Idilkó,
territorio de Kirun, provincia de Koria.
Día 08
del décimo mes de 1280 del calendario de Finvir.
El
agua había regresado al rio muerto. No estaba fría sino cálida. El rio en poco
tiempo tendría la intensa fuerza que había tenido hacia siglos. Los médicos de
Cillydan habían curado sus heridas pero Guy no podría mover su brazo por un
largo tiempo hasta recuperarse por completo.
—Todavía
faltan tres días, al menos, para que las tropas de Minbou lleguen hasta Kirun. —Dijo
Guy en presencia de Cilydan, Texu e Ilko. —¿Cuánto tiempo le tomará, Cillydan,
rey de Idilkó en reunir a sus hombres y encaminarnos hacia Kirun?
—Un día será
suficiente —contestó Cillydan— Cumpliremos con nuestra promesa y defenderemos
Kirun. Me llamas rey mujer. ¿Reconoces acaso mi autoridad?
—Soy militar y
como tal no me incumben los asuntos de política. Mi trabajo como emisaria
terminó cuando envié el mensaje pidiendo refuerzos. Otros oficiales llegarán
con mayor rango que el mío. No le he preguntado yo si acaso reconocías la
autoridad de mi rey Urael. Iré a reconquistar Kirun para Fenor. Un usurpador
esta ahora gobernando allí. Que ha matado a quienes se interponían en su
camino.
—Como haría
cualquier rey. Hoy hay muerte en Kirun pero pronto las aguas se calmarán y el
que dice ser rey de Koria tendrá su oportunidad de probarse. Si tú no lo matas
antes. —Luego Cillydan miró a Texu -¿Y tú, soldado, también deseas ir a luchar
esa batalla?
—A los mejores
guerreros no les gusta pelear, lo hacen bien, eso es todo. Pienso seguir a Guy
que hasta ahora no me ha decepcionado.
—Tampoco a mí.
—contestó Cillydan.
El bardo dio
un paso al frente —Siento que no puedo hacer más por ti Guy. Ahora debo hacer
algo que posiblemente me llevé a la muerte.
—¿Sigues
pensando en Miana? —preguntó Guy.
—Sí. Tengo que
rescatarla.
—No hay manera
de que puedas entrar a la ciudad ahora. Y aunque lo hagas no hay motivo por el
cual Andoo liberaría a Miana. Es su garantía de que la espada de Breadan no se
volverá en contra de él. —explicó Guy.
—Aun así.
—Yo tengo una
idea —Intervino Texu—. Podemos cambiarle
la gema de Kirun por su libertad.
—¿Vas a
entregarle la reliquia de la ciudad a ese impostor? —Guy estaba alarmada.
—Eso es lo que
está buscando ahora. Con la piedra de Kirun controlará él también la religión
del reino. Nombrará a un clérigo bajo su mando.
—Y se
convertirá en un nuevo Ilman o un nuevo Guipac. —Guy no estaba conforme.
—Las llamas de
Kirun están aquí ahora. No podrá hacer funcionar los molinos otra vez. El
templo ya no existe. La gema de Kirun es solo un símbolo ahora.
—Y es
suficiente con eso. Lo usará para validar su poder. Es lo mismo que si cae en
sus manos la espada de Breadan.
—Eso no pasará,
Mayor. Se lo prometo. —juró el bardo.
—Me han
servido bien hasta aquí. No tendría que permitir que hagan esto. Pero lo hare,
estoy en deuda con ustedes. Más no puedo ayudarlos en nada en esta misión. En
tres días dos ejércitos estarán sitiando a Kirun. Asegúrense de no estar allí
para entonces.
Cillydan que estaba escuchando se
acercó y con muchos modales y con su voz calma intervinó —Si van a adelantarse
permitan que al menos uno de mis hombres los acompañe.
—No me
molestaría tener otra espada a mi lado. —dijo Texu.
—Prepararemos
todo entonces. Podrán partir en una hora. Benditos sean los dos por el sol y
que se cumpla su destino. —Cillydan se reverencio ante ellos. Texu e Ilko se
inclinaron aun mas ante el rey que habían conocido el día anterior.
