Greff
era el único hijo de una familia de pastores de ovejas. Jamás se había sentido
interesado en el trabajo de sus padres por lo que cuando cumplió la mayoría de
edad se mudó a la ciudad y se dedicó a confeccionar trajes para los nobles.
Como sus trabajos eran de gran calidad supo hacerse del suficiente dinero como
para pagar una buena vivienda y poder llevar una vida digna. Siempre guardó un
gran respeto y amor por sus padres que no solo lo habían cuidado cuando joven
sino que también lo habían apoyado en su decisión de no continuar la tradición
familiar. Por eso, tan pronto como pudo, visitó a su familia para darle las
buenas noticias. Cuando llegó a la granja la notó empobrecida, los campos
estaban vacíos, el ganado se había reducido considerablemente y las ovejas que
todavía quedaban estaban famélicas.
Preguntó
Greff, el sastre, a su padre que se encontraba junto a su madre —¿Qué ha pasado
con los campos y los animales? ¿Qué ha pasado contigo que te veo más flaco?
—Es que todas las noches
llega un monstruo del cielo a devorar nuestro ganado. Nos roba lo que tenemos
para nosotros y lo que tenemos para los animales. Nos roba nuestro ganado y nos
aterroriza. —contestó el padre de Greff, afligido.
—¿Pero y por qué no han
denunciado esto a las autoridades, a los guardias del rey? —preguntó el joven.
—Es que pensamos que nadie
nos creería lo que nos pasa y si te contásemos, tú tampoco nos creerías. —contestó
su madre.
—¿Cómo no voy a creer en lo
que me cuentan? Digan lo que sucede, por favor. —insistió el joven.
—Es que el monstruo que llega
por las noches no está solo, sobre él viene un orco que lo controla. Primero el
orco se llevaba poco, pero con los días cada vez se llevaba más y más. Nos está
dejando sin nada. Además el monstruo cada día llega más grande. —dijo su madre
apoyando sus manos en su rostro, desesperada.
—No se preocupen —dijo Greff
que le debía todo a sus padre—. Esta noche me encargaré de hablar con este
orco.
Cuando
llegó la noche Greff esperó la visita del orco y su monstruo volador. Mientras
que sus padres esperaron escondidos en su choza. El orco llegó del norte, de
las montañas grises, volando sobre la monstruosa criatura alada. La bestia
tenia escamas en sus alas, seis patas y antenas compuestas por muchas
articulaciones. El sastre entendió que se trataba de algo que antes había visto
y que conocía muy bien, eso en lo que volaba el orco era una polilla, pero
gigante.
—¿Quién eres tú? —preguntó el
orco que ya había descendido de su polilla— ¿Dónde están los granjeros?
—Mi nombre es Greff, soy
sastre. Mis padres están en su hogar. Tratarás ahora tus asuntos conmigo. —contestó
el hombre buscando valor en sus palabras.
—Me da igual con quien trate,
mientras me den lo que quiero. Y porque tú eres nuevo, mañana me llevaré dos
ovejas y no solo una.
Geff no tenía como
enfrentarlo en ese momento pero se le había ocurrido una idea por lo que solo
contestó —Como usted diga señor orco.
Al
día siguiente, el sastre y sus padres reunieron toda la leña que pudieron para
hacer una hoguera que sería tan grande como fuera posible, pues Greff había
recordado que las polillas sentían una misteriosa fascinación por el fuego,
tanto que a veces terminaban cayendo dentro de él y muriendo. Encendieron la
hoguera al anochecer y permanecieron ocultos. Habían dejado las dos ovejas
atadas cerca del fuego. Esperaban que la polilla se arrojara sola a las llamas,
con orco y todo. Como todas las noches en esas últimas semanas el orco y su
polilla, que era aún más grande que el día anterior, llegaron volando de las
montañas grises del norte. Pero si esta treta hubiese resultado esta historia
sería muy corta. Además esta no era una polilla común, los más observadores
dirían que por el hecho de que era tan grande como una carreta, por lo que la
hoguera no llamó su atención y el orco simplemente descendió a pocos pasos sin
problema alguno. Pero cuando intentó llevarse las ovejas comprendió que su
polilla todavía no tenía la fuerza para hacerlo así que tuvo que contentarse
solo con una.
—Esto es terrible —dijo
alarmada la mujer—. Tu plan no ha resultado y la polilla sigue creciendo.
—No desesperes madre, buscaré
otra manera de acabar con este horror. —contestó Greff.
Esa
noche se aprendieron valiosas lecciones. Los padres del sastre aprendieron que
si no enfrentas a tus problemas estos se hacen cada vez más grandes. Greff
aprendió que no siempre la primera opción es la solución al problema, pero que
aun así vale la pena seguir intentándolo. Mientras que el orco aprendió que no
se pueden cargar dos ovejas en una polilla gigante.
