Un día la reina decidió salir a pasear con su hijo,
que era para ese entonces solo un niño que apenas alcanzaba un año de edad y
estaba dando sus primeros pasos. Se alejaron de la ciudad de Kiminer hacia un
gran lago para ver a las aves que allí moraban. Cuando ya estaban cerca fueron sorprendidos
por unos orcos. Los monstruos los atacaron sin ninguna piedad por la reina o el
príncipe. La guardia real enfrentó a los orcos y mientras ellos peleaban, la
reina intentó escapar con el príncipe hacia el lago. Pero mientras lo hacía
tropezó con su vestido y se lastimó la pierna. La reina no deseaba asustar al
niño, que además, muy poco le entendía, le dijo entonces “Ve allí querido
príncipe, donde están esos patos, ve a ver que hermosos son”. Pensando que si
el príncipe se alejaba, aunque fuera gateando se ocultaría entre los pastos y
los juncos. El niño, sin entender la situación, siguió el consejo de su madre y
corrió, como pudo, hacia donde estaba el lago. Los patos se acercaron a él y
comenzaron a graznar. Esto alertó a los orcos y uno de ellos siendo advertido
fue por el niño. La reina tendida en el piso y sin poder moverse desesperada
comenzó a gritar, “¡Que alguien haga algo! ¡Que la guardia real proteja al
príncipe!” pero la guardia estaba lejos peleando contra los orcos. Resultó
entonces que los patos del lago comenzaron a agruparse y se colocaron delante
del príncipe, la bandada se contaba por miles y cuando el orco llegó revoleando
su garrote, las aves encolerizadas volaron hacia él atacándolo a picotazos y
con su patas planas y membranosas. El orco, desbordado, no pudo más que escapar
de allí y finalmente también lo hicieron sus compañeros.
Desde ese día muchos príncipes han tenido patos de
Itsgia como mascotas y protectores, son animales venerados, admirados por su
belleza y símbolos de unión. Y a nadie se le ocurre comer patos soldados de
Itsgia.

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