Antes de
que el gran bosque se formase, todo el lugar era una extensa llanura. Galopaban
allí los caballos de Denjiia en libertad sin que los hombres los apresasen
todavía. Eran otros tiempos en los que solo un árbol habitaba en la llanura.
Era un ser amargo y solitario y no deseaba que nadie se le acercase. Su corteza
se había vuelto dura pues odiaba a las ratones del campo que roían sus raíces.
Ahuyentaba a los caballos que buscaban sombra bajo sus ramas, así que dejaba
caer sus hojas al suelo y estas eran amargas para que ningún animal se
alimentase de ellas. El árbol desconfiaba de todos los que lo rodeaban e
intentaban acercase y así vivía, ahuyentando a todos, erguido solo e imponente
sobre la llanura.
Un día
descubrió que no estaba más solo. No una sino dos aves se habían posado en una
de sus ramas, una pareja de mirlos. Fue tal la ira del árbol que brotaron
espinas de sus ramas, pero esto no ahuyento a los mirlos que cortaron con sus
picos las espinas y construyeron con ellas su nido. Las aves sabían que allí
estarían seguras de otros animales pues nadie quería estar cerca del gran árbol
malo. El árbol sacudió sus ramas, negó de sombra al nido y se brotó de espinas
una y otra vez pero jamás consiguió ahuyentar a la pareja de aves. La pareja
pronto tuvo polluelos que permanecieron en el nido siendo el árbol su hogar. Y
nada pudo hacer el árbol contra esto.
Llegó un
día un gran viento a la llanura. Maligno y destructivo. Arrancaba el césped del
suelo a su paso que era potente y arrasador. Los caballos no podían escapar,
los ratones no tenían donde esconderse. La llanura era del gran viento, él la
reclamaba toda para él y al igual que el árbol no quería compartirla con nadie.
Así que juró soplar hasta llevarse al árbol con él para que nada más se
interpusiese en su paso. Sopló y sopló y hasta el árbol se estremeció y temió
ser arrancado del suelo.
Entonces
el mirlo padre de los polluelos remontó vuelo. El árbol creyó que deseaba
escaparse y abandonar a todos. A su familia e incluso a él, el árbol malo. Pero
resultó que, arriba en el cielo el mirlo revoloteó desafiando al viento. Sopló
el viento mas fuerte pero el mirlo consiguió evitarlo y herido en su orgullo el
viento lo persiguió. El mirlo escapó de allí, si, pero se llevó consigo al
viento que deseaba alcanzarlo y tumbarlo pero que no podía. Y se alejaron hasta
desaparecer, para jamás volver. Nunca más se supo del mirlo y nunca más se supo
del gran viento.
La madre
de los polluelos estaba ahora sola y el árbol malo, agradecido. El mirlo no
solo había salvado a su familia sino que también a él. Y decidió devolverle al
ave, el favor que le había hecho su pareja. Para que los polluelos estuvieran
protegidos rodeó el nido de espinas que ahora no estaban allí para ahuyentarlos
y como sus hojas eran amargas y su corteza dura, debía de dar algo más para
poder alimentarlos así que por primera vez en su existencia el árbol malo dio
frutos. Jugosa fruta que alimento a los polluelos hasta que estos crecieron. Ellos
esparcieron las semillas del árbol por toda la llanura y se formó así, el gran
bosque.

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