Suminer, Fenor.
Día 15 del
cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.
Cabalgaron tan rápido como pudieron. La destruida fortaleza de Fenor pronto
quedó atrás. Pero aun en la distancia, podía verse la enorme pira de cuerpos de
orcos que todavía ardía. La batalla del día anterior había dejado numerosos
muertos pero los orcos que aun vivían tenían que ser encontrados y los huevos
de la ogra recuperados.
Un día les tomó llegar a
Suminer, las montañas grises, donde estaban ocultos los dos Glansh que habían
conseguido escapar junto con el resto de los orcos que no habían sido
alcanzados por el ejército de Fenor. Guiados por Glakh, los cuatro guerreros de
la orden del Gato Azul y el felino llegaron al pie de la montaña. Antes de
entrar a la guarida del rey orco decidieron acampar para descansar y prepararse
para lo que les esperaba. Otra vez brillaban las estrellas, era una noche
luminosa. Sentados alrededor de la hoguera las criaturas comieron y
descansaron. Sentada sobre la capa que Neilad le había prestado estaba la elfa
Azhalea disfrutando nuevamente de las frutas que había recolectado en el bosque
poco antes de llegar a la montaña. Los enanos con un porte bastante menos
elegante, con sus cuerpos desparramados sobre las rocas grises y ásperas
devoraban las provisiones que Shires de Montevid les había regalado junto con
los caballos. Mientras, bebían el vino que llevaban en sus cantimploras. Como
siempre le dieron su parte al gato que acostumbraba acompañarlos con gusto en
sus festines. El orco miraba con asco la comida de la elfa, que lo ignoraba sin
mucho disimulo. Intentó comer un poco de la comida que estaban saboreando los
enanos. Levantó un trozo de carne cocida que había sido envuelta en una tela
para poder conservarse por un largo tiempo, pero aunque le resultó a la vista
más apetitosa que las frutas de Azhalea igual no consiguió pasar ni la mitad de
la comida por su garganta.
-Prueba con esto Glakh -el hombre levantó la voz
y arrojó lo que quedaba de su queso al orco-. Si lo comes junto con la carne te
gustará todavía más, ya que no es mucho el queso que queda.
Glakh probó lo que Neilad le había ofrecido. La
cara del orco inmediatamente cambió y fue obvio para todos que le había
gustado. Deglutió toda la carne y el queso que pudo sin siquiera decir gracias,
aunque el hombre no las esperase. Neilad se conformó con muy poca comida esa
noche, pero se dio el gusto de tomar un par de tragos de hidromiel que llevaba
en un cuerno sellado y preparado para funcionar como envase.
-¿Quién hará guardia esta noche? -preguntó
Beraza.
-No creo que los orcos nos ataquen esta noche.
No después de la paliza de ayer. Bastaran los atentos oídos y con los plateados
ojos del señor gato. -el hombre sonrió mientras miraba al gato.
El gato maúllo y pareció que protestaba -Me
ganaste esta vez Neilad pero solo porque hablaste antes.
Se prepararon para dormir. Rikenv miró al orco y se quitó el yelmo, luego se lo
volvió a poner y después se lo volvió a quitar.
-¿Qué es lo que te inquieta pequeño enano?
-murmuró el orco, que se sentía incómodo de ser observado.
-¿Tu duermes? o es eso acaso otra cosa que no se
de ustedes los orcos.
-Sí, los orcos necesitamos dormir también.
Aunque me será difícil dormir con una noche tan encendida como esta. Preferiría
ocultarme del sol del mediodía cuando casi no puedo ver por la luz. Pero
acompañado por ustedes eso me será difícil.
-Mm... Entiendo. A los enanos no nos afecta la
luz o la oscuridad ya que vemos igual de bien. A muchos de nosotros nos molesta
mucho más la intemperie, pero no a mí. Siempre me ha gustado más estar fuera en
la superficie. Debo decirte entonces buenas noches.
-Es una nueva expresión para mí pero buenas
noches también a ti y a todos ustedes. -Después de varios saludos todos
finalmente durmieron.
En cuanto el sol salió otra vez se prepararon para subir a la montaña. Dejaron
los caballos atados a unos árboles con suficiente cuerda para que pudieran
pastar tranquilos. Nes y Brura quedaron sueltos ya que no se irían de donde
estaban. Glakh había indicado al grupo donde se encontraba un pequeño manantial
para dejar los animales cerca de ahí y que pudieran además beber, aunque él
nunca tomaría de esa agua. Subieron por la montaña por un camino que habían
creado los orco. El camino era ancho y el suelo estaba cubierto por grava. En
ocasiones podía verse en las rocas de la montaña y en los pastos secos que
crecían debajo de ellas, las huellas de los soplidos del dragón, que dejaban
marcas carbonizadas en las superficies que habían alcanzado. También se
encontraron con varios cuerpos muertos de orcos que habían tenido peleas en el
camino y se habían matado entre ellos. Era claro que no todos los orcos de
Murgthiz eran sabios y disciplinados. Pero el camino hacia la guarida del
difunto rey orco solo podía ponerse más tétrico. Cuando faltaba poco para
llegar la grava del suelo se mezcló con algo más, pequeños pedazos de huesos
destrozados. Algunos eran colmillos y costillas de animales que habían sido
devorados por los orcos pero entre los restos de sus víctimas también se
distinguían huesos de humanos y enanos. Siguieron avanzando. El camino daba
vueltas y en ocasiones descendía en vez de subir. Mientras avanzaban
encontraban cada vez más huesos y cada vez menos grava. Finalmente pudieron ver
la entrada a la montaña, pero antes de ella estaba el cuerpo putrefacto, pero
que todavía conservaba la carne, de un hombre que había sido atado sobre una
pica.
