Lurand; Fenor.
Día 10 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.
El niño corría por el sendero de pequeñas
piedras mal colocadas entre sí, llevando en sus manos una burda pelota de
trapo. Su hermana pequeña lo perseguía sonriendo. De vez en cuando lanzaba la
pelota hacia ella tratando de golpearla aunque casi nunca acertaba. Pronto ella
corría hacia la pelota y lo perseguía otra vez para lanzarla a él nuevamente.
Así continuaron un rato, alejándose de la ribera del río donde pescaba su
padre. Corrieron por el sendero hasta llegar a las puertas de una enorme
construcción con muros plateados. Siempre habían sentido curiosidad por ese
misterioso lugar. Podían ver brillar al palacio en el amanecer desde la ventana
de su habitación. Arub, el niño, ya de ocho años, tenía vagos recuerdos de aquellos
muros tapados por enredaderas, con flores de vivos colores. Su abuelo hacía
mucho tiempo lo había llevado a recolectar olivas que crecían detrás del
palacio desde hacía añares y que nadie reclamaba. Ya esa vez había notado que
en las paredes faltaban adornos y que las puertas de madera estaban podridas,
pero que aun así parecían impenetrables. Desde aquella vez con su abuelo nunca
había vuelto al lugar ya que se encontraba muy distante de la aldea. Y sus
padres no le tenían permitido alejarse tanto. Pero en el pueblo se contaban
historias de aquellos que ahora vivían en el lugar. El gris brillante de las
rocas colocadas en los muros contrastaba con el verdor del paisaje y el
colorido de las flores. Los cantos de las muchas aves se mezclaban con el constante
sonido del pasar del agua del río, que se encontraba cien pasos al este.
Cualquiera que se acercase al palacio se sentía abrigado como si el mismo
desprendiese un calor antinatural. Arub veía ahora de vuelta las puertas del
palacio y notó que ya no se encontraban podridas. Pero tampoco eran puertas
nuevas. Era como si las antiguas puertas hubiesen sanado. Él sabía que eso era
imposible. Pero cada día desde la ventana de su habitación él creía notar que
el palacio plateado que estaba cruzando el río rejuvenecía.
La niña arrojó la pelota contra su
hermano, quien ya había dejado de sentir el temor que antes le inspiraba el
lugar. Él esquivó la pelota y la misma pasó de largo hasta detenerse al golpear
un gigantesco escudo. Solo recién percibieron al ser que había estado parado
junto a las puertas desde el principio. Gala se acercó tímidamente. Contempló a
lo que ella considero era un hombre dentro de una pesada armadura, quien además
de portar un escudo casi tan alto como él, que parecía pesar tanto que
cualquier hombre común no podría levantarlo, empuñaba una enorme espada de un
solo filo que descansaba clavada en el piso. La figura no era para nada
amenazante y la calidez que emanaba el lugar tranquilizaba a los niños.
-¡Perdón! -exclamó la niña. Pero la figura no
contestó, de hecho ni siquiera se movió. Los niños, todos los niños ven al
mundo con ojos especiales, cualquier otro hubiera notado que una araña había
tejido su red entre el yelmo y el escudo de la criatura. O que en sus pies la
enredadera que trepaba por el muro había empezado a crecer.
-Parece que no se mueve. -dijo Arub dirigiéndose a
su hermana.
-Señor, señor… -entonó la niña que estaba
determinada a probar que su hermano se equivocaba-. ¿Tiene nombre? -Pero la
criatura no contestó.- ¿Es cierto que acá vive un gato que habla?
Arub tomó la pelota con su mano derecha.- Ya,
veras que no hace nada si le tiro esto.
-¡¡¡Nuu!!! ¡Quizá se encuentre hechizado!!!
-exclamó dulcemente su hermana.
-No está hechizado, lo más probable es que sea una
estatua. -Arrojó la pelota que golpeó la cabeza de la criatura y cayó frente a
la niña.- ¿Ves? No hace nada.
-No molesten a Sugum, niños. -Interrumpió una voz
femenina con tono de autoridad. La joven elfa se acercó a los niños. Llevaba el
pelo largo y suelto por detrás, en su cara el mismo solo llegaba hasta sus
cejas y enredadas en pequeñas trenzas tenia entrelazas flores silvestres.
