martes, 31 de diciembre de 2019

15 – El faro, digo, el observatorio astronómico


            —Entonces ¿Usted cree que el elemental está atrapado en Makiias? ¿Existe algún antecedente en la historia sobre algo así? ¿Cree que podré entrar en contacto con él? No pude hacer nada con Izhá. —preguntó Viridrut, agobiando a la ogra mientras atravesaban la puerta de entrada a la habitación donde yacía el elfo.
            —Haces demasiadas preguntas, aprendiz de mago —La ogra olfateó el lugar y dio una rápida inspección visual a la sala—. No conozco ningún antecedente respecto a algo así. Claro que la invocación no es mi fuerte y en realidad es algo bastante difícil de hacer, al menos en la escala en la que lo hacía Anzhará. Lírudin era de gran ayuda. Sin embargo sí sé lo que es el metaplasma del que hablaba el elfo y entiendo muy bien para que lo quería.
            —¿Y para qué sirve? —preguntó Galerina.
            —Espera —dijo la bruja intentando contestar todas las preguntas de Viridrut antes—. No pudiste entrar en contacto con Izhá en tu sueño porque él estaba angustiado y preocupado y es mucho más difícil establecer un enlace con alguien si se encuentra así. Sin los poderes de Ascophio que es capaz de meterse en el cerebro de sus víctimas, los magos no podemos controlar la mente de la gente. La ilusión que le mostraste a Bladon funcionó porque él vio en un principio lo que quería, una vez que te permitió enlazarte con él, sin que se diera cuenta te dio acceso a conocer sus secretos. Pero de otra forma hubiera sido imposible. La verdadera magia es encontrar la forma de acceder a la mente de tu huésped de una forma amable. Al principio al menos. Cuando tus compañeros me contaron lo que había pasado asumí que el motivo por el cual Anzhará no era capaz de unirse al sueño de Makiias era porque el otro elfo no quería ser invadido por él. Y posiblemente tampoco el elemental. Sobre todo el elemental. Esta criatura no pertenece a este plano existencial y sin duda ha de estar sufriendo. El elemental que Licken derrotó, simplemente regresó a su dimensión, si así quieres llamarla. Pero este no ha podido. Makiias confió en ti, y el elemental si no estoy equivocada, también, justamente porque eres un fungí. Si la criatura realmente se encuentra en la mente de Makiias, atrapada, tu misión será separarlos y enviarle al cristal de sueños que tienes. Que se encuentra vacío.
            —Si hago eso ¿Despertará Makiias? —preguntó Viridrut.
            —No. No sé con cual encantamiento Radasté o Anzhará durmieron a este elfo. Si lo hicieron con Talisú y tocaron la canción del sueño, Makiias no despertará jamás. Yo por lo menos no poseo los medios. Si lo durmieron de alguna otra forma quizás pueda despertarlo —La bruja buscó entre su morral un frasquito con un líquido de color verde y lo dejó sobre una mesa cercana a la cama—. Esto debería ser suficiente.
            —¿Existe una canción del sueño? —preguntó Sorus.
            —Por supuesto. Pero no es recomendable interpretarla en Talisú.
            —¿Por qué? —preguntó Galerina.
            —Porque cualquier cosa que toques en Talisú, dormirá a quien la escuche, excepto al interprete. Pero es un sueño del cual puedes despertar, como el gato de ese clérigo. Si escuchas la canción del sueño también despertaras. Pero si tocas la misma canción en Talisú, la potencia de la magia será tal que jamás podrás volver a abrir los ojos. Lo que me lleva al metaplasma. Esa sustancia, bien utilizada, sirve para lo mismo que Talisú o Lírudin o el báculo de murmonb que di a Galerina, potenciar la magia, solo que cualquiera. Pero es escaso y difícil de conseguir. Esa argolla está repleta de eso. Por eso los poderes de esa maga Rouxy son tan grandes. Una parte del elemental quedó atrapada en ella y otra en Makiias. Esa por lo menos es mi teoría. No creo que Anzhará desease despertar a Makiias, pero tampoco apostaría que intentaba dejarlo así para siempre. Creo que estaba experimentando. Lo que verdaderamente pasó solo lo sabremos por lo que diga el elfo. Si es que despierta. Y no tengo muy claro que será lo que pensará de nosotros.
            —¿A qué se refiere? —preguntó Viridrut.
            —Ahora que Anzhará está muerto, los elfos de Saldra buscarán saber qué fue lo que pasó. Ustedes, fungís, se han ganado poderosos enemigos.
            —Pero somos inocentes. —protestó Penny.
            —Eso no importa en lo absoluto. No tienen a nadie que los defienda y mi versión es la que menos creerán —aclaró la ogra—. Pues he matado a su príncipe. He dormido a Zantra y a sus elfos, porque pienso que quizás Ascophio podría borrarles la memoria y hacer pasar la muerte de Anzhará como un accidente de jardinería. O algo así.
            —Tenías todo planeado, maestra. —dijo Galerina.
            —Por supuesto que no. No vine aquí con la explicita idea de asesinar a un príncipe elfo.
            —Pero si estabas equivocada él te hubiera odiado. —sugirió Galerina.
            —Sí, es posible. Y me hubiera echado de su isla por dormir a sus guardias. No creo que hubiera recibido más castigo que el desprecio. Pero ustedes hubieran estado bien.
            —¿Y el desprecio de los elfos no le importa? —preguntó Viridrut.
            La ogra soltó a reír —No. Por supuesto que no. Aun sin que lo sepas fungí, eres el monstruo de muchas personas. No importa lo que seas, estoy segura de que alguien, en algún lado, no vacilará en odiarte o hacerte daño. A mí me alcanza con que al menos para algunos pocos, no sea el mismo monstruo que para los demás.
            Ascophio los interrumpió —Puedo intentar borrarles los recuerdos, pero quedarán infectados por mí. A la larga se convertirán en mis títeres de todas formas.
            —Además hay muchas otras cosas, como los ágaves que mataste. —reflexionó Galerina.
            Pero la bruja se limitó a contestar —Todo a su tiempo, niños.
            Viridrut eligió no continuar con el interrogatorio —Voy a intentar utilizar lo que me ha enseñado, señora Ñuñu. ¿No desea acompañarme? Está mejor preparada que yo.
            —Soy una bruja, no una maga. Mi magia no es igual a la tuya. No soy capaz de hacer lo que tú haces. Hago cosas diferentes. Esto depende de ti.

