Leyenda Gudanguen.
Ni todo el mar
de Eiriz podía distanciar a Dínmar un marinero korien y a Soará la joven hija
de un pescador de Exger, una aldea costeña en Gudang, rodeada de arrecifes de
coral.
Dínmar era un
hombre más en la tripulación de su nave. Pero su nave era importante. Pues
llevaba desde Kirun, ciudad de Koria, oro de las minas del norte hasta el reino
de Gudang donde lo cambiaba por alimento, lana y algodón entre otras mercancías.
Todos conocían a Dínmar en Gudang, pues por ser un korien su piel era de color oscuro
y tostada y sus cabellos ámbar como sus ojos. No había nadie igual en Gudang.
Soará esperaba
aquella vez como nunca la llegada de su amado a la medianoche. Dínmar se había
comprometido con ella la última vez que había partido. Ese sería su último
viaje, pues después de casarse se instalaría en Exger, para vivir junto a su
amada.
Al atardecer
los vigías del faro de Exger divisaron a la nave de Dínmar, que estaba siendo
perseguida por dos navios piratas. Cuando las noticias llegaron a Soará la
mujer se desesperó. Y entre lágrimas rezó a la benevolente y piadosa diosa del
océano, Simú, madre de todos los mares y ríos. La mujer pidió:
—No te lleves
a mi amado ¡oh poderosa Simú! Detén a estos piratas. Permite que pueda yo
volver a ver a mi amado caminando por las playas de Exger. No podría vivir
sabiendo que ha muerto tan cerca de mí y no he podido volver a verle, no me
importa ya si nuestro amor no le importase. Solo deseo volverle a ver.
La nave de Dínmar
fue hundida y los piratas, frustrados, no pudiendo robar el oro. Se dirigieron entonces
a las costas de Exger. Dínmar y todos sus compañeros fueron tragados por el mar
de Eiriz. Pero Simú había escuchado las plegarias de Soará y decidió
intervenir. Dínmar se ahogó aun antes de llegar al fondo del mar. Simú entonces
trajo su cuerpo nuevamente a la vida, pero le permitió respirar el agua del agua.
El hombre ya no recordaba quien era o que había pasado. Vio a sus compañeros
muertos a su lado pero no los reconoció. Vio al oro desparramado por el lecho
marino, pero no comprendía su valor.
Entonces confundido
se preguntó —¿Qué hago aquí?
Simú, el
océano, le contestó —Estas aquí para cumplir mi misión. Fuera en tierra firme
donde mis poderes no alcanzan los tuyos te necesitan. Un grupo de piratas ha
tomado las costas y ahora somete a los hombres en busca de riquezas. Sé que no
eres un guerrero pero eso no importa, te daré mis armas y con ellas derrotarás
a nuestros enemigos —Mientras la diosa hablaba el hombre escuchaba con atención
y delante de él la arenisca del lecho marino se retiró y apareció una lanza, un
escudo y una armadura—. Estas son las armas de coral ellas te protegerán y te
darán la fuerza para triunfar. Te llevaré hasta la costa, ahora.
El hombre no discutió
y mientras era arrastrado hasta la orilla del mar preguntó —¿Y quién soy yo?
Simú le respondió
—Tú no eres. Tú has sido. Pero no es justo errar por el mundo sin nombre. Así
que te permitiré ser. Como te dejaré en la orilla del mar te llamaré Nes, que
es el nombre que los tuyos le dan a la espuma del mar, la misma que dejo con
mis olas en las costas. Debes saber Nes que volverás a respirar y caminar en la
arena, pero una vez que lo hagas, no des vuelta atrás, no regreses nunca a mí.
Porque volverás a ser quien eres.
Las palabras
del océano lo confundieron pero eso ya no importaba. Él tenía una misión. Llegó
a las costas de Exger de noche. Los piratas habían tomado la aldea y saqueaban
todo lo que podían quemando los hogares de los aldeanos. Nadie esperaba a Nes,
el enviado del océano.
Las armas de coral
eran poderosas. Su escudo era duro como el caparazón de una tortuga, emanaba luz
como los peces de las profundidades y llevaba incrustadas conchas de mar. Su
armadura arrojaba una carga eléctrica como la de las anguilas a quien la tocase
con su cuerpo o con cualquier arma. Su lanza llevaba una punta afilada como la
cola de una raya, bordes aserrados como los dientes de un tiburón y estaba envenenada
como los tentáculos de las medusas. Y todas las piezas de sus armas y armadura
estaban cubiertas de adornos de corales blancos, rojos y rosados. Cuando su
escudó se encendió él pudo ver en la oscuridad y también sus enemigos pudieron
verlo. Arrojaron proyectiles sobre él pero pronto comprendieron que ninguno atravesaría
su escudo. Cansados los piratas decidieron atacarlo con sus espadas y sables.