-Ese hombre dijo ser Siren, general de Fenor.
-El orco caminó junto a él sin mirarlo-. Hace dos semanas aproximadamente
Glansh-Brgrunt lo encontró junto con una tropa de hombres en el bosque del
norte de Fenor. Lo trajo hasta aquí y lo colgó de esa pica. Le arrancó los ojos
después de haberle quitado sus armas y lo mantuvo con vida por un par de días
dándole alimento por la fuerza. Pero el desgraciado no sabía lo que estaba
comiendo. Brgrunt cortó la lengua a sus hombres y luego los desmembró en vida.
Sus propios hombres vieron como su general se comía sus brazos o incluso sus
lenguas sin poder hacer nada. Cuando se cansó los arrojó por la montaña sin
tomarse el tiempo de matarlos primero. Y le dijo al hombre ciego lo que había
hecho. Mi antiguo rey disfrutó esto. Fue con lo que animó a sus guerreros a ir
a luchar -Glakh que venía guiando al grupo se detuvo y miró a Neilad-. Eso hace
mi raza, hombre. Y yo no puedo decirte que soy mejor que Glansh-Brgrunt. Dime
ahora ¿Por qué me has salvado?
Neilad siguió caminando sin detenerse y contestó
sin mirar al orco -Eso hace tu raza, sí. Y también recuerdo como antes
señalaste, a los hombres que vendieron sus servicios a tu rey por un poco de
oro o poder. Eso hace mi raza también. Pero sin embargo yo estoy aquí al igual
que tú. Soy… -el hombre tomó aire y después exhaló- mejor dicho: fui un
elahara. No tengo tiempo de explicarte ahora que es eso. Pero los elaharas
creen en el perdón y abrazan la paz. El rey de Fenor te ha dado su perdón, yo
que no soy nadie te he perdonado por lo que me hiciste y hasta te agradezco que
hayas arriesgado tu vida por salvarme de la espada maldita que mató a Ignor. La
paz que nunca antes habías conocido ahora te está destruyendo y es tu propio
perdón, que no puedes darte, lo que estás buscando. Si crees que puedo decir
algo que te lleve a perdonarte, si crees que puedo ver más allá de todo lo
demás y encontrar lo que te hace falta para eso, te equivocas ya que no puedo
darte eso.
-Siempre hablas mucho y nunca terminas de decir
lo que piensas Neilad, eres insoportable -El gato caminaba moviendo la cola
hacia los costados-. Tú tienes tus motivos para todo y son muy claros para mí.
Y que nada tienen que ver con todo esto de ser elahara ni que cosas. Si no
tienes ganas de explicarte me parece bien, pero no me canses con tus discursos.
El hombre sonrió y luego dijo -¡Dreengt iri
urt-and glakh brorah, gu grur, gu dragf!
Beraza escuchó intrigado las palabras y luego
agregó -De todo eso solo he entendido el nombre de él: Glakh. ¿Qué has dicho de
él?
Glakh miró al enano gigante a los ojos -Glakh
significa oscuro, todo lo contrario de Liz que significa brillante y es una
palabra poco común para nosotros. Neilad no ha hablado de mí, sino que ha dicho
un viejo refrán orco. “Las hierbas que crecen en la oscura medianoche, son
las más duras, son las más amargas.” Entenderán ustedes muy bien que
ha querido decir con esto y que significado tienen esas palabras para los
orcos. Una gran ironía por cierto. No sé cuál orco se la ha dicho y todavía me
intriga donde aprendió mi idioma. Aunque lo habla muy mal.
-Ningún orco le ha dicho ese refrán -el gato
seguía moviendo la cola-. Debemos continuar con nuestro viaje.
Siguieron en silencio hasta donde estaba la
entrada y allí se detuvieron. Todos prepararon sus armas excepto Glakh que no
tenía ninguna. Neilad sujetó fuertemente su escudo y desenvaino su espada. Se
escuchó el ruido de torpes pisadas. Los pasos cada vez eran más rápidos pero no
se veía a nadie. El hombre levantó su escudo que detuvo el golpe de un garrote
de madera de roble. El orco que lo sostenía se hizo visible y Grurdahara se
clavó en su pecho. El orco cayó muerto y detrás de él aparecieron más orcos
pero las flechas doradas de Azhalea acabaron con ellos antes de que los enanos
pudieran llegar a entrar en batalla.
-Esperaba un recibimiento tal para ser un
refugio de orcos. Aunque deberían ser más los guardias. Solo cinco de ellos me
parece poco. Aun asumiendo que ayer matamos a la gran mayoría. -Los ojos negros
del hombre miraban al orco que los acompañaba.
-Seguramente había más, pero hace rato que
avisaron a los otros dos Glansh, que ahora deben manejar al pequeño grupo que
queda. -Glakh levantó del suelo el garrote de roble.
-¿Y dónde imaginas que estarán ellos?
-Puedo decirte con seguridad donde estará
Glansh-Dlek, que es quien comandaba al dragón. Él intentara hacer nacer a los
nuevos orcos mezclando ingredientes con los huevos de la ogra. Le tomará mucho
tiempo preparar todo y solo él sabe hacerlo. Él era el primer general de
Murgthiz. Para esto tendrá que ir a nuestra barrera. No sé dónde estará el otro
pero yo deseo ir a nuestra prisión. Allí se encuentran nuestras víctimas, las
que todavía están con vida, entre ellos muchos enanos.