            El aprendiz de mago, cada vez más capaz, se posicionó nuevamente a los pies del elfo y sujetó uno de ellos con su mano izquierda. Los minutos pasaron y la espera se hizo larga. Penny era quien sostenía el cristal de sueños. La ogra se mantenía inmutable aunque Galerina y sobre todo Sorpus y Sorus se impacientaron y tuvieron que salir de la habitación, porque se aburrían. Regresaron una hora después, justo a tiempo para ver el cristal de sueños cambiar de color.
           
            Viridrut despertó y tan pronto como lo hizo fue interrogado por Galerina —¿Mi maestra tenía razón? ¿El elemental estaba con Makiias?
            —Sí, el elemental estaba con él. He enviado su conciencia al cristal de sueños. También he hablado con Makiias, o por lo menos con su parte inconsciente. Él no sabe de nosotros. Pero si de mí, no comprende lo que es un fungí.
            —Pero has hablado con él. —dijo Penny.
            —Sí, pero en un sueño —aclaró la bruja—. Makiias ha estado dormido desde hace mucho tiempo y mientras ha estado así no se ha enterado de lo que pasaba en el mundo real. Cuando despierte será muy difícil para el asimilar lo que está sucediendo.
            —Es más complicado que eso —manifestó Viridrut—. Él sabe que está en un sueño. La poción que ha traído, señora, no hará efecto según lo que me informó. Una máquina, de su propia fabricación, es lo que lo mantiene en este estado. Anzhará lo obligó. Para despertar a Makiias hará falta apagar esa máquina.
            La ogra de todas formas deseaba intentarlo así que destapó su frasco y lo colocó cerca de la nariz del elfo. Pero este, como había predicho Viridrut, no despertó —Umpf gruñó—. ¿Y dónde se encuentra esa máquina?
            —Anzhará tenía un laboratorio secreto, oculto en el observatorio astronómico. El artefacto que buscamos se encuentra allí. —explicó el fungí.
            Galerina intervino —Es imposible subir, la puerta está cerrada con llave y no se puede abrir. Estuvimos con Sorus y Sorpus intentando acceder pero no abre.
            —Y no lo hará —explicó Viridrut—. El único que puede abrirla es Anzhará, pues Makiias también fabricó esa puerta. Y no podremos tirar abajo las paredes tampoco. Pero hay una forma.
            —¿Cuál? —preguntó la ogra.
            —Makiias creó una llave capaz de abrir cualquier cerrojo. Muy práctica. Pero un día la perdió. Eso todavía lo angustia, eso y una elfa que lo rechazó cuando era joven. Entre otras cosas.
            —¿Y la perdió cerca de aquí? —volvió a preguntar la ogra—. Porque de otra forma esta información es inútil.
            —Las perdió donde la udra, hace como ciento cincuenta años. Todavía deben estar allí. —aseguró Viridrut.
            —Entonces es un caso perdido, no podremos sacarlas nunca de allí. Mejor vayámonos y dejemos a este elfo aquí. —dijo la bruja.
            —No podemos hacer eso —se quejó Viridrut—. Si nos vamos ahora que Anzhará ha muerto, nadie cuidará de Makiias. No sabemos cuándo pueda regresar Radasté.
            —Viridrut tiene razón, maestra. Makiias es inocente, no nos ha hecho daño alguno, ni siquiera sabe que existimos.
            —Él no, pero Radasté sí y no creo que este contenta cuando se entere de que su amante ha muerto —explicó Ñuñu—. Lo mejor para ustedes es escapar lejos de aquí. Este elfo no es su problema. Yo ya he satisfecho mi curiosidad, nada más tengo que hacer aquí y ustedes tampoco. Borremos nuestro rastro y desaparezcamos. Aunque Radasté regrese y Makiias despierte, no sabe de ustedes, no será un cabo suelto. Ella no lo admitirá nunca.
            Galerina reflexionó por unos instantes pero concluyó —No. Cuando conocí a Viridrut, se preocupó por un hombre al cual yo había atacado con mi veneno. A pesar de que ese hombre había sido su carcelero. No somos parásitos, como creía Anzhará. Puede ser que no seamos capaces de salvar la vida de este elfo, pero no nos iremos sin intentarlo. Y llevaremos la argolla y el cristal de sueños a Rouxy, ella sabrá que hacer con eso. Luego cuando hayamos resuelto esto, partiremos con Albor y los otros fungís.
            —Radasté y los elfos vendrán por ustedes. —dijo la bruja.
            —Usted puede irse maestra. Nosotros nos quedaremos.
            —No solo arriesgas tu vida, sino también la de tus hermanos. —dijo casi en suplica la ogra.
            Pero Sorus intervino —Galerina, creo, es nuestra lideresa. Estamos con ella.
            —¿Tú también piensas así Ascophio? —buscó la maloliente criatura algún aliado.
