Puente de Bridan, provincia de Koria.
Dia 28 del noveno mes de 1280 del calendario de Finvir.
El
gigantesco puente estaba frente a ellos. Para quien no lo hubiera visto antes
era difícil imaginar las dimensiones de tal obra. Una división completa de cuarenta
hombres podría avanzar fácilmente al mismo tiempo por él sin cubrir del todo su
ancho. A su vez el cañón del rio muerto separaba un extremo del otro a más de
doscientos pasos. Nin que viajaba al lado de Guy le indicó señalando con su
dedo índice.
—¿Puede ver allí?
Del otro lado del rio. Hay una pelea. Y los hombres que están luchando llevan
los colores de Fenor y la banda blanca de Koria.
—Si puedo
verlos.
—Los herejes
rebeldes están atacando a los soldados del reino. —gritó uno de los sacerdotes
del sol que los acompañaba.
Guy había
aprendido a ignorar a los clérigos por lo que no contestó. Simplemente alzo su
lanza —Guerreros allí hay hombres que nos necesitan. No sé quiénes son los
enemigos pero puedo decirles quienes son nuestros amigos. Vayan por los hombres
que atacan a nuestros hermanos.
El disminuido
grupo de soldados de la guardia de Kirun que estaba siendo superado en número
por los rebeldes estaba rodeado. Los soldados de Guy golpearon las líneas de
los rebeldes. Los que antes superaban en número a sus enemigos se vieron ahora
abrumados por el poder del ejército de Fenor. Los soldados más experimentados
habían sido puestos delante y con facilidad vencían a los rebeldes. Y detrás
habían quedado las tropas sin entrenar recién reclutadas junto con Nebrà, Ilko
y los otros hombres que se movían en la pequeña campaña. Guy y Nin cruzaron
también sus espadas con los enemigos que no ofrecían demasiada resistencia y
pronto consiguieron alejarlos. Estaban en posición de perseguirlos pero Guy no quiso
dar esa orden, no sabía nada de lo que estaba sucediendo y había obrado solo en
defensa de aquellos que llevaban sus mismos colores. El puente de Bridan
separaba ahora a los guerreros que habían entrado en batalla de aquellos que se
habían quedado atrás. Las tropas de la guardia de Kirun se reorganizaron. Un
jinete se adelantó de entre ellos y quitó el yelmo de su cabeza.
—Saludos mayor
de Montevid. Los estábamos esperando. —dijo la mujer. Guy se detuvo un segundo
a observarla. A pesar de que había visto a otras mujeres dentro del ejército no
era algo común. Ella ostentaba su rango por ser una noble. Pero la mujer que
estaba delante de ella no llevaba ninguna insignia que la reconociese como a
una oficial superior. Era alta, mucho más que ella. Guy siempre había sido de
baja estatura pero de músculos fuertes y fibrosos. Y así como ella llevaba sus
cicatrices en el hombro la mujer que estaba delante de ella las llevaba en la
cara. En su mejilla izquierda algún enemigo había dejado su marca. Pero su
rostro era aún más extraño que eso. Sus cabellos eran algo crespos y de color
rubio pero por arriba de su frente un mechón blanco caía y le estorbaba la
vista, casi como si no le molestase con tal de tapar su cicatriz. Guy observó
con más cuidado y notó que su ceja derecha también era en parte blanca. Y su
piel oscura en ocasiones se volvía completamente blanca. Estaba vestida con los
colores de la ciudad pardo y amarillo y con la distintiva banda de color blanco
de Koria y con una armadura ligera de cuero reforzado en algunas partes pero
que principalmente era de tela. Incluso llevaba guantes como si no desease que
ninguna parte de su cuerpo fuese vista. Guy se dio cuenta que la mujer había
notado su curiosidad pero que al mismo tiempo debía de estar cansada de dar
explicaciones. La jinete siguió hablando—. Yo soy Texu de la guardia de Kirun y
estos aquí son mis hombres.
—Pues si sabes
mi nombre no me hace falta presentarme. Él es el capitán Nin. Hemos partido de
Fenor hace ya varios días y este es el primer conflicto que encontramos.
—Tendremos
tiempo de explicar nuestra situación pero ahora debe traer al resto de sus
tropas de este lado del puente de Bridan, Mayor.
—¿Existe algún
peligro que desconozcamos? Los rebeldes ya han sido ahuyentados, todavía puedo
verlos correr.