El
hombre que Cilydan había enviado a ayudarlos se llamaba Celat y era conocido
como la mano derecha del rey. Ellos no poseían muchos caballos, pero decían que
los que tenían eran la descendencia del caballo de Breadan así como ellos eran
la descendencia de los hombres de Idilkó de la época del héroe. Texu, Celat e
Ilko descendieron al pie de la montaña. Celat era alto incluso más que Texu. Se
había despojado de su armadura blanca ya que pretendían entrar furtivamente a
la ciudad y su vestimenta de guerra llamaba demasiado la atención. Pero todavía
llevaba su espada. Sus ojos y cabellos eran de color ámbar como la gema de
Kirun y era joven como Guy de Montevid.
—Nunca he ido más
allá del límite. —dijo Celat—. La promesa de nuestros antepasados nos tenía
prisioneros en la montaña.
—Eres libre
ahora —contestó Ilko—. Ven, si deseas llegar con nosotros hasta Kirun.
—Sí. —dijo el
hombre y fue mas allá del límite de la montaña.
Habían cruzado
el rio antes atravesando un pasaje que conocía Celat. Estaban del lado de
Minbou y bordearían el rio cabalgando tan rápido como pudieran. Si deseaban
llegar a Kirun tendrían que cruzar nuevamente el puente de Breadan. No hubo
tiempo para charlas. La gema de Kirun ya no abrigaba y al fin nevaba en el
territorio de Koria. Cuando llegó la noche ellos todavía no alcanzaban el
puente pero habían hecho mucho más rápido de lo que les había tomado encontrar
a Idilkó. Descansaron protegidos por la oscuridad y el rio que separaba a los
rebeldes de Kirun de ellos. Pero dormirían poco antes de que amaneciera irían a
la torre de Fruel que habían abandonado. Con suerte seguiría así, sola. Pero si
no lo estaba, la noche, les brindaba la única posibilidad de tomarlos por
sorpresa. Dejaron atrás sus caballos y fueron hacia la torre.
—Hay luces
allí. Dos antorchas. —susurró Texu señalando la superficie de la torre.
—Si. Ya han
llegado hasta aquí. —contestó Celat
—Somos
demasiado pocos para superar a la guarnición de la torre sin que antes consigan
hacer señales. Pero vale la pena intentarlo. ¿Qué piensas Ilko?
—Yo digo que
esperemos. Ellos están mirando al oeste, a Minbou. Están esperando un ejército.
No a tres personas. Nos verán llegar desde la otra torre de todas formas. La
que esta mas cerca a la ciudad cruzando el rio, aun si consiguiésemos tomar
esta.
—Silencio —ordenó
Celat—. Se escuchan cascos de caballos —Un grupo de hombres pasó por el camino
cercano a ellos. Desde donde estaban podían ocultarse pero debían permanecer en
silencio y tumbados en el piso—. Son muchos más que los que están en la torre —Atrás
hacia el puente se veían las antorchas prendidas de cientos de hombres—. El rio
ha regresado y han venido a ver. Sin duda también notaron la columna de fuego
de la ciudad de Idilkó.
—Han de haber
abierto las puertas de la ciudad. Buscarán agua en grandes cantidad para
reabastecerse. Tienen que haber salido más que solo los hombres de armas. Podríamos
llegar a mezclarnos con ellos. —sugirió Texu.
—Hay guardias
por todas partes. Hará falta una distracción. —dijo Celat.
—Texu, guarda
la gema de Kirun. Nos veremos dentro. Yo llamaré la atención de los hombres de
Andoo. No me harán daño pues me conocen. Si consiguen mezclase con ellos podrán
entrar a Kirun. —explicó el bardo y tomó su lira nuevamente. Ya no escondía a
su espada, pero tampoco se había desprendido de su instrumento.
—¿Estás seguro
de esto? —preguntó la mujer.
—Si. Confío en
que llegarán a rescatarme cuando las cosas se compliquen. Ahora aléjense de
aquí lo suficiente. Voy a hacer una de mis grandes apariciones. —Celat y Texu
accedieron y se alejaron entre las sombras. Mientras el bardo se acercaba a la
torre.