            —He matado para defender a los míos. Lo cual sin duda cambió algo en mí. No deseo volver a hacerlo y sin embargo lo haría, pero no necesito dejar morir a este elfo. Es más, creo que quiero salvarlo. No he vivido tanto como tú ogra, no conozco a los tuyos, no prejuzgo, pero seguir a una lideresa que me convoca para salvar una vida inocente me parece la más noble de las causas.
            —Puedes irte maestra, te agradezco por todo lo que has hecho —repitió Galerina—. Pero esta es una cuestión fungí.
            —La muerte de Anzhará se sabrá, y entonces toda una tribu de elfos nos buscará. No temo por mí, temo por ustedes, temo por ti, Galerina. Por eso no me iré, veamos qué podemos hacer con esa Udra. —contestó triste la bruja.
            —Yo borraré la memoria de los elfos, como has dicho. —dijo Ascophio.
            —Siempre estará Radasté —insistió Ñuñu—. Dejemos de perder el tiempo y partamos en búsqueda de la llave mágica.

            Galerina se acercó a la udra para observar el suelo pero no fue capaz de distinguir nada —La llave debe de estar bajo la mismísima udra.
            —No te acerques demasiado —reclamó la bruja—. Si el príncipe elfo la ha estado alimentando con hongos no tendrá problemas para devorarte. Se alzará sobre sus cuatro patas, te aplastará y te convertirás en su almuerzo.
            —Quizás Licken con su fuerza pueda atraparlo. —sugirió Penny.
            —No tienes idea de lo que pesa o de su fuerza —explicó la ogra—. Pero debemos de moverla de alguna forma.
            —Parece solo un montón de tierra. —dijo Sorpus.
            —Pero no lo es. —Viridrut se acercó también a observar la criatura.
            —¿Y no hay una canción para mover udras? —preguntó Sorus.
            —No —contestó la maestra de Galerina—. Pero si hay una canción para calmar. No es la misma que para dormir, pero, serviría para hacer a la udra menos violenta y una vez que se haya levantado poder buscar por debajo. Las udras detectan a sus presas por el sonido así que son capaces de escuchar, aunque no sé si tengan un cerebro.
            —Pues tócala. —dijo Viridrut.
            —Podría silbarla pero no será suficiente, necesito algún instrumento que amplifique mi magia para estar segura de que la udra no lastimará a quien busque debajo.
            —Traigamos a Talisú. —sugirió Sorpus.
            Pero la ogra soltó a reír —¿Si, de veras piensas que yo sé tocar un arpa, uno de los instrumentos más complicados de usar? Eso es para elfos adinerados, no para ogros que se las rebuscan en chozas y cocinan en hornos de barro. Estoy pensando en otra cosa.        
            —¿Cuál? —preguntó Galerina.
            —En una pifilca, una simple pifilca, realizada con la madera del holderon que se encuentra en frente. Pero si me acerco al holderon me sujetará con sus ramas y se beberá mi sangre. Además no sirve de nada si lo mato. Él tiene que ceder, voluntariamente, una rama para que pueda fabricar la pifilca.
            —¿Y cuál es el problema? —preguntó Sorus.
            —Ninguno de ustedes dos es muy brillante ¿No? —dijo burlonamente la ogra—Aunque existen formas de comunicarse con el holderon, yo claramente no poseo ninguna. Digamos que no se hablar en su idioma. Seguimos en el mismo lugar que siempre.
            Pero Ascophio por primera vez habló sin que le hablasen primero —Entre los fungís con los que me encontré, prisionero de los sombracortos, conocí a una llamada Amanita, de sombrero rojo y con motas. Ella era capaz de enlazar su micelio con las raíces de las plantas y unirse a ellas ayudándolas y siendo ayudada a la vez.
            —Pero tú claramente no puedes hacer eso o ¿sí? —preguntó desafiante la bruja.
            —Yo no.
            —Pero Sorus y Sorpus pueden. —Licken se comunicó telepáticamente con todos, excepto con la maestra de Galerina que no podía escuchar sus pensamientos—. Porus su antecesor, era capaz de establecer estas micorrizas y al igual que yo mantengo una relación simbiótica con mis algas, Porus lo hacía con las plantas. Creo que ustedes también pueden hacerlo.
            —¡Vale la pena intentarlo, Licken! –exclamó Viridrut.
—¿Qué ha dicho el simbionte? —preguntó la única que no podía escucharlo.
            —Que Sorus y Sorpus intentarán comunicarse con el holderon. —contestó su discípula.
            —Eso quiero verlo. Por su seguridad no se acerquen demasiado tampoco al holderon. —sugirió.