Cargaba un carcaj y un arco dorado y vestía un atuendo de seda de varias capas
que se ceñía en su delgada cintura. Sus ropajes estaban adornados con
prendedores de oro y también de este material eras sus pulseras y tobilleras.
Su cara era redonda y sus ojos verde claro. Su boca era pequeña pero su sonrisa
inmensa.
-¡Hola! -saludo la niña tímidamente- … ¿Eres una
elfa?
-Pues si lo soy, ajjaja. -E hizo un ademán
inclinándose al saludar.- Mi nombre es Azhalea sacerdotisa del dios Eiugun, y
soy además una de las integrantes de La Orden del Gato Azul, así como mi amigo,
el fiel y protector Sugum corazón de oro. - Los niños miraron de nuevo a Sugum
pero este seguía inmóvil.
El niño dio un paso al frente tratando de
impresionar a la elfa,- Yo soy Arub y ella es mi hermana Gala.
-Encantada de conocerlos, ¿No hay algún padre
preocupado por su ausencia?
-Nuestro padre esta pescando río abajo, pero no
quería que nos quedásemos muy cerca porque sino los peces no picaban. -contestó
Arub, mintiendo.
-Entiendo, pero estoy seguro que no los quería tan
lejos tampoco. -Azhalea cruzó los brazos e hizo un gesto de desapruebo. Todavía
sostenía el arco en su mano izquierda.
-¿Ese arco es para cazar pajaritos? -Interrumpió
la niña que no se había quedado quieta desde notar a la elfa.
-Pues, no. Jamás lo usaría para tal crueldad. Solo
me alimento de frutas y semillas. Las aves son mis amigas así como las plantas
y todos los animales y criaturas del bosque.
-¿Y por qué tienes el arco entonces? -preguntó el
niño.
-¿Por qué el señor no se mueve? -preguntó la niña.
-¿Y tienes buena puntería? -Insistió Arub con el
arco.
-¿Realmente vive aquí un gato que habla? -La niña
saltaba alrededor de Azhalea-. ¿Cuántos años tienes? Seguro muchos porque eres
elfa. Yo tengo así.- Y mostró su mano abierta señalando que tenía cinco años.
-¿Y por qué... -La pregunta de Arub quedó
interrumpida cuando Azhalea se aclaró la garganta tratando de interrumpir el
agobio de los niños.
-A ver, niños, de a poco. No soy tan vieja como
piensan. Algunos elfos han vivido mucho, otros como yo todavía somos jóvenes
incluso para la vida de un humano. Sugum si se mueve niña y mucho cuando hace
falta, siempre estará ahí cuando lo necesites, pero no tiene interés en hacerse
notar, virtud que pocos poseen. Incluso de los que viven en este palacio. -Se
agachó y levantó una de las olivas que estaban esparcidas sobre el piso. La
sostuvo entre sus dedos e hizo una pausa. Para que los niños pudieran verla.
Luego la arrojó al aire.- Y sí, yo diría que tengo buena puntería. -rápidamente
tomó una flecha de su carcaj, tensó su arco y disparó hacia el fruto que
todavía no tocaba el piso. Varios pasos más adelante el proyectil había quedado
clavado en un árbol. Los niños corrieron al lugar, mientras la elfa los seguía
caminando despacio y sonriendo por lo bajo. El extremo de la flecha que era muy
filoso y sumamente delgado había atravesado la oliva que se encontraba clavada
en la punta.
-¡¡¡Claro tiene el arco para cazar aceitunas!!!
-dijo la niña. Arub golpeó el hombro de su hermana al sentir que decía una
tontería.- ¿Podemos ver al gato? -insistió la niña.
-Bueno, ya saben cómo son los gatos,
independientes, a veces están, a veces no. Es poco común que este por acá. En
ocasiones descansa tomando sol sobre el techo. Pero no suele mostrar mucho
interés en hablar. Y cuando lo hace por lo general solo consigue exasperar a
quienes lo escuchan. A veces pienso que sería mejor que no hablase.
