Bosque Viejo, Fenor.
Día 13 del
cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.
Hacía años Neilad había sido
monje, mucho antes de conocer los secretos de la esgrima. Sus años de juventud
los había pasado entrenando su cuerpo y su mente, acompañado de los sabios
hombres protectores del templo de los elaharas. Ahí se enseñaba el arte de
defenderse sin armas para mejorar el cuerpo físico lugar donde habita el alma.
Y se enriquecía el espíritu de los jóvenes con muchas clases de filosofía, arte
y ciencia. Neilad había sido tomado como
discípulo a la edad de diez años. Y ya para esa época Betu era un niño prodigio
del templo con tres años menos que él. Betu no era del todo humano aunque su
rostro y su cuerpo lo fuesen. Once generaciones atrás el mismo dios Sehitu, de
las tormentas, se había juntado con una mortal. Betu era el último descendiente
de esa prole olvidada por el dios. Y aunque su cuerpo era tan frágil como el de
cualquier humano había heredado ciertos poderes divinos, algunos de los cuales todavía
no aprendía a manejarlos. Era capaz de lanzar rayos eléctricos con gran
precisión y tenía el poder de viajar en la tormenta. Pero su capacidad de
transportarse estaba limitada al área que cubriesen las nubes y llevar
cualquier otra cosa que no fuese su cuerpo le costaba más esfuerzo del que
podía hacer. Por esto no usaba armadura y sus ropajes eran livianos así como su
espada pequeña. No pasó mucho tiempo antes que Betu se convirtiera en un
maestro entre los monjes del templo de los elaharas y Neilad aun mayor tuvo que
entrenar por más tiempo para superar las pruebas de sus maestros. Cuando el
hombre finalizó sus estudios se dedicó a peregrinar por las tierras de Kiem
mientras Betu permaneció en el templo perfeccionando su técnica. Aun sin sus
poderes de semidiós, la agilidad y destreza de Betu eran sobrehumanas, su arduo
entrenamiento lo había convertido en un maestro y quienes sabían de él no
deseaban enfrentarlo. Hacia tan solo seis meses Neilad había regresado al
templo en busca de paz y consejos. Betu era para entonces uno de los monjes más
importantes del templo y uno de los más respetados y queridos. En el lugar
podía sentirse cómodo y no ser temido por su ascendencia divina. El antaño
monje ahora peregrino busco entre las tierras el metal necesario para hacerle
un regalo a su ex compañero. Con sabiduría escogió la proporción exacta de
metal y mineral para forjar la espada, pero con poca pericia realizó la misma
ya que sus habilidades como herrero, como bien habían dicho los enanos eran
terribles. Pero con gusto recibió Betu la espada. Aunque no había sido
instruido en el uso de armas usaba a la espada como canalizador de sus rayos
utilizándola para potenciar su poder. Betu le devolvió la visita a Neilad al
poco tiempo y quedó fascinado por el Palacio de Plata, por las hermosas paredes
trabajadas por los enanos. Por su encanto rejuvenecedor. Por el extraño grupo
de criaturas que en él habitaban. Por el colorido de las flores. Por la paz del
río. Y cada vez viajo más veces al palacio hasta que un día decidió él también
formar parte del extraño grupo. Pero su estancia en el palacio solía ser corta,
aprovechaba el clima para viajar a tierras remotas y tener sus propias
aventuras. Aunque la mayor parte de su tiempo la pasase en el templo. Hacía
semanas que la Orden
no lo veía. Pero se había enterado de los sucedido a través de Sugum que se
había quedado a las puertas del palacio disfrazado por la ilusión de Serotonino
y había llegado hasta allí lo más rápido que sus poderes le habían permitido.
Murgthiz no dudó en enviar a sus
guerreros para matar al aparecido y no podía más que probar su fuerza de esa
forma. Dos de los orcos que escoltaban a su rey embistieron al hombre cargando
con sus lanzas. El monje levantó su mano izquierda hacia donde estaban sus
enemigos y un rayo salió de su mano, se dividió en dos y golpeó a los orcos que
cayeron de sus monturas. Uno de ellos aturdido se levantó, el otro había muerto
producto del golpe. Agitó su lanza hacia donde estaba Betu que la eludió con
gran facilidad. La ligera espada giró sobre la mano del monje que con un solo
movimiento cortó a la lanza en dos y dio muerte al segundo orco. Glansh-Mur-hr
desmontó de su lobo e intentó alcanzar su arma pero otro de los rayos de Betu cayó
sobre él. La armadura que había sido labrada por enanos torturados le había
salvado la vida al orco que cayó varios pasos más atrás.
