Fortaleza de Fenor; Provincia de Gono.
Dia 8 del noveno mes de 1280 del calendario de Finvir.
El
invierno todavía no comenzaba. Desde la fortaleza de Fenor, santuario de Irus la
diosa luna, podía verse el bosque del norte que se encontraba deshojado por el
crudo otoño que habían pasado. El templo
fortificado en piedras grises y azules había sido reconstruido
finalmente. Hacía meses el rey orco, Murgthiz, había atacado y las murallas
habían cedido antes sus catapultas. Murgthiz había muerto y su ejército había
sido aniquilado. Pero muchos de los soldados habían fallecido y el ejército de
Fenor todavía debía reponerse. El rey Urael había decidido permanecer en el
lugar hasta que la fortaleza fuera debidamente reconstruida. Pero seguía
teniendo un reino a su mando y todo Fenor había sentido el ataque del rey orco.
Había mandado a traer albañiles y artesanos de todo el territorio que gobernaba
para que ayudasen a la reconstrucción. Los laboriosos hombres levantaron una
vez más los muros de piedra hasta el cielo. Y el templo resurgió.
Fenor
significaba “alianza”. El reino era en realidad la unión de cuatro reinos que
hacia siglos se habían unido por acuerdo de todas las partes. Gono al oeste,
Niceria al sudeste, Feceria al sur y Koria al norte. Estos antiguos reinos
ahora debían ser considerados provincias, pero muchos seguían llamando reinos a
sus tierras y reyes a sus gobernadores, aun tras el pasar de los siglos. Cada
provincia poseía un gobernador, una capital y varias ciudades y aldeas. Las
tierras cultivables y rentables estaban a cargo de terratenientes que las
controlaban, no obstante el verdadero dueño de las tierras siempre era el rey.
Era muy poco común que los reyes de Fenor revocasen los títulos de propiedad, así
mismo la “alianza” no se había dedicado a expandirse territorialmente desde que
se había formado. Así las tierras se heredaban durante las generaciones y las
familias más nobles de la corte solían llevar el nombre de sus tierras en sus
nombres. El culto a la Luna y al Sol estaba esparcido por todo el reino y los
santuarios eran comunes en las ciudades más importantes. La fortaleza de Fenor
estaba ubicada en Gono la provincia del oeste. El rio grande que recorría del
norte al sur la parte oeste de Gono y lindaba con la capital del reino y con
Lurand, entre otras ciudades y aldeas, era el límite con Denjiia su reino
hermano. Mucho antes que la alianza se formase Denjiia y Gono habían sido una
sola y poderosa nación, Gojiia, pero las diferencias políticas habían dividido
al reino. El lenguaje usado por los hombres de Kiem, el mundo conocido y
aceptado, era el de los Gojiien que habían conseguido expandirse por medio de
alianzas matrimoniales y conquistas militares por casi todos los territorios. En
Denjiia jamás aceptaron la alianza con los reinos del este que adoraban al dios
Sol, Kun. No obstante las buenas relaciones entre ellos habían durado siglos y
las defensas en Gono y en casi todas las provincias eran escasas. Para llegar a
Fenor por tierra, primero habría que atravesar Denjiia y esto resultaba
bastante difícil. Pero el reciente ataque había generado paranoia entre la
población y Urael había decidido fortificar más la frontera con su vecino.
Antes hubiera sido considerado un acto de guerra pero después de la muerte de
uno de los embajadores de Denjiia en uno de los atentados de Murgthiz ambos
reinos habían decidido aumentar sus defensas. Fruel Kiillar padre de Urael
había hecho construir un sofisticado sistema de torres vigías que transportaban
mensajes a través de señales de diferente índole por todo el reino. Así
mantenía contacto con otras provincias de manera relativamente inmediata. Y las
noticias corrían esos días más que nunca.
—¡Guy de Montevid!
—exclamó el rey con una sonrisa en su rostro—. Joven guerrera de Fenor. Tu noble
familia ha estado en la guardia real desde incontables generaciones atrás. Y las
vides de tus tierras todavía abastecen de vino mis bodegas. —Urael había
terminado de almorzar, y un grupo de jóvenes se llevaba los platos de la mesa
en ese momento. La Mayor de Montevid permanecía de pie delante de él.
—Mi abuelo y
yo estamos todavía aquí para defender la frontera del reino y a ti mi rey.
Urael apoyó sus manos en el trono
y se acomodó. Desajustó un poco su cinturón y continuó:
—Sí. No tengo
dudas de eso —Hizo una pausa—. Debo preguntarte algo. ¿Has estado en Kirun
alguna vez?
—No señor,
jamás he estado en la capital de Koria. No conozco el este del reino. Apenas
conozco mis propias tierras, señor.