Ilko
tocó su lira. Era un músico después de todo. Tocó su instrumento mientras
cantaba apoyado en un árbol. Y los hombres de Andoo lo escucharon. Texu y Celat
aprovecharon para llegar hasta donde estaban los ciudadanos de Kirun y se
mezclaron entre ellos.
Tiemblen
enemigos de Fenor
Porque Guy está
llegando
El rey orco
atacó la fortaleza gris y celeste
Y un dragón llevó
con él
Guy lo mató con
su lanza y ahora viste su piel
A nada teme la
mata dragones
Solo escucha la
voz de su corazón
Que solo habla
de lealtad y valor
Ella juro
proteger en el bosque sagrado
Las piedras del
palacio de plata
Veras su
insignia azul
Y sabrás que es
ella quien viene por ti
La dama de Montevid
Es acero, coraje
y pasión.
—¡Arresten a
ese hombre! —ordenó uno de los hombres de Andoo de mayor edad.
El bardo soltó
su lira y empuñó su espada. Un joven se acercó a él blandiendo una espada. No
intentaba matarlo pero lo lastimaría lo suficiente como para desarmarlo. El
bardo sabía que no podía ganarle en combate. No a través de sus habilidades con
la espada. Pero consiguió defenderse. Y cuando su espada golpeó a la del joven
la espada del mismo se partió en dos. El joven se quedó parado delante de él
sin entender nada. El viejo desenfundó su espada.
—¿Tú también
vienes por mi? —preguntó el bardo sonriendo.
—Sé de ti y
también sé que no eres un guerrero. Si lo fueras sabrías que aun siendo la tuya
una espada mágica jamás podrías vencernos a todos a tiempo. Suelta la espada y entrégate.
—Ven a
quitármela.
—Como mas te
guste. —contestó el viejo. El bardo lanzó un par de espadazos que no hicieron
blanco y luego el hombre pudo alcanzar a la mano con que empuñaba la espada. Apretó
con fuerza la mano del bardo que soltó el arma. —¿Ahora que harás bardo?
Ilko se
frotaba la mano adolorida —He venido hasta aquí a hablar con Andoo. Tengo algo
que puede interesarle.
—Hablaras
conmigo primero.
—Tú no eres
nadie.
El viejo
enfureció y tomó al bardo por el cuello y lo empujó contra el árbol. —¿Y quién
crees que eres tú?
—¿Yo? —dijo el
bardo ahogándose—. Tengo a la gema de Kirun. Sé que la han estado buscando.
—Entrégamela.
—No lo haré.
Solo le daré la gema a Andoo. A cambio de la vida de Miana de Berberak.
—Entonces morirás
aquí.
—No tengo la
gema conmigo. Si me matas se perderá para siempre. Y tarde o temprano Andoo se
enterará que has sido tú quien acabó con la vida del único hombre que sabía dónde
se encontraba. ¿Cuántos crees que han escuchado mi canto? —La voz del bardo cambio—
llévame ante Andoo.
El viejo arrojó
al bardo al suelo y luego ordenó –Atenlo, será entregado al Rey de Koria. Nos
llevaremos su espada y su lira con nosotros.
Más
de cincuenta carretas junto con casi cuatrocientos hombres y mujeres regresaron
a Kirun seguidas por cien de los hombres de Andoo. Habían estado juntando agua
y explorando. Celat y Texu escuchaban atentos los rumores sobre lo que había
pasado con el rio. El miedo y la confusión se mezclaban con un exaltado
sentimiento patriótico que Andoo explotaba casi tan bién como lo había hecho
Guipac. Yendo hacia la puerta de entrada principal habían hecho un camino con
picas. Sobre cada una estaba la cabeza ensangrentada de todos aquellos que se
habían enfrentado a ellos. Texu vio a Guipac clavado en una de ellas. Habían
recuperado su cuerpo de entre los restos del templo. También vio la del gordo Tiraban
y la de varios de sus ex compañeros. Algunos que no habían deseado acompañar a
Guy. Algo en su interior se quebró al ver como los propios habitantes de la
ciudad se mataban los unos a los otros.
