domingo, 7 de mayo de 2017

06 - El puente

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Puente de Bridan, provincia de Koria.
Dia 28 del noveno mes de 1280 del calendario de Finvir.


            El gigantesco puente estaba frente a ellos. Para quien no lo hubiera visto antes era difícil imaginar las dimensiones de tal obra. Una división completa de cuarenta hombres podría avanzar fácilmente al mismo tiempo por él sin cubrir del todo su ancho. A su vez el cañón del rio muerto separaba un extremo del otro a más de doscientos pasos. Nin que viajaba al lado de Guy le indicó señalando con su dedo índice.
—¿Puede ver allí? Del otro lado del rio. Hay una pelea. Y los hombres que están luchando llevan los colores de Fenor y la banda blanca de Koria.
—Si puedo verlos.
—Los herejes rebeldes están atacando a los soldados del reino. —gritó uno de los sacerdotes del sol que los acompañaba.
Guy había aprendido a ignorar a los clérigos por lo que no contestó. Simplemente alzo su lanza —Guerreros allí hay hombres que nos necesitan. No sé quiénes son los enemigos pero puedo decirles quienes son nuestros amigos. Vayan por los hombres que atacan a nuestros hermanos.
El disminuido grupo de soldados de la guardia de Kirun que estaba siendo superado en número por los rebeldes estaba rodeado. Los soldados de Guy golpearon las líneas de los rebeldes. Los que antes superaban en número a sus enemigos se vieron ahora abrumados por el poder del ejército de Fenor. Los soldados más experimentados habían sido puestos delante y con facilidad vencían a los rebeldes. Y detrás habían quedado las tropas sin entrenar recién reclutadas junto con Nebrà, Ilko y los otros hombres que se movían en la pequeña campaña. Guy y Nin cruzaron también sus espadas con los enemigos que no ofrecían demasiada resistencia y pronto consiguieron alejarlos. Estaban en posición de perseguirlos pero Guy no quiso dar esa orden, no sabía nada de lo que estaba sucediendo y había obrado solo en defensa de aquellos que llevaban sus mismos colores. El puente de Bridan separaba ahora a los guerreros que habían entrado en batalla de aquellos que se habían quedado atrás. Las tropas de la guardia de Kirun se reorganizaron. Un jinete se adelantó de entre ellos y quitó el yelmo de su cabeza.
—Saludos mayor de Montevid. Los estábamos esperando. —dijo la mujer. Guy se detuvo un segundo a observarla. A pesar de que había visto a otras mujeres dentro del ejército no era algo común. Ella ostentaba su rango por ser una noble. Pero la mujer que estaba delante de ella no llevaba ninguna insignia que la reconociese como a una oficial superior. Era alta, mucho más que ella. Guy siempre había sido de baja estatura pero de músculos fuertes y fibrosos. Y así como ella llevaba sus cicatrices en el hombro la mujer que estaba delante de ella las llevaba en la cara. En su mejilla izquierda algún enemigo había dejado su marca. Pero su rostro era aún más extraño que eso. Sus cabellos eran algo crespos y de color rubio pero por arriba de su frente un mechón blanco caía y le estorbaba la vista, casi como si no le molestase con tal de tapar su cicatriz. Guy observó con más cuidado y notó que su ceja derecha también era en parte blanca. Y su piel oscura en ocasiones se volvía completamente blanca. Estaba vestida con los colores de la ciudad pardo y amarillo y con la distintiva banda de color blanco de Koria y con una armadura ligera de cuero reforzado en algunas partes pero que principalmente era de tela. Incluso llevaba guantes como si no desease que ninguna parte de su cuerpo fuese vista. Guy se dio cuenta que la mujer había notado su curiosidad pero que al mismo tiempo debía de estar cansada de dar explicaciones. La jinete siguió hablando—. Yo soy Texu de la guardia de Kirun y estos aquí son mis hombres.
—Pues si sabes mi nombre no me hace falta presentarme. Él es el capitán Nin. Hemos partido de Fenor hace ya varios días y este es el primer conflicto que encontramos.
—Tendremos tiempo de explicar nuestra situación pero ahora debe traer al resto de sus tropas de este lado del puente de Bridan, Mayor.
—¿Existe algún peligro que desconozcamos? Los rebeldes ya han sido ahuyentados, todavía puedo verlos correr.
