viernes, 26 de febrero de 2016

Nes, El enviado del océano



Leyenda Gudanguen.


Ni todo el mar de Eiriz podía distanciar a Dínmar un marinero korien y a Soará la joven hija de un pescador de Exger, una aldea costeña en Gudang, rodeada de arrecifes de coral.

Dínmar era un hombre más en la tripulación de su nave. Pero su nave era importante. Pues llevaba desde Kirun, ciudad de Koria, oro de las minas del norte hasta el reino de Gudang donde lo cambiaba por alimento, lana y algodón entre otras mercancías. Todos conocían a Dínmar en Gudang, pues por ser un korien su piel era de color oscuro y tostada y sus cabellos ámbar como sus ojos. No había nadie igual en Gudang.

Soará esperaba aquella vez como nunca la llegada de su amado a la medianoche. Dínmar se había comprometido con ella la última vez que había partido. Ese sería su último viaje, pues después de casarse se instalaría en Exger, para vivir junto a su amada.

Al atardecer los vigías del faro de Exger divisaron a la nave de Dínmar, que estaba siendo perseguida por dos navios piratas. Cuando las noticias llegaron a Soará la mujer se desesperó. Y entre lágrimas rezó a la benevolente y piadosa diosa del océano, Simú, madre de todos los mares y ríos. La mujer pidió:
—No te lleves a mi amado ¡oh poderosa Simú! Detén a estos piratas. Permite que pueda yo volver a ver a mi amado caminando por las playas de Exger. No podría vivir sabiendo que ha muerto tan cerca de mí y no he podido volver a verle, no me importa ya si nuestro amor no le importase. Solo deseo volverle a ver.

La nave de Dínmar fue hundida y los piratas, frustrados, no pudiendo robar el oro. Se dirigieron entonces a las costas de Exger. Dínmar y todos sus compañeros fueron tragados por el mar de Eiriz. Pero Simú había escuchado las plegarias de Soará y decidió intervenir. Dínmar se ahogó aun antes de llegar al fondo del mar. Simú entonces trajo su cuerpo nuevamente a la vida, pero le permitió respirar el agua del agua. El hombre ya no recordaba quien era o que había pasado. Vio a sus compañeros muertos a su lado pero no los reconoció. Vio al oro desparramado por el lecho marino, pero no comprendía su valor.

Entonces confundido se preguntó —¿Qué hago aquí?
Simú, el océano, le contestó —Estas aquí para cumplir mi misión. Fuera en tierra firme donde mis poderes no alcanzan los tuyos te necesitan. Un grupo de piratas ha tomado las costas y ahora somete a los hombres en busca de riquezas. Sé que no eres un guerrero pero eso no importa, te daré mis armas y con ellas derrotarás a nuestros enemigos —Mientras la diosa hablaba el hombre escuchaba con atención y delante de él la arenisca del lecho marino se retiró y apareció una lanza, un escudo y una armadura—. Estas son las armas de coral ellas te protegerán y te darán la fuerza para triunfar. Te llevaré hasta la costa, ahora.
El hombre no discutió y mientras era arrastrado hasta la orilla del mar preguntó —¿Y quién soy yo?
Simú le respondió —Tú no eres. Tú has sido. Pero no es justo errar por el mundo sin nombre. Así que te permitiré ser. Como te dejaré en la orilla del mar te llamaré Nes, que es el nombre que los tuyos le dan a la espuma del mar, la misma que dejo con mis olas en las costas. Debes saber Nes que volverás a respirar y caminar en la arena, pero una vez que lo hagas, no des vuelta atrás, no regreses nunca a mí. Porque volverás a ser quien eres.

Las palabras del océano lo confundieron pero eso ya no importaba. Él tenía una misión. Llegó a las costas de Exger de noche. Los piratas habían tomado la aldea y saqueaban todo lo que podían quemando los hogares de los aldeanos. Nadie esperaba a Nes, el enviado del océano.