-Soy uno de los Elaharas y reconozco el mal que
habita en esa arma. No oses dirigirla hacia mí. Y tú, orco -dijo con desprecio
dirigiéndose el rey-. Devuelve el arma que has robado a mi amigo y enfrenta tu
destino. -Betu lanzó otro de sus rayos. Pero El rey orco lo detuvo con la
espada robada. Así como el escudo, el arma proporcionaba cierta defensa mágica
y divina que le permitía asimilar los rayos de Betu.
El rey Murgthiz río -Puede que venzas a mis soldados
pero con esta arma y este escudo yo, soy invencible. Ven a quitarme lo que
deseas que devuelva si acaso te atreves.
-Ya veremos qué tan invencible eres -Varios rayos
rodearon el cuerpo del hombre que se fue cargando de electricidad. Finalmente
apuntó con su espada al rey orco y de la misma salió un rayo todavía más
potente que los primeros. Murgthiz utilizó esta vez el escudo y nuevamente
consiguió asimilar el golpe. Betu nunca había tenido que enfrentarse a una de
las armas del bien y menos esperaba encontrar a un enemigo que portase las de
su amigo-. Si mis cargas eléctricas no te hacen nada y mi poder divino es
repelido por las armas que has robado todavía tengo a mi carne y a mi alma para
enfrentarte.
Murgthiz arremetió contra el hombre que esta vez no
dirigió sus rayos hacia el rey sino hacia su montura. El lobo murió mientras
corría hacia él y el comandante orco cayó hacia delante. En ningún momento
soltó su espada o su escudo que le garantizarían la victoria contra el semi dios.
Otros dos orcos montados en lobos apuntaron sus lanzas hacia Betu y cubrieron
al rey. Con gran agilidad esquivó a los dos, saltó sobre el lomo de uno de los
lobos y mató a su jinete. Y desde ahí se arrojó sobre el otro orco a quien
también mató con su espada. El rey orco ya se había parado de vuelta y ahora
caminaba en guardia dirigiéndose donde estaba Betu. El resto de los orcos los
rodearon haciendo un círculo cerrado y apuntaban con sus lanzas a Betu.
-Glansh-Mur-hr vete de aquí con los huevos de la ogra
al campamento yo me encargare de este desgraciado -El orco no protestó, montó
en su lobo y se fue a toda velocidad acompañado por los otros dos orcos que
llevaban los huevos. Murgthiz miró a Betu y sonrió-. No te temo hombre o dios
lo que quieras ser mas, nada pueden hacerme tus músculos o tu alma así como
nada me hicieron tus rayos.