Texu
y Celat se separaron de los demás pero observaron con cuidado donde era llevado
el bardo. La mujer eludía a la gente con mucho cuidado. Su mechón de cabello
blanco y su piel manchada llamaban mucho la atención y aunque estaba
completamente cubierta era una mujer muy popular por lo que sería reconocida
fácilmente. A su alrededor los hombres y mujeres todavía trabajaban apilando
los cuerpos de los muertos para llevarlos afuera a una gran pira mortuoria. Solamente
de los rumores supieron que una pequeña fuerza de soldados y clérigos todavía
resistía dentro de la ciudad pero que estaban acorralados y a punto de ser
sometidos. Andoo por su parte se había instalado en el palacio real. Si iban a
llevarse al bardo a algún lado seria a allí, y era donde debían ir. Dejaron de
seguir a los captores de Ilko y robaron dos caballos. Texu sabía como llegar
antes que ellos. Pero antes de ir, escondió la roca de Kirun en el suelo cerca
de la entrada.
Pasaron cerca
de lo que quedaba del templo. Todo era ruinas y cenizas. Ella había vivido allí
y le costó contener su llanto. Las puertas del palacio real estaban protegidas
por ocho guardias bien armados.
—Podríamos
acabar con ellos pero si lo hacemos pronto los verán y jamás saldremos con vida
de allí. —dijo Celat a Texu.
—No entraremos
por la puerta principal. El palacio real está lleno de pasadizos secretos. No
cuento con que Andoo no conozca esto. Seguro habrá dejado guardias también allí
o por lo menos cerca. Si espero que este lo suficientemente confiado como para
haber dejado menos hombres allí. —dejaron los caballos y siguieron a pie hacia
una calle lateral.
—¿Cómo sabes
todo esto?
—Por muchos
motivos. He sido jefa de la guardia de Kirun por algunos años y sabia por esto
que existía aunque no me fueron revelados. Mis hombres investigaron a Guipac y
a Ilman y los descubrieron hace tiempo —La mujer se detuvo—. ¿Puedes ver esa
casa?
—-Si la veo.
—Desde allí
entraremos al palacio.
—Parece que no
está custodiada.
—Te equivocas,
lo estará.
—¿Y si alguien
nos ve?
—Es la mejor
opción que tenemos, tendremos que arriesgarnos.
—Deja que yo
me encargué de los guardias —dijo Celat— Si yo caigo tú sabrás como continuar.
En cambio sí caes tú estaré perdido en esta ciudad.
—Estaré detrás
de ti.
Se aproximaron
a la puerta y golpearon. Todavía era de noche. Se escondieron detrás de la
pared para que no los viesen. Escucharon como se abría una ranura en la puerta
y como luego volvía a cerrarse. Hicieron esto dos veces más. En la cuarta un
hombre decidió abrir la puerta. El contundente puño del bridico fue suficiente
para desmayarlo. El guardia que había golpeado su cabeza contra la pared antes
de caer al suelo no se levantaría por un tiempo. Le tomó un segundo a Celat
lanzarse dentro de la vivienda y encontró a dos más. Con un solo golpe de su
espada desarmó al primero. Antes de que el segundo fuera capaz de hacer sonar
el cuerno de alarma se lo quitó de las manos y golpeó con el pomo de su espada su
cara. El hombre cayó fuera de combate. El que todavía quedaba en pie intentó
sujetarlo pero Celat lo tomó del cuello y lo arrojó con gran fuerza contra la
pared sacándolo a él también de combate. Con rapidez ataron a los tres y los
amordazaron.
—Has peleado
bien y muy rápido. Pero habrías sido más rápido si no hubieras perdido el tiempo
golpeando con tus manos y hubieses usado más tu espada. —susurró Texu mientras
tomaba un cuchillo que estaba sobre una mesa y lo guardaba entre sus ropajes.