Las armas de coral eran poderosas. Su escudo era duro como el caparazón de una tortuga, emanaba luz como los peces de las profundidades y llevaba incrustadas conchas de mar. Su armadura arrojaba una carga eléctrica como la de las anguilas a quien la tocase con su cuerpo o con cualquier arma. Su lanza llevaba una punta afilada como la cola de una raya, bordes aserrados como los dientes de un tiburón y estaba envenenada como los tentáculos de las medusas. Y todas las piezas de sus armas y armadura estaban cubiertas de adornos de corales blancos, rojos y rosados. Cuando su escudó se encendió él pudo ver en la oscuridad y también sus enemigos pudieron verlo. Arrojaron proyectiles sobre él pero pronto comprendieron que ninguno atravesaría su escudo. Cansados los piratas decidieron atacarlo con sus espadas y sables. Pero en cuanto alcanzaban su armadura se paralizaban por las descargas eléctricas y él los remataba con su lanza. Nes había matado ya a muchos piratas cuando los aldeanos lo reconocieron.
—Dínmar ha llegado para rescatarnos –gritaron—. El prometido de Soará ha venido por ella.
Soará lo reconoció, pero permaneció en silencio para que no la usasen en contra de su prometido.
El líder de los piratas gritó para que el enviado del océano lo escuchase, pero alejado de él para que no lo matase —¿Quién eres y por qué matas a mis hombres?
—Mi nombre es Nes y he sido enviado por el océano a detenerte.
—Mis rehenes gritan que eres Dínmar, no Nes, enviado del océano. –dijo el pirata.
—Simú me despertó cuando estaba sumergido en el fondo del mar rodeado de muertos y oro. Respiré el agua y caminé por una nave hundida, entonces ella me trajo hasta aquí, me dio este nombre y estas armas para detenerte.
El pirata había visto cómo sus hombres morían uno tras otro al enfrentar a Nes así que intentó negociar –He venido aquí por oro. Si tú me traes el oro que has visto en el fondo del mar liberaré a todos. No hace falta que nadie más muera. Pero si continuas con tu lucha, antes de que puedas matarnos a todos, mis  hombres se encargaran de los aldeanos, y entre ellos de tu prometida Soará. –dijo el pirata mientras sonreía.
—No recuerdo a ninguna amada. —contestó Nes.
Soará angustiada ya no pudo contenerse y entre lágrimas preguntó —¿Es que acaso no me reconoces?
Nes no recordaba nada de lo que había sido su cuerpo antes así que contestó con sinceridad –No.
               —Tú eres Dínmar, mi prometido. Y aunque tú no me recuerdes yo sí. Porque tú eres todo para mí. Recé a la diosa Simú para que te trajera de vuelta y ha cumplido. –dijo Soará en llantos.
               —Desearía poder recordarte. –contestó Nes—. La diosa me ha dicho que no regresase al agua del mar porque volvería a ser quien era. Ahora puedo ayudarte, pero como Dínmar solo soy un hombre más.
               El líder de los piratas se acercó a Soará sonriendo maléficamente –Pero como Dínmar serias amado. Ya has respirado bajo el agua, tráeme el oro y liberaré a los aldeanos y cumplirás con la misión que te ha encomendado la diosa del océano.
               Soará junto valor y se dirigió al pirata –La diosa del océano te busca pirata, no la desafíes. No necesitas a mis vecinos o a mi familia, tú solo me necesitas a mí. Te ofrezco un pacto, tú liberarás a todos en la aldea. Así demostraras al enviado del océano y a la misma diosa que eres un hombre de palabra. Yo me quedaré como garantía, si el enviado del océano no regresa al amanecer con el oro, me mataras o dispondrás de mi vida como te plazca.
El pirata rio y también lo hicieron sus compañeros —¿Realmente estas dispuesta a dar tu vida como garantía? Tu prometido dice no recordarte.
—Él hará eso por mí si tú cumples. Pero si le fallas al enviado del océano ¿Cómo te atreverás a regresar a las aguas del mar a navegar? Esa es nuestra garantía.
El pirata, que estaba impresionado por Nes, aceptó el pacto de vida. Pues no quería enfrentar también al odio de la diosa Simú. Los aldeanos fueron liberados y Nes regresó a la playa a sumergirse en busca del oro.

Los piratas llevaron a Soará a la cima de un risco donde rompían las olas del mar para ver desde allí mejor desde donde emergiese el enviado del océano. Las horas pasaron y a los primeros rayos del alba, Nes todavía no había regresado. Aunque Soará se aferrase a su amor Nes jamás regresaría. Simú había cumplido, había llevado a caminar nuevamente por las playas de Exger a su amado, pero este no la recordaba. El hombre había mal interpretado las palabras de la diosa. Dínmar había dejado de existir en su lugar ahora estaba Nes y Nes era espuma de mar. En el momento en el que Nes se sumergió en el océano se convirtió en espuma y regresó a ser lo que era.
Soará no podía saber esto. No podía pensar como una diosa. Sabiendo lo que le esperaba en manos de los piratas y completamente desolada tras haber perdido a su amado se arrojó del risco para morir en las rompientes.

Pero Simú era una diosa benevolente. Nes había cumplido con su misión y ella había visto a muchos morir en el océano y a pocos hacerlo por amor. Así que cuando Soará tocó el agua, la convirtió en un caballito de mar. Y le dio a Nes la misma forma, para que pasasen el resto de sus años juntos, perdidos entre los arrecifes de coral.


Fin

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