Con gran velocidad se lanzó Betu al ataque pero el
rey orco demostraba la habilidad adquirida en sus años de luchas y duelos. Aun
con las pesadas armas de Neilad el orco se movía con fluidez y esquivó el
ataque de Betu. Ahora era el rey quien atacaba pero la velocidad de Betu era
muy superior y se alejó lo suficiente como para preparar otro ataque. Levantó
su delgada espada y se colocó en guardia. El orco media fríamente los
movimientos del elahara. Betu dejo caer su espada con gran velocidad y el orco
se cubrió con el escudo. Fue tal la fuerza del impacto que la delgada espada se
partió en dos. El orco contraatacó y consiguió realizar un corte en el brazo
izquierdo y en el pecho del monje. Betu enfundó con rapidez la espada partida y
rodó por el piso eludiendo los golpes de orco. Se incorporó y vio que el corte
que el orco le había hecho era profundo pero no letal. El traje blanco, color
que acostumbraban vestir los elaharas, se había manchado de su sangre. Tres
orcos se separaron del círculo e intentaron apresarlo mientras el rey se
aproximaba hacia él, dispuesto a terminar con la vida del semi dios en ese
mismo momento. Como todos los elaharas Betu era un experto en la lucha sin
armas y antes de que los orcos consiguiesen alcanzarlo sus brazos y sus piernas
habían vencido a los orcos que intentaban sujetarlo. Nuevamente los rayos
comenzaron a rodear a Betu que se cargaba de energía. Sabía que podía atacar
nuevamente al orco rey y que de nada serviría ya que su poder divino seria
repelido nuevamente por el escudo. El orco era por otra parte una fortaleza
andante su pesada armadura no dejaba ver nada de su cuerpo exceptuando por la
ranura por donde se podían ver los ojos siniestros de la criatura. Aunque con
gran facilidad podía vencer a los soldados el rey era una cosa aparte. Ningún
elahara es movido por la vanidad y quedarse a luchar no parecía ser la mejor
estrategia en ese momento. Betu no tenía ni las armas ni la oportunidad contra
tal guerrero. Pero algo había comprobado: el orco manejaba con gran facilidad
las armas que había robado y era posible que incluso con mayor destreza que su
antiguo dueño. Antes de que la lluvia se detuviese y antes de que el orco lo
alcanzase Betu se convirtió en luz y escapó por la tormenta.
Murgthiz lanzó una carcajada. -Que sepa la madre
tierra que es el vientre del cual nacen todos los orcos, que su hijo Murgthiz ha
llegado a este valle, que se apoderada del reino de Fenor y que de su camino se
escapan hasta los dioses. Témanme pues ahora soy invencible.
Neilad juntaba fuerzas y esperaba
su oportunidad para escapar perdiéndose en el bosque mientras los orcos se
enfrentaban a los hombres de Gull. Los antiguos compañeros de Sefit ya habían
dado muerte a dos de los orcos de Glansh-Glakh. Dos de ellos se enfrentaban al
orco guardaespaldas, que agitaba su garrote hacia ellos. Uno de sus golpes
sorprendió a uno de los guerreros que cayó muerto cerca de donde estaba Neilad.
El segundo guerrero se lanzó sobre él y lo atravesó con su espada. Antes de
morir el gigantesco orco golpeo con una de sus pesadas manos a su asesino que
fue lanzado por la fuerza del impacto contra el tronco de un árbol. Pero los
otros tres guerreros entre los que se encontraba el que había hablado con
Neilad en primer lugar no encontraban dificultad contra los otros orcos.
Consiguieron matar a dos más y ya solo quedaban seis y Glansh-Glakh que todavía
no se había unido a la pelea. Uno de los guerreros de Gull se enfrento a él. Su
cara estaba vendada y solo podían verse los ojos oscuros del hombre que se puso
en guardia frente al orco. Su ropa negra sus guantes de cuero y la tela oscura
que lo vestía lo ocultaban en la noche haciendo de esto un camuflaje perfecto.
El combate cuerpo a cuerpo era la única opción del orco que desenfundó su
espada y se preparó para luchar, no permitiría que el hombre se alejase. Se
midieron un segundo y luego el lobo del desierto atacó. El orco consiguió
eludir el golpe pero antes de que pudiese reaccionar el hombre golpeo con la
empuñadura de su arma la cara del orco. Glansh-Glakh lo empujó quitándoselo de
encima. Nuevamente el hombre atacó lanzando una feroz estocada pero la armadura
del orco era en extremo resistente y el golpe no puedo atravesarla.
Glansh-Glakh no perdió el tiempo y cortó la cabeza del hombre. Solo quedaban
dos en combate y uno que estaba herido. Neilad tomó la espada del hombre que
había matado el orco guardaespaldas. Ahora con una espada sus posibilidades si
bien escasas habían aumentado. Mientras con una mano se tomaba el vientre donde
había sido herido intentaba escapar corriendo lo más que le daba el cuerpo
dentro del bosque, pero Glansh-Glakh advirtió su huida. El orco abandonó la
batalla, ya lo había perdido todo y culpaba a Neilad en su afán de encontrar
responsables de su desdicha, no iba a permitir que escapase con vida. Neilad no
se movía a gran velocidad pero le había sacado algo de ventaja al orco a pesar
de esto Glansh-Glakh consiguió verlo por entre los árboles y se dirigió con
rapidez donde estaba. Atrás de él, el caballero de Gull que inicialmente lo
acompañaba y parecía ser el jefe de los cinco que habían venido había
emprendido su propia persecución en busca del hombre y del general orco. No
podía regresar ante Murgthiz sin las dos cabezas o el rey orco lo perseguiría
hasta el fin de la tierra. Finalmente el orco alcanzó a Neilad.