—Yo, como
todos los hombres del ejército de Cilydan, jamás he matado a un hombre. Ya que
nunca he entrado en batalla. Lamento no haberte dicho esto.
—Está bien. Has
peleado bien igual. No es vergüenza que no hayas matado a nadie, por el
contrario.
—Quizás me
haga un buen hombre pero no me hace un buen guerrero.
—He conocido
muchos buenos guerreros y pocos buenos hombres.
—Gracias. —contestó
Celat.
Abrieron
una puerta oculta en el piso y desde allí se dirigieron al interior del palacio
que estaba a poco más de trescientos pasos. Salieron del pasadizo y se encontraron
con un pasillo sin guardias. Apagaron todas las velas del pasillo para quedar a
oscuras. Texu había reconocido el lugar y sabía que estaban cerca de la
entrada. Desde allí podría seguir los movimientos de quienes entraban y salían
del palacio. No tuvieron que esperar mucho para escuchar los pasos de hombres
ir de un lado al otro por las habitaciones siguientes. Algo importante estaba
pasando. Un hombre se acercó a dos guardias dando indicaciones. No podían
escuchar lo que decían porque estaban muy lejos pero fue capaz de entender una
palabra “bardo”. Estaban trayendo a Ilko. Texu se dio cuenta por los gestos del
hombre que había enviado a los guardias por algo. Dedujo que era a Miana.
—¿Qué haremos
ahora? —preguntó Celat.
—Seguir a esos
guardias. No nos sirve esperar al bardo ya veremos cómo lo rescatamos a él.
Cuando el
hombre se alejó pudieron seguir el camino que habían tomado los guardias. Texu
imaginaba que la habían encerrado en alguna de las habitaciones del palacio.
Alguna de los tantos cuartos de huéspedes que tenía la construcción. Andoo sabía
que Miana era un seguro para que Ilko no se volviese contra él. Así que la
tendría cerca. Continuaron ocultos hasta que llegaron a ver las puertas de la
habitación. Se pusieron fuera de la vista de los guardias que no esperaban a
nadie dentro del palacio. Un hombre escoltado por dos más llegó también a las
puertas. Los dos guardias lo saludaron.
—Conozco a ese
hombre —Murmuró Celat—. Ese debe ser Andoo.
—¿Cómo puedes
estar tan seguro? Debe haber más hombres importantes aquí no solo porque lo
saluden…
—No es eso —continuó
Celat—. Ese hombre estuvo en Idilkó. Hace años. Nosotros no podíamos escapar
del límite de la montaña por la promesa de nuestros antepasados. Esa era la
tradición. Pero los extranjeros podían cruzarlo sin problemas. Él nos visitó y
nos convenció de que se quedaría con nosotros. Pero escapó robándose varias de
nuestras reliquias. Andoo no es descendiente de Zuñar es solo un impostor que
ha usado lo que robó para probar su linaje.
—Comprendo —Texu
meditó un segundo—. Tengo un plan pero necesito de tu ayuda.
—Dime que
hacer y te ayudaré.
El
bardo fue arrastrado por los pasillos del palacio hasta la habitación
principal. Atrás el hombre mayor que lo había tomado prisionero lo seguía
cargando su espada oxidada. Andoo estaba sentado en el trono en el que rara vez
se había sentado Ilman. Dos de sus hombres estaban cerca de Miana aunque no la
sostenían y ella tampoco intentaba escaparse. Arrojaron al bardo a los pies del
usurpador.
—Me
impresionas bardo. Has llegado hasta aquí otra vez. ¿Has sido tú quien derrotó
a Guipac? —preguntó Andoo— ¿Tú te has robado la gema de Kirun?
Ilko sonrió y
se largó a reír, pero luego se detuvo —¿Qué si yo he vencido a Guipac? ¿Por qué
no? Quizás lo maté y robé la gema de Kirun. ¿No has estado buscando eso?
—¿Qué has
hecho con la gema de Kirun?
—Estoy
dispuesto a dártela si liberas a Miana y dejas que abandone conmigo esta
ciudad. No volverás a verme.