            Pero Sorus y Sorpus no tenían muy claro que hacer. Por consejo de Licken se sacaron las botas que les había  regalado Morún y colocaron sus pies en el suelo. Al principio nada sucedió, pero tras unos momentos el micelio de sus pies se alargó adentrándose en el suelo en busca de las raíces del holderon. Los dos funguis cerraron sus ojos para concentrarse. Finalmente una de las ramas del árbol con ojos de ámbar se desprendió.
            —Puede tomarla señora Ñuñu, el holderon no la lastimará. —aclaró Sorus.
            Mientras se dirigía a recoger la rama dijo a su discípula —Sin duda no son “parásitos” como decía Anzhará. Es de gran ayuda ser amigo de un fungí.
            Galerina contestó solo con una sonrisa.

            Ayudada por el cuchillo de Viridrut la ogra talló una pifilca de la rama del holderon. Un instrumento alargado con solo una hendidura en su centro por donde se debía soplar, que hacia un sonido similar al que se hace al soplar dentro de una botella, pero mucho más profundo. Tras ensayar un poco, confiada, caminó hacia la udra entonando la canción de la calma. Instintivamente la criatura se levantó de donde estaba, erguida sobre sus cuatro patas. Pero lo hizo lentamente, de forma muy tranquila. Fue notorio que no tenía intenciones de aplastar a la bruja. Los fungís se apresuraron a buscar bajo ella y fue Penny quien encontró la llave extraviada. Su aspecto era el de una llave lisa con empuñadura pero sin dientes. Cuando todos estuvieron lejos, la bruja también se alejó y dejó de tocar su canción. La udra entonces volvió a agacharse quedando en la misma posición que antes. Caldishn-Ñuñu guardó la pifilca en su morral y se dirigieron a la puerta del observatorio astronómico.
           
            Con la llave mágica en la mano Viridrut se dispuso a abrir la puerta, solo para notar que no había ningún cerrojo —No entiendo. ¿Dónde meto esto?
            La ogra soltó a reír —Solo para divertirme un rato dejaré que ustedes solos resuelvan esto. Galerina y Viridrut, si ustedes desean ser magos deberán empezar a pensar como unos.
            Galerina y Viridrut aceptaron el reto y se quedaron parados frente a la puerta observándola. Los otros fungís decidieron apartarse. La puerta era de un metal plateado completamente lisa. No se veían las bisagras ni ningún tipo de ranura. Después de observar un rato decidieron usar el tacto. Recorrieron con sus dedos toda la superficie pero no había allí ninguna irregularidad.
            Galerina decidió intentar algo al azar y tomó la llave con su mano derecha y simplemente la apoyó en la puerta —Quizás si hacemos esto. —pero nada sucedió.
            Sorus sugirió desde lejos —Si observan bien la puerta está levantada un poco del piso. Si arrojan la llave por debajo quizás se abra.
            —Ni siquiera intenten eso. —sugirió la bruja tomándose la cabeza con una de sus manos.
            —No sé. —dijo Viridrut rindiéndose.
            —Piensa. Considera tus recursos, tus capacidades. La magia te permite hacer algunas cosas si y otras no, tiene límites. —Le aconsejó la maestra de Galerina.
            A todo esto Licken decidió intervenir. Y tomando la gema antimagia que poseía  la acercó a la puerta, cada vez más y más cerca hasta que prácticamente la apoyó en la misma. Entonces cuando llegó a su centro, un cerrojo redondo pudo verse allí, justo en el medio.
            —¡Ahh! —exclamaron todos.
            —No era tan difícil. —dijo la ogra.
            —Pero cuando los acuñadores usaron la misma anti magia en mí, mi ilusión desapareció mucho más lejos. —reclamó Galerina.
            —Porque tu magia era mucho menos fuerte que esta ilusión. Piensa en el arpa de Radasté, Talisú, hará que cualquier canción que suene en ella produzca mejores resultados que si yo las silbase. Cuanto más tiempo recibas la magia y cuanto más poderosa ella sea más difícil será evitarla o descubrirla. Una armadura podrá defenderte de un buen golpe, pero una udra te aplastará de todas formas.
            —Entiendo. —dijo Galerina y luego introdujo la llave en el cerrojo y esta brilló. Giró la llave y se escuchó como las trabas de la puerta se movían y se soltaban. Finalmente, la puerta, se abrió como si poseyese una voluntad propia. Del otro lado se encontraba una escalera caracol que subía hasta el observatorio astronómico. La torre era ancha y los escalones eran largos.

