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domingo, 2 de mayo de 2021

Pulgas de la playa

A mi prima Sol, que le gustan los bichos.


Leyenda Gudaguen

   

    Talí era muda. Quizás por eso, porque nadie la entendía, pasaba la mayor parte del tiempo sola. Sus padres eran los dueños de un hotel que hospedaba viajeros y visitantes que se dirigían a la costa. La niña, de diez años, deambulaba por la playa, entre las rocas y la arena blanca, con sus juguetes. Muchos de ellos los había hecho su tío. Pequeños mueblecitos tallados en piedra o madera y delicadamente coloreados. Talí, a orillas del mar, se arrodillaba a esperar a sus únicas amigas. La gente las llamaba “pulgas de la playa” pero no eran pulgas. No picaban a las personas o los animales, pues no se alimentaban de sangre, sino de plantas y animales muertos. Los cadáveres de las gaviotas, de otros crustáceos, de moluscos, algas, que no eran plantas, arrastradas por la corriente hacia la playa, peces muertos y cosas similares, las atraían; saltaban sobre ellas y hacían lo que las lombrices en la tierra. En el océano, otras criaturas eran  las que devoraban y hacían desaparecer aquello que hubiera muerto, pero allí, en la playa, ellas se encargaban de lo más grande. Eran inofensivas, diminutas, del tamaño de la uña de su dedo pulgar y muy coloridas. Naranjas, ocres, amarillas, blancas y algunas grises. En ocasiones, entre sus saltos buscando comida, caían por casualidad sobre sus muebles de juguete y ella sentía que habían llegado hasta allí para visitarla. Podían pasar horas hasta que alguna cayese sobre uno de sus sillones de piedra o sobre la mesa de comedor, con comida, incluso, dibujada. Las pulgas de la playa no le prestaban atención, en realidad la ignoraban. Su vida era corta y la presencia de la niña no les molestaba. No le temían. No podían comprenderla. Eran inocentes, incapaces de hacer daño alguno, ellas.


     Su padre era el cocinero del hotel. Pero tenía otras obligaciones también, como recolectar las langostas que atrapaba con las decenas de trampas desperdigas por la costa. Cajas de mimbre y sogas con cebos que aprisionaban a los crustáceos que terminarían siendo devorados por los peregrinos. Antes, nadarían por última vez en una cacerola repleta de verduras sobre la estufa de la cocina del hotel. Atravesadas por un sufrimiento silencioso, que no era el único. Y cuando estuvieran listas, el hombre las dividiría por la mitad con su gran cuchillo y las serviría con elegancia. Su mejor plato.


    Una noche, un hombre de familia noble, hijo un terrateniente, ordenó alguno de esos platos, mientras se embriagaba con el mejor vino del hotel. Las camareras estaban cansadas de él y de sus libidinosos avances que no eran correspondidos. Una de ellas, harta, lo abofeteó. Los dueños del establecimiento se vieron forzados a intervenir, ignorar lo que estaba sucediendo no había sido suficiente. No podían darse el lujo de perder tal cliente, consideraron, por lo que le ofrecieron más vino. El cocinero se sentó a conversar con él y escucharlo. Lejos de reprenderlo, estuvo allí para recibir sus quejas y sus opiniones lascivas respecto a las camareras y cualquier otra mujer en general. A lo que el otro hombre solo contestó riéndose y festejándolo, aportando también alguna de esas opiniones. Mientras, a puertas cerradas, su esposa le recriminaba sus actos a la camarera. Aquella fue una noche larga, hasta que el noble inundado por el alcohol terminó inconsciente. Decidieron dejarlo dormir sobre la mesa y se dedicaron a atender otros asuntos.


    Cuando despertó amanecía. La luz del sol hacía que le ardiesen los ojos. Se acercó, tambaleando, a un ventanal. Desde allí pudo observar a la niña sentada en la orilla del mar. Sintió que sus pulsiones no habían sido satisfechas; que sus deseos eran lo único importante; que era el dueño de todo y que cualquier rasgo de decencia que le hubiese impuesto alguien o exigiese la sociedad, no interesaban. 


    Talí lo notó e incapaz de gritar, intentó correr entre la arena y las rocas, mientras una ola alcanzó la playa. Llevándose, la marea, varios de sus pequeños sillones de piedra favoritos.