—Solo a una parte de ellos ha podido ver. Ocultos en el cañón del rio están los demás y son miles recibirán un ataque de ellos antes de que se den cuenta.
Guy se paró sobre los estribos del caballo para poder ver más y alzó su lanza nuevamente llamando a las tropas a reunirse con ellas. Pero cuando comenzaron a moverse una lluvia de proyectiles comenzó a caer. Una flecha hirió a uno de los sacerdotes del sol que comenzó a gritar y los hombres que todavía no estaban entrenados perdieron formación y comenzaron a correr aterrorizados. Y antes de que  se dieran cuenta más rebeldes salieron a buscarlos tomando las carretas con las provisiones. Nebrá, la escriba tomó las riendas de los caballos para que el soldado que estaba guiando pudiera desenfundar su arma. El bardo buscó cualquier objeto que pudiera usar como arma en la carreta y se conformó con dos sartenes unidas, no sabía que eran pero en ese momento no importaba. Aunque Nebrá intentaban avanzar la avalancha de rebeldes detrás de ellos los alcanzaba y por delante sus compañeros corrían hacia cualquier lado.
Guy sorprendida por la emboscada envió de nuevo a sus caballeros contra los rebeldes. Pero antes de que pudiera reaccionar, Texu ya le sacaba varios cuerpos de ventaja. Y detrás de ella el resto de sus hombres. Los rebeldes tomaban todo cuanto podían. Algunos de ellos estaban a caballo pero la mayoría atacaba a pie. Se habían subido a la carreta donde viajaba Nebrá e Ilko y se lanzaron contra el soldado que estaba con ellos que superado en número finalmente cayo. Intentaron tomarlos prisioneros pero en ese instante apareció Texu y desde arriba de su caballo luchó contra los rebeldes. El bardo golpeó la cara de uno los rebeldes intentando proteger a Nebrá. Los demás que luchaban contra Texu notaron esto. Ante los ojos de la jinete Ilko desapareció siendo tironeado de su brazos a la multitud de rebeldes. Texu siguió luchando con fiereza pero no podía hacer nada por él, solo mantener su posición. Guy y los demás hombres de Fenor llegaron y las cosas volvieron a cambiar. Las dos guerreras se encontraron nuevamente en el campo de batalla. Texu señaló entre la multitud de rebeldes a un hombre vestido con una armadura completa.
—Ese es uno de sus líderes. Lo hemos estado buscando.
—Acabemos con esto de una vez –contestó Guy. Nin venía detrás de ella—. Abran un espacio entre las filas enemigas. Dejen a mi alcance a aquel hombre. –Nin asintió y sus hombres embistieron entre la multitud. Mejor equipados y armados no les fue difícil empezar a hacer retroceder a los rebeldes. Guy colocó su lanza en posición de carga.
—No te fíes de él ya que es un noble entrenado al igual que tú y está completamente armado. –Gritó Texu. Pero Guy ya se había lanzado al ataque.
El jefe de los rebeldes vio venir a la mujer que se movía dentro de las formaciones enemigas como si no le importase que sus enemigos la rodeasen cerrando la brecha que se había abierto y dejándola atrapada. Tenía tiempo suficiente para verla llegar y no sería sorprendido. Pero cuando la lanza de Guy alcanzó el escudo del hombre este simplemente se quebró y la lanza atravesó el cuerpo del hombre. Guy no cargaba cualquier lanza. Sus caballos chocaron y el hombre moribundo cayó de su montura. Guy quedó sola entre las tropas del enemigo pero antes de que pudieran hacerle daño Texu, Nin y los demás caballeros habían llegado tras ella. Y a su paso el ejército de rebeldes retrocedía. Llegar a Kirun no había resultado difícil. Irse de allí sería una historia diferente.

            Muchos hombres habían muerto en el enfrentamiento. Entre ellos el sacerdote del sol que había sido alcanzado por la flecha. Otros como Ilko habían desaparecido. Guy lamentó más la ausencia del segundo. Cuatro de los jóvenes que habían partido con ella también habían muerto, Cerner, Antir, Mirub y Zaseff. Pero todas las bajas se habían hecho notar. Acomodaron los cuerpos a un costado del camino y los despojaron de armas y equipo. Vendrían después por los cuerpos para la apropiada ceremonia fúnebre. No había nada más que hacer que dirigirse a Kirun y así lo hicieron. Perseguir a los rebeldes nunca había resultado para los guardias de Kirun y no resultaría ahora. Solo dividirían las fuerzas innecesariamente.