            Desde arriba podía verse toda la isla y hasta las costas de Denjiia. El observatorio ubicado en la parte más alta, era circular y lleno de arcos, cuatro de ellos, para mirar por cada eje cardinal. Dentro había paneles, tableros en los que se dibujaban los movimientos de los astros, sobre todo de la luna. Había una vitrina llena de artefactos valiosos y extraños. Pero estaban apartados del resto. Entre ellos se encontraba un llamativo colgante con una piedra de color azul. Cerca había un escritorio con un libro abierto con escrituras en el idioma de los elfos, que ninguno allí sabía leer todavía. A su lado había una biblioteca repleta de libros, posiblemente tratados de magia e historias de magos reconocidos. Sobre la biblioteca había frascos, cada uno con semillas diferentes. Anzhará coleccionaba de todo. Cada frasco contenía semillas de especies diferentes, perfectamente catalogadas con símbolos de elfos. Frente a la biblioteca Viridrut reconoció al artefacto que regulaba el sueño de Makiias. Era circular y hueco fabricado en madera rojiza y metal. En su centro una gema luminosa los alumbraba al mismo tiempo de levitar y vibrar. En todos los alrededores de la mesa se encontraban cristales de sueños llenos de sueños y memorias de los visitantes del palacio. Los fungís se preguntaron si entre ellos se encontrarían los de ellos también. Cuando ellos habían estado en la playa por primera vez y descansado allí, Galerina y Viridrut que no llevaban las gemas antimagia habían sido observados por Anzhará. Antes de que ellos llegasen él ya sabía todo. Siempre había fingido. Había también allí otras extrañas gemas de colores diferentes a la del centro. Viridrut extrajo la gema y esta dejó de brillar.
            —Makiias despertará pronto. —dijo el fungí.
            —Si cuando despierta nos ve a nosotros temerá. Pero creo que ya se para que usaré el báculo que me has regalado maestra. Me proyectaré ante él como si fuera Anzhará cargando a Lírudin. —propuso Galerina.
            Mientras Viridrut experimentaba colocando otra gema dentro de la maquina contestó —Creo que podremos observarte desde aquí, si he entendido bien cómo funciona esta cosa.
            —Ten cuidado. —La ogra estaba preocupada por su discípula.