-¿Todavía tienen enanos con vida? -preguntó
Beraza.
-Sí y varios son de un ilustre linaje. Entre
ellos está el príncipe Boran hijo de Tairan. Los enanos que forjaron mi antigua
armadura y la de todos los Glansh son de su reino. Glansh-Mur-hr mató al gran
rey Tairan meses atrás. Y con la ayuda del dragón de Glansh-Dlek fue muy fácil
controlar al resto de los enanos.
La cara de Beraza se puso roja de ira. Rikenv
miró al orco con desprecio pero después se detuvo. -Imagine que el gran Tairan
estaría muerto pero esperaba que su reino hubiese tenido un mejor destino que
ser prisioneros de estos orcos.
-¡Dime donde es, iré inmediatamente! -gritó
Beraza.
-Puedo guiarlos, pero no hacia ambos lados a la
vez. Puede que lleguen dentro donde buscan pero salir les será difícil sin mí.
Esto es un gran laberinto. Murgthiz llamaba a este lugar Lrurtabg que significa
la oreja del demonio. Son incontables los pasillos que se mezclan hacia el
interior de la montaña.
-Entiendo. Esto es lo que haremos -El hombre
hizo una pausa para atarse el cabello, y luego continuó-. Beraza y Glakh irán a
rescatar a los enanos, que el gato los acompañe, sus ojos pueden ver a los
orcos aun cuando están ocultos por la magia. Azhalea, Rikenv y yo iremos en
busca del Glansh del dragón. Solo indícanos como llegar allí. Nos volveremos a
encontrar con la ayuda de los anillos que les regalo la ogra. El grupo que
primero consiga su objetivo ira en ayuda del otro.
-Te diré como llegar -dijo el orco-. Pero te
advierto que Glansh-Dlek no solo controlaba al dragón con su vara mágica. Otras
criaturas se encuentran aquí bajo su comando. Abran bien los ojos. -Luego de
que el orco explicó cómo llegar a Neilad y al resto de sus compañeros, se
dividieron y continuaron viajando ahora en dos grupos. Quitaron antorchas de
las paredes al adentrarse en la montaña para poder ver bien ya que casi todo el
lugar estaba a oscuras.
Rikenv, Azhalea y Neilad
caminaron por los pasillos de la guarida de los orcos. Las paredes de las
grutas tenían adosados estantes y piezas metálicas para colocar las pocas
antorchas que necesitaban los orcos para poder ver dentro del lugar. Usualmente
los orcos solo producian herramientas básicas para trabajar el metal, la madera
o la piedra. Y lo que hacian con esto es también ínfimo. Es por esto que las
habitaciones que estaban distribuidas por el lugar por lo general no
poseían puertas y cuando lo hacían se trataba de tablones mal cortados y mal
encastrados con rudimentarias bisagras metálicas. En muchas ocasiones la
ausencia de puertas se solucionaba con cueros o telas cortados y colocados para
separar visualmente un lugar de otro. Las habitaciones nunca eran pequeñas.
Daba la impresión de que por sus habitantes solían pasar mucho tiempo juntos. Las
pocas cosas que poseían eran cargadas por ellos mismos y arrastradas de un
lugar a otro. Lo que convertía en innecesario la existencia de un lugar
particular e individual para cada orco. El suelo estaba cubierto de excremento
de orco y del de los lobos que montaban en batalla y las pulgas trepaban por
las botas blancas del hombre. En las habitaciones más próximas a la salida no
había muebles ni ningún tipo de adorno. Pero cuando continuaron adentrándose en
la montaña la ambientación poco a poco comenzó a cambiar. Las paredes que antes
estaban desnudas y donde solo se apreciaba el trabajo del tiempo ahora se
encontraban adornadas con dibujos hechos con rojo extraído de la sangre de sus
alimentos y con el negro de la cenizas. Los orcos habían usado sus garras para
crear impresiones en la pared y habían tallado la piedra para darle diferentes
relieves. Los orcos odian la simetría ya que ni sus cuerpos son simétricos y
eso se reflejaba en su primitivo arte. Las figuras dibujadas y talladas estaban
desorganizadas sobre las paredes, en ocasiones dibujadas unas sobre otras como
si no se hubiese respetado el trabajo anterior. También habían construido
paredes interiores amontonando piedras y uniéndolas con barro. A la intemperie
se hubieran derrumbado pero dentro de la montaña no hacía falta protegerlas del
agua. El grupo seguía la luz de las pocas antorchas encendidas. Como no
quedaban muchos orcos allí donde hubiera luz era donde ahora estaban los
sobrevivientes. Pisaron barro y supieron que iban en dirección correcta. Por lo
que les había explicado Glakh, los orcos extraían barro y arcilla de la
superficie y luego lo llevaban al interior de la montaña. En aberturas
especiales en el suelo volcaban el barro y lo mezclaban con diferentes
minerales y de esa mezcla nacían sus hermanos. El suelo cada vez era más
viscoso y entre todo el barro algo brillo.
Rikenv levantó del suelo una moneda. La observó
detenidamente acercando la antorcha a ella -Esto es oro. No reconozco el sello
de la moneda por lo que no se dé que reino es pero esto es oro. -El enano olió
el aire enrarecido y luego caminó varios pasos hasta acercarse a una habitación
bloqueada por una puerta de madera. La puerta era alta y gruesa. Golpeó con su
martillo la cerradura y esta se quebró. Empujó y consiguió abrir la entrada.