Pero en cuanto alcanzaban su armadura se paralizaban por las descargas
eléctricas y él los remataba con su lanza. Nes había matado ya a muchos piratas
cuando los aldeanos lo reconocieron.
—Dínmar ha
llegado para rescatarnos –gritaron—. El prometido de Soará ha venido por ella.
Soará lo reconoció, pero
permaneció en silencio para que no la usasen en contra de su prometido.
El líder de
los piratas gritó para que el enviado del océano lo escuchase, pero alejado de
él para que no lo matase —¿Quién eres y por qué matas a mis hombres?
—Mi nombre es
Nes y he sido enviado por el océano a detenerte.
—Mis rehenes
gritan que eres Dínmar, no Nes, enviado del océano. –dijo el pirata.
—Simú me
despertó cuando estaba sumergido en el fondo del mar rodeado de muertos y oro. Respiré
el agua y caminé por una nave hundida, entonces ella me trajo hasta aquí, me dio
este nombre y estas armas para detenerte.
El pirata
había visto cómo sus hombres morían uno tras otro al enfrentar a Nes así que
intentó negociar –He venido aquí por oro. Si tú me traes el oro que has visto
en el fondo del mar liberaré a todos. No hace falta que nadie más muera. Pero si
continuas con tu lucha, antes de que puedas matarnos a todos, mis hombres se encargaran de los aldeanos, y entre
ellos de tu prometida Soará. –dijo el pirata mientras sonreía.
—No recuerdo a
ninguna amada. —contestó Nes.
Soará
angustiada ya no pudo contenerse y entre lágrimas preguntó —¿Es que acaso no me
reconoces?
Nes no
recordaba nada de lo que había sido su cuerpo antes así que contestó con
sinceridad –No.
—Tú
eres Dínmar, mi prometido. Y aunque tú no me recuerdes yo sí. Porque tú eres
todo para mí. Recé a la diosa Simú para que te trajera de vuelta y ha cumplido.
–dijo Soará en llantos.
—Desearía
poder recordarte. –contestó Nes—. La diosa me ha dicho que no regresase al agua
del mar porque volvería a ser quien era. Ahora puedo ayudarte, pero como Dínmar
solo soy un hombre más.
El
líder de los piratas se acercó a Soará sonriendo maléficamente –Pero como
Dínmar serias amado. Ya has respirado bajo el agua, tráeme el oro y liberaré a
los aldeanos y cumplirás con la misión que te ha encomendado la diosa del
océano.
Soará
junto valor y se dirigió al pirata –La diosa del océano te busca pirata, no la
desafíes. No necesitas a mis vecinos o a mi familia, tú solo me necesitas a mí.
Te ofrezco un pacto, tú liberarás a todos en la aldea. Así demostraras al enviado
del océano y a la misma diosa que eres un hombre de palabra. Yo me quedaré como
garantía, si el enviado del océano no regresa al amanecer con el oro, me
mataras o dispondrás de mi vida como te plazca.
El pirata rio
y también lo hicieron sus compañeros —¿Realmente estas dispuesta a dar tu vida
como garantía? Tu prometido dice no recordarte.
—Él hará eso
por mí si tú cumples. Pero si le fallas al enviado del océano ¿Cómo te atreverás
a regresar a las aguas del mar a navegar? Esa es nuestra garantía.
El pirata, que
estaba impresionado por Nes, aceptó el pacto de vida. Pues no quería enfrentar
también al odio de la diosa Simú. Los aldeanos fueron liberados y Nes regresó a
la playa a sumergirse en busca del oro.
Los piratas
llevaron a Soará a la cima de un risco donde rompían las olas del mar para ver
desde allí mejor desde donde emergiese el enviado del océano. Las horas pasaron
y a los primeros rayos del alba, Nes todavía no había regresado. Aunque Soará
se aferrase a su amor Nes jamás regresaría. Simú había cumplido, había llevado
a caminar nuevamente por las playas de Exger a su amado, pero este no la
recordaba. El hombre había mal interpretado las palabras de la diosa. Dínmar
había dejado de existir en su lugar ahora estaba Nes y Nes era espuma de mar.
En el momento en el que Nes se sumergió en el océano se convirtió en espuma y
regresó a ser lo que era.
Soará no podía
saber esto. No podía pensar como una diosa. Sabiendo lo que le esperaba en
manos de los piratas y completamente desolada tras haber perdido a su amado se
arrojó del risco para morir en las rompientes.
Pero Simú era
una diosa benevolente. Nes había cumplido con su misión y ella había visto a
muchos morir en el océano y a pocos hacerlo por amor. Así que cuando Soará tocó
el agua, la convirtió en un caballito de mar. Y le dio a Nes la misma forma,
para que pasasen el resto de sus años juntos, perdidos entre los arrecifes de
coral.
Fin
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