—Solo a una
parte de ellos ha podido ver. Ocultos en el cañón del rio están los demás y son
miles recibirán un ataque de ellos antes de que se den cuenta.
Guy se paró
sobre los estribos del caballo para poder ver más y alzó su lanza nuevamente
llamando a las tropas a reunirse con ellas. Pero cuando comenzaron a moverse
una lluvia de proyectiles comenzó a caer. Una flecha hirió a uno de los
sacerdotes del sol que comenzó a gritar y los hombres que todavía no estaban
entrenados perdieron formación y comenzaron a correr aterrorizados. Y antes de
que se dieran cuenta más rebeldes
salieron a buscarlos tomando las carretas con las provisiones. Nebrá, la
escriba tomó las riendas de los caballos para que el soldado que estaba guiando
pudiera desenfundar su arma. El bardo buscó cualquier objeto que pudiera usar
como arma en la carreta y se conformó con dos sartenes unidas, no sabía que
eran pero en ese momento no importaba. Aunque Nebrá intentaban avanzar la avalancha
de rebeldes detrás de ellos los alcanzaba y por delante sus compañeros corrían
hacia cualquier lado.
Guy
sorprendida por la emboscada envió de nuevo a sus caballeros contra los
rebeldes. Pero antes de que pudiera reaccionar, Texu ya le sacaba varios
cuerpos de ventaja. Y detrás de ella el resto de sus hombres. Los rebeldes
tomaban todo cuanto podían. Algunos de ellos estaban a caballo pero la mayoría
atacaba a pie. Se habían subido a la carreta donde viajaba Nebrá e Ilko y se
lanzaron contra el soldado que estaba con ellos que superado en número
finalmente cayo. Intentaron tomarlos prisioneros pero en ese instante apareció
Texu y desde arriba de su caballo luchó contra los rebeldes. El bardo golpeó la
cara de uno los rebeldes intentando proteger a Nebrá. Los demás que luchaban
contra Texu notaron esto. Ante los ojos de la jinete Ilko desapareció siendo
tironeado de su brazos a la multitud de rebeldes. Texu siguió luchando con
fiereza pero no podía hacer nada por él, solo mantener su posición. Guy y los
demás hombres de Fenor llegaron y las cosas volvieron a cambiar. Las dos
guerreras se encontraron nuevamente en el campo de batalla. Texu señaló entre
la multitud de rebeldes a un hombre vestido con una armadura completa.
—Ese es uno de
sus líderes. Lo hemos estado buscando.
—Acabemos con
esto de una vez –contestó Guy. Nin venía detrás de ella—. Abran un espacio
entre las filas enemigas. Dejen a mi alcance a aquel hombre. –Nin asintió y sus
hombres embistieron entre la multitud. Mejor equipados y armados no les fue
difícil empezar a hacer retroceder a los rebeldes. Guy colocó su lanza en
posición de carga.
—No te fíes de
él ya que es un noble entrenado al igual que tú y está completamente armado.
–Gritó Texu. Pero Guy ya se había lanzado al ataque.
El jefe de los
rebeldes vio venir a la mujer que se movía dentro de las formaciones enemigas
como si no le importase que sus enemigos la rodeasen cerrando la brecha que se
había abierto y dejándola atrapada. Tenía tiempo suficiente para verla llegar y
no sería sorprendido. Pero cuando la lanza de Guy alcanzó el escudo del hombre
este simplemente se quebró y la lanza atravesó el cuerpo del hombre. Guy no
cargaba cualquier lanza. Sus caballos chocaron y el hombre moribundo cayó de su
montura. Guy quedó sola entre las tropas del enemigo pero antes de que pudieran
hacerle daño Texu, Nin y los demás caballeros habían llegado tras ella. Y a su
paso el ejército de rebeldes retrocedía. Llegar a Kirun no había resultado
difícil. Irse de allí sería una historia diferente.
Muchos
hombres habían muerto en el enfrentamiento. Entre ellos el sacerdote del sol
que había sido alcanzado por la flecha. Otros como Ilko habían desaparecido.
Guy lamentó más la ausencia del segundo. Cuatro de los jóvenes que habían
partido con ella también habían muerto, Cerner, Antir, Mirub y Zaseff. Pero
todas las bajas se habían hecho notar. Acomodaron los cuerpos a un costado del
camino y los despojaron de armas y equipo. Vendrían después por los cuerpos
para la apropiada ceremonia fúnebre. No había nada más que hacer que dirigirse
a Kirun y así lo hicieron. Perseguir a los rebeldes nunca había resultado para
los guardias de Kirun y no resultaría ahora. Solo dividirían las fuerzas innecesariamente.
