Un día llegó a las puertas de una perdida
aldea llamada Lurand, en la parte oeste del territorio de Fenor, un hombre con
poco porte de guerrero, pero que traía con él una espada ancha y desafilada que
todavía no era capaz de dominar y un pesado escudo que apenas podía levantar.
Lo acompañaba un peculiar gato, era de color azul y poseía grandes ojos del
color de la plata.
Ese mismo día, mientras almorzaba, escuchó
rumores de que una banda de orcos habían saqueado a una villa de campesinos no
muy lejos de ahí y que pronto llegarían donde estaban. Sentado el gato en la
mesa donde comían le aconsejó al hombre -Preséntate mañana ante el jefe de esta
aldea y hazle saber que tu solo acabaras con los orcos.
El hombre le contestó -Jamás podría yo solo vencer
a todos esos orcos.
El gato insistió -Confía en mí y te hare un hombre
afortunado. Haz lo que te digo y llegaran aquellos que estén junto a ti por tu
causa. Levanta tu pesado escudo para proteger a estos hombres hoy y mañana
otros te protegerán a ti. No olvides esto jamás y nunca abandones a aquellos
que llamas amigos.
-¡Así lo hare viejo amigo! -dijo el hombre
sonriendo-. ¿Quién soy yo, después de todo, para discutir con un gato azul que
habla? -E hizo caso a los consejos del gato.
A la mañana siguiente cuando se despertó,
resuelto a presentarse ante el jefe de la aldea como el gato había dicho, se
encontró junto a él una coraza blanca y un traje del mismo color. La coraza
estaba gastada y había perdido todo su brillo. Esa misma mañana el gato había
hecho correr el rumor de que este hombre era el mejor espadachín del reino.
Había convencido a un armero de que le cediese la coraza con la condición de
que tras vencer a los orcos este se la pagaría en buen precio. No importaba que
tan buena o mala coraza fuese pues los orcos no tendrían oportunidad. La
costurera que también había escuchado las historias que contaba el gato le
ofreció un traje blanco con las mismas condiciones que había aceptado el
armero. Sentado sobre la coraza el gato le dijo al hombre -Tu que sabes de hierbas
y raíces, has una pomada que sirva para lustrar esta vieja pieza de metal y que
parezca nueva. Esmérate en sacarle brillo pues debes presentarte como un gran
guerrero y cuando termines vístete con este traje blanco y ponte la coraza. -Y
el hombre así lo hizo.
Después de pasarse toda la mañana
restaurando la coraza, fue llamado por el jefe de la aldea. Al llegar frente a
él junto con su gato, todos sintieron una gran desilusión pues el joven era de
baja estatura, aunque de espalda ancha. Y aun vestido de guerrero su gentil
rostro no demostraba fiereza alguna.
-¿Eres tú el mejor espadachín del reino? -preguntó
el jefe de la aldea, llamado Dioroc.
El gato le había aconsejado responder a todo lo
que le preguntaban con total naturalidad y siempre positivamente y así lo hizo
el hombre -Eso dicen.
-¿Y con qué armas pretendes enfrentarte a estos
orcos?
-Con mi espada y con mi escudo.
El jefe de la aldea rió -Esa espada no tiene filo.
Se nota en tu caminar que ese escudo te pesa pues eres muy pequeño para levantarlo.
-Mi amo no necesita una buena espada para pelear
-interrumpió el gato.- Le basta con su gran habilidad.
-¡Quizás! -exclamó el jefe-. Pero ¿Y su escudo?
¿Cómo pretende defenderse?
Entonces el gato dijo a su compañero -Deja
el escudo en el suelo y que aquel que dude de tu fuerza lo levante. -Y el
hombre dejó el escudo en el piso.
El herrero de Lurand soltó a reír. Era alto y con
grandes músculos que había conseguido moviendo día a día grandes piezas de
metal y el escudo circular del hombre no parecía un gran desafió. Se acercó
entonces para levantarlo y cuando lo intentó, descubrió para su sorpresa y para
la de muchos incluyendo al joven, que no podía hacerlo. El joven compañero del
gato al pasar de los meses se había convertido en un hombre más y más fuerte al
mover en sus viajes al pesado escudo, incluso él estaba sorprendido de su
fuerza.
-Admito que eres fuerte, pequeño hombre. Pero aun
así está por verse si serás capaz de vencer a todos los orcos que aquí están
llegando. -Dijo Dioroc, el jefe.