-¿Habla y cualquiera puede entenderle, o solo los
elfos? -preguntó Arub que empezaba a desconfiar.
-Sí. Cualquiera puede. -Azhalea extrajo la flecha
del árbol, quitó la aceituna que había atravesado y guardo de vuelta en su
carcaj al proyectil. Pasó el arco por su hombro y se colocó entre los niños.
-Vamos pequeños los acompañare hasta donde este su padre. Otro día conocerán al
gato que habla. Posiblemente Neilad este encantado de recibirlos aquí en
cualquier otro momento así que considérense invitados.- Tomó la mano de Gala
para que la escoltase y dejase de zumbar alrededor de ella.
-¿Y quién es Neilad? -dijo Arub que no quería
irse.
-Bueno, Neilad fue el primero en llegar a este
lugar y es a quien acompaña el gato azul. No sé muy bien cómo es que se
conocieron.
-¿Y también es elfo? -preguntó Arub que intentaba
caminar cada vez más lento.
-Pues no. Es humano como ustedes. Posiblemente
ahora se encuentre durmiendo. Madrugar no es para él. Tengo que admitir que lo
encuentro bastante perezoso para ser de una raza tan activa como es la suya
-Azhalea miró a la niña que había soltado su mano y corría nuevamente hacia las
puertas del palacio-. ¿Dónde vas querida?
-Voy a buscar mi pelota. -gritó Gala que corría
torpemente por el descampado. El césped era largo y eran pocas las flores que
crecían en esa parte del jardín. Pero las que lo hacían le llegaban hasta las
rodillas de la niña. Ella intentando esquivarlas, tropezó más de una vez antes
de encontrar la puerta nuevamente.
La elfa y el niño siguieron caminando
mientras él insistía con preguntas sobre el lugar. Ella intentaba contestarle
con paciencia y esmero pero la curiosidad del niño parecía inagotable. Pasaron
por un banco de piedra a la sombra de un enorme árbol. Ella tomó la espada que
había dejado ahí para poder dedicarse a practicar sus habilidades con el arco,
antes de que llegasen los inesperados invitados. Tomó también un pequeño bolso
donde llevaba algunas pertenencias y metió la mano dentro de él. Extrajo un
dulce que le ofreció al niño intentando que este entretuviese su boca en algo
más que disparar preguntas. Arub tomó el dulce que no era más que un palito de
madera con caramelo teñido de color verde en uno de sus extremos.
-¿Qué estará haciendo tu hermana que tarda tanto?
-Nuobse- dijo Arub con el dulce en la boca.
Gala buscaba la pelota cerca de la
entrada. Estaba segura que había caído no muy lejos de donde se encontraba el
ser inmóvil. Después de buscarla por el piso comenzó a buscar entre los
arbustos que rodeaban la vivienda. Pero tampoco la encontró ahí. Trepó a la
ventana más cercana pensando que desde la altura podría verla mejor pero
tampoco pudo ver nada que la ayudase. Finalmente desistió y frustrada creyó que
no volvería a ver nunca más a su juguete. Pero al pasar cerca de Sugum, notó
algo diferente. Aunque permanecía inmóvil ya no se encontraba sosteniendo la
espada que antes portaba y ahora solo estaba clavada en el piso. Su mano
cubierta por un guante de metal opaco estaba extendida hacia delante y sostenía
la pelota de trapo. La niña sonrió de gusto y tomó la pelota. Antes de irse dio
media vuelta y corrió hacia Sugum. Lo abrazó por la cintura que era lo más alto
que podía alcanzar. Él permaneció inmóvil. Pero dentro de la armadura retumbo,
con una voz firme y tosca que intentaba no sonar amenazante, un claro “de
nada”.