Adentro todo estaba oscuro. Neilad y Azhalea se acercaron con sus antorchas
para poder iluminar más. La elfa daba pasos cortos y en su cara se veía el
desagrado de pisar el húmedo barro a sus pies. Las botas de cuero de cocodrilo
del enano lo protegían en cambio de tan desagradable situación. A la luz de las
tres antorchas pudo verse el botín de guerra del Murgthiz. La inmensa
habitación estaba repleta de oro y piedras preciosas que había ido robando en
sus batallas. Aunque los orcos no le daban ningún valor a ese metal sabían que
podían utilizarlo para comprar mercenarios. Y como Glakh había explicado a
Neilad también era uno de los materiales que utilizaban para hacer nacer a sus
hermanos. Abandonaron esa habitación ya que nada podían hacer con el oro en ese
momento. Pero estaba claro que el rey orco había permanecido oculto por mucho
tiempo y mientras se escondía de los ojos de los hombres había saqueado a
varios reinos. Retomaron el camino que los llevaba hacia la barrera. El olor
era repugnante y cada vez más fuerte. Azhalea cada vez estaba más asqueada, su
delicado olfato estaba siendo afectado por el repugnante hedor. Neilad y Rikenv
estaban mucho menos afectados por esto pero aun así eran capaces de percibirlo.
Siguieron descendiendo por la gruta siguiendo el nauseabundo olor a
descomposición y el sendero de fango. Delante de ellos pudieron ver la entrada
a una habitación iluminada. La elfa tomó una de las flechas de su carcaj.
-Neilad, el olor aquí es repugnante y mi olfato
ya no puede distinguir nada más. Si algún orco anda cerca y esta invisible ya
no podré detectarlo. -Murmuró Azhalea.
-Eso ya no importa. Si hay orcos están aquí.
Apaguen sus antorchas ya no harán falta, al menos no hasta que salgamos. Y
preparen sus armas.
-No hace falta ni que lo digas hombre. -El enano
de barba rojiza apagó su antorcha en el piso y sostuvo su martillo con las dos
manos.
Llegaron a la entrada y atravesaron la abertura entre las paredes de piedra
naturales de la gruta, haciendo el mínimo sonido posible. La habitación era más
grande incluso que toda el área que ocupaba el gran palacio de plata. Desde
donde estaban bajaba una rampa de piedra los llevaba al suelo en donde estaban
distribuidos en forma desprolija círculos formados con ladrillos de piedra y
arcilla compactados que habían sido encastrados para contener al barro del cual
nacían los orcos. Ningún círculo se comunicaba con otro y por lo menos una
persona podía caminar por cada uno de los pasillos que entre ellos se formaban.
Cerca de cuarenta orcos se movían abajo a gran velocidad. Algunos pulverizaban
distintos tipos de piedras con grandes mazas, otros fundían metales en un
crisol pero la gran mayoría movía grandes cantidades de barro de una gran pila
hacia muchos de los círculos. Otros volcaban agua dentro de ellos y revolvían
todo con grandes palas de madera. Y entre todos ellos se destaca Glansh-Dlek,
vestido con su capa verde y su armadura roja. El orco no era ni alto ni bajo y
tampoco tenía una gran contextura física. Pero daba órdenes fríamente y todos
obedecían. Detrás de él estaban los dos huevos de la ogra que todavía no habían
sido utilizados y a un costado la vara mágica con la que controlaba al dragón
que Guy de Montevid había matado.
-¡Psk! -el enano llamó la atención de Neilad-.
¿No crees que esto ha sido demasiado fácil? No tienen ningún guardia aquí.
-Sí. Estaba pensando exactamente eso. Quizás han
quedado todavía menos de lo que pensábamos.
-O quizás no hemos calculado tan bien como
creíamos la situación. -dijo la elfa y tiró del brazo del hombre.
Cuando Neilad volteó a ver, detrás de él había
dos gigantescas orugas gigas. Eran blancas por completo casi transparentes. Su
piel era blanda y viscosa y no era sabio tocarla ya que estas criaturas estaban
cubiertas de veneno. Sus ojos eran pequeños y poseían doce de ellos y su boca
cortaba verticalmente a sus presas. Eran silenciosos y solo podía escucharse el
chirrido de su cuerpo contraerse y expandirse al avanzar. Las orugas que
estaban siendo controlados por Glansh-Dlek los habían acorralados y habían
tapado la entrada y del otro lado estaban todos los orcos que habían visto y
que ahora subían por la rampa para alcanzarlos.
Neilad gruñó -El gato se estaría riendo de mí si
estuviera aquí. Azhalea, encárgate de que no suban los orcos hasta aquí
mientras Rikenv y yo peleamos contra estas orugas gigas.
-¿Yo me enfrento a casi cuarenta orcos y ustedes
a una oruga cada uno? Te has puesto un poco injusto Neilad.
-Es lo que hay. -dijo el hombre que levantó su
escudo para defenderse del picotazo de la oruga.
Azhalea cubría la espalda de los dos guerreros
mientras sus flechas se encargaban de matar a los orcos que iban subiendo. Su
excelente puntería no permitía que errase un solo tiro. Pero sus flechas se
acabaron cuando ya había matado a casi la mitad. Una última flecha dorada
quedaba en su carcaj pero no la utilizó. Desenvainó la espada que había sido de
su padre con la empuñadura dorada y la hoja ancha. Detrás Rikenv peleaba
contra la oruga que había elegido o que lo había elegido a él. La oruga intentó
morderlo pero el martillo de guerra la golpeó en la mitad de la cara y perdió
muchos de sus ojos. La criatura retrocedió y chocó contra la otra oruga que
estaba enfrentando el hombre.