-Mi amo podrá con ellos, pues es el mejor
espadachín del reino. -Insistió el gato.
-Somos humildes aldeanos pero si nos proteges te
recompensaremos, bien. -Y el joven aceptó tal misión.
Una vez alejados de todos el gato le dijo
a su compañero humano -A poco viaje de aquí existe un palacete
abandonado. Puedes verlo del otro lado del rio grande. Ve allí y espérame en el
jardín. Yo me encargaré de que ellos lleguen hasta aquí y entonces podrás
cazarlos uno a uno. -Y el hombre obedeció.
Partió entonces el gato buscando a los orcos y
cuando dio con su campamento se dejó ver por ellos. A estos seres monstruosos
no les interesaba el color del gato sino más bien su sabor. Aunque apenas sería
un entremés estaban dispuestos a cazarlo. Pero el gato no se dejó atrapar y
luego de que lo persiguieran un rato les habló. -Nobles orcos del norte ¿Por
qué me siguen y me persiguen, no ven que apenas llenaría la boca de uno de
ustedes?, y mi sabor, estoy seguro, no será tan agradable.
-Nos gusta comernos cosas que hablan, ayer fue un
comerciante de una aldea próxima, antes de ayer fue un loro y hoy serás tú.
-contestó uno de ellos.
-Cuan mal les iría si hacen lo que dices. ¿No ven
que se dónde se encuentran riquezas? Si me comen no podré contarles.
-No nos interesan tus riquezas.
-Ya verán pues que mi señor, Neilad de Lurand vive
en un palacio lleno de oro y otras riquezas, y se burla de ustedes, los orcos.
La noche anterior me ha echado de casa y deseo vengarme.
-¿Quién es este Neilad para burlarse de nosotros?
-Dice que ustedes son horribles y no saben pelear,
que roban a niños y ancianos pero que no podrían todos ustedes que son casi
cuarenta con él solo en su palacio.
-Ya verá ese Neilad -dijo el jefe de los orcos-.
Dinos donde está y no te comeremos. -Clamó el orco, que afirmaba que iba a
comerse al gato pero que todavía no lo había atrapado.
El gato con gusto accedió y los llevó donde Neilad
esperaba. Los orcos confiados del gato lo siguieron y rápidamente entraron al
palacio pero antes pidió el gato que dejasen lo que no les fuera necesario en
la lucha, como su oro y joyas, en la entrada del palacio, pues los hacía más
lentos y debían de estar preparados para enfrentar a su amo. Y así lo hicieron.
Entonces, el gato los guio por laberinticos pasillos, mareándolos. Subían y
bajaban escaleras cruzaban puerta tras puerta, hasta llegar a una puerta
abierta, del otro lado se encontraba una habitación desde donde podía verse el
jardín.
Y el gato dijo -Allí se encuentra Neilad que está
durmiendo, si lo atacan ahora será muy fácil para ustedes.
-Yo no voy a matarlo dormido quiero verlo morir
sufriendo, el miedo les deja un buen sabor a los hombres. -dijo el jefe de los
orcos indignado.
-Bueno, entonces despiértalo.
-Haz que venga hasta aquí. -ordenó el orco.
-No me animo a entrar allí yo solo, Neilad es el
mejor espadachín del reino, no podría juntar valor para tal misión, ¿Por qué no
me acompañan ustedes?
-Que vayan ellos, yo esperare aquí afuera.
-Bien entonces mientras esperas ¿Por qué no vas a
la cocina y te sirves algo de tu gusto?
-Nada hay aquí que podría interesarme.
-Si deseas comerte a Neilad podrías al menos
hacerte un buen guiso. Pronto estaremos allí con mi malvado amo. Confía en mi
¿Alguna vez te he fallado?
Luego de reflexionar un poco el orco hizo lo que el
gato decía. Y ordenó al resto que acompañasen al gato como este pedía. La
habitación estaba ubicada en una planta alta y afuera se veía con claridad los
jardines del palacio desde una ventana. Los orcos inspeccionaron el lugar pero
jamás dieron con el hombre. Cuando se dieron cuenta fueron por el gato, pero
este ya se había escapado y los había dejado encerrados a todos dentro de la
habitación. Por más que golpearon la puerta una y otra vez no pudieron
derribarla. Y sus gritos no llegaban hasta donde estaba su jefe. Bajó el gato a
hablar con el orco que estaba en la cocina. Y le dijo que afuera en los
jardines estaría esperándolo Neilad y sus orcos. El orco de buen humor ahora
salió en busca del hombre pero al hacerlo se encontró con que estaba solo.