            Galerina bajó tan rápido como pudo por los alargados escalones llevando en su mano izquierda al báculo de madera, mientras ensayaba la forma de Anzhará. Viridrut consiguió activar correctamente la máquina y la imagen de lo que sucedía en aquella habitación se proyectó en una ligera niebla sobre la gema. Podía escucharse todo también. Makiias se incorporaba cuando Galerina disfrazada de Anzhará apareció por la puerta. El elfo se estremeció al verlo y asustado se acurrucó en un rincón de su lecho apoyando su espalda sobre la pared. La fungí no esperaba tal reacción.
—¿Qué me ha hecho? ¿Qué le ha hecho al elemental? —fueron las primeras palabras del elfo.
            —Tranquilo Makiias —intentó calmarle Galerina— Estarás bien. La conciencia del elemental se encuentra ahora en un cristal de sueños. Tú estás a salvo.
            —¿Por qué?
            —¿A qué te refieres?
            —¿Qué hará conmigo ahora que el elemental se ha separado de mí? ¿Es esto un sueño todavía? —Makiias se encontraba aterrado y miraba para todos lados.
            —No. —contestó Galerina disfrazada de Anzhará—. La máquina del sueño ha sido desconectada, el elemental se ha ido. No tienes nada de qué preocuparte. Puedes confiar en mí.
            —No. Discúlpeme oh príncipe de Saldra, pero no confió en usted. Usted ha cambiado. Me forzó a someterme a este experimento, me forzó a intentar lo que deseaba hacer con ese elemental. He sufrido  en mi propia carne el dolor —dijo Makiias observando aterrado sus cicatrices. Luego suplicó—. Libéreme, no diré a nadie lo que ha sucedido.
            Galerina comprendió que haberse disfrazado de Anzhará no había sido una buena idea pero debía mantener la mente abierta si lo que estaba haciendo no daba resultado entonces quizás era mejor decir la verdad —Voy a rebelarte algo, pero no quiero que te asustes. —dijo amablemente.
            —Niña boba. —gruñó la ogra viendo lo que sucedía desde otra habitación.
            —No soy quien piensas, no obstante no estás en un sueño. Esto es real. —Galerina extendió su mano pero removió de ella la ilusión que la cubría exhibiendo sus cuatro dedos de fungí.
            —¿Qué le ha pasado a su mano? —preguntó aterrado el elfo.
            —Nada, esta es mi mano. Y es porque yo no soy Anzhará. Estoy aquí para rescatarte.
            —¿Y quién eres?
            —Soy una maga, al igual que Anzhará. Pero desapruebo lo que te ha forzado a hacer. Él también me persiguió a mí y a los míos.
            —¿Y qué le pasó al príncipe? —preguntó el elfo— ¿Qué le pasó a Radasté?
            —Anzhará ha muerto, pero no he sido yo quien lo mató. No sabemos nada de Radasté.
            —¿Quiénes son ustedes?
            —Acompáñame y los conocerás, mis amigos se encuentran el observatorio astronómico.
            —¿Y cómo han entrado allí sin el permiso de Anzhará?
            —Tú le dijiste, en tu sueño, a uno de los míos como hacerlo.
            —¿Viridrut?
            —Sí.
            —¿Él es real?
            —Sí, acompáñame. —Galerina extendió su mano, la única parte en la que había removido su ilusión y permitió que Makiias la tomase.
            —Tu mano se siente extraña, liviana y algo fría. ¿Qué clase de criatura eres? —preguntó mientras caminaban en dirección al observatorio.
            —Soy algo que tú creaste. En ese experimento con el elemental.
            —No entiendo.
            —Para ser justa, yo tampoco.
            —¿Eres mujer?
            —Sí. También hay hombres y otros que no podríamos clasificar como ninguna de las dos cosas. —contestó Galerina.
            —Pero entonces… —dijo el elfo.
            —Calla, solo acompáñame hasta donde están los míos para que los conozcas.

            Makiias obedeció y se mantuvo en silencio hasta que llegó al observatorio entonces los vio a todos los fungís y a la ogra. Como eran en realidad y volteó a ver a Galerina y esta vez la vio con su forma de fungí. Y luego se desmayó.
            —Ahora si servirá mi poción. —mencionó la bruja y extrajo su frasco, lo destapó y lo puso en la nariz del elfo. El cual se recuperó.

            —Nosotros somos fungís. —dijo Viridrut presentándose—. Hongos que hemos tomado conciencia por un accidente con la magia que involucró tus cicatrices, y que un elemental fusionase la mente contigo. Queremos saber que pasó, esa noche. ¿Qué pasó con Anzhará?, ¿Por qué nos buscaba?, ¿Por qué nos temía?
            —¿Fungís? —preguntó el elfo extrañado.
            —Sí, hongos —repitió Viridrut—. Contesta por favor.
            —Anzhará es un excéntrico. —dijo Makiias.
            —Era. —Lo corrigió Sorpus.
            —Era, perdón —se corrigió el artesano—. Yo he sido su siervo desde hace cientos de años, construí para él muchas cosas, como ese artefacto —dijo señalando la máquina del sueño— y las rejas del palacio o la puerta de acceso a esta torre. Cuando quedé mal herido tanto él como su amante, enloquecieron. De repente el mismísimo príncipe de Saldra debía de explicar que había generado mis lastimaduras y eso podría haber complicado su situación como príncipe. Su intento de hacerse con tanto poder podría costarle su casta. Además no quería que nadie tomase e imitase su idea de quitarle a un elemental metaplasma. Radasté, quien siempre ha sido buena conmigo, también perdió el control. Estaba demasiado adolorido para moverme y Anzhará insistía en observarme. Me durmió con su magia y cuando estuve indefenso me conectó a la máquina del sueño para extraer mis pensamientos. Lo único que puedo decirles con certeza es que ambos temían el tener que dar explicaciones respecto a lo que había sucedido.
            —¿Pero y nosotros? —preguntó Viridrut.
            —No sé nada de ustedes, permítanme leer su diario y les diré que me entero. —Makiias caminó confundido hacia el libro escrito en el idioma elfo  que estaba abierto sobre el escritorio.                                         
            —Cientos de hombres nos vieron, jamás podrán ocultar eso. —dijo Galerina.
            —Al príncipe de Saldra no le importan los hombres, no son quienes pueden juzgarlo y morirán de viejos prontamente. Cualquier cabo suelto entre los hombres se perdería en generaciones. Mientras que los elfos los perseguirán por sus faltas por siempre. Tarde o temprano algún kento iría a preguntar por mí a Anzhará, si podía inventarse que había muerto de alguna forma que no lo comprometiese estaría libre de culpa y nadie jamás implicaría a Radasté.
            —¿Crees que intentó matarte? —preguntó Penny.
            —No creo que haya sido la primera idea de Radasté o de Anzhará. A él sobre todo le intrigaba el elemental. Pero cuando hubiese saciado su curiosidad posiblemente me hubiera matado. Creo que realmente me han salvado la vida —Makiias comenzó a leer el diario para sí mismo.