    La madre de la niña, todavía se encontraba barriendo el comedor. Se alegró de que aquel borracho ya no se encontrase allí. Y se acercó al ventanal para observar a la playa y a su hija.


    El noble estaba demasiado ocupado como para prestar atención a su alrededor. No escuchó, por esto, los pasos de la mujer acercándose a él por su espalda. Fue sorprendido cuando ella tironeó de la fina camisa que todavía tenía puesta. Cayó de espaldas, golpeándose la cabeza contra una roca. La arena se tiñó de rojo. El hombre convulsionó durante unos segundos. Luego, se detuvo. Ella acarició el rostro de su hija mientras intentaba, con todas sus fuerzas, reprimir sus deseos de gritar. No podía despertar a sus empleados, pero debía de alertar a su esposo. Arrastró el cuerpo hasta ocultarlo entre unas salientes y regresó llevando de la mano a Talí. Cuando el cocinero escuchó la historia permaneció mudo, como su hija. No había nada que decir. Deseaba poder negar el haber alimentado a aquel monstruo. Pero no podía.


    Fingió ir de mañana a buscar las trampas. Zarpó en su bote a recolectarlas y regresó con ellas y el cadáver del hombre. La mujer, ordenó a sus siervos que se tomasen el día. Solo, ayudado por el cuchillo con el que cortaba a las langostas desmembró el cuerpo. Dejó cada parte en una jaula de mimbre atada a piedras y regresó al mar para arrojarlas allí. Sabiendo que jamás intentaría recuperarlas.


    Dos semanas después llegaron las autoridades a investigar la desaparición de aquel noble. Sabían, los posaderos, que si se tratase de cualquier otra persona ellos no estarían allí. Sabían que si intentaban explicar lo sucedido serian ignorados. Sabían que el hombre muerto podía hablar, pero que la niña no tenía voz. El hombre los convenció de que el incidente con la camarera había molestado tanto al noble que, esté, se había marchado al día siguiente habiendo pagado todo. Después, ya no sabían nada más de él. Mientras el cocinero hablaba, su esposa, observaba por el ventanal a su hija. Estaba arrodillada, en la orilla del mar, y había levantado algo que había traído la corriente. Esperaba que las mentiras que contasen fueran suficientes. Que asumiesen que había sido asaltado o que todavía continuase de juerga. Sabía que no podría irse a dormir jamás sintiéndose segura.


    En la playa, arrodilla en la orilla del mar, frente a una roca, Talí había colocado su mesa de juguete, aquella con la comida dibujada por su tío. Algo de lo poco que le quedaba de tiempos mejores. Estaba ansiosa, sabía que sus amigas vendrían a visitarla esa mañana. Porque esta vez, sobre la mesa, había más que comida pintada. Esta vez había dejado un dedo.




Fin.



Nota del autor: Las pulgas de mar o pulgas de la playa cómo comúnmente se las conoce son, en realidad, muchos animales diferentes. Ninguno de ellos, hasta donde leí, son insectos, son crustáceos, pero de diferentes tipos. Algunos de ellos si son carnívoros y capaces de picar a las personas, pero en muy raros casos en los que se quedan atrapadas en la ropa de los bañistas. Estos en los que está inspirado este cuento son aquellos anfípodos de la familia de los talítridos. Estos, no los anteriores, si son terrestres y los hay hasta de agua dulce. Son capaces de saltar, y por eso los llaman “pulgas”, y a veces “piojos”; y son dentrívoros, o sea se alimentan de cuerpos en descomposición.





sábado, 17 de octubre de 2020

Los fantasmas en el muelle de Dujtad

Leyenda Gudaguen

            Las extrañas rocas con runas inscritas en ellas que aparecieron en la costas de Dujtad, permanecieron siendo un misterio por mucho tiempo. Los sabios se reunían a montones a deliberar respecto de cuáles serían los conocimientos que pudieran revelar. O quienes, o quien, las habría dejado allí. Tras dos años de conjeturas, todos ellos se pusieron de acuerdo en que solo podía tratarse de una cosa: uno de los tres sabios del océano, estaba tratando de comunicarse con ellos. Divinidades ancestrales, inmortales, hijos de Simú, aquellos a los que podía preguntar sobre todo, inaccesibles, inalcanzables. Furadfreitudjiaris, el ermitaño, estaba adherido al lecho marino y era imposible que se tratase de él, aunque su hija Ireallaram, que se encontraba siempre cerca suyo conocía todos los idiomas y podría haber escrito tales cosas. De Chagolupus, el errante, tampoco podía tratarse, estimaba ellos, pues su existir era el deambular de un lado al otro, sin interesarse por nadie. Esto solo dejaba lugar a uno de ellos,  Cefalesiosis, el misterioso.