—Has luchado
bien. Es bueno saber que las pocas mujeres del ejército de Fenor son así de
fuertes. —dijo Guy dirigiendo un elogio a la jinete, mientras se preparaban
para marchar.
—Usted no lo
ha hecho mal tampoco. Las historias sobre su coraje no han sido puras
exageraciones.
—Estos hombres
que los atacaron, ¿Son los rebeldes de los que he tenido noticias?
—Sí. Y ha
visto solo a una parte de ellos. Pero hay más ejércitos en estas tierras
buscando apropiarse de ellas de los cuales preocuparse.
—¿A qué te
refieres?
—Nuestro
gobernante Ilman está bajo la influencia de un poderoso sacerdote y hechicero
del sol llamado Guipac. Y por esto gobierna con mano dura y con terror la
hermosa ciudad de Kirun. No sé nada de usted más que es una heroína de la
batalla de Fenor pero no voy a esconder el hecho de que no me agrada lo que
hace este hechicero. La gente que enfrentamos son aquellos que no están de
acuerdo con la política de terror que ahora gobierna la ciudad. Y no hay solo
pobres campesinos también están los nobles a los que Guipac le ha robado sus
tierras. No justifico la violencia de sus actos pero puedo entender porque
suceden estas cosas. Ilman ha permitido que Guipac reclute hombres para su propia
guardia personal. Los controles del hechicero son tan misteriosos que ya hemos
perdido noción de muchos de sus actos. No sabemos cuan vasta es su escolta de
guardaespaldas y ha llegado el punto de nombrar clérigos a hombres de armas
solo por el servicio de sus espadas.
Guy había sido
advertida de estos hombres pero le extrañó la soltura con la que la mujer delante
de ella hablaba —Tus palabras podrían costarte el puesto y hasta el exilio. Si
los clérigos de Kirun son lo que dices o si yo acaso quisiera llevarte a la
corte por insubordinación hacia tus superiores y gobernantes. No me conoces.
—Cierto y usted
tampoco a mí. Pero lo que soy pronto lo descubrirás en Kirun y prefiero que se
entere de lo que pienso por mi propia voz. Hay suficientes cuervos dando
vueltas que estarán dispuestos a intentar engañarte. Difícilmente se
arriesgarían a ejecutarme en Kirun. No por ahora, por lo menos. Usted tienes su
reputación de mata-dragones, pero yo tengo la mía. Y el ejército real todavía
me apoya. Además si fueran a perseguirme tienen mejores motivos para hacerlo
que mis pensamientos.
—¿Cómo es eso?
–Si Texu deseaba hablar ella la dejaría hacerlo. Ahora lo que necesitaba era
información. También aliados y hasta el momento no creía que encontraría
ninguno entre los rebeldes o los clérigos. Y Guy respetaba las armas y el
coraje.
—Soy una mujer
maldita por el sol.
—Lo siento
pero no estoy familiarizada con las costumbres de sus tierras. Deberás
explicarte más.
—Ya ha visto
mi rostro y su ausencia de color en varias partes de él y puedo asegurarle que
el resto de mi cuerpo es igual. El invierno es un buen momento para mí. Pero en
verano cuando dios nos abriga más, mi piel sufre por sus rayos debido a mi
enfermedad. Guipac ha convencido a todos que se debe que me opongo a sus
mandatos. Que ha sido un castigo del sol. Aunque siempre he sido una fiel
servidora del dios sol.
—¿Piensas que
no ha sido un castigo?
—No sé. Pero
es mejor ser ignorada por un dios que despreciada por él. Aunque algunos
consideren que el odio de un dios es mejor prueba de su existencia que la
benevolencia del mismo —Texu miró hacia
la ciudad de Kirun—. Debemos apurarnos a llegar. Los rebeldes no se alejarán
del puente. Por eso nosotros debemos hacerlo.
El hombre despertó
agitado. En batalla alguien lo había golpeado en la cabeza y sin darse cuenta había
caído del puente, y posiblemente había sido dado por muerto por sus captores.