-No te iras de aquí humano. Si te mato a ti y a
estos guerreros negros quizás el supremo comandante vea mi fortaleza y perdone
mis pecados. -El orco gemía y escupía mientras hablaba.
-¿No entiendes orco? Que ha sido tu fortaleza la que
teme Murgthiz y por eso te ha enviado a matar. No desea competencia, y le teme
a tu inteligencia. -Neilad hablaba con dificultad.
-Eres un humano estúpido. Mi rey no le teme a nada.
-Ese orco teme muchas cosas, estoy seguro de eso.
Eres astuto y estas ansioso por demostrar tu lealtad y tu supremo comandante se
ha aprovechado de eso y te ha utilizado. Volver con las noticias de tu triunfo
no era algo que él podía aceptar. Su vanidad no le permite compartir la gloria
y borrara de su camino a cualquiera que opaque su presencia.
-¡¡¡Nooo!!! -Jadeó el orco desesperado que no quería
ver la realidad-. Él solo se ha equivocado, seguramente ese sucio de Mur-hr ha
metido ideas en su cabeza. -Glansh-Glakh lanzó una estocada contra Neilad. El
hombre a duras penas consiguió esquivarla. Golpeo con su puño la cara del orco
que no parecía sentir nada. A pesar de su estado Neilad podía hacer que su
espada danzara en el aire. Gracias a su gran habilidad consiguió herir al orco en su
antebrazo, pero el orco estaba cegado por la desesperación y lanzó otro golpe
ignorando su herida. Neilad se agachó para esquivarlo pero al flexionarse se
resintió todavía más la herida, la sangre seguía saliendo. Todo había pasado
muy rápido y no había podido realizar ningún tipo de auxilio sobre el corte. La
fuerza se le iba en ese preciso instante y para el orco sería muy fácil
rematarlo. Espero el golpe final pero algo sucedió, el caballero negro había
llegado hasta donde estaban ellos y ahora enfrentaba al orco. El guerrero
ignoró a Neilad que estaba mal herido y atacó al orco sin ninguna piedad.
Glansh-Glakh no se sintió intimidado, también él era un fiero guerrero. Las espadas
de ambos chocaron. El orco que había sido herido por Neilad ya no podía usar
toda su fuerza y se encontraba en desventaja ante el caballero de Gull. Neilad
observaba la lucha recuperando fuerza y veía en el hombre los movimientos
perfectos que realizaba, la misma técnica superior de su compañero Sefit. El
sabia de esgrima y sabia que cada movimiento había sido estudiado a fondo y
perfeccionado en años durante horas todos los días. Pronto el orco caería y él sería
el próximo. La batalla se extendió mientras la lluvia seguía cayendo. El piso
se encontraba resbaloso y esa era una leve ventaja para el orco, la única que tenía
en ese momento. Los orcos son ágiles en el barro que los vio nacer. Se afirmó
en el piso para resistir el potente ataque del hombre que todavía no podía
acertar un golpe mortal contra el orco y eso ya había herido su orgullo. Este
guerrero era muy superior a los otros cuatro pero aun así el orco que había
sido adiestrado por años y su estilo de lucha no era inferior por lo que
todavía resistía. Finalmente el hombre consiguió desarmar al orco. Sin siquiera
pensarlo levantó su espada para finalizar al orco como haría Sefit sin decir
nada completamente concentrado en el duelo. Pero antes de que pudiera bajar la
espada otra le atravesó la espalda y el filo del acero se tiño de rojo. Por el
pecho del caballero negro asomaba la espada que Neilad había tomado de su
compañero caído. Antes de morir entendió que debía de haberse tomado el tiempo
de finalizar al hombre que ahora era su verdugo. El orco desarmado retrocedió
un paso y miró a Neilad quien era ahora el que tenía la ventaja.