            Los intentos de los hombres por contestar tales mensajes fueron en vano. O bien, Cefalesiosis, desconocía su idioma o bien los ignoraba. Pero asumieron que el hecho de que fuese incapaz de entenderlos era algo imposible, el problema era otro. Ellos, insignificantes mortales, no tenían nada interesante que contarle.

            Las mentes más importantes del momento se reunieron para poner fin al asunto. La solución: ir a visitar a Cefalesiosis a su hogar, en algún lugar cerca de la costa de Dujtad, adherido igual que su hermano al lecho marino. Para esto realizarían un traje que les permitiese sumergirse hasta esas profundidades.

            El diseño demoró varios meses y la construcción más de un año, pero pudieron con tal hazaña. La decisión respecto a quien debía ser el primero en intentar ponerse en contacto con la divinidad fue difícil. Ibraxim, un filósofo, todavía joven capaz de soportar la proeza física, fue elegido. Tras varios barridos realizados por la zona ayudados por redes y cuerdas, estaban bastante convencidos de saber dónde, exactamente, se encontraba el dios. Allí lanzaron a Ibraxim. Horas después sacaron su cadáver del mar. Aun la muerte de un hombre, no desanimó a muchos pedantes sabios, que estaban dispuestos a probar que ellos sí, tenían algo interesante que contar. Pues habían concluido que Cefalesiosis posiblemente no se había sentido interesado en escuchar al filósofo. La segunda en sumergirse fue Shira Murai una afamada matemática del reino. Pero los resultados fueron los mismos. El tercero fue Miix un escritor y orador que solía corregir a la gente en público cuando cometían faltas de ortografía o dicción. Su muerte fue de las menos lamentadas.

            Tres decesos en una semana hicieron a los sabios reconsiderar el asunto. Y llamaron a un concurso, para encontrar a quien tuviera la cosa más fascinante que contarle al dios. Muchos se presentaron e hicieron sus exposiciones.

            Pero, mientras acontecía el concurso, una tempestad volcó el bote de una de una humilde pescadora, ya mayor de edad. Nadie esperaba que sobreviviera, y por eso los sorprendió cuando a las pocas horas emergió caminando, como si nada le hubiese pasado, por la costa. Al principio nadie creyó su historia, sobre todo por la fálica descripción que recibió la apariencia del dios. Explicó, bastante entusiasmada, que Cefalesiosis lamentaba la muerte de los tres sabios, y que él, les había aconsejado repetidas veces regresar a la superficie a respirar, pero que esos tres, no dejaban de hablar, moverse e intentar llamar su atención. La pregunta, necesaria, que le hicieron entonces a la señora Brugnes, así se llamaba ella, fue ¿Cómo había hecho ella para sobrevivir? La mujer explicó que por ayuda del dios. Mientras se ahogaba pudo verlo en las profundidades y le imploró que la salvase. Que tras acceder, Cefalesiosis, le preguntó porque ella había decidido salir a pescar con tal mal clima. Ella entonces contestó que el asunto era porque su sobrina Mimimerbidea estaba engañando a su esposo, y que a razón de esto, además de no poder dormir bien por las tardes, ya que estaba siempre pendiente de observar por la ventana que hacia la joven, había tenido que desatender sus asuntos de pesca. Le había pedido entonces a su hijo que la ayudase, pero el hombre estaba siendo acosado por unos borrachines jugadores a los que había estado estafando. Como su hijo no podía ayudarla acudió a su cuñado, pero el hombre se le estaba insinuando a ella y eso no sería tan terrible si no fuera porque su cuñado era con quien engañaba su sobrina a su esposo. Y porque el marido de Mimimerbidea, era uno de los borrachines, que perseguía a su hijo. Antes de que pudiera explicar, cuales habían sido las acciones de su hijo, los sabios la interrumpieron para preguntar si ella había pedido explicaciones al dios respecto a las misteriosas runas. Ella entonces explicó que sí, que Cefalesiosis mandaba a decir que esas eran las coordenas de donde, hacía algunos siglos, había encallado un barco con muchas riquezas, que permanecían sin reclamar, y quería que lo supieran para que construyesen una universidad, de ser posible que llevase su nombre. Completamente maravillados la interrumpieron nuevamente para preguntar esta vez si el dios le había explicado como leer esas runas. La señora Brugnes contestó que sí, pero que ella no entendió nada, que no se preocupasen que Cefalesiosis le había pedido que regresase a contarle que había pasado al final con su hijo, su cuñado y su sobrina.