Andoo sonrió —¿Y
qué te hace pensar que ella está aquí en contra de su voluntad? No lo estaba
hace unos días y no lo está ahora.
Ilko miró a la
mujer —Lo que sea que este hombre te haya dicho, es mentira.
Miana comenzó
a llorar —No, él me ha dado pruebas. Él es el verdadero descendiente de la
dinastía Dulis.
—¿Y eso que
importa? es un monstruo y un asesino.
—No habrá
revolución sin muerte. Fenor no usurpará más estas tierras, no abandonará a los
hombres de Koria a la suerte de hechiceros como Guipac. —decía la mujer
llorando.
—¿Te has dado
cuenta bardo? —Andoo intervino jocosamente—. ¿Por qué no te unes tú también a mí?
—Eso no va a
suceder. —contestó Ilko.
—Soy un hombre
de palabra, bardo. –dijo sonriendo Andoo.
—No lo eres.
Te he demostrado que soy quien digo y has pedido más. La vida de Miana ya no te
pertenece.
—Has dicho que
tu espada pelea para la justicia. Yo soy la justicia. Yo defiendo a los que
Fenor ha traicionado. A los que Guipac colgaba de los arboles con el
consentimiento de Ilman. Si tú eres un hombre de justicia te unirías a mí. Y
sin embargo te rehúsas. Ilman y Guipac están muertos. ¿También ha muerto la
emisaria? ¿Es ella quien tiene la gema de Kirun?
Ilko podía
aceptar pero eso no liberaría a Miana, ni tampoco a él. Y en poco tiempo la
ciudad estaría sitiada con ellos dentro.
El hombre que
lo había capturado acercó el filo de su espada al cuello del bardo. Andoo
levantó su mano deteniendo al hombre —Dime donde está la gema de Kirun y
perdonare tu vida. No soy un monstruo como piensas.
Texu salió de
detrás de una de las columnas de la habitación, había estado esperando su
oportunidad —Él no tiene idea de donde está la gema de Kirun.
—Y ¿Quién eres
tú? —preguntó tranquilamente el usurpador.
—Texu —dijo
Miana en llantos.
—Es Texu. —dijeron
los hombres con un poco de terror en sus voces.
Texu caminó
confiadamente hacia donde estaba Andoo.
—Si te
aproximas un poco mas matare al bardo. —amenazó el viejo.
—¿Y a mí que
me importa? —contestó Texu. El hombre dudó por un segundo y eso fue suficiente
para que la mujer reaccionase. Miró a los ojos al viejo y le arrojó un cuchillo
que había sacado de otra de las habitaciones. Se lo clavó en el pecho y el
hombre cayó sentado al suelo. Había dejado caer su espada y sostenía con ambas
manos el cuchillo clavado en su cuerpo. Respirar le fue cada vez más difícil. Sabía
que iba a morir. Texu podría haber enfrentado a los demás guardias pero no le hacía
falta. Le temían. —¿Alguien más desea amenazarme? —Nadie contestó. Los guardias
estaban ahora rodeando a Andoo. Texu ayudó al bardo a levantarse y luego le
entregó su espada que habían dejado en el suelo. —Yo te daré la gema de Kirun.
Si la deseas.
—Por supuesto
que lo harás aun si eres tan fuerte como dices no podrás contra todos mis
guardias. —contestó Andoo de manera desafiante.
—Sin duda no
podré pero ellos no vendrán por un tiempo. —Texu sabía que esto era así porque
había encomendado a Celat incendiar varias partes del palacio. Los guardias
estaban ahora ocupados con el fuego y llegar hasta donde estaban no sería fácil
pues el fuego ya había crecido bastante. Podrían controlar el incendio pero les
llevaría un poco de tiempo. Suficiente para negociar con Andoo. Texu siguió
avanzando. Uno de los hombres de Andoo intentó desenvainar su espada pero antes
de que pudiera hacerlo Texu ya lo había cortado con la suya dejándolo mal
herido—. Son demasiado pocos para mí.
—Tendrás que
matarnos para llegar a Andoo. —contestó uno de ellos.