-Era una para cada uno Rikenv, no me pases tu
parte.
-Si ella quiere estar con su amiga no hay nada
que pueda hacer, jefe.
Neilad se movía lo más rápido que podía cargando
su pesado escudo que lo protegía de los ataques de la oruga gigas, pero no era capaz
de alcanzarla con su espada. La oruga mordió el borde del escudo del hombre y
tiró intentando quitárselo.
-¿Quieres mi escudo? -dijo Neilad mientras
tiraba el también-. Es todo tuyo. -y lo soltó. Tal era el ridículo peso del
escudo que la oruga que estaba erguida y tiraba del mismo sosteniéndolo con su
boca se aplastó en piso. Porque ni siquiera su fuerza podía levantarlo del
suelo. Neilad aprovechó el momento y la mató cortándola en dos. La otra oruga
ya enfrentaba de vuelta al enano. Rikenv rodó por el piso y se posicionó del
lado opuesto que antes había golpeado y volvió a golpear a la oruga que ahora
estaba casi ciega. El animal se retorcía hacia todos lados mientras Rikenv
evitaba ser alcanzado por los hilos de baba venenosos de la oruga gigante. Como
la oruga ya no podía verlo pudo golpearla más fácilmente y le destruyó la boca
con su martillo, el animal trató de escapar pero el enano siguió golpeándola
hasta que no se movió más. Azhalea ya estaba luchando con su espada contra un
ahora reducido grupo de orcos. Neilad no levantó el escudo del piso y enfrentó
a los orcos solo con su espada ya que así sería más rápido y su escudo mágico
no era de gran utilidad contra unos orcos que no le lanzarían ningún hechizo.
La espada de la elfa atravesó la garganta de uno de los orcos pero dos más la
rodearon. Rikenv entró en acción y con su martillo de guerra mató a uno de
ellos aplastando su cabeza contra la pared de la gruta. Grurdahara se encargó
del otro.
-Azhalea, que ese orco no traiga más bichos a
pelear contra nosotros que ya me está cansando. -gritó Neilad a la elfa
mientras mataba a los orco con su espada.
Azhalea sacó del carcaj su última flecha
mientras los otros dos guerreros de la orden terminaban con los orcos.
Glansh-Dlek que observaba desde abajo, nuevamente intentó escapar, pero la
habitación era enorme y plana y no tenía donde esconderse. La elfa de rubios
cabellos disparó y su flecha atravesó la cabeza del general orco. El Glansh
soltó la vara que sostenía y esta cayo por uno de los huecos que estaban en el
suelo, hundiéndose en el barro.
Todos los orcos terminaron muertos y finalmente habían recuperado los huevos de
la ogra. Los envolvieron en las capas de Neilad y del mismísimo orco muerto
Glansh-Dlek y se los llevaron. El hombre y la elfa cargaban cada uno de ellos
bajo sus brazos. Eran pesados y aunque no parecían frágiles los llevaron con
mucho cuidado. Rikenv los guío hasta donde estaban Beraza, Glakh y el gato
ayudado por el anillo que le había regalado la ogra.
Glakh y Beraza tenían muy poco de que hablar entre ellos. Después de que el
orco le había explicado cómo eran las cárceles de Lrurtabg habían permanecido
en silencio los dos. El gato ya se estaba impacientando y mientras caminaba
cantaba canciones forzando su voz para que sonase más grave.
El orco agitó su garrote -Nunca había conocido a
un gato que hablase. Y nunca hubiera imaginado lo molesto que eso podía ser.
El gato se calló un segundo y luego exclamó
jocosamente, recordando un juego que solían practicar los niños que alguna vez
había conocido, donde uno de ellos buscaba a los otros que se habían escondido
-Piedra libre para un montón de orcos que se esconden en la oscuridad.
-¿Qué has dicho gato? -preguntó Beraza.
-Mis ojos que ven mejores que los de ustedes y
más allá de la magia pueden distinguir a muchos orcos aproximándose delante de
nosotros.
-Era algo que podíamos esperar. -Glakh agitó su
garrote una vez más.
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca para
que la magia ya no les sirviese los orcos se arrojaron sobre los dos guerreros.
Pero estando advertidos, no les resulto difícil a Glakh y a Beraza derrotar a
sus enemigos.
-¿Ya viste que bueno es que este gato hable,
orco? -preguntó el gato azul.
El orco solo gruñó.
Glakh siguió guiándolos hasta la
entrada de la prisión -Allí se encuentran o se encontraban los prisioneros
-dijo esto y señaló una abertura en una de las paredes de la gruta-. Y allí es
donde construían ellos las armaduras y forjaban las armas -Iluminó una zona con
su antorcha y pudo verse una habitación donde se encontraban yunques mazos y
forjas. En el suelo estaban los grilletes con los cuales habían sido
encadenados los enanos. La cara de Beraza se puso roja otra vez-. Y el depósito
de armas está detrás de esa habitación. Si liberamos a los enanos podemos
darles las armas que ahí se encuentran para que se defiendan.
-Me parece bien. -dijo el enano.
Una vez dentro de la prisión el orco con el
torso desnudo y con musculosos y desproporcionados brazos llenos de cicatrices
señaló una cueva sellada por barrotes de hierro oxidados -Es aquí donde está el
príncipe Boran. Los barrotes no resistirán un golpe del hacha que portas.