—¡Ohh! Pues te
encantará Kirun. Kirun es una ciudad hermosa repleta de maravillas. Es una
ciudad dorada. Es rica y su puerto es uno de los más importantes del reino. Los
artesanos han trabajado cada detalle de los edificios reales y allí encontrarás
el más grande de los templos del sol que existe en Kiem.
—¿Acaso voy a
visitar Kirun? Señor.
—Si —dijo el
rey sin más intermediarios—. Estas son tus ordenes —Urael extendió su mano y le
ofreció un documento. Luego explicó—. El reino está en problemas Guy, aunque
hayamos ganado, la terrible batalla que enfrentamos nos ha debilitado. Muchas
cosas deben hacerse, pero la primera es recuperar la moral de los habitantes
del reino. Hay miedo en sus corazones y eso no es bueno. Tus órdenes son
sencillas. Viaja hasta Kirun y encuéntrate con Ilman, su gobernador. Estarás
allí cuarenta días al menos así que prepárate para tal cosa. Necesito que me
traigas un parte del estado de la ciudad, confío en tu criterio. Las noticias
que recibo de la ciudad son cada vez más confusas. Durante tu trayecto a Kirun recluta
cuantos hombres puedas, debemos engrosar las filas de nuestro ejército hasta
recuperar lo que hemos perdido cuanto antes. Una parte de estos hombres deberá
quedarse allí y otra volverá contigo aquí, la población de la ciudad es
numerosa. Mientras estés en Koria te rodearás de la nobleza del lugar. Habrá
fiestas, ceremonias y otros eventos públicos y espero que asistas a todos
ellos, no como Guy la soldado, sino como Guy la noble. Serás mis ojos allí.
Quiero que veas al pueblo y al reino, pero también a sus nobles. Y solo confío
en ti para esta misión.
—¿Señor?
—Fenor necesita
un héroe que genere confianza —Guy no entendía—. Guy,…-el rey habló suavemente—.
Tú eres la heroína de la batalla de Fenor. Los bardos cantarán canciones sobre
ti durante generaciones. Tu lanza mató a un dragón. Cien hombres no pudieron
con él, pero tú lo acabaste con un golpe. Yo soy un rey y por eso me respetan porque
deben hacerlo, mi palabra es ley. Pero a ti te aman porque eres inspiración.
Eres una leyenda que camina, ve hasta Kirun y déjate ver por el pueblo.
—Preferiría
matar otro dragón. No sé nada de bailes o cosas similares —Guy observó sus
manos llenas de heridas y cortes de espadas y no podía imaginarlas con anillos
y guantes de seda.
—Aun así, hoy
es la mejor forma de servir a tu reino.
Guy se inclinó
ante el rey —Entonces así se hará.
—Muy bien. He
preparado para ti a un grupo que te acompañará. Un médico y una escriba, que
será además tu dama de compañía, te ayudará en cuestiones de moda y cosas
similares. He dispuesto para ti, diez hombres que se han ofrecido como
voluntarios y a un capitán. Las provisiones y el equipo estarán listos para mañana
al alba. Despídete de tu abuelo y prepárate para esta misión —El rey reverenció
con su cabeza a Guy y la joven se inclinó ante él nuevamente—. Hay algo más
Mayor —Urael removió uno de sus anillos y lo ofreció a la mujer que lo tomó con
delicadeza—. Este es el anillo del emisario. Allí donde fueras si exhibieses
este anillo sabrán que te he enviado yo, que hablas por mí y me representas.
Cualquier sellista de Koria lo reconocería y así también sus clérigos. Cuando
tu misión termine me lo devolverás, mientras tanto cuídalo con tu vida, de
alguna forma él también protege la tuya.
Guy observó el anillo con el
emblema de la casa de Kiillar, que eran tres árboles. Literalmente “Ki”
significaba tres e “illar” significaba árbol. El nombre de la casa de Urael era
“Tres Árboles” y se remontaba a una antigua leyenda Nicerien, pues Urael era de
la provincia de Niceria. Cuando el rey terminó de explicarse Guy se colocó el
anillo en el dedo anular de la mano derecha y se inclinó ante Urael. Sin nada más
que decir, se retiró para poder acomodar sus asuntos.
No
había tiempo para que Guy regresase a sus tierras a buscar nada, no si debía de
partir al día siguiente. Consideró que Urael debería de estar preocupado y con
mucha urgencia para que la enviase sin aviso a una misión de este carácter. La
información que le había dado era escasa y los documentos que le había
entregado eran formalidades para presentar en Kirun y ante los gobernadores de
otras ciudades.
La
familia Montevid, al menos los miembros más respetados de su casa, tenían
residencia permanente en la Fortaleza de Fenor desde hacía generaciones.
