Día 13 del
cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.
Las
primeras gotas de lluvia reanimaron al hombre que había permanecido inconsciente
por un día. Sentía una fuerte jaqueca y apenas podía distinguir figuras y
sombras. Su vista todavía no se recuperaba del todo del somnífero de la ogra.
Se lamentaba el no haber escuchado a Rikenv cuando le advirtió de la estupidez
de fiarse de una ogra. Pero ahora era demasiado tarde y se encontraba
prisionero de los orcos. Tenía sed y hambre pero además estaba adolorido. Sus
armas y armadura habían sido removidas y su torso se encontraba desnudo. La
lluvia acentuaba el frío que sentía en su cuerpo. Lo primero que intentó fue
calcular la situación, el lugar donde se encontraba, que día era, cuantos lo
rodeaban. Todas estas eran preguntas le llegaban a su mente. Se dio cuenta que
estaba atado con las manos en la espalda y atado en los tobillos para que no
pudiese correr al borde de donde terminaba el bosque. Las tiras de cuero orcas
estaban bien atadas y eran lo suficientemente flexibles como para que no
pudiera romperlas. Sabía que en vano desperdiciaría esfuerzos tratando de
zafarse. Si alguna oportunidad de escapar se presentaba no sería él quien la
generase. Nada podía hacer más que estar a merced de los orcos. Era común que
viajasen de noche y el cielo oscuro con la luna creciente a punto de completar
su ciclo le decía a Neilad cuanto tiempo había permanecido inconsciente. Pero
le intrigaba por que los orcos no se movían. También temía por la vida de sus
amigos que habían sido víctimas de la ogra y aunque ella le había prometido que
nada pasaría no podía fiarse de eso. Una pena inmensa llenó su pecho y sintió
el miedo que todo hombre tendría de ser presa de los orcos. Indefenso temió que
el motivo por el cual los orcos se detenían era para finalmente matarlo, o peor
aun torturarlo para sacarle la información que buscaban. Poco a poco recuperó
la vista. Pero antes que eso fueron los sonidos de las voces orcas los que
inundaron su mente.
-El gran Murgthiz se aproxima. -gruñó uno no muy
lejos de ahí.
-Ahora que el hombre ha sido capturado seremos
recompensados -dijo uno de voz aguda-. Viajaremos junto a nuestro rey.
-¡Calla de una vez Frunzzhsh! -gritó uno con voz de
mando-. Solo hemos cumplido con nuestra misión. No solo el comandante Murgthiz está
llegando también Glansh-Mur-hr. No pongan en evidencia su codicia. Y no
molesten al comandante, la muerte de Glansh-Glugarth y Glansh-Brgrunt no deben
haberlo puesto contento.
Las demás cosas que escuchó le resultaron confusas y
su mente todavía zumbaba. Cuando comenzó a ver distinguió cerca de él a dos
orcos inmensos, que lo custodiaban. Un grupo de diez orcos más se encontraba
distribuido a pocos pasos, uno que portaba una armadura de placas se destacaba.
Su espada no era orca sino más bien humana. Sus muñequeras de metal eran
simétricas cosa muy rara en el equipamiento de un orco. Parecían más bien haber
sido finamente labradas por un enano. Pensó en lo que dijo Azhalea sobre los
orcos de los que había escuchado y en las palabras de la bruja. Posiblemente
ese era uno de los generales aquel que le había tendido la trampa. La ropa que
el general orco llevaba incluso parecía ser cómoda y bien diseñada para su
cuerpo. Así como su armadura había sido ajustada a su pecho encorvado. A su
lado Neilad creyó ver algo que le parecía imposible. La figura de uno de los
miembros de su orden. Un hombre que vestía de negro y portaba una espada en su
espalda caminaba junto al orco. ¿Sería posible que Sefit se hubiese aliado a
los orcos? Eso le resultó imposible, trató de despejar su mente y de
acostumbrar sus ojos. Nuevamente miró al hombre, pero esta vez notó que no se
trataba de Sefit aunque si era un hombre con una vestimenta similar. Conocía la
historia de su aliado y sabia de su pasado. Calculó que se trataba de otro de
los lobos de Gull que había vendido sus servicios de mercenario a los orcos.