—Has luchado bien. Es bueno saber que las pocas mujeres del ejército de Fenor son así de fuertes. —dijo Guy dirigiendo un elogio a la jinete, mientras se preparaban para marchar.
—Usted no lo ha hecho mal tampoco. Las historias sobre su coraje no han sido puras exageraciones.
—Estos hombres que los atacaron, ¿Son los rebeldes de los que he tenido noticias?
—Sí. Y ha visto solo a una parte de ellos. Pero hay más ejércitos en estas tierras buscando apropiarse de ellas de los cuales preocuparse.
—¿A qué te refieres?
—Nuestro gobernante Ilman está bajo la influencia de un poderoso sacerdote y hechicero del sol llamado Guipac. Y por esto gobierna con mano dura y con terror la hermosa ciudad de Kirun. No sé nada de usted más que es una heroína de la batalla de Fenor pero no voy a esconder el hecho de que no me agrada lo que hace este hechicero. La gente que enfrentamos son aquellos que no están de acuerdo con la política de terror que ahora gobierna la ciudad. Y no hay solo pobres campesinos también están los nobles a los que Guipac le ha robado sus tierras. No justifico la violencia de sus actos pero puedo entender porque suceden estas cosas. Ilman ha permitido que Guipac reclute hombres para su propia guardia personal. Los controles del hechicero son tan misteriosos que ya hemos perdido noción de muchos de sus actos. No sabemos cuan vasta es su escolta de guardaespaldas y ha llegado el punto de nombrar clérigos a hombres de armas solo por el servicio de sus espadas.
Guy había sido advertida de estos hombres pero le extrañó la soltura con la que la mujer delante de ella hablaba —Tus palabras podrían costarte el puesto y hasta el exilio. Si los clérigos de Kirun son lo que dices o si yo acaso quisiera llevarte a la corte por insubordinación hacia tus superiores y gobernantes. No me conoces.
—Cierto y usted tampoco a mí. Pero lo que soy pronto lo descubrirás en Kirun y prefiero que se entere de lo que pienso por mi propia voz. Hay suficientes cuervos dando vueltas que estarán dispuestos a intentar engañarte. Difícilmente se arriesgarían a ejecutarme en Kirun. No por ahora, por lo menos. Usted tienes su reputación de mata-dragones, pero yo tengo la mía. Y el ejército real todavía me apoya. Además si fueran a perseguirme tienen mejores motivos para hacerlo que mis pensamientos.
—¿Cómo es eso? –Si Texu deseaba hablar ella la dejaría hacerlo. Ahora lo que necesitaba era información. También aliados y hasta el momento no creía que encontraría ninguno entre los rebeldes o los clérigos. Y Guy respetaba las armas y el coraje.
—Soy una mujer maldita por el sol.
—Lo siento pero no estoy familiarizada con las costumbres de sus tierras. Deberás explicarte más.
—Ya ha visto mi rostro y su ausencia de color en varias partes de él y puedo asegurarle que el resto de mi cuerpo es igual. El invierno es un buen momento para mí. Pero en verano cuando dios nos abriga más, mi piel sufre por sus rayos debido a mi enfermedad. Guipac ha convencido a todos que se debe que me opongo a sus mandatos. Que ha sido un castigo del sol. Aunque siempre he sido una fiel servidora del dios sol.
—¿Piensas que no ha sido un castigo?
—No sé. Pero es mejor ser ignorada por un dios que despreciada por él. Aunque algunos consideren que el odio de un dios es mejor prueba de su existencia que la benevolencia del mismo  —Texu miró hacia la ciudad de Kirun—. Debemos apurarnos a llegar. Los rebeldes no se alejarán del puente. Por eso nosotros debemos hacerlo.