Su cuerpo le dolía en todas partes y su cabeza sangraba. El terreno inclinado y
la escasa vegetación habían amortiguado en parte su caída. Estaba desorientado podía
ver el puente a su lado pero sintió que sería una hazaña subir hasta él
nuevamente. Hacia frio y necesitaba recuperarse. Abajo el rio lo llamaba. Quizás
un sorbo de esa agua helada y pura lo ayudaría. Le costó descender pero una vez
allí sacio su sed y se estremeció con el frio del agua. Miró al cielo, era de
noche y estaba solo en una tierra que desconocía, posiblemente rodeado de
enemigos. Recordó entonces una vieja tradición. Tomó la moneda de plata con que
Guy había pagado sus servicios. Una de las pocas que había tenido alguna vez en
su pobre vida y la arrojó al rio. Luego pidió un deseo.
—Que alguien
me ayude. —dijo, como si al decirlo fuera más real que simplemente al pensarlo.
Pero lo hizo en voz baja por costumbre para que nadie escuchase. Pero nada
sucedió y permaneció de pie con el rio corriendo entre sus piernas. El frio ya
no le importaba.
De pronto el
viento sopló y sus músculos temblaron, sentía ahora todavía más frio. Y el rio
que corría tranquilo de pronto se puso más fuerte y el agua comenzó a moverse
con más velocidad. Cada vez más y más hasta que se vio obligado a moverse en el
sentido de la corriente o a salirse. Pero decidió quedarse y ser guiado por el
rio. Caminó hasta alejarse del puente. Cada vez que se detenía el rio empujaba
con más fuerza. Podía sentir que algo estaba sucediendo algo que no podía
entender pero que estaba ahí. Dio un último paso y algo se interpuso en su
camino. Casi cae de boca al agua. Metió su mano dentro del agua. Era de noche y
no podía ver nada. Algo estaba clavado allí. Sus dedos recorrían el mango de lo
que fuera que estuviese incrustado. E instintivamente sujetó con fuerza e
intentó quitarlo. Pero no quería salir. Sujetó con sus dos manos y con toda la
fuerza que pudo y extrajo por fin su obstáculo. Era un espada. Una espada
milenaria que había sido arrastrada por el rio seguramente hasta donde estaba él.
Completamente arruinada y oxidada. La moneda de plata que había arrojado al rio
valía mucho más que el pedazo de metal que tenía en sus manos. Fue una gran
desilusión. Pero antes de que la soltase el viento sopló nuevamente desde sus
espaldas.
—¿Quién eres tú?
— susurró el viento. El hombre se estremeció y sujetó con fuerza la espada—.¿Quién
eres tú que dejas ofrendas al río? —dijo nuevamente la voz.
—¿Yo? —preguntó
temblando el bardo.
—Si ¿Quién
eres tú? —repitió el viento en susurros.
—Yo no soy
nadie.
El viento
soplo más fuerte todavía como si el mundo se hubiera enojado —No te he
preguntado quien no eres. ¿No tienes acaso un nombre? Incluso yo tengo un
nombre aunque hace más de mil años que nadie lo pronuncie. ¿Quién eres tú?
—Soy un bardo
de Tulis en una misión a las tierras de Kirun. Mi nombre es Ilko.
—Kirun…-Murmuró
la voz en el viento, melancólica.
—He caído del
puente de Bridan, estoy solo y perdido. Y el frío me congela los huesos…
—¿Bridan? —preguntó
la voz. El hombre quiso contestar pero la voz no se lo permitió —Tantos años
han pasado que hasta han olvidado como pronunciar el nombre verdadero de quien
construyo ese puente. Breadan era el nombre –Aclaró–. Que en el antiguo idioma
de estas tierras significaba el jinete celeste. Y esa espada que llevas en tus
manos, es su espada. La espada de Breadan.
—¿Eres el dios
del viento? —preguntó el hombre que pensaba que estaba soñando.
—No —dijo la
voz—. Soy el río que corre a tus pies. Tú me ofrendaste metal y yo te he
devuelto metal. Te he dado esa espada. Sé que piensas que es poco. Que está
destruida y que no servirá en batalla pero te equivocas.
Ilko se tomó
la cabeza con una mano mientras que con la otra todavía sostenía la espada. No
entendía nada de lo que estaba sucediendo. Preguntó —¿Cómo? ¿Por qué haces
esto?