-Ya mátame de una vez hombre y quítame de mi
miseria, si te atreves. Nada me queda por lo que pelear -Neilad avanzó
apuntando con la espada a la cara del orco que retrocedió dando cortos pasos
sobre el barro. Una rama se interpuso y el orco tropezó y cayó de espaldas. El
agua de la lluvia limpiaba la herida de la cara de Neilad que había hecho hacia
unos minutos el hombre que acababa de matar-. ¿Qué esperas? -vociferó el orco.
-Se matar cuando debo, pero no estoy apurado en
regalar muerte, orco. La oscura dama ya ha cosechado suficientes almas esta
noche -dijo Neilad tratando de recuperar su tono de voz habitual, su herida
seguía sangrando. El orco vaciló. Se escucharon los pasos de guerreros que se
acercaban. Las pisadas chapoteaban sobre los charcos de agua que se habían
formado sobre los pozos en el piso. Tres orcos habían sobrevivido al último
caballero negro y habían matado al que estaba herido. Con sus espadas vendadas
en cuero y oxidadas amenazaron al hombre que apuntaba con su arma a su jefe-.
Escuchen orcos -Herido y agotado como estaba el hombre sabía que no podría
enfrentarlos y triunfar-. Murgthiz los ha traicionado y ha puesto precio a sus
cabezas como antes lo ha hecho conmigo. Pueden intentar matarme y antes de eso
yo matare a su jefe y quizás me lleva alguno de ustedes conmigo también. Todos
podemos morir hoy, o tratar de vivir. Cuando los caballeros negros no regresen
sabrá que algo ha pasado y no tardará en enviar más soldados a buscarlos y
vendrán también por mí si no encuentran mi cadáver.
El orco de voz aguda que había conseguido sobrevivir
gritó. -No quieras engañarnos con tus palabras humano. Esto solo ha sido un
error.
-No sé qué poder tenga su rey sobre ustedes que los
flagela y manda a matar y todavía lo aman. Pero eso no cambiará el hecho de que
son proscriptos y que serán buscados hasta ser muertos si este comandante
triunfa en su guerra. Estoy herido y voy a morir si no recibo ayuda -El hombre ya
no podía ver bien y solo distinguía figuras borrosas pero seguía estando de pie
y disimulaba su dolor lo más posible-. Si me llevan a la fortaleza de Fenor que
solo queda a un día de aquí me aseguraré de que sus vidas sean perdonadas y de
que se les permita un indulto.
-Estas delirando humano, los hombres de Fenor nos
mataran en cuanto nos vean y te mataran a ti también sin pensarlo si es que no
te reconocen. -dijo Glansh-Glakh tendido en el piso.
-Pueden arriesgarse a sobrevivir entre los hombres y
tienen mi palabra de caballero que luchare con mi vida si es necesario para
garantizar la suya. O pueden arriesgarse a morir sin protección ante el
ejército de aquel que los traicionó.
Los orcos murmuraron un segundo pensativos. Las
manos de Neilad temblaban, levantó la cabeza mirando al cielo por un segundo
rezando alguna tregua con sus enemigos alguna luz de esperanza. Y un rayo
iluminó el cielo. Betu se materializó al lado de él. Neilad sin perder la
postura en la que estaba sosteniendo la espada, intentó sonreír pero su dolor
ya no se lo permitía. Los orcos se habían asustado ante la aparición del hombre
divino.
-En que mal estado te encuentro viejo amigo -Betu sonrió
al ver a Neilad, luego se puso serio otra vez-. Ya me encargar yo de estos
orcos aunque no haya podido con su jefe.-Los brazos del semi-dios se cargaron
de energía mientras tomaba la espada partida.
Neilad tosió sangre -No, basta de muerte. Espero una
respuesta de estos orcos.
Betu se sorprendió del pedido del otro elahara. Pero
dijo -Esta bien. No sé qué ha sucedido pero te daré el gusto.
Glansh-Glakh respondió -¿Qué tipo de hombre eres
Neilad que le das ordenes a los dioses y obedecen?