-Mi ira e indignación son tan grandes que me
alcanzaría con la fuerza de mis manos para arrancarlos, orco. No te preocupes.
El gato miraba al orco y caminó hacia él –No
entres ahí orco. Esos enanos te odian y te mataran de tener oportunidad.
-Quizás sea mejor así…
-Después de todo lo que arriesgo Neilad
¿Regalarías tu vida tan fácil? Puede que seas el orco más inteligente que haya
conocido pero eres realmente deprimente.
-Te hare caso esta vez gato. -El orco vio como
el enano golpeaba la reja y esta caía al suelo.
Beraza cargaba en una mano su antorcha y en la
otra la imponente hacha de Tairan. Los enanos famélicos se alejaban de la luz
de su antorcha. Beraza veía sus rostros temerosos y sus cuerpos golpeados y su
alma se hacía pedazos.
Una voz solemne habló -¿Eres tú, Glansh-Drurt?
Tú que has robado el hacha de mi padre vienes ahora a matarme ya que has
triunfado en tu guerra contra los hombres de Fenor. Has torturado a mi pueblo
para conseguir tus armaduras ¿Qué más quieres de nosotros?
Beraza siguió la voz que hablaba hasta que se
encontró con un enano que estaba atado de pies y manos con grilletes a la
pared. El príncipe Boran tenía cabellos rubios y calculó que no mucho más viejo
que él. Había orgullo en el rostro del príncipe Boran aun en tal situación.
Beraza sintió el mismo orgullo de verlo todavía hablando y peleando como todo
buen enano a pesar de estar cautivo. No quiso imaginar qué tipo de torturas
habían infligido los orcos sobre los de su raza para que accedieran a forjar
sus armaduras.
El enano gigante iluminó su cara y seriamente
dijo -No soy Glansh-Drurt, mi nombre es Beraza, gran príncipe Boran. Soy uno de
los de tu raza. Y soy uno de los guerreros de la orden del Gato Azul. -Los
enanos que se encontraban en la habitación murmuraron.
El príncipe Boran entrecerró los ojos para poder
ver bien -¿Tu, un enano? Tu altura es imposible. No juegues conmigo.
-Soy un enano príncipe Boran, deberás creerme.
Puedo ser alto pero no por eso dejo de ser un enano orgulloso de mi raza. Estoy
aquí para acabar con la atrocidad que han hecho estos inmundos orcos -Beraza
golpeó con el hacha de Tairan la pared y esta se quebró en varias partes. Al
golpear, el suelo y el techo vibraron y cayó polvo sobre todos-. Extienda sus
manos príncipe yo lo liberaré de esos grilletes. -El príncipe enano le hizo
caso y Beraza golpeó los grilletes con su hacha y los mismos se partieron en dos.
Ahora el príncipe estaba libre.
Boran sonrió y apoyó su mano derecha sobre el
brazo de Beraza y luego apretó con fuerza agradecido –No sé cómo has conseguido
el hacha de mi padre. Ni sé de dónde has venido, ni mucho menos que es La orden
del Gato Azul. Pero no tienes idea de cuánto me alegro de que hayas llegado.
Liberemos a los demás, mientras me explicas.
Mientras todos los enanos eran liberados Beraza
intentó explicar improvisadamente al príncipe. -Hubo una batalla hace dos
noches atrás. Fenor enfrentó al rey orco y venció. Aunque le costó la vida de
casi todos sus hombres. La orden del Gato Azul de la cual formo parte también
luchó en esa batalla. Muchos de mis compañeros están hoy aquí pero en otro
lugar tratando de recuperar algo. Con suerte hoy conocerás a mi amigo Rikenv, a
la niña elfa Azhalea y a nuestro jefe Neilad.
-¿Es Neilad también un enano? Su nombre no
parece enano. -preguntó el príncipe.
-No, Neilad es humano. También está el gato azul
entre nosotros y debo advertirte para que no te sorprendas, que este es un gato
que puede hablar.
-JAJAJAJ. Hoy solo me importa mi libertad y la
de mi pueblo, otro día quizás tenga tiempo para asombrarme.
Finalmente terminaron de liberar a todos los que
estaban en esa habitación. Todos sonreían a Beraza y apretaban sus manos contra
sus brazos. Beraza miró al príncipe Boran -En la batalla Rikenv, mi gran amigo,
y yo enfrentamos a Glansh-Drurt, Rikenv que es más sabio que yo supo que no era
buena idea enfrentarse a este arma que hoy cargo, pero yo más ingenuo golpeé
con la mía a esta y mi arma se deshizo. Rikenv consiguió lastimar a
Glansh-Drurt en una de sus piernas así que ahora es posible que este rengo. Yo
valiéndome de mi fuerza le saqué el hacha de las manos. No quise ser
irrespetuoso, príncipe Boran, pero he estado usándola y ahora que estoy frente
a ti deseo devolvértela. -Beraza extendió sus manos para que Boran tomase el
arma.
-Has hecho bien joven enano. Espero que con esta
hacha hayas matado a muchos orcos. Y me alegro de que seas tú el que ahora la
porte. Puedes conservarla como un obsequio de mi pueblo a tu valor.
-No sé si puedo aceptar tal regalo príncipe
Boran.
-Beraza, yo no soy el príncipe Boran. Ahora que
mi padre ha muerto soy el Rey Boran de Muran y esta es el Hacha de Tairan, mi
padre, yo hare que forjen una con mi nombre -El enano soltó una carcajada-.