—Voy a
contarte una historia —dijo el río—. Estas tierras han tenido guerras, miles de
ellas. Todas las razas se han matado y han encontrado motivos para hacerlo en
las cosas más ridículas. Y la raza de los dioses no es una excepción. Pero la
más cruenta de todas las guerras sucedió hace ya mucho tiempo. Y los héroes de
todas las razas se forjaron en ella. Los hombres que alguna vez fueron pocos se
esparcieron a estas tierras deshabitadas. Y uno de ellos fundó la ciudad que ahora
llamas Kirun, pero no siempre tuvo ese nombre. Y durante muchos años yo fui el
dios de aquí, y los hombres de estas tierras me ofrendaban alimentos y muchas
otras cosas. Pero un hombre llegó, un guerrero fantástico conocido como
Breadan. Su familia era noble y su porte deslumbrante. Él era el defensor de
estas tierras que bajo su mando estaban. ¡Pobre mortal! —exclamó el río—. Kirun
construyó una ciudad para él. En las montañas del norte donde están los
glaciares. Nadie podía sitiar una fortaleza en el más frio hielo. Pero sus
hombres no morirían por que contaba con la ayuda de Kirun. La hija del sol. Ella llevaría las
llamas eternas del sol al centro de su fortaleza y la fortaleza se convertiría
en una ciudad. Una ciudad rodeada por el frio eterno donde el mal no podría
llegar jamás.
—¿Y qué paso
después?
—Después…—meditó
el rio— Llevó a su ejército hasta ahí. Un puñado de hombres. Los mejores. Él
era la salvación de los hombres. La salvación de estas tierras contra el mal
que avanzaba. Pero cometió un error. Nunca tuvo que enamorar a Kirun. Ella no
le pertenecía.
—¿No? — preguntó
el hombre.
—¡No! —gritó
el rio—. Ella era mi mujer. Así que Breadan, el jinete celeste, enfrentó a la única
criatura que podía vencerlo. Un dios. Junté todas mis fuerzas y detuve las
aguas. No hubo más corrientes, no hubo más nada. Y las aguas se juntaron al pie
de la montaña cada vez más y más y de a poco se fueron congelando. El invierno sorprendió
a Breadan en su propia fortaleza. Y el hielo selló su entrada con él dentro. Así
se quedó por siempre. Sin Kirun, como yo. Así lo maldije yo. Y antes de morir
de frio, encolerizado y con todo su odio arrojó su espada al hielo sabiendo que
era yo su perdición. Por ese golpe mi fuerza se debilitó. Y es por esto que
todavía corre algo de agua por este rio muerto que es la única que deshiela de
la herida que provocó Breadan. A través de los años la espada viajó por la
corriente hasta que se quedó aquí como una espina en mi cuerpo. Yo les robñe un
héroe a los hombres y estos me olvidaron. Y hoy después de cientos de años un
hombre me ha recordado, tú me has ofrendado algo nuevamente. Así que te he dado
su espada. Les he robado un héroe a los hombres y les devolveré un héroe. La
espada que tienes ante ti se hará más fuerte cada vez que la uses contra el
mal. Se hará más filosa y más dura y más temible cada vez que sea usada para
defender a Koria y sus habitantes. Por esto cada vez que obres bien veras como
la herrumbre que la cubre se cae y como el metal recupera su vigor. Solo tú
puedes usar esta espada y solo a través de tus actos se hará más fuerte. Es
metal oxidado y basura para los otros pero la más poderosa arma para ti. Su
poder es tan alto como la justicia que puedas alcanzar. Solo recuerda que esta
espada es solo un arma y que eres tú el que la empuña. Ella no te controla y serás
tú quien decida lo que es correcto. Le he dado esa característica tras estar
enterrada aquí durante tantos años. Debo pedirte ahora algo yo.
—¿Qué? —dijo
el hombre mirando a la espada.
—Que liberes
al Breadan y sus hombres de su maldición.
—Tú has hecho
eso ¿no puedes acaso detenerlo?
—No, pero
lamento lo que hice. El hielo que cubre las puertas de su prisión no deja que
su alma se escape. Ni la de todos sus guerreros. Tendrás que ir allá a
liberarlos. ¿Me prometes que harás eso?
El hombre lo pensó
un segundo y luego afirmó —Sí —La espada brilló por un segundo. El destello sorprendió
al hombre y un poco del óxido que cubría el arma cayó de ella—. ¿Qué significa
eso? —preguntó.
—Que has sido
sincero. Debo irme ahora son otros los que vendrán en tu ayuda.
Ilko volteó y vio que un grupo de
hombres se acercaba. Reconoció sus vestimentas, eran los hombres que antes habían
enfrentado sobre el puente. Y no escuchó más la voz del rio.
Siguiente capitulo
Siguiente capitulo
No hay comentarios:
Publicar un comentario