Lamentó formar parte de la misma raza que ese hombre. Había forzado demasiado
su mente y ahora nuevamente estaba agotado. Intento descansar. No tardaron en
retumbar nuevamente las voces de los orcos.
-¿Qué haces Gluk? Deja ya esa espada. Le pertenece
ahora al rey. -La voz del orco denotaba autoridad.
-Solo estoy viéndola señor, no parece una buena
espada ¿Esta seguro que esta es la espada? He visto mejores entre los hombres
que matamos al norte.
-Estoy seguro. Y calla de una vez que el humano
parece estar despertando. El veneno de la ogra debe estar perdiendo su efecto.
Los orcos no se acercaron al hombre quien esperaba
para ser interrogado. Pero el caballero de negro si lo hizo.
-¿Con que tu eres Neilad? Me enteré que un viejo
conocido mío, Sefit, se ha convertido en tu aliado. ¿Es cierto eso? -Neilad no
contestó-. ¿Acaso no quieres hablar? O ¿Tienes demasiado miedo? Yo estoy
preguntando amablemente, no creo que estas bestias tengan esa cortesía -y se
acercó al oído de Neilad para decir lo siguiente-. Mucho menos ese cerdo que
tienen por jefe -El hombre lo siguió con la mirada-. Pensé que ibas a ser un
poco mas altanero, que tendrías alguna de las frasecitas por las que se te
conoce para decirme -Pero no dijo nada-. ¡Ya habla de una vez maldito! -El
caballero de negro cerró su mano y golpeó la cara del prisionero cortándole una
ceja. La sangre comenzó a caer por la cara de Neilad pero aun así no dijo nada.
Los orcos que estaban presentes y que hasta ahora ignoraban al hombre de negro
voltearon hacia donde estaba. Los orcos gigantes solo permanecieron parados al
lado de Neilad. La lluvia seguía cayendo ahora con más intensidad.
-Deja al prisionero en paz hasta que llegue nuestro
rey, humano. -gritó el orco que parecía ser jefe. El hombre se retiró pero
antes golpeó otra vez a Neilad en el estomago.
No pasó mucho tiempo hasta que Neilad pudo
distinguir en la distancia a un grupo de orcos que se aproximaba montando en
enormes lobos. De un momento a otro aparecieron
como si se materializasen de la nada. Y llegaban con prisa al lugar.
Contó a veinte orcos más. Todos bien equipados con armaduras trabajadas y con
ropajes rojo oscuro. Además viajaban con ellos dos orcos que se diferenciaban
por su atuendo y su presencia igual que el orco que estaba ante él y parecía
ser jefe. Uno vestía una armadura negra que lo cubría casi por completo,
incluso el yelmo parecía estar adosado a la armadura y no dejaba ver nada de su
cara. Las placas de metal que la componían estaban llenas de detalles y no eran
lisas y planas sino retorcidas y asimétricas. Púas y bordes filosos remataban
los extremos de la armadura como los hombros los codos y las rodillas. El segundo
orco jefe era más alto y más musculoso pero su armadura era más liviana y
estaba pintada de rojo como la de los soldados orcos. Las piernas y el pecho
del orco estaban bien protegidas pero sus brazos estaban desnudos a excepción
de sus muñequeras que eran también rojas con adornos en oro y plata. De su
espalda colgaba una espada larga y negra, y solo la empuñadura media el largo
del brazo de Neilad. Los brazos desnudos del orco posiblemente le facilitaban
el manejar la espada bastarda con las dos manos. Atrás cuatro caballeros negros
los acompañaban montados en caballos negros, más mercenarios perdidos del
desierto de Gull. Las posibilidades de que Neilad escapase disminuían a cada
minuto que pasaba y con cada nuevo enemigo que lo rodeaba. Los dos jefes orcos
desmontaron sus lobos. El resto de los orcos y los hombres permanecieron en sus
monturas. Los orcos que habían capturado al hombre junto con el humano que los
acompañaba se inclinaron ante el orco de negro.
El orco jefe saludó a los recién llegados -Saludos,
oh rey Murgthiz. Mi misión ha sido cumplida, no solo hemos conseguido la espada
y el escudo de este hombre, que aquí tenemos prisionero. También conseguimos
robarle a la ogra no solo un huevo sino dos.