El hombre despertó agitado. En batalla alguien lo había golpeado en la cabeza y sin darse cuenta había caído del puente, y posiblemente había sido dado por muerto por sus captores. Su cuerpo le dolía en todas partes y su cabeza sangraba. El terreno inclinado y la escasa vegetación habían amortiguado en parte su caída. Estaba desorientado podía ver el puente a su lado pero sintió que sería una hazaña subir hasta él nuevamente. Hacia frio y necesitaba recuperarse. Abajo el rio lo llamaba. Quizás un sorbo de esa agua helada y pura lo ayudaría. Le costó descender pero una vez allí sacio su sed y se estremeció con el frio del agua. Miró al cielo, era de noche y estaba solo en una tierra que desconocía, posiblemente rodeado de enemigos. Recordó entonces una vieja tradición. Tomó la moneda de plata con que Guy había pagado sus servicios. Una de las pocas que había tenido alguna vez en su pobre vida y la arrojó al rio. Luego pidió un deseo.
—Que alguien me ayude. —dijo, como si al decirlo fuera más real que simplemente al pensarlo. Pero lo hizo en voz baja por costumbre para que nadie escuchase. Pero nada sucedió y permaneció de pie con el rio corriendo entre sus piernas. El frio ya no le importaba.
De pronto el viento sopló y sus músculos temblaron, sentía ahora todavía más frio. Y el rio que corría tranquilo de pronto se puso más fuerte y el agua comenzó a moverse con más velocidad. Cada vez más y más hasta que se vio obligado a moverse en el sentido de la corriente o a salirse. Pero decidió quedarse y ser guiado por el rio. Caminó hasta alejarse del puente. Cada vez que se detenía el rio empujaba con más fuerza. Podía sentir que algo estaba sucediendo algo que no podía entender pero que estaba ahí. Dio un último paso y algo se interpuso en su camino. Casi cae de boca al agua. Metió su mano dentro del agua. Era de noche y no podía ver nada. Algo estaba clavado allí. Sus dedos recorrían el mango de lo que fuera que estuviese incrustado. E instintivamente sujetó con fuerza e intentó quitarlo. Pero no quería salir. Sujetó con sus dos manos y con toda la fuerza que pudo y extrajo por fin su obstáculo. Era un espada. Una espada milenaria que había sido arrastrada por el rio seguramente hasta donde estaba él. Completamente arruinada y oxidada. La moneda de plata que había arrojado al rio valía mucho más que el pedazo de metal que tenía en sus manos. Fue una gran desilusión. Pero antes de que la soltase el viento sopló nuevamente desde sus espaldas.
—¿Quién eres tú? — susurró el viento. El hombre se estremeció y sujetó con fuerza la espada—.¿Quién eres tú que dejas ofrendas al río? —dijo nuevamente la voz.
—¿Yo? —preguntó temblando el bardo.
—Si ¿Quién eres tú? —repitió el viento en susurros.
—Yo no soy nadie.
El viento soplo más fuerte todavía como si el mundo se hubiera enojado —No te he preguntado quien no eres. ¿No tienes acaso un nombre? Incluso yo tengo un nombre aunque hace más de mil años que nadie lo pronuncie. ¿Quién eres tú?
—Soy un bardo de Tulis en una misión a las tierras de Kirun. Mi nombre es Ilko.
—Kirun…-Murmuró la voz en el viento, melancólica.
—He caído del puente de Bridan, estoy solo y perdido. Y el frío me congela los huesos…
—¿Bridan? —preguntó la voz. El hombre quiso contestar pero la voz no se lo permitió —Tantos años han pasado que hasta han olvidado como pronunciar el nombre verdadero de quien construyo ese puente. Breadan era el nombre –Aclaró–. Que en el antiguo idioma de estas tierras significaba el jinete celeste. Y esa espada que llevas en tus manos, es su espada. La espada de Breadan.
—¿Eres el dios del viento? —preguntó el hombre que pensaba que estaba soñando.
—No —dijo la voz—. Soy el río que corre a tus pies. Tú me ofrendaste metal y yo te he devuelto metal. Te he dado esa espada. Sé que piensas que es poco. Que está destruida y que no servirá en batalla pero te equivocas.
Ilko se tomó la cabeza con una mano mientras que con la otra todavía sostenía la espada. No entendía nada de lo que estaba sucediendo. Preguntó —¿Cómo? ¿Por qué haces esto?