-¿Dónde está el hombre y donde están mis orcos?
-preguntó enfadado.
-Sal ya Neilad para que este orco te conozca -Y
Neilad salió de detrás de un árbol-. Tus orcos los encontraras observándote
desde esa ventana. -Y allí, arriba se veían los rostros de muchos de sus orcos
que observaban la escena.
El jefe de los orcos tenía por armas un escudo de
metal y un hacha pesada bastante más grande que la espada sin filo del hombre.
Lo orcos no dudan mucho al atacar, y aunque suelen valerse de su gran numero y
no disfrutan de los duelos, este estaba seguro de su victoria ante tan
minúsculo oponente. Pero cuando su hacha golpeó el escudo blanco del hombre
este resistió el golpe con facilidad. Nuevamente atacó el orco, ya que el
hombre parecía tropezar de un lado al otro llevando con esmero sus pesadas
armas. Pero esta vez se encontró el hacha con la espada. Se escuchó un sonido
estridente y el orco terminó por soltar su arma pues su mano le dolía. Como si
con torpeza hubiese golpeado a una montaña y él pretendiese que esta cediese
ante su pequeño golpe. Fue recién entonces el turno del hombre quien con un
solo golpe dejó el escudo del orco completamente retorcido. Sin armas el orco
retrocedió hasta quedar a espaldas de un árbol. Y allí suplicó por su vida.
-Tengo una bolsa, con mil monedas de oro. Hay
piedras preciosas y cosas que no poseen ningún valor para nosotros pero que
hemos robado por la diversión de hacerlo. Todo allí afuera donde nos ha dicho
el gato que las dejásemos. Quédatelas, pero perdona mi vida.
-Me quedaré con lo que me has ofrecido pero debes
prometer jamás regresar por aquí ni tú, ni tus orcos. O se las verán conmigo y
con mi gato.
El orco asintió con su cabeza y sin decir más
escapó corriendo hasta desaparecer en el horizonte. El gato abrió la puerta a
los otros orcos que también escaparon asustados por lo que había pasado y
juraron jamás regresar allí. El hombre de la espada y el escudo tomó las mil
monedas de oro contento de lo que había obtenido. Pero el gato lo detuvo.
-Puedes conseguir mucho más que oro en esta vida.
-Con esto sería rico y podría darle a mi esposa
una buena vida.
-Ella, al igual que yo, quiere más para ti. Has
nuevamente lo que te digo y veras que hasta le conseguirás un nuevo hogar,
aunque dudo que ella desee abandonar el que ahora posee.
-Nuevamente te obedeceré, querido amigo.
El gato le dijo que usase las piedras para
pagar su traje y su coraza como había acordado pero que entregase las mil
monedas de oro al jefe de la aldea, quedándose él con nada. Dioroc, el jefe de
la aldea, estaba complacido y como le había prometido le ofreció recompensarlo.
-¿Qué deseas noble guerrero ya que no quieres el
oro que te has ganado ahuyentando a estos monstruos?
El gato rápidamente intervino- Mi señor desea el
palacio abandonado a las afueras de la ciudad, pues pretende quedarse aquí y
seguir defendiéndolos de los futuros forajidos que hasta aquí lleguen.
El palacio estaba en terribles condiciones y era
usado pocas veces por los habitantes del lugar. Mantenerlo salía demasiado dinero
y por esto lo habían dejado abandonado. Sin pensarlo más y feliz de que el
hombre se quedase le entregó el control del palacio al joven quien a partir de
entonces viviría en ese lugar. Todos estuvieron agradecidos y celebraron con
una gran fiesta.
Neilad renombró al palacio como el Palacio
de Plata, porque sus paredes estaban construidas de una extraña piedra gris que
brillaba como el metal de su espada. Y se dedicó a encontrar quienes lo
acompañasen en su misión. Así comenzó La Orden del Gato Azul, o al menos eso
dicen.
Jeje es entretenido! Me gusto mucho la idea aunque al no escribir mas detalles de como son estaria bueno que le pusieras imagenes. Me gusto mucho :D
ResponderEliminar¡Gracias!
EliminarHay varias imágenes en proceso e incluso en los siguientes capítulos hay algunas subidas, además de las descripciones más profundas de los personajes.
Aquí hay algunas de algunos de los integrantes de LODGA:
https://www.facebook.com/media/set/?set=a.647651398694464.1073741834.478305038962435&type=1&l=5783576bfb
Saludos.