-Yo no le doy órdenes a nadie orco. Betu es mi amigo
y se lo he pedido.
El general orco guardo silencio por un momento -Lo
he pensado y es cierto lo que dices. Murgthiz nos perseguirá hasta el final. No
hay lugar donde podamos escapar. Pero viajar a la fortaleza de Fenor es un
suicidio, ese es el próximo objetivo del ejército de Murgthiz. Pero mis orcos y
yo te acompañaremos ahí para que seas curado y creeré en tu palabra de que
seremos perdonados. Y si no, encontrare la muerte que no me has ofrecido en las
espadas de los hombres o los orcos que me acompañaran en el viaje al infierno.
-Los otros orcos no protestaron sintiéndose intimidados ante la presencia de
Betu.
Neilad se dirigió hacia Betu con el último aliento
de fuerza que le quedaba. -Le he prometido a estos orcos perdón a cambio de que
me lleven al castillo de Fenor. Asegúrate de que los hombres del rey no los
lastimen.
-Así lo haré. -dijo Betu. Neilad después de escuchar
esto finalmente se desmayó. Por segunda vez consecutiva esa semana. En ese
preciso instante la lluvia se detuvo. Betu debería seguir a pie como cualquier
hombre, aun herido intentó levantar a Neilad para llevarlo en sus hombros.
El orco jefe que ya se había parado dijo -Si me
permites yo cargare al hombre hasta allá.- Cualquiera que no hubiera sido un
elahara hubiera sospechado que el orco intentaría usar a Neilad como rehén en
caso de que las cosas se complicasen. Pero el luminoso monje creyó ver algo mas
en el rostro del orco, respeto, y hasta admiración por el hombre que había
caído. Y si él no hubiera sido un elahara no se lo hubiera permitido. Pero lo
hizo y el orco levantó a Neilad del suelo y lo cargó en su hombro y avanzaron a
pie hacia donde se había dirigido el rey orco. Los caballos de los hombres
habían escapado y de nada le servirían a los orcos que no sabían cabalgar o a
Betu que nunca había estado sobre uno tampoco.
Siguieron
caminando sin decir muchas palabras durante más de media hora. La lluvia ya no
caía, las nubes se habían disipado y el frío de la noche golpeaba a los cuerpos
húmedos de los viajeros. Alcanzaron el lugar donde Betu había enfrentado a los
orcos antes. Los cuerpos muertos de los soldados calcinados impresionaron a los
orcos que lo acompañaban y el gran lobo tendido en el piso muerto por el golpe
eléctrico de Betu intrigaba a los orcos que nunca habían visto como muchos
hombres y enanos a un hombre con esos poderes.
Glansh-Glakh habló -Tu has enfrentado a Murgthiz y
perdido por lo escuché de tu conversación con el hombre. ¿Qué oportunidad
tienen los hombres del Rey Urael contra él si tú que eres un dios no pudiste
derrotarlo? Ir hacia allá, insisto es un suicidio. ¿O no eres tu acaso un dios?
No lo creo por que los dioses no sangran y tú has sido herido.
-No soy un dios exactamente pero los hombres tampoco
me consideran hombre. Y no subestimes el valor de los soldados del Rey así como
subestimaron a los caballeros de la orden a la cual pertenezco. Los humanos
poseen la voluntad y la fuerza para enfrentarse a Murgthiz y triunfar donde yo
no lo he hecho pero no podrán hacerlo solos -Betu se paró dónde estaba la otra
parte de su espada que había caído al campo de batalla y desenfundo la otra
mitad. Los orcos retrocedieron. Nuevamente el brazo del semi dios se cargó de
energía y apoyó el borde de la espada rota contra la otra parte y la espada
comenzó a fundirse. El calor quemó el césped que estaba alrededor finalmente la
espada volvió a unirse en una sola pieza y el elahara la sacudió para probar su
firmeza. La espada había sido reparado con su poder divino y no se distinguía
donde antes había sido rota. Ante los ojos de los orcos que miraban con
fascinación-. Mi nombre como habrán escuchado es Betu y si vamos a viajar juntos
me gustaría saber los suyos, si es que desean contarme.

No hay comentarios:
Publicar un comentario