau.


Referencias:


Se lo nombra en el capítulo 03 de “La ciudad de Kirun.” Conoce a Guy de Montevid.

Kuntur

(122?-? CF) Hombre, oriundo de Rimblau, Koria, Fenor. Mestizo. 

Gobernante de la aldea de Rimblau al menos durante 1280 cF. 

Era alto y estaba excedido de peso por la buena vida que llevaba. Alguno de sus ancestros directos había sido un Korien de raza pura pues su piel era cobriza pero en su cabello que ya estaba algo canoso se notaban mechones cafés.

Referencias:


Se lo nombra en el capítulo 03 de “La ciudad de Kirun.” Conoce a Guy de Montevid y le entrega dinero para su causa.

Taberna del Cerdo

Se encontraba en la ciudad de Minbou (durante al menos el mes 9 de 1280 cF.) era atendida por su dueño Prefult, el cerdo. Ubicada en el barrio de los mestizos. Sus mesas eran pequeñas y redondas y el lugar estaba iluminado, de día, por unos pocos rayos del sol. La madera de las mesas como la de la mayoría del mobiliario de la taberna era de color rojiza pero estaba sin pintar.

Tabernero: Prefult.


Referencias:

Se la nombra en el capítulo 04 de “La ciudad de Kirun.” Guy de Montevid y el capitán Nin toman unas cervezas allí visitando a Ilko.


Minbou


Ubicado en el norte al centro del territorio de Koria, Fenor. Minbou era la segunda ciudad más importante de la provincia de Koria. Los muros de piedra y ladrillos asentados con mortero eran casi tan anchos como altos. El perímetro de la ciudad se extendía miles de pasos en todos lados. Y dentro de la misma podían verse niveles donde las estructuras más importantes estaban protegidas todavía por más muros. Afuera de la ciudad podían verse las granjas y campos de cultivos. Minbou era una ciudad rica así como lo era Kirun. Decenas de miles de hombres vivían allí. Estaba repleta de callejones y callecitas que se entrecruzaban de una forma desordenada. Además contaba con varios muros de defensa internos que separaban en tres secciones diferentes a la ciudad. Minbou había crecido a lo largo de los siglos y su población que aumentaba cada vez más demandaba más espacio habitable. Por esto varios reyes y gobernantes pasados habían expandido el perímetro de los muros. La parte de la población más adinerada estaba en el centro y allí también los edificios de gobierno y los templos religiosos más importantes.

La primera sección de la ciudad, la más externa, y también la más pobre no tenía ornamentos sofisticados. La segunda sección era la de los comerciantes y el poder adquisitivo de los mismos podía apreciarse en la suntuosidad de sus arreglos. Varias fuentes de agua poseían en su centro un espacio donde encendían fogatas que alcanzaban gran altura. La última sección era la más solemne.

Edificios conocidos:

Taberna del Cerdo
Palacio real de la ciudad de Minbou


Habitantes conocidos:

Guiles, gobernador
Esposa de Guiles, no se dice su nombre.
Karin, una de las hijas de Guiles.
Güiyinkt, general de Koria.
Tifun, ovispo de Koria.


Referencias:

Se la nombra en los capítulos 04 y 05 de “La ciudad de Kirun.” Guy de Montevid se encuentra con el gobernador de la ciudad Guiles de Minbou.

Rimblau


La aldea de Rimblau se encontraba en el territorio de Minbou, Koria. En los lindes con Gono, y funcionaba como una gran aduana. Era de forma elíptica. Como si hubiesen estirado un círculo a lo largo hasta duplicar su diámetro. Estaba delimitada por una empalizada alta de madera dura y oscura. 

Durante el noveno mes de 1280 del calendario de Finvir se encontraba gobernada por Kuntur.


Habitantes conocidos durante el noveno mes de 1280 cF:

Kuntur, su gobernante.
Garhun, que estaba encargado de la guardia de la ciudad.
Birhun, hijo de Garhun.