            Los minutos pasaron y la ogra pudo observar por el mirador que la tarde llegaría pronto. Morún y sus hombres estaban esperando todavía en la playa con los elfos dormidos. Los cuales despertaría cerca del mediodía del día siguiente.
            —Si queremos borrar nuestro rastro, al igual que quería Anzhará deberemos de empezar a hacerlo. —propuso Caldishn-Ñuñu.
            —No sé qué pretenden hacer pero al final Radasté los encontrará —dijo Makiias—. Según el diario, Anzhará y Radasté al enterarse de ustedes, los fungí, contrataron a un grupo de hombres para que los cazase. El príncipe llamó a Zantra en secreto, y muy probablemente lo hubiera matado junto conmigo y ustedes. Temía que su estatus social cambiase y ya no pudiera darse los lujos que se dio toda su vida, solo por un error. Conocí a Anzhará y a Radasté ya hace mucho tiempo, no siempre fueron así. Alguna vez fueron amables. Puede ser que fueran arrogantes y pretenciosos, pero no eran asesinos. ¿Tanto miedo tenían? —se lamentó.
            —¿Los defiendes? —preguntó la fungí venenosa.
            —No. Pero hubo otras épocas donde las cosas fueron diferentes. Mi accidente y su aparición desencadenaron una serie de eventos catastróficos, por culpa de la ambición de Anzhará.
            —¿Pero descubrió Anzhará el porqué de nuestra existencia? —preguntó Viridrut.
            El elfo simplemente movió su cabeza negándolo. La ogra agregó   —Creo que su creador estaba más preocupado por destruirlos. Borraremos de la mente de Zantra los recuerdos de los fungís y arreglaremos la escena para que todo esto parezca un accidente. Nos llevaremos este diario para que nadie lo encuentre y sepa de ustedes. No toquen nada más. El problema será Radasté, ella sabrá que algo pasó. Pero nunca podrá admitirlo. Es una lástima no poder llevarnos nada de aquí. ¿Qué es ese colgante azul? —preguntó al elfo.
            Makiias sonrió —Ese colgante permite tele transportarse. Fue creado por elfos antiguos. Han de quedarle cinco viajes.
            —Podríamos usarlo para desaparecer. —dijo la ogra.
            —No creo. Para poder viajar hace falta haber estado antes en lugar al que se desea viajar. Les servirá para ganar tiempo, pero no para que desaparezcamos. —contestó Makiias.
            —¿Planeas venir con nosotros? —preguntó Sorpus.
            —Radasté también me buscará a mí. Debo desaparecer junto a ustedes.

            Dejaron todo como estaba, incluso a Talisú. No había tiempo para mucho. Se llevaron del palacio solo el diario de Anzhará, pues debía de desaparecer cualquier registro de los fungís que tuvieran los elfos,por eso tambien borraron algunos de los cristales de sueños almacenados por el mago. Cerraron la puerta y Galerina guardó la llave para si. Llegaron hasta donde estaba el cadáver de Anzhará. El lugar era un desastre. Los rastros de la batalla estaban por todos lados. Los enanos destruidos y las piezas del elemental apiladas donde se había desintegrado. Entonces nuevamente la bruja buscó en su morral varios frascos y los repartió a los hongos.
            —Vuélquenlos en el suelo. —ordenó. Y los fungís obedecieron. Caldishn-Ñuñu dio varios golpecitos en el suelo con sus pies. En pocos segundos las raíces de los árboles se levantaron del suelo enredando a las piezas cerámicas de las esculturas destruidas de Anzhará y los restos del elemental debajo de la tierra.