Puedes conservarla con gusto. Pero te la pediré prestada por hoy. Tengo que
cobrarme la vida de un orco cojo.
Beraza asintió con la cabeza y le entregó el
hacha al Rey Boran -Hay algo más rey Boran.
-¿Qué deseas contarme?
-Afuera de esta prisión no solo está el Gato
Azul. También está un orco llamado Glakh.
-¿Glansh-Glakh? Con gusto mataré a ese gusano
también, ¿Es acaso tu prisionero?
-No Rey Boran. Él es quien nos ha guiado hasta
aquí y sin su ayuda no habríamos podido vencer al rey orco.
El rey guardó silencio por un segundo y todos
los demás enanos que estaban gritando callaron también. Luego arregló su barba
y miró hacia arriba para ver los ojos de Beraza -¿Y por qué ha pasado eso?
¿Cómo has hecho amistad con un orco?
-No he sido yo. Ha sido el Maestro Neilad quien
llegó a un acuerdo con el orco. Me rehúso a tenerle confianza a un orco así
como lo hace su majestad. Pero es el deseo de Neilad que no agredan a este
orco. No pretendo decir que entiendo al hombre, porque no lo hago. Pero le debo
lealtad y no permitiré que lastimen al orco.
-Es un precio muy alto pagar nuestra libertad
con la impunidad de nuestros captores. -dijo Boran.
-Hoy conocerás a Neilad y él sabrá explicarte mejor
que yo, sus motivos. No soy capaz de discutir con un Rey. Y menos si usa tan
sabias palabras. Soy consciente de que la fuerza es mi mayor virtud.
El rey Boran dejó el hacha de su padre contra
una pared, apoyó sus dos manos sobre los brazos gigantescos del enano y luego
exclamó -¡No solo eres fuerte enano, también eres leal a tu amigo Neilad, tu
corazón ha de ser tan grande como tu tamaño! No haremos daño al orco por lo
menos hoy, pero es al único que perdonaremos.
Beraza sonrió y luego salieron de la prisión.
Afuera esperaban el gato y Glakh. El gato miró a todos los que habían salido-
¿Son estos todos los enanos que había prisioneros?
-No. Hay más en unas celdas más adelante. -dijo
Glakh.
-Liberaremos a todos. Que los demás ayuden a
traer armas de donde indicaste antes –El gato hablaba seriamente.
El rey Boran enfrentó a Glakh cargando el hacha
de su padre -El que hagas todo esto no perdona lo que has hecho antes. Y
por lo que he prometido a Beraza no seremos nosotros los que te matemos hoy,
pero no te encuentres nunca con uno de nosotros fuera de esta montaña -Luego se
volteó y lo ignoró-. Sabemos dónde están las armas gato e iremos por ellas
ahora mismo.
Casi ciento cincuenta enanos habían sido
liberados y aunque con hambre y sed estaban ahora revigorizados por su
libertad. Cargaban las armas y armaduras que habían creado para los orcos. Y
ahora caminaban por los pasillos de la guarida orca buscando la salida pero
también esperaban cobrar su venganza contra el último puñado de orcos que
quedaban vivos y entre ellos a Glansh-Drurt que los había torturado. Los enanos
acompañaban en sus cantos al gato azul como si quisieran que los orcos los
encontrasen. Sabían que no eran muchos los que habían quedado y estaban
dispuestos a dar hasta la última gota de sangre para exterminarlos. Glakh que
era el más alto del grupo caminaba delante, guiándolos hacia la salida. El gato
que viajaba detrás de él se detuvo.
-Los que quedan están delante y puedo oler su
temor. Vendrán hacia nosotros con todo lo que tienen hasta sus últimos lobos
vendrán a morder nuestros pescuezos. Preparen sus armas señores enanos, hoy
podrán cobrar su venganza.
El rey Boran de Muran lanzó una carcajada -Ya
escucharon al gato azul enanos de Muran, dejen todo lo que tengan contra estos
asquerosos orcos. -Sus guerreros gritaron y el eco de sus cantos sacudió la
caverna.
Los orcos aparecieron delante de ellos. Corrían
hacia donde estaban cargando garrotes y espadas vendadas en cuero. Algunos de
ellos lanzaban proyectiles con ondas y arcos. Glakh golpeó a uno de los lobos
que estaba por devorarlo. Beraza había tomado un hacha de la armería y con ella
mataba a los orcos que se le acercaban. Los enanos a pesar de estar cansados y
hambrientos dieron pelea a los últimos orcos. Cuando tres lobos se acercaron al
rey Boran él golpeo el suelo con la imponente hacha de Tairan y el piso se
quebró y se sintió un temblor. Parte del techo se derrumbó y una avalancha de
rocas cayó sobre muchos orcos y mató a uno de los lobos. Beraza sujetó a uno de
los lobos por las piernas posteriores para que no pudiese alcanzar al rey
enano. El lobo giró y lo mordió en el hombro donde antes el rey orco había
clavado a Grurdahara. Pero Beraza sujetó su cabeza y lo desnucó. El último de
los lobos tuvo que enfrentar a Glakh que lo mató con el garrote que cargaba.
Los orcos cada vez eran menos numerosos y de entre ellos por fin pudo
distinguirse la figura de Glansh-Drurt que rengueaba. Todavía era protegido por
dos guardaespaldas. Mientras los enanos acababan con los orcos, el rey Boran
fue por la vida del general orco. Se abrió paso entre los orcos. Los
guardaespaldas orcos, de gran altura, se tiraron sobre él. Pero el rey Boran
era valiente y no se detuvo. Solo con un golpe a cada uno consiguió matarlos.