Greff
entonces decidió que la noche siguiente seguiría al orco para saber dónde se
ocultaba durante el día, pues al igual que su polilla no le gustaba la luz del
sol. Imaginó que debía ser un lugar cerrado así que pensó en una cueva. La
noche siguiente su padre regresó a servir al orco su oveja y Greff, que se
encontraba al pie de la montaña, esperó a ver de dónde partía. Cuando localizó
la guarida se adentró en la misma, y tal y como pensaba, el orco se escondía en
una cueva húmeda y oscura. Allí encontró los cadáveres de las ovejas de los que
el orco había estado alimentándose pero descubrió algo más. Había arrancado sus
pieles y las había dejado en una sola gran pila a modo de nido, pues allí
habían eclosionado las hijas de la polilla, un montón de orugas gigantes
blanquecinas y pegajosas que devoraban la lana de las ovejas e incluso la carne
de las mismas. Observó que entre la lanas había hojas de una hierba azulada que
no conocía, sintiendo curiosidad tomó varias de ellas y se alejó de allí pues
no era un buen lugar para estar cuando el orco y su polilla regresaran.
Al
llegar nuevamente a su hogar preguntó a su padre —¿Sabes tú que son estas
hierbas, pues jamás las había visto?
—No. Pero preguntémosle a tu
madre.
El sastre fue donde su madre
que estaba alimentando a un cerdo y preguntó —¿Sabes tú que son estas hierbas?
La mujer tomó una hoja para
mirarla más de cerca pues tampoco la reconocía. Sucedió entonces que el cerdo
robó la hoja de su mano y la engulló. La mujer exclamó —¡El cerdo me ha robado
la hoja pero aunque la hubiese visto mejor, sé muy bien que jamás he visto una
hierba azul!
Greff
pasó el día entero ideando como acabar con el orco pero cuando llegó la noche
se encontró frustrado pues todavía no encontraba la forma de hacerlo. Al pasar
por donde estaba el cerdo lo notó diferente y cuando lo observó bien, se dio
cuenta que estaba más grande, notoriamente más grande. Recordó que había comido
de la hierba azul así que volvió a intentar lo mismo. Tomó otra de las hojas
que había recolectado y la ofreció al cerdo, que aun teniendo mucho alimento
que sobraba de la mañana prefirió la hoja. Buscó entonces mejores bocados que
ofrecer al cerdo, que siempre prefirió un pequeño trozo de hoja de hierba azul.
Pensó entonces que la polilla y sus orugas se estaban alimentando de esta
hierba azul y era posible que la prefirieran a cualquier otra cosa. Entonces
tuvo otra idea. Esa noche, nuevamente espero él solo al orco.
—Has regresado. —dijo el orco
al llegar desde el cielo.
—Sí. He venido a suplicarle,
señor orco, que deje a mis padres en paz. Pronto ellos se quedarán sin ovejas y
ya no podrán servirle.
—No tengo porque hacer caso a
lo que pides, hombrecito. Cuando las ovejas se acaben buscaré otra cosa que
llevarme. Pero no me iré.
—Entiendo señor que somos sus
servidores, pero si nos quitas todo nuestro sustento y nuestro alimento
moriremos y ya no podremos servirle. Quizá yo pueda darle algo a cambio.
—¿Qué? —preguntó el orco
intrigado.
—Mañana tendré algo para
usted, ya lo vera.
—Bien, pero prepara igual una
oveja para mañana pues no creo que lo que me des me guste, y no querrás
conocerme enojado.
El
hombre aceptó con gusto y como había prometido preparó algo para el orco.
Trabajo toda la noche y todo el día sin descansar para tenerlo listo a la noche
siguiente. Greff esperó al orco junto a sus padres. Y cuando el orco llegó miró
extrañado a su obsequio.
—¿Qué es esto? —preguntó el
orco enojado.
—Es una camisa, los nobles
más distinguidos del reino usan mis camisas pues yo soy un sastre distinguido.
Pruébatela veras que se siente muy cómoda. —dijo Greff sonriendo.
—No me pondré esto,
hombrecito. —contestó el orco, indignado.
—Si me permite opinar, creo
que se le vería muy bien. —dijo la mujer.
—¿Cuándo se ha visto un orco
con camisa? —preguntó el orco.
—¡Ah! Pero esta no es
cualquier camisa, mi hijo las confecciona para el rey. Serás la envidia entre
los tuyos —Insistió el padre—. Al menos puede probársela, eso no le hará daño.
El orco accedió.
—Ahora será usted, sin duda
alguna, envidiado por muchos hombres, que ya deseasen ser tan distinguidos y
elegantes como usted. —acotó la mujer.
Y así, tras muchas, muchas
palabras halagadoras finalmente, el orco, parecía complacido. Se dirigió
altaneramente hacia Greff —No está mal hombrecito, pero aun así me llevaré la
oveja. —Y tras soltar una horrible carcajada tomó la oveja y se alejó volando
hacia las montañas grises.
Esa era la última oveja que
robaría. Y es que el sastre le había tendido una trampa. Al confeccionar la
camisa, Greff, había cosido bolsillos cerrados donde había ocultado el resto de
las hojas azules. Dos noches pasaron hasta que Greff y sus padres decidieron ir
a investigar al cubil del orco. Allí encontraron los restos del ladrón de
ganado que al irse a dormir había sido devorado por sus propias orugas, que
buscaban desesperadamente más hojas azules y habían sido atraídas por la
camisa.
Los
padres del sastre jamás volvieron a tener problemas similares y agradecieron a
Greff por su creatividad y valor. Él regresó a su trabajo donde su lucha contra
las polillas continuaría por el resto de su vida, pero sabiendo que ya había
vencido a la peor de todas.
Fin

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