Por fin Neilad conocía a quien lo estaba persiguiendo
y ahora sabía por qué. Su espada y su escudo que eran capaces de repeler la
magia y resistir a las condiciones más extremas habían tentado al orco. Solo
las fuerzas del bien podían usar esa arma, pero como la ogra había dicho este
orco podía manejar cualquier arma, incluso las que los hombres habían hecho
para enfrentarlos a los de su raza. Murgthiz caminaba erguido y sin apuro. Se
dirigió donde estaban la espada y el escudo que habían sido envueltas en telas
cubiertas de barro.
-Supremo comandante, necesitamos mover entre dos esa
espada y ese escudo su peso es increíble no sé cómo este hombre raquítico puede
moverlas. -dijo el orco de la voz aguda.
El supremo comandante orco retiró el yelmo de su
cabeza y la horrenda cara del guerrero pudo verse. -Eso es porque no cualquiera
puede manejar esta arma o portar este escudo. ¿O no es así Neilad? -El orco miró
al hombre que se encontraba atado y custodiado por los orcos de gran estatura.
-No. No cualquiera puede. Primero hay que ser un
diestro espadachín y haber entrenado durante años hasta fortalecer los huesos y
los músculos. Haber aprendido a equilibrar los cambios de peso en cada
movimiento y en cada golpe. Solo entonces se revelara la verdadera fuerza de
esa espada. Y ese escudo que pesa a los brazos de los impuros solo puede ser
llevado por alguien de corazón noble, con verdaderas convicciones y la
determinación de triunfar. Solo aquel cuya causa sea lo suficientemente digna
que lo empuje a superar cualquier obstáculo, como el peso del escudo, puede
estar bajo su protección que es inmensa ya que no solo te protege del filo de
las armas enemigas sino que además absorbe cualquier conjuro o magia con la que
sea atacado.
Murgthiz exclamó riéndose- ¡Me burlo de tus
palabras, hombre! Hace tiempo escuché de estas armas y quise poseerlas. Muy
útiles han de ser contra la magia mas no creo que haga falta ser puro de
corazón. Creo en cambio que bastara con ser fuerte y hábil. -No había en sus
palabras la acostumbrada prisa del idioma orco y sus expresiones eran clamas a
pesar de portar un horrible rostro el comandante orco demostraba en cada acto
la autoridad que poseía. Quitó la tela que cubría a las armas y se preparó para
tomarlas.
-Qué vergüenza, orco, sentirás si acaso no fueras
capaz de levantarlas.
-¿Yo, sentir vergüenza? Soy el comandante supremo de
un ejército de orcos cuyo número no eres capaz de dimensionar. Mi poder es tal
que soy capaz de moverme a la luz del día sin ser visto. Mi poder es tal que no
me afectan las maldiciones de los hombres o los elfos. Mi poder es tal que
empuñare esta espada con más destreza de la que tú jamás hayas podido y el
metal que la conforma estará orgulloso de que sea mi mano quien la dirija. Tú
mientras tanto no eres más que mi prisionero. Quizás creas que el mayor poder es
el de un corazón puro, asqueroso y pegajoso ser. Pero yo creo que es la
ambición la verdadera fuente de poder que mueve este mundo y ninguna criatura
la posee más que yo.
-Yo solo creo que el poder es una ilusión que engaña
a los soberbios. Nada ni nadie es invulnerable ni siquiera mi escudo. Y mucho
menos tu que consideras que hasta el acero debe alabarte. Puedo ser tu
prisionero y es cierto que no serán mis manos las que te acaben pero siempre
alguien llegara a quitarte lo que has robado.
-Mira como levanto tu espada y tu escudo sagrado y
cierra el pico que la única verdad que has dicho es que no serás tú quien me
acabe -Murgthiz levantó la espada del piso y así también el escudo y los movió
como si estos no pesasen nada. Luego lanzó una carcajada burlándose una vez más
del hombre-. ¡No parecen tan pesadas ahora! Que no te sorprenda el que pueda
hacer esto no soy el único de mi raza con tal cualidad. Por lo menos uno más está
aquí presente, Glansh-Mur-hr mi segundo general -Y señalo al orco de la espada bastarda-.
Ten miedo de esa espada maldita ya que alcanza tan solo con que te corte una
vez para que tu muerte esté asegurada. El veneno de su hoja se esparcirá por tu
sangre y te matará lenta y dolorosamente. No querrás ser herido por ella. -El
orco de la espada bastarda la sujetó con sus garras y la apuntó hacia Neilad.