            La obsesión y la pedantería de los tres sabios de Dujtad fue tal, que sus almas fueron incapaces de descansar. Esperando el reconocimiento que el dios no les dio. Todavía se las puede encontrar vagando por la costa. Preguntando cosas como ¿Qué es ser un fantasma?, u ofreciendo servicios como “Si quiere le calculo cuantos nudos de cuerda necesita?, u otras menos populares como “Su ensayo está mal escrito, estaría mejor si dijera…”

            La universidad de Cefalesiosis se fundó con los fondos obtenidos. En un menhir en la entrada de la misma podía leerse “Ser culto no te hace ser interesante”.

 

Fin

sábado, 25 de abril de 2020

Xunar y la Nauplia


Leyenda Gudaguen


            Cuando era niño, Xunar, se vio obligado a mudarse a la costa. Sus padres habían conseguido trabajo como pescadores después de que una peste había estropeado las cosechas. Aunque el pescado alimentaba generalmente a todo el reino, él, siempre había sido uno de los pocos privilegiados que se alimentaban de grano y de pan. Sintió desde entonces un desprecio absoluto por todo lo que tuviera algo que ver con el mar. Quería hacerlo sufrir. Creció torturando a los animales que encontraba en las costas de diversas formas. A los cangrejos de la playa les arrancaba las pinzas y disfrutaba luego verlos deambular por días, hasta morir de hambre. Si encontraba estrellas de mar les arrancaba las puntas una por una. Se había empecinado particularmente contra los mejillones y los percebes que se adherían a las rocas de la costa y asomaban cuando la marea bajaba. Cuando los divisaba, tomaba un remo y entonces los aplastaba y destrozaba sus conchas y protecciones, sabiendo que estaban sésiles e indefensos. Los mejillones dorados eran delicados pero poseían un pegamento natural que los hacia prácticamente inseparables de las rocas. Así que sus cuerpos permanecían destruidos allí. Los percebes, morían con mayor facilidad.

            De adulto no tuvo más opción que dedicarse él también a la pesca. Respetar a la naturaleza no le interesaba. Siempre tomaba más de lo que podía vender o consumir. En ocasiones, si con sus redes pescaba peces de los que no se alimentaba, como tiburones, los devolvía al mar después de haberles cortado las aletas, condenándolos a la muerte pues no eran capaces de volver a nadar. Nunca abandonó sus costumbres de niño y pasar por la costa siempre significó perseguir a cuanto cangrejo viera para arrancarle sus pinzas.

            Sus compañeros pescadores no veían con buenos ojos las malas costumbres de Xunar. Consideraban que la diosa Simú, del océano, los castigaría. Rezaron a ella para que hiciera entrar en razón al hombre o para que disculpara sus actos.

            Llegó un día en que los pescadores, finalmente, lanzaron sus redes desde sus botes y no fueron capaces de pescar nada. Se adentraron más en el mar, pero el resultado fue el mismo. El hambre se hiso presente y también, por las noches una extraña luz solitaria que brillaba lejos de la costa, flotando a la deriva. Ningún pescador se atrevió a investigar de qué se trataba, pero asumieron que era lo que estaba asustando a los peces.