—¡No dudes que
lo hare! —exclamó Texu. Otros dos hombres fueron en busca de ella y terminaron
con la misma suerte que el primero. Heridos y sacados de combate. El cuarto quiso
sorprenderla pero la mujer lo esquivó con facilidad y le cortó la cabeza. Esto
no era un juego. La sangre del hombre salpicó el rostro de Andoo.
—¡Basta! —dijo
Andoo que estaba sentado todavía en el trono. El filo de la espada curva de Texu
se apoyó en el costado derecho de su cuello. Pero Andoo era frio y nunca el
tono de su voz cambio. El usurpador estaba solo ahora —Dime que quieres y te diré
que puedo hacer por ti.
Texu ignoró al
hombre pero sin dejar de verlo pregunto a Miana que estaba llorando en el suelo
—¿Estás bien Miana?
—Si, Texu,
hermana.
—Voy a decirte
la verdad Andoo. Sé quién eres, se que eres un usurpador al trono de Koria.
—¡Tú no sabes
nada! —gritó encolerizado Andoo que por primera vez perdía la calma.
—He estado en
la ciudad perdida de Breadan. Y esa columna de fuego que vieron desde aquí era él
yéndose de esta tierra. He conocido a Cillydan y también este hombre lo ha
visto. Y en este momento su ejército se aproxima a Kirun —Luego habló para
Miana—. Este hombre solo te ha mentido Miana él no es quien dice ser. El
verdadero rey de Koria está llegando acompañado por Guy de Montevid. Él traerá
el orden aquí nuevamente y ese será el fin de este usurpador —Nuevamente una
lagrima cayó por la mejilla cortada de Texu—. Nicaner, tu padre, está muerto
Miana. Este hombre lo mandó a matar. ¿Sabías eso?
Miana lloraba
cada vez más —Si. Lo sabía. Mi padre se resistía a escuchar lo que Andoo decía.
—Pero tú le creíste
—dijo Ilko.
—¿Tuviste algo
que ver con la muerte de Nicaner? —preguntó Texu que no deseaba realmente saber
la respuesta.
—No. Pero
aunque amaba a mi padre también amaba a mi rey y aun sabiendo lo que él hizo lo
perdoné. ¿Qué he hecho?
Texu ya no
habló con Miana, estaba confundida, pero seguía siendo lo más cercano a una hermana
que había tenido —Te daré la gema de Kirun en cuanto el bardo y ella se hayan
ido de la ciudad y estén fuera del alcance de tus arcos. Este es mi pacto de
vida.
—Bien —dijo
Andoo—. Pero me quedaré con la espada del bardo y contigo como garantía. De nada
me sirve la vida o muerte de estos dos. Pero si no me das la gema de Kirun sufrirás
la peor de las torturas.
—No te olvides,
Andoo, que todavía estas bajo mi control. —dijo Texu. El resto de los guardias
del palacio entró por la puerta principal. Habían conseguido detener al
incendio.
—Si dices algo
de Cillydan o de Idilkó mandare los guardias por ti y por ellos. Se sabia Texu
y aprende a callar. —rebuznó Andoo.
—No diré nada.
Pero tú los liberarás a ambos.
Ilko
prácticamente arrastraba a Miana que estaba en estado de trance. Texu avanzaba
por los pasillos del palacio amenazando son su espada a Andoo. Detrás de ellos
decenas de guardias los escoltaban. Llegaron nuevamente a las puertas de Kirun
y así como había prometido Andoo dejó que el bardo y Miana abandonasen la
ciudad. Ilko había tratado de negociar con Texu para que ella también viniese y
no había preguntado nada sobre Celat. Pero Texu le explicó que ella sabía lo
que hacía. El bardo sabia contar historias y también sabía cuando no hacerlo.
Texu estaba entregando su vida, pero era su voluntad. Ambos habían ido a rescatar
a Miana. Solo cuando dejaron de verlos en el horizonte Texu reveló donde había
escondido la gema de Kirun y liberó a Andoo. Mas allá de lo que sucediera ahora
Texu había conseguido la libertad de Miana. Una última deuda que pagarle a
Nicaner había sido saldada.
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