Acercó la punta de la espada a la cara del hombre que se inclinó hacia atrás
tratando de alejarse lo más posible. Una gota de sudor se deslizó por la sien
del prisionero.
El orco jefe que había capturado a Neilad intervino.
-No mates a mi prisionero aun -La voz era ronca pero potente-. Todavía podemos
sacarle información.
-Glansh-Glakh puede que hayas hecho bien en capturar
a este hombre, en conseguir su espada y su escudo y en obtener los huevos de
ogro. Pero voy a preguntarte esto: Sabias que sus compañeros mataron a más de
cien de nuestros orcos y a los estúpidos de Brgrunt y Glugarth ¿Cómo se explica
que habiendo tenido la oportunidad de matar a tres de los otros no los hayas
hecho? -preguntó Mur-hr.
Glakh sacudió su cabeza descontento -La ogra los
ocultó de nosotros, solo nos entregó al hombre y no le gusto nada que no le
devolviésemos sus huevos. Haberlos buscado solo nos hubiera retrasado -el
general temía que la espada de su compañero se volviese en contra de él-. Nuestra
prioridad era que trajésemos los huevos y las armas al supremo comandante.
Neilad observaba la situación midiendo sus
posibilidades y a sus enemigos. Era capaz de ver la ira en los ojos del orco
que empuñaba la espada maldita contra él. Ira y odio hacia su par. Podía ver
que se sentía superior al sumiso e inteligente Glakh que había cumplido con
éxito su misión, que había triunfado donde otros dos no y que lo había engañado
incluso a él. La locura que produce el poder de la fuerza hacia tiempo se había
apoderado de Mur-hr. Murgthiz en cambio, permaneció serio. El supremo
comandante solo era capaz de respetarse a sí mismo. El hombre notó el desprecio
del orco por sus dos generales. Mur-hr pretendía opacar su nivel e incluso
amenazaba a sus iguales. Puede que ahora le fuera útil pero sabía que
eventualmente se revelaría contra él, y Glakh no solo había demostrado una
inteligencia superior sino que además había cometido el error de dejar con vida
a peligrosos enemigos. Si sus generales hubieran tomado a Neilad por la fuerza
valiéndose de la sorpresa hubiera aceptado con gusto la victoria pero la
astucia de Glakh era peligrosa. Murgthiz sabía que debía deshacerse de los dos.
Neilad no quería aceptar su inminente muerte y seguía intentado zafarse de sus
ataduras aunque sabía que no podría hacerlo. –Me doy cuenta de que nunca
estuviste interesado en mi solo en mis armas pero no entiendo que es lo que
buscas con esos huevos.
Murgthiz caminó hasta donde se encontraba el hombre
e hizo un ademán con las manos para que los orcos guardaespaldas lo levantaran.
Entre los dos lo sujetaron y lo levantaron del piso hasta que su cara quedó a
la altura de la del orco. Los pies de Neilad que estaban atados ya no tocaban
el piso. -¿Qué clase de idiota crees que soy? No encuentro la necesidad de
explicarme ante un enemigo que no se da cuenta que solo está vivo por que le he
regalado un par de horas de existencia. Te irás a la tumba sin saber más de lo
que ya sabes. -Murgthiz sacó una daga oscura y la clavó en el vientre del
hombre. La herida fue lo suficientemente onda como para causar una hemorragia
letal. Si no era atendido pronto moriría y el hombre lo sabía. Empezó a sentir
que la fuerza se le iba como cuando el veneno de la ogra actúo sobre él, pero sabía
que ahora ya no despertaría-. Pregúntale ahora lo que quieras Glakh o remátalo,
este hombre ya no volverá a molestarnos.
Y tu Mur-hr enfunda tu espada nuevamente volvamos donde están las tropas lo más
rápido posible. -Dos de los orcos que acompañaban a los generales tomaron cada
uno de los huevos de la ogra. Murgthiz y Mur-hr volvieron a montar sobre sus
lobos y partieron. También lo hicieron los otros orcos lo acompañaron al igual
que los caballeros negros que viajaban con él y el que se encontraba
inicialmente con Glakh. Neilad levantó la mirada y vio como los orcos y los
hombres se alejaban, hasta que en un momento simplemente desaparecieron.