            Fue para esos tiempos que Xunar conocería a la mujer de la que se enamoraría. Algo que él hasta ese momento no había experimentado nunca. La conoció en la playa, un mediodía en el que fue a pescar y no consiguió nada, mientras se desquitaba golpeando con los remos a los mejillones y aplastando con sus botas a los percebes. Ella era alta, al igual que él. Su piel era blanca, muy pálida, parecía extranjera, pues todos allí estaban bronceados por el sol. Sus cabellos eran delgados y casi translucidos. Pero lo más llamativo era su vestido, que parecía hecho de plumas blancas, aunque no eran plumas, era algo que él no supo identificar. Aunque le preguntó varias veces de que se trataba, ella no le contestó. Xunar asumió al principio que era muda, pero se equivocaba. La mujer del vestido de plumas solo decía palabras solitarias, principalmente preguntas. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? A las que Xunar contestaba con largos discursos y ella escuchaba pacientemente. Descubrió gracias a esas pocas palabras que ella se llamaba Nauplia. Jamás había escuchado ese nombre pero también era cierto que jamás había conocido a una mujer así. Durante una semana se la encontró en las mañanas, en la playa, y lo acompañaba hasta el atardecer, cuando ella se alejaba, no sin antes despedirse con una sonrisa.

            Un día, un poco antes del atardecer, ella le pidió que la acompañara, siempre con palabras simples. Le hiso entender que quería pasear en bote. Él no se negaría. Los otros marineros le aconsejaron que no lo hiciera. Temían a la luz, que aparecía por las noches. Xunar llevaría a Nauplia hasta el fin del mundo si hiciera falta. Se adentraron en el mar, mientras él remaba con todas sus fuerzas venciendo a las olas, poco a poco anochecía. La mujer le pidió entonces que se detuviera y así lo hiso Xunar. Nauplia se arrojó al mar, delante de sus ojos, por propia voluntad. Él no supo que hacer y la buscó, desesperado, mirando hacia todos lados desde el bote, pero la noche no le permitía ver muy lejos. La extraña luz apareció, desde las profundidades. Xunar notó lo grande que era. Su corazón latía acelerado, sus músculos estaban tensos y sintió el frio del mar correr por sus sienes transpiradas. La embarcación fue embestida, no fue capaz de identificar en ese momento de que se trataba pero la criatura aparecería unos instantes después. Transparente, gigantesca, con seis apéndices extraños que salían a los lados de su cuerpo con forma de pera y con un solo ojo grande y brillante. A lo lejos, los pescadores vieron como la luz engullía al bote de Xunar.

            Se intentó una operación de rescate, sin ningún éxito. Ni los cuerpos de Xunar o Nauplia fueron recuperados, ni tampoco el bote. Se los dio por muertos y el asunto se consideró resuelto. La luz jamás volvió a aparecer por las noches, el sacrificio se había pagado. Los peces regresaron y la pesca volvió a la normalidad. El hambre fue saciada.

            Nadie olvidó a la Nauplia, pero esperaban no volver a verla. De Xunar en cambio volvieron a enterarse. Unos pescadores, meses después de su desaparición, encontraron un cuerpo que identificaron como el suyo, por su gran altura. Estaba cubierto por mejillones dorados y percebes, adherido a las rocas, justo a la altura donde la marea alcanzaba cuando era más alta. Una de sus manos sujetaba el extremo de una roca. Como si en vida se hubiera aferrado allí. Sus piernas estaban rotas, en una posición completamente antinatural. Asumieron que había sido arrastrado hasta la playa por la marea y se había aferrado a la roca para sobrevivir. Los mejillones lo habían fijado allí, y eventualmente lo habían cubierto. Apenas su boca había quedado al descubierto, por encima de la superficie del mar. Su cuerpo quedaba expuesto cuando la marea bajaba pero cuando subía, lo cubría, y aun así seguramente él había sido capaz de respirar, durante días, hasta morir. El adhesivo de los mejillones era tan fuerte que fue imposible retirar el cadáver de la playa. Permaneció allí, como un recordatorio, de la Nauplia, hija de Simú, del océano.

Fin.


