lunes, 17 de agosto de 2015

La niña y los lobos


Leyenda Denjieen.


Era de noche pero la luna llena iluminaba las montañas grises. En esa fría noche, al pie de una montaña, dos jóvenes lobos escucharon los llantos de una criatura. Se acercaron a investigar y descubrieron a una beba humana abandonada.
Asumieron que tendría frio y hambre, y aunque ellos también tenían hambre y frio decidieron apiadarse de ella y ayudarla. Trajeron heno para que se abrigase y buscaron bayas silvestres y otras frutas que crecían allí y las fueron juntando alrededor de ella con la esperanza de que la beba se alimentase de ellas.
Mientras los lobos seguían buscando para alimentarse ellos también, un caballo solitario, que no sabía lo que estaba sucediendo, llegó hasta donde estaba la beba, el heno y las frutas que habían recolectado los lobos. Y aunque el caballo no tenía hambre no pudo resistirse a tal manjar y comió las frutas y el heno. Los lobos llegaron y ahuyentaron al caballo, pero nuevamente estaban como al principio. Entendieron que ellos no podrían cuidarla, pero quizás alguien más podría.
Decidieron entonces llevar a la niña devuelta con los humanos pues no pertenecía a la montaña. La llevaron hasta una cabaña donde vivía un leñador. Pero el leñador la rechazó. La llevaron a una aldea, pero de allí también los ahuyentaron. Cuando estaban a punto de perder la esperanza, una anciana apareció, que entendía el idioma de los lobos y les preguntó:
–¿Qué hacen ustedes con esta niña?
–La hemos encontrado, en la montaña. –dijo uno de los lobos.
–Nosotros no podemos cuidarla así que decidimos regresarla a los humanos, pero ellos no la aceptan. No sabemos por qué. –­dijo el otro lobo.
La anciana les sonrío y contestó: –La han abandonado porque es niña. Los hombres han asumido que solo por eso es una bruja, y descargan sobre ella todo su miedo y odio. Y porque es niña y puede engendrar a otras niñas, la han separado de ellos. Consideran por esto que se están protegiendo y que son dueños de su vida para decidir. Y en un acto de crueldad, que ellos confunden con piedad, la han abandonado para ni siquiera ensuciar sus manos con su sangre –La anciana hizo una pausa y luego les sonrió nuevamente–. Soy una sacerdotisa de la Luna, yo me llevaré a esta niña y la cuidaré para que sirva ella también a la Luna. Donde los hombres han fallado, ustedes han puesto el ejemplo. Sepan que si alguna vez necesitan ayuda ahora han inspirado a otros a seguir sus pasos, la Luna sin duda los escuchará.
Los lobos dejaron a la beba con la sacerdotisa de la Luna y se retiraron satisfechos. 

Los años pasaron, los lobos crecieron pero los hombres siguieron siendo crueles. Un día uno de los lobos piso una trampa y resultó herido en una de sus patas. Escaparon de allí hasta quedar agotados. Ya no tenían fuerzas para buscar alimentos o para reponerse. El lobo herido quedó tumbado en el suelo y el otro lobo pensó que moriría. Sin saber qué hacer, el otro lobo recurrió a la Luna. Subió hasta la cima de la montaña para que lo escuchase mejor y allí dejó que su llanto se alzase hasta las estrellas. Luego bajó de la montaña y cuando regresó a ver a su amigo herido decenas de otros lobos lo rodeaban. Habían sido enviados por la Luna, y estaban siguiendo el ejemplo que ellos habían puesto años atrás. Cada uno había traído bayas y frutas que habían recolectado tantas como cupieran en sus fauces. Y se quedaron con el lobo herido lamiendo sus heridas y protegiéndolo hasta que estuvo mejor. 

Desde aquella vez cuando un lobo necesita ayuda, aúlla a la Luna buscando auxilio. Pero los lobos no saben, que al ayudar a otros se habían salvado a sí mismos.

Fin


Referencias: 

No hay comentarios:

Publicar un comentario