Frunzzhsh el orco de la voz aguda preguntó -¿Qué
haremos ahora Glansh-Glakh? ¿Quieres que torturemos al hombre o que simplemente
lo matemos?
-No tiene caso torturarlo, ya está muriendo y nada
nos dirá, hubiera tenido sentido antes preguntar por como obtuvo sus armas o si
acaso sabia como hacer mas. Mátenlo. -Dos de los orcos que estaban bajo su
mando levantaron sus espadas de fundición vendadas en cuero.
Con la misma voz firme de siempre Neilad se dirigió
hacia Glakh -Tu puedes matarme ahora pero todos ustedes morirán hoy.
Glansh-Glakh río -¿Acaso crees que alguien viene a
tu rescate? Ninguno de tus amigos podría encontrarnos.
-No son mis amigos los que vienen, son los tuyos
voltéate y ve -El orco miró por sobre su hombro y vio que los cinco caballeros
negros de Gull se aproximaban a toda velocidad-. No creo que a tu rey le
gustase que hayas perdonado la vida de mis compañeros o quizás es solo una
escusa para matarte ya que siente celos de tu inteligencia y capacidad, de una
forma u otra los ha enviado a matarte.
-No sabes lo que dices hombre.
-Yo en tu lugar empuñaría mis armas en la otra
dirección.
Los orcos miraron a los hombres que se acercaban y
dudaron. Pero no levantaron sus armas hasta que fue demasiado tarde. Tres de
los caballeros arrojaron sus Kirils, pequeñas piezas de metal afilado, con
excelente precisión matando a uno de los orcos más altos. Estas armas zumbaban
en el aire y podían ser lanzadas con las manos. Eran una de las armas favoritas
de los lobos del desierto de Gull y en sus manos las más letales.
Glansh-Glakh gritó -¡Nooooo!
El resto de los orcos tomó sus armas para enfrentar
a los caballeros pero sus brazos temblaban porque conocían la fama de los
mismos. Guerreros implacables sin piedad e infalibles. El orco Guardaespaldas
soltó a Neilad y levantó su garrote, El hombre aprovechó el momento para
arrastrarse al cadáver del otro guardaespaldas y se refugió detrás de él
mientras trataba de cortar sus ataduras contra el filo de las armas que los
caballeros de Gull habían arrojado. Consiguió soltar sus manos y siguió con sus
pies. El dolor de la herida hacia que todos sus movimientos fueran más lentos y
la sangre que había perdido comenzaba a afectarlo. El agua de la lluvia había
ablandado el piso y el barro sobre el cual se arrastraba se sentía muy frío en
la desnuda piel de Neilad. Aunque escapase no podría durar mucho tiempo solo.
Pero estaba siendo guiado por el instinto de supervivencia. Los hombres no solo
habían venido a matar a los orcos sino también a finalizarlo a él.
Ahora Murgthiz y Glansh-Mur-hr
viajaban solo acompañados por orcos especialmente seleccionados para escoltar
al Rey. Murgthiz quien había enviado a los hombres a acabar con Neilad y con el
general orco, jugaba con la espada moviéndola de un lado a otro. Las gotas de
la intensa lluvia repiqueteaban sobre la pesada armadura del orco. La luz de un
relámpago cruzó el cielo y antes siquiera que se escuchase el trueno la figura
de un hombre se formó delante de la caravana de orcos que se detuvo en seco
ante tal aparición. El hombre era delgado y un poco más alto que Neilad. Sus
cabellos eran negros y gruesos y los llevaba muy cortos. Vestía un atuendo
similar al de Neilad ya que era en su totalidad blanco. Exceptuando por algunos
bordados en celeste e hilos de plata que adornaban su jubón. No llevaba
armadura alguna y portaba en su mano derecha una espada fina cuyo ancho era el
de tres dedos y que su empuñadura parecía haber sido derretida y fundida contra
la hoja. Un delgado cinturón blanco colgaba de su cadera y llevaba ahí la funda
de su extraña espada. Murgthiz se inclinó hacia delante montado en su lobo.
-¿Y quién se supone que eres tú?
El hombre permaneció de pie frente a los orcos empuñando la espada cuya punta descansaba en el piso y con una mirada profunda y seria dijo -Yo soy Betu, hermano de la orden del Gato Azul.
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