—Voy a contarte una historia —dijo el río—. Estas tierras han tenido guerras, miles de ellas. Todas las razas se han matado y han encontrado motivos para hacerlo en las cosas más ridículas. Y la raza de los dioses no es una excepción. Pero la más cruenta de todas las guerras sucedió hace ya mucho tiempo. Y los héroes de todas las razas se forjaron en ella. Los hombres que alguna vez fueron pocos se esparcieron a estas tierras deshabitadas. Y uno de ellos fundó la ciudad que ahora llamas Kirun, pero no siempre tuvo ese nombre. Y durante muchos años yo fui el dios de aquí, y los hombres de estas tierras me ofrendaban alimentos y muchas otras cosas. Pero un hombre llegó, un guerrero fantástico conocido como Breadan. Su familia era noble y su porte deslumbrante. Él era el defensor de estas tierras que bajo su mando estaban. ¡Pobre mortal! —exclamó el río—. Kirun construyó una ciudad para él. En las montañas del norte donde están los glaciares. Nadie podía sitiar una fortaleza en el más frio hielo. Pero sus hombres no morirían por que contaba con la ayuda de  Kirun. La hija del sol. Ella llevaría las llamas eternas del sol al centro de su fortaleza y la fortaleza se convertiría en una ciudad. Una ciudad rodeada por el frio eterno donde el mal no podría llegar jamás.
—¿Y qué paso después?
—Después…—meditó el rio— Llevó a su ejército hasta ahí. Un puñado de hombres. Los mejores. Él era la salvación de los hombres. La salvación de estas tierras contra el mal que avanzaba. Pero cometió un error. Nunca tuvo que enamorar a Kirun. Ella no le pertenecía.
—¿No? — preguntó el hombre.
—¡No! —gritó el rio—. Ella era mi mujer. Así que Breadan, el jinete celeste, enfrentó a la única criatura que podía vencerlo. Un dios. Junté todas mis fuerzas y detuve las aguas. No hubo más corrientes, no hubo más nada. Y las aguas se juntaron al pie de la montaña cada vez más y más y de a poco se fueron congelando. El invierno sorprendió a Breadan en su propia fortaleza. Y el hielo selló su entrada con él dentro. Así se quedó por siempre. Sin Kirun, como yo. Así lo maldije yo. Y antes de morir de frio, encolerizado y con todo su odio arrojó su espada al hielo sabiendo que era yo su perdición. Por ese golpe mi fuerza se debilitó. Y es por esto que todavía corre algo de agua por este rio muerto que es la única que deshiela de la herida que provocó Breadan. A través de los años la espada viajó por la corriente hasta que se quedó aquí como una espina en mi cuerpo. Yo les robñe un héroe a los hombres y estos me olvidaron. Y hoy después de cientos de años un hombre me ha recordado, tú me has ofrendado algo nuevamente. Así que te he dado su espada. Les he robado un héroe a los hombres y les devolveré un héroe. La espada que tienes ante ti se hará más fuerte cada vez que la uses contra el mal. Se hará más filosa y más dura y más temible cada vez que sea usada para defender a Koria y sus habitantes. Por esto cada vez que obres bien veras como la herrumbre que la cubre se cae y como el metal recupera su vigor. Solo tú puedes usar esta espada y solo a través de tus actos se hará más fuerte. Es metal oxidado y basura para los otros pero la más poderosa arma para ti. Su poder es tan alto como la justicia que puedas alcanzar. Solo recuerda que esta espada es solo un arma y que eres tú el que la empuña. Ella no te controla y serás tú quien decida lo que es correcto. Le he dado esa característica tras estar enterrada aquí durante tantos años. Debo pedirte ahora algo yo.
—¿Qué? —dijo el hombre mirando a la espada.
—Que liberes al Breadan y sus hombres de su maldición.
—Tú has hecho eso ¿no puedes acaso detenerlo?
—No, pero lamento lo que hice. El hielo que cubre las puertas de su prisión no deja que su alma se escape. Ni la de todos sus guerreros. Tendrás que ir allá a liberarlos. ¿Me prometes que harás eso?
El hombre lo pensó un segundo y luego afirmó —Sí —La espada brilló por un segundo. El destello sorprendió al hombre y un poco del óxido que cubría el arma cayó de ella—. ¿Qué significa eso? —preguntó.
—Que has sido sincero. Debo irme ahora son otros los que vendrán en tu ayuda.
Ilko volteó y vio que un grupo de hombres se acercaba. Reconoció sus vestimentas, eran los hombres que antes habían enfrentado sobre el puente. Y no escuchó más la voz del rio.


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