Referencias:

Se la nombra en el capítulo 03 de “La ciudad de Kirun.” Guy de Montevid pasa una noche allí y recibe dinero del gobernador de allí, Kuntur.


lunes, 6 de enero de 2020

Gremio de los herreros de Minbou


La región de Minbou en Koria era conocida por sus minas de hierro en el norte del reino. Los más finos artesanos trabajan estos materiales y los herreros de Minbuo, un grupo cerrado de hombres y mujeres que pasan sus conocimientos de maestros a aprendices eran reconocidos como los mejores del reino. No solo por la excelente calidad de su materia prima sino por sus capacidades con la forja.

Referencias:

Se los nombra en el capítulo 05 de “La ciudad de Kirun.” Guy de Montevid hace referencia a ellos al pedir la ayuda de Guiles de Minbou.

lunes, 9 de octubre de 2017

Licor de Vir



(Graduación alcohólica 7,4)

Era cristalino y de color amarillento. Se realizaba con los pétalos de la flor de diente de león, en Koria, generalmente en primavera y verano. Su producción era familiar y generalmente no se comercializaba. De sabor dulce y suave.

domingo, 14 de mayo de 2017

Explicación #05 Texu y los Korien



Texu fue el parámetro inicial para crear a la raza de humanos denominada Korien. Inicialmente Texu iba a ser pelirroja para contrastar con Guy que era rubia, pero además yo quería hacer que tuviese vitíligo, la enfermedad que tenía por ejemplo Michael Jackson. Porque en ese momento estaba haciendo un profesorado de Yoga (aclaración sin ninguna conexión con lo que estoy narrando) y tenía de compañera a una mujer con esta enfermedad que se sentía discriminada ante la mirada de la gente curiosa de lo que tenía, pues al llevarse en la piel se les reconoce enseguida. Pero como me señaló Regina (Guy) una pelirroja con vitíligo es algo que casi no se nota. Así que se me ocurrió que tuvieran la piel cobriza y descarté que tuviera el pelo rojizo pues pense que entonces podían parecerse un poco a He-Man. Los korien serían altos musculosos con un buen bronceado ¿Por qué no si eran adoradores del sol? Y rubios. Quería aparte que Texu fuese excepcionalmente alta. Sin quererlo y de hecho desconociendo en ese momento, tengan en cuenta que cree este personaje en el 2010, quedó en ese aspecto, el de la altura, parecida a Brianna de Tart de Games of Thrones. El trasfondo del personaje es completamente diferente. Eso también me ayudó a plantear las diferencias entre los Korien de “raza pura” y los “mestizos”. Las tierras korien son una mezcla de la Patagonia argentina y chilena y la cultura vikinga y un poco de la Inca, todas muy pasadas por encima y sin profundizar mucho. Lo que me divierte de los Korien es que no existe una etnia equivalente en la vida real a ellos.
El hecho de que adoren al Sol, mientras que del otro lado del reino adoren a la Luna, son obvias referencias a la cultura Inca y de hecho el contraste oro y plata también. Como he dicho ya en esta intención de americanizar la fantasía heroica. Como para cambiar un poco. Maite (quien inspiró a Texu) sin embargo es española.

domingo, 26 de junio de 2016

Zanahoria




La zanahoria era una planta cultivada por los hombres preferentemente para el consumo de su raíz. Durante el invierno almacenaba una reserva de alimento en su raíz que luego utilizaría para florecer en la primavera siguiente. Durante la primavera y el verano formaba una roseta de hojas mientras se desarrollaba su raíz de forma cónica y de color amarillento, anaranjado y en ocasiones con manchas blancas. Su flor era blanca y pequeña y se agrupaban decenas de ellas en un solo ramillete. Su fruto era seco y pequeño.


Procedencia y distribución: Originarias de Koria se encontraban distribuidas por todo Kiem gracias a la acción del hombre.


Utilización y consumo: Aunque se cultivaban principalmente para que sus raíces fueran consumidas como alimento sus hojas y flores se utilizaban por sus propiedades aromáticas y medicinales.