Los tres, Arub, Gala y Azhalea caminaron
hasta las orillas del río y siguieron bajando por el mismo en son de encontrar
al pescador. Gala que también disfrutaba un dulce, regalo de la joven elfa,
viajaba tomada de la mano de la misma ya un poco menos inquieta. Arub cargaba
la pelota y como ya había terminado su dulce seguía insistiendo con preguntas
sobre elfos y gatos azules. A lo lejos los agudos ojos de la joven divisaron al
padre de los niños que parecía estar dispuesto a retirarse después de haber
pescado lo suficiente para comer y vender por un par de días. Pero algo más
percibieron sus sentidos, el inconfundible hedor a orco. No sabía dónde estaban
escondidos ni cuántos eran, pero podía oler su desagradable olor y calcular que
hacía poco tiempo habían pasado por ahí. No estaba muy preocupada por que los
atacasen, ya que son criaturas nocturnas, pero de todas formas se acomodó el
cinturón donde colgaba su espada. Siguió caminando mientras intentaba no
perturbar a los niños. Al poco tiempo llego donde el pescador. El hombre que
olía bastante mal producto de su profesión se alegró de ver a sus hijos, aunque
quedó un poco desconcertado de verlos en compañía de una elfa.
-¿Dónde han estado? -Los niños corrieron a
abrazarlo y él extendió sus bazos y los sujetó.
-En el Palacio de Plata, pescador de Lurand. Mi
nombre es Azhalea sacerdotisa de Eiugun y una hermana más de La Orden del Gato
Azul. Al parecer se perdieron jugando por el bosque y fueron a dar a
nuestro lugar de descanso.
-Sí, he escuchado de ustedes. Mi nombre es Greff.
Le agradezco su gentileza al traer a mis hijos de vuelta a aquí, seguramente me
hubieran hecho perder bastante tiempo buscándolos por el bosque. Disculpe
cualquier inconveniente que hayan causado. -En su tono de voz se sentía la
honestidad de sus palabras. El pescador estaba un poco intimidado por la
guerrera, por sus armas y por su belleza.
-Despreocúpese. En La Orden, estamos encantados de
recibir invitados y en especial si son tan distinguidos como ustedes. Les he
dicho a los niños que pueden regresar cuando gusten y mi invitación se extiende
a su persona y a su esposa si es que desean venir. Es solo que en este momento
nos encontramos acomodando un poco el lugar. Si lo desean estoy seguro que
podrán pasar nuestro hogar en una semana.
-¿Podemos ir? -preguntaron los niños mientras
tiraban de la camisa del pescador.
-Su oferta es muy generosa señora elfa -Dijo Greff
que no se atrevía a verla a los ojos y dudaba sobre cómo tratarla pues la veía
muy joven-. Pero yo solo soy un humilde pescador y no sabría cómo
corresponderles a tan nobles guerreros.
Azhalea soltó una carcajada muy poco digna de una
elfa -No le parecerán tan nobles una vez que los conozca. Y estoy seguro de que
si trae alguno de sus pescados Beraza o Rikenv estarán encantados. Los peces
son manjares para los enanos que viven en minas y bajo tierra y tienen pocas
oportunidades de probar tal cosa. Lo digo enserio, pasen un una semana y serán
bien recibidos.
-Entonces estaremos encantados de visitarlos en
una semana a la hora del almuerzo. -Los niños vitorearon detrás del padre.
Azhalea se inclinó saludando. -Será hasta entonces
Greff, Gala y Arub. Que los acompañe la fortuna y el amor.
Greff sujetó la carreta que arrastraba con sus
propias manos donde llevaba su pesca y se despidió. Los niños lo acompañaron y
mientras pudieron ver a la elfa siguieron saludando con sus manos. Ella
permaneció en el lugar, no podía olvidar la amenaza de los orcos.
Cuando se encontró sola trató de
inspeccionar el lugar pero dentro de ella sabía que donde se encontraban
ocultos no le seria revelado por las pistas que pudiera encontrar. Cerca de
ella se acercaron varias aves que cantaban a su alrededor.
-¿Ustedes saben algo que yo no sé? -preguntó
dulcemente a los pájaros. Uno de ellos se acercó a su oído y cantó. -Pues de
eso ya me había dado cuenta, querido amigo.- respondió la elfa a la pequeña ave
roja. Nuevamente se acercó el pájaro a su oído y cantó. Ella sonrió agradecida
y contestó. -Pues eso, querido amigo, sí que no lo sabía.
Referencias:
2) Caña de Azucar
3) Pejerrey atigrado
4) Olivo
5) Polilla de la seda
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