Shires, abuelo de Guy, y ella eran los únicos que ocupaban las habitaciones
destinadas a ellos en ese momento. Las tierras de Montevid eran manejadas por siervos
y algunos primos lejanos de la joven. Después de su abuelo ella era la única y
legitima administradoras de esas tierras. Los padres de Guy habían muerto hacia
quince años en una epidemia, ninguno de los dos había sido militar. Shires era
su abuelo materno. En Fenor el apellido o nombre de la casa podía heredarse
tanto por la madre como por el padre o poseer incluso ambos, aunque esto era
muy poco frecuente. Shires se había hecho cargo de la única nieta que le
quedaba y la había educado como lo habían educado a él, como a un militar. Guy
guardaba buenos recuerdos de las tierras de su familia, pero con el pasar del
tiempo las temporadas que pasaba allí eran cada vez más cortas. Shires había
procurado que la joven se formase además en otras disciplinas, tales como los
conocimientos de la fabricación del vino y el cultivo de la vid, idiomas,
historia y geografía. La educación rígida y estricta que había recibido había
formado en ella un carácter cerrado. La casa de Montevid era una casa de gente
de honor y fieles servidores a la corona y a la dinastía Kiillar. Era una
familia acomodada y pudiente, poderosa y reconocida por todos e intachable. Guy
lo sabía y estaba acostumbrada a ser tratada con ese reconocimiento. En la
capital del reino nadie osaría tratarla de otra forma, pero fuera de allí quizá
fuera diferente. Guy todavía no lo sabía, ni se había puesto a reflexionar
sobre eso. En su habitación, compartió una taza de café con su abuelo y le
comentó sobre la petición del rey, sobre sus órdenes y sobre que debía partir
al alba. Shires estaba tan complacido como orgulloso. Las órdenes de Guy
implicaban que solo ella de su casa, fuera a esta misión no solo su abuelo no
podía ir, sino que ningún hombre bajo su cargo tenía permitido acompañar a Guy.
Urael no quería debilitar su posición. Si bien los reyes de Fenor tenían una
guardia personal, una armada propia de su familia y la protección del campeón
de su reino y sus guerreros, título que había quedado bacante tras la muerte de
Nuel Livir en la batalla contra el rey orco, los ejércitos del reino se
formaban convocando a las familias. Cada familia noble poseía un número
asignado y determinado de hombres que los servían de diversas formas, algunos
eran labriegos o campesinos, otros eran soldados. El estado no financiaba a los
ejércitos, sino que lo hacían las familias nobles. La corona y los nobles
mantenían una relación de conveniencia mutua. Pues el poder del rey dependía de
la aprobación de los nobles y a su vez estos recibían beneficios de la realeza.
Los hombres al servicio de los nobles eran libres de renunciar a sus puestos y
ponerse al servicio de otros. Ningún hombre era esclavo en Fenor. El rey había
pedido a Guy que reclutase hombres, esto significaría que todos ellos serían
voluntarios y que además Guy debería de encontrar la manera de financiarlos,
pues les debía un salario, alimentos y protección, además de armarlos. Estos
hombres y mujeres, si serían financiados por el estado, esto era poco común y
de seguro muchos se resistirían. Representaba un aumento en los impuestos y que
el poder militar de las familias quedaría relegado, ya que el rey pensaba tener
sus propios hombres. Shires se despidió de ella, sabiendo que no podría
acompañarla y se dirigió a sus tierras inmediatamente. Guy pasaría la noche,
sola reflexionando.
Su habitación
era austera y los siervos tenían prohibido entrar en ella. Su cama era grande y
estaba bien arreglada por ella. Había un escritorio con varios libros de
diversos temas, plumas, papel, tinta, varias conchas de caracoles marinos que
ella misma había recolectado y algunas cartas. Un arcón con sus prendas de
todos los días. Apoyados sobre una pared y desparramados por el piso había
decenas de obsequios diversos que había recibido por parte de los habitantes de
la fortaleza. También había una ventana que daba al noroeste y desde la cual se
podía ver el patio de armas y a lo lejos, sus tierras. Estaba feliz de haber
recibido tal misión, su trayectoria militar había sido principalmente en la
fortaleza, estaba acostumbrada a dar órdenes, pero tenía dudas. A pesar de sus
hazañas y de que muchos militares de alto rango habían muerto no había sido
promovida de su rango, pues seguía siendo solo una Mayor, que era uno de los
rangos más bajos para la nobleza. Sus habilidades como diplomática jamás habían
sido exploradas. Hubiera sido más sencillo y más prudente enviar a un
diplomático y a ella que lo escoltase. Quizás al rey ya no le quedaban hombres.
