Leyenda Denjieen.
Era de noche
pero la luna llena iluminaba las montañas grises. En esa fría noche, al pie de
una montaña, dos jóvenes lobos escucharon los llantos de una criatura. Se
acercaron a investigar y descubrieron a una beba humana abandonada.
Asumieron que
tendría frio y hambre, y aunque ellos también tenían hambre y frio decidieron
apiadarse de ella y ayudarla. Trajeron heno para que se abrigase y buscaron bayas
silvestres y otras frutas que crecían allí y las fueron juntando alrededor de
ella con la esperanza de que la beba se alimentase de ellas.
Mientras los
lobos seguían buscando para alimentarse ellos también, un caballo solitario,
que no sabía lo que estaba sucediendo, llegó hasta donde estaba la beba, el
heno y las frutas que habían recolectado los lobos. Y aunque el caballo no
tenía hambre no pudo resistirse a tal manjar y comió las frutas y el heno. Los
lobos llegaron y ahuyentaron al caballo, pero nuevamente estaban como al
principio. Entendieron que ellos no podrían cuidarla, pero quizás alguien más
podría.
Decidieron
entonces llevar a la niña devuelta con los humanos pues no pertenecía a la
montaña. La llevaron hasta una cabaña donde vivía un leñador. Pero el leñador
la rechazó. La llevaron a una aldea, pero de allí también los ahuyentaron.
Cuando estaban a punto de perder la esperanza, una anciana apareció, que
entendía el idioma de los lobos y les preguntó:
–¿Qué hacen
ustedes con esta niña?
–La hemos
encontrado, en la montaña. –dijo uno de los lobos.
–Nosotros no
podemos cuidarla así que decidimos regresarla a los humanos, pero ellos no la
aceptan. No sabemos por qué. –dijo el otro lobo.
La anciana les
sonrío y contestó: –La han abandonado porque es niña. Los hombres han asumido
que solo por eso es una bruja, y descargan sobre ella todo su miedo y odio. Y
porque es niña y puede engendrar a otras niñas, la han separado de ellos.
Consideran por esto que se están protegiendo y que son dueños de su vida para
decidir. Y en un acto de crueldad, que ellos confunden con piedad, la han
abandonado para ni siquiera ensuciar sus manos con su sangre –La anciana hizo
una pausa y luego les sonrió nuevamente–. Soy una sacerdotisa de la Luna, yo me
llevaré a esta niña y la cuidaré para que sirva ella también a la Luna. Donde los
hombres han fallado, ustedes han puesto el ejemplo. Sepan que si alguna vez
necesitan ayuda ahora han inspirado a otros a seguir sus pasos, la Luna sin
duda los escuchará.
Los lobos
dejaron a la beba con la sacerdotisa de la Luna y se retiraron satisfechos.
Los años
pasaron, los lobos crecieron pero los hombres siguieron siendo crueles. Un día
uno de los lobos piso una trampa y resultó herido en una de sus patas.
Escaparon de allí hasta quedar agotados. Ya no tenían fuerzas para buscar
alimentos o para reponerse. El lobo herido quedó tumbado en el suelo y el otro
lobo pensó que moriría. Sin saber qué hacer, el otro lobo recurrió a la Luna.
Subió hasta la cima de la montaña para que lo escuchase mejor y allí dejó que
su llanto se alzase hasta las estrellas. Luego bajó de la montaña y cuando
regresó a ver a su amigo herido decenas de otros lobos lo rodeaban. Habían sido
enviados por la Luna, y estaban siguiendo el ejemplo que ellos habían puesto
años atrás. Cada uno había traído bayas y frutas que habían recolectado tantas
como cupieran en sus fauces. Y se quedaron con el lobo herido lamiendo sus
heridas y protegiéndolo hasta que estuvo mejor.
Desde aquella
vez cuando un lobo necesita ayuda, aúlla a la Luna buscando auxilio. Pero los
lobos no saben, que al ayudar a otros se habían salvado a sí mismos.
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