            Siguieron hacia el jardín de ágaves. Galerina preguntó —¿Qué haremos para ocultar esto?
            —Busquen en las raíces de los ágaves, siempre hay pequeñas copias de ellos creciendo. Es una de sus formas de reproducirse. Remuévanlos y colóquenlos donde están los restos de los anteriores.
            Los fungís nuevamente hicieron caso a la ogra y colocaron a las plántulas donde correspondía. La bruja extrajo esta vez la pifilca de su morral y tocó una canción nueva. Una que los hongos nunca habían escuchado. Fue reconfortante y hermosa. Las plantas crecieron y se volvieron adultas. Los fungís se sintieron mejor, incluso la herida de Licken que le había dejado el elemental cuando lo había atravesado, sanó.
            —¿Cuál ha sido esa canción? —preguntó Galerina.
            —Esa ha sido la canción de la vida. Al parecer tiene el mismo efecto en los fungís que la canción de curar tiene en los animales. —explicó la ogra.
            —¿Pero acaso las plantas tienen oídos? —preguntó Viridrut.
            —Sigues sin entender la magia. La canción de la vida o la de curar, son canciones de magia blanca. La del miedo, la serenidad, el sueño, la inspiración, la felicidad, son canciones de magia roja. La magia blanca afecta al organismo vivo que lo recibe y solo hace falta que vibre en él. Pero la magia roja afecta al cerebro, el complejo como el de los elfos o el sencillo como el de los insectos. El cerebro necesita escuchar la canción para que se sienta feliz o asustado, o dormido. Existe incluso una canción para detener el tiempo, no importan los oídos allí tampoco. La ilusión de Galerina entra por los ojos, como en el cerrojo oculto de la puerta del laboratorio secreto, mientras que tu ilusión afecta directamente a la mente. No son lo mismo. No puedes confundir los ojos de un ciego, por eso la ilusión de Galerina al principio desaparecía cuando la tocaban. Pues el tacto revelaba su verdadera naturaleza. La magia de la música vibra en el mismo aire.
            —¿Y cuál magia es esa, la del tiempo? —preguntó Galerina nuevamente.
            —Purpura, como la de las piedras azules que te permiten tele-transportate. La más escasa y compleja de las magias.
            —¿Y se sabe esa canción? —Viridrut deseaba aprenderla.
            —Me temo que no y aunque la supiera estoy segura de que sería muy difícil de realizar. —contestó la ogra.
           
            Dejaron el trayecto como si no hubieran pasado nunca y luego se dirigieron a la playa. Morún y sus pocos hombres los estaban esperando.
            —¿Qué ha pasado con Zantra? —preguntó la bruja.
            —Lo he dormido como tú pediste. Dos de mis hombres se durmieron también, pues para engañarlos tuvimos que brindar con ellos. En unas pocas horas despertarán —Era de noche ya—. ¿Qué ha pasado con Anzhará? ¿Quién es el elfo?
            —Mi nombre es Makiias —contestó el artesano—. Mi príncipe ha muerto.
            —¿Cómo? —preguntó Morún tomándose uno de sus bigotes con una mano.
            —En un accidente de jardinería. —respondió el elfo.
            Morún miró seriamente a los fungís y luego a la ogra —Es de los inteligentes. —dijo refiriéndose al elfo.
            —Viridrut —se pronunció la ogra—. A parte de Izhá y Radasté, los únicos elfos que saben de su existencia son Zantra y sus guardias. Quiero que armes una ilusión para todos ellos, ayúdate con la pieza de la cadena llena de metaplasma para aumentar tus poderes si hace falta. Los hombres de Morún negarán que los han visto en Denjiia, tú invéntales una historia feliz, una en la que vinieron a ayudar al príncipe con el mantenimiento de su palacio. Y deja que mañana despierten tranquilos y luego descubran el cuerpo de Anzhará y saquen sus propias conclusiones. Tú, Ascophio, bórrales la memoria de estos últimos días. Y esperemos que sea suficiente. Yo mezclaré una poción de curar entre sus alimentos para que mañana cuando desayunen borren todo rastro de tu conexión con ellos en su cerebro.
            —Está bien. —contestó Viridrut.

            Los fungís obedecieron. Dejaron a resguardo a los elfos que despertarían convencidos de que todo había sucedido de una forma diferente. Los elfos de Saldra, no acostumbraban visitar Denjiia, muchos al igual que Zantra eran algo xenofóbicos. Las historias de los fungís en Gaved o en el pueblo sin nombre se perderían en generaciones y se convertirían en leyenda. Pero a la bruja le preocupaba Radasté. Makiias estaba angustiado de tener que partir. Si bien su vida corría peligro pues sería perseguido por la maga blanca, odiaba tener que abandonar a todos en su vida, para jamás regresar.

            Se subieron al bote que Morún le había entregado a los fungís hacía semanas atrás, que todavía estaba allí, atado a una palma. Llevándose el último vestigio de la presencia de los hongos en la isla. Eran muchos, pero el bote alcanzó para transportarlos nuevamente a Denjiia.

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