Nota del autor:

Ya en el colmo del aburrimiento, durante esta cuarentena del 2020 aquí en Bogotá, he estado mirando cuanto documental me ha sido posible de cosas que consideré, podían llegar a ser interesantes. Muchos de estos documentales, audiovisuales y textos que pude encontrar, estaban relacionados con hongos, debido a una de mis últimas novelas. Pero también he estado viendo otras cosas, como un canal de youtube que habla del microcosmos, referente siempre a imágenes bajo el microscopio, muy recomendable aunque está en inglés y entre los tantos otros me vi uno, no del canal anterior, que se llama “El maravilloso mundo de los crustáceos”. Allí hablaban de crustáceos, claro, entre ellos los percebes. Ya me había enterado, por el canal del microcosmos, de los nauplios, que son la primera etapa larval característica de los crustáceos. Aunque los percebes son animales sésiles, o sea que pasan su vida fijos a alguna superficie y no se desplazan de allí, en su vida juvenil o larval si se mueven. Los nauplios son microscópicos, tienen forma de pera y seis apéndices que luego se convertirán en antenas y en la boca del crustáceo, las patas se desarrollan después. Pero lo más interesantes es que son ciclopes, tienen un solo ocelo en el medio del cuerpo que usan para ver, posiblemente solo diferencias en la luminosidad. Al momento de escribir esta pequeña nota, me entero además, de que Nauplia es una ciudad y que Nauplio, su fundador, según la mitología griega era hijo de Poseidon dios del océano. Tan lejos no estuve al “inventar” esta divinidad Lovecrafniana. Como dato de color agrego que durante la edad media y hasta la modernidad se consideró que los percebes eran la etapa larval de los gansos. O sea que esos crustáceos luego se metamorfoseaban en aves. Esto es porque para empezar los gansos migran y no se habían visto nunca los huevos de esos animales y la forma de los percebes asemeja al pico y plumas de los gansos, o eso decían ellos, (aunque posiblemente el que los domesticase si hubiera visto eso, así que no sé qué tan fidedigno es ese dato) y por qué para aquellos que practican la religión cristiana está prohibido comer carne de ningún animal que no salga del mar durante semana santa. Por esto decir que los gansos eran la etapa adulta de los percebes era una manera de poder saltarse esa restricción. Me pareció pertinente por eso que “La Nauplia” tuviera un vestido de plumas blancas de ganso cuando aparentaba ser humana.

jueves, 14 de noviembre de 2019

Ubrux

Era un instrumento de viento realizado con la concha de los caracoles eclones. No era un instrumento que permitiese una gran refinación, pero era muy común entre los festejos del reino de Gudang. Se le adosaba una boquilla de madera, hueso o incluso metálica que se ataba con cuerdas.

jueves, 29 de junio de 2017

Coral de Gudang









Eran animales ligeramente emparentados con las medusas que generaban un característico exoesqueleto de color rosado, rojo o blanco. El animal era  un pólipo pequeño, de menos de un cuarto de pulgada, que se agrupaba en grandes colonias. Cada pólipo era un individuo particular que iba generando el coral en conjunto con sus compañeros. Los pólipos poseían varios tentáculos con los que filtraban el agua de mar. La unión de muchas colonias iba formando arrecifes de coral que modificaban las formas de las costas en donde se encontraban.

Procedencia y distribución:
Reino de Gudang.


Utilización y consumo:
Ninguno. No obstante las embarcaciones humanas intentaban evitarlos para que no se destruyesen sus quillas.

Medusa común de Eiriz




Eran animales marinos de aspecto gelatinoso, transparentes, con forma de campana y cuatro tentáculos, en su etapa adulta. Poco se conocía de sus transformaciones y cambios a lo largo de su vida. Podían alcanzar el tamaño de una palma sin tener en cuenta sus tentáculos, los cuales poseían un veneno poderoso que utilizaban para paralizar a sus presas.


Procedencia y distribución:

Mar de Eiriz y alrededores.


Utilización y consumo:
Ninguno.

viernes, 26 de febrero de 2016

Nes, El enviado del océano



Leyenda Gudanguen.


Ni todo el mar de Eiriz podía distanciar a Dínmar un marinero korien y a Soará la joven hija de un pescador de Exger, una aldea costeña en Gudang, rodeada de arrecifes de coral.

Dínmar era un hombre más en la tripulación de su nave. Pero su nave era importante. Pues llevaba desde Kirun, ciudad de Koria, oro de las minas del norte hasta el reino de Gudang donde lo cambiaba por alimento, lana y algodón entre otras mercancías. Todos conocían a Dínmar en Gudang, pues por ser un korien su piel era de color oscuro y tostada y sus cabellos ámbar como sus ojos. No había nadie igual en Gudang.