El orco general intentó escapar rengueando.
-Cobarde eres Glansh-Drurt. Al menos dame el
placer de matarte de frente, pero al final será igual ya que no te perdonaré
-El orco tropezó y cayó al suelo boca abajo. Mientras escupía y gruñía arañaba
el piso para alejarse lo más rápido posible-. Muere maldito -El rey de los
enanos de Muran golpeó al cuerpo del orco con el hacha de Tairan. Nada quedó
del orco que pudiera reconocerse. El hachazo había dividido al orco en dos y
había partido la armadura que ellos habían forjado para el bajo sus torturas.
El rey enano volvió a reír-. ¡¡¡Acaben con ellos!!!
Los enanos mataron a todos los orcos que
pudieron ver y finalmente nada quedó del ejército del rey orco. Excepto por
Glakh todos sus generales habían sido ajusticiados e incluso el mismo rey orco
hacía tiempo que era comida para gusanos cortesía del imbatible Sefit.
Después de que la batalla había terminado el rey enano le devolvió el hacha de
Tairan a Beraza. El enano gigante la aceptó y continuaron viajando hacia la
salida. Antes de llegar se encontraron con los otros tres guerreros de la orden
del Gato Azul. Todos se alegraron de volverse a ver.
Beraza intentó presentar a todos -Él es el rey
Boran y estos son los enanos de Muran quienes fueron prisioneros del rey orco.
Ya hemos matado a Glansh-Drurt -Los tres guerreros reverenciaron al rey enano.
Luego Beraza continuó-. Y ellos son Azhalea la sacerdotisa de Eiugun, mi gran
amigo Rikenv el aventurero y este hombre es Neilad primer caballero de La orden
del Gato Azul y nuestro líder.
-Te saludo rey Boran y te informo que ya no
queda un solo general vivo del ejército de Murgthiz.
-Todavía queda uno. -dijo el rey enojado.
-Glakh hace tiempo que no forma parte del
ejército de orcos que te hicieron prisionero. Y ya hasta ha dado su vida para
matar al rey orco.
-¿Cómo puede haber dado su vida si está aquí
delante mío?
-Es una larga historia. -contestó el único
humano.
El rey miró al hombre y dijo -Bueno. A los
enanos nos gustan las historias largas -La elfa comenzó a reír-. ¿De qué se ríe
esta elfa?
-Ya nos contaremos todo camino al pie de la
montaña. -dijo Neilad.
Cuando llegaron a la entrada
otra vez Neilad se aseguró de que todos salieran. -¿Ya no queda nadie dentro?
¿Ningún enano se ha retrasado?
-Conozco a todos los que aquí llegaron conmigo,
ningún enano con vida permanece en el interior de la montaña. -dijo el rey
Boran.
-Bien. Entonces te pediré Beraza que utilices
esa magnífica hacha para sellar la entrada a la montaña. Que ningún otro orco
tenga acceso a este lugar y que se olvide todo el terror que ahí dentro
aconteció.
Beraza sujetó el arma con sus dos manos y con su
fuerza extraordinaria golpeó la pared de la entrada. El lugar tembló y
nuevamente una avalancha de rocas tapó la entrada de forma tal que nadie podía
acceder al interior de la montaña otra vez. El enano dijo –Por un tiempo esto
detendrá a los intrusos que lleguen hasta aquí pero temo que este lugar volverá
a ser utilizado por el mal.
-No te preocupes Beraza -dijo el rey enano-.
Estoy seguro que la ilustre orden del Gato Azul estará de vuelta cerca para
acabar con él.
Ya todos podían estar felices porque todo había
acabado. Muchos hombres y enanos habían muerto pero los orcos habían sido
detenidos y vencidos. Cuando llegaron al pie de la montaña. Los guerreros de la
Orden volvieron a montar en sus caballos junto con Glakh. Los enanos bebían del
manantial que había indicado Glakh y algunos de ellos fueron en busca de
alimentos.
-Hoy comeremos hasta la corteza de los árboles.
No es mucho lo que te podemos dar ahora Neilad pero espero que te quedes con
nosotros a almorzar. -dijo Boran.
-No puedo gran rey de los enanos. Debo volver a
mi hogar así como ustedes. Varios de mis compañeros están heridos y nuestras
piedras plateadas sanaran sus heridas más rápido. Hoy tendrás que disculpar
nuestra ausencia, pero te prometo que visitare tus tierras algún día.
-No te preocupes hombre. Sé que no hay lugar
como el hogar. No hay rencor en que nos dejes ahora. Pero espero la visita de
tu orden.
Neilad saludó en silencio inclinando su cabeza y
montado sobre Nes. Mientras cargaba uno de los huevos de la ogra se acercó a
Azhalea -Sé que nunca podremos encontrar otra vez la choza de la ogra. Pero si
el talismán que te dio realmente sirve, recuerda su casa y llévanos ahí. Así
podremos terminar esta aventura.
La elfa sonrío. -Con gusto. Ya deseo estar en
casa otra vez. Todos apoyen sus manos sobre Brúra, vamos de vuelta a la ciénaga
de la ogra.
-¿Iré yo también Neilad? -preguntó Glakh
-Por supuesto.
El orco no dijo más y todos apoyaron sus manos
sobre la yegua de la elfa. Azhalea tomó el amuleto con su mano derecha. Y cerró
los ojos. Y los guerreros se desvanecieron ante la mirada de los enanos.
El rey de los enanos exclamó -¡Con que criaturas nos hemos encontrado!
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