Había sido elegida porque había matado a un dragón en batalla, el rey había
sido claro en eso. Antes solo era una más entre los nobles y guerreros que deambulaban
por los pasillos de la fortaleza. El rey no era el único que se había fijado en
ella. Caminó hasta la pared donde descansaban los obsequios y quitó la tela que
cubría un maniquí. En él estaba montada la armadura de escamas de dragón, el
que había matado, que habían hecho los enanos de La Orden del Gato Azul para
ella. Solo se había probado dos veces la armadura de escamas de dragón, la
primera vez para que los enanos hicieran ajustes en ella y la segunda para ver
cómo habían quedado estos ajustes. Las escamas negras y rojas hacían que la
armadura fuera muy llamativa en contraste con las grises y azules de Fenor. Los
colores de su familia eran el verde y el dorado y tampoco eran algo acertado.
Siempre podía colocarle telas por encima pero solo la volverían incomoda. Los
enanos también habían trabajado la lanza con la que había matado al dragón, con
la punta endurecida por la sangre del monstruo. Con esa armadura y esa lanza
Guy estaba mejor preparada que la mayoría de los guerreros que alguna vez había
conocido. Según le habían dicho esa lanza ahora era más dura que cualquier
acero y su armadura la protegía del calor y del frio, además de repeler la
magia, al menos de manera directa. El líder de LODGA le había ofrecido ser
parte de ella, pero Guy se había mostrado bastante reacia al asunto. Ella
servía a Fenor y a su rey. La orden servía a la aldea de Lurand en un principio
y estaba compuesta en su mayoría por extranjeros. Su estadía en el palacio de
plata, hogar de la orden del gato azul, había sido corta. Había sido llevada
allí para que las heridas que había dejado el dragón sanasen con las
propiedades curativas de las piedras del palacio. Su líder había partido mucho
antes que ella estuviese completamente recuperada y no había tenido oportunidad
de contestarle. Al regresar Neilad, el líder de LODGA, de su viaje le escribió
a la fortaleza. Ella contestó con muchas dudas e interrogantes. Neilad volvió a
contestarle, sobre el escritorio todavía estaba la carta que el hombre había
enviado. La última carta que Guy había recibido y todavía no había contestado.
Dejó caer la tela al suelo y se acercó ahora al escritorio. Tomó la carta y la
leyó en voz baja para ella misma.
Estimada dama de Montevid, las preguntas que
me haces tienen muchas respuestas, todas ellas válidas. Pero, se me ha enseñado
que la reflexión es el camino a la verdad.
Te preguntas: ¿Cómo puedes servir a la orden
del gato azul y al mismo tiempo servir a tu reino?
En la vida eliges a muchos por quien ser. Al
menos eso hace la gente afortunada. ¿O acaso no es capaz la gente de amar a sus
padres, a sus amigos, a sus amantes o a sus hijos al mismo tiempo? Si alguna
vez la orden se opusiera a Fenor deberías de elegir, pero no lo hace ahora.
Te preguntas: ¿Cómo puedes llamar hogar al
palacio de plata si no vives aquí?
No olvides que tú no vives tampoco en
Montevid, pero no por eso es menos tu hogar.
Servir a la orden del gato azul no
interferirá con tus órdenes y tu servicio a la realeza. Nosotros no ordenamos,
nosotros escuchamos a los que nos necesitan y actuamos por ellos. Cualquier
causa inspirada en la compasión, es una causa justa para La Orden del Gato
Azul. Te he ofrecido ser parte de nuestra hermandad porque cuando te encuentres
ante una causa digna de nuestros actos, siempre será mejor que estés acompañada
por hermanos que te ayuden a sobrellevarla. Para que nunca más debas matar sola
a un dragón. Muchos tienen el potencial, pero tú, has sido probada por fuego.
Recuerda que cuando debas cumplir con tu causa, la de los justos, aquellos que
te ayuden a cumplirla, serán tus hermanos. Tú has probado ser mi hermana y por
eso así te llamo.
Desde el momento que elijas llamar al
palacio de plata tu hogar y hasta que dejes de hacerlo, serás llamada hermana
de La Orden del Gato Azul.
Dejó
la carta sobre el escritorio nuevamente y volvió a recorrer con la vista la
habitación. Detuvo su mirada en varios recipientes cerámicos, dejados cerca de
la armadura y su lanza. En ese momento decidió que se llevaría de esa
habitación. Se dirigió hacia el pasillo que comunicaba todas las habitaciones
hasta encontrar a una sierva a la que ordenó que le despertasen una hora antes
del alba. Guy podía hacerlo sola pero esta vez no quería arriesgarse. Faltaban
seis horas para partir.
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