Soará esperaba aquella vez como nunca la llegada de su amado a la medianoche. Dínmar se había comprometido con ella la última vez que había partido. Ese sería su último viaje, pues después de casarse se instalaría en Exger, para vivir junto a su amada.

Al atardecer los vigías del faro de Exger divisaron a la nave de Dínmar, que estaba siendo perseguida por dos navios piratas. Cuando las noticias llegaron a Soará la mujer se desesperó. Y entre lágrimas rezó a la benevolente y piadosa diosa del océano, Simú, madre de todos los mares y ríos. La mujer pidió:
—No te lleves a mi amado ¡oh poderosa Simú! Detén a estos piratas. Permite que pueda yo volver a ver a mi amado caminando por las playas de Exger. No podría vivir sabiendo que ha muerto tan cerca de mí y no he podido volver a verle, no me importa ya si nuestro amor no le importase. Solo deseo volverle a ver.

La nave de Dínmar fue hundida y los piratas, frustrados, no pudiendo robar el oro. Se dirigieron entonces a las costas de Exger. Dínmar y todos sus compañeros fueron tragados por el mar de Eiriz. Pero Simú había escuchado las plegarias de Soará y decidió intervenir. Dínmar se ahogó aun antes de llegar al fondo del mar. Simú entonces trajo su cuerpo nuevamente a la vida, pero le permitió respirar el agua del agua. El hombre ya no recordaba quien era o que había pasado. Vio a sus compañeros muertos a su lado pero no los reconoció. Vio al oro desparramado por el lecho marino, pero no comprendía su valor.

Entonces confundido se preguntó —¿Qué hago aquí?
Simú, el océano, le contestó —Estas aquí para cumplir mi misión. Fuera en tierra firme donde mis poderes no alcanzan los tuyos te necesitan. Un grupo de piratas ha tomado las costas y ahora somete a los hombres en busca de riquezas. Sé que no eres un guerrero pero eso no importa, te daré mis armas y con ellas derrotarás a nuestros enemigos —Mientras la diosa hablaba el hombre escuchaba con atención y delante de él la arenisca del lecho marino se retiró y apareció una lanza, un escudo y una armadura—. Estas son las armas de coral ellas te protegerán y te darán la fuerza para triunfar. Te llevaré hasta la costa, ahora.
El hombre no discutió y mientras era arrastrado hasta la orilla del mar preguntó —¿Y quién soy yo?
Simú le respondió —Tú no eres. Tú has sido. Pero no es justo errar por el mundo sin nombre. Así que te permitiré ser. Como te dejaré en la orilla del mar te llamaré Nes, que es el nombre que los tuyos le dan a la espuma del mar, la misma que dejo con mis olas en las costas. Debes saber Nes que volverás a respirar y caminar en la arena, pero una vez que lo hagas, no des vuelta atrás, no regreses nunca a mí. Porque volverás a ser quien eres.

Las palabras del océano lo confundieron pero eso ya no importaba. Él tenía una misión. Llegó a las costas de Exger de noche. Los piratas habían tomado la aldea y saqueaban todo lo que podían quemando los hogares de los aldeanos. Nadie esperaba a Nes, el enviado del océano.

Las armas de coral eran poderosas. Su escudo era duro como el caparazón de una tortuga, emanaba luz como los peces de las profundidades y llevaba incrustadas conchas de mar. Su armadura arrojaba una carga eléctrica como la de las anguilas a quien la tocase con su cuerpo o con cualquier arma. Su lanza llevaba una punta afilada como la cola de una raya, bordes aserrados como los dientes de un tiburón y estaba envenenada como los tentáculos de las medusas. Y todas las piezas de sus armas y armadura estaban cubiertas de adornos de corales blancos, rojos y rosados. Cuando su escudó se encendió él pudo ver en la oscuridad y también sus enemigos pudieron verlo. Arrojaron proyectiles sobre él pero pronto comprendieron que ninguno atravesaría su escudo. Cansados los piratas decidieron atacarlo con sus espadas y sables. Pero en cuanto alcanzaban su armadura se paralizaban por las descargas eléctricas y él los remataba con su lanza. Nes había matado ya a muchos piratas cuando los aldeanos lo reconocieron.
—Dínmar ha llegado para rescatarnos –gritaron—. El prometido de Soará ha venido por ella.
Soará lo reconoció, pero permaneció en silencio para que no la usasen en contra de su prometido.
El líder de los piratas gritó para que el enviado del océano lo escuchase, pero alejado de él para que no lo matase —¿Quién eres y por qué matas a mis hombres?
—Mi nombre es Nes y he sido enviado por el océano a detenerte.
—Mis rehenes gritan que eres Dínmar, no Nes, enviado del océano. –dijo el pirata.
—Simú me despertó cuando estaba sumergido en el fondo del mar rodeado de muertos y oro. Respiré el agua y caminé por una nave hundida, entonces ella me trajo hasta aquí, me dio este nombre y estas armas para detenerte.
El pirata había visto cómo sus hombres morían uno tras otro al enfrentar a Nes así que intentó negociar –He venido aquí por oro. Si tú me traes el oro que has visto en el fondo del mar liberaré a todos. No hace falta que nadie más muera. Pero si continuas con tu lucha, antes de que puedas matarnos a todos, mis  hombres se encargaran de los aldeanos, y entre ellos de tu prometida Soará. –dijo el pirata mientras sonreía.
—No recuerdo a ninguna amada. —contestó Nes.
Soará angustiada ya no pudo contenerse y entre lágrimas preguntó —¿Es que acaso no me reconoces?
Nes no recordaba nada de lo que había sido su cuerpo antes así que contestó con sinceridad –No.
               —Tú eres Dínmar, mi prometido. Y aunque tú no me recuerdes yo sí. Porque tú eres todo para mí. Recé a la diosa Simú para que te trajera de vuelta y ha cumplido. –dijo Soará en llantos.
               —Desearía poder recordarte. –contestó Nes—. La diosa me ha dicho que no regresase al agua del mar porque volvería a ser quien era. Ahora puedo ayudarte, pero como Dínmar solo soy un hombre más.
               El líder de los piratas se acercó a Soará sonriendo maléficamente –Pero como Dínmar serias amado. Ya has respirado bajo el agua, tráeme el oro y liberaré a los aldeanos y cumplirás con la misión que te ha encomendado la diosa del océano.
               Soará junto valor y se dirigió al pirata –La diosa del océano te busca pirata, no la desafíes. No necesitas a mis vecinos o a mi familia, tú solo me necesitas a mí. Te ofrezco un pacto, tú liberarás a todos en la aldea. Así demostraras al enviado del océano y a la misma diosa que eres un hombre de palabra. Yo me quedaré como garantía, si el enviado del océano no regresa al amanecer con el oro, me mataras o dispondrás de mi vida como te plazca.
El pirata rio y también lo hicieron sus compañeros —¿Realmente estas dispuesta a dar tu vida como garantía? Tu prometido dice no recordarte.
—Él hará eso por mí si tú cumples. Pero si le fallas al enviado del océano ¿Cómo te atreverás a regresar a las aguas del mar a navegar? Esa es nuestra garantía.
El pirata, que estaba impresionado por Nes, aceptó el pacto de vida. Pues no quería enfrentar también al odio de la diosa Simú. Los aldeanos fueron liberados y Nes regresó a la playa a sumergirse en busca del oro.

Los piratas llevaron a Soará a la cima de un risco donde rompían las olas del mar para ver desde allí mejor desde donde emergiese el enviado del océano. Las horas pasaron y a los primeros rayos del alba, Nes todavía no había regresado. Aunque Soará se aferrase a su amor Nes jamás regresaría. Simú había cumplido, había llevado a caminar nuevamente por las playas de Exger a su amado, pero este no la recordaba. El hombre había mal interpretado las palabras de la diosa. Dínmar había dejado de existir en su lugar ahora estaba Nes y Nes era espuma de mar. En el momento en el que Nes se sumergió en el océano se convirtió en espuma y regresó a ser lo que era.
Soará no podía saber esto. No podía pensar como una diosa. Sabiendo lo que le esperaba en manos de los piratas y completamente desolada tras haber perdido a su amado se arrojó del risco para morir en las rompientes.

Pero Simú era una diosa benevolente. Nes había cumplido con su misión y ella había visto a muchos morir en el océano y a pocos hacerlo por amor. Así que cuando Soará tocó el agua, la convirtió en un caballito de mar. Y le dio a Nes la misma forma, para que pasasen el resto de sus años juntos, perdidos entre los arrecifes de coral.


Fin